Hace días que fuimos pero hemos tardado en compartir la reseña. Cuando decidimos comentar nuestras experiencias en algunos de los sitios a los que vamos, era con la idea de recomendar siempre buenas experiencias.
La última vez que hemos estado en Pepe Vieira (y con esta era la cuarta vez que lo hacíamos) no ha sido una buena experiencia. Gastronómicamente todo perfecto. Sin comentarios, pero ocurrió algo nada más llegar que no supieron gestionar bien.
Con nosotros venía nuestra madre. 93 años. La mala suerte quiere que la silla en la que se sienta se rompa y ella acabe en el suelo. Nos ayudan a levantarla, cambian la silla, “¡cómo lo sentimos!”… pero habíamos empezado mal.
Sin embargo, bien porque el jefe de sala no se lo dijo o porque simplemente, no consideró que fuera necesario, Pepe Vieira no se acercó a la mesa para interesarse en ningún momento por lo ocurrido y por supuesto, por nuestra madre. Ni cuándo ocurrió, ni durante la cena, ni al final de la misma. Desde luego, si en mi casa ocurre algo así, dedicaría un trato especial a mi invitado.
Por cierto, la atención que nos brindó Carmen (así me dijeron que se llamaba), quien nos atendió en su primer día en sala durante casi toda la cena, fue muy buena. Una cosa no quita la otra. Sobre el excesivo ruido en la sala por la música un poco alta y que había varios niños pequeños (y llorando) no voy a cargar las tintas, porque decirlo, ya lo he dicho, pero también creo que deberían cuidar más esas cosas.