ADVERTENCIA: El siguiente contenido trata temas que pueden resultar sensibles para algunas personas. Léalo bajo su propia responsabilidad
"¿Cuánto tiempo crees que he estado en ese espejo?" - susurré, dejando escapar un suspiro cargado de incredulidad y cansancio.
"No lo sé", admitió con un ligero encogimiento de hombros. "Quizás hayan pasado años, o tal vez toda una vida. No tengo una idea clara al respecto."
Una sensación de vacío comenzó a crecer en mi interior. ¿Dónde estoy? ¿Qué ha sucedido? Era como si estuviera emergiendo de un sueño profundo, un sueño en el que había estado sumido durante más de tres décadas. Adaptarme a mi entorno requería tiempo; me hallaba en una habitación blanca y desolada, donde solo había espacio para mí y para la figura en frente. La figura era un enigma, una sombra sin contornos o rasgos definidos, como si fuera un reflejo de mi propia alma en un espejo oscuro. Hablarle era como hablar con la nada misma.
La voz de aquella figura rompió mi ensoñación, y una intriga palpable llenó el espacio. "Y ¿ qué recuerdas de esa época?", preguntó con curiosidad.
"Todo es muy confuso, borroso y doloroso", respondí con un tono de resignación.
"¿Doloroso?", insistió.
"Sí, doloroso", asentí con un nudo en la garganta.
"¿Como que?"
El silencio se apoderó del lugar, un silencio incómodo y denso que pareció extenderse por horas. Finalmente, aquella figura me aseguró que no tenía que responder si no quería. Sin embargo, como si las palabras estuvieran al borde de escapar de su encierro, escaparon de mi boca con una urgencia irresistible.
"Recuerdo... recuerdo comentarios hirientes, burlas, risas a mis espaldas, empujones... apodos".
"¿Qué tipo de apodos?", preguntó con comprensible curiosidad.
"Ofensivos, apodos que insinuaban que era infantil, un nerd, que mi pelo era extraño, que mi actitud era extraña, que yo era extraño".
"¿Te consideras raro?", preguntó con tacto, captando la angustia en mis palabras.
Un silencio cargado de emociones tomó el relevo. No quería responder; admitir esa verdad dolía profundamente. La figura percibió mi incomodidad y cambió de tema.
“¿Qué otra cosa recuerdas?”
“Una sirena sonando a lo lejos, los gritos de la gente resonando en el aire, y ahí estaba yo, dentro de una patrulla”
“Pero, espera un segundo... ¿En serio te metieron en una patrulla? ¿Cuántos años tenías por aquel entonces?”
“Unos siete u ocho, pero no te apresures. Fue debido a un incidente con un perro, con mi perro, La situación se descontroló rápidamente, se volvió un verdadero caos: la gente gritando, las patrullas con sus sirenas ululantes y las luces destellando. Y yo... ahí estaba, llorando, sintiendo una profunda impotencia, incapaz de hacer algo al respecto”
Fue en ese momento que decidí detenerme. Un nudo se formó en mi garganta de nuevo. Si continuaba hablando, el nudo probablemente rompería mi voz y eso es lo último que quería. No puedo permitirme llorar, especialmente no frente a alguien que no conozco en absoluto. Respiro hondo, tratando de encontrar algo de calma en medio de esta agitación emocional. Observo a la persona que está frente a mí, sin tener ni idea de si está mirándome, ni de qué podría estar pensando. En realidad, ni siquiera se si es una persona a la que me estoy abriendo. A pesar de todas estas dudas, siento una extraña seguridad aquí, como si esta figura desconocida fuera alguien cercano y el lugar sea un espacio seguro donde finalmente puedo ser sincero.
¿Qué más recuerdas?", indagó.
"Gritos, una pelea, ruidos fuertes...", murmuré en un intento por escapar de los recuerdos dolorosos que llegaron en un segundo a mi mente.
"¿Tus padres...?", su voz parecía llenar el espacio con un tono de preocupación.
"No, no fueron ellos, Cuando era muy pequeño apenas compartí tiempo con ellos. Fue diferente, otras circunstancias... pero no quiero entrar en detalles. Sin embargo, tengo un recuerdo nítido: yo en el suelo, después de un ataque de migraña, sin energías... Era más joven, tal vez tenía doce o trece años. Ese día ya había sido pesado, pero lo que vino después..."
Mis ojos se llenaron de lágrimas y mi corazón latía con fuerza, resonando en mis oídos. El espacio parecía encogerse a mi alrededor, y en mi interior, luchaba con emociones tumultuosas. La figura me devolvió a la realidad con una pregunta directa.
"¿Qué fue lo que finalmente te sacó del espejo?"
“Creo que fue la partida de mi abuelita en el 2020...”
Un escalofrío recorrió mi espalda de arriba abajo. ¿Cómo había transcurrido tanto tiempo? ¿Cuándo cumplí 16? ¿en qué momento llegué al ultimo año de escuela? ¿Por qué solo recordaba las cosas malas? ¿Por qué las memorias felices parecían esquivarme? Con un nudo en la garganta, desvié la mirada, sentía un torbellino de emociones.
La figura habló, dejando fluir sus pensamientos de manera reflexiva. "Es curioso, ¿verdad? Nos centramos tanto en los errores y lo negativo, olvidando lo bueno. Somos criaturas atrapadas en nuestras experiencias y emociones intensas, y nuestra evolución nos ha llevado a dar más peso a lo malo como mecanismo de supervivencia. Pero nuestra mente no siempre comprende qué debe recordar y qué no".
Me reí ante su comparación y su sinceridad. "Ja, me recuerdas a mi madre. A pesar de no haber estado mucho en mi niñez, sé que ella intenta comprenderme. Igual que mi padre... Hay muchas personas que sin duda me han ayudado: mi familia, mis amigos... ellos están locos, en cinco minutos pueden alegrarme el día".
Levanté la mirada, mi corazón latiendo al límite. Las emociones y los recuerdos se desbordaron, y las lágrimas a punto de caer en un flujo incontenible. Era como si una represa se hubiera roto. Sin embargo, seguí sin permitirme llorar, aunque las palabras de esta figura que, a pesar de su misterio, parecía entenderme. Hacia que mis ojos se volvieran rios. Le mostré una leve sonrisa, tratando de transmitir mi agradecimiento.
"Quizás pueda aprender a recordar lo bueno si dejo de enfocarme siempre en lo malo ¿no crees?"
Antes de que pudiera recibir una respuesta, la figura comenzó a transformarse, haciéndose más pequeña y nítida. Los rasgos se delinearon y, finalmente, pude ver quién era. Al fina las lágrimas fluían libremente por mi rostro al descubrir que la figura era mi yo de la infancia, con ojeras marcadas, pelo largo y ojos llenos de vida. Me sonreía con un sus dientes chueco.
"Sí, lo creo", respondió con una voz que resonó en mi interior.
Fue un instante inevitable, me lancé hacia sus abrazo, sintiendo la necesidad de reconectarme con la versión que fui en algún momento, redescubrir que en mi esencia seguía siendo aquella persona valiente que atravesó innumerables pruebas y decidió seguir adelante. Las cicatrices perduran como testigos de todo lo que eh vivido, como un diario de vida que llevamos en la piel. Cada marca cuenta una historia, una travesía completa. Y hoy, en este preciso momento, es el momento de estrecharme con ternura, de prometer cuidarme a mí, porque al cuidarme a mí, cuido también a ese ser que fui y que siempre llevaré dentro.
Gracias por leer