ADVERTENCIA: El siguiente contenido trata temas que pueden resultar sensibles para algunas personas. Léalo bajo su propia responsabilidad
Germinación
29-10-21 / 11:58 am
El tic tac del reloj resonaba por todo el salón. La mañana era cálida para ser finales de octubre. El profesor de economía nos estaba explicando las bases de cómo funciona “la deflación”, o al menos lo intentaba. La mitad del salón estaba dormido y la otra mitad estaba absorta en sus celulares. Solo unos pocos prestaban atención; yo no me incluía en ese grupo. Mi cabeza pesaba, al igual que mis párpados, y mi mente se nublaba por el cansancio que me acechaba desde que empezó la lección. Pero el timbre sonó, salvándonos a todos y marcando el final de la clase.
En cuestión de segundos, gran parte del salón se puso de pie y empezó a organizarse para salir. El profesor también lo hizo y nos recordó vagamente sobre el examen de macroeconomía que tendríamos dentro de una semana, como cierre de semestre. Tomé nota de eso en mi celular y puse un recordatorio para dedicar unas horas de estudio. Cuando terminé mi pequeña nota, el profesor y la mitad del salón ya se habían ido.
Terminé de organizar mis cosas para salir de clase cuando un aroma a perfume muy familiar llamó mi atención. Levanté la mirada y vi a mi amiga Flor dirigiéndose hacia mí. Era una chica pequeña, de piel morena y cabello negro muy largo. Sus ojos, de color caramelo casi rozando un tono ámbar, la hacían destacar entre la multitud.
- Oye Clep, ¿le entendiste algo al profesor?
- No, apenas tomé apuntes. No sé qué pasó hoy que la clase estaba muerta.
- Estamos en el cierre de semestre, así que todos quieren descansar o salir de fiesta; y no hablo solo de los estudiantes.
Antes de que pudiera responder, sentí una mano en mi hombro. Giré bruscamente para encontrarme con Lucas, mi otro amigo, quien se estaba jactando del susto que me había dado; Era un poco más pequeño que yo, quizás unos tres o cuatro centímetros de diferencia. Delgado, de piel clara y pecas, pelo corto y ondulado de color café, y ojos verdes detrás de unas gruesas gafas cuadradas.
- Clep, tampoco te asustes tanto. Ni que fuera un monstruo o algo así.
- Si me agarras por la espalda cuando estoy desprevenido, lo último en lo que voy a pensar es que eres un monstruo.
- No sé si ofenderme con lo que acabas de decir, pero en fin. Escuché que estaban hablando de fiestas.
Lucas lanzó una mirada cómplice a Flor, quien le sonrió de vuelta y luego me miró a mí.
- Oye Clep, ¿quieres ir a una fiesta de disfraces este 31? Ya sabes, por Halloween.
- ¿Y tú qué edad tienes Flor? Estamos en la universidad. Además, ustedes saben que a mí no me gustan las fiestas, sumemos a eso el cierre de semestre; debo mantener un promedio, al igual que tú, Lucas. Las becas no son gratis, inclúyele que tienes que trabajar, ¿o no?
- Vamos, no seas aburrido. Además, tengo el domingo libre y, para tu información, mi promedio es sobresaliente.
- Sí, pero las faltas y llegadas tarde nos pueden hacer perder las becas. Hoy llegaste tarde, al igual que Flor. Tienen suerte de que el profesor no tomara asistencia hoy.
- No te amargues, estamos en cierre de semestre y descansar sería bueno para ti, al igual que salir de tu zona de confort.
Un incómodo silencio nos invadió. Las caras de Lucas y Flor denotaban su decepción ante mi negativa. Respiré profundamente y terminé de guardar mis cosas.
- Déjenme pensarlo y cuando me decida, les escribo. Yo me voy a casa; esta era mi última clase del día.
- Qué suerte, yo aún tengo la electiva y tengo un hueco de como tres horas.
- Bueno, que te valla bien con eso ¿Y tú Flor?
- Yo tengo libre, pero tengo que terminar un trabajo de derecho penal.
- ¿Qué profesor te da esa clase?
- La profesora de nombre Blanca.
- Sí, sé quién es. Dicen que es estricta.
- Bastante. Ese trabajo vale la mitad de la asignatura; la otra mitad es el examen final.
- Igual tienes suerte de no tener a John, el de historia.
- Mmm… tal vez. Es exigente, pero muy bueno y sus clases son divertidas.
- Sí, cuando sabes tus notas.
- Asclepio, por favor, deja de darle tanto peso a eso. Tu promedio es bueno en todas las asignaturas.
- Como digas, Flor. Yo ya me voy. Nos estamos viendo.
Tomé mi maleta y me despedí de ellos, dirigiéndome a casa para descansar
29-10-21 / 10:12 pm
Miré mi celular, eran las 10:12 p. m. Era un poco tarde, pero no tanto como había pensado. En ese momento, ya había terminado todas mis tareas; solo me faltaba estudiar para el examen de economía que tendría dentro de una semana. Revisé mi horario y vi que el lunes tendría una evaluación a las 11, la única clase de ese día, la asignatura de inglés. No me hacía falta estudiar, era un tema que ya conocía.
Rápidamente revisé mis notas. En todas las materias, excepto historia, tenía información sobre mi promedio. Todo era impecable, por encima del 9, y si me iba bien en los exámenes finales, que ya estaban iniciando, podría subirlo. Sin embargo, si no, mi promedio seguiría siendo bastante bueno.
Sentí cómo mi estómago se hundía y la pregunta que Flor me había hecho en la mañana volvió a mi cabeza: "¿Quieres ir a una fiesta de disfraces este 31?" Mi respuesta en ese momento fue muy cruel. Aunque me parezca ridículo, no tenía que haber respondido de esa manera. Además, salir no suena tan mala idea.
Tomé mi celular y le escribí a Flor por privado. Me disculpé con ella y confirmé mi asistencia a la fiesta del domingo. Salir una noche de fiesta no puede afectar mucho, ¿no?
31-10-21 / 09:16 pm
Tengo 21 años y no sé cómo hacer el nudo de una corbata. Esto sí que se siente humillante. Mi padre intentó enseñarme durante mi adolescencia, pero después de un par de intentos, se rindió. Lancé la corbata a mi cama, rindiéndome al igual que él lo hizo conmigo. Pensé, "solo es una decoración más". El disfraz es sencillo: una camisa roja de botones, un pantalón negro, unas botas y unos cuernos. Por esta noche, seré un diablo, o algo cercano a uno.
Me miro al espejo para darle un último vistazo a mi apariencia. La verdad, cada vez cuestiono más en ir a la fiesta; siento que me veo ridículo. Respiro hondo y tomo mi celular. Dentro de muy poco, Lucas me llamará para bajar e irme en su carro con él y Flor. Así que salgo de mi cuarto, guardando el celular en mi bolsillo, para esperarlos en la sala.
En la sala está mi tía Artemisa, a quien cariñosamente llamo “tía Temis” o simplemente “tía”. En la familia de mi padre existe la tradición de que todos llevemos el nombre de algún dios, no importa la mitología, solo que sea de algún dios. No recuerdo cuándo inició, solo sé que se lleva haciendo desde hace unas cuantas generaciones. Es divertido, ya que hay nombres muy bellos y originales, como el de mi tía “Artemisa” o el de mi abuelita “Skadi”. Otros, como el mío “Asclepio”, son raros, y algunos otros la cultura popular los volvió mundialmente famosos, como el nombre de mi padre “Loki”. Mi nombre no me disgusta, pero al ser tan raro y largo prefiero que me digan “Clep”; sigue siendo raro, pero es más corto.
Miro hacia el sofá y veo que mi tía me está observando de arriba a abajo, analizándome con detenimiento.
—Corazón, ¿te engañaron o por qué los cuernos?
—Tan chistosa, es para la fiesta de disfraces a la que me invitaron, la que te dije.
—Ah, cierto. Sabes, la verdad me alegra mucho que salgas y disfrutes, aunque no me convence mucho que sea un domingo en la noche, pero bueno.
—A mí tampoco, y la verdad me estoy empezando a arrepentir. ¿Y si llamo y cancelo?
—No, señor. Llevas más de un año en la universidad y no has ido a ni una fiesta.
—Claro que sí, a los cumpleaños de Lucas y Flor.
—Querido, eso no fue una fiesta.
Su mirada estaba entre la frustración y la tristeza, se notaba que quería decir más, pero las palabras se le atoraban en la garganta. Al parecer, eso es de familia, porque yo estaba igual que ella. Nuestro silencio no duró mucho ya que se vio interrumpido por mi teléfono. Lo saco de mi bolsillo y veo que tengo una llamada de Lucas. Esa es mi señal. Me acerco a mi tía para despedirme, sin ser capaz de verla a la cara. Pero ella me toma de un brazo y me acerca a ella para abrazarme. Me paralizo, y sin saber qué hacer, me susurra suavemente al oído:
—Te quiero mucho, querido, y solo quiero que vivas. No es necesario que regreses esta noche, quédate con tus amigos y disfruta. Saliste de aquel pueblo para vivir, no para seguir encerrado.
Me dio un beso en la mejilla y se alejó de mí. Yo solo me quedé mirándola. Ella tenía razón. No salí de casa de mis padres y me mudé a la capital solo para quedarme encerrado en el apartamento de mi tía. Le sonreí y me despedí de ella para salir a la calle, donde ya me estaban esperando Lucas y Flor.
Ya estaba a punto de cerrar la puerta cuando un grito muy fuerte y fuera de lugar por parte de mi tía se escuchó por todo el pasillo y, posiblemente, todo el edificio.
—¡NO SE TE OLVIDE USAR UN CONDÓN!
Puedo tener 21 años y amar mucho a mi tía, pero a veces su imprudencia puede generarme mucha vergüenza. Sentí que mi cara se ponía roja, solo cerré la puerta y salí corriendo para irme con mis amigos.
31-10-21 / 09:47 pm
La música se escuchaba desde unas dos cuadras antes de llegar. No fue necesario avisar que íbamos cerca, el ruido ya lo había hecho. La noche era fría y mucha gente estaba en la calle: padres con sus hijos pidiendo dulces, jóvenes yendo a fiestas, y otros solo caminando por ahí buscando hacer alguna maldad.
Lucas estacionó una cuadra antes de llegar al apartamento; era el único lugar donde había un espacio para aparcar y donde se podía dejar el auto sin riesgo de una multa. Nos bajamos del auto y caminamos hasta la entrada de la torre. El ingreso fue rápido y encontrar el departamento lo fue aún más.
Apenas ingresamos, quedé muy sorprendido del lugar; el apartamento era gigante. La sala cumplía la función de pista de baile, donde el reguetón y la electrónica se apoderaban del lugar. En la cocina había un montón de bebidas, todas con licor a excepción del agua, también había algunos aperitivos. El departamento contaba con tres cuartos que se estaban usando como motel, aunque eso era un secreto a voces, También tenia un balcón y el baño.
El sitio era increíble y estaba muy bien ubicado, en el centro de la ciudad, en un piso alto donde se podía ver gran parte de la capital. Me sentía en una película adolescente barata de Estados Unidos, pero igual era increíble.
En la fiesta solo había estudiantes de tercer, cuarto y quinto semestre de varias universidades de la ciudad, o eso fue lo que me dijo Lucas.
—Y bien, Clep, ¿qué te parece?
—Me siento en una película barata de adolescentes, pero es genial.
—Pues si le sumamos los disfraces de bajo presupuesto y el alcohol de dudosa procedencia, podemos decir que sí, sí estamos en una película barata.
Lucas tenía razón, los disfraces eran muy simples. Me sorprendía haberme preocupado tanto por cómo me veía. Mucha gente venía de demonio y ángel, otros de Mario y Luigi, algunos se fueron por cosas como "La Purga", "La Casa de Papel" o "El Juego del Calamar", y otros tantos se fueron por imitar a cantantes. El único resaltable, en mi opinión, era uno de "Billie Eilish". Lucas y Flor tenían disfraces que eran sencillos pero con encanto. Flor venía como un hada, usando colores amarillos y dorados que la hacían lucir increíble, y Lucas se vino de hombre lobo, nada muy extravagante, pero sí diferente a lo que había en esa fiesta.
—Bueno, muchachos, yo me voy, esta noche tengo una cita con el destino.
Miré a Flor con sorpresa, no sabía a qué se refería, pero se notaba la emoción y ansiedad en su cara. Lucas se rió y le dio un pequeño empujón hacia la pista de baile.
—Apresúrate entonces, que no se te escape tu gatita.
La sonrisa cómplice entre los dos dejaba ver lo que posiblemente llevaban planeando por semanas. Quería preguntar, pero Flor salió en dirección a la pista, perdiéndose de mi vista en cuestión de segundos.
—Lucas, ¿me podrías decir qué es lo que pasa? Por favor.
—¿Ves a la chica alta de allí, la que tiene los brazos tatuados y va de "Black Cat"? A Flor le gusta ella y logré conseguirle una cita esta noche.
—Wow, entonces eres como un celestino. Quien lo diria, al que no le cae ni una mosca, jugando a ser Cupido.
—Si quieres te puedo ayudar, dime, ¿cuál es tu tipo?
Me giré con sorpresa. Sus ojos verdes me penetraban hasta el alma, lo que me produjo un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo.
—No, gracias. Disfruto mi soltería.
—Como tú digas. Yo me retiro, mis amigos de la carrera están en el sofá de allá y les dije que pasaría un rato con ellos, ¿te molesta si te dejo solo?
—No, para nada. Solo avísame cuando nos vayamos a ir.
—Como digas, capitán.
Lucas no perdió el tiempo y también desapareció de mi vista. Me quedé ahí, solo, y sentí cómo un hueco enorme se hacía en mi pecho y estómago. Me fui a la cocina a tomar un trago o algo que aliviara mi pesar. De nuevo, el arrepentimiento se hacía presente.
Tomé una de las bebidas que había en la barra de la cocina, era un cóctel azul con muchas gomitas. Al probarlo, noté el vodka casi de manera instantánea. No me gustaba mucho, pero el azúcar de los dulces lo hacía más tolerable. Respiré hondo y cerré los ojos. El ruido, el olor, todo era envolvente y extraño, se sentía todo muy nuevo: el sabor de mi bebida pasando por toda mi boca y las luces titilantes por toda la casa.
Saqué mi celular y vi la hora, “10:02 pm”. La noche aún era joven. Decidí mandarle un mensaje a mi tía, avisando que había llegado hacía un rato y que estaba bien. Pero antes de terminar de escribir, el suave sonido de una guitarra llegó a mis oídos. Levanté la cabeza y busqué de dónde venía tal melodía, un sonido triste y muy bello, que luego se vio acompañado por una voz suave.
“Thought I found a way
Thought I found a way out
But you never go away
So I guess I gotta stay now”
“Lovely” de Billie Eilish y Khalid. Era una canción que podía ponerme los pelos de punta, se senti fría al oido. Pero quien sea que la estuviera cantando le daba un toque cálido. Mis pies se empezaron a mover en busca de aquella melodía, era hipnotizante y sentía la necesidad de oírla en su mayor esplendor, donde el ruido de la fiesta no la opacara por completo.
Me acerqué al balcón, donde un grupo de unas diez personas estaban sentadas en círculos. Empecé a buscar con la mirada el origen de la música, hasta que encontré a la persona que creaba aquel bello sonido. Un chico de piel clara y cabello negro, tenía una nariz aguileña, pecas muy leves por toda su cara y un lunar encima de la ceja muy distintivo. También usaba unas gafas cuadradas. Estaba tocando una guitarra acústica, y su disfraz era de Freddie Mercury en su presentación en Wembley Stadium en 1986, solo que el chico tenía su pelo largo, recogido en una cola de caballo aparentando el corte de Freddie. Me arrepiento de lo que dije, el mejor disfraz de la noche es el de ese muchacho.
Todo parecía girar a su alrededor. El silencio en el balcón era total, la gente disfrutaba de la música fuera del estruendo de la fiesta. Yo me quedé de pie al lado de la puerta, escuchando, absorto, como todos en aquel lugar.
“Isn't it lovely, all alone?
Heart made of glass, my mind of stone
Tear me to pieces, skin to bone
Hello, welcome home
Hello, welcome home”
El último verso lo cantó casi sin aliento, sonó casi como un suspiro, un deseo. Mis pelos se pusieron de punta y el silencio dominó todo el balcón. El chico subió su mirada, sus ojos eran azules, pero no un azul claro, un azul oscuro, como el color de un zafiro. Eran unos ojos brillantes y llenos de vida. Todos empezaron a aplaudir y algunos a silbar. El chico solo agradeció y bajó su guitarra para descansar.
Algunas personas se levantaron y se fueron a bailar dentro del departamento, otras se quedaron hablando entre ellas. Yo solo podía mirar a aquel muchacho. El músico revisó su celular y puso un gesto de molestia al verlo, luego lo guardó y subió su mirada encontrándose con la mía.
—Oye, diablito, ¿viniste a llevarme?
Lo que dijo hizo que mis mejillas se sonrojaran y mucha gente giró para mirarnos. Creo que él notó mi incomodidad, ya que dejó escapar una pequeña risita. Se levantó y se acercó a mí, yo solo bajé la mirada, seguía algo apenado.
—Disculpa mis modales, creo que no debí decirte eso, pero ya sabes, las copas se te suben y puedes ser más imprudente de lo normal.
Volvió a reírse. No sé qué era, pero había algo encantador en él, un carisma que me parecía atrapante. Le sonreí tímidamente sin saber qué decir. Mi mirada seguía baja. Pero al final, respiré y la subí, para estar frente a frente. O algo así, ya que en ese momento me percaté de nuestra diferencia de altura; él era muy bajito, podría apostar que nos llevábamos unos diez centímetros como mínimo. He de admitir que tuve que aguantar la risa por respeto.
—Esos son los efectos del alcohol, aunque yo te veo bastante lúcido, a decir verdad.
—Gracias, la verdad es que tengo un muy buen aguante para esto.
—Supongo que eso es bueno, ¿llevas mucho tiempo en la fiesta?
—No mucho, llegué como a las nueve. Pero ya me quedé solo, tengo un amigo que viene en camino, ya que con las personas con quienes llegué ya están en otro asunto.
—Me pasó igual, llegué con dos amigos que en menos de diez minutos me habían dejado solo.
—Con esos amigos, para qué enemigos.
—Opino lo mismo.
Me regaló una sonrisa brillante. Yo también le sonreí, de manera tímida. Por un instante sentí que todo se detenía, me sentía cómodo con aquel chico.
—Hasta que por fin te encuentro.
Una voz hizo presencia en ese momento. Me giré bruscamente por la sorpresa. Detrás nuestro había un chico de mi misma altura, pero mucho más corpulento que yo, de piel oscura y su pelo lo tenía totalmente rapado, lo que me parecía coherente con su disfraz de militar. La verdad, la imagen del chico era muy amenazante. Empezó a analizar al chico de la guitarra de arriba abajo, como lo hace una madre cuando desaprueba algo de su hijo.
—Al final decidiste venir disfrazado del marica ese.
—No es cualquier marica, es Freddie Mercury. Además, Adam, ¿qué tiene de malo que él haya sido gay?
—Que los homosexuales se van al infierno.
—Entonces ya entiendo por qué me encontré con este demonio esta noche, me lo mandaron para llevarme a las puertas del maldito infierno.
El chico de la guitarra me miró y me guiñó un ojo. Yo me quedé petrificado, solo giré y vi al otro chico molesto. Me aclaré la garganta antes de hablar, no quería demostrar mi ansiedad ante la situación.
—Mejor me retiro, fue un gusto conocerlos a ambos.
Antes de que cualquiera de los dos pudiera decirme algo al respecto, me fui casi corriendo a la cocina. Eso había sido incómodo, sin contar que me puso los nervios de punta.
Revisé mi vaso y vi que estaba vacío, me había terminado ya mi cóctel azul, así que tomé otro, y otro, y otro más, probando todos los colores que había esa noche.
Mi último recuerdo es escuchar la música a todo volumen resonando en el lugar.
1-11-21 / 09:51 am
Siento que todo me da vueltas. No sé dónde estoy, pero el lugar se siente cálido y silencioso. Estoy rodeado de almohadas. No recuerdo mucho de lo que pasó anoche; todo se siente lejano y me siento perdido. Me incorporo como puedo y observo mejor mi alrededor. Estoy acostado en un sofá, sin mi camisa. ¿Qué mierda pasó anoche?
—Buenos días, estrellitas. La tierra les dice hola.
Giro la cabeza y veo a Lucas en el comedor con una sonrisa burlona en su cara. Claro, estoy en su apartamento. Me trajo aquí después de la fiesta.
—Clep, ¿quieres un café?
—Bueno, pero necesito que me cuentes qué pasó anoche.
—¿No recuerdas nada de la fiesta?
—Solo hasta cierto punto.
Lucas se levantó, me sirvió una taza de café y se acercó para entregármela. Luego se sentó a mi lado. Tomé el posillo entre mis manos y le di un sorbo. El sabor del café se sentía increíble por toda mi boca y bajando por mi garganta, dándome el golpe de energía que necesitaba para despertarme.
—Entonces, ¿qué pasó anoche?
—Pues, en resumen, tomaste demasiado y terminaste vomitando. Por eso no tienes tu camisa.
—Mierda, ¿en serio?
—Sí, fue chistoso. Estaba con mis amigos y de la nada llegó Flor, toda alterada, diciendo que estabas vomitando en la cocina.
Sentí que todo se me caía encima. Mi primera fiesta y terminé vomitando en la cocina como un puberto. Si se podía morir de pena, estaba próximo a fallecer. Quería que la tierra me tragara y me escupiera en China.
—Luego de eso, entre Flor y yo te ayudamos a levantarte y te llevamos al carro. Eran como las dos de la mañana.
—Lucas, lo siento. Creo que arruiné la noche para todos.
Solo podía bajar la cabeza, no lo podía mirar a los ojos. La pena era más grande que yo. Le di otro sorbo a mi café. En él podía ver el reflejo de mi cara; de verdad me sentía un chiste. Lucas empezó a reírse de manera desenfrenada.
—Clep, no te sientas mal. La fiesta era muy aburrida. Me serviste de excusa para largarme de ahí. Es más, te lo agradezco; le diste algo de emoción a mi noche. Así que déjate de pesares que todo está bien.
Me giré, aún con la cara roja, sorprendido. Él solo seguía riéndose. Podía morir de pena, pero Lucas siempre conseguía la manera de revivirme. Así que inicié a reírme con él, agradeciendo tenerlo como amigo.
—¿Algo más que reportar de la fiesta, más allá de mi vómito?
—Pues, fuera de que Flor se terminó yendo con la chica que le gustaba, no, nada más.
Respiré profundo, aliviado de no haber cometido otro error. Le di un sorbo enorme a mi café, victorioso.
—No, espera, sí pasó algo más: te trajiste una sombrilla amarilla.
Eso hizo que casi escupiera mi café.
—¿Cómo que robé una sombrilla?
—Pues sí, cuando te encontramos vomitando, tenías una sombrilla en la mano, que no soltaste hasta que llegamos aquí a mi apartamento. Espera, voy por ella.
Sentí un escalofrío recorrer toda mi espalda. Lucas se levantó y fue a traerla. Yo estaba petrificado. ¿Me había robado una sombrilla? ¿Por qué? ¿De quién era? Mi mente pensaba en mil y una cosas respecto a eso. ¿Es posible terminar en prisión por robar un paraguas?
Lucas volvió con ella y me la dio. Era una sombrilla de color amarillo canario muy linda, con un mango azul marino que le creaba un bello contraste. Empecé a entrar cada vez más en pánico. Lucas notó mi ansiedad y me quitó el paraguas de las manos para revisarlo. Sentía mis manos frías y mi respiración agitada; no comprendía por qué había tomado esa sombrilla.
—Lucas, ¿tú crees que me puedo meter en problemas por esto?
—No seas exagerado. A no ser que el dueño se entere y sea una persona muy vengativa, lo peor que te puede pasar es que te den una paliza.
—¿Te parece eso poco?
—Es una posibilidad, no una realidad.
En ese momento recordé al chico disfrazado de militar de la fiesta. Me imaginé devolviéndole el paraguas de manera tímida y que su respuesta fuera molerme a golpes. Sentí los ojos llorosos y mi corazón retumbando en mis oídos; realmente estaba temiendo por mi seguridad.
—Mira, en la parte superior del mango tiene una dirección. Espera la busco en mi celular.
—¿En serio?
Lucas tomó su celular y, en cuestión de segundos, encontró el lugar de la dirección.
—Sí, la dirección da a una floristería. El lugar tiene un número de teléfono. ¿Te lo doy y llamas para preguntar por la sombrilla?
—Okey, pero ¿y si tienes razón y la persona a quien le devuelvo la sombrilla me golpea o me hace algo?
—Mira, aunque la posibilidad existe, es muy baja. Es más probable que todo vaya bien. Es más, puede que te hagas amigo de la persona a quien le robaste su sombrilla.
Me pasó su celular con el número de la tienda. En Google mostraba algunas fotos del lugar; se veía muy lindo, casi sacado de alguna película de Studio Ghibli. Tomé mi celular y marqué el número. Y llamé.
Quien sea que estuviera del otro lado se tardó un poco en contestar. Yo tenía los nervios de punta; no sabía qué decir o cómo iniciar la conversación. Mi mente entró más y más en pánico, hasta que finalmente, al otro lado de la línea, una voz cálida contestó.
—Muy buenos días, florería “Mi pequeña flor”. ¿En qué le puedo ayudar en esta mañana?
—Ho-hola, muy buenos días.
Me quedé mudo por un instante. ¿Qué decía? “Hola, sí, me robé una sombrilla y quiero devolverla” sonaba raro. Lucas me miraba; quería pedirle ayuda pero no podía. Luc me sonrió y colocó su mano en mi hombro, depositando su confianza en mí. Yo solo respiré profundo y seguí hablando.
—Disculpe, pero “encontré” una sombrilla amarilla, que en su mango tenía la dirección de la tienda, y pues llamé para devolverla.
—Oh, okey. ¿La sombrilla es de mango azul?
—Eh, sí.
—Okey, entonces sí es mía. La había perdido ayer en la noche. Entonces… ¿cuándo y dónde podría vernos para la sombrilla?
—No lo sé, ¿cuándo tiene tiempo?
—Mmm… quizás el cinco a las seis de la tarde. Podríamos vernos en el café “Don Gabriel”, el que queda por el centro. ¿Le parece bien?
—Sí, me parece bien.
—Okey, entonces nos vemos el viernes. Y gracias, esa sombrilla es muy importante para mí.
—Okey, hasta luego.
Luego colgué y me dejé caer sobre el sofá, victorioso por lo que hice.
—Bien hecho, Clep. La próxima serás tú quien llame a pedir la pizza.
—Por favor, no me tortures más. Ya solo quiero tomarme mi café y descansar.
Tomé mi taza de nuevo y le di un sorbo al café. El mundo podía detenerse por un instante y sentir que el tiempo no se escapaba de entre mis manos, sintiéndose eterno este pequeño instante. Lucas también se dejó caer sobre el sofá. Ya había terminado su café y solo se dejaba llevar. Lo miré; usaba una camisa de la selección argentina que decía Messi atrás y una pantaloneta que parecía de playa. Una combinación curiosa como mínimo, pero que cumplía su función de pijama.
—Clep, ¿hoy qué día es?
Me quedé pensando por un momento.
—¡MIERDA, ES LUNES!
—¿Hoy es el examen de inglés?
—Sí, maldita sea, ¿qué hora es?
Lucas tomó su teléfono y revisó la hora. Su expresión cambió de pánico a terror en cuestión de segundos.
—Son las 10:25. La clase es a las 11, ¿cierto?
—Sí.
Lucas y yo nos paramos lo más rápido que pudimos y empezamos a organizarnos. Él me prestó una de sus camisas y una gorra. Él solo se puso un jean y un gorro. No desayunamos y solo llevamos nuestros celulares y un esfero. La universidad estaba a 40 minutos caminando; debíamos correr si queríamos llegar en menos de 30. Creo que cuando mi tía se refería a que debía vivir, no pensó que tendría que correr por la ciudad como un loco para llegar a un examen.
5-11-21 / 06:04 pm
El frío de la tarde es envolvente. El sol se está poniendo y toda la ciudad se tiñe de un color amarillo. La luz se refleja en las ventanas de los edificios del centro, mientras el ruido del tráfico llena el aire. A veces, no puedo creer que ya no vivo en aquel pequeño pueblo; jamás pensé que llegaría a dejarlo.
Reviso mi celular: “6:05”. He llegado un poco antes de las seis, tratando de ser lo más puntual posible. Guardo mi teléfono y respiro hondo, apretando con fuerza el paraguas que tengo en la mano. La ansiedad vuelve. Pienso en el chico militar y en la posibilidad de que este paraguas sea suyo, y que venga con más gente a darme una paliza. Pero recuerdo la voz de la persona que me contestó la mañana del lunes, una voz suave y cálida, claramente de un chico. Hay algo en ella que me resulta muy familiar, pero no puedo recordar dónde la he oído.
—Oye, disculpa.
De nuevo, aquella voz. Siento cómo vuelvo a la realidad en un instante. Giro bruscamente, sorprendido. Al fin estoy cara a cara con el dueño de la sombrilla.
—Oh, eres el chico de la guitarra.
—Y tú eres el diablito.
Es inevitable sonreír. Es una agradable sorpresa. El chico también me sonríe. Lleva una chaqueta de cuero, camisa blanca y jeans oscuros, junto con unas Converse vinotinto. Su cabello está medio recogido y sigue usando sus gafas, pero ahora lleva un arete plateado en cada oreja. Mis mejillas se ponen coloradas; me da pena. Él fue amable conmigo el día de la fiesta y yo le robé su sombrilla.
—Sí, soy ese. Por cierto, toma tu paraguas.
—Muchas gracias, esta sombrilla es muy importante para mí.
El silencio nos envuelve, pero no es incómodo. Solo nos quedamos mirándonos mutuamente, él analizándome y yo a él.
—Y bien, ¿quieres entrar y tomar algo?
Me quede helado. Después de haberle robado la sombrilla, lo último que me merezco es algo de beber con él. Bajo de nuevo la cabeza, avergonzado.
—No creo que sea buena idea. Yo... ¿cómo te lo explico? Me llevé la sombrilla.
—¿Eh, cómo así?
—La verdad, ni yo lo sé. Estaba tan borracho que no recuerdo nada. Solo sé que, vomite, me sacaron de la fiesta y cuando desperté estaba casa de un amigo, y ahí estaba la sombrilla.
—Espera, ¿tú no fuiste el chico que se había vomitado en la cocina?
—Pues... sí.
Una carcajada gigante es lo siguiente que oigo. Levanto la mirada y el chico se está muriendo de la risa. El color de mis mejillas solo aumenta. Al final, se acerca un poco a mi, y nuestras miradas se vuelven a encontrar.
—Entonces, tú fuiste aquel muchacho. Sí, había escuchado de ti, pero no sabía que eras tú. Entonces, agarraste mi sombrilla cuando estabas ebrio. Y pensar que yo me ponía mal cuando tomaba.
De nuevo empieza a reírse. Yo me tapo la cara; solo puedo morirme de la pena.
—De verdad, perdón. No fue intencional, lo prometo.
—Tranquilo, fue un accidente. Además, me la devolviste intacta y sin vómito. No puedo pedir más. Así que, de verdad, déjame invitarte a tomar algo.
—O-Okey.
—Esa es la actitud. Por cierto, soy Apolo, aunque mis amigos me dicen Pol.
Extiende su mano hacia mí. Hasta ahora me doy cuenta de que no conocía su nombre, ni él el mío. Con timidez, estrecho su mano.
—Yo soy Asclepio, pero me dicen Clep.
—Qué coincidencia, nuestros nombres son de la mitología griega, ¿o no, “dios de la medicina y protector de la salud”?
Su sonrisa es pícara; se nota que es alguien agradable. Yo le devuelvo la sonrisa.
—Eso digo, “dios de la naturaleza, la verdad, la profecía, la música” y no sé qué más.
Las risas vuelven a aparecer, pero esta vez son de los dos.
—Entonces, ¿entramos, Clep?
Asiento, así que nos apresuramos a entrar a la cafetería
5-11-21 / 06:26 pm
Nunca antes había entrado a la cafetería de “don Gabriel”. Era un sitio muy antiguo, según lo que pude notar, desde su decoración hasta su música. El ambiente era agradable, y dentro estaba cálido.
Llegamos a la caja y cada uno pidió algo de tomar. Yo pedí un café y Pol un té inglés. No se tardaron mucho en dárnoslos, así que, una vez con nuestras bebidas, nos sentamos en una mesa para dos en la esquina de la cafetería, cerca de la ventana. Pol recostó su paraguas sobre la pared y se sentó.
Ambos le dimos un sorbo a nuestras respectivas bebidas. Mi café no estaba muy cargado, pero tenía un sabor amargo que me encanta.
—¿Así que te gusta el café?
—¿Y a ti el té inglés?
Ambos dejamos escapar una pequeña carcajada. Yo bajé mi cabeza, mirando mi taza y viendo el oscuro líquido que esta contenía. La situación era irónica, a mi parecer: un chico alto, de ojos color miel, pelo entre naranja y café, piel trigueña, y amante del café, con otro chico, pequeño, de piel clara, pelo negro y ojos azul oscuro. Mi pelo es ondulado y el suyo es lacio. Él usa gafas y aretes; yo solo tengo un septum. Podría apostar que su color favorito es el azul, ya que el mío es el amarillo. Subí mi mirada y vi que estaba sonriendo, y jugaba con sus aretes.
—El café casi no me gusta, es muy amargo, y no lo sé, siempre me pareció algo muy de “adultos”.
—Oye, tampoco es como si mi pelo fuera gris o algo por el estilo.
De nuevo las risas resonaron entre nosotros. Era agradable.
—Lo sé, ¿en qué semestre estás? Tal vez pueda tener una idea de tu edad. Ya que no sé si te parezca ofensivo preguntar por ella.
—No, está bien. Estoy en tercer semestre y tengo 21. Estoy en la carrera de sociología.
—Oh, genial. O sea que eres un año menor que yo. Tengo 22 y estoy en cuarto semestre de música.
—La verdad pensé que tú eras menor que yo.
—Gracias, anciano.
Una sonrisa pícara apareció en su cara. Volvió a jugar con sus aretes. Yo tomé otro sorbo de café. De la nada, un pensamiento intrusivo llegó a mi cabeza: “Yo le robé la sombrilla”. Mi estómago se retorció. Me dolía. La culpa volvía.
—Apolo, de verdad, de nuevo discúlpame. No quise robarte la sombrilla.
—Clep, me la devolviste. Hiciste el trabajo de buscarme y devolverla. Una persona normal ni la devuelve. Y como te dije, la sombrilla es muy importante para mí. Así que agradezco que lo hayas hecho.
—¿Pero no te molestaste porque me la llevé?
El silencio tomó relevo. Un escalofrío recorrió mi espalda. Bajé mi cabeza. Me arrepentía profundamente de haber aceptado la bebida. Debería haberme ido una vez entregué la sombrilla, no quedarme.
—Sí, cuando me levanté el lunes me molestó, pero tenía que trabajar y no le di mucha vuelta al asunto. Pensé que después del trabajo resolvería todo. Fue en ese momento cuando me llamaste. Sentí un gran alivio luego de hablar contigo. Esa sombrilla era de mi abuelita y tiene un valor sentimental muy alto para mí.
Subí mi mirada. Tenía sus dos zafiros puestos en mí. Eran brillantes y llenos de confianza. Su cara seguía con una sonrisa, pero ya no era juguetona; era una sonrisa de agradecimiento.
—Entonces, ¿sin remordimientos?
—Sin ningún remordimiento, diablito.
Eso me tomó por sorpresa, así que empecé a reír de manera desenfrenada, y no tardó mucho en que Pol me acompañara. Pero nuestras risas no duraron mucho, ya que una llamada entró en su teléfono.
—Oh, discúlpame, debo contestar.
Se paró rápidamente y contestó su teléfono. Yo tomé otro sorbo de café, que ya no estaba tan caliente. Miré por la ventana. Ya el sol se había escondido y la ciudad empezaba a cubrirse con un manto de oscuridad, opacado por las luces de los postes. Pol volvió, se notaba preocupado e incluso molesto.
—Oye, ¿podríamos dejar esto hasta acá? Es que me surgió algo que necesito resolver con urgencia.
—Sí, claro, no hay problema.
Rápidamente terminamos nuestras bebidas y salimos del local a las frías calles del centro. Él tenía su sombrilla en una mano y con la otra volvía a jugar con sus aretes. Nos despedimos y cada uno iba a tomar su camino, cuando a Pol se le ocurrió una idea.
—No sé qué te parezca, pero ¿y si cambiamos números? Quién sabe, tal vez algún día necesites a un músico.
Estaba sorprendido. Nunca pensé que un robo podría terminar tan bien.
—Eh, sí, claro, y tú, tal vez algún día necesites a un sociólogo, ya sabes, para entender a esta sociedad.
—Me parece una buena idea.
Cambiamos números y nos agregamos en WhatsApp. Ahora sí, nos despedimos y cada uno tomó su camino. Coloqué mis audífonos de cable en mi celular para irme oyendo música. Puse a reproducir mi playlist e iba a guardar mi celular cuando me dio curiosidad ver la foto de perfil de Pol. Una carcajada escapó de entre mis dientes cuando la vi. En su foto estaba él. Era una foto vieja, ya que en ella se veía a él de niño, sin algunos dientes pero con su sonrisa encantadora. Pero él no estaba solo, había una señora mayor a su lado, sosteniendo la sombrilla amarilla.
15-11-21 / 01:04 pm
La felicidad que sentía era indescriptible. Pasé inglés con una de las mejores notas, detrás de Lucas. Lo peor de todo es que ese día no había ido a clase. No entiendo cuál es su método para lograr eso en casi todas sus asignaturas. La docente de ingles nos dijo que ya no tendríamos más clases ese semestre, aunque solo quedaba una clase más antes del cierre official.
Salí a uno de los pasillo de la universidad. Tenía el resto del día libre, pero debía estudiar; esa semana tenía tres exámenes. El martes tenía el de “Historia del Arte”, que era mi materia optativa; el miércoles, “Teoría Sociológica: Marx”; y el jueves de “Historia”. Era estresante, pero sabía que luego de eso podría descansar más o menos un mes y medio. Así que valía la pena.
Saqué mi celular para revisar mis pendientes, cuando vi uno de los mensajes de mi tía Temis: “Querido, recuerda que hoy llego tarde. Prepárate algo para comer y cámbiale la arena a Sombra. Te amo y gracias”. Sombra era una gata que había llegado hacía más de una semanaa nuestras vidas. Mi tía se la encontró y no tuvo el corazón de dejarla. Según el veterinario, tenía unos 8 meses y estaba desnutrida, pero por lo demás estaba bien. Se le colocaron sus vacunas correspondientes y luego llegó a casa con ella. La verdad, la gata es un amor; es cariñosa y cuando estudio, viene y se acuesta en mi regazo. Ha ganado tanto mi corazón que ahora está conmigo en mi foto de perfil, desde WhatsApp hasta Instagram.
Iba a guardar mi celular cuando alguien pasó corriendo a mi lado, empujándome en el camino. Mi teléfono se resbaló y cayó. Asustado me agaché para revisar mi celular. Por suerte no le había pasado nada. Subí la mirada para ver a la persona que me había empujado. Para mi sorpresa, era Apolo. Se notaba agitado, pero era más notorio su susto.
—¡¿Clep?! No sabía que estudiábamos en la misma universidad. Ah, discúlpame, ven.
Me dio su mano para ayudarme a levantarme. Tenía sus uñas pintadas del mismo color que sus ojos, un azul zafiro con efecto mate. Me incorporé y le sonreí amablemente. Él empezó a jugar con sus aretes.
—Clep, ¿tu celular está bien?
—Ah, sí, no le pasó nada. Así que no te preocupes.
—Menos mal, ¿y tú?
—Sí, también estoy bien. Solo fue un empujón, no te preocupes.
Lo miré detalladamente. Hoy tenía su pelo recogido en un chongo, pero no estaba muy apretado; algunos mechones sueltos caían por su cara. Usaba un suéter de cuello tortuga negro, pantalones cargo beige y botas negras. Y, como no, sus gafas enmarcando sus ojos. Pero había algo más: llevaba el estuche de la guitarra en la espalda. Era chistoso; el estuche era bastante grande, parecía una caricatura.
—Oye, fue agradable encontrarme contigo, Clep, pero tengo que ir a clase.
—¿Qué clase tienes?
—Composición. Tengo el examen de cierre.
El silencio volvió a aparecer. No sé por qué, pero parecía que siempre quería interrumpir nuestras charlas. A veces lo agradecía y otras no.
—Oye, se me ocurrio algo ¿y si me acompañas? No podrás entrar al aula, pero podemos ir hasta mi salón y seguir hablando. Igual mi examen solo dura unos diez minutos. ¿Qué te parece?
Me quedé callado. Miré a Pol a la cara. Su sonrisa estaba ahí, como parece que siempre está. Pensé: "¿Este chico a qué juega?" Si yo tuviera un examen importante, no me quedaría a hablar; me despediría y me iría lo más rápido posible para cumplir con él. Pero este chico era mi polo opuesto, desde su físico hasta su actitud.
—¿Estás seguro? No quiero ser el motivo de que pierdas tu examen.
—Sí, muy seguro. Además, la profesora me ama. No le molestará si llego un poco tarde. Y tú no serás el motivo de que algo negativo pase, créeme.
Volvió a sonreír y yo bajé mi cabeza. Dejé escapar de entre mis labios un suave “okey”, y con eso bastó para que sintiera un jalón. Subí mi mirada y Pol estaba frente a mí, caminando ya hacia su salón. Guardé mi celular y empecé a seguirlo.
15-11-21 / 01:13 pm
Los pasillos estaban llenos de gente; muchos corrían para llegar a su siguiente clase y otros solo estaban en el pasillo, hablando. Nosotros caminábamos rápido para perder el menor tiempo posible. Hasta donde sabía, la facultad de música estaba a unos diez minutos de la de filosofía y letras, que era donde me encontraba. A veces uno debía pasar por algunas facultades para llegar a su destino final, como en el caso de Pol.
—Oye, ¿por qué se te hizo tarde?
—Oh, estaba trabajando en la floristería y no me había fijado en la hora. Cuando vi, tenía como treinta minutos para llegar a la universidad. Por suerte, hay un bus que me trae en unos veinticinco minutos hasta aquí.
—Pero el tiempo no te daba de todas formas.
—Pues sí, pero mejor tarde que nunca, ¿o no?
—Bueno, supongo que sí… Y tu examen, ¿de qué se trata?
—Es para composición. Nos pidieron una pieza de unos dos minutos, donde un instrumento nos acompañara. También nos pidieron la partitura y la letra escrita. Es una combinación entre una evaluación y el trabajo final, ya que debo presentar la canción sin ver la partitura ni la letra.
—¿Y estás nervioso con respecto a eso?
—Un poco, pero sé que me va a ir bien.
—Esa es la actitud. ¿Y de qué trata la canción?
El silencio volvió a aparecer, pero esta vez fue incómodo. No sabía si la pregunta lo había molestado o no sabía qué decir. Quise hacer otra pregunta, pero Pol rompió el silencio.
—La canción habla sobre las flores y su conexión con la muerte. El título me suena muy tonto, pero la llamé “El jardín de los recuerdos”.
—No suena mal. A mí me gusta el nombre.
—Oh, gracias.
De nuevo, el silencio. Creo que no quería hablar de eso definitivamente, así que no insistí. De repente, el ambiente se sintió tenso. Bajé la cabeza un poco y de reojo empecé a verlo. Tenía su mirada al frente y jugaba con sus aretes.
—Cambiando de tema, ¿juegas algún deporte, Clep?
—Pues, no es nada serio, pero me gusta el baloncesto y sé jugarlo. ¿Y tú?
—También juego baloncesto. No sé nada de equipos ni cosas así, pero me encanta jugarlo. Aprendí cuando estaba en la escuela.
—Ya somos dos. Yo intenté meterme en un equipo de baloncesto, pero no me aceptaron.
—Por tu altura, habrías sido un gran jugador.
—¿Tú crees?
—No tengo pruebas, pero tampoco dudas.
Empezamos a reír. La incomodidad había desaparecido y solo las risas llenaban el ambiente. Así comenzamos a hablar de diversos temas, descubri cosas sobre él, como que su color favorito sí era el azul, que su género de música favorito era el rock, que le gustaban más los perros que los gatos, que amaba el té y las cosas saladas. Él era lo opuesto a mí: mi color favorito es el amarillo, me gusta el pop y los gatos, amo el café y las cosas dulces. El tiempo pasó volando y ya habíamos llegado a su salón. Me preguntó si lo podía esperar; dijo que no se tardaría, así que lo esperé. Y como había dicho, no se tardó más de diez minutos. Mientras salía, guardaba su guitarra, sus ojos estaban vidriosos pero tenía una gran sonrisa de oreja a oreja.
—Clep, ¿adivina cuánto saqué?
—No lo sé, ¿un ocho?
—¡Diez!
Estaba feliz por él. No sé qué tanto se le dificulta los estudios, pero sacar una buena nota puede alegrar a cualquiera.
—Bien, aquí acaba mi día como estudiante. Clep, ¿tienes algún plan para la tarde?
—Sí, debo irme a estudiar. Tengo algunos exámenes esta semana, así que el tiempo que tengo es corto.
—Oh, entiendo. Es que quería invitarte a jugar baloncesto, ya sabes, a ver si mis suposiciones son ciertas.
Dejé escapar una pequeña carcajada. En el fondo quería ir, pero sentía más fuertes mis responsabilidades que mi deseo. Bajé la cabeza con algo de pena y tristeza. Entonces se me ocurrió una idea.
—Esta tarde no puedo, pero el miércoles en la tarde sí. ¿Qué te parece?
—Sí, déjame lo escribo en mi celular y te mando la dirección por WhatsApp, ¿te parece?
—Sí, está bien.
Sus ojos brillaban, se notaba su emoción en la cara. Sacó su celular y me mandó la dirección a mi teléfono. El lugar era cercano a la uni y a mi casa, así que era cómodo para llegar. Luego de eso nos despedimos y cada uno tomó su camino. La verdad, sentía emoción; hacía mucho que no salía a jugar baloncesto.
17-11-21 / 05:58 pm
El frío de la tarde era agradable, refrescante, contrastaba con el calor de mi cara. Poco a poco, el sudor caía por mi piel. La sensación de libertad y de cero preocupaciones era increíble. Corríamos como locos por la cancha de basquetbol, intentando quitarnos el balón para encestar. Era un 1 contra 1 muy reñido: Pol era más rápido y yo era más alto. Así que teníamos nuestras ventajas contra el otro.
A lo lejos, la campana de una iglesia empezó a sonar, marcando las seis de la tarde. Esas cosas me hacían sentir en mi pequeño pueblo. Decidimos parar y tomar algo; creo que el cansancio era mutuo y no era necesario decir que hasta ahí había llegado el juego.
—Definitivamente hubieras sido un muy buen jugador de baloncesto.
—Tú también.
Empezamos a reir. Yo bebía un Gatorade naranja y él un Power Up Azul . Como si fueran copas de vino, brindamos por esa tarde de juego y deseamos que se repitiera en algún otro momento. Saqué mi teléfono de mi maleta; había escuchado un ruido que venía de la mochila mientras jugaba. Pensé que mi tía me había llamado, pero era algo peor, al punto que casi escupo mi Gatorade.
—¡Mierda, tengo un examen mañana!
Empecé a maldecir como un loco. Sentía que todo se caía a mi alrededor, que no merecía este descanso, esa sensación de libertad era falsa, porque aún seguía atado. Para rematar, el examen era de la única materia en la que no conocía mi promedio: “Historia”. Mi estómago me dolía, la ansiedad volvía, bajé la cabeza.
—Oye, no es para tanto, es solo un examen.
—No es cualquier examen, Pol. Es de historia, y no es con cualquier profesor, es con John. Ese hombre enseña bien, pero puede reprobar a todos, no conocemos nuestras notas.
—Sí, pero Clep, una nota no lo es todo.
—Para mí sí, Apolo. Yo tengo una beca. No sé cómo haces tú, pero mi promedio debe ser impecable para no perderla. La nota sí me importa.
El silencio se apoderó del ambiente. Era tenso, mis manos temblaban, tenía rabia, rabia conmigo, por no ser capaz de mantener un buen promedio. Me giré para darle la espalda a Pol, bajé la cabeza, me sentía derrotado. De la nada, una mano se posó sobre mi hombro. Me giré, Apolo me miraba, sus ojos azul zafiro me dieron un escalofrío. Eran unos ojos realmente bellos, había en ellos un brillo.
—Clep, no podemos recuperar el tiempo perdido, pero podemos usar lo que nos queda. Te puedo ayudar a estudiar. A ver, dime, ¿cuál es el tema?
Me paralicé, no sabía si Pol era el indicado para ayudarme a estudiar. Dudé en responderle, cerré mis ojos y respiré profundo. Ya en este punto, cualquier ayuda la aceptaría.
—Es sobre lo que sucedió durante 1900 a 1950 en el país y cómo lo que pasó alrededor del mundo lo afectó.
—Okey, pues creo que tengo libros sobre eso en casa. A mi abuelita le gustaba leer mucho sobre ese periodo, así que tengo material. Además, dicen que, si le explicas a alguien sobre el tema, aprendes más, y yo soy todo oídos.
—Pol, el tema es muy largo y nunca se sabe qué puede preguntar. Tengo material, tengo apuntes, tengo todo y es mucho. No sé qué va a preguntar.
—Pues no perdamos el tiempo, ¿nos vemos en mi casa a las 8?
—Yo... no lo sé.
Me quedé callado, no sabía qué decir. Él quería ayudarme. Nuestras miradas se encontraron; sabía que no lo decía solo porque sí, realmente quería ayudar. Tragué saliva.
—Está bien, pásame tu dirección por mensaje y allí estaré a las 8.
—Esa es la actitud.
Me pasó la dirección de su casa. Estaba a unos treinta minutos caminando; si iba en bicicleta, tardaría unos diez minutos. Pregunté si tenía donde guardarla y me dijo que sí. Una vez con un plan, me fui lo más rápido que pude a mi casa. Tenía poco menos de dos horas para organizarme y alistar todo lo que iba a necesitar esa noche. Sabía que iba para largo.
17-11-21 / 07:55 pm
Llegué un poco antes de las 8 a la casa de Pol. Me gusta ser muy puntual, aunque creí que el tiempo no me iba a dar. Cuando llegué a casa de mi tía, me bañé, comí algo, organicé las cosas en mi maleta y me fui. Antes de irme, le conté a mi tía Temis de mi plan para esa noche. Estaba feliz de que saliera; me abrazó y felicitó. Era raro. De camino, noté que él vivía lejos de la universidad, a unos 45 minutos. El apartamento está en el norte de la ciudad, en un piso alto. Cuando llegué, el guardia de seguridad me ayudó a guardar mi bicicleta y me guió hasta el departamento. Apolo le había pedido que me ayudase a llegar hasta su puerta. Se llama Paulo y tiene 55 años, un buen hombre, muy agradable. Apenas me dejó en la puerta, se fue.
Timbré dos veces. Se escuchó un ruido muy fuerte al otro lado de la puerta y luego un quejido. Pasaron unos segundos antes de que abriera.
—Hola, Clep, pasa. Llegaste un poquito antes.
—Sí, perdón, me gusta ser puntual.
Nos quedamos en silencio, viéndonos el uno al otro. Su pelo está mojado y suelto; nunca antes lo había visto con el pelo así. Le llega debajo de los hombros. Lleva de nuevo el suéter de cuello tortuga negro, pero usa un pantalón gris de sudadera junto con unas pantuflas de conejo. Sigue con sus aretes, pero no tiene sus gafas. En ese momento noté que tiene unas cejas gruesas, muy lindas en mi opinión.
—Y bien, sigue por favor, no te quedes en la puerta.
—Ah, sí, claro, perdón.
—No tienes que disculparte por todo.
—Perdón.
Él dejó escapar una pequeña risita.
—No tienes remedio.
Entramos al fin a su apartamento. Es gigante, mucho más que el de la fiesta, casi tan grande como el de mi tía Temis. Tiene una vista hermosa; se puede ver toda la ciudad desde allí. Es increíble verla de noche. Pero lo único de admirar no es la vista. El apartamento es cálido y silencioso, a diferencia de la calle, que es fría y ruidosa. Apolo me mostró el apartamento: tiene tres cuartos, dos baños, la sala y la cocina. No tiene comedor, pero sí una barra que cumple esa función. Pol tiene algo de música en su celular; "Zitti e buoni" de Måneskin suena a todo volumen desde la cocina, y de allí viene un aroma llamativo. La verdad, no sé qué está preparando, pero huele delicioso.
—Clep, ¿cenaste algo?
—Comí algo antes de venir, pero fue hace un buen rato.
—Ah, bueno, porque preparé algo pequeño.
Se mete a la cocina casi corriendo; se le ve emocionado. Yo me siento en una de las sillas que quedan en la barra y dejo mi maleta en el suelo. Pol se gira y coloca dos platos llenos de salchipapas; se ven y huelen deliciosos.
—Es solo algo que se me ocurrió hacer. Dame un segundo y traigo algo de tomar.
Miro a Pol, se nota feliz y orgulloso. De la nevera saca dos gaseosas, que sirve en vasos de vidrio con algo de hielo. Me siento raro, siento que no nos conocemos hace mucho, pero él es muy amigable y yo a veces me siento más arisco que un gato con él. Apolo es un sol al lado mío.
—Gracias, Pol, por todo. No solo por la comida, sino también por la ayuda y... bueno, la amistad.
Él deja los vasos sobre la barra y se sienta a mi lado. Gira a verme, y su cara está feliz, pero en sus ojos azules se ve algo raro, se ven rotos, algo que nunca había visto.
—Eres una buena persona, Asclepio.
Nos quedamos callados de nuevo, solo nos miramos. Se siente cómodo estar uno al lado del otro.
—Bueno, buen provecho.
—Sí, comamos que esto se enfría.
El silencio no es largo, ya tengo hambre, el aroma me abrió el apetito, así que empezamos a comer. Comemos, hablamos y escuchamos música. El tiempo pasa muy rápido. Aunque en comer no nos tardamos mucho, la charla se extiende hasta casi las 9.
—Oye, Clep, debemos iniciar, ya son las 9. ¿A qué hora tienes la clase mañana?
—Mierda, es cierto, tengo la clase a las nueve.
—Bueno, esas son 12 horas, no perdamos más el tiempo.
Nos paramos rápido. Pol lleva los platos a la cocina y yo me muevo a la sala y empiezo a organizar mis cosas en la mesa de centro. Saco todo mi material y lo extiendo para tener todo a la vista. Apolo sale de la cocina rápido y busca los libros que tiene. Me los da y yo les echo una ojeada y son increíbles, con mucha información. Me siento en control y feliz. Amo la historia y las ciencias sociales. Pol nota eso y empieza a ayudarme con el estudio. Nos sentamos en el sofá y empezamos a revisar todo, mientras la música sigue sonando de fondo. El tiempo pasa volando y llega un punto donde el sueño nos pasa factura.
18-11-21 / 07:51 am
La luz de la mañana entraba suavemente por la ventana, llenando la habitación de un cálido resplandor. El calor era agradable, envolviéndome en una sensación de comodidad. El ambiente era tan tranquilo que parecía sacado de un sueño, una profunda paz me invadía. ¿Acaso estaba en el cielo?
Por desgracia, eso no duró mucho. Un ronquido estruendoso irrumpió, asustándome y haciéndome reír. Entre risas, tomé conciencia de dónde me encontraba y de lo que había pasado la noche anterior. Estaba en el apartamento de Pol; estudiamos hasta que nos quedamos dormidos. Tomé mi celular para ver la hora: 7:52 de la mañana. Empeze a sentir mi corazón latir con fuerza, La ansiedad se apoderba de mi cuerpo. Tengo clase a las 9:00 y del departamento de Pol a la universidad hay unos 45 minutos, que en mi bicicleta puedo acortar unos 25 si me voy a maxima velocidad.
Me levanté lo más rápido que pude y guardé todas mis cosas en la mochila. Volví a escuchar un ronquido y, en ese momento, giré la mirada hacia el sofá y vi a Pol, quien dormía tranquilamente en la sala. Parecía un ángel que sonaba como un demonio. Una carcajada se escapó de mis labios. Me acerqué a él y lo tapé con una cobija.
Rápido me moví a la cocina y preparé el desayuno para los dos. Guardé el mío en papel aluminio y dejé el de él en un plato, junto con una nota:
"¿Qué tal, dormilón? Espero que hayas descansado. Se me hizo tarde para la universidad, así que tuve que levantarme rápido y salir sin despedirme. También me atreví a usar tu cocina y preparar algo de desayunar; espero te guste. Escríbeme cuando despiertes. Atentamente, tu sociólogo favorito."
Para desayunar preparé unos sándwiches de huevo revuelto con salchicha y piqué una naranja. A él le dejé un té inglés para acompañar. Yo compraría algo en la universidad. Sin más demora, salí casi corriendo del hogar de Pol. Tomé mi bicicleta y pedaleé hasta la universidad, esperando llegar a tiempo.
26-11-21 / 07:32 am
Salgo del salón de Filosofía, Aula 308 de la “Facultad de Filosofía y Letras”. Allí, un docente llamado Francisco nos entregó las notas a los estudiantes de Sociología y Ciencias Sociales. Revisé mi promedio: todo estaba por encima de 8,5. Era el mejor de mi carrera, aunque podría apostar que Lucas me superaba, no tenía duda. Estaba feliz, contento de seguir becado y de estudiar en la universidad de mis sueños.
Fuera del salón hace frío. Son un poco más de las siete y media de la mañana. Aún el sol es tímido y no brilla en todo su esplendor, iluminando la ciudad. Las nubes lo opacan,y le dán a todo un tono azul que refleja la temperatura baja. Para mí es agradable; mi pueblo queda cerca del mar, y el clima es cálido la mayor parte del tiempo, lo que resulta agobiante para cualquier actividad. Así que puedo disfrutar de este ambiente fresco y revitalizante.
Empiezo a caminar por los pasillos de la facultad. Muchos estudiantes festejan, celebrando el final del semestre y sus buenas calificaciones. Otros parecen indiferentes, tal vez porque no les fue tan bien o simplemente porque no les importa. Algunos lloran tímidamente, decepcionados por sus resultados. Yo simplemente sigo mi camino.
Después de salir de la facultad, veo a Pol con otras tres personas. Reconozco a dos de ellas: el chico que se vistió de militar en la fiesta y la chica con los brazos tatuados. Pienso en acercarme, pero el chico me intimida un poco, la verdad. Por suerte, se va pronto, lo que me tranquiliza. Intento acercarme más, pero justo cuando lo hago, Pol se va tras él. Me quedo quieto, indeciso sobre si dar media vuelta y marcharme o quedarme a esperar que vuelva, en eso, escucho la voz de Flor gritando a todo pulmón.
- ¡SE LOGRÓ!
Giro bruscamente hacia atrás y la veo correr, junto con ella viene Lucas, quien no puede dejar de reír. Doy un paso para acercarme a ella, cuando la chica tatuada pasa corriendo a mi lado, directo a los brazos de Flor. Ambas se abrazan y se besan. Me quedo estático de nuevo, sin saber qué hacer y pensando: “¿Desde cuándo son novias?”, Lucas se acerca a mi lado, en su cara tiene una risa burlona, sé que él sabe todo con respecto de la situación.
- Lucas, ¿me puedes explicar?
- Se volvieron novias hace como dos semanas.
Una tercera voz se une a la conversación.
- Están más pegadas que un chicle a un pelo.
Giro y a mi lado está una chica pequeña y delgada, su pelo es café oscuro, de piel blanca pero ojos negros, usa una camisa blanca elegante, con una falda rosa pastel y medias largas de color blanco y zapatos de muñequita, también lleva un bolso de conejo. Parece sacada de algún anime, a decir verdad. Ella era la otra persona que estaba con Pol, hace un momento.
- Por cierto, me llamo Fernanda, soy amiga de Catalina, la Novia de Flor.
- Yo soy Asclepio, pero me dicen Clep, soy amigo de Flor.
- Y yo soy Lucas.
Ambos giramos bruscamente para ver a Lucas, quien tenía una cara de “yo no fui”. No nos tomó mucho empezar a reírnos, él suele ser muy espontáneo y puede tomar a cualquiera por sorpresa.
- Bueno, Clep, es un gusto conocerte.
- Digo lo mismo, Fernanda.
- Dime Fer.
- Y a mí, díganme "el mejor promedio de la carrera de Derecho".
Interrumpió de nuevo Lucas, no me sorprende, él es brillante, detrás de esa fachada de vago que suele tener. Aunque sigo sin poder imaginarmelo como un abogado, usando traje y trabajando en una corte. Él posiblemente haría chistes de sus casos.
Flor se acercó a mí, junto con Catalina.
- Clep, te presento a Cata, mi novia, La chica de la fiesta, y Cata, él es mi amigo Clep, el chico que vomitó en la fiesta.
Todos empezaron a reír, yo solo bajé la cabeza, apenado, no sé qué tanto la gente me relacionaba con eso, pero recordarlo solo me daba pena. Catalina se acercó a mí, era una chica alta, superaba a Lucas en altura incluso, ella tenía su pelo rubio platinado hasta los hombros, sus brazos todos tatuados y su piel clara cual porcelana, a diferencia de Pol, sus ojos son de un azul claro, casi como el color del cielo.
- Un gusto, Clep.
- Lo mismo digo, Cata.
Nos dimos un estrechón de mano, muy formal. Luego me miró de arriba abajo, me analizó de una manera que produjo escalofrío.
- ¿Tú no conoces a un chico llamado Apolo?
- Sí, de hecho, es mi amigo, me iba a acercar a ustedes, para saludarlo. Cuando él se fue tras de un chico.
Catalina y Fernanda se miraron atónitas.
- No lo creo, este mundo es tan pequeño, ósea que el mismo amigo de Flor, es el mismo amigo de Apolo, él nos ha hablado mucho de ti.
No pude evitar sonrojarme, me parecía raro, era una coincidencia muy extraña. Lucas se empezó a reír y como si hubiera resuelto una ecuación imposible respondió.
- O sea que, Flor se enamoró de Cata, Cata es amiga de Fer, Fer conoce a Flor, porque ambas estudian Economía, Flor es amiga de Clep, y Clep es amigo de Apolo, que a su vez es amigo de Fer y de Cata, y yo logré conseguir una cita para Flor, a través de Apolo, al estar ambos en la misma electiva. Todos estamos conectados.
Todos nos quedamos atónitos en ese momento.y yo volvi a pensar: “¿Cómo que Lucas conoce a Apolo? ¿Flor y Fernanda son de la misma carrera?”, Ya me sentía mareado de tantas cosas.
- ¿Lucas, cuál es la clase que tienes con Apolo?
- "Taller de Fotografía."
- ¿O sea que él fue tu contacto?
- Correcto.
No sé si eso era un mal chiste del destino o que Lucas es realmente un genio y logró jugar con nuestras mentes a su favor.
- Eh, ¿Hola?
Todos giramos para ver quién había hablado, era Pol, quien tenía una cara triste, tenía su pelo suelto, usaba un saco azul oscuro y encima una chaqueta de cuero, pantalones en jean oscuro y sus zapatos eran del mismo color del saco. Esta vez tenía sus gafas puestas. Empezó a jugar con sus aretes, mirándonos a todos con extrañeza.
- ¿De qué me perdí?
Lucas se acercó a él, puso su mano sobre su hombro y le explicó todo lo que había pasado en los últimos 5 minutos. Creo que fue mucha información, ya que se echó para atrás y se quedó estático, intentando entender la situación. Se notaba cómo su mente estaba cargando como lo hace un computador. No procesaba por completo todo. Al final, Lucas le dio un pequeño golpe en el hombro y lo reinició. Lo que nos causó gracia a todos.
Después de reírnos un rato, empezamos a hablar y llegamos al acuerdo de irnos a desayunar, todos juntos, a una cafetería cerca de la universidad, que era muy conocida, ya que nadie había desayunado esa mañana. Cata y Flor ya la conocían así que nos empezaron a guiar.
Mientras caminábamos el sol por fin había perdido la timidez y salió a saludar, el azul que antes dominaba la ciudad le daba paso al amarillo, a la luz, al calor. El día es joven, así que hay que aprovecharlo.
27-11-21 / 06:47 pm
La lluvia golpeaba con fuerza las ventanas. La tarde es fría y toda la ciudad está cubierta por un aura triste y nostálgica. Me asomo desde la ventana de mi cuarto; todo parece de película. Me recuesto sobre mi cama y tomo mi celular. Ya que estoy de vacaciones, quiero buscar un trabajo para ganar algo de dinero. Mi tía cubre gastos como el hogar y la comida, y mis padres me ayudan con los pasajes y materiales para la universidad. Pero estoy de vacaciones y esta vez las pasaré en la capital. No volveré a casa con mis padres, excepto para Navidad, así que quiero ganar algo de dinero y, de paso, obtener algo de experiencia laboral.
Reviso en varios sitios para conseguir empleo. Ya tengo un “Currículum” que me ayudó a hacer mi tía. Pero ningun trabajo me convence; algunos pagan poco y otros se exceden con las horas de trabajo. Reviso un buen rato, pero al final me agobio tanto que prefiero dejar eso de lado y mirar en otro momento.
Apago mi celular y lo dejo a un lado, sobre mi cama. Cierro mis ojos y dejo que mi cuerpo se hunda en el colchón. Todo es silencioso y lo único que escucho es la lluvia. Todo es paz, hasta que un golpe me saca de mi mente.
—Cariño, ¿quieres algo de cenar?
Giro mi cabeza hacia la puerta. Allí veo a mi tía Temis. La miro de arriba a abajo; realmente creo que no nos parecemos. Lo único en común es nuestro pelo, aunque el suyo ya tiene algunas canas. Su piel es clara y sus ojos son de un café oscuro. Es delgada y tiene una muy buena figura para tener 52 años. Ese día llevaba puesta una pijama de gatitos que le regaló mi padre hace unos cuatro años.
—Podría ser, tía. ¿Qué tienes en mente?
—Mmm… Tal vez, ¿sushi?
—Me gusta esa idea.
—Okey, ¿como siempre o algún cambio?
—Como siempre, pero pide extra de salsa de soya, por favor.
—A tus órdenes.
Dejo caer mi cabeza para seguir descansando. Nos gusta mucho el sushi; pedimos siempre lo mismo, en el mismo lugar. Incluso mi tía ya se hizo amiga del dueño y del repartidor, que es hijo del dueño. Mi tía deja la puerta abierta y se va a llamar para hacer el pedido. Entonces, un suave maullido llama mi atención. Vuelvo a levantar la cabeza y veo a Sombra en la puerta. Cambio de posición y me siento en flor de loto. Ella se acerca, se sube a mi cama y se recuesta en mis piernas. Ella Ronronea y yo acaricio su suave pelaje; Sombra fue una agradable sorpresa en nuestras vidas.
En eso, mi celular vibra. Acaba de llegar un mensaje. Acerco una de mis manos para ver quién me escribe. En la pantalla veo un número que no recuerdo, pero cuando entro a ver bien, veo la foto de un niño muñeco con un paraguas amarillo y una abuelita sonriendo también. Es Pol. Primero le cambio el nombre y luego reviso el mensaje.
Pol: Hola, muy buenas tardes querido Asclepio… ¿Cuál es tu apellido? XD
6:55 pm
Pol: Bueno, eso no es lo importante ahora. Quería saber si quieres ir a jugar baloncesto conmigo mañana a las 11, en el mismo lugar de la última vez. ¿Te gustaría? 6:56 pm
Reviso mi agenda antes de responder. Estoy libre, igual creo que tendré gran parte de mi agenda libre hasta que inicie el semestre o consiga un empleo, así que, con emoción, le respondo.
Yo: Hola, Pol.
6:56 pm
Yo: Jajaja.
6:57 pm
Yo: Me apellido Hernández. Soy Asclepio Hernández.
6:57 pm
Yo: ¡Hagámosle! Vamos mañana a jugar.
6:57 pm
Pol: Listo, mañana a las 11.
6:58 pm
Apago mi celular y lo dejo a un lado. Creo que mañana será un gran día.
28-11-21 / 12:02 pm
El sol brilla con todo su esplendor en lo alto del cielo. El calor es agradable, nada abrumador. Todo el firmamento está libre de nubes o pájaros. Parece que el tiempo se detuvo.
Llevamos jugando un rato, corremos de un lado a otro por la cancha. El sudor en mi cuerpo, acompañado por la adrenalina, se siente increíble. Nunca había notado lo mucho que disfruto el baloncesto. O tal vez sea la compañía de Pol, es muy buen jugador y un excelente oponente. Pero ya llegó un punto donde el cansancio nos afectó a los dos, así que paramos y fuimos a buscar nuestras bebidas para hidratarnos y descansar.
Es agradable estar de vacaciones. El semestre se me hizo eterno y un tiempo de descanso no está mal, aunque no me puedo relajar del todo, debería buscar trabajo. Miro a Pol, quien toma a gusto su Power Up Azul. Está algo distante desde el viernes. No he indagado, ya que creo que está así por el chico que se disfrazó de militar, me contó Fer que se llama Adam. Tengo el recuerdo de haber oído su nombre el día de la fiesta. El silencio que nos rodea es agradable.
— ¿Tienes algún plan para estas vacaciones, Clep?
— La verdad, no. Solo sé que quiero conseguir un trabajo y ya.
— ¿Y qué tipo de trabajo te gustaría?
La pregunta me tomó por sorpresa. La verdad no había pensado en ello, solo quería un trabajo. Miro a Pol, su mirada está puesta en el cielo, parece buscar algo.
— La verdad no lo sé, Pol. Cualquiera diría yo, con tal que me paguen bien y no se excedan con las horas, estaría bien.
— Mmm… sabes, tengo una idea. ¿Y si trabajas conmigo?
De nuevo, me quedé sin palabras. Ahora sus ojos estaban puestos en mí, pero esta vez volvían a tener ese brillo. Su cara era pícara y parecía un niño pequeño que crea un plan para alguna travesura. No sé qué cara tengo, pero Pol deja escapar una pequeña risita.
— Verás, mi querido Asclepio, soy dueño y jefe de la florería "Mi pequeña flor" y necesito alguien que me ayude.
— Espera, no entiendo. ¿Cómo tienes una tienda a tus 22 años?
— Es una larga y triste historia. Pero, en resumen, la tienda era de mi abuelita y cuando falleció en 2017, me la dejó a mí a cargo.
Un aura triste se alzó entre nosotros. De repente, nubes aparecieron y opacaron el sol, todo se tornaba frío. Nos miramos, yo no tenía palabras en mi boca, pero en mi cabeza surgían miles de preguntas. Pol creo que se da cuenta de ello, ya que baja la cabeza, pareciendo procesar todo lo que había vivido.
— Sé que tienes preguntas, y eres libre de hacerlas.
— Y-yo no quiero ser atrevido.
— No, no te preocupes, Clep, es normal tener dudas. Adelante, pregunta.
Me quedé callado, las palabras se atoraban de nuevo. A pesar de mis dudas, tenía ansiedad por preguntar y miedo a lastimarlo. Pol es una persona increíble y temía herirlo. Lo miré y él tenía puesta su mirada en mí, esperando a que lo entrevistara.
— Bueno, pues, ¿por qué la heredaste tú?
— Era la única persona directa a quien podía heredarlo.
— ¿Tus padres?
— Mi madre murió al traerme a este mundo, era una niña, fue un embarazo adolescente, y mi padre desapareció al saber de mi existencia.
— O sea, que tus abuelos te criaron.
— Solo mi abuelita.
— ¿Y tú abuelo?
— Mi abuelita se divorció de el hace muchos años, ya que él golpeaba a mi madre y a ella, sin contar que tenía muchas, pero muchas aventuras.
De nuevo silencio. Se sentía un golpe de realidad para mí, nunca pensé que alguien como él, tan alegre y bromista, tuviera una vida que parecía digna de una novela turca. Pero había algo que aún me cuestionaba. Si su madre lo tuvo siendo muy joven, por ende, la abuela era también alguien joven, ¿entonces de qué murió?
—Pol, ¿puedo hacer otra pregunta?
—Adelante.
—Cuando murió tu abuela, tú tenías 18, ¿sí?
—Sí, tenía 18. Falleció dos meses después de mi cumpleaños. ¿Por qué?
—Es que, no sé, algo me dice que ella no murió por causas naturales.
—Y no te equivocas, falleció por cáncer.
Creo que me estoy arrepintiendo de haberle preguntado. Bajé la cabeza, apenado. No quería verlo a los ojos, me sentía mal, mal por él, al haber perdido de esa manera a su abuela y mal por preguntar algo tan delicado. Soy un imprudente. Pol colocó su mano en mi hombro y yo, por instinto, subí la cabeza, cruzando miradas.
— Tranquilo, Clep, eso pasó ya hace unos años, así que el tema ya lo he superado. Pero, en fin, mi abuelita me empezó a enseñar desde muy joven a manejar la florería, a cómo administrarla, cuidar las flores, armar los ramos y otras cosas. Durante esta época del año, las ventas suben, ya que se viene Navidad y Año Nuevo, así que siempre intento buscar a alguien más que ayude por estas fechas o hablo con mis empleadas para que hagan horas extras. Algunos años quieren y otros no, así que me toca trabajar más a mí. Igual siempre es pesado, ya que solo somos tres.
Me sorprendía su resiliencia. Sin duda, Pol es alguien increíble. Pero volviendo al tema del trabajo, tenía unas cuantas dudas e inquietudes.
— Pol, ¿no crees que vaya a ser extraño? Digo, somos amigos y ahora te vas a volver mi jefe.
— No lo mires de esa manera. Escucha, podríamos firmar el contrato mañana, te explico así por encima lo que te puedo ofrecer: trabajarías los lunes, miércoles y viernes de 9 de la mañana a 7 de la noche, conmigo, y los fines de semana desde las 8 de la mañana hasta mediodía. El 23, 24, 25 y 31 de diciembre los tienes libres al igual que el primero de enero. Solo que tendrías que ayudarme a hacer unas cosas de administración los viernes en la noche, en mi casa, sería solo durante las vacaciones, a no ser que quieras seguir ayudándome en administración una vez inicie el semestre. Tu sueldo sería dos veces el mínimo nacional. ¿Qué te parece?
Estaba sorprendido, era todo lo que buscaba en un trabajo. Según lo que recuerdo, la florería no queda tan lejos de mi casa y estaría trabajando con Pol, quien no era un desconocido para mí. Sonreí tímidamente, no podía negar que me emocionaba la situación.
— Pol, creo que tenemos un trato. ¿Dónde firmo?
Pol se rió, estaba feliz. De nuevo el sol apareció en el cielo, las nubes lo habían dejado libre. El clima parecía cómplice de Apolo.
— Mañana ve a la florería a las 8 de la mañana, así miramos el contrato, te explico las cosas e inicias. ¿Te parece?
— Sí, me parece estupendo.
Creo que esto va a ser divertido.
29-11-21 / 8:41 am
El contrato ya está firmado. Lo leí, creo que unas cuatro veces, para verificar todo. No es que desconfíe de Pol, pero es mejor asegurarse. Él sonríe, está muy feliz. Revisa su celular y me muestra la hora: "8:41 am". Rápidamente guarda todos los documentos en una carpeta y los mete en su maleta.
— Bien, Clep, tengo 20 minutos para mostrarte toda la tienda y explicarte lo básico del trabajo. Así que no perdamos tiempo.
El lugar es bastante grande. La parte delantera de la tienda está decorada con flores y cuadros de ellas hechas con acuarelas. Hay un exhibidor con ramos de rosas, tulipanes, margaritas, amapolas y girasoles. El mostrador tiene un letrero con la frase "Nosotros hablamos el lenguaje de las flores". También tiene una especie de columpio decorado con más flores. Todo el lugar está pintado de un verde que va entre el tono lima y pera.
Y eso solo es un tercio del local. Luego hay una puerta que lleva al resto del lugar. La siguiente habitación es un pequeño taller que también sirve como área de descanso para los empleados, y fue allí donde firmé el contrato. El taller tiene todo lo necesario para decorar los ramos y cuidar las flores, ya que en la misma tienda es donde se cultivan. Finalmente, hay un gran invernadero lleno de flores de todos los tamaños, colores vivos y aromas diversos. Todo parece sacado de algún anime.
Una vez explorado todo el lugar, Pol me cuenta sobre lo que se hace en la floristería. Comienza explicándome sobre el trabajo en caja: aquí, el personal asesora a los clientes para elegir la flor perfecta para su ramo, considerando el significado de cada una. Después se da el precio y el comprador da las aclaraciones finales, se envía el pedido al taller para preparar el ramo.
Continuando, describe cómo arreglan los ramos. Una vez recibido el pedido, se pone los guantes y se dirige al invernadero por las flores. Luego las corta, las lleva al taller, les quita las espinas si las tienen y las envuelve con papel, dejando ver los pétalos. Les coloca un moño a elección del comprador y, si se solicita, añade un mensaje personalizado.
Finalmente, me habla sobre su labor de sembrar, regar y cuidar las flores durante el turno. Al concluir cada día, se realiza un inventario de semillas para asegurarse de no quedarse sin ellas.
Pol me explica todo. Parece fácil, pero temo equivocarme, además de no conocer el significado de las flores o de cómo se armar los ramos. Pol me calma y me saca de la duda. Con las flores, él me muestra un libro que era de su abuela y que usan él y todos los empleados. En él está el significado de todas las flores de la tienda, si tienen espinas o si son dañinas para los animales. Pol me cuenta que su abuela era del campo y amaba las flores, al punto que las estudió por su cuenta. El sueño de ella era ser botánica, pero nunca lo logró. La florería fue lo más cercano que consiguió. El libro también está lleno de ilustraciones, iguales a los cuadros que están en toda la tienda. Ella lo hizo. Con respecto a lo otro, Pol me mostrará cómo trabaja hasta la hora del almuerzo, como una especie de inducción. Luego de eso, debo decirle con qué me siento más cómodo, si trabajando con el público o en el taller. Así iniciaré en esa área. También me aclara que el almuerzo lo invita la casa, una política de su abuela, así que no debo preocuparme por eso.
Una vez claro, nos ponemos el "uniforme", que son solo unos delantales verde pino con nuestros nombres. Con ellos puestos, nos vamos a la parte delantera de la tienda. Pol se dirige a la puerta y, a punto de girar un cartel que anuncia que el local está abierto, se gira y me mira.
— ¿Listo para esto, Clep?
— Eso creo.
Pol deja escapar una risita y gira el cartel.
— Pues preparado o no, amigo mío, empezamos.
Esto es raro. Me siento como cuando entré al jardín de niños, con miedo y emoción. Espero que esto sea lo mío y que las cosas con Pol no cambien.
29-11-21 / 1:35 pm
El calor en la tienda es sofocante, pero es necesario para que todas las flores estén bien. Uno no lo nota al entrar, pero después de una hora se vuelve evidente. Afortunadamente, en el taller hay un ventilador que ayuda a mitigar el abrumador calor.
Ya era hora del almuerzo. Pol colocó un cartel en la puerta avisando de la breve ausencia y salió a buscar la comida. Una de las amigas de su abuela prepara y vende la comida a el y a todos los empleados. Es algo tierno, especialmente porque lo hacen a pesar de la ausencia de su abuela. Apolo tarda unos cinco minutos en regresar con la comida, que esta empacada en dos táperes de plástico, acompañada de un jugo de mango y cubiertos. Nos dirigimos al taller y allí abrimos los táperes para ver qué hay dentro. El almuerzo consiste en una porción de arroz con carne, ensalada y papas a la francesa. El aroma es increíble y solo aumenta mi apetito. Sin más que decir, empezamos a comer. Tenemos hasta las dos de la tarde para almorzar. La comida no me decepciona; es deliciosa, como la comida de mi madre. Realmente me transporta a mi niñez. Miro a Pol, quien también parece disfrutar la comida.
— Bien, Clep, ya que viste cómo se hacen los ramos y cómo se debe tratar con el público, dime, ¿en qué área quieres estar?
He estado pensando en la respuesta desde que inicie el turno. Vi a Pol trabajar toda la mañana; me enseñó a hacer los ramos. Todo es muy mecánico y, la verdad, se me hizo sencillo. También pude ver bien el invernadero. Me contó que nunca se puede quedar sin flores; es muy caro traerlas de otro lado, así que cultivan en el lugar, ahorrando gastos y asegurado la calidad de las mismas. También vi cómo trabaja con los clientes. Es increíble; se nota que sabe tratar con el público. Tiene un carisma y una actitud que cautivan a cualquiera. La forma en que explica sobre las flores, con tanto cariño, pasión y amor, es admirable. Yo no me siento capaz de ser la mitad de bueno que él. Así que, con eso en mente, mi decisión es clara.
—Me gustaría trabajar en el taller, Pol.
—Ok. Esta semana trabajarás aquí. Pero la otra semana, medio turno lo trabajarás en caja.
—Oh, está bien.
—Igual, no te preocupes. Cualquier cosa que necesites, dime y yo te ayudo.
—Ok, gracias. Gracias por todo.
Estaba feliz y muy agradecido. Pol es una gran persona y siento que nunca voy a tener palabras suficientes para agradecerle. Seguimos comiendo en silencio nuestro almuerzo, disfrutando de la comida y de nuestra mutua compañía.
2-12-21 / 7:56 pm
Llegamos al departamento de Pol en bicicleta. Era viernes, así que nuestro turno en la florería había terminado, pero el trabajo de "administrar" apenas comenzaba. El apartamento estaba algo desordenado esta vez, pero intenté no prestarle mucha atención. Mientras Pol buscaba su portátil y sacaba la libreta donde apuntaba todo lo relacionado con la tienda, yo me senté en la barra observando. Luego, se dirigió a la cocina y abrió el refrigerador en busca de algo.
Pol encontró lo que buscaba y se volvió hacia mí.
—Clep, ¿te gustan las sopas?
—Sí, ¿por qué?
—Es que voy a preparar una sopa de pollo para cenar.
—No, Pol. Yo como cuando llegue a mi casa, no te preocupes.
—Tarde, ya estoy sacando las cosas. Además, eso es lo que pasa cuando trabajas conmigo. Siempre tendrás comida caliente sobre la mesa. Política familiar. "Barriga llena, trabajador contento", diría mi abuelita.
Reí tímidamente ante tal afirmación. Pol sacó su celular y puso música de salsa. Era divertido ver a Apolo bailar al son de la canción mientras preparaba la cena. Yo solo lo miraba embobado. Sentía que el pulso se me aceleraba un poco, así que aparté la mirada, saqué mi celular y me puse a revisar mensajes. No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando levanté la mirada, Pol ya estaba emplatando la sopa. Corrí el portátil y la libreta para tener espacio para los platos.
—Gracias
Pol colocó los platos y las cucharas, y luego se sentó a mi lado.
—Bueno, buen provecho.
—Igualmente.
Iniciamos a comer. La sopa estaba deliciosa y caliente, la música seguía sonando de fondo. Todo se sentía extraño pero cómodo. Pero no duró mucho, ya que el hambre hizo que la sopa desapareciera rápidamente. Apenas terminamos, Pol dejó los platos en el lavaplatos y movió las cosas para trabajar. Revisó su libreta y me pidió que le dictara lo que estaba escrito. Eran todos los artículos que faltaban en la tienda, él los pediría a una distribuidora que conocía. Luego revisó las ganancias del mes anterior y comenzó a restar los gastos. El alquiler del local, los almuerzos, los recibos de agua, gas, luz e internet, luego los sueldos de los empleados, y finalmente planificó lo del mes actual. Él daba números y yo, con la ayuda de la calculadora del celular, sacaba los resultados. Así estuvimos hasta que terminamos.
Pol fue a la nevera y sacó dos cervezas, me ofreció una y la acepté. Luego nos sentamos en el sofá. Para ese punto, ya no había música, solo silencio.
—Y bien Clep, ¿qué te pareció esta semana de trabajo?
—Pues, bien. Nunca había trabajado en mi vida, así que no tengo con qué comparar, pero siento que fue genial.
—Me alegra mucho que te guste el trabajo. Debo admitir, y esto tómalo más como tu jefe que como amigo, que trabajas genial haciendo ramos. Hubo clientes que me lo resaltaron. A ver cómo te va la próxima semana en caja. ¿Preparado para eso?
—Supongo.
—Hay Clep, ten un poco más de fe en ti mismo.
Bajé la cabeza, me sentía apenado. Pol tenía expectativas muy altas en mí, y sentía que no estaba a la altura.
13-12-21 / 6:04 pm
Es lunes, estamos próximos a cerrar el local. Estoy en el taller y Pol está en el marco de la puerta; estamos hablando. El día no ha sido muy movido. Por la mañana trabajé en caja y Apolo en el taller. Después del almuerzo cambiamos de lugares. Debo admitir que me desenvuelvo muy bien en ambos puestos, y por las tardes es divertido revisar las plantas, regarlas, sembrarlas e incluso hablarles. Son una buena compañía.
Pol saca su celular y revisa la hora. Luego me la muestra a mí. “ 6:05 pm". En menos de una hora cerramos y terminamos la jornada del día.
- Ven, vayamos al invernadero a revisar las flores. Si alguien entra, nos llamarán. No te preocupes.
- Okey.
Nos desplazamos al sitio y comenzamos a revisar las flores, a regarlas y a sembrar algunas. Pol vuelve a sacar su celular, pero esta vez pone música, rock para ser exacto. La primera canción que suena es "Bohemian Rhapsody" de Queen.
- Sabes, Clep, hay algo muy importante que debo preguntarte.
Tragué saliva; su voz sonaba seria. Nunca lo había oído hablar así. Un escalofrío recorrió mi espalda. Empecé a buscar su mirada y, cuando por fin di con ella, sus ojos me miraban como un halcón a su presa. No sabía qué traía entre manos, pero no podía tomarlo a la ligera.
- ¿Dime?
- ¿Cuál es tu flor favorita?
Me paralicé. La cara de Pol cambió en cuestión de segundos. Su expresión antes seria ahora era feliz; sonreía de oreja a oreja, parecía un niño haciendo una travesura.
- ¿Es en serio, Pol?
- Sí, muy en serio.
- Por los dioses, me asustaste. Pensé que era algo más...
- ¿Más qué? Para mí es importante. Nosotros trabajamos con flores, ellas son bellas y pueden transmitir mensajes muy hermosos. Así que dime, ¿cuál es tu flor favorita?
Estaba sorprendido. No sabía si tomarme con sorpresa, miedo o risa la actitud de Pol, pero era algo serio, al menos para él, así que debía responder con la mejor actitud posible. De todas formas, esa pregunta sí me pone a pensar. No tenía una flor favorita; nunca pensé mucho en ellas hasta que entré en este trabajo, pero, si me piden pensar en una flor, la primera que me viene a la cabeza es:
- Los girasoles, esas son mis flores favoritas.
- Interesante, muy interesante, Clep.
- ¿Por qué es tan interesante?
- ¿Recuerdas lo que dice el libro de las flores respecto a los girasoles?
Me sentía en una prueba. La verdad es que no lo recordaba. Empecé a sudar frío; la situación me estaba incomodando.
- No, no lo recuerdo.
Pol dejó escapar una pequeña risa y giró su cabeza hacia una esquina del invernadero, alli estaban plantados los girasoles.
- Girasol, una flor que simboliza el sol, ya que siempre mira hacia él. Una flor que puede crecer hasta los tres metros, imponente y majestuosa. El girasol es visto como un símbolo de felicidad, longevidad, resistencia, buena suerte y esperanza. Mi abuelita decía que a las personas que les gustan los girasoles, son personas creativas y de buenas energías. Y creo que no se equivoca.
Giro a verme; sus ojos brillaban. Mi corazón se detuvo y mis mejillas comenzaron a sentirse calientes, estaban rojas. Yo empecé a ver al piso. Mi pulso estaba acelerado. Quería buscar la manera de cambiar de tema o quitarme la lupa que sentía encima. Subí la cabeza y respiré profundo.
- No sabía eso sobre los girasoles, creo que es increíble y muy bello.
- Así es.
- Y tú, Pol, ¿cuál es tu flor favorita?
- La mía, mmmm… espera, te la traigo y te la muestro.
Pol se fue rápido al otro lado del invernadero. No veo muy bien de donde las saco, pero cuando vuelve, regresa con una pequeña maceta. En ella había un tallo con muchas flores azules, cada una con 5 pétalos en forma de corazón. En el centro de cada flor hay un pequeño ojo amarillo, que contrasta hermosamente con los pétalos y añade un toque de luminosidad. Es una flor pequeña, tanto que no serviría para un ramo. ¿Qué hace aquí?
- Esta de aquí es mi flor favorita. Se llama “no me olvides”. Son pequeñas y delicadas, pero son hermosas. Su nombre proviene de una antigua leyenda medieval, de una tragedia romántica. La flor "No me olvides" ha sido durante mucho tiempo un símbolo de recuerdos y memorias duraderas. El nombre refleja la idea de mantener vivos los recuerdos de seres queridos y momentos importantes, incluso cuando ya no están presentes. Esta era la flor favorita de mi abuelita también. No sirve para los ramos, pero aquí está, la conseguí luego de su muerte, ya que ella tenía una en casa, que marchitó apenas ella murió. Según ella, las personas que les gustan estas flores son buenos compañeros y amigos, con un fuerte sentido del apoyo y el compromiso.
Pol se quedó callado, miraba con nostalgia y tristeza la flor que tenía entre sus manos, de fondo sonaba “Don't Cry” de Guns N' Roses. Pol se fue y dejó la maceta en su lugar. Yo me giré y seguí arreglando las flores, y sin darme cuenta empecé a tararear una estrofa de la cancion:
And don't you cry tonight
Don't you cry tonight
Don't you cry tonight
There's a heaven above you baby
And don't you cry tonight
Escuché a Pol dejar escapar una pequeña risita. Me giré y él venía hacia mí. Sus ojos estaban algo llorosos. Creo que no debí preguntarle. Sin importar cuánto diga que ya no le afecta el tema, sigue doliéndole la pérdida de su abuela.
- Sabes Clep, yo también deseo que no me olviden. Creo que luego de esta vida no hay nada. La muerte no me asusta, pero el ser olvidado sí. Quiero que el día que me vaya, saber, que de alguna manera u otra la gente me va a recordar por años. Quiero marcar historia. Ser recordado por cosas buenas. Por eso estudio música, quiero que me recuerden como el mejor músico.
Nuestras miradas se cruzaron. Se veía como un niño, ilusionado y triste. Bajé la cabeza y una risa se escapó de entre mis labios. Una idea pasó por mi mente, tan fugaz y brillante como una estrella.
- Apolo, te prometo que tu vida será tan extraordinaria que los historiadores investigarán sobre ella.
- Asclepio…
Pol se rompió finalmente. Lágrimas desbordantes caen por todo su rostro, sus ojos pierden un poco su oscuridad y se ven más claros, más rotos, más tristes. Yo me acerco a él, con ánimos de abrazarlo. Él baja la cabeza y llora de la manera más silenciosa que puede. Cuando estoy frente a el, mis brazos lo rodean. Entre el sollozo y el dolor, logro oír un pequeño susurro.
- Mi abuelita tenía razón…
- ¿Sobre qué exactamente?
- Sobre que la flor “no me olvides” es sensible y el girasol es empático.
22-12-21 / 7:32 pm
El día ha sido pesado; desde que empecé, nunca habíamos tenido tanto trabajo. Ni siquiera pudimos almorzar. Lo bueno es que logramos hacer todos los pedidos, así que no nos atrasamos ni dejamos nada pendiente.
Ahora Pol y yo caminamos por la fría y oscura capital. Nos dirigimos a una estación donde tomaremos autobuses para ir a nuestras casas. Nos haremos compañía hasta entonces, ya que debemos tomar rutas diferentes. Miro al cielo, no hay nubes y, a pesar de la contaminación lumínica, se pueden ver las estrellas. Pol también mira el firmamento. Luego baja la cabeza y gira para verme, cruzando nuestras miradas.
— ¿Qué planes tienes para esta Navidad, Clep?
— Pues, mañana nos vamos con mi tía Temis a mi pueblo.
— Ah, cierto, tú no eres de la capital. ¿Y tu tía?
— Tampoco. Se mudó aquí para estudiar derecho. Pero siempre todos volvemos al pueblo para pasar esta fecha en familia, no importa dónde estemos, es una tradición volver a casa.
— Qué bonito, volver a casa con la familia.
— Sí, suele ser incómodo y muy desastroso todo, pero también es divertido. Somos como unas 40 personas en una casa.
— Suena... increíble.
Pol baja la mirada. Desde el día que lloró en el invernadero, está algo sensible. No sé si es por la fecha o algo del estilo, pero se nota su dolor y soledad. Hace pocos días, el viernes de la semana pasada por la noche, me confesó que nunca nadie lo había visto llorar con tan poco tiempo de conocerse. Hasta ese día, caí en cuenta de que nos conocemos hace poco menos de dos meses, pero nos hemos vuelto muy cercanos a pesar del poco tiempo. Aun asi he empezado a conocer cómo se comporta, cuándo juega conmigo y cuándo es necesario cambiar de tema, como en esta ocasión. En este momento, Pol no tiene a nadie. Está solo, muy solo. No tiene familia y hablar de ella en estas fechas es como refregarle en la cara aquello que le falta.
— ¿Y tú, Pol?
— Pues, desde hace unos años, Adam me invita a su casa para celebrarlo. Pero este año creo que no va a ser así.
— ¿Por qué?
— Nos peleamos el día de cierre de semestre. Desde entonces no hablamos. Él es difícil de tratar cuando se molesta. Es mejor dejar que se enfríe todo para hablarlo, y eso puede durar desde unas horas hasta meses. Pero, en fin. Tal vez hable con Cata.
— ¿Cata no iba a pasar Navidad con Flor?
— Sí, pero Cata vive con sus hermanos y su padre. Son geniales y siempre nos hemos llevado bien. Así que tal vez me pueda unir. Aunque antes debo hablar con Cat.
— ¿Cat?
— Sí, Cat. Es un apodo que le puse. De hecho, gracias a ese apodo, la gente pensaba que éramos novios. Qué irónico, ella es lesbiana y yo soy gay. De esa manera lo veo poco probable.
Dejo escapar una pequeña risa traviesa. Me quedé congelado. Mi corazón empezó a latir rápido y mi cara comenzó a sonrojarse. Bajé la mirada. ¿Qué me pasa? pensé. Sentía felicidad, pero era un sentimiento raro, que a su vez era familiar. Respiré profundo y dirigí mi mirada a Pol, quien sonreía. Parecía que estaba recordando algo. Subí mi vista para divisar bien el panorama; ya faltaba menos de una cuadra para llegar a la estación. En eso, a mi lado pasó el autobús que me sirve.
— ¡Mierda, ese es mi bus!
Pol me mira y luego mira al autobús, y yo hago lo mismo. Este es un “hasta pronto” muy apresurado, pero sabemos qué debemos hacer. Salgo corriendo para poder alcanzar el autobús.
— ¡Clep, nos vemos el 27! ¡Buena suerte en tu viaje y feliz Navidad!
— ¡Gracias, Pol! ¡Feliz Navidad!
Ambos gritamos con todas nuestras fuerzas. yo corro lo mas rapido que puedo. Mi garganta se cierra, siento que me quema y el frío del aire no me ayuda. Pero el esfuerzo vale la pena, ya que alcanzo el autobús y subo para irme al apartamento de mi tía.
24-12-21 / 11:44 pm
La música de Julio Jaramillo inunda la casa. La gente canta, casi gritando, lo que me genera risa. Algunos están borrachos, otros bailan, hablan, cocinan o comen. Mis primos más pequeños juegan a las escondidas, mientras los más grandes tienen la cara pegada a sus celulares.
El ambiente es cálido y el aire salado trae una sensación nostálgica. Estoy en mi cuarto, o mejor dicho, en el ático que adaptaron como mi habitación cuando era niño. No es muy grande, pero es perfecto para mí, mi pequeño rincón privado. Mi "cuarto" tiene una cama, un escritorio, un caballete que usaba para pintar, un pequeño librero y pósters de bandas y cantantes en las paredes, o mejor dicho, en las tablas de madera. También hay algunos cuadros que pinté colgados, y una pequeña ventana que da vista al mar.
Reviso mi celular: "11:45 pm". Faltan 15 minutos para la medianoche, o sea, Navidad. Guardo el celular y tomo la copa de vino que está en mi escritorio y le doy un sorbo. Es amargo y seco, pero su sabor a uva es delicioso: Vino “Gato Negro" de Chile.
La noche es azul, un azul oscuro, bello y brillante, como los ojos de Pol. Mi pulso se acelera, mi cara se pone roja, y una sonrisa involuntaria aparece en mi boca. Dejo la copa en la mesa y me acuesto en la cama, mirando al techo.
Me pregunto cómo estará Pol. Espero que Cata lo haya aceptado en su casa para estas fechas y que no esté solo. Una idea cruza mi mente: el próximo año, le diré que venga conmigo, así podrá pasar una Navidad en compañía y en familia.
Mis pensamientos se ven interrumpidos por la voz de mi madre.
- ¡Asclepio, baja ya a comer!
- ¡Ya voy, mamá, dame cinco minutos!
- ¡No señor, baja ya te dije!
Respiro profundo, tomo la copa de vino y bajo.
27-12-21 / 3:19 pm
Pol y yo estamos trabajando en la florería. Es un lunes frío y solitario, otro día con pocos clientes. Pol está en el taller con la música a todo volumen; ha puesto rock otra vez. Él es feliz con sus canciones.
Yo estoy en la caja, esperando que llegue alguien, pero nada. Reviso mi celular: "3:21 pm". Desde las 2:30 no hemos tenido ningún cliente. El tiempo se vuelve eterno entre tanto aburrimiento. Me levanto y decido ir al invernadero; podría matar el tiempo revisando y regando las plantas un poco.
Adentro, veo a Pol sentado en una de las sillas del lugar. Lleva un suéter azul y un pantalón negro, junto con sus botas y el delantal del trabajo. Su pelo tiene trenzas sueltas, como si fuera un vikingo, y juega con sus aretes mientras canta "Enter Sandman" de Metallica. Su voz es aguda, así que contrasta muy bien con la canción, creando una bella armonía. Pol nota mi presencia y, justo al final de la canción, se levanta y extiende su mano hacia mí, cantando a todo pulmón:
“Take my hand
We're off to Never-Neverland"
Luego, como si tuviera una guitarra invisible en las manos, empieza a tocar, como todo un metalero. No puedo evitar reírme, la situación lo amerita; es todo muy chistoso y la actitud de Pol no ayuda. Cuando termina la canción, sigo riendo, y Pol empieza a reír tambien. Todo parece un juego de niños, en el que el tiempo no importa mucho. Las risas duran un buen rato, pero al final solo quedan nuestras sonrisas en la cara.
Miro a Pol, quien sonríe de manera brillante. Siento que es la primera vez que lo veo realmente feliz en semanas. La música sigue sonando, pero esta vez pasa de un rock oscuro a uno digno de gritar, suena "Fiesta Pagana" de Mägo de Oz. Apenas inician las flautas, Pol me mira y en su cara hay una sonrisa enorme combinada con sorpresa. Sin previo aviso, empieza a saltar y a aplaudir al ritmo de la canción, y, como si estuviera en un concierto, empieza a gritar la letra:
"Cuando despiertes un día
Y sientas que no puedas más
Que en el nombre del de arriba tu vida van a manejar
Si sientes que el miedo se pega a tu piel
Por ser comunero y justicia querer
Si te rindes, hermano, por ti nunca pensarás"
Empiezo a reírme desenfrenadamente. Tomo mi celular, lo coloco en una de las mesas del taller, abro la cámara y empiezo a grabar. Pol sigue cantando y, justo cuando inicia el coro, empiezo a cantar y a saltar con él, como si fuéramos unos niños:
"Ponte en pie, alza el puño y ven
A la fiesta pagana, en la hoguera hay de beber
De la misma condición, no es el pueblo ni un señor
Ellos tienen el clero y nosotros nuestro sudor"
Y así, reímos y jugamos, y el tiempo se pasa volando.
27-12-21 / 7:17 pm
Al final del día, todo dio una vuelta. Después de las cuatro de la tarde, llegó una marea de gente al local que pensamos que no terminaría nunca. Logramos superarla y cerrar a tiempo. Fue un buen día de ganancias, sin duda.
De nuevo caminamos a la estación para tomar el transporte a casa. Esta noche la lluvia nos acompaña, es fuerte y constante. Yo voy con un paraguas que me prestó mi tía, ya que perdí el mío hace un tiempo, y Pol va con su icónica sombrilla amarilla. Caminamos rápido para evitar el agua, no cruzamos palabra hasta que llegamos al lugar. Un pequeño techo nos cubre apenas ingresamos a la estación, todo está solo. Bajamos y cerramos los paraguas, nuestros zapatos y pantalones están mojados, pero nada que no se pueda soportar. El sitio tiene una pantalla que muestra en cuánto tiempo llegarán nuestros buses. El mío llega en unos 15 minutos y el de Pol en unos 20. Tenemos tiempo.
Giro para ver a Pol, ahora usa una chaqueta del mismo color que su sombrilla, haciendo juego. Se quita la capucha y me mira. Yo le sonrío y él hace lo mismo. En ese momento recuerdo que le había comprado algo por Navidad, así que busco en mi chaqueta su regalo. Pol nota que busco algo, pero no sabe qué.
- Clep, ¿se te perdió algo?
- No, no, no, solo que... ¡ya lo encontré!
Saco de uno de mis bolsillos un pequeño paquete mal envuelto, extiendo mi mano y se lo doy.
- Toma, Pol. Feliz Navidad.
- Asclepio... no, no era necesario.
- Eres mi amigo, ¿no? Sé que nos conocemos desde hace poco, pero quería tener este detalle contigo. Así que, por favor, ábrelo.
- G-gracias...
Su sonrisa ahora es tímida. Toma el paquete con cuidado, casi con miedo de romperlo, y lo abre como lo haría un viejito, con cuidado de no romper el papel. Apenas lo ve, empieza a reír.
- Clep, ¿dónde lo conseguiste?
- En mi pueblo venden ese tipo de cosas y apenas lo vi pensé en ti.
- ¡Ay, por los dioses, gracias, de verdad, MUCHAS GRACIAS!
El regalo era algo sencillo, un llavero en 2D de un paraguas amarillo, igual al suyo. Rápido saca sus llaves y lo coloca en ellas. Está feliz, parece un niño.
- Yo también te tengo algo, pero se me olvidó traerlo.
- Está bien, no tienes que darme nada, Pol.
- Pero quiero darte algo, eres alguien muy especial para mí.
Un silencio incómodo se alza entre nosotros dos. Yo bajo la mirada y él solo mira hacia otro lado. Respiro profundo y giro para verlo, él juega con su arete, tiene su mirada clavada al frente. Luego se gira a verme, parece que ha retomado el valor para hablar.
- Te lo traeré cuando me acuerde, lo prometo. Pero cambiando de tema, ¿qué hiciste en Navidad?
- Pues, lo que te había dicho. Volví a mi pueblo y estuve con mi familia. Nada espectacular. ¿Y tú?
- Pues al final hablé con Cat y me aceptaron en su casa. Fue genial,
- Me alegra que no la pasaras solo.
- Sí, fue divertido. También hablé con Cat y Flor sobre qué hacer el 31. Llegamos al acuerdo de hacer una reunión privada con amigos cercanos en mi casa.
- Oh, eso suena bien.
- ¿Quieres ir?
- Y-yo...
Suponía que lo iba a preguntar. Una parte de mí quería ir, pero la otra temía cometer el error que hice en Halloween, y tampoco quería dejar a mi tía sola. Respiré profundo, debía escoger. Miré a Pol, quien tenía su mirada puesta en mí.
- Necesito tiempo para pensarlo.
- Está bien. No necesitas responder ahora.
- Gracias.
De nuevo silencio, pero esta vez no era incómodo, solo estaba ahí. Y no se iba. Tanto duró nuestro silencio que el bus llegó.
31-12-21 / 9:32 pm
Llego a casa de Pol y golpeo la puerta un par de veces. Pol me abre con una sonrisa en el rostro. Tiene el pelo recogido en una coleta de caballo, lleva una camisa roja y un pantalón negro, junto con unas Converse a juego. El ruido dentro del departamento es fuerte, con música a todo volumen de todos los géneros.
Pol me invita a entrar y yo acepto. El lugar está limpio y huele delicioso. Adam está en la cocina hablando con Fer. Apenas entro, Adam me fulmina con la mirada; creo que no le caigo muy bien. En cambio, Fer me sonríe y saluda.
—Qué bien que hayas podido venir, Clep. Pol me dijo que casi rechazas su invitacion.
—Sí, no quería dejar a mi tía sola, pero al final me contó que tenía planes para esta noche. Lo único que me pidió es que llegara antes de que amaneciera al apartamento.
—Qué tierno que pienses en tu tía de esa manera.
Pol me toma del brazo y me lleva a la sala, donde están Cata y Flor hablando. Encima de una de las sillas del sofa está la guitarra de Pol.
—Flor, Cata, ¿cómo están, muchachas?
—Hola, Clep, bien, gracias. ¿Y tú?
—Bien también. ¿Qué hacen?
—Nada, solo esperando que el magnífico Apolo Méndez se digne a seguir tocando la canción que dejó a medias.
Los tres giramos al mismo tiempo para ver a Pol, quien sonríe de manera avergonzada. Nos sentamos y Pol vuelve a tomar su guitarra.
—Te cuento, Clep, resulta que aprendí una canción y se las estaba mostrando a estas dos “locas”.
—Sí, pero la dejaste a medias.
—Tenía que abrir la puerta.
—Sí, sí, como tú digas.
Una risa se escapa de los labios de Pol. Cata le susurra algo al oído a Flor, ambas se miran de forma cómplice y ríen. Luego, Flor me mira y me guiña un ojo. Algo traman.
—Pol, ¿por qué no le muestras a Clep la canción que aprendiste? De paso, la terminas de tocar.
—Es una buena idea. ¿Qué dices, Clep?
—Oh, bueno.
—Okey, pues esta es la canción que aprendí.
Así, sin más, Pol comienza a tocar “Flaca” de Andrés Calamaro. Su voz es suave, cálida y hermosa. Debo admitir que este momento me trae recuerdos de la noche en que nos conocimos, la noche de la fiesta. Se siente tan lejano, como si hubiera pasado hace años, pero solo han pasado dos meses. Giro y veo a Flor grabando y a Cata con una sonrisa en la cara, de forma algo burlona. Bajo la cabeza y respiro, luego la vuelvo a levantar y veo a Pol, quien está concentrado cantando y tocando. Parece tan natural, tan único. Siento que mi cara se enrojece un poco y mi pulso se acelera, retumbando en mis oídos. Pol gira levemente la cabeza para verme.
“Lejos
En el centro
De la tierra
Las raíces
Del amor
Donde estaban
Quedarán”
Un escalofrío recorre mi espalda. Pol gira su vista a otro lado y continúa con la canción. Siento como si ese pedazo me lo dedicara a mí, aunque creo que solo estoy imaginando cosas. Apenas termina, baja su guitarra y todos aplaudimos. Fue sin duda increíble. Pol sonríe; se nota que se siente feliz, sus ojos rebosan de alegría y paz. Vuelve a verme, esta vez hay algo diferente en su cara que no sé qué es.
—Acabo de recordar algo, ya vuelvo.
Pol se para y se va corriendo como un niño pequeño que quiere enseñarle algo a sus padres. Va a su cuarto y regresa con algo en sus manos.
—Tu regalo de Navidad, Clep. Disculpa, hasta ahora recuerdo dártelo.
El regalo es pequeño, envuelto en papel amarillo. A diferencia del mío, está bien empacado.
—Gracias, Pol.
—Es lo mínimo. Ahora ábrelo.
Abro el regalo con el mayor cuidado. Apenas lo veo, me muero de ternura y emoción. Es un llavero de un gato negro con un girasol.
—Pol, gracias. Se parece mucho a Sombra.
—Esa era la idea.
Le doy un abrazo efusivo. Y el me corresponde.
—Apolo, ¿puedo hablar contigo?
—Adam… sí, claro.
Adam está detrás de nosotros. Lleva una camisa de manga corta blanca con un logo que no reconozco, sus pantalones son verde olivo y sus zapatos son unas Converse negras. Su imagen es imponente. Apenas cruzamos miradas, me cuesta mantener el contacto visual con él. Pol se levanta y deja su guitarra recostada en el sillón. Ambos se alejan un poco. Cata y Flor hablan entre ellas y yo giro para ver a Fer, quien está notablemente incómoda. Bueno, no solo ella, todos sentimos la tensión y la incomodidad.
La situación no tarda mucho en escalar cuando unos gritos inundan el lugar.
—¡Mierda, Adam, deja ya esa puta actitud!
—¿¡Qué actitud, Apolo!? ¡Estoy preocupado! ¡Preocupado por ti! ¡Preocupado por Catalina! ¡Ustedes están cometiendo un error!
—¿Error? ¿Error, Adam?
—Sí, un error.
—Lárgate de mi casa.
—¿Qué? ¿Es en serio?
—¡LÁRGATE DE MI CASA! Tú necesitas recapacitar, no sé qué te pasa. Ya no eres el chico atento y protector que algún día conocí. Avísame cuando vuelvas a serlo, Ahora largo.
—Jódete.
Adam sale, enojado. Creo que si alguien se le cruza, recibirá un golpe. Abre la puerta de un portazo. Todo queda en silencio, nadie sabe qué decir. Solo nos miramos unos a otros, cuestionando lo que acaba de pasar. En eso, Lucas aparece en la puerta con una sonrisa y una cacerola con comida. Fer se acerca a él, le susurra algo al oído y cierra la puerta. Giro para ver a Pol. Su mirada está puesta en el piso; parece que va a llorar.
—Con permiso.
La voz de Pol se escucha quebrada, rota y vacía. Sin más aviso, se va a su cuarto. Quiero seguirlo, pero apenas me levanto, Cata me toma del brazo, impidiéndome que me vaya.
—Clep, no lo sigas. Adam es un idiota, pero Pol no se ha dado cuenta de eso.
—¿A qué te refieres con eso?
—Adam es homofóbico. Él piensa que Pol y yo vamos a cambiar, que eventualmente dejaremos de ser quienes somos. Y Pol cree que algún día Adam nos aceptará, pero eso se no va a pasar.
—¿Y tú?
—¿Yo? Yo ya di por muerto a ese hombre. Pol todavía lo quiere, pero, tarde o temprano el se dara cuenta y se alejara. No hay nada mas que podamos hacer.
Vuelvo a sentarme. Cata me pone una mano en la espalda en señal de apoyo. Bajo la cabeza y respiro profundo. Espero que la noche mejore.
31-12-21 / 10:51 pm
La situación ya se ha tranquilizado. Todos estamos en la barra de la cocina bebiendo cerveza y comiendo unas empanadas que trajo Fer. Hablamos y reímos, pero algo falta, o mejor dicho, alguien. Giro hacia la sala; allí está Pol, solo, afinando su guitarra. Tomo en una mano mi cerveza y mi empanada, y en la otra llevo lo mismo para Pol.
Me acerco. Él no me mira, está enfocado en su guitarra, afinándola con un cuidado y una sutileza impresionantes. No sé qué decir; siento que aún está molesto y triste, el ambiente se siente frío. No encuentro palabras para ayudarlo o aconsejarlo, solo me quedo de pie, pensando qué hacer. Pol se percata de mi presencia, levanta la mirada y baja su guitarra.
— Hola.
— Pensé que tendrías hambre.
— Gracias, Clep.
Le entrego la comida y la cerveza, me siento a su lado en el sofá para terminar la mía. De nuevo nos invade el silencio, un silencio que no me animo a romper. Pol come y bebe sin decir nada, tiene su mirada perdida. Yo lo observo de la manera más disimulada que puedo. No entiendo cómo dos polos opuestos terminamos siendo amigos. Ahora se estan destruyendo mutuamente, pero el recuerdo les impide soltarse.
— Clep, ¿alguna vez has sentido que está mal ser tú mismo?
La pregunta me toma por sorpresa. ¿En qué momento pasó de ser una reunión con amigos a una introspección existencial? Bajo la cabeza y respiro profundo. En un instante, los recuerdos llegan a mi mente como un golpe. Mis manos se ponen frías y mi pulso se acelera. Odio esta sensación de ansiedad.
— Sí, más veces de las que me gustaría admitir.
— ¿En serio?
— Sí, sufrí bullying todo el tiempo que estuve en la escuela. Sentía que ser yo solo era un sinónimo de rechazo. Estuve un tiempo en terapia por todo el dolor. Fueron más de diez años en ese infierno.
Me quedo callado. Sigue siendo algo doloroso de recordar. Ya no me roba la paz, pero sigue siendo un mal sabor de boca. Las burlas, algunos golpes y la sensación de soledad son cosas que pasan por mi cabeza al momento de recordar. Levanto la mirada y veo a Pol. Sus ojos son diferentes, el azul ya no es vivo, es un azul muerto, triste. Su cara tiene una mezcla de sorpresa y arrepentimiento.
— Lo siento, Clep. Creo que no debí preguntar eso.
— Está bien, es algo de mi pasado. Ahora sé que no está mal ser quien soy. Nunca le hice daño a nadie, y espero jamás hacerlo. Respeto al resto y espero que sea recíproco. Si alguien no lo hace, mejor solo me alejo. No entrar en un estándar o parámetro no está mal ni nos hace merecedores de un castigo, y viceversa: si alguien es diferente a nosotros, no lo hace merecedor de alguna condena. ¿No?
— Sí… creo que tienes razón. Gracias, Clep.
— No hay de qué, Pol.
Pol alza su cerveza en señal de brindis. Yo no lo dejaría ahí solo. Así que brindamos. Creo que él necesitaba oír algo que le ayudara a aclarar sus ideas. Seguimos comiendo en silencio, pero la atmósfera es más agradable ahora. Luego de unos minutos, Cata, Flor, Fer y Lucas llegan a la sala con más comida y alcohol. Empezamos a hablar entre todos, a beber y a comer más y más, en especial la bebida. Había muchos tipos de bebidas alcohólicas: vodka, cerveza, aguardiente, tequila y vino. También una champaña, que era para el brindis de medianoche.
Las cosas siguen escalando. Todos ya estamos un poco más borrachos y la música se apodera de nuestros cuerpos. Corremos el sofá y organizamos la sala como pista de baile. No importa si es salsa, merengue, reguetón o rock, bailamos hasta los comerciales entre canciones. Todo es genial y el tiempo corre, y así, antes de que nos demos cuenta, falta menos de un minuto para las 12. Tengo a Lucas a mi lado; él mira su celular y comienza a gritar.
—¡QUEDAN 15 SEGUNDOS PA’ LAS 12!
Todos paramos de bailar; el tiempo se nos había escapado de las manos sin darnos cuenta. Bajamos la música, y sin más, empezamos la cuenta regresiva.
—¡10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1! ¡FELIZ AÑO NUEVO!
Todos empezamos a gritar, estamos eufóricos. Nos abrazamos unos a otros celebrando la llegada del nuevo año, 2022. Pol, con ayuda de Fer, abren la champaña y las sirve en copas. Todos tomamos una y brindamos por el nuevo año.
Bebemos y hablamos. En un punto, Pol me toma del brazo y me aparta del resto. Él se ve algo borracho, aunque yo no puedo decir nada; siento que todo me da vueltas.
—Clep, quiero brindar contigo. Para que sigamos disfrutando de nuestra compañía por este y muchos años más.
—Y que así sea, que este año sea el mejor de nuestras vidas.
—¡SALUD!
—¡SALUD!
Brindamos y bebemos por completo nuestras copas. Luego nos volvemos a integrar al grupo. Seguimos bebiendo y bailando. Bebo tanto que mis recuerdos se desvanecen en un torbellino de risas y bailes. Lo último que recuerdo es el eco de la música resonando en mi cabeza mientras todo se vuelve borroso.
01-01-22 / 08:33 am
Siento que todo me da vueltas. No recuerdo dónde me encuentro. Me siento muy desorientado. Estoy acostado boca arriba, noto que estoy en un sitio suave y cómodo. Un rayo de luz choca con mi cara, molestándome. Me giro a mi izquierda, buscando librarme de aquel destello. Pero al girarme, veo algo que casi hace que mi corazón salga disparado. O mejor dicho, veo a alguien.
Me incorporo de un solo brinco. Me siento asustado, nervioso y muy avergonzado. Miro a mi alrededor. Estoy en un dormitorio. La cama está al lado de la ventana; yo estoy hacia el lado de la pared. Es una cama grande. Las paredes del cuarto están pintadas de gris y decoradas con pósteres de bandas de rock viejas: “Queen”, “Kiss”, “Nirvana”, entre otras. También hay de algunas más actuales como “Måneskin” o “The Warning”. Hay un clóset, un escritorio con su silla, y en una esquina del cuarto veo un ukelele, un bajo, una guitarra acústica y una eléctrica. Mi mirada vuelve a bajar. A mi lado, dormido como un ángel, está Pol. Ronca un poco, pero no como la última vez que dormí aquí, que parecía un león rugiendo. Ahora es un ronquido leve. Tiene su pelo suelto, algunos mechones le cubren la cara. Ambos tenemos nuestra ropa, o algo así, ya que Pol tiene su pantalón pero no su camisa, y yo estoy igual que él. Vuelvo a recorrer el cuarto con la mirada, buscando mi camisa.
En eso siento un jalón que me desestabiliza. Miro a Pol, quien toma uno de mis brazos y lo abraza con fuerza, como un niño con su juguete al dormir. Mi mano roza su cadera; se siente suave y cálida. Mi pulso se acelera, retumba en mis oídos. Mi cara se sonroja. Quito la mirada y me dejo caer en la cama. Tal vez pueda volver a dormir, así cuando despierte, quizás Pol también lo haya hecho y esta incomodidad se disipe.
Respiro profundo y cierro los ojos, con la esperanza de que el sueño vuelva a mí, pero Pol se mueve, acercándose más. Instintivamente, alejo mi mano de su cadera, pero él se acerca más y aprieta con más fuerza mi brazo. Mis ojos se abren. No puedo verlo, no quiero. Estoy recostado boca arriba, mirando el techo. Mi cuerpo se tensa, mi respiración se acelera al igual que mi pulso. Mi estómago se llena de una ola de sentimientos, siento como una descarga eléctrica. Vuelvo a cerrar los ojos y respiro profundo. Esta situación me está sobrepasando.
Finalmente, me giro y abro los ojos. Estoy frente a frente con él. Sus pecas son constelaciones en su tez blanca, sus pestañas largas y delicadas, acompañadas por sus cejas tupidas, que decoran y demarcan su cara. Su nariz romana termina de tallar su rostro, un rostro que parece de un dios. Su nombre definitivamente le queda como anillo al dedo: “Apolo”. Respiro profundamente y cierro los ojos.
Cuando pienso que todo será paz, el fuerte golpe de la puerta abriéndose me sobresalta, y no solo a mí, también a Pol. Él se acerca más y abraza con más fuerza mi brazo. Ambos nos sentamos, mirando hacia la puerta, buscando identificar qué produjo aquel ruido. O en este caso, quién.
—¡LLEGÓ EL 2022, FELIZ PRIMERO DE ENERO!
Como no ha de sorprenderme, el escandaloso que casi me da un infarto a mí y a Pol es Lucas, quien está todo mal vestido, con el pelo desaliñado y una botella de vino en la mano. Siento un golpe en mi cabeza, un dolor. Bajo la mirada; creo que al fin los tragos hicieron su trabajo. Pero no solo llegó el dolor, también los recuerdos. Ahora me siento más orientado. Anoche despedimos el año 2021, tomamos y bailamos hasta que nuestros cuerpos no resistieron más. Volviendo a la realidad, subo la cabeza y respiro profundo. Dirijo mi mirada a Lucas, quien sonríe de oreja a oreja. Parece estar totalmente ido por el alcohol. Giro mi cabeza suavemente para ver a Pol. Él ya no está aferrado a mi brazo, tiene el cuerpo tenso y mira a Lucas con una mirada asesina, seria, la misma que me puso a mí el día que me preguntó sobre las flores.
—Lucas, por favor, ¡SAL DE MI CUARTO!
Siento un escalofrío recorrer mi espalda. Estoy en el cuarto de Pol. ¿Cómo terminé aquí? Lucas nos mira a los dos y se sonroja un poco. Su sonrisa bromista pasa a ser una tímida. Se disculpa y cierra la puerta. Luego Pol se deja caer en la cama, cierra los ojos y respira profundo. Sus mejillas están algo rojas, pero no sabría decir si es por la pena o el alcohol. Él vuelve a abrir sus ojos y me sonríe.
—Buenos días y feliz año nuevo, Clep.
—Buenos días, Pol.
Nos miramos mutuamente, sin decir nada. La situación es extraña e incómoda, pero más incómodo sería hablar, así que el silencio se vuelve un aliado. Pero, como no es de sorprender, algo vuelve a interrumpirnos. Es un ruido fuerte. Ambos empezamos a buscar aquel ruido. Pol lo identifica rápido, se levanta y se acerca a su escritorio, toma algo y vuelve.
—Tu celular.
—Oh, gracias.
Lo tomo y miro quién me llama. Ahora sí siento terror. Mis manos se ponen frías. En la pantalla está el nombre de mi tía. En eso recuerdo lo que me había pedido la noche anterior. Sin más tiempo que perder, me levanto, tomo mi camisa, que está encima de la silla del escritorio, y me la pongo. Pol me mira, parece no entender muy bien qué sucede.
—Pol, discúlpame, debo irme ya. Le prometí a mi tía estar allí antes de que amaneciera.
—Oh, está bien. Solo avísame cuando llegues, por favor.
—Claro, ¿nos vemos el lunes en el trabajo?
—Por supuesto.
Nos despedimos y yo salgo de su cuarto. Tomo mi chaqueta que está en la sala, apago mi celular y lo guardo en la chaqueta. Salgo del departamento de Pol y me voy corriendo. En casa no me espera mi tía, sino un monstruo.
03-01-22 / 05:49 pm
El día ha sido tranquilo. Casi no hemos tenido clientes, lo cual tiene sentido, han pasado ya las fechas importantes. Lo próximo relevante en el calendario es el 14 de febrero, es decir, "San Valentín". Hasta entonces, tendremos una relativa calma.
Pol y yo estamos en el invernadero, revisando las flores, regándolas y plantándolas. Es el trabajo de rutina. Hemos estado callados durante todo el día. Hay una incomodidad palpable entre nosotros. Todo estaría en silencio si no fuera por la música. Esta vez, yo pongo mi celular a reproducir canciones, dejo sonando el álbum "SOUR" de Olivia Rodrigo. Me gusta bastante. Es más agradable escuchar eso que sentir el silencio y la incomodidad del ambiente.
— Clep, al final, ¿tu tía se molestó contigo por la hora de llegada?
— Sí, me dijo que, si volvía a llegar fuera de la hora que me pedía, me dejaría fuera de la casa.
— ¿No es eso un poco extremo?
— El problema con mi tía no es la hora de llegada. El problema fue no haberle dicho que me quedaría a dormir en tu casa.
— Entiendo. Bueno, supongo que se preocupa por ti.
— Sí, así es.
Nos miramos. La incomodidad entre nosotros es palpable, como si ambos quisiéramos hablar sobre esa noche, pero no encontramos las palabras adecuadas. Respiro profundo y, con el poco valor que tengo, decido tomar la iniciativa.
—Oye, yo... bueno, no recuerdo muy bien lo que sucedió en la fiesta de fin de año. Solo recuerdo hasta nuestro brindis y, no sé, quisiera saber, ¿cómo terminé en tu cama?
—Pues, la verdad, tampoco sé. Solo recuerdo que cuando ya me iba a acostar, tú estabas en ella.
—¿Y mi camisa? No me digas que me volví a vomitar encima de ella.
—No lo sé, la verdad tampoco recuerdo mucho de la noche.
—Creo que debemos mantenernos alejados del alcohol.
—Sí, creo.
Ambos dejamos escapar unas cuantas carcajadas. Nuestra incomodidad se disipa, pero la manera en la que nos despertamos aquel día me deja un vacío en el pecho. Es una sensación de culpa.
—Pol, discúlpame si en la noche llegué a ser muy molesto o algo. No estaba en mis casillas y siento que todo lo que pasó nos ha causado una incomodidad.
—No, Clep, está bien. No pasó nada esa noche de lo que tengas que arrepentirte. Y el hecho de que hayamos amanecido juntos solo fue algo que pasó. No le des muchas vueltas. Y sobre las camisas, quizás nos las quitamos en medio de nuestra borrachera.
Miro a Pol. Hay algo raro. Siento que me miente o algo así, como si supiera algo que yo no. Tiene la cabeza baja, concentrado en una planta, su pelo suelto cubre su rostro. Siento la necesidad de verlo a la cara, pero no hago nada. Él levanta su cabeza, y me sonríe tímidamente. Nuestras miradas se cruzan y un escalofrío recorre mi espalda. Bajo la mirada y él hace lo mismo. Mi corazón late de nuevo con fuerza. Respiro profundo y me concentro en seguir arreglando las flores. En eso, alguien grita desde la caja. Me levanto y voy a atender.
12-01-22 / 01:38 pm
Es hora del almuerzo. Ambos estamos en el taller, comiendo mientras vemos en el celular de Pol la serie “Young Royals”. Tanto la comida como la serie están buenas; parecemos dos niños pequeños, entretenidos con la pantalla del teléfono. De repente, una notificación aparece en el celular de Pol. Él lo toma y revisa.
"RECORDATORIO: Organizar horario Universidad"
—Como diría mi abuelita, se nos acabaron las vacaciones.
—Mierda, y yo no he organizado el horario. ¿Hasta cuándo se puede hacer?
—Pues, en teoría, todas las carreras registramos nuestros horarios en la misma fecha, así que se puede hasta el viernes.
—Ok, a mí se me había olvidado poner el recordatorio.
—¡Quién lo diría! El estricto de Asclepio, olvidando cosas de la universidad.
Ambos empezamos a reír. Creo que me he relajado bastante en estas vacaciones. Supongo que el trabajo me mantiene ocupado, sin duda.
—Bueno, esta tarde cuando llegue a casa organizo mi horario. Me pondré una alarma de recordatorio. Y de paso, la del lunes.
—Ya queda menos de una semana para entrar.
—Sí...
En ese momento, caigo en cuenta de que solo trabajo hasta el domingo. Después de eso, ingreso a la universidad y ahí acaba mi contrato. Miro a Pol. Él vuelve a poner su celular para seguir viendo la serie, parece no recordar que nos queda poco tiempo trabajando juntos.
—Pol, el contrato solo me cubre hasta el domingo.
—Ah, cierto...
El silencio vuelve a hacer su aparición, como un antagonista, nos quita las palabras e impide comunicarnos. Miro a Pol. Sus ojos ahora están tristes, y empieza a jugar con sus aretes, como siempre lo hace.
—Pues... no sé, ¿has pensado en la propuesta que te hice, Clep?
Me quedo atónito. No recuerdo ninguna "propuesta". Miro a Pol, mi corazón se acelera un poco, pero mi cabeza está procesando la situación. Realmente no recuerdo qué me había ofrecido.
—Pol, no recuerdo, ¿Cuál era la propuesta?
—Pues, no sé si quieras ayudarme con la administración de la florería los viernes. Tu sueldo se reduciría considerablemente, pero seguiríamos trabajando juntos. ¿Qué te parece?
—Me parece bien.
—Ok, entonces voy a ver lo del nuevo contrato esta tarde y el domingo hacemos la firma.
La verdad, estoy feliz, no solo de tener trabajo y poder ganar algo de dinero, sino de tener la posibilidad de compartir tiempo juntos. Aunque estudiamos en la misma universidad, somos de carreras diferentes y no compartimos ninguna clase, así que el tiempo que tendríamos para compartir sería bastante poco.
Después de eso, no cruzamos más palabras. Seguimos comiendo y viendo la serie, disfrutando del tiempo que nos queda juntos.
19-01-22 / 10:01 am
Es una mañana fría. La lluvia cae con fuerza y el viento sopla tan intensamente que las ventanas tiemblan. Aunque son las 10 de la mañana, el cielo está oscuro como si fuera de noche.
Salgo de mi clase de Antropología. Tengo un hueco de dos horas y mi siguiente clase es de Lingüística, en una facultad diferente. Saco mi celular y coloco una alarma para que media hora antes de que inicie la clase me avise y tenga tiempo de dirigirme al aula. Mientras tanto, intento ir a la biblioteca. Allí está cálido, es silencioso y puedo leer. También tiene una cafetería con los mejores postres que he comido en mi vida. Es un buen lugar para matar el tiempo.
Al salir del edificio, veo a muchos alumnos refugiándose de la lluvia en la entrada del primer piso. Algunos están empapados, mientras que otros, al llevar chaquetas y paraguas, están un poco más secos. Busco en mi maleta mi propia sombrilla y, justo cuando la saco y cierro mi mochila, veo de reojo a alguien pasar con una chaqueta amarilla. Levanto la mirada para intentar reconocerlo. Es una persona bajita, con el pelo negro suelto hasta los hombros, viste un jeans azul oscuro, botas y lleva un estuche de guitarra en la espalda y un paraguas amarillo a juego con su chaqueta. Es Pol, y a su lado está Fer.
— ¡Oigan, muchachos!
Me acerco a ellos entre la multitud. Pol apenas me ve, se acerca. Su pelo está algo mojado y algunos mechones se le pegan a la cara. Me sonríe de oreja a oreja; no nos hemos visto desde el domingo. Fer también se acerca, su sonrisa es tímida; a ella no la veo desde el día de la fiesta.
— ¿Ustedes tienen clase en esta facultad?
— No, ninguno de los dos. Vamos para diferentes facultades. Yo voy a la de música y Fer a la de… ¿biología?
— Sí, mi electiva está en la facultad de biología. La lluvia nos atrapó y decidimos refugiarnos aquí
— Fer, creo que vamos a llegar tarde a clase.
— Medio mundo va a llegar tarde a clase, Pol.
La gente sigue entrando al edificio, empujándose unos a otros. La situación se está haciendo insostenible, peor que el transporte público en hora pico.
— Oigan, creo que es mejor salir de aquí. Esto ya es sofocante.
Ninguno de los dos se opone. Tomamos nuestros paraguas y salimos del edificio lleno de gente. Afuera el aire es congelado. La lluvia cae sobre mi paraguas con fuerza, y el viento sopla como si intentara quitárnoslos.
— Muchachos, a mí ya se me hace tarde. Mejor me voy corriendo. Los veo luego
Sale corriendo. Si no recuerdo mal, su facultad queda al otro lado de la universidad, y si su clase inicia a las 10:30, va a llegar tarde. Pol se acerca a mí y me sonríe. Sus gafas están algo mojadas, pero parece no molestarle.
—¿Cuál es tu siguiente clase, Clep?
—Lingüística, ¿y tú?
—Historia de la música latinoamericana.
Nos quedamos callados mientras caminamos. La lluvia sigue aumentando su intensidad. Si seguimos fuera, terminaremos empapados.
— ¿Tu clase a qué hora es, Pol?
— A las 11:30.
— La mía igual. ¿Te parece si vamos a la biblioteca a matar tiempo?
— Sí, es mejor que estar aquí mojándonos.
Así, sin más, empezamos a caminar hacia la biblioteca.
19-01-22 / 10:44 am
La biblioteca es silenciosa y el ambiente se siente cálido. Está más concurrida de lo habitual, pero con la lluvia es comprensible. Pol y yo llegamos, estamos mojados, pero no podemos hacer mucho; la lluvia solo sigue aumentando. Nos dirigimos hacia el área de la cafetería para comer algo. Al acercarnos al mostrador, pedimos algo de comer y beber. Yo solicito un cappuccino con un pastel de chocolate, y Pol opta por un matcha latte con una tarta de fresa. Apenas nos entregan el pedido, nos sentamos en una mesa que está en una esquina de la cafeteria.
- Creo que es la primera vez que vengo a comer aquí.
- ¿En serio? A mí me gusta venir aquí con Lucas y Flor a comer. Ese pastel que pediste es delicioso.
- Oh, bien.
Pol prueba la tarta con duda, pero apenas le da un bocado, su cara cambia totalmente. Su expresión de gusto indica que le ha encantado.
- Por los dioses, ¿cómo he vivido toda mi vida sin probar esto?
Dejo escapar una pequeña risa por el comentario. Seguimos comiendo y hablando, nos contamos cómo nos ha ido esa semana y lo terrible que nos ha quedado nuestro horario. Es divertido, pero en menos de nada mi celular empieza a sonar; es la alarma, ya son las 11. Tengo media hora para mi clase, al igual que Pol. Mi facultad está a 20 minutos caminando y creo que la de Pol está a 15 minutos, así que sin perder más tiempo, terminamos de comer, tomamos nuestras cosas y salimos. Yo debo ir hacia la derecha y él hacia la izquierda así que debemos tomar cada uno su camino.
Estoy a punto de despedirme, pero noto que Pol quiere decirme algo, pero no sabe cómo. Tiene la mirada baja y juega con los aretes. Así que decido tomar la iniciativa en esta situación.
- Pol, ¿qué pasa? Siento que quieres decirme algo.
Él suelta una pequeña risita, levanta la mirada y en su rostro se notan las dudas internas que tiene, quiere decirme algo que le cuesta.
- Es que, este viernes no se puede hacer lo de administración.
- Oh, ¿ese es el problema? No te preocupes, lo podemos adelantar para el sábado si quieres.
- La verdad, quisiera moverlo para el otro viernes.
- ¿Para el 28?
- Sí.
- Está bien, Pol.
Él suelta un suspiro, parece que se quita un peso del mundo de encima. Pero de repente, me surge una idea: ¿por qué no nos vemos el viernes? La duda me está matando, miro a Pol, su cara de tranquilidad es indescriptible. Decido quedarme callado. Nos despedimos y cada uno toma su camino.
Mientras camino hacia mi clase, la lluvia se disipa dando paso al sol.
28-01-22 / 08:06 pm
Es viernes y estamos en la cafetería "Don Gabriel". Hoy, Pol decidió que viniéramos aquí. El lugar tiene un espacio especial para trabajar que se puede alquilar por horas y requiere reserva. No sé cuánto pagó Pol, pero no creo que haya sido poco, aunque no mencionó nada sobre el costo. En cierto punto, lo agradezco, ya que afuera el frío es extremo; ha llovido todo el día y parece que no va a parar en toda la noche.
— Clep, ¿recuerdas que aquí fue donde me devolviste la sombrilla?
— Sí, ¿Cómo olvidarlo?
Aunque no era la misma mesa del rincón de nuestra primera vez, el lugar seguía siendo agradable. Ahora estábamos en un espacio privado, algo pequeño pero muy elegante, con una mesa alta y sillas a juego. Tenía varios enchufes y un excelente wifi. Se podía poner música a gusto y había comida ilimitada por el tiempo pagado. En nuestro caso, teníamos el lugar desde las 8 hasta las 10.
— Y bien, señor Méndez, ¿me va a decir cuánto pagó por este lugar?
— Querido señor Hernández, como ya le he dicho reiteradamente, la política familiar indica que, si el empleado come bien, el empleado estará contento.
— Sí, Pol, pero eso no significa que tengas que pagar un ojo de la cara por un lugar. Podemos hacerlo en tu casa, ¡es más! La próxima vez podemos hacerlo en la mía; a mi tía le encantaría conocerte.
Soltamos unas risas. Podríamos ser jefe y empleado, pero somos buenos amigos. Miré a Pol, que ya estaba concentrado en su portátil. Llevaba el pelo suelto, una camiseta de AC/DC con una chaqueta de cuero, pantalones oscuros y unas Converse vinotinto. Muy rockero y acorde a sus gustos musicales. Había llegado con su estuche de guitarra; salió de la universidad para vernos. La verdad, me sorprende que esté bien; estuvo todo el día con el portátil y no se lo robaron. Él pidió un Matcha Latte gigante y un sándwich enorme; Pol no comía nada desde las 11. Yo pedí un café y un pedazo de pastel de tres leches.
— Bueno, díctame por favor los nombres de las semillas que nos faltan.
— Okey.
Así empezamos a trabajar. Ya era algo de rutina; todo se volvía automático, así que nos tomaba poco tiempo hacer las cosas. Fuimos tan rápidos esta vez que, cuando terminamos, apenas eran las 9:00. Teníamos aún una hora más en el lugar, así que decidimos pedir unas malteadas y quedarnos un rato allí. Pol aprovechó y sacó su guitarra, tomó su portátil y buscó una canción para aprender. Yo tomé mi celular y empecé a ver mis redes sociales. Pol tocó un par de notas y luego inició a tocar. Cada vez que fallaba, volvía a empezar. Lo observé lo más disimuladamente que pude; me daba risa porque, cada vez que se equivocaba, ponía una cara que me generaba mucha gracia. Él es muy expresivo.
Mientras Pol intentaba aprender la canción, un pensamiento pasó por mi cabeza: “¿Qué nos impidió hacer el trabajo la semana pasada?”. Aunque Pol me comentó que había adelantado eso por su cuenta, seguí preguntándome el porqué. Sentía la necesidad de saber, así que, con un nudo en la garganta, le pregunté:
— Pol, ¿te puedo preguntar algo?
— Sí, claro, dime.
Él bajó la guitarra y se acomodó para quedar frente a mí. Me lamí los labios y tragué saliva; empecé a sentir ansiedad, pero ya había metido la pata, así que debía preguntar.
— ¿Por qué el último viernes no hicimos lo de administración?
— Oh, es eso.
La expresión de Pol había cambiado. Su cara relajada y sonriente ahora mostraba tensión y dolor. Estaba algo asustado; ahora no sabía si quería saber. Bajé la mirada, apenado; ya no me sentía capaz de mirarlo a los ojos.
— Es que decidí verme con Adam.
Subí mi mirada, sorprendido. En el fondo lo sospechaba un poco, pero que él lo confirmara cambiaba las cosas. Un escalofrío recorrió mi espalda. Miré a Pol, su cara reflejaba dolor, frustración y tristeza. Sabía que lo que sea que hubiera pasado, no fue bueno.
— Pol, ¿quieres hablar de eso?
— No lo sé, Clep… siento que es algo que debo resolver yo. Pero estoy bien, no te preocupes.
Volvió a tomar su guitarra y siguió practicando. Yo sabía que no me convenía preguntar más; era algo delicado para él. Pol debía decidir cuándo contarlo. Mientras tanto, le di una probada a mi malteada. Había pedido de chocolate con nuez; estaba deliciosa pero algo dulce para mi gusto. Bajé la mirada y empecé a revisar mi celular. Todo lo que veía en él me parecía aburrido; me sentía como un niño al que le piden esperar cuando sus padres tienen algo que hacer. Estaba inquieto. Dejé mi celular sobre la mesa y subí mi mirada. Pol seguía practicando, pero parecía que ya estaba más feliz. Creo que por fin le estaba saliendo la canción que ensayaba.
— Clep, creo que ya la tengo, ¿quieres oírla?
— Por supuesto.
Al principio me costó identificar la canción, pero una vez lo hice, me impresionó. En menos de una hora logró aprenderla, y no solo la tocaba, también la cantaba.
“Dile ya, a tus papás, que no vas a regresar
Te vas con un loco que no te para de amar
A vivir salvajes, libres, libres allá en San Lucas
Tus ojos brillan más que la luna, sol y mar”
Era “San Lucas” de Kevin Kaarl. He de admitir que me gusta esa canción, y escuchar a Pol solo me pone los pelos de punta. Su voz es grave pero cálida, hermosa como siempre. Me siento hipnotizado sin duda. Cuando terminó, Pol me miró con una sonrisa. Yo le devolví la sonrisa, aún pensando en lo que había pasado entre él y Adam. Pero sabía que era su decisión hablar o no. Mientras, disfrutaríamos de nuestra compañía el tiempo que tuviéramos en este lugar.
03-02-22 / 05:27 pm
Había salido temprano, así que pensé en ir a la Florería a visitar a Pol. El clima había cambiado radicalmente de una semana a otra, ahora hacía sol y mucho calor. Con el clima así, no me podía imaginar cómo estaría la tienda. Apenas entré, vi a Pol, que estaba en caja. Cuando me iba a saludar, se dio cuenta de que era yo y me regaló una sonrisa combinada con sorpresa.
- ¿Qué haces aquí?
- Primero, hola Pol y segundo, salí temprano. Así que pensé en pasar a saludarte
Pol soltó risas, sus ojos brillaban, pero estaban opacados por unas ojeras gigantes, su pelo estaba todo desaliñado y mal agarrado, se notaba que estaba cansado.
- Disculpa, hola Clep, ¿quieres pasar?
- Eh, sí… pero, ¿estás bien?
- Sí, estos días han sido pesados entre el trabajo y la universidad, pero no hay problema. Pasa, pasa, por favor. No creo que hoy llegue más gente.
Pol me regaló una sonrisa cansada, giró y entró al taller, yo lo seguí. El lugar estaba algo sucio, lleno de espinas, hojas, algunos pétalos y cintas. El celular tenía música sonando, rock de “My Chemical Romance” para ser exacto. Nos sentamos los dos en el espacio de descanso del taller, Pol apenas tocó el sofá antes de dejar caer todo su peso en él. Tenía un saco cuello tortuga gris y un pantalón cargo negro, junto con unos zapatos blancos.
- Sabes, quería hablar contigo de algo. El 28 te dije que podríamos hacer un día la administración en mi casa, y bueno, hablé con mi tía, y me dijo que le parecía bien. Entonces quería preguntarte y saber si quieres hacerlo mañana en mi apartamento, ¿Qué te parece?
Giré para ver a Pol, tenía sus ojos cerrados y la cabeza hacia atrás. Se había quedado dormido. Me levanté con cuidado, le quité las gafas y le solté el pelo. Me dirigí a la mesa del taller, sentí la necesidad de limpiar y organizar un poco, y eso hice. Apagué la música y limpié toda el área de trabajo.
Cuando terminé, saqué mi celular y miré la hora. Eran las 6:02 pm; aún faltaba una hora para cerrar. Me giré para ver de nuevo a Pol, ya había caído sobre el sofá, estaba acostado, profundamente dormido. Bajé la cabeza y dejé escapar una risita. En eso se escuchó la puerta abrirse. Me alarmé, ya que técnicamente ya no trabajaba en el local. Pero sabía qué hacer, así que tomé uno de los “uniformes” y salí a atender.
08-02-22 / 12:12 pm
Ya extraño la lluvia o al menos el viento. El sol domina todo el cielo; no hay ni una sola nube y hace muchísimo, pero muchísimo calor. Todo es sofocante. Estoy con Flor y Lucas; habíamos quedado para comer algo hoy en una cafetería. La universidad tiene tres cafeterías: una en la biblioteca, más enfocada en postres; otra en el edificio de ingeniería, especializada en batidos y opciones veganas; y la última, donde estamos hoy, ofrece más opciones saladas, perfectas para el almuerzo, lo cual nos convenía a los tres. Pedimos nuestra comida y nos sentamos en una de las mesas al aire libre. Lucas pidió una Coca-Cola y un choripán; Flor, una ensalada César y un té helado; yo pedí un iced coffee y un sándwich de salmón. Si no fuera por Lucas, todo se vería digno de una foto de Instagram.
Empezamos a comer mientras hablábamos. No nos veíamos los tres desde la fiesta de Año Nuevo, así que teníamos mucho de qué hablar. Hablamos y hablamos hasta que terminamos la comida. Aunque estábamos llenos, aún nos quedaba mucho de qué conversar. Entonces, Flor sacó unos postres: unas tartas de limón, una para cada uno.
— Oh, Flor, gracias
— ¿Y ese milagro, florecita? ¿Te volviste repostera?
Lucas podia ser muy imprudente algunas veces, Flor le dio un pequeño golpe en la cabeza, aunque sabia que jugaban, ese comentario la habia molestado.
— Muy chistoso, Lucas. Mi mamá las hizo y me dio estos para ustedes y para Cata.
— Bueno, dale mis agradecimientos a la señora Margarita. Es muy amable de su parte pensar en nosotros.
— Qué modesto, Clep. Ella los quiere mucho. Más que a mí.
Todos dejamos escapar unas carcajadas. La familia de Flor era de un muy buen estrato económico. Su fortuna estaba cimentada en una gran cadena de hoteles distribuidos por todo el país. Aun así, vivían como una familia de clase media alta. Flor es hija única, así que toda esa fortuna iría para ella. Pero ella quiere estudiar y crear su propio negocio. Es muy ambiciosa, pero tiene las capacidades para lograrlo.
Seguimos hablando y disfrutando el postre, que, en mi opinión, estaba delicioso, todo muy bien balanceado. De repente, algo me tapó los ojos y sentí a alguien detrás de mí. Un escalofrío recorrió mi espalda.
— Adivina, adivinador, quién te tapó los ojos hoy.
La voz era familiar, demasiado. Luego escuché una leve carcajada. Ya sabía quién era.
— El joven Apolo Méndez.
— Correcto, señor Hernández.
De nuevo podía ver. Me giré y detrás de mí, usando un suéter amarillo y un pantalón blanco, con el pelo recogido en una coleta y sus aretes característicos, estaba Pol. Sonreía y traía su estuche de guitarra.
— ¿Qué haces por aquí, Pol? ¿Tu facultad no está al otro lado de la universidad?
— Sí, pero ya salí de mi clase de hoy. Iba camino a la salida para irme, pero antes quería encontrarte para contarte algo.
Me paré y me puse frente a él, intrigado. ¿Qué podría ser tan importante que Pol quería buscarme para contarme?
— Bueno, cuenta. No me dejes con la intriga, por favor.
— Mi maestra de composición me consiguió una prueba con una disquera. Si la paso, me darán la oportunidad de sacar un disco. ¡PODRÉ TENER MI PROPIA MÚSICA, CLEP!
— ¡Por los dioses, Pol, eso es estupendo!
Me acerqué y lo abracé. Estaba feliz por él, porque cumpliría su sueño. No podía imaginar cómo se sentía. Mi corazón latía con fuerza, lo escuchaba en mis oídos, pero también podía sentir el corazón de Pol latir. Era una sensación extraña; sentía que mi cara se ponía roja y los pelos de mi espalda se erizaban. Ambos nos alejamos. Pol tenía una sonrisa gigante y jugaba con sus aretes. De fondo, Lucas y Flor empezaron a aplaudir.
— Qué bueno, Pol, felicitaciones.
— Ese es mi amigo, todo un rockstar.
Pol giró a verlos; de la emoción, creo que no notó su presencia antes.
— Muchas gracias a los dos.
Luego giró de nuevo hacia mí; sus ojos brillaban como fuegos artificiales. Su felicidad lo invadía.
— Bueno, solo quería contarte esto. No aguantaba hasta el viernes para decirte. Por cierto, dos cosas. La primera, dale gracias a tu tía por dejarnos usar su apartamento para el trabajo el viernes pasado.
— No hay problema, Pol. Le caíste súper bien. Me dijo que espera verte pronto.
— Gracias. Y lo otro es para confirmar que nos vemos este viernes en mi casa.
— Sí, los planes no cambian.
— Ok, ya con eso me retiro, porque si no, me deja el bus.
Así, sin más, nos despedimos y Pol salió corriendo para tomar su bus. Volví a sentarme con mis amigos, pero esta vez había una mueca en sus caras; era de nuevo esa cara que ponían cuando planeaban algo.
— ¿Me van a decir qué piensan o solo me van a ver?
— Solo te vamos a ver. Depende de ti pensar y entender qué pasa.
Lucas no parecía estudiante de derecho, sino de filosofía; hablaba igual de enredado que ellos. Me callé y seguí comiendo mi postre. Lucas y Flor se miraron y soltaron una risita entre ellos. Bajé la cabeza; sentía cómo mis mejillas se ruborizaban y mi pulso aumentaba. Ya tenía algo en mente, pero no quería pensar en ello.
11-02-22 / 08:34 pm
La noche ha estado llena de tensión. Lo único que rompe el silencio es la música, el tecleo del portátil y los números de las cuentas. Estamos en la sala del departamento de Pol, como todos los viernes, trabajando en nuestros proyectos.
Pero hoy es diferente. Desde que llegué, Pol está distante, frío, incluso nervioso. No sé por qué, pero siento que me oculta algo, algo grande, algo malo. Tiene el pelo suelto, lleva un saco negro muy grande, una pantaloneta gris y sus pantuflas de conejito. Usa sus gafas, pero hoy no lleva sus característicos aretes. Además, las ojeras profundas bajo sus ojos me preocupan.
Cada tanto, lo miro de reojo. Siento mucha curiosidad por saber qué le pasa, pero también miedo. Miedo a lastimarlo si le pregunto, miedo de que sea algo malo que nos afecte a ambos o a nuestra relación. Mi pulso se acelera, mis manos se enfrían y respiro agitadamente. Me siento nervioso. Me planteo muchas cosas en mi cabeza. Este "silencio", esta incomodidad, me está matando.
— ¿Clep, me estás escuchando?
— Ah, no, perdón, no estaba prestando atención.
— Está bien, no te preocupes. Como te decía...
Seguimos trabajando. Intento no pensar demasiado; de lo contrario, mis propios pensamientos me consumirán y entraré en pánico. Me concentro en lo que Pol me dice. Así avanzamos con nuestro trabajo, hasta que terminamos, como de costumbre, poco después de las nueve.
— Muy bien, terminamos por esta noche. Clep, ¿quieres algo de tomar? Tengo cerveza, jugo de naranja, mango, agua o... ¿algo más fuerte?
— Con agua estoy bien, gracias.
Mientras Pol va a la cocina, vuelvo a sentir esa incomodidad, esta vez un poco más fuerte. Pero ahora no está sola; la curiosidad la acompaña. Con ella presente y la incomodidad a mis espaldas, encuentro la valentía de preguntar.
— Pol, disculpa si soy intransigente, pero, ¿te pasa algo? Es que, no sé, desde que llegué siento que algo raro en el ambiente.
Pol se acerca y se sienta a mi lado, con la cabeza mirando al suelo. Tiene una cerveza en una mano y en la otra mi vaso de agua. Me lo entrega, abre su cerveza y le da un largo sorbo. Luego deja caer todo su peso en el sofá, incluyendo su cabeza, que queda mirando al techo. Respira hondo y se quita las gafas.
— Eres muy bueno leyendo a la gente, ¿te lo han dicho antes, Clep?
— No, la verdad, no.
— Pues lo eres.
Deja escapar un largo suspiro. Luego gira su cabeza para verme, sus ojos llenos de preocupación y tristeza. Un escalofrío recorre mi espalda.
— La verdad, Clep, sí, sí pasa algo. No quiero que te alarmes. Pero... me salió una alergia, algo raro en la piel.
— Ah, bueno, pues pide una cita médica.
— Ya lo hice. Fue por videollamada con mi médico de cabecera. Pero la cosa es que es un brote muy similar al que le salió a mi abuelita cuando le detectaron cáncer...
Sentí cómo la sangre bajaba hasta mis pies en una milésima de segundo. Sentí cómo mi pulso se aceleraba, mis manos temblaban tanto que tuve que tomar el vaso con ambas. Miré a Pol. Tenía la cabeza hacia atrás, sus ojos estaban vidriosos y respiraba agitado, aguantando las ganas de llorar.
— Pol, yo...
— Está bien, Clep. Ya me mandaron a hacer exámenes. Tengo la fecha justo para el 14. Odio a los médicos y justo me toca ir el día de mi cumpleaños. Grandioso.
— ¿Tu cumpleaños es el 14 de febrero?
— Sí, muy buena fecha para nacer... Como sea, el lunes no iré a la universidad.
De nuevo hubo un silencio incómodo. Miles de pensamientos pasaban por mi cabeza. Sentí mis ojos llenarse de lágrimas. Bajé la cabeza, respiré profundo y le di un sorbo de agua. Necesitaba tranquilizarme. Ya para Pol debe ser bastante pesada la situación, no es necesario sumarle más preocupación.
— Pol, creo que debería irme ya. Disculpa de nuevo. Cuídate, por favor.
— No, Clep, espera...
Antes de que me pudiera levantar, Pol tomó mi brazo. Su mano temblaba. Giré a verlo, sorprendido. Tenía la mirada baja, con algunos mechones de cabello en su cara, estaba algo alterado. Subió la cabeza para verme, sus labios temblaban.
— Clep, yo... tengo miedo, no sé qué vaya a pasar y...
Antes de que pudiera terminar, me lancé a abrazarlo. Él se quedó estático. Yo solo lo abracé, lo abracé con mucha fuerza. Recostó su cabeza contra mi hombro y empezó a llorar, silenciosamente. Mi corazón latía con fuerza y mis mejillas se sentían ruborizadas. Pero no me importaba, era justo y necesario.
— Pol, yo te apoyaré y ayudaré hasta donde más pueda, por eso no te preocupes. Tienes a mucha gente que va a estar aquí para ti.
— Gracias.
Así nos quedamos, hasta que las lágrimas pararon.
11-02-22 / 10:23 pm
Había llegado hace un rato al departamento. Apenas entré, me di una ducha, me puse la pijama y me preparé una sopa instantánea. La verdad, me siento tenso; toda mi espalda está rígida. Supongo que la situación con Pol me tiene así, pesado y estresado.
Terminé de preparar mi ramen y me dirigí a mi cuarto. Me dejé caer en la cama, sintiendo el peso de mi cuerpo. Con cuidado, me acomodé con el ramen aún en la mano y, una vez medio sentado, empecé a comer. En muy poco tiempo, Sombra entró a mi cuarto. Los animales son mágicos; apenas se acercó, empezó a frotarse contra mi pierna. Creo que ella notaba cómo me sentía, o tal vez solo quería un poco de mi comida.
Seguí comiendo y saqué mi celular para ver algún video. De repente, una idea pasó por mi cabeza: "Si Pol cumple años este lunes, tenemos que celebrarlo, ¿no?" Con esa idea en mente, terminé el ramen lo más rápido que pude, agarré una libreta y mi celular, y creé un grupo con Lucas, Flor, Cata y Fer. Les comenté lo que tenía en mente: el lunes por la tarde, llegar a casa de Pol con comida, bebida, regalos y un pastel para celebrar su cumpleaños. A todos les encantó la idea. Sentí mi corazón latir con fuerza de nuevo, pero esta vez no por miedo o ansiedad. Esta vez era por emoción.
14-02-22 / 06:07 pm
Llegamos todos más o menos a las 6 al lugar. Paulo, el guardia, nos ayudó a entrar sin que Pol se diera cuenta, él me conocía, así que eso facilitó las cosas. El ya estaba en su casa y cuando nos abrió la puerta se sorprendió mucho. Entramos y empezamos a organizar el lugar. Le contamos lo que íbamos a hacer, sus ojos se llenaron de lágrimas y nos abrazó a todos, pero cuando llegó nuestro turno, nos quedamos un buen rato abrazados. Volvió a dejar sus lágrimas en mi hombro, estaba muy feliz y no paraba de agradecerme.
Luego de eso, comenzamos todos a organizar. Guardamos el pastel en la nevera, el cual había comprado Flor en la cafetería de la biblioteca universitaria. Cata calentó una lasaña que había traído, y entre Fer y Lucas sirvieron las bebidas. Yo coloqué los regalos encima de la barra. Mientras tanto, Pol colocaba música en su celular. En poco tiempo, armamos una fiesta, comimos, hablamos y bebimos, todo en la barra de la cocina.
Pero luego de un rato, Pol y yo nos alejamos del grupo, necesitábamos hablar a solas. Nos dirigimos al sofá, nos sentamos y él se dejó caer sobre él. Luego giró para verme, me sonreía con tristeza y sus ojos reflejaban una multitud de emociones.
— Clep, de verdad, gracias. Creo que es el mejor cumpleaños que he tenido en años. Aunque me hubiese gustado que Adam estuviera aquí.
— ¿Lo llamamos?
— No, la última vez nos peleamos y todo quedó muy tenso. De momento no quiero verlo. Pero igual me duele que no esté aquí.
— Pues, ya habrá otra oportunidad.
— Supongo.
— Y… ¿Cómo te fue hoy?
— Pues bien, me hicieron muchos exámenes y me sacaron mucha sangre. Me tocó irme sin desayunar.
— ¿Has comido más hoy?
— Sí, no te preocupes.
— Y, ¿algo más que reportar?
El silencio se apoderó del lugar. Había algo, pero no sabía cómo decirlo. No soy tonto. Lo miré, atento para saber, él bajó la cabeza, estaba empezando a asustarme.
— Sí… tengo cita con mi médico de cabecera el 16, para que me lea los resultados de mis exámenes.
— ¿O sea que pierdes la prueba en la disquera?
— Sí…
Pol se tapó la cara y empezó a llorar. Me acerqué y le di un abrazo. Él apenas hacía ruido, supongo que para no preocupar a los demás. Tenía su pelo suelto, cubriéndole la cara. No podía imaginar cómo se sentía.
— Pol, ¿y si hablas mañana con tu profesora y le dices que por favor la mueva para otro día?
— No Clep… no vale la pena, puede que ese no sea mi camino.
— No digas eso, ¿y tu sueño?
— Hay muchas formas de quedar grabado en la historia, tengo tiempo.
Sentí como mi estómago se hundía y mi corazón paraba por un momento. Algo en mí daba esa sensación de que no iba a pasar. Pol se secaba un poco las lagrimas.
— ¡MUCHACHOS, VENGAN, LLEGÓ LA HORA DEL PASTEL!
Fer nos llamaba, habían organizado el pastel con las velas. “23” el número estaba en ellas. Pol apenas las vio, sus ojos se llenaron de lágrimas. Me tomó de la mano y me la apretó. Nos miramos mutuamente. Tenía una sonrisa en la cara, pero no era honesta, sus ojos reflejaban algo de dolor y miedo. Yo le regalé una sonrisa, quería transmitirle paz y tranquilidad. Luego me soltó y se acercó al grupo. Todos empezaron a cantarle la canción de “cumpleaños feliz”. Saqué mi celular y empecé a grabar. Era un momento para disfrutar y estar en el presente.
15-02-22 / 08:56 pm
Estoy en mi escritorio realizando una de mis tareas. El día fue algo pesado y el frío volvió a inundar la ciudad, así que mi mejor compañía para esta noche es un café bien caliente y Sombra recostada en mis piernas. De fondo tengo algo de música; decidí colocar el musical de "Hamilton". Qué mejor que escuchar la historia del primer tesorero de Estados Unidos mientras hago una tarea de economía.
Mientras realizo mi tarea, un mensaje llega a mi celular. Sé que no debería ver mi teléfono mientras estoy haciendo esto, pero lo que aparece en la pantalla me llama mucho la atención.
Pol: Hola Clep, ¿estás muy ocupado? Es que necesito pedirte un favor.
8:57 pm
Ese solo mensaje generó que un escalofrío recorriera mi espalda de arriba abajo. Tomé el celular; mi tarea podía esperar.
Yo: Hola Pol
8:58 pm
Yo: ¿Cómo estás?
8:58 pm
Yo: Estoy haciendo un trabajo de la uni…
8:58 pm
Yo: Pero no estoy muy ocupado, cuéntame.
8:58 pm
Pol: Estoy ansioso la verdad. Es por eso que te escribo. Mañana tengo lo de la cita médica y estoy muy asustado. Me duele hasta el estómago.
8:59 pm
Pol: Y quería saber si no es mucha molestia que me acompañes a la cita mañana. La verdad no sabía si pedírtelo o no, porque, bueno, perderías clase y todo.
8:59 pm
Pol: Sin presiones, si no puedes, miro qué hago. Pero, pues, quería pedirte el favor, en el caso de que todo salga mal.
9:00 pm
Yo: Todo va a ir bien mañana.
9:01 pm
Yo: Y sí, te acompaño.
9:01 pm
Yo: Mándame la información.
9:01 pm
Pol: Clep, gracias, gracias, gracias, GRACIAS. Ya te paso la info.
9:02 pm
No me importaba mi clase, podría adelantarme después. Para mí es más importante apoyar a Pol en este momento. Quiero pensar, quiero creer que solo es una alergia, que no es nada grave. Pero temo que no lo sea. Si yo me siento así, no puedo imaginar cómo se siente él.
Dejé mi celular sobre mi cama y respiré profundo. El pulso se volvía a acelerar y mis mejillas se enrojecían de nuevo. Esta sensación se estaba volviendo recurrente en mí, era como una emoción; no era nueva, pero era diferente. Aún no quería ponerle nombre, pero ya sé quién es. El corazón sin duda juega de maneras muy inesperadas.
16-02-22 / 02:09 pm
Todo es blanco y huele a desinfectante de manos. La gente camina de un lado a otro; siento que el tiempo se ha vuelto eterno. Mis manos están frías y mi ansiedad está por las nubes. Subo la mirada. Al frente mío, en la pared blanca, hay un reloj negro: “2:10 pm”. Hace cinco minutos vi ese reloj, hace cinco minutos tuvieron que haber llamado a Pol para que entrara al consultorio.
Giro la cabeza. Él está intranquilo, mueve sus piernas y juega mucho con sus aretes. Su pelo cubre su cara; no puedo verlo, pero siento su angustia, su ansiedad. El silencio nos invade desde que llegamos al hospital; es incómodo y desesperante. Decido levantarme y voy a una de las máquinas que hay en el lugar para tomar agua. Tal vez eso me ayude a calmarme un poco. Podría ver mi teléfono, pero solo me llenaría más de angustia. No puedo apagar mi mente como lo hacen muchos al consumir contenido; no puedo, mi cerebro sigue corriendo y eso solo me desespera más. Tomo un vaso y me sirvo un poco de agua.
— Señor Apolo Méndez.
Casi dejo caer el vaso al oír el nombre de Pol. Un escalofrío recorre mi espalda y todos mis músculos se tensan. Miro a Pol y luego empiezo a buscar a la persona que lo llama. En una puerta que lleva al pasillo donde están los consultorios, hay una enfermera pequeña, casi de la misma altura de Flor, si no es que más bajita. Su cara es dulce, pero tiene un toque de preocupación.
— Sí, soy yo.
Pol se levanta y va hacia donde está ella. Yo me acerco a ellos.
— Disculpe, enfermera, ¿hay problema si mi amigo entra conmigo?
— Eh… creería yo que no. Síganme, por favor.
Miro a la enfermera, quien me regala una sonrisa tímida. Se gira y nos abre la puerta. Los tres entramos. El pasillo es digno de una película de terror: es largo, todo blanco, y una de las luces titila. El ambiente es frío e incómodo. El pasillo se me hace interminable. La enfermera se adelanta un poco a nosotros y nos muestra la puerta “505”, el número de consultorio. Paro en seco, mi pulso aumenta, estoy asustado sin duda. La enfermera da un golpe suave a la puerta del consultorio y se va.
Miro a Pol, quien tiene la mirada clavada en la puerta. Está aterrado, sus labios tiemblan y juega con sus aretes. Bajo la mirada y respiro. Al otro lado de la puerta está el resultado de algo que nos puede cambiar la vida. Subo mi mirada y coloco mi mano en el hombro de Pol. Él se gira y me mira; sus ojos están vidriosos. Me duele verlo así.
— Cuando tú decidas, entramos, Pol.
Respira profundo y mira a la puerta.
— Estoy listo.
Sin más dilatación, entramos al consultorio. Abre la puerta de manera lenta y silenciosa. Dentro está un doctor de unos cuarenta y algo de años, tiene canas, pero su rostro es joven. Su mirada es cálida, pero lo suficientemente seria para entender que la situación no es para juego.
— Apolo, ¿cómo estás? Veo que vienes acompañado hoy. Un gusto, joven. Soy el doctor Charlie Díaz, el médico de cabecera de Apolo. ¿Cómo se llama, joven?
— Un gusto, doctor. Me llamo Asclepio Hernández.
— Señor Hernández, ¿o le gusta más que lo llamen por su nombre?
— Está bien con mi apellido, doctor Díaz.
— Muy bien. ¿Hace cuánto se conocen?
— Desde noviembre.
— Cuatro meses, ok. ¿Son pareja?
— Eh, no… no, señor, somos amigos.
— Ok.
Miro a Pol. Su cara sigue preocupada, pero sus mejillas tienen algo de color. Creo que la pregunta del doctor nos tomó a ambos por sorpresa. Rápidamente, nos sentamos. El doctor estaba en su silla, mirando su computadora. A su lado tenía unos papeles boca abajo. Escribió algo en el computador y luego se giró a vernos, emitiendo un aura tranquila. Giró levemente para ver a Pol.
—Ok, por favor Apolo, toma los papeles y revísalos. Esos son los resultados de tus exámenes.
—Está bien.
Pol acerca su mano temblorosa a los papeles. Está asustado y yo igual. Siento que mis ojos se llenan de lágrimas; temo lo peor. Él empieza a revisar sus resultados, lee y pasa la hoja. Son tres hojas. La primera y la segunda no tienen nada llamativo, pero al llegar a la tercera encuentra algo. Su expresión termina por romperse. Tira las hojas sobre la mesa y se cubre la cara. Un escalofrío recorre mi espalda, mis manos se ponen frías y siento cómo el aire se vuelve denso. Giro para ver las hojas. Algo en ellas me llama la atención. En la última hay algo escrito en negrillas. Apenas lo leo, pierdo el aliento.
“CÁNCER DE PIEL”
Giro a ver a Pol, no puedo creer lo que está pasando. Siento que mi respiración se acelera. Bajo la mirada; siento que no es real. No sé qué decir, no sé qué pensar, solo siento un vacío en mi estómago y alma.
— Como pueden ver, muchachos, la situación es muy delicada.
Pol ya no tiene sus manos sobre la cara; ahora mira al suelo. Su pelo cubre su rostro, está inmóvil, paralizado, su respiración está agitada, no dice nada, parece como si se estuviera perdiendo en su propia mente.
- Como pueden ver, la situación es bastante delicada.
- Sí…
- Iniciaremos con el tratamiento lo más pronto posible. Lo bueno es que se logró detectar en una etapa temprana. A partir de hoy, se moverá su caso al área de oncología. ¿Me oíste, Apolo?
Pol sigue en shock. Me acerco un poco a él y coloco mi mano sobre su hombro. Él levanta la cabeza y voltea a verme. Sus ojos están al borde del llanto, está pálido y sus labios tiemblan.
— Pol…
— Y-yo… lo siento, estoy asustado, perdón.
El doctor deja escapar un suspiro de alivio.
— Por fin reaccionas, Apolo. Es normal sentir miedo e incertidumbre en estos casos, sobre todo por tu historia previa con la enfermedad. Pero estamos a tiempo.
— Doc… ¿y si algo malo pasa?
— Apolo, ¿recuerdas qué dice a la entrada del área de oncología?
— “El cáncer no se cura, se trata.”
— Exacto, vamos a tratar tu caso. Si todo sale bien, no volverás allí nunca más.
— Está bien.
El doctor se levanta y empieza a buscar algo en sus cajones. Yo lo sigo con la mirada, no entiendo por qué me han llamado.
— Señor Hernández, me alegra mucho que allá venido, ¿sabe porque?
— Dígame, doctor Díaz.
— Bueno, los pacientes en la situación de Apolo necesitan una red de apoyo grande. Por desgracia, y como usted sabe, la familia del señor Méndez…
— No tiene familia.
— Exacto, entonces su red de apoyo más cercana son sus amigos. El cáncer no solo lo vive el paciente, sino su círculo más cercano. Así que es necesario que amigos como usted apoyen y acompañen en este tratamiento.
— De acuerdo.
— Está bien. Por favor, si no es mucha molestia, señor Hernández, ¿podría salir del consultorio? Necesito hablar algunas cosas del tratamiento con Apolo. No será más de treinta minutos.
— Está bien, gracias.
El doctor saca unos papeles de uno de los cajones del consultorio y abre la puerta. Yo me paro y giro a ver a Pol, quien tiene su mirada perdida. Siento un dolor que me corroe, un pesar, una tristeza. Respiro profundo y me dirijo a la puerta.
— Señor Hernández, un gusto conocerlo.
— Lo mismo digo, doctor Díaz.
— Nos veremos pronto.
— Con permiso.
Salgo del consultorio y empiezo a caminar por el pasillo. No quiero ver hacia atrás. El pasillo vuelve a ser eterno, frío y aterrador. Mi pulso se acelera de nuevo y mis ojos se llenan de lágrimas. Y cuando por fin logro salir y tomo asiento en la sala de espera, me dejo caer en una de las sillas. Algunas lágrimas escapan de mis ojos. Temo, temo por Pol. Según el doctor estará bien, está a tiempo, pero aun así no puedo entender que esto sea real.
16-02-22 / 02:44 pm
Salimos por fin del hospital. El frío es penetrante y todo el cielo está lleno de nubes, nubes de lluvia, nubes de tormenta. Pol va al frente mío, dándome la espalda. Su pelo está suelto y lleva puesta una chaqueta de aviador gigante, con unos pantalones negros y sus botas negras. No he logrado verle la cara aún.
— Pol…
Me acerco a él y tomo su hombro. Él frena en seco, pero sigue dándome la espalda. Está temblando. Quiero decirle algo, pero solo pensar en qué podría decirle me genera un vacío. Aun así, quiero hablar, siento la necesidad de hacerlo. Me acerco un poco más a él; ahora siento que soy yo quien está temblando.
De repente, Pol se gira de manera abrupta. Su nariz está roja y sus ojos están inflamados. Está llorando, parece una cascada, lágrimas y lágrimas caen. Sus labios tiemblan y parece que hiperventila. Está mal, parece que él también quiere hablar, pero se está ahogando en sus pensamientos, en su dolor. Yo solo puedo verlo, tampoco sé qué decir, pero me duele verlo así. Me acerco y lo abrazo. Siento que es lo único que puedo hacer.
Apenas nos acercamos, él mete su cara entre mi pecho y llora. Yo lo abrazo con más fuerza. Siento su corazón latir con fuerza y el mío lo acompaña. Pero me asusto cuando siento cómo Pol pierde fuerza en sus piernas, como si se fuera a caer.
— ¡Apolo!
— P-perdón, es que… esto no puede pasar, Clep. ¿Y si muero?
— Pol, estamos a tiempo. Va a estar bien.
— Clep, el tratamiento tiene efectos secundarios, es todo tan agresivo, ¿y si no resisto?
— Respira, vas a empezar a hiperventilar.
Pol se alejó un poco de mí. Parecía que realmente podría desmayarse. Empezó a respirar más despacio, intentando recuperar el aire que se le escapaba.
— Clep, tengo mucho miedo… estoy aterrado. Odio esto, lo odio, lo odio, lo odio. No quiero hacer esto.
En eso, una idea llegó a mi cabeza. Miro a Pol, quien sigue intentando estabilizarse.
— Pol, si te hace sentir mejor, te puedo acompañar.
— Pe-pero, ¿y tus clases? Yo voy a aplazar el semestre.
— Tranquilo, puedo hacerlo.
— Clep, debes mantener el promedio. ¿Y tu beca?
Había olvidado eso. Un escalofrío recorrió mi espalda. No puedo perder mi beca, pero me preocupa Pol. Él va a estar bien, ¿no? No sé cómo será el tratamiento, pero temo que sea tan desgastante como dice él. Si pierdo la beca, tendré que volver a mi hogar y no podré conseguir mi carrera. Podría pagarla, pero tendría que tener dos trabajos para lograrlo. Giro a ver a Pol. Sus ojos siguen desbordando lágrimas. Él mira al suelo. Parece derrotado. Respiro profundo, mi pulso se acelera y resuena en mis oídos. Siento tanta tensión que parece que mi cabeza va a explotar. Pero creo saber la respuesta a mi duda, temo cometer un error.
— Pol, no te preocupes por eso. Si el tratamiento es tan demandante, vas a necesitar apoyo. El propio doctor lo dijo. Dime, ¿Cuándo inicia y cómo es?
— Eh, bueno, inicia este viernes. Son todos los lunes y viernes, durante un mes. Luego de eso, se volverán a hacer exámenes y se determinará qué más hacer.
— Ok, ¿algo más?
— No, no que recuerde. Luego te pasaría información al WhatsApp, pero nada más.
— Está bien.
Pol volvió a acercarse y me dio un abrazo. Yo se lo devolví. Mi corazón late con fuerza y algunas lágrimas caen de mis ojos. No nos conocemos desde hace mucho, pero ya no puedo imaginar una vida sin él
Floración
17-02-22 / 11:05 am
La clase, como siempre, fue muy aburrida: teoría, teoría y más teoría. Llega un punto en que es monótono y agobiante, y la voz de mi maestro no ayuda. Es una voz tranquila y baja; si la campana no sonaba pronto, creo que me habría quedado dormido sobre la mesa, yo y media clase más.
Salgo del salón. Tengo un hueco de unas dos horas antes de mi siguiente clase. Felizmente, en esa clase podré encontrarme con Lucas, Flor y también con Fer. Ella y Cata las considero cada vez más mis amigas; incluso ya tenemos un grupo en WhatsApp todos nosotros. Bajo las escaleras y salgo de la facultad. Afuera hace frío, el cielo está lleno de nubes grises, anunciando que la lluvia se acerca.
Camino un poco en dirección a la biblioteca, cuando veo a lo lejos a Pol hablando con Adam, o eso creo. Ese tipo me da demasiada mala espina. Mientras más me acerco, me percato de que no están hablando, están discutiendo. Pol gira la cabeza, parece que se está hartando de la situación. Levanta un poco la cabeza y nuestros ojos se encuentran. Su rostro está desfigurado, sus ojos hinchados, tiene una cara demacrada, frustrada, triste; unas ojeras acompañan su mirada. Siento que me duele el pecho, me destroza verlo así y más el saber lo que se le viene encima. En ese momento, siento un golpe de realidad: mañana iniciará el tratamiento. Pol tiene cáncer. Mi vida y la suya van a cambiar, y aunque sea un mal por un bien mayor, me asusta y me duele. Pero si yo estoy así, no me imagino cómo debe estar él.
Me acerco un poco más. Pol se gira hacia mí, Adam se percata de esto y se gira abruptamente para verme. Yo paro en seco, siento un escalofrío en mi espalda. Su gesto pasa de molestia a sorpresa y de nuevo a molestia. Trago saliva, algo no me gusta de su mirada. Casi siento que el mundo se me cae cuando él empieza a acercarse hacia mí.
- ¿Podrías dejar de meterte en mi puta vida y en la de Pol, por favor?
- ¿Y a ti qué mierda te pasa?
- Como escuchas, idiota. Eres un aparecido que solo busca convertir a Pol.
Siento cómo la sangre me hierve. Estoy molesto, muy molesto. Adam está frente a mí, tiene unas botas que le dan unos centímetros de más, superándome en altura. Siento que en cualquier momento podría darme un golpe. Mi cuerpo se tensa y me preparo mentalmente para cualquier impacto. Pero en el rabillo del ojo veo que alguien se acerca. Es Pol, quien toma a Adam del brazo y lo aleja de mí.
- ¿Estás loco, Adam?
- ¿Yo loco? Tú no entiendes, Pol. Lo conoces hace menos de cuatro meses y ya parece un chicle pegado al pelo.
- ¿Y qué? ¿Te da envidia?
- Eres un marico, solo me preocupo por ti.
- Tú solo eres un homofóbico posesivo. Mejor lárgate de mi vida.
Pol estaba muy molesto, pero sus ojos estaban vidriosos. Empuja a Adam y me toma del brazo, llevándome a algún lado. Yo solo me dejo llevar, no sé qué decir ni qué pensar. Giro a ver atrás y Adam solo nos mira. Está molesto, pero más aún, sorprendido.
De nuevo miro a Pol, quien sigue tirando de mí. Solo me da la espalda y aprieta mi brazo con fuerza, mucha fuerza.
- ¿Pol?
No responde, parece no escucharme.
- ¡¿Pol?!
Sigue tirando de mí, ya me está lastimando. Sigo sin saber a dónde me lleva, solo intento no oponerme tanto, no solo porque tiene con fuerza mi mano, sino porque también temo molestarlo. Pero ya me está desesperando.
- ¡Apolo!
Finalmente llegamos a la facultad de música. Entramos al edificio y al primer salón que Pol ve abierto y vacío. Entra y me suelta.
- ¿Pol, qué pasa?
Pol tiene la mirada puesta en el suelo. Pasa detrás de mí y cierra la puerta. Un escalofrío recorre mi espalda. Siento que va a hacer alguna locura. Me giro y empiezo a ver el salón. Es pequeño y tiene un piano. No sé si eso es normal, pero como estamos en la facultad de música, supongo que sí.
- Perdón, Clep.
Me giro de nuevo. Pol camina hacia mí, ya está llorando. Su cara demacrada está cubierta por su pelo suelto, que tapa gran parte de su rostro. Pasa de nuevo detrás de mí y se sienta en la silla del piano.
- Esto se siente tan surreal. Me parece que nada de esto tiene sentido, Clep. Mi mundo se cae a mi alrededor y no sé cómo evitarlo…
Me siento paralizado, como si mis pies hubieran echado raíz en el piso y me impidieran moverme. Respiro profundo. No encuentro palabras de aliento dentro de mí y mucho menos creo que existan. Solo puedo dejarlo que se desahogue.
- Mi mejor amigo de toda la vida resultó ser un maldito homofóbico y un celoso de mierda. Le dolió mucho que te haya pedido a ti que me acompañaras a la cita de ayer y más saber que serás tú quien estará conmigo en el tratamiento. Ni siquiera le importó el hecho de que tengo cáncer, solo le importó saber que no fue mi primera opción… No sé cómo fui tan idiota como para volver a hablarle. Tuve que haber dejado las cosas así.
- No eres un idiota, Pol. Cambiando de tema, ¿pudiste aplazar el semestre?
Odio cambiar de tema, pero me duele oírlo, me duele saber que una persona tan importante para él lo lastime.
- ¿Eh? Ah, sí. Sí, hablé con el decano y me dijo que sí, que no había problema, y que lo que había invertido en este semestre no se perdería, que eso cubriría el siguiente. También me deseó mucha suerte…
- Me alegra mucho. ¿Y tu maestra? ¿La que te dio la oportunidad de la entrevista?
- No he hablado con ella. No me siento capaz de verle la cara, después de desaprovechar tal oportunidad y más sabiendo que no le dije nada.
- No te tortures, ella entenderá.
Pol siguió llorando, pero esta vez con más fuerza. Mis pies me pesan. Quiero acercarme y abrazarlo, pero mi cuerpo no se puede mover. Me siento atrapado en mí mismo.
- Clep, discúlpame por meterte en todo esto. Entendería si quieres alejarte de mí, parece que todo lo que me rodea es drama.
- No, Pol, no haría eso. Nunca me alejaría de ti.
Por fin mis pies encontraron algo de fuerza. Empecé a caminar hacia él, con la cabeza baja y mis mejillas coloradas. Me sentía ansioso y molesto, pero aún más preocupado. Me senté al lado de Pol, quien solo me miraba. Sus ojos detrás de aquella melena parecían el reflejo de una noche estrellada sobre el mar, fría y solitaria.
- No me apartaré de tu lado, a no ser que tú me lo pidas. ¿Quieres que me aleje?
- ¡No!, por favor no.
- Entonces, aquí me quedaré.
Me acerqué más y lo abracé. Él recostó su cabeza contra mi pecho. Ya no lloraba, pero seguía con la respiración agitada. Poco a poco se empezo a calmar.
- ¿Mejor, Pol?
- Sí. Ya más tranquilo.
Pol se aleja de mí, se seca las lágrimas y se acerca un poco al piano. Levanta la tapa que cubre las teclas y con cuidado, empieza a probarlas. Luego inicia a tocar algunas notas.
- Oye Clep, cambiando de tema ¿conoces "Black Hole" de "The Warning"?
- Eh... no.
- ¿Quieres oírla?
- Bueno.
Y así, Pol me regala una pequeña sonrisa, la cual le devuelvo. Él se gira y mira el piano, y con una sutileza digna de un rey, empieza a tocar el piano. La melodía es fría y triste. Pero cuando inicia a cantar, su voz acompaña de manera perfecta a la melodía.
"Don’t hold on, don't hold on
Don’t hold on to me
Don’t hold on, don't hold on
I got nothing left to give
But I keep on coming begging for more
And I’m slowly falling crashing below
And the things I used to hold so close they burn"
Miro a Pol. Hay algo hipnótico en él, su mirada perdida en el piano, su sutileza al tocar las teclas, su voz cálida contrastando con la melodía fría, su pelo suelto y negro resaltando su piel blanca, y sus labios...
"Oh oh oh like black holes"
Apenas termina de tocar me mira. Su cara sigue igual de destrozada, pero sus ojos transmiten algo de paz. Se acerca un poco a mí sonriendo de manera tímida, sus mejillas están algo coloradas.
- Y bien... ¿Qué te pareció?
- Eres increíble, Pol. Eso fue una hermosa interpretación.
- Gracias...
Nos acercamos un poco más, mi cuerpo se tensa. Hay algo diferente, hay un sentimiento que nos rodea. Nos movemos más, como dos cuerpos celestes que se atraen por la gravedad. Estamos tan cerca que sentimos nuestra respiración.
- ¡Buenas, buenas, amigos míos! ¿Qué hacen?
Ambos nos echamos para atrás, tanto de la sorpresa como de la incomodidad. Giramos hacia la puerta para ver quién está allí, y para sorpresa de nadie, es Lucas.
- Oh, ¿momento privado? Uy, perdón, me retiro.
Así, sin más, Lucas cierra la puerta y se va. Miro a Pol, quien tiene la mirada puesta en el suelo y juega con sus aretes. Mi corazón retumba en mis oídos y siento mis mejillas rojas. Bajo la mirada también y respiro hondo.
- Es mejor que me vaya, Clep. Tengo algunas cosas que hacer. ¿Nos hablamos más tarde?
- Sí, claro. Por favor, recuérdame luego por mensaje a qué hora es lo del tratamiento.
- Ok, nos vemos luego.
- Sí, adiós...
Así, sin más, Pol se levanta y se va. Yo también me levanto y respiro profundo. Mi corazón baila en mi pecho, y siento un vacío raro en mi estómago. Ya es conocido para mí, ya lo he sentido antes, pero en este momento, no es oportuna su aparición. Trago saliva y salgo del salón.
Afuera está Lucas revisando su celular. Estoy que lo mato. Me acerco sigilosamente y le doy un golpe en la cabeza.
- ¡¿Pero qué mierda?!
Él se gira buscando quién lo golpeó. Apenas me ve, su expresión de molestia cambia a una bromista.
- Así que es el coqueto Asclepio.
No sé qué cara le puse a Lucas, ya que empezó a reír y luego salió corriendo, y la verdad le convenía, ya que empecé a correr detrás de él para darle otro golpe, esta vez más fuerte.
Él ya se había percatado de lo que en mi mente y en mi corazón andaba. Ya sabía que sentía algo hacia Pol, más allá de una amistad.
18-02-22 / 06:32 pm
Por fin llegamos al departamento de Pol después de su primer día de tratamiento. El silencio que nos rodea es frío, tal como nuestra ciudad, gélida y tormentosa. De camino a casa, la lluvia era lo único que escuchábamos; el sonido cayendo sobre el parabrisas del taxi generaba un eco enorme dentro del auto y en mi cabeza. No quise mirar mucho a Pol durante nuestro recorrido. Desde que salimos del hospital, estaba distante; sus ojos tenían un vacío doloroso. Era como ver un muerto en vida, y eso me destroza el corazón. El chico bromista y alegre que conocí en aquella fiesta se estaba desvaneciendo lentamente.
Llegamos al departamento y abro la puerta, dejo que Pol entre primero. Luego, entro y cierro. Pol se dirige a la sala y se recuesta en uno de los sofás. De manera disimulada, lo observo desde la barra de la cocina donde dejo mi maleta de la universidad. Sus grandes ojeras decoran su cara y su vibra solitaria me destroza. Trago saliva y respiro profundo, considerando que es el momento de romper el silencio que nos rodea.
— ¿Quieres que te prepare algo de comer?
— No tengo hambre.
Pol gira su cabeza para verme. Su cara muestra una sonrisa débil, su pelo suelto y las gafas mal puestas le dan un aspecto descuidado y deteriorado. Un recuerdo llega a mi mente: mientras esperaba a Pol en la sala de espera de Oncología, la enfermera del lunes me vio y se acercó a mí. Se presentó como Carmen, es una persona muy agradable. Me dijo dos cosas: la primera era que “el paciente”, en este caso Pol, debía beber mucho líquido.
— Pol, ¿quieres algo de beber? Debes tomar mucho líquido, eso me recomendó una enfermera.
— Pues... bueno, un té estaría bien. Gracias.
Me acerqué a los cajones de la cocina y empiezo a buscar la cajita de té para preparárselo a Pol. No tardé mucho en encontrarla y en comenzar a prepararlo. Aunque no quisiera comer, un poco de líquido tal vez le haga bien. Lo segundo que me había dicho Carmen era que, después del tratamiento, es normal tener efectos secundarios. En mi mente repasé algunas de las reacciones adversas que me mencionó y que había investigado por mi cuenta: anemia, alopecia, diarrea, dolor, edema, estreñimiento, falta de apetito, fatiga, náuseas, vómitos, entre otras cosas.
Terminé de preparar el té y lo serví. Me acerqué, me senté junto a él, dejando la taza de té sobre la mesa de centro.
— Gracias.
— No hay problema... y ¿cómo te sientes?
— Pues, estoy cansado y me duele la cabeza.
— Oh... ya veo.
Pol acerca su mano y tomó la taza, dándole un sorbo lento y delicado, disfrutando su té. Había algo extraño, o eso sentía yo; su manera de hablar era fría y distante. Puede ser el cansancio o puede ser que esté molesto conmigo. Tal vez estoy siendo muy insistente. Bajé la cabeza y tragué saliva.
— Creo que debería irme. Procura descansar, Pol.
— Oh, okey.
— Escríbeme si te sientes muy mal.
— Bueno.
Así, sin más y sin ser capaz de verlo a la cara, me levanté y me fui. Sentía un gran hueco en el estómago. La preocupación hacía presencia en mi mente y la tristeza tomaba el control de ella. Mis ojos se llenaron de lágrimas amargas, contenidas por una gran presa. Solo quería llegar rápido a casa.
18-02-22 / 07:53 pm
Por fin llego a casa de mi tía. Estoy empapado porque olvidé empacar una sombrilla y terminé mojándome por completo. Saco mis llaves y abro la puerta.
— ¡Ya llegué!
Un maullido llama mi atención. A mis pies está Sombra, cada vez más grande. Ella solo se sienta y me mira; creo que no se me va a acercar ya que estoy totalmente mojado.
— ¿Cómo te fue hoy, querido?
Levanto la mirada y veo a mi tía saliendo del pasillo. Apenas me ve, se echa a reír.
— Parece que hubieras tomado un balde de agua y te lo hubieras echado encima.
— Afuera está lloviendo a mares.
— ¿Te paso una toalla?
— Sí, por favor.
Mi tía sigue riéndose, pero se apresura a traerme una toalla. Me la entrega y recoge a Sombra, supongo que para evitar que ella se moje. Con cuidado, empiezo a secarme. No solo mi pelo y ropa están llenos de agua, también lo están mis ojos. Me duele el pecho y el estómago. Respiro profundo y bajo la cabeza.
— Querido, ¿te pasa algo?
Levanto la mirada. Mi tía me observa. Creo que ya se dio cuenta de que algo malo pasa. Ella no lo sabe, no le he contado aún. Es una mujer muy ocupada; su trabajo la desgasta mucho y no siento que sea justo llenarla con mis problemas. Pero esas simples palabras son suficientes para que empiecen a caer por mi cara cascadas de lágrimas.
— Ay, corazón, ¿qué sucede?
Me tapo la cara. Me siento ridículo, pero mi mente y corazón no pueden más. Todo va tan rápido y me siento tan agobiado que siento que el aire me falta. Pero mi mente se calma cuando siento unos brazos rodeándome. Mi tía me está abrazando con fuerza. Ese simple acto me tranquiliza y me hace sentir en paz.
— Por los dioses, perdóname, te vas a mojar.
— No me importa, querido. ¿Quieres que prepare un café y hablemos un poco?
— N-no quiero preocuparte.
— Más me preocupa verte así y no saber el porqué.
— Okey… un café suena bien.
Mi tía se aleja un poco de mí y pone una de sus manos en mi cara. Sus ojos me recuerdan a los de mi padre: cálidos y amables. Me regala una sonrisa y se aleja. Yo termino de secarme y me voy a mi cuarto para ponerme mi pijama. Sin duda, soy afortunado de tener a alguien como mi tía en mi vida.
— ¡Ya está el café!
Salgo de mi cuarto y veo a mi tía sentada en la sala con Sombra en su regazo y dos pocillos de café en sus manos. Le sonrío tímidamente, voy y me siento a su lado. Le recibo una taza y le doy un sorbo. El sabor amargo es de mis favoritos.
— Y bien, cuéntame tu historia.
— Con esa frase me haces sentir como uno de tus casos, señora abogada.
— Tienes razón, discúlpame.
— Tranquila.
— Pero ya en serio, ¿qué pasa, cariño?
— ¿Recuerdas a mi amigo Pol?
— Claro, me acuerdo cuando vino. Me cayó muy bien y es muy lindo. Dijiste que estaba soltero, ¿verdad?
— Ay, tía, por favor.
Será una abogada, pero es demasiado imprudente. Igual es raro; creo que todos los abogados que conozco son así, medio locos. Aunque bueno, solo conozco dos.
— Tía, la situación es más seria. Pol… Apolo tiene cáncer.
— Por los dioses… Clep, ¿hace cuánto lo saben? ¿Ya inició con el tratamiento?
— Lo venía sospechando hace un buen rato, pero el miércoles el médico se lo confirmó y hoy inició el tratamiento. De hecho, hoy lo acompañé y mi idea es ir con él todos los días que tenga tratamiento.
— Ya veo. Sabes, yo pensé que habías ido a trabajar con él hoy.
— No, de hecho, no sé cuándo lo haremos, ya que todos los lunes y viernes tiene tratamiento. Supongo que deberíamos moverlo para otro día.
— Es lo mejor. ¿Y cómo está él?
— Pues… no lo sé. Es que hoy estaba muy decaído y distante, y yo...
De nuevo, mis ojos se llenaron de lágrimas, que empezaron a caer por mi cara. Me siento mal, me siento culpable. Soy una molestia para Pol, más que una ayuda, y me duele saber que lo afecto de una manera negativa.
— Querido, respira.
— S-sí, pero siento que lo estoy lastimando. Siento que estoy muy encima de él, que soy molesto, que realmente no lo estoy ayudando. Hoy estaba distante, parecía molesto, y no quiero lastimarlo, no quiero herirlo, tía.
— Querido, relájate. El tratamiento contra el cáncer es duro, tanto para quien lo vive como para quienes lo rodean. Hay veces que todo es tan abrumador que reaccionamos de una manera arisca, sin ser esa nuestra intención. Estoy segura de que tú no lo estás lastimando. El día ha sido largo para ti y para él.
— Tía, temo alejarme de él.
— Se nota que le tienes un enorme cariño.
Un nudo se me hace en la garganta. No le he dicho a nadie cómo me siento respecto a Pol. Siento que eso es otra cosa que me tortura: no solo su enfermedad, sino la emoción tan abrumadora que tengo. Miro a mi tía. Tiene su mirada puesta en mí, atenta a cualquier cosa. Ella es tan dulce y amable; me ha dado un espacio para estar cómodo y ser yo mismo, que me siento en deuda. Trago saliva. Tal vez es buena idea decirle lo que siento por Pol.
— Tía, me gusta Pol. Lo amo, lo amo mucho, de manera romántica. Llevo sintiendo esto desde hace un buen rato y ya no sé qué hacer. Temo perderlo.
— Oh… ¿él lo sabe?
— No… no sé qué hacer, tía.
Me tapo la cara. Me duele el pecho pero siento un gran alivio; por fin alguien lo sabe. Antes de poder decir otra cosa, mi tía se acerca a mí y me da otro abrazo. Yo se lo devuelvo. Ella me acaricia el pelo; su mano es delicada y siento sus uñas largas tocar mi cuero cabelludo. Acerca su cara a mi oreja.
— Cariño, es normal sentirte perdido. Estás pasando por muchas cosas. Por esta noche, relájate, y el domingo ve a ver a Pol y habla con él. Todo habrá sido un malentendido, y no pierdas la oportunidad de desarrollar algo hermoso con él.
— Está bien.
Espero que este abrazo no termine.
20-02-22 / 03:42 pm
Llego al apartamento de Pol. Él no sabe que vine; le pedí a Paulo que no le avisara de mi llegada. Es muy bueno tenerlo como amigo. Estoy parado frente a la puerta, dudando si golpear, timbrar o mejor devolverme. Respiro profundo y timbro.
—¡Ya voy!
Escucho a alguien correr y luego la puerta se abre. Pol apenas me ve se paraliza. Lleva el pelo mal recogido, usa una camisa muy grande y una pantaloneta de algún equipo que no conozco, junto con sus pantuflas. Tiene las gafas mal puestas y sus ojeras son aún más pronunciadas.
—¡¿Clep?! ¿Qué haces aquí?
—Quería hablar contigo, ¿puedo entrar?
—Eh… sí, claro.
Se apartó un poco y pasé. Luego cerró la puerta y seguimos los dos a la sala. Él se sentó primero. Eché una mirada rápida al apartamento antes de sentarme; el lugar estaba muy sucio y había algunas ollas y platos por ahí. Eso era bueno, así podía saber que había comido algo al menos. Llegué a la sala, me quité la maleta y me senté a su lado.
—¿Cómo estás?
—Pues… bien. Sigo cansado y no tengo mucha hambre, pero bien entre todo.
—Te veo más pálido de lo normal, ¿has dormido bien?
—Más o menos.
—Pol… quería disculparme.
Bajé la mirada, y en mi garganta se volvió a hacer un nudo. El vacío en mi estómago regresó y mis manos empezaron a ponerse frías. Miré a Pol, quien también parecía quedarse sin palabras. Respiré profundo y busqué las palabras correctas para decirle.
—Discúlpame si estoy muy encima de ti, me preocupas mucho y siento que a veces puedo ser molesto. No sé si te molesté el viernes por estar tan insistente.
—No, no, para nada. De hecho, sí noté que te hablé muy cortante ese día y no es por justificarme, pero me dolía la cabeza y quería dormir. Pero no era la manera de hablarte, la verdad es que me estaba ganando la culpa.
—A mí igual.
Ambos nos miramos y empezamos a reír. Nos habíamos sentido tan mal por un malentendido, que darnos cuenta de que todo fue una tontería era chistoso.
—¿Por qué somos así, Clep?
—No lo sé, pero debemos hablar las cosas la próxima vez.
—Sí, y de todas maneras, lo siento.
—Yo también lo siento.
Ambos nos recostamos en el sofá. Sentía mi pecho más liviano. Entonces recordé algo y rápidamente tomé mi maleta y la abrí, buscando algo dentro de ella.
—Pol, por cierto, dos cosas: una, mi tía te manda saludos; y dos, ayer conseguí algo que sé que te va a gustar.
Con cuidado, saqué un paquete, de nuevo, todo mal envuelto. Pol no entendía muy bien qué sucedía, pero tenía una sonrisa en su cara.
—Toma, es para ti.
—Oh, gracias.
—Ábrelo.
Pol, como siempre, abrió con cuidado. Apenas lo vio, pegó un brinco de felicidad. Su sonrisa ahora era más grande, más brillante.
—¿Dónde la conseguiste?
—Por el centro. No recuerdo muy bien el local, pero apenas lo vi, me recordó a ti.
—¡Clep, gracias!
El regalo de Pol es una libreta con una portada llena de flores "no me olvides" y en la parte de atrás, o de adelante dependiendo cómo la mire, tiene una frase escrita en letras amarillas que dice "nunca te olvidaré" Pol se queda mirando la libreta con una expresión de ternura y gratitud en su rostro. Pasa sus dedos suavemente por la portada, como si quisiera absorber cada detalle.
—Es hermosa, Clep. Realmente, gracias.
Me siento aliviado al ver su reacción. Por un momento, el ambiente parece menos tenso y más cálido. Pasamos el resto de la tarde hablando y riendo, tratando de olvidar por un momento las sombras que nos rodean. Decidimos ver una película juntos, algo ligero y divertido, para levantar los ánimos.
22-02-22 / 03:42 pm
Sección número dos del tratamiento. El día de nuevo ha sido pesado. Mientras Pol estaba en su proceso, aproveché para adelantar algunas tareas para la universidad. Es bueno ser productivo y no atrasarse; de momento, mis notas no se han visto afectadas, pero no puedo confiarme. El promedio debe ser impecable para no perder mi beca.
Llegamos a la casa de Pol. El lugar está más ordenado, pero se siente muy apagado, muy muerto. Creo que su hogar refleja perfectamente su estado mental en estos momentos. Entramos y nos acomodamos. Pol sigue hacia la sala y yo dejo las cosas en la barra de la cocina. Tengo hambre y podría apostar que Pol no ha comido nada desde el desayuno, así que abro la nevera y empiezo a buscar cosas para preparar algo decente.
— ¿Qué haces, Clep?
— Preparar la cena.
— Pero no tengo hambre, Clep...
— ¿Cuándo fue la última vez que comiste hoy?
— Pues...
Gané. Gané una apuesta contra la nada, pero no importa. Pol está en un tratamiento ultra invasivo que lo puede afectar de manera indescriptible, y si no se cuida, todo puede tener un desenlace muy, pero muy malo.
— Pol, entiendo que no tengas hambre, pero debes comer. Si no, te puedes enfermar y...
— ¿Y?
— Pol, ya sabes...
— Perdón.
— ¿Ahora eres tú quien se disculpa por todo? ¿Ese no era mi papel?
— Qué chistoso.
El silencio nos rodea. No lo extrañaba, la verdad. Es incómodo, pero necesario. Bajo la mirada y dejo escapar un suspiro. Cierro la nevera y me acerco a la sala. Miro a Pol, quien juega con sus aretes. Su pelo está raro, se ve opaco y le cubre la cara, una cara demacrada y con ojeras cada día más marcadas, ojeras que ocultan sus pecas. Como nubes cubriendo constelaciones en el manto de la noche. Mi corazón se acelera y aparto la mirada de él. Me acerco al sofá, cierro los ojos y me siento. Esto también es agotador.
— Clep, hoy durante el tratamiento no podía dejar de pensar en que me siento una carga. No quiero que te sientas obligado a cuidarme.
Abrí los ojos de repente y giré a verlo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Desde que esta situación empezó a escalar, él ha estado más sensible. Respiro profundo e intento pensar en algunas palabras de aliento.
— No lo veo como una obligación, Pol. Estoy aquí porque me importas, porque eres mi amigo y quiero ayudarte. Tú no sabes lo importante que eres en mi vida y me dolería mucho perderte. Tú mereces una vida, una vida larga y buena.
— Y-yo... Gracias.
— Un día a la vez, ¿de acuerdo?
— Sí...
Sus ojos empezaron a soltar algunas lágrimas, pero su cara ya no era triste; ahora tiene una sonrisa de oreja a oreja decorando su rostro. Sin duda alguna, lo quiero mucho. Me recuesto sobre el sofá un poco, siento como el peso de mi cuerpo desaparece y descanso un poco. Pero la tranquilidad no dura mucho, ya que una duda llega a mi mente: “¿y el trabajo de administración?” El viernes pasado no lo hicimos y no sé cómo vamos a hacerlo sabiendo que justo ese día Pol tiene tratamiento. Trago saliva y giro a verlo. Siento que debo preguntarle, ya que él no es solo mi amigo e interés romántico, también es mi jefe y gano un sueldo gracias a él.
— Pol, cambiando de tema, ¿cómo vamos a hacer lo del trabajo?
— ¿Cómo así?
— Pues, ya sabes, con la florería.
— Ah, con eso. No te preocupes, conseguí un grupo de cuatro personas para que lo atienda.
— No, Pol, me refiero a la administración.
— Ah, con eso... ¿Qué sucede luego?
— Pues, el viernes pasado no lo hicimos y no sé cómo vamos a hacerlo, sabiendo que ese día tienes tratamiento.
— Mmm... se me había olvidado. Pues, ¿y si lo corremos para el sábado?
— ¿El sábado?
— Sí. Es más, se me ocurre una idea: ¿qué tal si te quedas a dormir los viernes? Así no tienes que irte de aquí tan tarde y el sábado no tendrás que madrugar.
— Eh, pues...
— Dale, Clep.
Tenía su mirada puesta en mí como un perro mira la comida de su dueño; era atenta y hasta cierto punto manipuladora, y con su pelo largo parecía un beagle. Dejé escapar una pequeña carcajada y bajé la cabeza.
— Está bien, vendré, pero no uses esa mirada de perrito; es muy provocadora.
Un escalofrío recorre mi espalda. Esa no era la palabra correcta. Miro a Pol, quien tiene una cara de sorpresa; sus mejillas ahora tienen un tono rosa. Por los dioses, me quiero morir de pena. Me tapo la cara de manera instintiva; siento la cara roja como un tomate. No sé por qué dije eso.
— Mierda, perdón, esa no era la palabra. Es una mirada muy manipuladora, muy convincente.
Una carcajada gigante inunda el apartamento. Me quito las manos de la cara y Pol se ríe con fuerza. Soy un idiota, pero al menos lo hice reír. Y como no soy mala persona, empiezo a reírme con él. Estos momentos son los que pueden alegrar el día a cualquiera y si ser un idiota alegra el dia de Pol, vale la pena.
23-02-22 / 11:52 am
Estoy en la universidad, escondido en la biblioteca, huyendo de nuevo de la lluvia, cuando siento que mi celular vibra en el bolsillo. No es normal que la gente me escriba o me llame, así que saco el teléfono y reviso quién es. Para mi sorpresa, en la pantalla aparece el nombre de Pol. Un escalofrío recorre mi espalda y mis manos se ponen frías. En mi cabeza empiezo a imaginar mil y una situaciones malas de lo que pudo haber sucedido. Bajo la cabeza y respiro. No puedo ser tan fatalista. Abro el celular y miro con miedo el mensaje.
Pol: Hola, Clep, oye, una pregunta. . 11:51 am
Pol: ¿Hay problema si voy a tu casa mañana? Es que me gustaría hablar de un tema legal con ella y, bueno, para no estar tan solito :) 11:52 am
Pol: ¿Se puede?
11:52 am
Yo: Eh, ya le pregunto, pero sí, creo que sí.
11:54 am
Respiro por fin tranquilo. No pasó nada malo. Miro a mi alrededor, asegurándome de que nadie me observa, y rápidamente le escribo a mi tía, contándole la situación. Ella responde casi de inmediato, aceptando gustosa y dándome su horario para saber más o menos a qué hora estará en casa. Siento un gran alivio Una vez con la información, se la paso a Pol y así planeamos nuestro encuentro para el día siguiente. Mientras guardo el teléfono, no puedo evitar sonreír un poco. La lluvia afuera parece menos intimidante ahora, y me siento más preparado para enfrentar el resto del día.
23-02-22 / 11:52 am
Estoy en la universidad, escondido en la biblioteca, huyendo de nuevo de la lluvia, cuando siento que mi celular vibra en el bolsillo. No es normal que la gente me escriba o me llame, así que saco el teléfono y reviso quién es. Para mi sorpresa, en la pantalla aparece el nombre de Pol. Un escalofrío recorre mi espalda y mis manos se ponen frías. En mi cabeza empiezo a imaginar mil y una situaciones malas de lo que pudo haber sucedido. Bajo la cabeza y respiro. No puedo ser tan fatalista. Abro el celular y miro con miedo el mensaje.
Pol: Hola, Clep, oye, una pregunta. . 11:51 am
Pol: ¿Hay problema si voy a tu casa mañana? Es que me gustaría hablar de un tema legal con ella y, bueno, para no estar tan solito :) 11:52 am
Pol: ¿Se puede?
11:52 am
Yo: Eh, ya le pregunto, pero sí, creo que sí.
11:54 am
Respiro por fin tranquilo. No pasó nada malo. Miro a mi alrededor, asegurándome de que nadie me observa, y rápidamente le escribo a mi tía, contándole la situación. Ella responde casi de inmediato, aceptando gustosa y dándome su horario para saber más o menos a qué hora estará en casa. Siento un gran alivio Una vez con la información, se la paso a Pol y así planeamos nuestro encuentro para el día siguiente. Mientras guardo el teléfono, no puedo evitar sonreír un poco. La lluvia afuera parece menos intimidante ahora, y me siento más preparado para enfrentar el resto del día.
24-02-22 / 05:14 pm
Estoy cansado, el día ha sido agotador, pero lo bueno es que por fin no hubo lluvia hoy. Finalmente salió el sol a saludar, me acompañó todo el día y ahora se va en un muy bello atardecer. Eso me relaja un poco.
Llego a casa y entro; en el comedor están Pol y mi tía hablando y riendo, mientras toman algo. Encima de la mesa tienen un portátil y unos documentos. Es como ver a dos abuelitas en una tarde de merienda, pero Pol sigue demacrado. Sin embargo, verlo sonreír me transporta de nuevo a hace 4 semanas, con ese brillo y esa felicidad que lo caracterizan. Pero hay algo en su aspecto que sigue llamándome la atención, su pelo se ve raro.
- Oh, querido, ya llegaste. ¿Cómo te fue el día de hoy?
Ambos me miran esperando una respuesta. Respiro profundo y vuelvo a la realidad para poder contestarles algo.
- Bien, fue un día agotador, pero bien. ¿Y ustedes?
- Bien querido, estábamos hablando aquí de unos temas. Pol necesitaba asesoría sobre algo con su tienda, pero ya. Por cierto, ¿tengo actitud de una margarita?
- ¿Pol te hizo la analogía de las flores?
- Sí, ¿también lo hizo contigo?
- Al poco tiempo de entrar.
Me puse a analizar la situación, intentando recordar lo que decía el libro sobre las flores margaritas. Si mi memoria no me fallaba, las margaritas representan optimismo, pureza, honestidad, amabilidad, tranquilidad y espíritu juvenil, lo cual encaja perfectamente con ella.
- Sí, considero que sí.
- Entonces tienes razón, cariño.
- ¿Cariño?
- Así le voy a empezar a decir a Pol.
Pol empezó a reír de manera desenfrenada. Su risa era incómoda pero no tenía esa aura de molestia, era diferente.
- Menos mal que busco un 'sugar daddy' y no una 'sugar mommy'.
El comentario nos tomó por sorpresa a todos, así que las risas no se hicieron esperar. Sentía mis cachetes rojos y mi pulso acelerado, saber que tenía alguna chance con él me alegraba. Tal vez no tenga 78 años, una enfermedad terminal y un montón de plata que dejar, pero era un chico, y espero que eso, entre otras cosas, me ayude a conquistar a Pol.
Después de un rato las risas se disiparon, preparé algo de comer y me senté con ellos en el comedor. Le contamos a mi tía lo de los viernes y se puso muy feliz. Después de un rato de charla, Pol se fue y yo me dirigí a mi cuarto a terminar mis tareas y descansar, pero mi mente seguía la idea de que en algún momento, tal vez y solo tal vez, Pol y yo podríamos estar juntos
25-02-22 / 07:04 pm
El sol nos ha vuelto a abandonar y la lluvia vuelve a hacer presencia en su lugar. Como todos los viernes, llegamos a casa de Pol. Antes era por su trabajo, ahora es por su tratamiento. Ademas, a partir de hoy mi rutina va a cambiar, ya que desde ahora y hasta que la situación de salud de Pol mejore, me quedaré en su casa a dormir. Me gustaría que esto se presentara en otras circunstancias.
Como es rutina, Pol se va y se recuesta en la sala, mientras yo dejo las cosas sobre la barra y me meto a la cocina a preparar algo para comer. O lo intento, ya que Pol nunca tiene apetito. Pero hoy el doctor Díaz le pidió que comiera más. El tratamiento es muy invasivo y si no se cuida, podría terminar internado en el hospital o algo peor. Aunque el doctor pueda estar exagerando, Pol está muy mal. El doctor le pidió que se quitara la camisa para revisarlo y casi me da algo al verlo. No sé si es porque usa ropa ancha, pero yo tenía el recuerdo de que tenía mucha más masa muscular. Ahora está tan delgado que los huesos de su cadera se resaltan sobre su piel. Verlo así solo me generó dolor; estar tan bajo de peso tampoco es sano, y menos en su situación.
— Clep, no te enojes conmigo, por favor.
La voz de Pol me devuelve a la realidad. Subo la mirada hacia la sala; allí Pol me mira como un perrito regañado. Creo que ya sé qué va a decir.
— No quieres comer, ¿verdad?
— Correcto.
— Pues lo siento mucho, señor Méndez, pero el doctor dio una orden. Más bien dime, ¿qué te gustaría cenar?
Ver a Pol era como ver a un niño pequeño cuando le niegas algo que quiere. No voy a ceder, lo hago por su bien, pero espero que no se moleste mucho y que le guste mi sazón.
— No lo sé, Clep. ¿Qué sabes cocinar?
— Bueno, pues burritos, arepa rellena, milanesa, ceviche, arroz con habichuelas.
— ¿Cuándo aprendiste a preparar todo eso?
— Mi padre me enseñó. Viajó por Latinoamérica como mochilero cuando era joven junto con uno de mis tíos lejanos, uno de sus primos, y aprendió a cocinar algunas cosas típicas. Pero en fin, dime, ¿qué te gustaría?
— No me creo que esté diciendo esto, pero las arepas suenan buena idea.
— A sus órdenes entonces, capitán.
Pol me miraba con una sonrisa burlona. Yo dejé escapar una pequeña risita y me puse a buscar las cosas para prepararlas: la harina, mantequilla, y otras cosas para la arepa y su relleno.
— Oye, Clep, ¿qué tal si me hablas más de tu niñez? O bueno, de tu vida antes de llegar a la capital.
— ¿Por qué el interés?
— Bueno, siento que solo conozco al Clep universitario: el Clep que vive con su tía y una gata, el muchacho de la facultad de ciencias sociales y humanidades, el estudiante sobresaliente becado en sociología, el muchacho con un físico de golden retriever pero actitud de gato negro, el chico que le gusta el amarillo y pintar, el muchacho que se vomitó en una fiesta de Halloween, el...
Empecé a reír desenfrenadamente interrumpiéndolo, no solo por su comentario, sino por su sinceridad. Es cierto, solo conoce al Clep universitario, no al Clep niño. Miré a Pol, quien me miraba intrigado mientras una enorme sonrisa cubría su cara, ocultando sus ojeras. Creo que es justo contarle de mí, luego de que él me haya contado su vida: el cómo fue criado por su abuela y el que sus padres nunca estuvieron en su vida, al igual que su abuelo. No sé tanto del Pol estudiante, pero sí que después de que su abuela muriera se hizo cargo de la tienda y empezó a estudiar música ya entrado en sus 20. Es justo para él saber de mi historia.
— Ya entendí tu punto, chico de la guitarra.
Ese comentario le dio gracia ya que ahora era él quien se reía. Saqué las ollas y el sartén, y ya tenía todo sobre el mesón, así que ahora era empezar a prepararlo. Solo espero que por andar hablando no se me queme nada.
— Pues muy bien, todo empezó hace ya más de 21 años, cuando un hombre y una mujer tuvieron sexo...
— No, Clep, tampoco tan atrás.
— Entonces, ¿qué te gustaría saber?
— Bueno, pues, ¿cómo es tu familia?
— Muy grande. Ya muchos viven en diferentes partes del país, pero en el pueblo de origen solo quedan mi abuela paterna, mi abuelo paterno, mi madre y mi padre.
— ¿Y tus otros abuelos?
— Fallecieron antes de que yo naciera.
— Oh, ya veo. ¿Y tienes hermanos?
— No, soy hijo único.
— ¿Y cómo es tu casa?
— Gigante. Mis abuelos tuvieron como ocho hijos y la casa antes era de mis bisabuelos, que tenían como 12 hijos. ¿O eran 11? Ya no lo recuerdo.
— Vaya, son una familia muy numerosa.
— Bastante, parecemos ratas. Incluso tengo familia en Estados Unidos, Europa y creo que una prima en Corea.
De nuevo estaba riendo. La verdad, uno nunca termina de dimensionar lo grande que es la familia. Podría apostar que somos como unos 100 Hernández que venimos del mismo árbol genealógico.
— Y bueno, saliendo del tema de la familia, ¿cómo te fue en el colegio?
Un escalofrío recorrió mi espalda. Era un tema que no me gusta hablar, y aunque ya he superado todo lo que viví en ese infierno, sigue siendo duro para mí.
— Pues… académicamente me fue bien, pero sufrí bullying toda mi época de estudiante en ese pueblo.
— Por los dioses, ¿eso son más de 10 años? ¿Y no hicieron nada? O, no sé, ¿no se podía cambiar de escuela?
— Sí, pero la gente es incompetente y siempre que hablábamos con las directrices la situación empeoraba. Además, no podía escapar; ese era el único colegio de mi pueblo. El más cercano estaba a casi una hora de donde vivía.
Mi cuerpo estaba totalmente tensionado y mis manos frías. Respiro profundo y busco tranquilizarme. Podría hacer lo que sea para mejorar y no verme más afectado por esa situación, pero no podía borrar lo que había vivido. Era una cicatriz mental que tendría que cargar por toda mi vida.
— Si no quieres hablar de eso, Clep, está bien.
— No, no, no, tranquilo. Eso fue hace mucho tiempo, ya estoy mejor, solo que recordar siempre es algo doloroso.
Y está bien que lo sea. La gente me criticaba, me empujaba, me humillaba y hasta me golpeaba. Llegó a un punto en el que llegué a odiarme a mí mismo. Fueron muchos años de ese sufrimiento y tambien en psicología gracias a todo aquello. Me ayudó mucho y aunque aún tengo actitudes que debo mejorar, como ser más sociable y no meter mi cabeza solo en el estudio cuando estoy mal, el tiempo es lo único que me ayudará a sanar. Aunque ya no esté con mi psicóloga Paty, intento seguir sus lineamientos y lo que aprendí con ella.
— Sabes, Clep, creo que fuiste muy valiente y fuerte por soportar todo eso. Además, me sorprende mucho. Eres muy guapo y buena gente. No entiendo cómo la gente te podía odiar.
Dirigí mi mirada hacia Pol. Sentía mis mejillas rojas. Le parezco guapo. Siento que mis piernas tiemblan un poco. Él sonríe tímidamente, parece no notar el efecto de sus palabras en mí. Lo cual me alegra. Quito mi mirada y respiro profundo. Necesito cambiar el enfoque.
— ¿Y tú?
— Mmm...
— ¿Cómo eras en la escuela?
— Está mal que yo lo diga, pero era un chico popular y muy rebelde.
— No te creo.
— En serio, incluso tuve una banda donde era el guitarrista y ayudaba con los coros. Era muy respetado entre los estudiantes.
— ¿Nunca te intentaron molestar?
— Sí, pero alguien me defendió y le dio una buena patada en el estómago a esos idiotas, la verdad me alegro.
— ¡POL!
— ¿Qué? Además, esa persona la conoces ¿adivina quién era?
— No lo sé.
— Adam.
Volví a mirar a Pol, con una sorpresa y desagrado gigante. Adam lo habia defendido, era increible. Ese amargado mala cara, lo habia defendido de unos matones.
— Sabes, extraño esa etapa, donde no tenía tantas obligaciones. Tenía a mis amigos, mi banda y mi abuelita. Extraño cuando no tenía esta mugrienta enfermedad.
De un momento a otro pasamos de risas a llanto. Giré de nuevo para verlo; ahora se cubría la cara con las manos llorando en silencio, como suele hacerlo. Yo paré lo que estaba cocinando, me lavé las manos y fui hacia donde estaba Pol. Apenas llegué a la sala y me senté en el sofá, él se abalanzó sobre mí para abrazarme. Yo le devolví el abrazo; él lloraba con fuerza contra mi pecho.
— Estoy cansado de esto, tan cansado, y apenas estamos empezando.
— Lo sé, lo sé, pero ya estamos cerca de la mitad.
— Me duele la cabeza y el alma.
— Tranquilo.
— ¿Clep?
— ¿Dime?
— ¿Podemos estar un rato así?
Dejé escapar una risita. A mí también me dolía el alma; verlo así, tan frágil y mal, me dolía. Una de mis manos estaba en su cabeza, y con mucha sutileza empecé a acariciar su cuero cabelludo, opaco y débil.
— Sí, Pol, podemos estar así todo el tiempo que quieras.
— Gracias…
Levanté la mano de su cabeza y alrededor de mi palma tenía un puñado muy grande de pelo. Esto no era normal, pero preferí no decir nada y solo seguir abrazándolo, intentando consolar.
26-02-22 / 08:37 am
El sol apenas comienza a asomarse por entre las cortinas. Un pequeño rayo de sol llega a mi cara, me molesta un poco, así que abro los ojos. Hasta aquí llegó mi hora de sueño. Me duele la espalda y me siento desubicado, pero rápidamente recuerdo que estoy en la sala de Pol. El sofá no es el lugar más cómodo para dormir, pero estoy dispuesto a soportar esto por él. De todas maneras, estoy agotado. Ayer el día fue largo y el desgaste emocional que conlleva esta situación es abrumador. Respiro profundo; solo es por un tiempo, luego todo volverá a la normalidad.
Me desperezo y me levanto con cuidado, tratando de no hacer ruido. Me dirijo a la cocina; mi cuerpo necesita un café, así que empiezo a buscar los ingredientes para prepararme uno. Mientras pongo a calentar algo de agua, pienso en cómo Pol empezó a comprar café para mí desde que comencé a venir a su casa. Es un lindo gesto de su parte, sobre todo porque él no suele tomar café, prefiere el té.
Un ruido proveniente del pasillo llama mi atención. Giro y veo a Pol salir de su cuarto. Su rostro refleja cansancio y dolor. Parece que pasó una mala noche, pero cuando lo observo detalladamente, noto algo raro en su cabello.
— Pol, ¿cómo dormiste anoche?
— Más o menos, me duele todo el cuerpo y la cabeza.
Pol se lleva la mano a la cabeza en señal de su dolor, pero de manera repentina quita la mano y la mira. Su expresión cambia de confusión a pánico en cuestión de segundos, y no es el único.
— Clep...
Me acerco rápidamente a él y veo lo que tiene en su mano: una enorme cantidad de mechones de cabello negro. Subo mi mirada y veo que en su cabeza ahora hay un hueco de donde salió todo ese cabello. Mi corazón se hunde.
— Oh, Pol...
Nos quedamos en silencio, ambos en shock. El tratamiento está cobrando un precio más alto de lo que habíamos imaginado. Pol me mira, sus ojos llenos de lágrimas y dolor. Parece que quiere hablar, decir algo, pero las palabras se le escapan de la boca. Antes de darme cuenta, empieza a sollozar. Siento como mis ojos también se llenan de lágrimas amargas. Mi garganta se llena de palabras sin destino; no sé qué pensar. Solo me acerco más a él y lo abrazo, siento que es lo único que puedo hacer. Mi mente está en pánico, mis manos están frías y mi corazón late con fuerza, resonando en mis oídos. Pol se aleja un poco de mí, pero no rompe el abrazo, se aleja lo justo para que podamos vernos mutuamente. Ha parado de llorar, pero su cara sigue húmeda por el llanto.
— Clep, necesito que me rapes.
— ¿Estás seguro?
Asiente lentamente. Un nudo se hace en mi garganta y me arde, pero es su decisión y con el tratamiento, existia la posibilidad que se le callera el cabello. Se aleja de mí y desaparece en alguna habitación del pasillo. Yo bajo la cabeza, me siento derrotado. Algunas lágrimas caen por mi cara. No me siento capaz de llorar delante de Pol, él es quien lo vive; yo solo lo acompaño, no me siento con ese derecho.
— Clep, hay una silla plegable junto a la nevera, ¿la puedes traer aquí al baño, por favor?
— Eh, sí, claro.
Me seco las lágrimas de manera disimulada, voy, saco la silla y la llevo al baño. Allí, Pol sigue llorando; sus ojos reflejan una enorme tristeza y dolor. Sobre el lavamanos tiene la máquina para rasurar conectada y una toalla. Coloco la silla. Pol se sienta en ella, toma la toalla y se la amarra al cuello.
— Clep, ¿sabes cómo usarla?
— Más o menos, pero ¿estás seguro? Digo, si te lo corto, cuando vuelva a crecer se verá todo disparejo.
— Y si lo dejo así, nunca va a crecer parejo.
Me muerdo la lengua. Es su decisión, debo apoyarlo y no meterme. Enciendo la máquina y me pongo detrás de él. Pol sigue llorando, pero su cara no refleja ninguna emoción. Siento que esto es un impulso suyo, que realmente no quiere hacerlo y que solo lo hace en su momento de desesperación. Pero me callo, mis manos tiemblan y estoy asustado.
— Pol, ¿paso tijera primero?
— No, solo pasa la máquina.
— Está bien, cuando tú digas.
El silencio inunda el baño. Creo que ahora sí sembré la pizca de duda en él. Gira levemente la cabeza; de nuevo vuelve esa expresión de derrota, cansancio y tristeza.
— Adelante, Clep.
— Como usted ordene, señor Méndez.
Pol deja escapar una pequeña risita. He de admitir que eso me relaja un poco, pero no lo suficiente. Respiro profundo y enciendo la máquina. Con el mayor cuidado del mundo, empiezo a pasarla por su cabeza. El pelo cae con facilidad; se nota lo débil que está debido al tratamiento.
— ¿S-sabes, Clep?
— ¿Dime?
Por los dioses, escuchar su voz así de quebrada me duele.
— Cuando mi abuelita murió, me pidió que no me cortara el pelo. A ella le gustaba mucho y soñaba que algún día, con mi pelo, se hiciera una peluca para alguien que lo necesitara. Por los dioses, me siento tan mal al romper esa promesa de esta manera.
Paro un segundo. Pol baja la cabeza y se tapa la cara con las manos. Ahora su llanto es más notorio. Mis ojos también se llenan de lágrimas y algunas logran escapar. Miro la máquina que tengo en mi mano, siento rabia, impotencia y frustración. Enciendo la máquina de nuevo, cierro los ojos y la llevo a mi cabeza.
— ¡CLEP, PERO QUÉ HACES!
Abro los ojos. No sé en qué momento se levantó, pero con asombro veo a Pol frente a mí, tomando mi brazo con sus dos manos, deteniéndome en seco. Sus ojos siguen llenos de lágrimas, pero están abiertos como platos. Mi mano tiembla y mis ojos por fin dejan escapar ese mar de lágrimas que inunda mi interior. Apago la máquina y la bajo.
— Lo siento, Pol. Tú no estás solo en esto; quiero apoyarte, mostrar mi solidaridad.
— Pero esta no es la manera, Clep.
— Pero tú vas a hacerlo, y yo quiero.
— Clep, yo era consciente de que esto podía pasar y estaba dispuesto a raparme si mi pelo sufría algún daño, aunque me doliera hasta el alma hacerlo. ¿Pero tú? ¿Lo haces solo porque yo lo hago?
— Y-yo, no lo sé, es solo que no sé qué más hacer para ayudarte.
Siento mi respiración agitada, como si el aire se me escapara. Mi corazón retumba en mis oídos y mis extremidades tiemblan. Siento como si todo se fuera a caer a mi alrededor, me siento mareado. Miro a Pol; ya no llora, solo me mira con desconcierto y empatía. Se acerca de nuevo a mí y me abraza. Yo estoy paralizado.
— Clep, te entiendo. También pasé por esa situación cuando mi abuelita enfermó. Verla decaer día con día sin poder hacer nada más allá que ayudarla... esa desesperación e impotencia es dolorosa. Es normal, pero te pido que no te rapes. Tu pelo es muy bello y no quisiera que te lo cortes.
Pol se aleja un poco de mí. Sus ojos zafiro me examinan detenidamente. Tiene las mejillas algo coloradas, supongo que de tanto llorar, pero tiene una sonrisa tímida, y una de sus manos esta en mi cabeza, acariciando mi pelo. Yo empiezo a respirar mejor, mi cabeza baja su velocidad y ya no me atormentan tanto los pensamientos.
— Yo debería ayudarte y apoyarte, no tú a mí en esta situación, Pol.
— Sí, pero yo soy mayor que tú. Mi abuelita me cuidó y ocultó su enfermedad hasta que ya fue evidente. Me enojé con ella en su momento, pero luego entendí que duele menos una mentira vestida de verdad que una verdad desnuda. No te mortifiques tanto, has estado conmigo desde el principio.
Me sentía inútil de todas formas, pero tenía razón en algo: no debía mortificarme tanto.
— Lo siento de todas formas, Pol.
— Los efectos colaterales del cáncer no solo los vivo yo, también quienes me rodean. Eso te incluye a ti.
— Pero no quita que mi pesar sea menor que el tuyo.
— No nos comparemos, Clep. Todos vivimos esto de formas distintas.
Pol me sonríe de oreja a oreja. Respiro profundo y me termino de tranquilizar. Enciendo la máquina de nuevo y le pido a Pol que, por favor, se siente para terminar de raparlo.
Diez minutos después ya lo había rapado totalmente. Durante todo ese tiempo no dijimos palabra alguna. Apenas terminé, apagué la máquina y fui a buscar una escoba para barrer todo el pelo que había caído. Pol se miraba en el espejo, se tocaba la cabeza y lloraba. No tenía ningún gesto en la cara, solo las lágrimas corrían libremente por su rostro. Se secó las lágrimas y fue a buscar una toalla. Me dijo que se bañaría y que luego veríamos qué desayunar. Yo le ofrecí prepararlo, siento que es lo único que puedo hacer para remediar aquel show que acabo de armar. Él me agradeció y me dijo que lo hiciéramos juntos. Yo insistí y él aceptó.
Y así, antes de que fueran las 10:30 de la mañana, los dos ya estábamos bañados y desayunados, listos para hacer lo de administración. Pol tenía puesto su pantalón de sudadera gris, un saco enorme color negro y un gorro del mismo color que su pantalón, usaba sus gafas gruesas, pero de tras de ellas, se escondia su cejas, que ya no eran tan tupidas como cuando lo conoci.
— Te ves muy bien. Así, con pelo, sin pelo, con gorro, sin gorro, eres muy atractivo, Pol.
Dije antes de que mi mente pudiera procesarlo. Miré a Pol con algo de asombro y pena, él también estaba así. Dejó escapar unas cuantas risitas y yo igual. Nos sentíamos incómodos, eso es claro, pero sabía que con el paso del tiempo esa incomodidad pasaría.
— Gracias, aún me duele habérmelo cortado, pero gracias.
— Tu pelo crecerá y podrás cumplir esa promesa a tu abuela.
— Tienes razón.
Ambos nos volvimos a callar. Sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas, pero de ellos ya no salía nada. Un día a la vez, un día a la vez...
01-03-22 / 04:38 pm
Ayer fue un día pesado. Pol tuvo un poco de fiebre después del tratamiento, así que decidí quedarme hasta tarde, esperando que se estabilizara. Puede parecer exagerado, pero leí en internet que la fiebre puede ser peligrosa y no quería correr ningún riesgo. Pol casi me suplicó que me fuera, sabía que al día siguiente tenía clase y que la ciudad es más peligrosa de noche. Pero no me importaba. Todavía tengo esa espina de lo que pasó el sábado. Me rompí, me rompí frente a él, actué como un idiota y él me consoló.
El domingo volví a hablar con mi psicóloga. Le conté lo que había pasado en los últimos meses y me comentó que podría estar desarrollando el "síndrome del salvador". Me explicó que hay varios factores que podrían estar llevándome a eso. Tendré una cita con ella pronto de nuevo, pero me pidió que me relajara y me cuidara, que esto podría generarme un cuadro de ansiedad o un burnout a largo plazo.
Respiro profundamente y vuelvo al presente. Estoy delante de la puerta de Pol. Le prometí que vendría a ver cómo estaba y a hacerle compañía. Acabo de timbrar y ahora espero a que me abra. Intento eliminar de mi mente todo lo que me preocupa, desde aquella espina hasta la charla con la psicóloga. Levanto la mirada y la puerta se abre. Pol está demacrado, se le ven los huesos de la clavícula, tiene las gafas mal puestas y usa un suéter azul gigante que lo cubre desde la cabeza hasta casi las rodillas. Sus ojos están apagados y cada vez tiene menos pelo en las cejas. Su expresión es de sorpresa.
— Al final sí viniste, Clep.
— Sí, tendré que adelantar algunas cosas aquí, pero no importa. ¿Puedo pasar?
— Ah, sí claro, adelante.
— Gracias.
Entramos y dejo mi maleta sobre la barra de la cocina. El apartamento está desordenado de nuevo. Miro a Pol, que se recuesta en el sofá. Tiene el televisor encendido y está viendo alguna serie en Netflix. La cocina, en cambio, está impecable.
— ¿Has comido algo hoy?
— Desayuné.
— ¿A qué hora?
— No lo sé, ¿como a las 10?
— Pol, son más de las 4:30.
— ¿En serio?
— Sí.
— Oh, por los Dioses.
Respiro profundamente. Parece que no tiene percepción del tiempo. No sé qué hora pensaba que era, pero ya es bastante tarde.
— ¿Quieres que prepare algo de comer?
— No, no te preocupes, hace rato que quiero comer pizza, así que pensaba en pedir una.
Aunque me gusta cocinar, me alegra quiera comer.
— Está bien, ¿de qué pensabas pedirla?
— Me gusta mucho la hawaiana.
— Eres un monstruo, ¿cómo te puede gustar la piña en la pizza?
— ¿Qué? Es deliciosa.
— Mejor me voy antes de que pidas esa monstruosidad.
Pol empezó a reírse como un loco y yo lo sigo. Parecemos niños pequeños discutiendo. Después de debatir un poco sobre el sabor de la pizza, Pol llama y la pide. No tarda mucho en llegar, así que bajo a recepción a recogerla. Cuando subo, Pol ya tiene servidas las bebidas y las servilletas, listo para comer.
— Se nota que te emociona la idea de comer pizza.
— Es, creo yo, mi comida rápida favorita.
— ¿Y cuál es la otra comida favorita?
— El arroz paisa. Mi abuelita tenía una receta que le quedaba deliciosa. Pero, en fin, sirvamos esto y comamos.
No sé si es por la pizza, pero realmente parece hambriento. Sin más tardanza, llevamos las cosas a la sala, abrimos la caja y empezamos a comer con gusto. Pol apenas prueba la pizza y parece un niño pequeño que la come por primera vez. La termina rápido y muy feliz, luego sigue con otra, y así, en poco tiempo, ambos terminamos la pizza.
— Por los dioses ¡qué delicia!
— Gracias por la pizza, Pol.
— A ti, por venir y darme este tiempo.
Bajo la mirada, mis mejillas se ponen rojas y mi corazón empieza a latir con más fuerza. Respiro y me levanto, empiezo a recoger las cosas de la comida que están sobre la mesa de centro.
— No, no, no, Clep, déjalo, luego lo recojo.
— Nah, no te preocupes. Tú pediste la pizza, esto es lo mínimo.
— no es una competencia.
— Sé que no lo es, es por educación.
Antes de que pueda terminar la frase, su cara cambia y sale corriendo al baño. Dejo las cosas sobre la mesa de centro y voy detrás de él. Pol cierra la puerta, pero dentro se escucha que está vomitando. Me alejo y voy hacia la cocina, tomo y sirvo un vaso de agua, puede que luego lo necesite. Pol sale del baño, está pálido y suda mucho, se recuesta sobre la puerta del baño, parece que se va a desmayar. Me acerco a él, pendiente de que no se caiga.
— ¿Quieres agua?
— N-no, espera. Solo quiero ir a sentarme.
Con cuidado, empieza a moverse por el pasillo camino a la sala. Allí se sienta y se deja caer con todo el peso. Yo dejo el vaso con agua y me llevo las cosas de la comida.
— Qué cruel eres, Clep, aprovechándote de un enfermo para recoger las cosas, qué cruel.
Dejo escapar una pequeña carcajada, al menos está de ánimo para bromear.
— Es mejor alejarte de cualquier aroma que pueda producir de nuevo una reacción de vómito.
— ¿Fui muy evidente con eso?
— ¿Con qué?
— Con que vomité.
— Sí... pero no te preocupes, mejor toma agua. Supongo que todo lo que comiste ya no está en tu estomago.
— Probablemente.
Vuelvo a la sala y veo a Pol tomar el vaso y beber de él. Se ve mal, peor que cuando llegué. Sus ojos están llenos de lágrimas.
— Sé que es por el tratamiento, pero me siento patético. Esto me está destruyendo. ¿Y si muero, Clep?
Mi estómago siente un enorme vacío. Sé que eso no es posible, pero ¿y si pasa? Empiezo a barajar cientos de posibilidades de lo que puede pasar si las cosas siguen empeorando. Mi pulso aumenta, tengo miedo.
— Soy el primero en ser pesimista en todo, Pol, pero el doctor dijo que vas a estar bien y yo creo en él.
Pol me mira, sus ojos están vidriosos, pero está más tranquilo. Le da otro sorbo a su vaso, respira profundamente y se deja ir sobre el sofá, con una expresión de malestar que indica su incomodidad. Temo que vuelva a vomitar.
— ¿Estás bien?
— Sí, solo que siento náuseas.
—¿Qué tal si hacemos algo para que no te concentres en eso?
— Mmm... tengo una idea.
Podría sentir náuseas, pero se levantó en un segundo y salió rápido hacia su cuarto. Me quedé sentado, pensativo, sin saber qué idea loca o retorcida, o incluso chistosa, se le había ocurrido. En poco tiempo, escuché un ruido y luego vi a Pol salir del pasillo con su guitarra en mano. Tenía una sonrisa gigante en su cara. Ya extrañaba verlo así, era como ver a un niño haciendo una travesura.
— Se me ocurre que, tal vez, podría enseñarte a tocar guitarra. ¿Qué te parece?
— ¿Espera, qué?
— Sí, sí, sí, así como escuchas.
Me quedé atónito, no puedo creer que quiera enseñarme. No sé nada de música, la consumo y la disfruto, pero hasta ahí. Tocar es mucho para mí. Siento que es una broma o algo, pero lo miro a la cara y sus ojos llenos de determinación e ilusión me destruyen. Es como ver un perrito rogando por pollo, mi corazón no puede.
— Pues... podría intentarlo, pero mi experiencia tocando es nula y no creo lograrlo.
— Ay, por favor, Clep, soy muy buen maestro y en menos de dos meses vas a ver que podrás tocar tu primera canción. Te lo garantizo.
— Okey, no dudo de ti, sino de mí.
— Confía, vas a ver que nos irá muy bien. Ahora te entrego mi amada guitarra y empezamos.
— Está bien.
Por Dios, amo a este chico.
02-03-22 / 11:23 am
Camino por los pasillos de la universidad. El día es frío, pero no parece que vaya a llover, lo cual me alegra, ya que no traje sombrilla. Llegué temprano para llegar a tiempo a una de mis clases, pero llegue con tanta antelación que ahora tengo mas de una hora libre, antes de que inicie la clase. Como es de costumbre y para matar tiempo, me dirijo a la biblioteca.
Mientras camino, un perfume me golpea con fuerza. Levanto la mirada en busca de la fuente del aroma y, a lo lejos, veo a Flor, que viene casi corriendo hacia mí. Hacía mucho que no la veía; ahora su pelo está algo más corto que la última vez, y le queda muy bien.
— Señor Asclepio Hernández, ¿y ese milagro?
— Querida señorita Flor Montes, le cuento que reviví de los muertos.
Ambos empezamos a reír. Ya extrañaba a Flor; esa actitud fue lo que me llamó la atención en primer lugar. Siento que no veo tan seguido a mis amigos y que los he dejado muy de lado. Hasta ahora me doy cuenta de ello, un nudo se hace en mi estomago, es culpa. No sé hasta qué punto ella y Lucas saben de la situación de Pol. La enfermedad de él, junto con el tema de mantener mi promedio, ocupa mucho de mi tiempo. yo me ofrecí a apoyar a Pol y la beca es mi responsabilidad. Así que eso no es excusa para descuidar mis otras amistades.
— Pero, en fin, ¿Cómo estás, Florecita?
— Bien, Clep. Ocupada con mis clases y demás, pero bien. ¿Y tú? Te ves demacrado, ¿has estado descansando bien?
— Pues…
Un nudo se forma en mi garganta y mis ojos se llenan de lágrimas. Bajo la cabeza para intentar que no me vea. No entiendo por qué me pongo así, pero las palabras se atoran en mi boca. No sé si esté bien contarle, pero a la vez pienso que es mi amiga y que se merece saber lo que me pasa. Además, hablar con alguien del tema creo que me ayudaría a liberarme un poco. Respiro profundo y vuelvo a levantar la mirada.
— No, Flor, no siento que esté bien.
— ¿Qué pasa? ¿Tu familia está bien? ¿O vas a perder la beca?
— No, no, no es eso. Es sobre Pol.
— ¿Qué pasó con Pol? ¿Se pelearon?
— No, Pol... Apolo tiene cáncer.
— Oh... por los dioses.
Su semblante pasa de alegre a preocupación y sorpresa, casi como si su alma abandonara su cuerpo. Se pone pálida y sus ojos se abren como platos. Se queda muda de repente, y las palabras también se le escapan.
— ¿Hace cuánto que lo saben?
— Después de su cumpleaños, pero él lo sospechaba desde hace mucho. Yo he estado acompañándolo desde que inició el tratamiento.
— ¿Cómo está él?
— Mal. Está delgado, ojeroso, demacrado. Ya hasta el tratamiento le está quitando el pelo.
— Wow, Cati no me ha comentado nada, pero con razón estaba tan nerviosa cada vez que le preguntaba sobre él. ¿Cómo lo está llevando?
— Los días son difíciles, sobre todo cuando tiene la terapia.
— ¿Y tú cómo lo estás llevando?
— ¿Yo?
Finalmente rompo en llanto. Creí estar lo suficientemente bien como para no llorar, creí que ya no me rompería, creí que... ya no creo en nada. Solo me duele el pecho, y siento que me quejo de nada. Pol y muchas personas tienen peores vidas que yo; no me siento con el derecho.
Salgo de mi mente y me quedo en blanco cuando el perfume de Flor se vuelve más fuerte. Ella se acerca y me abraza. Mi cerebro se detiene y solo puedo llorar. No me importa estar en la universidad; lloro como un niño y el abrazo es reconfortante.
— Ay, Clep, respira.
— P-perdón, esto es muy doloroso y aterrador. Temo que algo le pase a Pol.
— ¿Qué les ha dicho el médico?
— Que todo saldrá bien, que estamos a tiempo. Pero, aun así, no evita que mi mente sea tan fatalista.
— Tranquilízate. Si su pronóstico es bueno, todo va a ir bien. Piensa positivo.
— Pero no quiero perderlo.
Flor se aleja un poco y me toma de las manos. Su mirada me atraviesa; creo que sospecha algo.
— Clep, puede que esté suponiendo cosas, pero ¿acaso te gusta Pol?
— Por los dioses, ¿soy tan evidente?
— Sí, bastante.
— No sé qué pensar sobre eso, Flor. Siento que este cariño que siento por él intensifica mis emociones un 200 por ciento.
— Clep, pues claro. Y no es cariño, es amor. Un amor puro. Te lo digo yo, que tengo pareja. El solo pensar que algo malo le puede pasar o el hecho de que se enferme me altera mucho. Así que no me puedo imaginar cómo te sientes tú.
— Jamás pensé enamorarme de él.
— El amor nadie lo pide. Llega sin avisar y cambia tu vida por completo, Clep.
— ¿Qué edad tienes? Te oyes como una anciana.
— El diablo no necesariamente sabe más por viejo que por diablo. Los jóvenes también somos sabios.
— Tienes razón. Gracias, gracias por todo, por escuchar y por aconsejarme.
— Para eso estamos los amigos. Pero no te pierdas más; yo y Lucas ya nos estábamos asustando con tu repentina desaparición.
— Lo siento por eso. Debería salir más con ustedes.
— No te preocupes, todo a su tiempo.
Ella me regala una sonrisa. Es muy buena amiga, sin duda alguna. No sé cómo terminé con una amistad así.
— Lo sé. Les avisaré cuando tenga un día libre o podemos almorzar en algún momento, si te parece.
— Está genial, pero ahora creo que debo irme. Voy tarde a clase.
— Está bien, no hay problema. Nos mantenemos en contacto.
— Exacto. Cuídate, por favor, que estás demacrado. Nos hablamos luego.
— Está bien, y gracias.
Así, sin más, como llegó, se va. Me regala un beso en la mejilla y se va corriendo, mientras su perfume se aleja. Yo me quedo quieto, me seco las lágrimas y sigo mi camino a la biblioteca. Pero solo doy unos pasos cuando una mano toma mi hombro y me tira hacia atrás.
— Pero ¿Qué mierda?
Giro bruscamente y delante de mí está Adam. Un escalofrío recorre mi espalda. Se ve molesto, y eso me aterra.
— Así que sí fuiste tú quien volvió mariquita a mi amigo, y pensar que solo lo habías alejado de mí.
— ¿Y a ti qué rayos te pasa?
— Esa pregunta debería hacértela yo a ti, maldito maricón.
Antes de que pudiera darme cuenta, Adam me atiza un golpe que casi me derriba. Mi sangre hierve y el corazón me palpita con fuerza. Siento cómo la adrenalina sube, y sin poder controlar mi cuerpo, me abalanzo sobre él y empezamos a pelear. Me da igual mi clase; tendré que faltar hoy.
03-03-22 / 05:17 am
El día ha sido frío. Mi cara duele y arde. Debajo del ojo tengo un enorme moretón, causado por el golpe de Adam, y también tengo el labio roto. En mi cabeza, busco mil maneras de justificar mis golpes, los visibles y los que no, pero sé que tarde o temprano todo saldrá a la luz. Mientras tanto, respiro profundo y dejo que el aire de la ciudad llene mis pulmones. No es sorpresa que llegue al departamento de Pol; ayer no vine por obvias razones y hoy sentí la necesidad de estar aquí. Cada día que pasa pone más nervioso a Pol respecto a su tratamiento, sin contar que tenemos práctica de guitarra.
Llego a la puerta del departamento y golpeo. Esta vez, no se demora tanto en abrir. Apenas Pol me abre, ve mi cara y luego mi cuerpo; me mira de arriba a abajo, analizándome. Yo no lo hago. Está empezando a usar la misma ropa y su cuerpo solo sigue empeorando, reflejando su débil estado de salud. Antes de preguntar cualquier cosa, entro y él cierra la puerta. Voy directo a la sala, dejo mi maleta y me siento. Pol se queda en la puerta, solo mirándome atónito.
— Ya sé que tienes dudas sobre por qué estoy todo moreteado.
— Sí, y no son precisamente pocas. ¿Qué pasó?
— Me caí por las escaleras.
— ¿Sí? Y yo soy Hannah Montana. Unas escaleras no te romperían el labio. Ya dime, ¿qué pasó?
— Me peleé con Adam.
Como había dicho, la mentira no duró mucho. Pol se acerca a mí; su expresión de incredulidad y sorpresa es incomparable. Solo me mira, y yo bajo la mirada, avergonzado de lo que hice. Siento que todo se sale de mis manos.
— ¿Cómo pasó eso?
— Nos encontramos en la universidad. Él se acercó a mí y empezó a insultarme. Luego me dio un golpe y yo le respondí. Por suerte, nos fuimos antes de que llegara alguien de la universidad; eso nos hubiera metido en problemas.
— ¡Clep! ¿Estás hablando en serio? Amigo, te peleaste con alguien a golpes. ¡A golpes! ¿Y tu única preocupación es que no te hubieran atrapado? ¿Qué hubiera pasado si Adam te rompía la nariz o algo peor?
— Pol, si nos atrapaban, yo podría perder mi beca.
Ambos nos quedamos callados, mirándonos. Pol está muy molesto. Me siento como un niño que está siendo regañado por su madre; odio esta sensación. Bajo la cabeza, evitando su mirada. Esto se siente muy incómodo. Pol suspira con fuerza.
— ¿Sabes qué? A la mierda con Adam. Lo voy a bloquear.
— ¿Espera, no lo habías bloqueado ya?
— No. Es tonto, pero estaba esperando unas disculpas. Hasta ahora me doy cuenta de que ese tipo nunca se va a disculpar. Tiene el orgullo tan alto que jamás aceptará que está mal. Además, te lastimó, y eso me enfurece.
Pol toma su celular que está sobre el sofá, abre WhatsApp y lo bloquea. Luego arroja su celular y se deja caer sobre la silla.
— Clep, te voy a pedir un favor: no te acerques a él. ¡Jamás!
— Está bien, no es como si quisiera verlo más en mi vida. Pero tú también aléjate de él. Es un idiota.
— Lo sé. Solo que hasta ahora lo quiero aceptar. Lo conozco desde hace tanto que pensé que lo podría cambiar. Qué error de mi parte.
— Lo importante es que te diste cuenta.
— Así es.
Pol deja escapar una pequeña risita, entre frustración y regocijo. Gira y me mira. Tiene una sonrisa burlona de oreja a oreja; eso me hace sonreír a mí.
— Tengo otra pregunta, Clep.
— Dime.
— ¿Ganaste la pelea?
— Nunca antes había peleado, la verdad.
—Eso no fue lo que pregunte. ¿Le ganaste?
Me quedé pensando un minuto. ¿Por qué le importaba tanto? No sé las reglas de las peleas callejeras, si es que eso existe.
— Supongo que sí.
— Ese es mi muchacho.
— Acabas de sonar como un papá.
El comentario nos hace reír de manera desenfrenada, tanto que a mí me duele el estómago. Estamos un buen rato riendo, hasta que el aire se nos escapa.
Cuando por fin paramos de reír como locos, Pol se levanta y va, y traer su guitarra. Ya es hora de iniciar la sesión.
11-03-22 / 04:15 am
El frío penetra hasta los huesos y mis dedos ya duelen. Estoy en el apartamento de Pol, donde ayer tuvo su séptima sesión de terapia. Solo le quedan dos más antes de que lo evalúen de nuevo, y rezo con todo mi corazón para que el cáncer desaparezca de su cuerpo de manera permanente. Mientras tanto, seguimos con nuestra rutina de los sábados: por las mañanas gestionamos la florería.
Y por las tardes, desde hace algún tiempo, hemos añadido las prácticas de guitarra. Nunca pensé que sería tan doloroso; mis dedos y muñecas están adoloridos, cada cuerda parece cortarme la piel. Sin embargo, empiezo a encontrarle el gusto. Además, ver a Pol tan paciente y dedicado me anima a seguir adelante, a pesar del dolor físico. Aunque esta rutina sea agotadora, me alegra saber que le está ayudando a él a liberarse y divertirse. Además, hemos avanzado bastante desde que empezamos. Estoy a punto de sacar mi primera canción y eso me emociona mucho. No puedo imaginar cómo se siente Pol.
— Bien, Clep, ¿qué tal si tocas la canción que hemos estado practicando?
— P-pero aún no la sé bien.
— No importa, quiero escucharte. Solo toca.
Siento un nudo en la garganta. No solo quiero tocar, también quiero cantar como él lo hace. He estado practicando, pero temo equivocarme. Respiro profundamente, ajusto bien la guitarra y con la mayor ansiedad del mundo empiezo a tocar.
" Tell me pretty lies
Look me in the face
Tell me that you love me
Even if it's fake
'Cause I don't fucking care at all"
Estoy concentrado al límite. Una de mis manos cambia de notas mientras la otra rasguea las cuerdas. Mi mente está dividida en dos: una parte intenta recordar la secuencia de notas y la melodía, la otra parte recuerda la letra y la pronunciación. Mi cuerpo está tenso, pero busco concentrarme lo más que puedo.
" 'Cause I have hella feelings for you
I act like I don't fucking care
Like they ain't even there
'Cause I have hella feelings for you
I act like I don't fucking care
'Cause I'm so fucking scared"
Sigo tocando. No puedo creer que me esté saliendo tan bien. Pero en un descuido, levanto la mirada para ver a Pol. Su mirada expresa orgullo, felicidad y sorpresa. Tiene una sonrisa a medias. Verlo así me hace recordar el día en que nos conocimos. Siento un nudo en el estómago y mi mente se queda en blanco. Me equivoco y paro abruptamente, bajo la cabeza y me recuesto sobre la guitarra. Iba tan bien, pero mi curiosidad me jugó en contra. Para mi sorpresa, unos aplausos resuenan por toda la sala.
— Clep, eso fue increíble. Te salió muy bien. Cantar y tocar al mismo tiempo es muy difícil, y esa canción que te enseñé no es precisamente sencilla.
— Gra-gracias. Yo, bueno, quería sorprenderte, pero creo que me equivoqué. Perdón.
— No seas tonto, te salió increíble.
Bajo la guitarra y lo miro a los ojos. Sus ojos color zafiro brillan como joyas, su sonrisa es brillante como las perlas del mar y sus pecas adornan su cara. No me importan sus ojeras ni la casi inexistencia de sus cejas. Este hombre es hermoso, tanto física como espiritualmente. Le regalo una sonrisa tímida.
— Gracias, Pol. Eres un gran maestro.
La cara de Pol empieza a cambiar repentinamente, de felicidad y dicha a desagrado y malestar. Antes de que pueda preguntar, sale corriendo en dirección al baño. De nuevo, vuelven las náuseas. Dejo la guitarra a un lado y voy a la cocina a servir un vaso de agua.
El ruido abrupto de la puerta me asusta. Dejo el vaso sobre el mesón de la cocina y me dirijo rápidamente al baño. Algo malo le ha pasado a Pol. Antes de llegar, lo veo en el pasillo, caminando débilmente y apoyado en la pared. Su rostro está pálido y su respiración está agitada. Parece que se va a desmayar.
— Pol, ¿estás bien?
— No lo se.
Lo ayudo a llegar a la sala y luego vuelvo por el vaso de agua. Pol lo toma con manos temblorosas y bebe lentamente. Después de unos momentos, parece recuperar un poco de color en su rostro.
— Gracias.
— No hay problema. ¿Cómo te sientes?
— Me siento mareado y me duele la cabeza.
— ¿Quieres que prepare una sopa?
— No, todo lo que como lo vomito.
— No importa. Debes comer algo.
— Clep, por favor, no.
Sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas, su carita muestra frustración. Me empiezo a sentir culpable. Creo que no debí insistir tanto.
— Perdón, no quería molestarte.
— No, no es eso. Es solo que siento que eres tan bueno y paciente conmigo que me frustra no poder ser recíproco. Me siento una carga.
Empieza a llorar y se tapa la cara. Me duele verlo así porque me reflejo en él. Tenemos los mismos miedos, pero desde otra perspectiva. Respiro profundamente y me acerco a Pol, colocando mi mano sobre su hombro como señal de apoyo.
— Pol, no lo eres. ¿Recuerdas cuando evitaste que me cortara el pelo?
— S-sí.
— Tú me apoyaste en esa ocasión. Pol, somos humanos. Mi psicóloga me dijo una vez: "No podemos cargar con todo al mismo tiempo. Si lo hacemos, estamos condenados a la autodestrucción". No te puedes exigir a ti mismo ni a los demás más de lo que pueden dar. Yo doy sin esperar recibir nada más que tu amistad, y si alguna vez esa amistad se rompe, lo que vivimos nadie nos lo quitará.
Pol se quita las manos de la cara y me mira. Parece un niño pequeño escuchando atento. Sin previo aviso, me abraza. Al principio me paralizo, pero luego devuelvo el abrazo. Mi corazón late con fuerza, pero no me importa.
— Gracias, Clep.
— No hay problema.
— ¿Crees que tu tía se moleste si te quedas a dormir hoy?
— No, no lo creo. No soy un pre-púberto para que me prohíban cosas.
— Tienes razón. Entonces, ¿te quedas?
— Sí... me quedo.
12-03-22 / 09:01 pm
Un destello muy fuerte atraviesa mis parpados, seguido suena de un estruendo que me despierta sobresaltado y desorientado. Me incorporo con susto y confusión. No recuerdo exactamente dónde estoy, pero el dolor en mi espalda es incomodo, en eso recuerdo que estoy en la sala de Pol. él me pidió que me quedara. Me estiro un poco y me levanto. Tengo la garganta seca y me duele un poco la cabeza. Anoche, Pol empeoró; vomitó un par de veces y tuvo fiebre, pero logramos estabilizarlo antes de irnos a dormir.
Voy a la cocina y me sirvo un vaso de agua. El líquido frío baja por mi garganta, provocándome un escalofrío reconfortante. Cierro los ojos y dirijo mi mirada hacia la ventana. Afuera, llueve intensamente; la tormenta es fuerte y ruidosa, pero por encima del estruendo, logro escuchar un leve gemido. Mi corazón se acelera y siento que me quedo sin aliento.
Dejo el vaso de agua sobre el fregadero y corro hacia la habitación de Pol. Golpeo un par de veces y lo llamo, pero no obtengo respuesta. Entro en pánico. No quiero entrar a su cuarto sin permiso, pero al mismo tiempo, me preocupa que algo malo le esté sucediendo. Otro gemido me hace reaccionar y finalmente escucho la voz de Pol.
- Clep… m-me due-duele.
Esa es mi señal. Abro la puerta bruscamente y entro. Lo veo postrado en la cama, casi agonizando. Me acerco rápidamente. Está sudando y su rostro muestra señales de dolor, parece estar delirando.
- Clep, s-siento calor, me arde.
Con el dorso de mi mano, toco su frente. Está ardiendo en fiebre. No sé qué hacer, ni qué pensar. Salgo corriendo de vuelta a la sala, agarro mi teléfono y marco el número de emergencias. Solo espero que la lluvia no complique las cosas.
13-03-22 / 01:33 pm
El día de ayer casi me da algo. Una ambulancia terminó llevándose a Pol. Lo acompañé desde su casa al hospital, luego me dejaron en la sala de espera mientras lo examinaban, atendían, valoraban y le daban una habitación. Todo ese tiempo estuve impaciente, siempre pensando lo peor. Al final, el doctor me dejó verlo. Estaba tan demacrado que pensé que realmente podría perderlo ese día, pero cuando por fin lo vi estable, me tranquilicé un poco. Aun así, estaba débil. El doctor no me dijo mucho, solo me pidió que me fuera y volviera hoy, y eso hice.
Apenas salí de clase, vine corriendo para verlo. Empaqué un pedazo de pastel de la cafetería de la universidad para traerle, espero que pueda comerlo y que las enfermeras no nos regañen. Llego al hospital y subo al tercer piso, donde está oncología y la habitación de Pol. Estoy algo nervioso, pero apenas entro me llevo una gran sorpresa: Cata y Flor están dentro acompañando a Pol, quien parece estar mejor que ayer.
— No interrumpo nada, ¿verdad?
Los tres giran sorprendidos por mi presencia, pero sus caras de sorpresa se transforman en alegría en cuestión de segundos, especialmente la de Pol. Pero quien me toma por sorpresa es Flor, que se abalanza hacia mí para abrazarme.
— Clep, no, no interrumpes para nada.
— Me alegro. Por cierto, ¿hace cuánto están aquí?
Flor se aleja de mí y me sonríe pícaramente. Cata se acerca y coloca su mano sobre el hombro de su pareja, también me regala una sonrisa, pero más tímida.
— Llegamos hace un rato.
— ¿No ha pasado el doctor o alguna enfermera?
— Eh, no. ¿Por qué?
Bajo mi mochila y me asomo con precaución a la puerta. El pasillo está libre, así que rápidamente saco el pedazo de pastel y una cuchara. Me acerco a Pol y se lo paso; él lo recibe con mucha sorpresa y alegría.
— Clep, no sé si pueda comer esto.
— Nah, no creo que importe. Además, no veo a nadie aquí que te lo prohíba.
Nos miramos de manera cómplice y nos reímos un poco. Pol abre el paquete y empieza a comer gustoso, se ve muy feliz. Mientras él come, empiezo a hablar con Flor y Cata, intentando ponernos al día con respecto a nuestras vidas. Pero unos golpes secos suenan en la puerta de la habitación, lo que nos asusta a todos. Me giro rápidamente y veo en la entrada al doctor Díaz, quien tiene una sonrisa tímida pero cálida. Entra a la habitación y mira a Pol. Yo me giro para verlo; tiene toda la boca untada de pastel, es una imagen cómica sin duda.
— No se debería traer comida de afuera, pero creo que haré una excepción solo por hoy. Pero les pido que se lleven la basura que dejen, si no, las enfermeras me regañarán por malcriar a mis pacientes.
Todos dejamos escapar unas pequeñas risitas, no sabemos si es por los nervios o la pena, pero es una risa al fin y al cabo.
— Como sea, podría pedirle el favor a las dos señoritas de que salgan. Ya casi termina la hora de visita y necesito hablar algo con los caballeros. ¿No es mucha molestia?
Nos miramos entre nosotros. Órdenes son órdenes. Nos despedimos y le pedí a Flor que me esperara fuera del hospital para irme con ellas. Me dice que sí y así, sin más, salen deprisa de la habitación. El doctor cierra detrás de ellas. Nos quedamos solo los tres. Mi corazón late con fuerza y mis manos están frías.
— A las dos de la tarde llevaremos a Pol a su penúltima terapia. Como has tenido un enorme deterioro, por tu seguridad te quedarás aquí hasta el próximo lunes. Aprovecharemos ese tiempo para hacer los exámenes y completar el tratamiento. ¿Está bien?
Ambos asentimos. Miré a Pol con algo de pesar. Él seguía comiendo su pastel, pero su cara mostraba tristeza. Supongo que no le gustaba la idea de quedarse aquí encerrado, solo y a mí tampoco.
— Señor Hernández, le voy a entregar este papel. Aquí están los horarios de visita, para que los tenga en cuenta si quiere venir a ver a Pol. Si tiene algún problema, solo muéstreles el papel a las enfermeras y le darán paso, pero que esto quede entre los tres.
— Ok, muchas gracias, doctor.
Recibo el pequeño papel doblado con la información. Puede ser pequeño, pero para mí es un gran gesto del doctor. Después de eso, el doctor me pidió que me fuera. Recogí la basura, me despedí del doctor y de Pol, y salí rápido para poder encontrarme con Flor y Cata. Ellas estaban hablando a unos metros de la salida del hospital. Apenas me vieron, se acercaron a mí.
— ¿Qué te dijo el médico, Clep?
— Me comentó que Pol se deberá quedar una semana en el hospital, pero que pronto acabará el tratamiento.
Ambas se abrazaron. Todos estábamos felices sin duda, pero luego ambas intercambiaron un par de miradas, algo estaban tramando.
— Y dime, joven Clep, ¿cómo van las cosas entre tú y tu novio?
— ¡¿Flor, le contaste a Cata?!
Ambas empezaron a reírse de manera desenfrenada. Sentía que mis cachetes se empezaban a poner rojos de la pena.
— Oye amigo, no te preocupes. Flor no me contó eso para hacer alguna maldad. Solo quiero que sepas dos cosas: una, es que yo creo que lo tuyo tiene futuro, y dos, es que nosotras te apoyamos en todo, ¿okey?
Sentía que mi corazón latía con fuerza y emoción. En mi mente empezó a crecer una pequeña semilla de esperanza, que espero pronto florezca en una flor de realidad.
17-03-22 / 08:17 pm
Es jueves y mañana Pol tendrá su último día de tratamiento. Estoy tan feliz, quiero que esta semana infernal termine de una vez. Saber que pronto sabremos si el cáncer ha sido eliminado de su cuerpo me emociona. Además, esta semana apenas he podido visitarlo. Estamos a mitad de semestre y todo se vuelve más exigente por estas épocas, pero por fin viene el fin de semana.
El día ha sido cálido, y la lluvia parece haber desaparecido del panorama por un largo tiempo. Me encuentro en la sala con mi tía, cenando unos oniguiris que ella preparó con un par de cervezas, nada lo suficientemente fuerte para emborracharnos. Aun así, esto se siente como una pequeña victoria. Mientras comemos, vemos el noticiero. Es divertido compartir con ella, aunque no hemos hablado mucho esta noche. O bueno, no hemos hablado mucho desde hace unas semanas. Pero no me atrevo a ser yo quien rompa el hielo.
—Querido, ¿cómo ha estado Pol?
—Ya mejor, por lo que he podido hablar con él por mensajes. Además, está feliz de que mañana termina el tratamiento.
—Oh, eso es genial. ¿Y tú cómo estás?
—Feliz. Por fin se acabará toda esta locura y las cosas volverán a la normalidad.
—Eso es bueno. ¿Y has pensado algo sobre aquel tema?
Miro a mi tía con sorpresa y pena. Sé a qué se refiere con “aquel tema”, el tema de que me guste Pol. Mis mejillas se enrojecen un poco. La verdad es que sí, desde que Cata me dijo que tenía futuro, mi mente ha desplegado un millón de posibilidades al respecto.
—Sí, estaba pensando en hablar con él después de que termine el tratamiento y se estabilice un poco.
—Eso es genial, querido.
Mi tía deja de comer y me abraza. Se siente tan extraño, pero es agradable. Seguimos comiendo y hablando. Hablar con ella es muy ameno, ya lo extrañaba..
20-03-22 / 04:48 pm
Es domingo. Por fin se terminó el tratamiento. Estoy muy feliz. El sol brilla con todas sus fuerzas y, aunque pronto se oculte, sigue siendo lo suficientemente fuerte para iluminar el cielo. Estoy en el hospital con Pol, hablando un rato. Está muy delgado y sus ojeras son pronunciadas, pero tiene una sonrisa de oreja a oreja que nadie le puede quitar. Aún siguen con algunos exámenes, pero mañana sabremos el veredicto final de esta situación, lo cual nos tiene impacientes a los dos.
— Ya quiero salir de aquí, extraño mi cama.
— Mañana se definirá todo, ten paciencia.
— ¡Qué felicidad, por fin salir de aquí! No más hospitales, no más cáncer, no más tratamiento y hola de nuevo a mi vida.
— ¿Qué quieres hacer cuando salgas de aquí?
— Comer algo rico, estoy que me muero de hambre, la comida aquí es muy desabrida.
— Me imagino, debe ser horrible. Afuera el mundo está lleno de sabor.
— No me antojes, ¿sabes de qué tengo ganas?
— ¿De qué?
— De una lasaña, pero no de cualquier sitio, de un restaurante llamado “La Italiana”. Es delicioso ese lugar.
— ¿Dónde queda eso?
— En una de las cuadras que queda frente al Parque de los Enamorados, el que tiene un quiosco de arquitectura victoriana. Ese que tiene un montón de candados.
— Ah, ya sé cuál es.
En ese momento, como si de un rayo se tratara, una idea llegó a mi mente, alimentando aún más aquella semilla de esperanza.
— Tengo una idea, Pol. Cuando te mejores, yo te invitaré a comer allí, lo que tú quieras.
— ¿Es en serio?
Parecía un perrito emocionado. Creo que si pudiera levantarse y brincar, lo haría. Sus ojos brillaban llenos de vida y su sonrisa solo crecía.
— Te lo prometo.
— Por los dioses, Clep, eres el mejor. Gracias.
Me acerqué a él para abrazarlo. Mi corazón latía con fuerza. Ese día, ese mismísimo día, voy a decirle cómo me siento. Un golpe en la puerta me llamó la atención. Ambos nos separamos sorprendidos. En el marco de la entrada estaba una enfermera, ya sabía lo que sucedía.
— Joven, la hora de visita ya ha terminado. Por favor, retírese para dejar descansar al paciente.
— Sí, claro.
Me despedí de Pol y salí de prisa del hospital. Ya afuera, saqué mi celular y le escribí a Flor y Cata. Ya tenía un plan en mi mente.
21-03-22 / 03:24 pm
Estoy en la sala de espera. Hoy se define todo. Va a haber un cambio, ya sea para bien o para mal, pero que debe cambiar, va a cambiar. El lugar huele mucho a desinfectante. Llegué temprano con la esperanza de que le dieran salida pronto, pero nada. Llevo ya como media hora esperando. Siento mi corazón en los oídos y mis manos están frías. No entré a la habitación porque no es la "hora de visita". Por los dioses, qué desesperación.
Bajo mi mirada y cierro los ojos, intento calmar mi mente inquieta, pero lo siento imposible. De repente, unos pasos llaman mi atención. Levanto la mirada y me encuentro con el doctor Díaz. Me levanto instantáneamente.
— Doctor Díaz, buenas tardes.
— Buenas tardes, señor Hernández. ¿Listo para llevarse a Apolo?
Mi corazón late con más fuerza.
— ¡¿Todo salió bien?!
— Sí, ya todo está bien.
No lo creo, ¡NO LO CREO! Por fin, Pol ya no tiene cáncer. Está libre, ¡LIBRE! Mis ojos se llenan de lágrimas que caen por mi cara de manera descontrolada. Quiero correr, gritar, saltar. Siento que por fin puedo respirar. El doctor me mira, su expresión de felicidad lo es todo para mí.
— Doctor, ¿Apolo ya lo sabe?
— Sí, justo vengo de avisarle. Si quiere, puede ir a su habitación, lo autorizo.
— ¿Es en serio?
— Adelante, y no es por ser grosero, pero espero no tener que verlos nunca más por esta parte del hospital.
— Gracias, doctor.
Dejo escapar unas carcajadas, estoy lleno de dicha. El doctor se aleja y yo salgo corriendo al cuarto de Pol. Me siento como un niño; hacía años no me sentía así de feliz. No sé si esto se parece a estar drogado, pero creo que podría describir a ese nivel de extasis. Llego al pasillo y giro para entrar a la habitación abierta. Pol está dándome la espalda, empaca sus cosas en una maleta. Lleva puesto un saco verde olivo, su pantalón de sudadera gris, unos zapatos deportivos y una gorra del equipo de fútbol del país.
— ¡APOLO!
Grito, no me importa que todo el hospital me oiga. Pol se gira bruscamente, sus ojos están llenos de lágrimas. Apenas me ve, sus ojos sueltan todo ese mar de agua amarga. Me abalanzo hacia él y lo abrazo, él hace lo mismo. Nos abrazamos con fuerza.
— Clep, soy libre, soy...
Antes de que pueda terminar de hablar, lo alzo con todas mis fuerzas. Cómo quisiera besarlo en este momento, pero no lo hago, solo me mantengo en el abrazo. Ambos lloramos y reimos. Por fin, el cáncer se fue para nunca más volver.
21-03-22 / 05:02 pm
Por fin llegamos a casa de Pol. El clima está de nuestro lado: hace sol, pero no un calor sofocante, es una temperatura agradable. Entramos al apartamento, dejo las cosas sobre el sofá y Pol cierra la puerta detrás de nosotros, respirando profundamente. No puedo imaginar lo que es estar en un hospital por una semana; volver a casa debe ser un alivio. Pol sigue hacia el pasillo y entra en su cuarto.
—Clep, ¿puedes pedir comida mientras me baño? Tengo dinero en la maleta.
—Okey.
Pol pasa de su cuarto al baño. No sé si se bañó mucho en el hospital, pero al menos ahora puede usar su propia ducha. Mientras se baña, tomo mi teléfono y pido dos hamburguesas en combo. En cuentas separadas: yo pago la mía y dejaré que Pol pague la suya.
Después de unos minutos, estoy recostado en el sofá cuando escucho que la puerta del baño se abre. Pol sale con solo unos bóxers y una toalla rodeando su pelo. Un escalofrío recorre mi espalda; está muy, pero muy delgado. Algunos huesos se asoman por debajo de su piel. Al menos ahora podrá recuperarse. Quito la mirada de él, siento que lo estoy mirando demasiado.
—¿Pediste de comer, Clep?
—Sí, pedí unas hamburguesas.
—Por los dioses, eso suena delicioso.
En ese momento, mi celular vibra. Lo reviso y es un mensaje del chico que entrega la comida; ya está abajo. Me apresuro a bajar y recoger la comida. Si yo tengo hambre, no puedo imaginar lo que siente Pol. Pago las cuentas y subo de nuevo. Cuando entro al apartamento, veo que la barra de la cocina ya tiene unos platos puestos y unos vasos. Pol sale rápido del pasillo con solo una camisa; al menos ya no está solo en bóxers. Cierro la puerta y coloco la comida en los platos.
—Esto se siente como un sueño...
Giro a ver a Pol, quien está llorando de nuevo. Dejo lo que estoy haciendo y voy a abrazarlo. Huele a frutos rojos, su aroma es muy agradable. Pol llora silenciosamente sobre mi camisa. No le digo nada, solo espero que esté listo para separarse.
—Clep, gracias por estar conmigo todo este tiempo.
—No hay problema, Pol.
Todo el sacrificio ha valido la pena. Ahora solo queda que se recupere y todo volverá a la normalidad. Pero mientras tanto, seguiré apoyándolo. Mientras lo abrazo, pienso en todas las cosas que hemos pasado juntos. Ha sido un camino difícil, pero lo hemos recorrido juntos, y eso es lo que importa.
23-03-22 / 06:52 pm
El día ha sido agradable. Ha hecho sol todo el día y ahora el sol se está ocultando en un hermoso atardecer. Hoy tenía práctica de guitarra; ya logré aprender la canción "IDFC" y ahora estoy aprendiendo "Flaca" de Andrés Calamaro. Estamos en la sala de Pol. Él me supervisa mientras lee un libro, y yo practico la secuencia de acordes y el rasgueo. Luego me concentraré en la letra.
Pol salió el lunes del hospital. Su proceso de recuperación es lento, pero al menos sus ojeras ya están desapareciendo, lo cual me alegra bastante. Su cara ya no está tan demacrada y algo de pelo le está creciendo. Además, creo que ya tiene más confianza, ya que no lleva puesto ningún gorro. No puedo evitar sonrojarme; estoy orgulloso de él. En eso, me viene a la mente un recuerdo, o mejor dicho, un favor que me pidió mi tía.
— Oye Pol, ¿tienes algún plan para el sábado en la noche?
— Eh, no, ¿por qué?
— Es que mi tía nos quiere invitar a cenar.
— ¿¡Qué?!
— Así como escuchas.
— Yo, no lo sé, me da pena, la verdad.
— Por los dioses, Pol, mi tía quiere verte hace mucho.
— Es que no me emociona mucho la idea de salir.
— Amigo, te ves bien. Además, a la gente no le va a importar tu físico. Quienes te conocemos y queremos, te valoramos por quien eres.
— ¿Me estás intentando convencer con halagos?
— Tal vez.
Pol dejó escapar una pequeña risita. Creo que por fin lo logré convencer.
— Okey, acepto la invitación.
— Esa es la actitud.
No puedo evitar sonreír. A Pol le hace falta salir, y aunque su condición física le impida hacer muchas cosas, salir a comer y cambiar de ambiente le puede ayudar. Poco a poco se vuelve más importante en mi vida y en la de todos.
27-03-22 / 07:36 pm
Mi tía y yo estamos afuera de un restaurante de comida asiática, esperando a Pol. Ella está muy emocionada y feliz de verlo; yo, en cambio, estoy algo impaciente. Él no suele ser muy puntual, pero temo que le haya pasado algo malo. Pienso que tal vez no haya encontrado el local y esté dando vueltas por ahí. Aún está muy débil y demacrado, y pienso que hubiera sido mejor idea que yo fuera a buscarlo a su casa y venir juntos aquí con mi tía. Bajo la cabeza y respiro profundo. Tengo que hablar con la psicóloga sobre mi negativismo, sin duda alguna.
— Eh... ¿hola? ¿Llegué muy tarde?
Levanto la mirada y veo a mi tía. Ambos giramos; detrás de nosotros está Pol. Lleva puesta su chaqueta de cuero, una camisa blanca de botones, unos jeans oscuros, sus botas y un gorro azul oscuro. También lleva sus icónicas gafas y, por fin, después de mucho tiempo, sus aretes.
— Para nada, cariño.
— Qué bueno.
Mi tía se abalanza y lo abraza. Pol sonríe; parece que se llevan muy bien los dos. Antes de darme cuenta, mi tía está llorando un poco. Es una mujer muy fuerte, tanto física como emocionalmente, así que me sorprende verla así. Se aleja un poco de Pol y toma su cara. Creo que ella y yo somos personas muy confiadas, especialmente ella.
— Por los dioses, ¿cómo has estado? Te ves tan demacrado y tu pelo...
— Tranquila, señora Temis, ya estoy mejor. El tratamiento terminó hace más de una semana. Ya estoy libre; el resto son solo efectos secundarios del tratamiento.
— Oh, cariño, eres muy valiente. Y es por esa valentía que venimos a celebrar hoy. Pide lo que quieras, yo invito.
Mi tía pasa su brazo por los hombros de Pol y entran al restaurante. Yo los sigo, feliz de que esté bien y que ya esté mejorando.
Entramos y nos ubicamos en una de las mesas del rincón del lugar. El sitio huele delicioso, una combinación entre especias y salsa de soya. Siento cómo mi estómago cruje; tengo hambre. Nos sentamos y un camarero nos entrega la carta y se va. Todo se ve delicioso, pero mi tía y yo pedimos nuestro típico sushi con extra de salsa de soya. En cambio, Pol pide un ramen al estilo Naruto. Para beber, pedimos limonada.
Hablamos un poco mientras llega la comida, o mejor dicho, mi tía interroga a Pol.
— ¿Qué piensas hacer estos meses hasta que vuelvas a la universidad?
— Pues... debo ir a la florería y ayudar a mi equipo. También quiero viajar un poco por el país. Conocer el mar me encantaría.
— ¿No conoces el mar?
— No.
Mi tía y yo nos miramos; tenía una idea en mente y ella también. No era necesario hablar para saber qué pensábamos.
— Pol, nosotros somos de un pueblo cercano a la playa y siempre en las vacaciones de mitad de año nos vamos para allá a descansar. ¿Qué te parece si vienes con nosotros?
— ¿Es en serio, señora Temis?
— Claro, cariño. ¿O no es así?
Ambos me miran. Mi corazón late con fuerza. Con emoción, sacudo la cabeza en señal de aprobación. Ambos dejan escapar unas risitas, pero los ojos de Pol se empiezan a llenar de lágrimas.
— Dime, cariño, ¿te gustaría?
— Por supuesto que sí.
La sonrisa de Pol va de oreja a oreja, pero sus ojos brillan a través de las lágrimas. Se levanta y nos abraza a mi tía y a mí. Está muy feliz; me enternece el corazón verlo así.
— En serio, muchas gracias a los dos por la invitación. Es raro, la verdad; hace mucho que no me sentía parte de una familia.
Me quedo callado. No sé si mi tía sabe sobre la historia de Pol. Giro para verla; su cara muestra sorpresa y desorientación. Pol se seca las lágrimas y se levanta para ir al baño. Mi corazón late en mis oídos, no solo por la emoción de que Pol pase las vacaciones con nosotros, sino por la ansiedad que siento. El momento ha pasado de ser bonito y alegre a incómodo y triste.
Con cuidado, me acerco a mi tía y le cuento todo sobre la situación familiar de Pol.
— Por los dioses, parece una novela turca.
— Sí, pensé lo mismo. Pol dice que ya lo superó, pero a veces lo dudo bastante.
— Ya veo. Espero que algún día esa herida interna sane.
— Yo también.
Pol vuelve a la mesa y se sienta. Le hago señas a mi tía para dejar el tema ahí y seguir como si nada. La comida llega y me siento aliviado, no solo porque tengo hambre y al fin llegó la comida, sino porque podemos dejar el tema a un lado.
22-04-22 / 08:27 pm
Han pasado más de un mes desde que Pol terminó las terapias. Hace más de un mes que su cuerpo está libre del cáncer. Decir eso me hace tan feliz. Nuestras vidas han vuelto casi a la normalidad. Los viernes volvieron a ser días de administración. Pol va unas tres veces por semana a la florería y volvió a trabajar desde inicios de abril, solo media jornada. Aún está algo débil, pero casi ha recuperado el peso que tenía antes del tratamiento. Su pelo vuelve poco a poco; sus cejas ya no son tan tupidas, pero al menos ya no está calvo, aunque sigue usando gorros.
Hoy es viernes, un viernes frío y lluvioso. Llegué temprano y adelantamos todo lo de la administración. Ahora estamos recostados en la sala viendo una película. La verdad es que he estado ansioso todo el día. Pol ya está mejor, y eso significa, que la promesa que hice en hospital se debe cumplir. Por fin, con ayuda de Cata, Fer, Flor y Lucas, se pudieron dar las cosas. Tengo todo planeado, solo me falta preguntarle a Pol y que él acepte.
Miro a Pol. Tiene los ojos entrecerrados, parece que va a dormirse. Lleva puesto un saco de rayas y una pantaloneta. Como está en su casa, no tiene puesto su gorro, pero sí sus aretes. Con cuidado, me acerco a él y le toco el brazo. Abre los ojos y me mira.
—¿Estabas durmiendo?
—No.
—¿Tienes sueño?
—Sí, creo que deberíamos dejar todo hasta aquí por hoy. Siento que mi cama me llama.
Dejo escapar una pequeña risita. También estoy agotado, pero mi ansiedad me tiene al borde. Pol apaga el televisor y, entre los dos, organizamos la sala. Después tomo mi chaqueta de una de las sillas del comedor, me la coloco, también tomo mi maleta y ya estoy casi listo para irme. Me falta algo. Pol me acompaña hasta la puerta. Ha llegado el momento.
—Pol, quiero decirte algo.
—Oh, vaya, yo también quería contarte algo.
Me quedo atónito, un escalofrío recorre mi espalda de arriba a abajo. Miro a Pol, su cara no me da ningún indicio; puede ser desde algo bueno hasta algo malo. Trago saliva, estoy muy ansioso.
—Por favor, habla tú primero, Pol. En lo mío me puedo extender bastante.
—Oh, bueno, pues... es raro, pero voy a pedir cita con un psicólogo. Estos últimos tres meses han sido una locura, y ni siquiera vamos a mitad de año y, bueno, siento que necesito ayuda para procesar todo.
—Pol, eso es genial. Tu salud mental también debes cuidarla.
—Sí, lo sé, pero bueno, solo quería contarte eso. Eres el primero en saberlo y, no sé, es raro.
Ambos dejamos escapar unas risitas. Mi corazón late con fuerza, estoy feliz por él y más feliz me hace verlo así. Pero ahora sigue mi turno, me siento nervioso, pero si todo sale bien, pronto nuestros mundos cambiarán para mejor.
—¿Qué me querías decir, Clep?
—¿Recuerdas la promesa que te hice en el hospital?
—Eh... no.
—Okey, bueno, tú querías ir a cierto lugar a comer.
—Ya recordé. Espera... ¿en serio?
—Sí, Pol.
Bajo mi mirada, mis piernas tiemblan y mi respiración se acelera. Siento cómo mi corazón quiere salir de mi pecho. Respiro profundo y me acerco a Pol, tomando sus manos entre las mías. Por los dioses, es tan cursi.
—Pol, ¿quieres salir conmigo este domingo?
Subo mi mirada. Tiene sus ojos puestos en mí, esos dos zafiros que brillan. Me atraparon por primera vez y lo vuelven a hacer hoy. Pol sonríe, sus cachetes están rojos, al igual que los míos. Creo que entendí a dónde va el asunto.
—Por supuesto que sí, Clep.
Dejo escapar el aliento que no sabía que estaba conteniendo. Mis piernas dejan de temblar y la ansiedad se convierte en una cálida sensación de alivio. Nuestras manos siguen juntas y se aprietan con fuerza. Cierro los ojos, victorioso por mi triunfo. Creo que ya nada puede ser mejor, hasta que siento cómo unos brazos rodean mi cuello, sacándome por sorpresa de mis pensamientos. Abro los ojos con sorpresa. Pol se acerca a mí y nuestros labios se encuentran en un beso suave. Siento que pierdo el aliento. No sé cómo reaccionar, pongo mi mente en pausa y me dejo llevar. Mis manos bajan hasta la cadera de Pol y las suyas suben para juegar con mi pelo. Estamos así un rato hasta que nos quedamos sin aliento y nos separamos. Nos miramos cara a cara, sorprendidos, incómodos pero felices. Nos damos algo de espacio para respirar y pensar.
—Yo, bueno, wow. Creo que el domingo nos irá todo muy bien.
—Sí, creo lo mismo.
Nos despedimos y le digo a Pol que le mandaré la información necesaria para nuestro encuentro mañana. Abro la puerta y, cuando apenas paso el umbral, Pol se acerca y me da otro beso, pero esta vez en la mejilla. Luego entra y cierra la puerta.
No sé qué pensar ni qué decir. Respiro profundo y salgo corriendo. Esta sensación es indescriptible. Solo quiero que ya sea domingo.
24-04-22 / 11:02 pm
La noche ha sido increíble. Nunca antes había ido a comer a "La Italiana", y ahora entiendo por qué a Pol le encanta este lugar. La comida es deliciosa; la lasaña y la pasta napolitana fueron mis favoritas, y el tiramisú, para chuparse los dedos, La ambientación del lugar evoca la Italia de mediados del siglo XX, desde la decoración hasta la música, es fascinante y toda una experiencia.
Caminamos ahora por una de las calles que rodean el parque, algo raro: vamos tomados de la mano. Mi corazón salta de emoción. Pol lleva un gabán negro, pantalón también negro y una camisa roja de botones. Cambió sus aretes por unos de cruces negras. Para mi sorpresa, salió a la calle sin gorro. Pero aunque lo hubiera traído puesto o incluso conservara su cabello, amo a Pol y siempre se verá hermoso para mí.
— Clep, ¿tienes algo más planeado para esta noche?
— ¿Tienes sueño?
— Un poco...
— Bueno, apártalo porque aún falta algo.
Y falta mucho. Con ayuda de mis amigos, alquilamos y organizamos el quiosco del parque para esta noche. Estoy muy agradecido con su ayuda. Seguimos caminando, cada vez más cerca de la entrada. Respiro profundo. Todo debe ser mágico y único. Unos metros antes de llegar, saco del bolsillo de mi gabán una venda.
— Okey, Pol, necesito que te pongas esto.
— No me vas a llevar a algún prostíbulo, ¿verdad?
— No seas tonto, solo póntelo y confía en mí.
Pol ríe un poco y finalmente acepta. Con cuidado, le coloco la venda alrededor de sus ojos. Él sonríe; parece disfrutar esto. Tomo su mano con cuidado y lo guío hacia la entrada. Desde allí se ve el quiosco, decorado con luces. En el centro hay una mesa con vino y dos copas, además de un pequeño parlante. Saco mi celular y pongo "Lovely", una versión en piano. Una vez hecho eso, lo guío hasta el citio.
— Puedes quitarte la venda.
Pol se quita la venda y ve el lugar. Su rostro muestra sorpresa y felicidad. Sus ojos brillan y su sonrisa adorna su cara. Luego me mira a mí. Yo solo puedo mirarlo; mi corazón está lleno, cálido y feliz. Me acerco a la mesa y sirvo las copas con vino. Le entrego una a Pol.
— ¿Qué te parece?
— ¿Qué me parece? ¡Por los dioses, Clep, el lugar es hermoso!
— Me alegra que te guste.
Siento un nudo en la garganta. Bajo la cabeza. Los nervios están en mi contra; mis piernas tiemblan y me duele el estómago. Respiro profundo. Me acerco a Pol y tomo su mano. Levanto la cabeza y nuestras miradas se encuentran.
— Pol, nos conocemos desde hace más de seis meses. En este tiempo, siento que te has vuelto indispensable en mi vida. Mis sentimientos hacia ti han cambiado, desde la admiración en la fiesta, preocupación por todo lo del cáncer, hasta un amor que no puedo comparar con nada. Todo eso nos lleva aquí hoy. Pol, ¿quieres ser mi pareja?
Cierro los ojos y me quedo en silencio. Tengo miedo, miedo a que me rechaces, a que se alejes de mi vida y lo pierda. Pero antes de abrir mis ojos, toda duda desaparece al sentir el suave beso de Pol sobre mis labios. Sus manos tocan mi cara y su nariz rosada se roza con la mía. Solo cedo ante su delicadeza al acercarse y tocarme. Dejo la copa sobre la mesa y llevo mis manos a su cadera. Siento sus huesos sobre la ropa, aún algunas secuelas perduran, pero no me importa.
Nos separamos un poco para respirar. Los ojos de Pol reflejan su alma, rebosante, al igual que la mía.
— ¿Puedo tomar eso como un sí?
— ¡Sí!
Pol se abalanza sobre mí para abrazarme. Lo atrapo y lo abrazo con fuerza. No lo puedo creer, no lo creo. Al fin me he quitado ese peso de mi pecho. Nos acercamos de nuevo y nos besamos. Deseo que esto dure para siempre, que podamos crear una vida juntos y llegar a viejitos, felices y enamorados.
Marchitación
29-09-22 / 01:35 pm
Es jueves y el sol brilla con fuerza, iluminando todo el cielo desde lo más alto. A mi lado camina Pol, ambos tomados de la mano mientras recorremos los pasillos de la universidad. Nos encontramos para almorzar, aprovechando que ambos tenemos un hueco libre a esta hora.
Los últimos meses han sido un torbellino de emociones. Me mudé a la casa de Pol, adoptamos un perro al que llamamos Buñuelo, viajamos a mi pueblo durante el verano y vivimos un millón de experiencias allí. Mi promedio sigue siendo impecable y, aún más importante, Pol ha vuelto a la universidad. Además, festejamos mi cumpleaños y luego celebramos nuestros cinco meses de noviazgo hace unos días. Eso me emociona y me llena de alegría. Aunque ese día no fue nuestro primer beso, es muy especial para mí. Y recordar los dos besos previos, uno ese viernes y otro en Año Nuevo que no recordaba y que Pol me contó después, me sorprendió. Casi muero de vergüenza cuando me enteré, pero ya lo he superado, al menos en parte.
Llegamos a la cafetería, pedimos unas empanadas con jugo y nos dirigimos a una de las "zonas verdes" de la universidad para comer. El ambiente es cálido, tranquilo y solitario. Comenzamos a comer y a conversar un poco. Hay algo que mi tía me pidió hacer y que debo contarle a Pol.
— Amor, mi tía quiere que vayamos a cenar a su casa mañana. ¿Qué te parece?
— Oh, está bien.
— Perfecto, déjame escribirle para confirmarle.
Me acerqué a él y le di un beso en la mejilla. Luego saqué mi celular y escribí a mi tía. Estaba muy feliz; sentía que por fin estaba retomando el control de mi vida. Pol puso una de sus manos sobre mi pierna, algo que no suele hacer normalmente. Levanté la vista para mirarlo y vi que tenía algo que le preocupaba.
— ¿Pol, qué pasa?
— Estaba pensando en hablar con Adam.
Sentí cómo mi estómago se contraía y me quedé sin aliento.
— ¿Por qué?
— Necesito hablar con él, necesito cerrar esa etapa.
— Él es muy peligroso, amor.
— Sé que es una persona reactiva. Aún recuerdo cuando te golpeó, pero necesito ponerle fin a esto adecuadamente.
Me acerqué y lo abracé. Sabía que no podría hacer nada para cambiar su opinión, así que solo me quedaba apoyarlo y esperar que todo saliera bien.
— ¿Cuándo te reunirás con él?
— Mañana por la tarde. Después de eso, iré directamente a casa de tu tía.
— Entendido...
30-09-22 / 06:21 pm
Pol aún no llega, y eso me preocupa. Llegué lo más temprano que pude para ayudar a mi tía a preparar la comida. Aunque ella se resistió un poco al principio, terminó aceptando mi ayuda, lo cual me benefició, ya que mi mente se concentró en cocinar y no en la ausencia de él.
Respiro profundo y sigo en mi labor, mientras hablo un poco con mi tía sobre temas como la universidad o algún caso loco de los que suele tener a veces. Pero entonces, el ruido del timbre nos interrumpe. Dejo lo que estoy haciendo y me apresuro a abrir la puerta, ansioso por saber cómo le fue.
Abro la puerta y lo que veo hace que mi sangre se congele. Pol tiene un golpe en la cara y sus ojos están llorosos. Me acerco a él y lo abrazo, mientras mi sangre hierve. Todo esto fue culpa de Adam, ese sinvergüenza. Pol no hace nada, solo está inmóvil, no llora, no dice nada, solo tiembla. Mi tía se acerca y ve a Pol.
—¿Cariño, qué te pasó? Querido, dale espacio, por favor.
Me alejo de Pol para que mi tía pueda verlo. Ella se acerca y examina el golpe. Él solo nos mira como un perrito regañado, está en shock.
—Querido, por favor, saca el hielo del congelador.
—Ok.
Pol entra y mi tía cierra la puerta. Yo, mientras tanto, saco el hielo y se lo paso a ella, quien lo coloca con cuidado en la cara de él. Mi tía guía a Pol a la sala y yo los sigo. Ellos se sientan; Pol aún no ha dicho ninguna palabra.
—Cariño, ¿quién te hizo eso? Por atacarte le puede caer una demanda.
—Yo sé quién fue, tía. Un idiota llamado Adam Pérez. Un homofóbico de mierda que se cree superior a todos. Pero creo que es hora de bajarlo de su maldito pedestal.
Tomo mi chaqueta, me la pongo y salgo del apartamento. La rabia me consume, mi sangre está caliente y mi mente solo tiene un objetivo: encontrar a Adam y hacerlo pagar por lo que le hizo a Pol. Puede meterse conmigo, pero con alguien de mis seres amados, jamás.
Salgo del partamento y camino por las frías calles de mi ciudad. Todo a mi alrededor se siente distorsionado, tanto que no escucho nada. Pero entonces, algo tira de mí. Giro, con ánimos de atacar a la persona que lo hizo, pero todo se detiene cuando veo que es mi tía. Siento cómo la adrenalina y la tensión de mi cuerpo ceden. Su mirada es firme pero tranquila, se acerca y me abraza.
—Querido, relájate. La violencia no se resuelve con más violencia.
Respiro profundo y cierro mis ojos. Pensar en Adam golpeando a Pol me enfurece, pero mi tía tiene razón. No puedo atacarlo, pero las ganas no me faltan. Debo controlarme, no suelo dejar que la ira me domine. Mi tía se aleja y me da una pequeña palmadita en la mejilla.
—Asclepio, tus emociones son importantes, pero cuando ellas te manejan, no te volverás como Riley de Intensamente, solo te volverás un loco que terminará en manos de un psicólogo o un abogado.
—Perdón, es que me da tanta rabia que ese animal lo haya lastimado, y... no sé. Hemos pasado por tanto y me duele.
Mi tía vuelve a abrazarme y esta vez, el abrazo es recíproco. Me duele el pecho, ya no siento rabia, siento frustración. Después de un rato afuera, subimos, servimos la comida y hablamos con Pol. Él nos cuenta que se encontró con Adam en un hueco entre sus clases. Allí habló con él y Adam se enfureció al saber que tenía pareja. Lo golpeó y empezó a gritarle. Por suerte, un grupo de estudiantes y maestros lo vieron, lo frenaron y se lo llevaron. Pol llora un poco, fue su amigo por tanto tiempo que le duele saber hasta dónde llegó el asunto. Pero ahora dice que se siente más libre y que no planea verlo nunca más. Eso me alegra mucho, la verdad.
21-10-22 / 08:42 pm
Pronto será Halloween, y pronto cumpliremos un año desde que nos conocimos. Pero para mí, la fecha más importante no es la del 31 de octubre, es la del 5 de noviembre, el día en que nos volvimos amigos en aquel café. Eso ya hace casi un año. Un año en que mi vida cambió para mejor.
En este momento, estamos los dos, Pol y yo, recostados en nuestra cama, buscando disfraces de pareja, mientras Buñuelo, nuestro perro, duerme a los pies de la cama. Yo no soy muy fan de celebrar Halloween, pero a él le encanta. Me mostró un montón de fotos de su niñez disfrazado; la que más recuerdo es una de cuando era muy pequeño, usando un disfraz de gato. Por los dioses, se veía tan tierno.
—Mmm... ¿qué te parece de ángel y demonio?
—Muy común, además yo me disfracé de eso el año pasado.
—Tienes razón. ¿Tal vez de Mario y Luigi?
—Amor, no. Eso sería incesto.
Empezamos a reírnos. Puede que solo sea un disfraz, pero no queremos una foto besándonos que pueda malinterpretarse. Seguimos riendo sin poder controlarnos. Cuando menos lo esperamos, Buñuelo se acerca y empieza a lamernos, jugar y ladrarnos. Me detengo un poco y empiezo a jugar con el.
—¿Por qué no mejor de Mario y Princesa Peach?
—No suena tan mal, además me gustaría verte en falda
—¿Por qué yo?
—Tienes pelo y eres más alto. Además, pondría la mano en el fuego que un vestido te quedaría genial.
—¿Y por qué no lo adaptamos y hacemos que Peach sea un príncipe?
—Para eso mejor nos disfrazamos de un rey y su caballero.
—Oye, no es tan mala idea.
Y la verdad es que no lo es. Me acerco a Pol y le robo un beso. Sus ojos brillan en medio del cuarto oscuro. Afuera, las nubes empiezan a soltar su agua fría, la lluvia chocando contra la ventana como un susurro constante. Me recuesto a su lado y lo abrazo. Su cuerpo es cálido y ya ningún hueso resalta por entre su piel. Entierro mi cabeza en su pecho. Pol me rodea con sus brazos y besa mi frente. Dejamos nuestros celulares a un lado y nos quedamos así, juntos. Lo amo a él y amo este sentimiento.
04-11-22 / 07:38 pm
Ya pasó Halloween. La fiesta de este año fue la noche del sábado, lo cual agradecí, ya que tomé tanto que no recuerdo nada de esa noche. Solo sé que me desperté en mi casa, con Pol a mi lado. Pero eso fue hace casi una semana. Ahora viene una fecha más importante: vamos a celebrar nuestro primer año desde que nos conocimos, lo cual me tiene muy emocionado.
Es viernes por la noche, un día frío y lluvioso, parece que las lluvias no nos dan tregua. Yo estoy en la cocina, preparando la cena. Hoy es noche de verduras salteadas con salmón en salsa teriyaki, una de nuestras favoritas. Mientras tanto, Pol está en la sala con Buñuelo, haciendo una de sus tareas de la universidad. Después de cenar, haremos la administración de la florería.
Termino de preparar la cena y sirvo la comida. Pol se percata de esto y se levanta para buscar una soda de limón en la nevera, que luego sirve en vasos para acompañar la cena. Colocamos todo en la mesa y nos disponemos a comer.
— Wow, corazón, esto se ve delicioso. Gracias.
— De nada, amor. Una pregunta, ¿te falta mucho de tu tarea?
— No, la alcancé a terminar antes de que empezaras a servir la comida, así que ahora nos podemos dedicar libremente a hacer la administración.
— Okey.
Seguimos comiendo y Buñuelo se acerca a pedirnos comida. Aunque nunca le damos, tiene esa costumbre.
— Buñuelo, vete a la sala, por favor. Aquí no hay nada para ti.
— Corazón, ¿tú crees que mañana podremos dejar a Buñuelo con tu tía?
Giro a ver a Pol. Algo trama. Trago saliva, intrigado por saber los planes que tiene para mañana.
— Pues, yo creo que sí. ¿Por qué?
— Bueno, pues, mañana cumplimos un año desde que nos conocimos y quería invitarte a la cafetería en la que nos conocimos formalmente: “Don Gabriel”. ¿Qué te parece?
Me levanto de la mesa y me acerco a él para abrazarlo. Sin duda, es el mejor novio del mundo. Le robo un beso y junto nuestras frentes. Estoy feliz y locamente enamorado de este hombre. Yo quería hacer algo especial, pero no sabía qué, y él se me adelantó. Aun así, quiero planear algo.
— Amor, eres un genio. Sí, me parece perfecto. Por los dioses, ¿qué hice para merecerte?
— Robarme una sombrilla. Yo soy tu castigo.
Ambos empezamos a reír. Creo que volvería a robar ese paraguas una y mil veces, con la finalidad de compartir el resto de mi vida con él…
05-11-22 / 06:27 pm
El sol empieza a ocultarse entre los edificios, el clima es cálido y sofocante. Corro como un loco por las calles del centro de la ciudad. Se me hizo tarde para mi cita con Pol. Dejé a Buñuelo con mi tía y me puse a hablar con ella. Cuando menos me di cuenta, faltaban 10 minutos para las 6 y yo todavía no había comprado el regalo que quería darle a Pol. Así que tuve que correr a conseguirlo para salir hacia la cafetería. Nuestro encuentro iba a ser a las 6:00 y ya casi son las 6:30.
Sigo corriendo. Ya estoy a una cuadra del local. Giro por una esquina y a unos 4 edificios veo a Pol. Está usando un pantalón de cuero, una chaqueta de jean y una camisa blanca de botones. Apenas me ve, su expresión de preocupación cambia a alegría, combinada con un toque de molestia. Bajo el paso y sonrío tímidamente. Es comprensible que esté molesto; lo dejé esperando casi media hora y para rematar, yo siempre le critico su impuntualidad. El ruido del tráfico y el murmullo de la gente caminando por la ciudad crean un ambiente bullicioso a mi alrededor mientras me acerco más a él, nervioso como la primera vez que nos conocimos. Mi corazón late con fuerza, impulsado por la emoción y la ansiedad.
Me acerco más y más, hasta quedar frente a él. Con cuidado, le entrego un ramo lleno de girasoles y flores "no me olvides", envuelto en tela azul y decorado con un moño amarillo y una tarjeta que dice: “Nunca te olvidaré, amor mío.” Sus ojos se llenan de lágrimas y me sonríe.
— Discúlpame, se me hizo tarde, pero quería conseguir el ramo. Feliz aniversario, amor.
— Gracias, corazón. Es hermoso y tiene nuestras flores y colores favoritos. Es perfecto.
— Me alegra que te haya gustado. Espero que con eso me perdones por llegar tarde.
— Oh, o sea, ¿que este ramo es solo una manera de manipularme para que olvide que me dejaste esperando 30 minutos?
— Obvio. ¿O qué esperabas, ¿que fuera un simple regalo con el cual te demuestre mi enorme amor y cariño?
Empezamos a reír. Nos gusta mucho bromear y usar el sarcasmo. Algunas veces nos pasamos y toca aclarar que solo es una broma, pero es nuestra manera de amarnos y querernos. Pol se acerca a mí y me da un beso. Yo acepto el beso gustoso y, con cuidado, lo acerco más a mí, tomándolo desde su cadera. Tiene un sabor a menta que me enloquece. Es delicado y sutil. Deseo que este beso dure para siempre y que el tiempo se detenga, pero eso no puede pasar. Nos separamos justo cuando nos quedamos sin aliento. Pol me mira con ternura. Esos ojos color zafiro que me enamoraron y aún me enloquecen, junto con su actitud hicieron la mezcla perfecta para que sintiera algo por este tipo.
— Feliz aniversario, corazón. ¿Entramos?
— Okey.
Tomo de la mano a Pol y entramos.
26-11-22 / 10:02 am
Es sábado, ayer terminamos las clases de este semestre y llegaron las vacaciones de fin de año. Lo último que nos queda es ir el lunes a recoger las notas, y ya por fin seremos libres de la universidad hasta que inicie el próximo semestre el siguiente año.
Es una mañana fría, no hay sol, pero tampoco lluvia; el cielo es gris y opaco. Me levanté a las 8:30 para sacar a Buñuelo a dar su paseo de una hora y, cuando volví con él, algo raro pasaba. Pol seguía durmiendo. Aunque me parece extraño, pensé que solo estaba cansado, pero ahora son las 10 y sigue en la cama. Ya me estoy preocupando.
Me dirijo a nuestro cuarto y entro silenciosamente. Pol está durmiendo en posición fetal, dándole la espalda a la puerta. Me acerco con cuidado hacia la cama y me siento; me acerco más a él y coloco mi mano sobre su espalda. Lo muevo un poco para ver si reacciona, pero nada, hasta que un leve gruñido resuena en toda la habitación. Parece un ogro. Se gira levemente para verme, con los ojos entreabiertos.
— Hola amor, buenos días.
— Hola...
Su voz suena rara, como si estuviera constipado.
— ¿Estás bien? Te escucho raro.
— Sí, solo que siento que me va a dar un resfriado. Además, estoy cansado.
— Qué extraño.
Me acerco un poco más a él y toco su frente. Él cierra los ojos y se recuesta sobre mi mano.
— No pareces tener fiebre. ¿Quieres que te traiga algo de comer?
— No tengo hambre.
— ¿Y de tomar?
— Mmm... un té.
— Como pidas.
Salgo del cuarto y me dirijo a la cocina. Pongo a calentar agua y saco la caja de té negro y el café instantáneo. Sirvo el agua hirviendo y preparo nuestras bebidas. Vuelvo al cuarto, y para mi sorpresa, Buñuelo acompaña a Pol, acostado sobre la cama, acurrucado a su lado.
— Servicio a la habitación.
Pol se incorpora. Me acerco y le doy su bebida. Tiene ojeras; no noté que había pasado mala noche.
— Amor, ¿quieres pedir una cita médica?
— Nah, solo es un resfriado común, no te preocupes. En menos de nada voy a estar bien.
— Bueno, pero por favor, si empeora o algo, dime y así agendamos cita.
— Okey.
Me preocupa. Desde lo del cáncer no había vuelto a enfermar ni nada, pero supongo que por el cambio de clima tan brusco de los últimos días, sus defensas bajaron y terminó enfermándose. Me acerco a él y le doy un beso en la frente. Pol me sonríe. Tal vez solo soy paranoico y no sea nada.
28-11-22 / 11:41 am
Un semestre más, un semestre menos, y sigo invicto con mi promedio. Además, otro año sin tener que pagar un peso. Qué sensación tan satisfactoria. Pero hoy no solo fui por mis notas, también las de Pol. Su gripe empeoró durante el fin de semana, y para ayudarlo, fui yo quien recogió sus notas. Por suerte, no tuve problemas al recibirlas, ya que la docente que debía entregarlas nos conocía a Pol y a mí.
Salgo de la universidad. El clima se mantiene igual: frío y grisáceo. En la salida, me encuentro con Lucas y Fer hablando. Me acerco por detrás silenciosamente para ver si puedo asustarlos.
—¡Hola, muy buenos días! ~
Y en efecto lo consigo. Ambos pegan un brinco y Fer deja escapar un pequeño grito. Empiezo a reírme desenfrenadamente; la reacción fue mejor de lo que esperaba.
—¡Clep! ¿Tiempo sin verte? —dice Lucas.
—Lo mismo te digo, Luquitas. ¿Qué me cuentan?
—Nada, sacando el semestre adelante como el mejor en Derecho.
—Sigo sin poder creer que tarde o temprano te volverás un abogado.
—Y no solo un abogado cualquiera, sino el mejor abogado de este país.
Miro a Fer, quien tiene un gesto de molestia. Creo que no fue buena idea asustarla.
—Perdón, Fer. No pensé que el susto iba a ser tan grande.
—"No pensé que el susto iba a ser tan grande", sí claro, lo tenías todo planeado.
—No, no, en serio. Solo pensé que sería divertido.
—Sí, como digas. Por cierto, ¿dónde está tu novio? Quiero hablar con él de una cosa.
—Oh, sí. Bueno, no vino, está enfermo.
Ambos me miran asustados. Creo que tienen una imagen en la cabeza algo exagerada de lo que podría estar pasando.
—Tranquilos, no es nada relacionado con el cáncer.
—Oh, qué bueno. Pues por favor dile que cuando se mejore, necesito hablar con él.
—Está bien.
Lucas empieza a reír traviesamente. Fer y yo giramos a verlo, extrañados, sin entender qué pasa.
—Yo pensé que se pusieron enérgicos anoche y ahora lo dejaste en silla de ruedas.
—¡Pero serás...!
Antes de poder terminar, Lucas sale corriendo riéndose como un loco. Me despido de Fer, quien también se ríe por el “chistesito” de Lucas, y salgo corriendo detrás de él. Esto no se queda aquí, no hasta que le pueda dar un golpe en la cabeza.
28-11-22 / 01:32 pm
Perseguí a Lucas casi tres cuadras hasta que por fin lo alcancé y le di su golpe. Hacía mucho que no jugaba así con él. Al final, nos reímos y bromeamos un poco, como en los viejos tiempos. De a poco, algunas gotas empezaron a caer del cielo. Pronto iniciaría a llover, así que nos despedimos y me fui a casa.
He de admitir que revisé las notas de Pol y son muy buenas, así que espero que estas le alegren el día.
Llego a casa, abro la puerta y entro. El apartamento está algo desordenado y todo está muy silencioso. Un escalofrío recorre mi espalda. Ahora la lluvia es más intensa y golpea con fuerza la ventana de la sala. Toda la casa tiene un aire frío, silencioso y oscuro.
— ¿Hola? ¿Amor? ¿Buñuelo?
Los ladridos de Buñuelo me relajan un poco. Se acerca a mí, moviendo su cola, brinca y ladra, eufórico. Cierro la puerta y me agacho para consentirlo. Pero sigue siendo raro, ya que no veo a Pol por ningún lado; no hay palabras, risas, nada. Siento mis manos frías, estoy ansioso.
— Hola, Buñuelo. ¿Sabes dónde está tu papá?
Me levanto y empiezo a recorrer el apartamento. Me voy por el pasillo y miro en todos los cuartos y baños, pero no veo nada. Vuelvo a la entrada, extrañado. Buñuelo me ha seguido mientras recorro el lugar, mueve su cola y está muy atento. Pienso en sacar mi celular y llamar a Pol; quizás salió. Pero cuando justo meto mi mano al bolsillo, Buñuelo muerde la manga de mi saco y empieza a tirar de mí. Se me hace extraño; nunca lo hace. Así que decido seguirlo a ver a dónde me lleva.
De manera torpe, nos movemos a la sala. Un rayo cae a lo lejos, iluminando todo el lugar. Es allí cuando veo en el piso de la sala a Pol. Su nariz sangra y parece estar inconsciente. Empiezo a hiperventilar, mis piernas tiemblan y siento cómo todo a mi alrededor se distorsiona. Siento que no es real, que es una pesadilla. Los recuerdos de lo que pasó a comienzos de año vuelven a mí. Mis ojos se llenan de lágrimas de angustia.
— ¡A-Apolo!
Me dirijo lo más rápido posible hacia él y lo tomo en brazos. Subo su cabeza y golpeo suavemente su cara para ver si tiene alguna reacción, pero nada. Acerco mi oreja a su pecho; su corazón late y su pecho se mueve, pero no responde. En su cara tiene sangre que sale de su nariz, la sangre ya está seca. A su lado, está el teléfono encendido en la aplicación de llamadas. Mi corazón late con más fuerza y por mi cara las lágrimas empiezan a caer.
— Amor, por favor, no, no, no, no. Todo va a estar bien, todo irá bien...
Mi voz se quiebra, me duele el pecho. Rápidamente tomo mi celular de mi bolsillo y llamo a emergencias. Esto no puede estar pasando...
29-11-22 / 06:43 pm
Mi pecho duele; estoy ansioso, muy ansioso. Siento que estoy viviendo un déjà vu: de nuevo las paredes blancas, el olor a desinfectante de manos y el tic tac del reloj que resuena en toda la sala. Odio este lugar con toda mi alma. Realmente no quería volver aquí. Ahora todo el sitio está solo; solo veo enfermeras caminar de un lado al otro, pero nada más.
Entre ayer y hoy le hicieron exámenes a Pol para saber qué estaba pasando. Lo último que supe fue hace unas ayer en la noche, que fue cuando pude verlo despues de llegar con el en la ambulancia. Me dijo que los exámenes habían salido mal, tenía muy bajos sus niveles de glóbulos rojos y estaba presentando hipoxia. Eso prendió las alarmas entre los médicos; decidieron internarlo, colocarle oxígeno y hacerle más exámenes. Nadie lo dijo, pero todos en el fondo sospechamos qué puede ser. Llegue hace unas 4 horas, para ver si ya habian salido los resultados.
Cierro los ojos y bajo mi cabeza, dejo que mi cuerpo se desplome sobre la silla. Le encargué a mi tía que cuidara a Buñuelo hasta nuevo aviso. Si no hubiera sido por él, me hubiera tardado más en encontrarlo. Respiro profundo e intento mantener mi mente en blanco, buscando algo de paz antes de que pierda la cabeza por los nervios. Me concentro en mi respiración, en los ruidos del entorno: el caminar de las enfermeras, el tic tac del reloj y los ruidos del tráfico fuera del hospital. Pero entre todos esos ruidos, uno llama mi atención: una puerta se abre.
—¿Señor Hernández?
Levanto la cabeza y busco la voz que me llama. El único cerca de mí, nada más ni nada menos que el doctor Díaz. Un escalofrío recorre mi espalda. Su cara tiene una expresión triste y de frustración. Mi corazón se detiene por un instante. De nuevo, todo a mi alrededor se distorsiona. Siento que todo es lejano, que nada es real. Mis ojos se sienten al borde del llanto. El doctor me habla, pero no le entiendo muy bien. Solo puedo oír las palabras: "metástasis", "agresividad", "baja posibilidad" y la que me hace colapsar finalmente: "poca esperanza de sobrevivir". Mis ojos sueltan todas las aguas que guardan. Escucho mi corazón en los oídos, mi adrenalina sube y todo se siente en cámara lenta. Todo es tan distorsionado que no me doy cuenta en qué momento me levanté y salí corriendo directo a la habitación de Pol. Solo sé que, cuando recobro algo del control de mi cuerpo, me encuentro dentro del cuarto. Pol me mira; tiene la cara desfigurada por tanto llorar, sus ojos están inflamados y su nariz está roja. Sus ojos volvieron a perder ese brillo.
Mis piernas siguen temblando. Siento que si doy un paso podré caerme, pero lo hago y de manera muy inestable me acerco a él y lo abrazo. Beso su frente y lloro en silencio. Pol también me abraza y llora con fuerza sobre mi pecho. Quiero hablar y él también, pero nos ahogamos en nuestro dolor. Me siento en un sueño, quiero, deseo, anhelo y suspiro que solo sea una pesadilla muy realista. No quiero aceptarlo. Abrazo con más fuerza a Pol. Él ya sabe sus resultados, ya sabe que el panorama no es bueno. Siento que todo lo que hemos creado se cae. Finalmente, Pol da un grito ahogado y con la voz quebrada dice:
—Volvió... Volvió ese infeliz... Y ahora es para llevarme con él.
Oírlo decir eso hace que pierda el aliento. Beso su cabeza y acaricio su cuerpo, un cuerpo que ha sido corrompido por el cáncer, otra vez...
01-12-22 / 04:32 pm
Pol llega a su cuarto después de la terapia. He estado esperándolo ya hace un buen rato. Se ve demacrado y triste. No han sido días fáciles. El doctor nos dijo que el cáncer de Pol se ha vuelto algo llamado "metástasis" y que ha avanzado mucho, a un punto de no retorno, o eso creen los médicos. Quieren intentar con la terapia retrocederlo a un punto donde se pueda salvar. Las sesiones serán cada vez más largas y cada día, en un transcurso de dos semanas. Si ven que no tiene un cambio significativo, le darán de alta para que pase el resto de su tiempo en familia. Pero mientras, deberá permanecer en el hospital.
La idea de perderlo me duele mucho, me quita el aire, pero creo que debo tomarlo como una realidad. El cáncer está en muchas partes y está atacando partes importantes de su cuerpo. El panorama no es para nada alentador.
Las enfermeras salen del cuarto, dejándonos tiempo a solas a Pol y a mí. Apenas se van, Pol rompe en llanto, y yo, al igual que él, dejo que mis lágrimas fluyan. Me acerco a él, tomo su mano en la que tiene el catéter y la beso. Apenas come y está con suero desde que ingresó al hopital. Sus ojos siguen hinchados y rojos. Me acerco un poco más a él y lo abrazo. No existen palabras de consolación para esta ocasión. ¿Qué le puedes decir a alguien que no le queda mucho de vida?
Seguimos ahí, inmóviles, solo con el consuelo del otro. El corazón de Pol late con fuerza; puedo sentirlo. De nuevo está bajando de peso, su pelo empieza a caerse, su piel se vuelve más clara y las ojeras vuelven a opacar su mirada. Subo mis manos y sostengo su cara entre ellas.
—Estoy destrozado…
—No me importa, te amaría incluso si fueras un ogro. Me importa tu ser, tu alma que se refleja a través de tu mirada. No me importa tu físico.
Empiezo a besar cada parte de su cara: su frente, sus párpados, sus diminutas cejas, su nariz romana, sus pecas, sus ojeras, sus labios secos, su cuello, su clavícula…
—¿Interrumpo algo?
Paramos en seco. En la puerta, observando, está Cata. Su cara tiene una mezcla de tristeza y pena. Creo que Pol y yo, en especial yo, nos estábamos pasando un poco.
—¿¡Cat?! Eh, no, para nada, pasa, pasa. ¿Qué haces aquí?
—Vine a cubrir a Clep.
Me quedé atónito. No había hablado con nadie para relevarme. Pensaba en quedarme aquí junto a Pol todo el tiempo que pudiera y que el hospital me permitiese. Ambos me miraban; realmente estoy confundido.
—No entiendo, ¿por qué?
—Pues, porque te vas a terminar quemando aquí. Si estás todo el tiempo, tú también te enfermarás. Debes pensar en tu salud, amigo. Ya nos organizamos con Fer, Lucas y Flor para turnarnos. Así que ve a casa, descansa, duerme un rato y vuelve mañana. Yo estaré aquí.
—Cata.
—Clep, somos tus amigos, tanto de ti como de Pol. Es necesario.
Giro a ver a Pol. Sonríe tímidamente. No quiero dejarlo; mi corazón duele de solo pensarlo. Pero tiene razón, no puedo quedarme aquí todo el tiempo. Si lo hago, terminaré enfermo y eso sería contraproducente. Respiro profundo; siento mucha duda aún.
—Corazón, acepta. También es justo para ti descansar. No te has ido de aquí desde el jueves.
Las palabras de Pol resuenan en mí. Creo que ya tengo mi respuesta.
—Está bien, pero si llega a pasar algo, avísame por favor.
—Como tú digas, jefe.
Me despido de Cata y de Pol. Mi corazón arde. Salgo del hospital y empiezo a caminar por las calles de la ciudad, y no puedo evitar pensar en Pol, La idea de perderlo me desgarra por dentro. Pienso en cada recuerdo compartido, cada sueño y esperanza, todo eso parecen desvanecerse ante nuestro futuro incierto.
01-12-22 / 05:14 pm
Llego a casa de mi tía. Necesito hablar con alguien, alguien de confianza, de mente fría y realista. La mejor persona es ella. Subo las escaleras del edificio; siento que mis piernas empiezan a temblar y mis ojos dejan caer las lágrimas amargas que guardan. Ya estoy en el pasillo; sigo hasta encontrar su puerta. Espero que esté. Necesito un abrazo. Respiro profundo y timbro. Del otro lado, unos ladridos y unos pasos se oyen. Mi tía abre la puerta y lo primero que sale es Buñuelo, enérgico y juguetón como siempre. Me agacho y empiezo a acariciarlo; él tampoco debe estar pasándolo bien.
— ¿Querido?
Me levanto y miro a mi tía. En su cara, una expresión de sorpresa hace presencia. Claro, nunca le dije que vendría; llegué de sorpresa.
— ¿Puedo pasar, tía?
— Claro, pasa.
Ingreso y ella cierra la puerta. El lugar no ha cambiado, sigue intacto. Giro y mi tía solo me mira con lástima. Ella sabe la situación, sabe cuál es el panorama. Es un polo a tierra en este momento para mí, y lo agradezco. Yo lo único que hago es romperme y llorar. Mi tía se acerca y me abraza. Vuelvo a sentirme un niño; yo también la abrazo. El suyo es cálido y el mío es desesperado, como si todo se me fuera entre las manos. Siento que me ahogo, me ahogo en mi dolor, en mi pena, en mi miedo. Estoy aterrado, asustado; no quiero perderlo.
— T-tía, tengo miedo, mi-miedo de perderlo, no sé qué hacer…
— No puedes hacer nada, querido. Esto no está en tus manos. Respira. Lo que ha de pasar, pasará.
01-12-22 / 08:42 pm
Me quedé un buen rato con mi tía hablando. Necesitaba desahogarme, y ella siempre ha sido una persona increíblemente comprensiva. Sin embargo, no podía quedarme todo el tiempo. Mañana ella tiene que trabajar y yo necesito descansar, comer y bañarme. Así que, al final, me despedí y me fui a casa.
Al llegar, todo está oscuro y silencioso. Buñuelo se quedó con mi tía, ya que mañana volveré al hospital, y no quería estresarlo moviéndolo de una casa a otra. El apartamento está frío, y la lluvia que se aproxima no ayuda; todo le da una atmósfera sombría al lugar. Quiero llorar, pero no puedo. Siento que mi alma está rota, como si una parte de mí se estuviera desvaneciendo. Cierro la puerta y me desplomo en el suelo. Odio sentirme así; me siento como un niño asustado y perdido, temiendo lo peor. No tengo fuerzas para levantarme.
Mientras estoy en el suelo, los recuerdos de Pol llenan mi mente. Revivo el día que nos conocimos, cuando trabajábamos juntos en la floristería, la fiesta de Año Nuevo, y el día que le pedí que fuera mi novio. Pienso en nuestras vacaciones en mi pueblo, mi cumpleaños, Halloween y nuestro aniversario. Todos esos recuerdos, que antes eran dulces y alegres, ahora están teñidos de nostalgia. Sin embargo, uno de los recuerdos más fuertes es cuando Pol me enseñó a tocar la guitarra. Aunque seguí practicando, con el tiempo lo hice con menos regularidad.
De repente, una idea cruza mi mente. Me levanto con esfuerzo, sintiendo el peso de mi cuerpo y la gravedad que me tira hacia abajo. Estoy tentado a rendirme. ¿Será buena idea hacer lo que tengo en mente? ¿Y si fallo? ¿O no logro terminarlo a tiempo? ¿Qué pasa si Pol muere antes de...? No, no debo pensar en eso. Tengo un objetivo, una meta que quiero cumplir. Con determinación, me levanto y me dirijo a nuestro cuarto. Allí, tomo la guitarra acústica de Pol, busco un cuaderno y me dirijo a la sala. Saco mi celular y busco en YouTube: “tutorial para componer una canción”. No sé exactamente lo que estoy haciendo, pero espero que sea una buena idea.
15-12-22 / 02:48 pm
Ya terminó el tratamiento. Por fin vamos a saber si las posibilidades de que Pol viva han aumentado, si lograron ganarle algo de ventaja al cáncer. Espero que sí. Pol, yo y todos los que estamos acompañando este proceso nos estamos desgastando, especialmente Pol. Está peor que la última vez: más pálido, casi amarillo; sus ojos están apagados, las ojeras y el cansancio dominan su cara. Ahora sí ha perdido todo su pelo, ya ni cejas tiene. Sus labios están secos de tanto llorar; ahora de sus ojos ni lágrimas salen. Yo también estoy agotado. Me quedo con Pol unos dos o tres días y luego me voy a casa a adelantar la canción. Pensé que sería sencillo, pero está siendo una tortura. También duermo, pero no descanso en absoluto. Esto me consume. A este punto, mi único y mayor deseo es que todo mejore.
Estoy con Pol en su cuarto. Hablamos un poco; ambos estamos nerviosos e impacientes. En cualquier momento, el doctor Díaz entrará y nos dará el resultado de los últimos exámenes. Tomo la mano de Pol entre las mías. Sus manos están frías y las mías tiemblan un poco. Siento náuseas de lo nervioso que estoy. Cualquier ruido de pasos nos alarma, pero el doctor no llega. La espera nos está matando.
Bajo mi cabeza y respiro profundo. No soy una persona creyente, pero le ruego a nuestros dioses que me escuchen y sean piadosos con nuestro destino. Finalmente, el ruido fuerte de unos pasos y el chirrido de la puerta abriéndose llaman mi atención. Levanto la mirada y en la puerta veo al doctor Díaz.
Su expresión de frustración y tristeza lo dice todo. Los resultados no son buenos. Miro a Pol; su cara es de pánico y desesperación. Me rompe el corazón. Respiro profundo y aprieto su mano con fuerza. Amor no está solo en esto…
16/12/22 –11:22 am
Por fin volvemos a casa. Pol está firmando y revisando unos papeles que el hospital le pidió antes de poder irse. Es un sabor amargo; por fin podremos estar en nuestro espacio, tranquilos y cómodos, pero ¿a qué precio? El cáncer de Pol es terminal, y no hay nada más que la medicina pueda hacer. Se intentó, pero el retroceso es nulo. A este punto, lo único que podemos hacer es esperar y disfrutar lo que quede de tiempo.
Ayer lloramos toda la tarde, especialmente Pol. No puedo imaginar cómo se debe sentir en este momento, sabiendo que su vida se escapa entre sus manos, que sus sueños nunca se realizarán. No se podrá graduar, no dejará una huella en la historia. Me siento un tonto y un mentiroso; alguna vez le dije que lo lograría, pero ahora dudo que alguien más conozca su historia más allá de quienes lo conocimos... Me duele, mi alma arde y mi corazón grita. Mi estómago se hunde. No quiero perderlo, no así. Si nuestra relación terminara como las relaciones normales, no dolería tanto. Pero nuestra relación no se acaba porque nosotros queramos; se acabará porque la muerte decidió meterse en nuestras vidas.
Lucas nos espera afuera con su carro. Yo tengo una maleta pequeña que Pol me pidió traer con algunas cosas que iba a necesitar. Él termina el papeleo, asi que sin mas dilatacion nos vamos. Pol debe llevar un balón de oxígeno, el cancer ataco sus pulmones le es dificil respirar, asi que como preoucacion, debe tener una, todo el tiempo.
mientras caminamos hacia la salida. Pero antes de llegar a la salida, alguien corre hacia nosotros.
- ¡MUCHACHOS!
Ambos giramos sorprendidos. Detrás de nosotros viene el doctor Díaz corriendo.
- Hola, doctor Díaz...
- Hola, Apolo, señor Hernández. Antes de que se vayan, quería darles mi número personal.
Ambos nos miramos, extrañados.
- Apolo, cuando te conocí, eras un niño que solo acompañaba a tu abuela a las terapias. Siempre esperé que tú y ella nunca volvieran aquí, que pudieran vivir su vida lejos de esto. Pero enterarme de todo esto, lo que terminó pasando con tu abuela y ahora contigo, es desgarrador. Quiero que tengan mi número, por si pasa algo, tienen alguna duda o necesitan ayuda en algo. Solo llámenme.
- Gracias, doctor.
- No hay problema. Espero que podamos vernos en algún momento, los dos.
Después de eso, el doctor se despide y se va. Me parece un gesto tierno de él. Supongo que para él no es tan fácil; verá casos como el de Pol todos los días, pero haberlo conocido hace ya más de 5 años, y no solo a él sino también a su abuelita, debe dolerle también.
Salimos finalmente del hospital. El ruido de los autos y el frío es envolvente. Se siente como salir de un sueño. Pol está en la entrada con su auto. Me adelanto un poco y con su ayuda abrimos el baúl para guardar la maleta de Pol.
- Amigo, gracias por venir por nosotros.
- No hay problema.
Así, rápidamente nos subimos al carro y nos vamos.
16/12/22 –11:51 am
A veces odio esta ciudad. Dondequiera que vayas, el tráfico te atrapa, aunque esta vez creo que es bueno. Voy de copiloto y Pol está detrás, dormido. Supongo que la silla del auto es más cómoda que la del hospital. Afuera el ruido es fuerte, pero dentro es casi imperceptible y combinado con la música que suena en el auto, el ambiente es bastante tranquilo. Lucas puso una lista de rock en español de los 80, es agradable para mis oídos, casi podría decir que también me quiero dormir.
— ¿Y ahora qué van a hacer?
Miro a Lucas, sorprendido por su pregunta, el mientras tanto, mantenía la mirada fija en el volante, atento al tráfico y esperando cualquier oportunidad para avanzar.
— ¿A qué te refieres, Lucas?
— Ya sabes a qué me refiero, Clep.
Respiro profundo y giro para ver a Pol, quien sigue profundamente dormido. Mis músculos se tensan y mi pecho duele.
— Pues… no lo sé. Queríamos ir a mi pueblo pronto, para pasar la Navidad allí.
— ¿Y por qué no lo hacen?
— Estás loco. Ese lugar no puede atender una emergencia. Si algo le llega a pasar a Pol, no podrán ayudarlo. Y el pueblo más cercano que podría hacer algo está casi a tres horas de aquí. No quiero correr ese riesgo.
— Ya veo. Entonces, ¿qué harán?
— Pues… quedarnos aquí y celebrar la Navidad en la capital. La verdad es que es la primera vez que la celebro aquí.
— ¿En serio?
— Sí…
Mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas, y en mi garganta se atrancan las palabras. Odio este sentimiento, estoy tan asustado de lo que pueda pasar. El solo pensar que Pol se está muriendo lentamente me duele, me aterra. Puede sonar tonto, ya que todos nos vamos a morir en algún dia, en cualquier momento, a cualquier hora y por cualquier circunstancia. Pero lo bello de la vida es que vivimos sin tener una fecha de caducidad sobre nuestras espaldas, vivimos sin preocuparnos del mañana, planeamos y diseñamos un futuro que tal vez no vivamos. He escuchado a gente decir que prefiere ver morir lentamente a un ser querido para poder procesar la pérdida, pero yo no creo eso. Prefiero que la muerte sea rápida y repentina. No solo porque la persona que fallece lo haga con el menor dolor posible, sino por quienes nos rodean, por quienes nos quedamos. Ver cómo ese ser que amamos se va marchitando lentamente, ver cómo no se puede hacer nada para salvarlo y cómo todo se escapa entre los dedos, impotente de cambiar su destino, es agonizante.
Las lágrimas empiezan a caer por mi cara. Quiero tirarme de nuevo al suelo y llorar, gritar, hacer un berrinche como lo hacen los niños pequeños, reclamarle a la vida esta injusta situación. Me tapo la cara y lloro en el mayor silencio que puedo.
— Sabes, Clep, a veces pienso que, ante estas situaciones, lo mejor que podemos hacer es vivir.
— ¿Pero quién nos enseña a vivir?
— La propia vida.
Descubro mi rostro; Lucas tiene su mano sobre mi hombro, sus ojos también tienen lágrimas, pero las aguanta. Aunque una sonrisa es lo más notorio en su rostro. Dejo caer mi cabeza sobre la silla y respiro profundo. "La propia vida es la que nos enseña a vivir". Nunca lo había pensado así.
17/12/22 –08:11 am
Afuera llueve con fuerza y hace frío. Pol y yo estamos acostados en nuestra cama. Han sido días largos. Ayer adelanté la administración de la florería por cuenta propia. No sé qué pasará con ella después de su muerte. Solo pensar en eso hace que mi estómago duela.
Pol está profundamente dormido frente a mí. Mis brazos lo rodean. Está en los huesos; siento sus costillas sobresalir de su cuerpo. Es tan pequeño y frágil que temo abrazarlo demasiado fuerte. Su cuerpo está algo frío, pero sin masa muscular que lo ayude, es entendible. Beso su cabeza e intento conciliar el sueño. La noche ha sido larga para mí. Estoy atento a cualquier ruido o movimiento extraño. Sé que estoy paranoico, pero el miedo me impulsa a estar alerta. Cierro los ojos y respiro profundo. Debo dormir, por mi salud…
17/12/22 –08:11 am
Afuera llueve con fuerza y hace frío. Pol y yo estamos acostados en nuestra cama. Han sido días largos. Ayer adelanté la administración de la florería por cuenta propia. No sé qué pasará con ella después de su muerte. Solo pensar en eso hace que mi estómago duela.
Pol está profundamente dormido frente a mí. Mis brazos lo rodean. Está en los huesos; siento sus costillas sobresalir de su cuerpo. Es tan pequeño y frágil que temo abrazarlo demasiado fuerte. Su cuerpo está algo frío, pero sin masa muscular que lo ayude, es entendible. Beso su cabeza e intento conciliar el sueño. La noche ha sido larga para mí. Estoy atento a cualquier ruido o movimiento extraño. Sé que estoy paranoico, pero el miedo me impulsa a estar alerta. Cierro los ojos y respiro profundo. Debo dormir, por mi salud…
20/12/22 –05:26 pm
Pronto será Navidad. Estoy algo nervioso por ello. Es mi primera Navidad aquí, y no solo para mí, sino también para mi tía. Le pedí que se fuera, que no se quedara, pero ella no quiso. Es imposible convencerla.
Más allá de que esta Navidad sea extraña por toda la situación, también podría ser la última Navidad de Pol. Respiro profundo; debo intentar no pensar en eso. Es una tortura mental constante. Mi psicóloga me dijo que soltara, que no me centrara en eso, pero siento que es imposible. Un golpe en la puerta del apartamento me saca de mis pensamientos. Estoy decorando para la festividad, así que me detengo y voy a abrir.
— Hola, querido.
Lo primero que veo al abrir la puerta es a mi tía, quien lleva una maleta gigante a su espalda y a Buñuelo, sujeto por su correa. Me agacho y lo saludo. No lo veía desde hace mucho, pero ahora mi tía me lo va a devolver para que comparta con nosotros. Él está muy feliz, mueve la cola y se acerca a lamerme.
— Oye, ¿vas a saludar al perro y no a mí?
— Perdón.
Me levanto y abrazo a mi tía. Es reconfortante y cálido verla. Ellos entran y cierro la puerta.
— No vayas a hacer ruido; Pol está durmiendo.
— Ok.
Y sí, Pol duerme. Es lo que hace casi todo el tiempo desde que llegó del hospital, solo duerme y come.
— ¿Cómo han estado estos días, querido?
— Pues, ahí vamos, tía.
Mi tía vuelve a abrazarme. Yo recuesto mi cabeza en su hombro. Cada día que pasa hay menos lágrimas, pero el vacío se siente mas. Ella se aleja y me mira. Siento que ve directamente a mi alma. Ella sonríe y se gira, empieza a mirar todo el apartamento.
— Te quedó muy linda la decoración.
— Gracias.
En verdad, el lugar está muy soso. Apenas he colocado el árbol de Navidad y algunas luces. No se siente como Navidad, pero se hace lo que se puede con lo que se tiene. Buñuelo encuentra uno de sus juguetes y sale corriendo a la sala. Parece estar feliz de estar en casa. Al menos él le da algo de vida al lugar. Mi tía baja su maleta y empieza a abrirla. De ella saca las cosas de Buñuelo, jugetes, comida, su cobija.
— ¿Trajiste los regalos que te pedí?
— Sí, de una vez traje los míos. ¿Te los dejo encima de la mesa del comedor o…?
— No, ven, dejémoslo debajo del árbol de Navidad.
— ¿En qué momento nos volvimos los secuaces de Santa Claus?
— En el momento que aceptaste ayudarme.
Ambos dejamos escapar unas pequeñas risitas. Nos acercamos al árbol y empezamos a dejar los regalos debajo de este. No son muchos, pero son muy cursis a mi parecer, y la verdad me encanta que lo sean. Luego de eso, mi tía me ayuda a terminar de decorar el lugar. Ya necesitaba una mano. El lugar siempre es grande y me queda muy difícil hacerlo solo. Con su ayuda, antes de las 6, tenemos todo el lugar hermoso, como si fuera una película gringa de Navidad. Solo que aquí no nieva; estamos cerca de la línea del ecuador, por lo cual nuestro clima es más tropical.
— Listo, todo perfecto. Hacemos un increíble trabajo, ¿o no es así, querido?
— Eso es correcto. ¿Quieres algo de tomar?
— Por supuesto, es más, un café suena muy buena idea.
— Entonces café será.
Nos movemos a la cocina y yo empiezo a preparar el café. Le agradezco muchas cosas a mi tía, desde su apoyo y comprensión, hasta todas las veces que ha sido mi polo a tierra. Apenas empiezo a preparar el café, todo el lugar se impregna de su aroma. En eso, un recuerdo llega a mi mente. Rápido, salgo de la cocina y voy por mis apuntes. Necesito un cómplice para esto.
— Tía, necesito un favor.
— Dime.
Empiezo a contarle mi idea de la canción. Le muestro mis apuntes y algunas grabaciones que tengo de la canción en mi celular. Aún no la he terminado, voy hasta la mitad, pero espero pronto terminarla.
— Ok, no sé nada de música, pero suena bien.
— Gracias.
— Pero, ¿qué necesitas que haga? De una vez te digo que, si es para escribir o componer, deserto. Soy una total ignorante en esto.
— No, no, no. No es eso. Es solo que en el caso hipotético de que estemos en el hospital, apenas te llame, llegues lo más rápido que puedas con la guitarra al lugar.
— Ok, cuenta conmigo.
Me abalanzo sobre mi tía para abrazarla. Solo espero terminarla antes de que algo malo pase…
24/12/22 –11:35 pm
Ya pronto será Navidad, quedan menos de 25 minutos para la medianoche y eso me tiene algo emocionado. Estamos en la sala, recostados en el sofá mientras comemos galletas: solo mi tía, Pol y yo, y bueno, Buñuelo. Tenemos las cortinas cerradas para crear un ambiente más acogedor. El día de hoy ha sido agradable, no llueve y no hace frío, lo cual es sorprendente sabiendo cómo han sido los últimos días.
En el televisor se reproduce “Mi Pobre Angelito”, un clásico navideño y la película favorita de mi tía. A mi lado está Pol, inquieto e impaciente. No sé qué le sucede, puede que no le guste la película y no quiera decirlo, o tal vez se sienta mal. Al principio pensé que solo era idea mía, pero lleva así un buen rato. Me acerco un poco a él y empiezo a susurrar.
— Amor, ¿tienes algo?
Pol me mira con la expresión de un perro que espera salir a pasear. Él también se acerca y me susurra.
— No es nada.
— No soy tonto, ¿qué tienes?
Pol me mira y sonríe tímidamente. Empieza a jugar con sus aretes, está nervioso.
— Es que quiero abrir ya los regalos.
— ¿Es eso?
— Sí...
Me alejo un poco y miro mi celular, "11:39". Creo que podemos hacer una excepción. Tomo el mando del televisor y pauso la película. Me levanto y enciendo las luces. Mi tía me mira desconcertada.
— ¿Qué pasa? ¿Por qué pausas la película?
— Deberíamos abrir los regalos.
— ¿Por qué? Faltan 20 minutos para las 12.
— ¿Por qué no hacerlo?
Le guiño un ojo y miro a Pol. Con ese simple gesto parece entenderlo todo, así que no protesta más. Me agacho y empiezo a ver los regalos que hay debajo del árbol, leyendo los nombres de quien es y para quien va.
— Este es de mi tía Temis para Pol.
Se lo acerco y él lo abre muy emocionado, parece un niño. Pol lo abre y es un kit de púas de guitarra con imágenes de bandas y una púa con una foto de nosotros dos, Pol y yo, con Buñuelo en mi pueblo. Él le agradece a mi tía y ella se acerca para abrazarlo.
— Ok, el siguiente es de mí para mi tía.
Le entrego el regalo a mi tía y ella lo destapa cuidadosamente. Apenas lo ve, da un grito ahogado. Le compré unas pantuflas de gato negro, iguales a Sombra, nuestra gata. Ella se abalanza sobre mí y me abraza. Yo solo puedo reír. Luego mi tía se aleja de mí y se acerca al árbol, de donde agarra una caja y me la entrega.
— Este es para ti, cariño.
Emocionado, lo abro. Dentro está una recopilación de los mejores libros de Gabriel García Márquez, como "Cien años de soledad", "Crónica de una muerte anunciada", "El amor en los tiempos del cólera", "El coronel no tiene quien le escriba", entre otros. La arrastro hacia mí y la abrazo. Todos reímos, se siente como estar en un sueño. Finalmente, mi tía vuelve al sofá y yo saco el último regalo.
— Amor, este es mi regalo para ti.
Pol sonríe, sus ojos se llenan de lágrimas. Mira el paquete y lo recibe con emoción. Lo abre rápidamente y apenas lo ve, rompe a llorar. Me mira, ve a mi tía y luego al regalo. La verdad no sabía qué darle, pero se me ocurrió algo un poco tonto: le hice un álbum de fotos. Recopilé fotos, algunas de Facebook, otras que pedí a amigos y otras de mi propio celular. El álbum tiene casi 100 hojas llenas de fotos y apuntes que le hicimos todos. Mi tía Temis me ayudó a recopilar, imprimir y organizar todo.
— Corazón, esto es... es que... no tengo palabras, gracias.
Me acerqué a él y lo abracé. Lo amo tanto, que no existen palabras ni regalos que lo demuestren, según mi opinión.
— Espérenme un minuto que yo también les tengo algo.
Mi tía y yo nos miramos desconcertados. ¿Pol nos tenía algo? ¿En qué momento? ¿Desde cuándo? Él se levantó con cuidado y se fue por el pasillo a sacar de quién sabe dónde nuestros regalos. Cuando volvió, tenía dos cajas, una grande y una mediana. La mediana se la dio a mi tía.
— Oh, cariño, no debías...
— Claro que sí, señora Temis.
Mi tía abrió el regalo con cuidado. Dentro había un muñeco gigante de un gato negro abrazando una margarita. Eso sí la hizo gritar como loca, estaba muy feliz. Ella lo abrazaba con fuerza; ahora, quien parecía una niña era ella.
— Cariño, gracias, es hermoso.
— De nada, señora Temis.
Luego se acercó a mí y me entregó la caja gigante. Yo no sabía qué pensar, sentía pena. Tomé la caja y empecé a abrirla. Cuando lo vi, quería gritar, pararme y abrazarlo con todas mis fuerzas, pero no podía. Aún así, mi emoción era máxima. Pol me había dado una guitarra, MI PROPIA GUITARRA. Es acústica y de color amarillo mostaza, es hermosa.
— Oh, por los dioses, ¿amor, es en serio? No lo puedo creer...
— Sí, es en serio. Ahora gírala y mírala.
Con cuidado la giré y en la parte de atrás del mástil tenía una inscripción con la letra de Pol: "Te amo mucho, mi dios del cuidado", haciendo referencia a mi nombre, "Asclepio, dios de la medicina". Eso me hizo llorar. Empecé a pasar mi mano sobre las letras, mi corazón por un momento se sintió lleno y cálido. Me acerqué a Pol con cuidado y le robé un beso. Quiero que este sentimiento perdure.
27/12/22 –02:51 pm
Es martes, ya pasó la Navidad. La euforia y el sentimiento desaparecieron, ahora solo existimos. Como ya se ha vuelto rutina, Pol duerme y yo adelanto la canción. Ambos estamos en la sala, el televisor está encendido, reproduciendo una playlist. Además, Buñuelo acompaña a Pol, con su cabeza sobre las piernas de él, durmiendo juntos. Saco mi celular y tomo una foto; se ven muy tiernos.
Pero en eso, un golpe en la puerta me alarma. Buñuelo sale directo a la puerta, ladrando como un loco. Pol se despierta y yo dejo mi nueva guitarra y libreta sobre el sofá. La verdad, no esperamos a nadie, así que eso me altera. Además, no avisaron en recepción que alguien venía, lo cual es raro. Me acerco a la puerta y pregunto para saber quién es.
—Soy Fer.
Una voz de mujer chillona. Sí, es ella. Abro la puerta, nos saludamos y entra. Es raro que nos visite, pero supongo que tiene una buena razón.
—La casa está hermosa.
—Gracias.
—¿Dónde está Pol?
Pol se levanta con los ojos aún entrecerrados.
—Aquí estoy, Fer.
—¡Apolo!
Fer se acerca a él con cuidado y lo abraza. Buñuelo la sigue, atento a cualquier movimiento.
—¿Cómo lograste entrar sin que nos avisaran?
—Conozco al portero.
—Ah, ok, eso explica mucho.
—En fin, no vine a quedarme mucho. Quería proponerles algo.
Pol y yo nos miramos, extrañados. No sabía qué nos podía proponer, la verdad, casi no la conozco, a pesar de que sé que es muy cercana a Pol y Lucas.
—Como saben, pronto será 31 y, como las cosas con la salud de Pol no están bien, todos queríamos saber si podemos hacer una pequeña reunión aquí, como hace un año. ¿Podemos? ¿Les parece bien?
La cara de Pol cambió en cuestión de segundos. Sonreía de oreja a oreja; sabía que la idea le gustaba, no, mejor dicho, le encantaba.
—Claro, Fer, eso suena genial.
31/12/22 –11:52 pm
De nuevo me siento en un déjà vu. Estamos todos en la casa de Pol celebrando la llegada del nuevo año, y la única diferencia es que esta vez no hay alcohol; nos acompaña mi tía y Buñuelo.
Como hace un año, todos estamos separados: mi tía está con los muchachos hablando y comiendo pizza en el comedor, mientras Pol y yo estamos en la sala con Buñuelo, tomando algo. No decimos nada, solo con nuestra mutua compañía es suficiente. El calor del otro llena el ambiente: yo tomo un café y Pol su té. Todo es tranquilo y muy bello; afuera las calles están en silencio, no se escucha nada. Amo esta paz.
—¿Corazón?
—¿Dime?
—Te amo.
—Yo también, amor.
Me acerco cuidadosamente y le doy un beso en la frente a Pol. Pero para él no es suficiente; se acerca más a mí y me besa. Yo cedo; sus labios secos no me importan. Pongo mi mano en su cadera y lo acerco, mientras él toma mi rostro y no me deja alejarme. Pero Buñuelo tiene otros planes: se mete entre los dos y empieza a lamernos. Ambos reímos, nuestro momento romántico interrumpido por un perro.
Nuestras risas van desapareciendo; ambos dejamos caer nuestro peso sobre el sofá. Siento felicidad, pero es rara, es como si fuera falsa. En el fondo sigo pensando en cosas que me torturan. Este posiblemente sea el último Año Nuevo de Pol; puede que este sea nuestro último beso… El reflejo de una falsa felicidad es lo que vivimos, o así lo siento yo. Miro a Pol, quien recuesta su cabeza sobre mi pecho. Lo amo mucho.
—¡Ya faltan 30 segundos para medianoche!
Grita Lucas con todas sus fuerzas. Me levanto y ayudo a parar a Pol; todos se acercan a la sala, nos hacemos en círculo y empezamos a contar la cuenta regresiva.
—10
—9
—8
—7
—6
—5
—4
—3
—2
—1
—¡Feliz Año Nuevo!
Todos gritamos al unísono. El ruido sepulcral de la ciudad es eliminado por los fuegos artificiales. Afuera, la gente empieza a salir de sus casas con maletas para correr alrededor de la manzana; otros salen y gritan. Las calles antes solas se vuelven un carnaval. Yo acerco a Pol hacia mí y lo beso; mi corazón late con fuerzas y algunas lágrimas caen de mis ojos. Es un sabor agridulce; él lo nota, coloca sus manos en mi cara y con cuidado limpia mis lágrimas.
—Corazón, feliz Año Nuevo. Te amo, mi Asclepio.
Dejo escapar una pequeña risita. El dolor que siento cubre mi felicidad; solo puedo verlo y olvidarme de mi alrededor. Vuelvo a acercarme para besarlo. No quiero soltarlo; no quiero perderlo.
—Feliz Año Nuevo, amor.
06/01/23 –05:12 pm
Siento que los días corren sin que yo pueda darme cuenta. Ya es otro año, ya es otro mes. Estoy de nuevo en la sala, intentando adelantar la canción. Ya casi la tengo, solo me falta el final, pero no se me ocurre nada.
Me recuesto sobre el sofá y respiro profundo. Esto es frustrante; lo único que me alegra es que Pol en este momento se está duchando, así que puedo tener un pequeño momento para ensayar, a ver si improvisando puedo sacar por fin el final. Ensayo y practico unas 5 veces, pero nada se me viene a la cabeza. Creo que finalmente me rindo, dejo la guitarra a un lado junto con mis apuntes. Siento que esto ya no tiene sentido.
En eso, el ruido abrupto de la puerta abriéndose me asusta. Es Pol, quien sale del baño. Me levanto y me acerco a él para asegurarme de que todo esté bien, pero no lo está. La cara de Pol está desfigurada, se ve pálido, parece que va a vomitar.
—C-Clep...
Pol se desploma. Me muevo rápido e impido que caiga contra el suelo. No tiene su oxígeno; suele quitarlo para bañarse y hasta el momento nunca había pasado nada. Ahora está inconsciente, no reacciona. En su cara hay un gesto de dolor. Esto no puede estar pasando. Rápidamente saco mi celular del bolsillo y llamo a emergencias.
07/01/23 –10:05 am
Siento que nada es real. Volvimos al hospital, Pol está rodeado de máquinas que suenan, parece un ciborg de esta manera. Mis manos están frías y mis piernas tiemblan. Estoy sentado en una silla algo lejos de él. Me traje el cuaderno para terminar de una buena vez la canción. Necesito centrar mi atención en algo; ver de esa manera a Pol solo me destruye, y mi mente empieza a autodestruirse si la dejo un minuto de libertad.
No he dormido, no he comido desde que llegamos. Pol está dormido, o inconsciente, la verdad no lo sé, pero sigue con vida; hay una de esas máquinas que aparecen en las películas que miden el pulso de las personas, la línea se mueve, lo cual es bueno. Respiro profundo y me recuesto sobre la pared. Me duele la espalda pero no puedo hacer nada. Ya hablé con mi tía y mis amigos, todos están al pendiente de cualquier noticia. También le escribí al Doctor Díaz; me dijo que estaría lo más atento posible al caso y que apenas tuviera novedad me buscaría.
Mi estómago empieza a doler. No sé si es el hambre o el estrés, pero odio esta sensación, odio que pase algo así.
—Eh, ¿señor Hernández?
Giro abruptamente. En la puerta está el doctor Díaz. Qué irónico, hablando del rey de Roma y el que se asoma. Me levanto lo más rápido que puedo y dejo mis notas sobre la silla. La cara del doctor no me gusta; su expresión es de tristeza. Trago saliva, siento un escalofrío recorrer toda mi espalda. Ahora sí estoy nervioso.
—Sí, Doctor Díaz, ¿sucede algo?
El doctor mira por toda la habitación, parece asegurarse de que no haya nadie, luego mira la cama de Pol, tal vez asegurándose de que él no se dé cuenta de algo.
—Por favor, sal un minuto, debo hablar contigo.
Me siento como un niño otra vez, es como si me hubiera metido en problemas. Salgo cabizbajo hacia el pasillo; el doctor cierra la puerta tras de mí. Esto es serio, muy, pero muy serio.
—Clep, tengo malas noticias. Los exámenes salieron terribles. Hablando con algunos colegas, llegamos a la conclusión de que Apolo no pasará de este mes. Lo siento.
Mi corazón se detiene por un momento. Todo a mi alrededor empieza a distorsionarse; no escucho bien, no veo bien, siento que todo tiene algún filtro raro, como si estuviera bajo el agua. El aire me falta, siento que me ahogo; las lágrimas empiezan a caer de mi cara como cascadas. Pierdo las fuerzas en mis piernas y me arrodillo, bajo la cabeza. Esto no puede ser real, es falso. ¿Cómo el cáncer nos tomó tanta ventaja? ¿Cuándo las cosas se salieron de control?
El doctor se agacha y coloca su mano sobre mi espalda.
—Asclepio, necesito que respires, por favor.
Pero no puedo, no puedo. Me ahogo, siento que todo se escapa entre mis manos. Creo que me voy a desmayar. Siento cómo las luces empiezan a titilar hasta apagarse; a mi alrededor hay ruido, pero no logro identificar qué dicen o hacen. Cierro mis ojos, creo que no puedo más.
Pero me llega un aroma, es fuerte, hay algo en mi nariz, es de allí que viene ese aroma, poco a poco todo vuelve a mí, y logro escuchar la voz del doctor.
—¡ASCLEPIO, RESPIRA!
Doy una bocanada de aire. Esta me quema y me duele; poco a poco empiezo a toser. Todo me tiembla, me siento como un chihuahua.
—Siéntate por favor y toma el algodón con tu mano, ¡no te lo quites de la nariz!
¿Un algodón? El doctor me da algo; es suave y está mojado. De allí viene el aroma; por fin lo logro identificar, es alcohol. El algodón tiene alcohol; es algo brusco, pero funcionó para que no me desmayara. Siento el sudor frío caer por mi cara; ahora siento, escucho y veo todo.
—Asclepio, entiendo que esto sea difícil, pero debes respirar y no dejar que las emociones te controlen, ¿de acuerdo?
—S-sí, señor...
—¿Quieres que te remita a psicología? Creo que es necesario ayudarte para que no sufras esos ataques de pánico.
—Y-yo ya tengo psicóloga.
—Ah, te daré algo de espacio. Entraré para ver y monitorear a Pol; tú no te preocupes, yo le contaré. Tú dale la información a sus cercanos, ¿está bien?
—S-sí, señor.
—Okey, respira por favor, ya vuelvo.
Así, el doctor se paró y se fue. Yo volví a cerrar mis ojos y empecé a oler un poco más el algodón. Me duele el pecho... respiro profundo, abro mis ojos y saco el celular de mi bolsillo. Debo informarles a los demás de la situación. Mientras escribo, algunas lágrimas caen sobre la pantalla del teléfono.
Yo: Muchachos, tengo malas noticias.
10:44 am
Yo: Pol le queda menos de un mes de vida...
10:44 am
Yo: :(
10:45 am
11/01/23 –11:09 pm
No puedo dormir. Flor me está cubriendo en el hospital, pero desearía estar allí para compartir todo el tiempo posible con Pol. Pero debo descansar. Todos me lo dicen: el doctor Díaz, mis amigos, mi tía y hasta Pol mismo. Puedo venir a casa, comer, bañarme, pero no puedo dormir.
De nuevo estoy solo en el departamento. Buñuelo está con mi tía; es bueno para él, sería cruel dejarlo aquí solo por días. Respiro profundo. Mi pecho duele y mi cabeza también. Aún no tengo la canción y eso me desespera. En mi garganta algo empieza a arder: una mezcla de rabia, dolor, tristeza. Es molesto y difícil de controlar. Estoy desesperado. Respiro profundo y de lo más profundo de mí sale un grito que inunda todo el departamento. Es un pedido de ayuda. Me estoy volviendo loco. Quiero dormir, descansar, pero el insomnio no me suelta... Tengo una idea.
Me levanto rápidamente y voy por mis apuntes. Saco la guitarra que me regaló Pol. Es hermosa, como él. Siento un golpe de energía recorrer mi cuerpo. Llevo todo a la sala y empiezo a escribir. Ya sé cómo terminar la canción.
12/01/23 –02:11 pm
Llego al hospital acompañado por mi tía. Estoy ansioso y emocionado; por fin tengo la canción, por fin puedo dedicársela a Pol. Siento como si volara.
Entramos a la habitación. Pol está hablando con Flor. No sé si es por mi emoción, pero hoy la cara de Pol brilla; parece estar bien. ¿Será un milagro? Golpeo la puerta anunciando nuestra llegada. Apenas Pol me ve, su cara cambia; sonríe de oreja a oreja. Incluso, no sé por qué, pero su cara me recuerda un poco a la de Buñuelo. Bueno, las cosas se parecen a sus dueños.
— ¿Cómo estás, amor?
— Con hambre, pero bien.
¿Tiene hambre? Eso es muy extraño. Por mi mente empieza a cruzar la idea de que puede estar mejorando. Eso es genial. No puedo evitar llenarme de orgullo. Me acerco y lo beso. Sus labios están secos, pero no me importa.
— Bueno, creo que llegó mi hora de irme.
Dice flor, pero yo, con cuidado me acerco a ella y suavemente le susurro al oído que espere, que voy a hacer algo y quiero que lo grabe. Me mira un poco desconcertada, pero acepta. Me siento en la silla donde estaba ella, la acerco un poco más a Pol. Él gira a verme, parece no entender la situación.
— ¿Está todo bien?
— Sí, amor, es solo que tengo una sorpresa para ti.
Empiezo a hacerle señas a mi tía para que me pase la guitarra. Ella entiende, se acerca y me la pasa. La tomo y la acomodo de una manera cómoda para tocarla. Lentamente empiezo a tocar los acordes: Am-C-F-G. Así, una y otra vez.
— Apolo, tú has cambiado mi vida. No hay día que no agradezca que hayas llegado a ella. Desde hace un tiempo, vengo escribiendo esta canción para ti. No seré músico ni poeta, pero tengo corazón, una guitarra y una idea. Esta canción es para ti y la titulé "Conexión".
Y así, lentamente, empiezo a cantar:
"Amor,
has llegado justo a mi corazón,
tenemos una conexión.
Es fuerte y real,
ningún juez la podrá separar."
Sigo tocando. Estoy nervioso, no quiero equivocarme. Paso las primeras dos estrofas con sus respectivos coros. Ahora solo me falta la último. Mis manos sudan y duelen, mi voz empieza a quebrarse y mis ojos a llorar.
"Muerte,
dile a la vida
que nos dé más tiempo,
que me ahogo en este sufrimiento."
Listo, ahora el último coro y cierro.
"No puedo respirar,
necesito tu magia para curar,
que esta conexión es real,
no quiero que dejes de suspirar."
Terminé. No lo puedo creer, terminé. Salió perfecto. Levanto la mirada para ver a Pol. Él sonríe y llora al mismo tiempo. Su cara refleja un enorme orgullo. Creo que le gustó. Me acerco un poco a él y Pol extiende sus brazos para abrazarme. La habitación se llena de aplausos. En la puerta están Flor, mi tía y algunas enfermeras que al escuchar la música vinieron a ver. Sigo sin creer que lo hice. Beso a Pol, victorioso de mi triunfo.
— Corazón, eres todo un músico. Te salió súper bien.
— Gracias.
Por los dioses, qué felicidad.
— Disculpen.
Una voz gruesa y amargada corta todo el ambiente. En la puerta, en medio de toda la gente, hay una enfermera alta con cara amargada.
— Les pido que se vayan de aquí. Solo una persona puede acompañar al paciente. Además, llegó la hora de comer.
En cuestión de segundos, todos se van, pero mi tía entra y me recibe la guitarra. Luego se va. La enfermera entra, organiza la camilla y le sirve el plato a Pol. Él sonríe; parece que realmente tiene hambre. Creo que las cosas pueden mejorar…
17/01/23 –08:41 pm
No sé qué ha pasado en los últimos días, pero la salud de Pol ha empezado a decaer rápidamente. El viernes estaba riendo, comiendo, hablando y sonriendo. Parecía que un milagro estaba sucediendo, que tal vez empezaría a mejorar y podría estar más tiempo con nosotros. Pero ahora, parece que su cuerpo está cediendo ante la muerte.
Desde hace dos días, Pol no puede respirar por su cuenta; ahora depende de una máquina grande y ruidosa. Sin ella, Pol ya no estaría con vida. Verlo conectado a ella, respirando de una manera tan antinatural, es perturbador. Duerme todo el tiempo y, cuando se despierta, está agotado. No come, apenas habla, pero siempre que me ve, sonríe. Por los dioses, cómo me duele verlo así, mi corazón pesa dentro de mi pecho.
Miro por la ventana de la habitación; afuera llueve. El frío sepulcral inunda la ciudad. El ruido del tráfico es constante; supongo que la lluvia está afectando mucho el desplazamiento de los autos. Bajo la mirada y cierro los ojos. Me duele la cabeza y estoy agotado. Desde el 12 que llegué no me he ido. Todos me han pedido que me vaya a descansar, mi cuerpo también me lo pide, pero no quiero. En la condición en que se encuentra Pol, en cualquier momento puede irse, así que quiero pasar el mayor tiempo con él antes de pasar el resto de mi vida sin su compañía.
Estoy en una silla, al lado de la camilla. Pol duerme y yo sostengo su mano. Su cara es tranquila, parece un ángel…
—¿Clep?
Me sobresalto un poco al oír mi nombre. Me giro y en la puerta del cuarto veo a Flor y Lucas.
—Muchachos, ¿qué hacen aquí?
—Venimos a relevarte.
—Oigan, ya les dije que no es necesario, en especial a ti, Lucas.
—Amigo, me preocupas, por eso he sido tan insistente. Llevas casi una semana aquí.
No quiero irme, tengo miedo. El solo pensar que me vaya y Pol fallezca me llena de ansiedad. Aprieto la mano de Pol. Flor se acerca a mí y pone sus manos en mi espalda.
—Clep, sé que tienes miedo, pero necesitas descansar.
—¿Pero si algo malo pasa?
Bajo la mirada, de verdad quiero quedarme. Mis ojos se llenan de lágrimas, estoy harto de esto. Pero en eso, un apretón en mi muñeca me saca de mis pensamientos. Alzo la mirada y veo que Pol está despierto. Sus ojos están cansados y sonríe tímidamente, apenas muestra sus dientes.
—Corazón, ve a descansar…
—Amor…
Por fin las lágrimas salen. Mis manos están frías y mi corazón late con fuerza. Sus ojos color zafiros, sus pecas y lunares, su sonrisa… con solo verlo me siento completo. Tomo su mano y la beso.
—Te ves demacrado, corazón. Necesitas descansar.
—Pero ¿y si me voy y algo te pasa?
Pol se acerca como puede hacia mí y toma mi cara entre sus manos. De manera suave me besa. Eso me transporta a cuando nos dimos nuestro primer beso, que yo recuerdo. Luego besa mi frente y finalmente mi mejilla. Sus ojos brillan, no necesita hablar más. Ya con eso me convence, pero aun así, siento algo. Tengo un mal presentimiento. Puede ser mi ansiedad jugándome en contra, pero siento esa pequeña espina de molestia.
—Por favor, déjame volver a verte.
Pol no me responde, solo me sonríe. Eso solo me llena de más duda. Respiro profundo y me levanto. Lucas me entrega una sombrilla y salgo de la habitación, hacia la ciudad. Afuera la lluvia ha bajado un poco; creo que me iré caminando.
17/01/23 –09:04 pm
Mi camino a casa es bastante tranquilo. Cerca del hospital, a unas cuatro cuadras, hay un parque que uso para acortar camino y llegar más rápido. El viento sopla suavemente, moviendo los árboles. La ciudad está cubierta por un manto de oscuridad y frío; parece que estuviera en una película de suspenso.
Mi corazón aún late con fuerza. La espina sigue molestando en mi mente; siento que algo malo va a pasar. Estoy paranoico. Nada malo va a suceder, todo va a estar bien, ¿verdad? Pero, ¿y si no? Mi cabeza duele y tengo náuseas. Ya me estoy desgastando mucho; mi mente está acabando consigo misma. Respiro profundo y me detengo, mirando a mi alrededor. Estoy aquí, estoy ahora. Todo va a estar bien, ¿no?
La sensación de algo vibrando en mi pantalón me saca de mis pensamientos. Un escalofrío recorre mi espalda, mi corazón late con más fuerza y mis manos se ponen frías. Rápidamente, saco mi celular. Algo malo, algo muy malo ha pasado. Miro la pantalla; tengo una llamada perdida de Lucas y un mensaje de él. Con miedo, abro mi celular y miro el mensaje.
Loco Lucas: Clep, devuélvete YA, algo pasa con Pol.
09:09 pm
La sangre baja hasta mis pies en cuestión de segundos. Mis ojos se llenan de lágrimas y mi pecho duele, arde. Esto no puede ser real. Está pasando, está sucediendo. Cierro la sombrilla, guardo mi celular y empiezo a correr. Corro y corro; me da igual mi alrededor. Todo se distorsiona. No me importa si me paso semáforos en rojo, empujo gente o me caigo. No paro, solo corro. Se siente como correr en un túnel; solo me importa salir, llegar a la luz al final. Lo único que escucho son mis latidos y la lluvia sobre mi cara, mojándome por completo no me afecta.
Corro y corro, parece interminable. Pueden ser unas cinco o seis cuadras, pero para mí se sienten como si fueran treinta. El tiempo me juega en contra; se siente lento. Mi cara está caliente y pica al tener contacto con el agua. Quiero gritar, me siento desesperado. Mientras avanzo, la tormenta incrementa, rayos empiezan a caer y el ruido del tráfico es más notorio.
Por mi mente pasan todos mis recuerdos con Pol: nuestras vacaciones, tardes de estudio, cuando trabajábamos juntos, el día que le pedí que fuera mi novio, el día que nos conocimos y nuestra primera cita en aquel café. Pol me ha enseñado mucho; ha sido un guía, un amante, un amigo. Y pensar que lo estoy perdiendo me entristece y frustra. Nuestra vida es muy corta y la muerte siempre está a la espera de ver a quién se puede llevar. Solo espero que esta no sea la noche de Pol, que pueda llegar y verlo, que los médicos lo estabilicen, que me dejen tener una noche más a su lado, que pueda sostener su mano.
Finalmente, llego al estacionamiento del hospital. Como puedo, ingreso al edificio. Oncología está en el tercer piso. Los elevadores se tardarán mucho en llegar, así que rápido empiezo a buscar las escaleras, aunque sean las de emergencias. Me urge llegar rápido. Doy vueltas y vueltas, no veo nada. Siento que voy a vomitar. Corro como un loco de un lado a otro, pero en una esquina, casi al final de un pasillo, por fin las encuentro. Entro y subo.
Estoy en el primer piso. Mi corazón está por salir de mi pecho; siento que voy a estallar. Son muchas escaleras. El lugar es tétrico, frío y sucio; parece que nadie las usa hace mucho. Piso dos. Pienso en Pol, en todo lo que hemos construido, en la vida que tenemos los dos, cómo creamos un hogar, adoptamos a Buñuelo y creamos toda una vida a futuro. Es desgarrador. No sé cómo se pueda tomar Buñuelo la pérdida de Pol. Piso tres. Por fin llegué al tercer piso. Me falta el aire y me tiemblan las piernas, pero no me importa.
Al fin llegué. Abro la puerta; siento como un aire frío roza conmigo. Me da un escalofrío por toda la espalda y un vacío enorme se hace presente en mí. De mis ojos empiezan a caer lágrimas, y una idea dolorosa pasa por mi mente: "Pol ya se fue". Un último impulso me hace correr. Llego a oncología y entro. Corro hacia el pasillo donde están las habitaciones. A lo lejos, veo a Flor y Lucas afuera del cuarto llorando. Paro en seco… no, no, no, no puede ser real, no puede ser.
— ¡NO!
Grito. Siento que todo a mi alrededor gira. Por los dioses, esto no es real, esto no es posible. Necesito entrar al cuarto y ver a Pol. Lucas y Flor me miran. Flor está llorando a mares; su cara refleja dolor y pena. Lucas llora, pero su gesto es más de preocupación. Yo empiezo a correr de nuevo. Debo entrar a esa habitación, necesito despedirme. Paso al lado de ellos y entro al cuarto. Dentro hay tres médicos rodeando la cama de Pol, entre ellos el doctor Díaz. Él también está llorando. También hay dos enfermeras, apagando todo.
— ¡NO! ¿¡QUÉ HACEN!?
El doctor gira a verme. Parece estar sorprendido. Su cara dice más que mil palabras. Pol se fue. Intento acercarme a él, pero el doctor Díaz y Lucas me frenan en seco y me llevan fuera del cuarto. Quiero que me suelten, necesito verlo. Hasta que no lo vea, no creeré que realmente murió.
— ¡No, no, no, no! Déjenme, déjenme verlo. ¡Qui-quiero despedirme! ¡APOLO!
Lucas me abraza con fuerza y el doctor toma mis manos. Entre los dos me alejan un poco del cuarto.
— Asclepio, cálmate. Él ya no está, se fue…
— ¡No, es mentira, él aún vive, él aún…!
Caigo sobre mis rodillas. No puedo respirar bien. Mi pecho arde y las lágrimas inundan mi rostro. Todo se siente lejano, ya no sé si me están hablando o no, no escucho nada. Si me están tocando, tampoco lo siento. Tengo mi mirada puesta en el suelo; mis manos tiemblan, estoy en shock. No, no lo puedo creer, es falso.
Cierro mis ojos. De mi garganta sale un grito ahogado; las palabras se atoran en mi boca. Abro mis ojos y veo al doctor Díaz alejarse. A mi alrededor, me abrazan Lucas y Flor. No lo siento, pero los veo. Vuelvo a mirar al cuarto. Allí está el doctor, hablando con sus colegas. No entiendo qué dicen. Hablan y hablan, pero no escucho. Miro desesperado al doctor Díaz. Algo le dice su colega; se siente muy lejano, no escucho, no entiendo. Estoy por rendirme. Pero en eso, por un momento, logro escuchar lo que dicen.
“Hora de deceso: 09:31 pm”
Epilogo
17/01/29 –02:35 pm
Hoy hace 6 años que falleció Pol, mi mejor amigo, jefe y, lo más importante, el amor de mi vida. Desde su muerte, han pasado muchas cosas que aún me cuesta creer. Ni siquiera sé por dónde empezar.
Me gradué en sociología y luego hice otra carrera en psicología. Actualmente, estoy haciendo una especialización en “Psicología de pareja y familiar”. Creo que esta carrera me apasiona más que la primera. El resto de nuestros amigos también se graduaron y avanzaron con su vida. Flor y Cata emigraron a Europa y ahora viven en Alemania. Se casaron hace unos 2 años y ahora esperan su primer hijo, al que, para mi sorpresa, llamarán Apolo. Fer volvió a Corea del Sur, de donde es su familia, y trabaja como economista para una importante cadena de televisión. No hablo mucho con ella, pero espero que le vaya bien. Lucas, ese maldito loco, ahora es abogado. Se especializó en Derecho Penal y es el juez más joven en la historia de este país. También tiene un libro autobiográfico en el que Pol aparece. Tal vez no es la manera en que esperaba ser recordado, pero al menos más gente sabrá quién fue. Mi tía Temis falleció hace tres años en un accidente. Fue un golpe muy duro para todos; aún la extraño. También, la universidad me entregó el título universitario de Pol. No recordaba que podían darlo por deceso.
Después de la muerte de Pol, tuve que ir mucho con mi psicóloga. Ella empezó a darse cuenta de que me estaba obsesionando con él. Desarrollé una depresión ligada a su ausencia. Me tardé demasiado en poder soltarlo y seguir adelante. Aún lo extraño, pero ya el dolor no me ata. Pol había hablado con mi tía y le pidió hacer un testamento. En él, yo quedé como el sucesor de todos sus bienes. Al principio, fue muy sofocante todo. Lidiar con su pérdida, la tienda de flores y el estudio casi me destruye, pero de a poco las cosas se fueron acomodando. Vendí la florería a una de las amigas de la abuela de Pol, la mujer que nos vendía los almuerzos cuando trabajábamos juntos. Ella vio crecer el negocio, así que no había otra persona mejor calificada para hacerse cargo. Con el dinero ganado y unos cuantos ahorros, me alié con otros colegas y creamos una fundación benéfica y libre de fines de lucro para luchar contra el cáncer. Apoyamos de manera económica y psicológica a las familias y personas que lo viven. El lugar se llama “No me olvides” en su honor.
Actualmente, vivo en el apartamento de Pol, el que alguna vez compartimos. Pero quiero un lugar más grande, donde haya más naturaleza. No vivo solo. Buñuelo y Sombra viven conmigo. Ambos ya están grandes: Sombra tiene 7 años y Buñuelo unos 5. Aun así, siguen teniendo energía y no se me hace justo tenerlos en un apartamento. Sin contar que quiero adoptar más mascotas, así que me mudo. Conseguí una casa muy acogedora en los límites de la ciudad. Es el lugar de mis sueños. No debo preocuparme, ya que hago consultas privadas por videollamada, así que puedo trabajar desde casa, y la verdad, uno gana muy bien haciendo eso. Además, tengo dos apartamentos a mi nombre, el de mi tía y el de Pol. Ahora ambos los voy a arrendar, así que eso es otra fuente de ingresos. Es raro, la verdad. Me siento un oportunista. Siento que la vida me ha quitado a la gente que más amo por cosas materiales. Siento que me aproveché de la muerte para tener lo que tengo. A veces, deseo no tener nada de esto y sí tener a mi tía y a Pol conmigo.
Respiro profundo y vuelvo a la realidad. Todo el departamento está lleno de cajas, algunas llenas y otras vacías. Voy a empacar las cosas pequeñas primero y luego tendré que desarmar las cosas grandes para llevarlas. Serán días agridulces, pero valdrá la pena.
Miro y limpio los estantes, desde la cocina hasta las habitaciones. Miro los cajones, empiezo a sacar las cosas y a organizar todo en cajas, dividiéndolas y separándolas. Debo ser rápido; dentro de unas 2 horas llegará Lucas para ayudarme a mover las cosas a la nueva casa. Estoy solo contra el reloj, ya que ni Sombra ni Buñuelo pueden ayudarme. De fondo, puse una de las playlists de rock y pop que creamos con Pol. La verdad, le he tomado mucho gusto a la música.
Mientras reviso, algo llama mi atención. No logro ver muy bien qué es, así que lo saco con cuidado. Es grueso y pesado. Lo saco del cajón y... por los dioses, siento que me podría caer en este momento. Mis manos tiemblan y mis ojos se llenan de lágrimas. Acabo de encontrar el álbum de fotos que le regalé a Pol en nuestra última Navidad. Me importa una mierda lo que estoy haciendo. Tomo el enorme libro y me voy a la sala. Necesito ver esto.
Me siento en la sala y abro el álbum. Tiene mucho polvo y huele a viejo, pero no me importa. Paso página tras página, leyendo los mensajes y viendo las fotos. Mi corazón empieza a latir con fuerza, mis ojos dejan fluir un mar de lágrimas incontenibles. Siento mucha emoción y nostalgia. Siento que revivió todo lo bueno que alguna vez viví con Pol.
Llego a las últimas dos hojas. En ellas hay dos fotos, una tomada el 24 de diciembre de 2022 y otra en los primeros minutos de 2023. No las recordaba, la verdad. Ver la cara de mi tía y la de Pol me alegra mucho. Siento que mi corazón se revuelca en felicidad. Cierro el álbum y lo abrazo. Mis lágrimas son amargas, pero ya no tengo tanto dolor. Respiro profundo y miro al suelo. Siento que esto parece una película. Espero que el guionista de mi vida no se divierta con mi sufrimiento. Cierro los ojos un segundo y recuerdo todo. No todo fue bueno, no todo fue malo, pero así es la vida.
Cuando vuelvo a abrir mis ojos, veo un sobre en el suelo. Un escalofrío recorre mi espalda cuando en la cara de este leo: “Para mi amado Asclepio”, escrito con la letra de Pol. Siento que me quedo sin aliento por un momento. Dejo a un lado el álbum y recojo el sobre. Es pequeño. Lo reviso bien y veo que en la parte de atrás tiene una fecha: “04/01/23”. Eso fue dos días antes de que él fuera hospitalizado. Mis manos tiemblan. ¿Esto es real? ¿Cómo nunca me di cuenta de esta carta? ¿Por qué me tardé tanto en encontrarla? Bueno, eso ya no importa. La encontré y eso es lo realmente relevante.
Con cuidado, abro el sobre, procurando no causarle mayor daño. Dentro hay algunas flores “no me olvides” marchitadas, acompañando una carta, escrita a mano por Pol. Con la mayor delicadeza que tengo, la saco del sobre, la extiendo y empiezo a leerla.
“04/01/23
No sé cuándo leas esta carta, no sé si algún día la encuentres. Tampoco sé si aún me recuerdes o ya me hayas olvidado. La verdad, no me importa.
Amor, sé que la muerte me persigue desde hace mucho. Cada vez está más cerca y siento cómo me respira en la nuca. Sé que mi final está cerca. Ella siempre ha estado en mi vida, desde el día que nací, al arrebatarme a mi madre, hasta en mi mayoría de edad, arrebatándome a mi abuela. Ahora me arrebata de tus brazos. Esta vez es diferente, no soy yo quien pierde a alguien, ahora es alguien quien me pierde a mí. A veces pienso que mi vida ha sido una tragedia, pero con tu llegada a mi vida, siguió siendo una tragedia, pero ahora es una tragedia romántica. Shakespeare nos envidiaría, ya que tuvimos un amor como el de Romeo y Julieta. Puede que nuestras familias no se odien como los Montesco y los Capuleto, pero al igual que ellos, nuestros dos corazones se corresponden, mas estamos condenados al abismo de la muerte. Mi vida será corta. No logré nada muy relevante en ella. Nadie más allá de ti y nuestros amigos me recordará, pero eso ya no me importa. Solo me importa que tú lo hagas, que tú me recuerdes.
Te amo, te amo demasiado, más de lo que algún día podré demostrar. Tal vez tú consigas a alguien más en tu vida, tal vez te cases y tengas hijos, pero eso no me importa. Alguna vez llegué a pensar que somos tan jóvenes que la palabra ‘amar’ se vuelve un mundo nuevo por conocer. Ya no sé si eso sea verdad. Se me acaba el tiempo, se me acaba el mundo, pero no me arrepiento. ¿Tú te arrepientes? no sé cuál sea tu respuesta, pero, solo quiero pedirte que, no me olvides.
Siempre tuyo, Apolo, o mejor conocido como el chico de la guitarra.”
- Pol…
Abrazo la carta contra mi pecho. Mi cara está inundada de lágrimas. Este sentimiento me invade, no sé cómo describirlo. Solo sé que se siente cálido y vacío. Miro la carta de nuevo y empiezo a leerla. La leo una y otra vez. Paso mis dedos sobre tu letra, tu bella letra. Acerco la hoja y la beso con la misma sutileza con la que tú solías hacerlo. Mi chico de la guitarra. Dirijo mi mirada una vez más al último párrafo y leo la pregunta una vez más.
“¿Tú te arrepientes?”
No, no lo hago. Tú siempre estarás en mi corazón y jamás te olvidaré.
FIN
Gracias por leer