Por: Mariano Lázaro
A principios de este año tuve la oportunidad de hacer un taller de escritura con Luciano Lamberti. Todos los miércoles por la tarde, pese al calor aplastante de enero, decenas de personas dejábamos de lado nuestras rutinas para conectarnos religiosamente a Google Meet a escuchar al maestro. Él fumaba, tenía problemas de conexión, nos hacía reír con su sarcasmo, y nos guiaba parsimoniosamente por el intimidante mundo de la escritura de novelas, con la sabiduría de quien ha escrito unas cuantas. Y cada tanto, mientras analizábamos a King y a McCarthy, Luciano nos revelaba, crípticamente, algunos detalles de la nueva novela que estaba por publicar. “Tiene que ver con la dictadura y con zombies” nos decía, sin desvelar otra cosa, y la mayoría nos quedábamos maquinando con una trama de militares zombies tomando las calles, y supervivientes volándole la cabeza a Videla a escopetazos. Pero la trama estaba muy alejada de estas fantasías eróticas, y “Para hechizar a un cazador” (2024), novela galardonada con el Premio Clarín de Novela 2023, resultó ser un libro mucho más interesante de lo esperado.
Luciano Lamberti es un escritor argentino, licenciado en Letras, que reside en Buenos Aires junto a su esposa e hijos y dicta talleres de escritura durante todo el año. Tiene publicados varios libros, como “La maestra rural” (2016), “La casa de los eucaliptus” (2017), “La masacre de Krueger” (2019), y “Gente que habla dormida” (2022), que reúne sus libros de cuentos. Su talento es reconocido tanto por sus lectores como por sus compañerxs de oficio, como Mariana Enríquez, Samanta Schweblin y Carlos Gamerro, por lo que podemos decir que es uno de los grosos actuales, una joyita viviente, que de a poco se está ganando el lugar que merece en nuestra literatura.
¿Pero de qué trata “Para hechizar a un cazador”? ¿De qué manera se entrelazan la dictadura y los zombies? La novela trabaja ambos elementos desde puntos de vista novedosos que la alejan del cliché o lo aburrido. La dictadura, tema tan presente en nuestro imaginario que ha llegado a gastarse por el uso, se articula en la novela de tal forma que se convierte en algo secundario pese a ser trascendental. Forma parte del trasfondo y pasado de los personajes, configura sus personalidades y guía sus acciones, pero no deja de ser solo una sombra que atraviesa la obra en su conjunto. Luciano tuvo el acierto de no hacer de la dictadura el marco temporal y espacial de la novela, sino de trabajarla como algo que da pie a la trama principal en que transcurren los hechos. Una mujer misteriosa cita a Julia, nuestra protagonista, a un café para revelarle la verdadera historia de su familia. Y ahí arranca todo.
La dictadura es la que nos transporta al eje principal del libro: el horror, lo sobrenatural, lo ritual, los “zombies”. Después de todo, no debemos olvidar que este es un libro de terror, y que debe adecuarse a los parámetros del género. Luciano nuevamente tiene el acierto de no convertir la novela en algo ya visto, en “La noche de los muertos vivos”, por ejemplo, sino que apuesta por lo rural, lo autóctono, la umbanda, aquél conjunto de creencias y cultos que recorren toda la Argentina, venidas de todas partes para convertirse en el corazón mestizo de nuestras supersticiones. Lo oculto, lo desconocido, las fuerzas oscuras que mueven el mundo. En este aspecto vemos al Luciano de sus otros libros, un chico de pueblo, de su San Francisco natal, criado con esas historias, pero a su vez con el pasado de todo chico nacido post 76: historias de la dictadura, de desaparecidos. Es así como todo ese pasado se une en la novela, y lo sobrenatural va de la mano con la dictadura, siendo lo primero resultado de lo segundo. El horror surge como respuesta al horror. El horror surge del horror. De todas las aberraciones que ya conocemos. Pero vamos a dejar acá para evitar spoilers.
Al leer la novela pude comprobar algo que descubrí en el taller mismo: Luciano es un gran narrador, que conoce las herramientas de su oficio. Un tipo atravesado por la literatura, que se dedica de lleno a lo que hace. Y el Clarín de Novela 2023 es un galardón más que merecido por su esfuerzo. Si no han leído nada suyo pueden arrancar por esta novela, que además de estar bien hecha, es adictiva y se lee rapidísimo. Y si ya lo conocían de antes es una invitación a que vuelvan y se caguen hasta las patas.
Por Mariano Lázaro
Las fotos la muestran como a una sombra. La sombra que ella misma buscó ser; la sombra en que la convirtió el dominio de su oficio. La vemos sería, esbelta, vestida de negro, con su melena de rulos enmarcando un rostro duro en el que resalta una mirada penetrante. Sus ojos fijos en el lente de la cámara. Una mirada penetrante amaestrada por el oficio. Una mirada capaz de revelar lo que los demás pasan por alto. Una mirada capaz de mirar donde todos miran lo que nadie más vé.
Lo que pasa es que Leila Guerriero es periodista, y actualmente se encuentra en una situación difícil: ¿cómo seguir siendo una sombra cuando se brilla con tanta luz? ¿Cómo seguir relegada al rincón de quien mira y escucha atentamente, de quien está sin estar, para que sus crónicas, entrevistas, artículos no brillen por su nombre sino por su contenido? Hoy su fama y reconocimiento son más que merecidos, pero incluso desde el comienzo vemos los trazos de alguien especial. Un inicio prematuro en la escritura, de la mano de un maestro mordaz que la endureció en la profesión y le dió la fuerza para cometer todos sus necesarios parricidios. Un descubrimiento también precoz por parte del mundo del periodismo, que la llevó a trabajar desde muy joven con pesos pesados como Fresan y Lanata en los medios argentinos. Y una serie de libros de gran prestigio nacidos en el limbo que se disputan el periodismo y la literatura. ¿Pero por dónde empezar a leer a Leila?
¿Cómo descubrir a esta autora si todavía no se la ha descubierto?
Para empezar, hay que recalcar nuevamente algo que vengo diciendo desde hace rato: Leila es periodista, por lo que todos sus libros nacen de su trabajo periodístico. Tenemos crónicas, como “Los suicidas del fin del mundo” (2005) y “Frutos extraños” (2020), entrevistas, como “Opus Gelver” (2019) y “La llamada” (2024), e incluso libros sobre su oficio, como “Zona de obras” (2014), una auténtica biblia para todxs lxs que escribimos. Pero el libro que recomendamos este mes es uno más bien pequeño, que recopila una serie de columnas escritas por Leila a lo largo de cinco años, donde podemos atestiguar el verdadero potencial de su escritura: “Teoría de la gravedad” (2019).
Una de las reglas de oro de la escritura, ya sea de cualquier género, es el dominio de lo breve. Menos es más. Cuanto más podamos sacar de un texto, mejor. Hay que moldearlo, perfilarlo, sacar de acá y de allá, hasta llevarlo lentamente hasta su núcleo. Es un trabajo muy difícil, en que se juega la atención de los lectores y el sentido del texto: o nos queda algo que aburre al lector a los pocos párrafos, o algo con sabor a insuficiente. Y este arte, el de decir mucho con tan poco, es algo que Leila maneja bien.
Más allá de que las columnas desde su estructura planteen la necesidad de lo breve, lo que cuenta es qué se incluye en esta brevedad y cómo se trabaja en ella. Y cada una de las columnas que integran a este libro, tienen algo para decir. Algo propio, algo único. Una visión del mundo, un trozo de carne que Leila se arranca palpitante de su cuerpo y lo pone sobre el texto, diciendo acá estoy, esta soy yo, esto soy capaz de hacer. Recuerdo que cuando leí el libro por primera vez me sentí intimidado. ¿Cómo alguien puede escribir así? ¿Cómo puedo sentir tan vivamente su presencia, su fuego? Y es algo muy alejado a la sombra de la que venimos hablando, ¿no?
Y es que ahí está una de las principales características de Leila: su dualidad. Porque brilla aunque no quiera brillar. Lo que lleva a que incluso su escritura sea otra dualidad. Un híbrido. Algo formado entre la literatura y el periodismo, ya que pese a escribir columnas, crónicas, artículos, siempre vemos vetas poéticas y floreos literarios en sus textos. Algo propio de quien cuenta con una enorme formación literaria encima. Porque en ella también se cumple otra regla de oro de la escritura: un buen escritor siempre es un mejor lector.
“Teoría de la gravedad” es un excelente libro para introducirse a su escritura y conocerla. Es un libro para todxs, pero sobre todo para quienes se encuentren en medio de un bloqueo lector, o para quienes escriban y quieran aprender un par de cosas del juego. Después pueden pasar al resto de su obra, de la cual recomiendo “Una historia sencilla” (2013), crónica en la que podemos ver sus poderes de sombra en todo su esplendor.
PD: Anexamos una de las columnas del libro, quizás de las más conocidas y recomendadas en talleres de escritura. Saludos.
"Hay que amasar el pan. Hay que amasar el pan con brío, con indiferencia, con ira, con ambición, pensando en otra cosa. Hay que amasar el pan en días fríos y en días de verano, con sol, con humedad, con lluvia helada. Hay que amasar el pan sin ganas de amasar el pan.
Hay que amasar el pan con las manos, con la punta de los dedos, con los antebrazos, con los hombros, con fuerza y con debilidad y con resfrío. Hay que amasar el pan con rencor, con tristeza, con recuerdos, con el corazón hecho pedazos, con los muertos. Hay que amasar el pan pensando en lo que se va a hacer después. Hay que amasar el pan como si no fuera a hacerse nada, nunca más, después.
Hay que amasar el pan con harina, con agua, con sal, con levadura, con manteca, con sésamo, con amapola. Hay que amasar el pan con valor, con receta, con improvisación, con dudas. Con la certeza de que va a fallar. Con la certeza de que saldrá bien. Hay que amasar el pan con pánico a no poder hacerlo nunca más, a que se queme, a que salga crudo, a que no le guste a nadie.
Hay que amasar el pan todas las semanas, de todos los meses, de todos los años, sin pensar que habrá que amasar el pan todas las semanas de todos los meses de todos los años: hay que amasar el pan como si fuera la primera vez. Habrá que amasar el pan cuando ella se muera, hubo que amasar el pan cuando ella se murió, hay que amasar el pan antes de partir de viaje, y al regreso, y durante el viaje hay que pensar en amasar el pan: en amasar el pan cuando se vuelva a casa.
Hay que amasar el pan con cansancio, por cansancio, contra el cansancio. Hay que amasar el pan sin humildad, con empeño, con odio, con desprecio, con ferocidad, con saña. Como si todo estuviera al fin por acabarse. Como si todo estuviera al fin por empezar. Hay que amasar el pan para vivir, porque se vive, para seguir viviendo. Escribir. Amasar el pan. No hay diferencia."