Por: Danilo Saldaña y Emir G.
La literatura es una forma
de estar en el mundo.
Es leerla, escribirla y habitarla.
Gabriela Borrelli
Los antiguos celtas creían que la noche del 31 de octubre, la línea que une este mundo con el de los muertos se estrechaba y los espíritus podían pasar a través de ella, caminar entre los vivos.
En cada cultura y en cada pueblo, el 31 de octubre se vive de diferentes maneras; en el nuestro es un recordatorio constante de que la muerte y el horror se esconden en una casa abandonada de un barrio cualquiera, que tiene forma de varones, de botella de vidrio, de golpes, de dolor.
La muerte en nuestro pueblo, tiene puesta una remera del indio en honor a Paula y guía a mujeres, lesbiana, travestis y en una procesión infinita de tristeza, de injusticia y de impunidad, donde Paula las espera con la bici apoyada en la pared, para decirles que no están solas, que aunque los hombres se creen dueños de sus cuerpos, de sus vidas, de sus sueños, siempre habrá una Nuri sostenida por su bastón y por la esperanza eterna de que haya justicia para Paula Toledo, de que los culpables sean condenados.
Desde el 2003 lxs sanrafaelinxs vemos las sombras de la muerte que siguieron a Paula, caminar por las calles con total impunidad, por eso los 31 de octubre no son para nosotrxs una simple fecha, en la que se hace mención a los muertos o al mundo fantasmal, como algo lejano.
En nuestro pueblo para Halloween no salimos a pedir dulces, salimos a pedir justicia para Paula Toledo.
Mariana Enríquez en una entrevista en “Marcar como leído” un programa de FutuRock dice:
“Stephen King te dice: a vos te puede dar miedo el monstruo que viene del espacio exterior, pero más miedo te va dar si a una persona le das la sensación, que te da cortarte con papel, porque todo el mundo se ha cortado alguna vez con papel y es horrible”
Mariana, como tantas otras escritoras latinoamericanas (Schweblin, Ampuero, Ojeda, Nettel, Almada, entre otras), escribe desde esa sensación que como mujeres han padecido. Todas alguna vez se cortaron con ese papel que es casi imposible olvidar a la hora de escribir y leer. Es por eso que nosotrxs como lectores, pero también como mujeres y disidencias podemos palpitar ese miedo que se esconde más acá del espacio exterior.
“[…] alguien dio un pequeño grito asqueado. ¿Fue Guada? Parecía la voz de Guada, que además se sentaba cerca de ella. Mientras la profesora explicaba la batalla de Caseros, Marcela se arrancó las uñas de la mano izquierda. Con los dientes. Como si fueran uñas postizas. Los dedos sangraban, pero ella no demostraba ningún dolor. Algunas chicas vomitaron. La de Historia llamó a la preceptora, que se llevó a Marcela; faltó durante una semana y nadie nos explicó nada. Cuando volvió, había pasado de chica ignorada a chica famosa. Algunas le tenían miedo, otras querían hacerse amigas de ella. Lo que había hecho era lo más extraño que nosotras hubiéramos visto […]”
En este fragmento del cuento Fin de curso, Mariana con maestría a partir de la sugerencia nos muestra cómo el cuerpo es el espacio de terror. El relato nos produce cercanía no sólo porque todxs podemos imaginar el dolor de arrancarse las uñas, si no porque todxs alguna vez fuimos Marcela, nos ignoraron, se rieron de nuestra ropa, nos aislaron, hablaron de nosotrxs, esas son las sensaciones que producen los textos de estas escritoras.
A las mujeres y disidencias nos persiguen, nos acosan, nos gritan, nos insultan, nos marginan, vivimos el terror y el miedo, salir de casa para algunxs es todo un desafío.
Utopía
Paula volverá en miles,
en millones de mujeres.
Volverá y será libre.
Podrá pedalear de camino a casa
las veces que quiera,
a la hora que sea.
Podrá vestir la ropa que quiera,
nadie le dirá nada.
Una noche alguien golpeará su puerta,
ella saldrá dejando la puerta entre abierta
esperando regresar
y regresará.
Caminará un par de cuadras,
Y se encontrará con un grupo de hombres.
Paula dirá que no
y será no.
Ninguno de ellos la tocará,
ninguno la lastimará.
El cuerpo de Paula quedará intacto, sanísimo
Porque así es como deben estar los cuerpos de las mujeres.
Ninguna chica de 19 años de edad,
de la ciudad de San Rafael,
provincia de Mendoza
terminará asesinada.
Ni un solo día Paula
padecerá de la indiferencia
y la injustica de un sistema
patriarcal.
Habrá 0 y no 1240 femicidios
por año
en nuestro país.
Cuando llegue ese día
Poli llegará a su casa,
abrazará a su mamá.
Cenará algo
dibujará un poco,
y se irá a dormir.
Al día siguiente saldrá a
vivir su vida,
a cumplir sus sueños.
-Cielo Hochberg-
Gabriela Borrelli reflexiona sobre esto y dice que “la literatura no es salirse del mundo sino habitarlo de una forma muy hermosa y muy precisa”; los libros más que aislarnos por un momento del exterior, nos posibilitan conocer otros lugares distintos o comprender más los nuestros y sentirnos tan bien representadxs con el dolor de las protagonistas, que ese horror llega a ser también un poco nuestro; ser las Final Girls de esta realidad y entre todas, poder ponerla en palabras, poder nombrarla y denunciarla.
REFERENCIAS
● FUTUROCKFM (2023, julio, 24). MARIANA ENRIQUEZ en #MarcarComoLeído con Eugenia Zicavo y Juan Francisco Gentile [Video]. YouTube.www.youtube.com/watch?v=I8aqmzpbb7Q
● FUTUROCKFM(2024, junio, 30). GABRIELA BORRELLI en Marcar Como Leído desde la Librería [Video]. YouTube . https://www.youtube.com/watch?v=YJI9YC6LOEw
* Título tomado de la canción “Nuestro amo juega al esclavo” de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
Quienes violaron, torturaron y asesinaron a Paula Toledo son Marcos Graín, Víctor Echegaray, su hermano Alejandro, Cristian Torres, Jorge Sánchez, Iván Gauna y Andrés Maravilla. Marcos Graín fue el único acusado
Por: La Caro, vieja de lengua
Lo que te da terror te define mejor decía Gabo Ferro, el poeta que nos dejó sus hermosas canciones de bálsamo y pensamiento. Así como el nacimiento de un pibe en Belén nos organizó la vida desde el año cero hasta tener el domingo de descanso, llega octubre y aparece Halloween. No quiero detenerme en defender o defenestrar las creencias de un lado o del otro, total extranjeros ya nacimos, arrojados a este mundo. Pienso que el terror nos define, nuestros miedos se nos presentan en forma de pesadillas, de realidad, de gobierno y obviamente de eso se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo.
Digo de gobierno democrático y votado salido de la distopía más weird fiction o también de los otros los que nos asolaron en oleadas de dictadura. El terror por parte del Estado, el sujeto aterrado, el terror como forma cotidiana de vivir. Cuando me tocó parir (fueron varias) siempre me di valor con los relatos del Nunca Más y de las mujeres que parieron en la ESMA y tantos otros centros de tortura. Porque al terror lo idearon, lo planearon y lo ejecutaron en un plan siniestro que aún nos deja aterradas. Bueno, no me quiero ir del tema, me daba valor para parir, para sacar otro humano de mis entrañas. “Nada más aterrador que estar embarazada” me dijo Mariana Enríquez el día que la conocí en un bar de Córdoba con mí niño pequeño en brazos.
Me di valor pensando en cada una de esas parturientas que habían pasado por ese portal de la nueva dimensión en lugares de tortura y violencia. El lector dirá ¿y qué tiene que ver el parto con el miedo? Pero la lectora o le lectore sabrá de qué le hablo, porque sin parir también se puede pensar en un cuerpo que trae otro cuerpo
Digamos que no le hablo al lector, sino a otres que quieran leer. No quiero que me lean como el lector de Continuidad de los parques, arrellenado en su sillón de terciopelo verde, sino me les imagino leyéndome en el cole, en la calle, (cuidado con las veredas rotas) o tirades en la cama con la luz del celular siendo la única luz que les separe de la oscuridad.
“Nada más aterrador que estar embarazada” me dijo Mariana Enríquez el día que la conocí en un bar de Córdoba con mi niño pequeño en brazos.
La literatura ya se ha transformado en lo literario dicen unas, en las literaturas dicen otras pero que importa qué es la literatura (salvo que hayas sido estudiante de mis cátedras) lo que quiero contar es la relación del terror en nuestra definición de ¿lector? ¿argentinxs? ¿latinoamericanxs? ¿terrestres? O quizás de humanidad.
Nos definen nuestros terrores porque a cada une se nos aparece un Pennywise distinto, el cambiaformas de Código X. A las mujeres nos han enseñado a tener miedo desde que nacemos, nos construyen de muchos miedos: al lobo, al hombre, a la otra mujer, a la calle oscura, a la bandita de pibes, a los pasos que me siguen por las calles a la siesta y con un sol que me puede mostrar la cara del terror en cualquier momento.
A los hombres también los aterraron, con no tener una hombría grande, con que una mujer gane más que ellos, conque un otre lo mueva de su eje de rotación. El terror nos define y no todxs estamos dispuestos a mirar al miedo a la cara. Para eso lo escribimos, lo leemos, lo soñamos y lo votamos. También lo invocamos y se nos aparece en ruido de botas y corridas por las calles como “La Hostería” el cuento de Enríquez.
Lovecraft el escritor norteamericano supremacista, nos explicaba que la diferencia entre un negro y un blanco era que él escribía y los negros limpiaban, ¡ah! no… nos diferencia el terror del horror. Sus libros se vendían en papel barato porque se leían y se tiraban, nadie quería tener un libro de él en la biblioteca, pero no por antiblack (tendríamos que tirar media biblioteca) sino porque el modo de contar era tan raro que solo lo consumían los raros.
Terror es aquello que nos provoca miedo porque es posible. Y arranco, posible como “El entierro prematuro” de Poe, o el cuento “Natasha” en formato conversación de WhatsApp de una amiga que le deja el celular en el ataúd a su mejor amiga muerta y esta le escribe de Croche, o como el cuento “Las casas en la otra orilla” de Federico Falco de un niño que quiere ir al río para pasar el calor y se encuentra solo con un hombre que se baña en el río. Posible, como perder a tu hijo pequeño en un accidente pero que las apariciones de muertos te adviertan o te hagan cumplir tu destino como el Doctor en “Cementerio de animales”. Bueno ahora sí, nos pasamos al horror, dice Lovecraft que es el miedo a aquello que no es explicable por la razón o quizás aún no se puede explicar.
Mariana Enríquez
Pero la razón te demora, así que cuando la literatura te aterra con lo que aún no es posible nos encontramos con el cuentazo de “Mis muertos tristes” de Enríquez, sí, voy a mencionar todo de ella porque es la reina, la Queen, nuestra diosa del terror. En ese cuento, la protagonista ve a su madre muerta y empieza a ver otros muertos pero hay uno que la visita a ella y a otros aunque sea convencerlo que descanse. ¡Qué cuentazo!
Dejo muchos afuera porque es mi selección para este Halloween. ¿Qué si no me da miedo? SÍ, de eso se trata, de tener pesadillas, de sobrepensar el cuento con el qué hubiera hecho, y siempre la misma conclusión, yo dejo que el monstruo me coma primero, pero bueno supongo que no habría mucha literatura si los personajes cerraran el conflicto así. Me acuerdo de “El pinar” de Falco, disculpen me devoré todo el libro de cuentos en unas horas.
Mientras escribo recuerdo cuentos que me encantaron porque me asustaron, “El velorio” del chileno Andrés Montero que me pareció de una maestría que aún lo vuelvo a leer para girar en ese plot twist de nuevo. Como en el subibaja que te subían y el vacío en la panza y le pedías al otro que te bajara de nuevo. Como la hamaca con la que rozabas el cielo con la inseguridad de irte a otro lado. Ya no me subo al subibaja, ya no me hamaco, estoy grande. Pero sí leo mucho, y me gusta asustarme, me gusta encontrarme en otros miedos, ser la de siempre y ser otra con miedos nuevos como el cuento de Ronsino “Febrero”.
Voy subiendo niveles, superando unos, habilitando nuevos miedos y otros los confirmo de pe a pa en la realidad.
Y para eso no leo literatura, leo los posteos de noticias.
Por María José Domene
Nada me paraliza tanto
como la posibilidad
Por eso en las noches no duermo
y le doy mil vueltas a una idea
En algún momento
existió la posibilidad
tan posible
de que mis padres no se conocieran
de que anduvieran por la vida
siempre cerca
pero a un segundo de cruzarse
O sí se cruzan
en esa otra posibilidad
y no se gustan
O sí se gustan
en esa otra posibilidad
pero mi mamá elige a tiempo
no dejar los anticonceptivos
En ninguna de esas tres posibilidades
mi papá se muere
porque no tiene tiempo de tener miedo a nada
mucho menos a la paternidad
Y se mueven livianos
sobre todo felices
Juntos o separados
se reciben, ganan dinero, no pasan hambre
Y ante esas tres posibilidades
tan posibles
estoy yo, en mi cama, sin poder dormir
Sintiendo cómo se van difuminando los límites
y en realidad la única posibilidad que no existe es esta
y resulta que yo
no tengo a dónde volver
porque soy la hija de nadie
Por: Mariano Lázaro
El sol levantaba calor de la tierra, elevando ante sus ojos una pared de aire tangible. La transpiración les bañaba el cuerpo, empapando su ropa, impregnando de polvo sus brazos y piernas. Un par de jotes surcaban el cielo celeste, limpio. El sol picaba. Hería.
A medida que descendían, la niña se apresuró para alcanzar a su abuela. La vieja sostenía un chal sobre su rostro para protegerse de los rayos inclementes. Sus brazos parecían las ramas de un árbol. Sus manos se crispaban como raíces secas, ignoradas hace tiempo por el agua. De tanto en tanto volvía la cabeza para mirar atrás. No tendrían que haber salido en la siesta. El Zonda amenazaba con un soplo furtivo.
La casa de los Martinez quedaba lejos, pero pronto se hizo visible entre los espejismos de la estepa. Un ranchito de barro, apenas relevante en el paisaje. Llegaron precedidas por el ladrido de los perros. La puerta estaba abierta. Galgos famélicos aparecieron para lamerles las piernas torturadas por las espinas. De alguna parte les llegó el cloquido agónico de unas aves. Los cardos habían tomado los pies de la tranquera. El olvido empezaba a extender su manto sobre aquél pequeño lugar en el mundo, compadecido. Fueron directo a donde velaban al muerto.
Dentro del cuarto había tres personas, pero parecía lleno. La señora Martinez, el doctor Peralta, y un oficial de policía. Habían ido para dejar constancia del fallecido. El calor convertía la casa en un horno de tierra. La señora Martinez lloraba en una silla de cañas, en un rincón de la habitación, contrayendo en silencio su rostro partido. Una máscara de grietas. Sobre el pecho del muerto, entre sus manos entrelazadas, descansaban unas pocas flores arrancadas al desierto. Vestía un traje azul, pulcro, que destacaba contra las paredes de tierra. El cuerpo empezaba a oler.
La niña miró desde la puerta aquel rostro tenso, amarillo, de pómulos afilados y mejillas hundidas. El doctor y el policía hablaban entre sí, en susurros. Su abuela intentaba en vano consolar a su amiga. Aquella sombra consumida sobre la cama había sido el hombre que tantas veces vio a lo lejos, perdiéndose en el monte. Los párpados se le habían ennegrecido. Los labios eran una línea recta. Lo recordaba en su caballo, desdibujado, intangible. Borrado, siempre borrado por el viento. Los perros ladraban afuera. Parecía que nunca fueran a callar.
Salieron tras dar el pésame, con el sol todavía en alto, soberano e invicto. El Zonda había cobrado fuerza, ahora convertido en ráfagas que barrían el llano con violencia. Hicieron un largo camino luchando contra la tierra que se les metía por todas partes. Los brazos ciegos intentando ver. El pelo desatado como las llamas de un fuego negro. Y se encontraban a mitad de camino cuando la niña notó algo detrás, a la distancia.
Un hombre las observaba, rompiendo el horizonte. Un hombre desdibujado por el viento y por la tierra. De traje azul. Con lágrimas, la niña fijó la vista en aquel punto lejano, inamovible. Su corazón empezó a latir como si por primera vez lo hiciera. Corrió hacia su abuela, contra las zarzas ardientes, gritando para que se diera vuelta, para no quedar atrás, para que el viento no la arrastrase hacia aquello. Pero cuando llegó, la mujer solo sujetó su brazo y la obligó a ponerse delante.
-No mires. No mires.
A su alrededor el mundo crujía. Parecía que todo se fuera a romper. Y no se volteó en ningún momento, dejándose guiar por su abuela. Pero sabiendo que aquella figura azul en la distancia las había empezado a seguir.