Entre silbatos, coreografías y mochilas escolares, Sabrina Ocampo encuentra un refugio en su altar budista. Profesora, madre y bailarina, vive a contrarreloj pero nunca deja de lado la práctica que aprendió de su madre y que hoy atraviesa cada decisión, cada clase y cada vínculo familiar: el Nam-myoho-renge-kyo.
"El hecho de poder compartir el budismo, y que el otro lo acepte, es como una felicidad indescriptible", comenta Sabrina. Foto: S.O
El olor a tostadas se mezcla con el silbido de la pava y el murmullo de dos adolescentes que discuten en el baño. A las siete de la mañana, mientras reparte desayunos y organiza mochilas, Sabrina Ocampo ya está pensando en el primer mantra del día. Tiene 46 años, da clases en dos colegios, dirige ensayos de danza y cría a dos adolescentes junto a su pareja de toda la vida. Entre horarios escolares, coreografías y la logística de la casa, siempre encuentra un instante para su práctica budista, aunque sea de camino al trabajo. “No es lo más recomendable, pero nunca puede faltar”, dice entre risas.
Son las cuatro de la tarde y Sabrina habla rápido, como si las palabras también tuvieran que entrar en su agenda. Mira el reloj de reojo: a las 16:45 tiene que salir a buscar a sus hijos del colegio y luego regresar para dar clases de danza en la academia del barrio. Antes ya había pasado la mañana corriendo de un colegio a otro, con silbato y planillas en mano.
Ese ritmo parece no darle respiro: hijos que necesitan traslados, alumnos que exigen atención, ensayos que reclaman ajustes. Sin embargo, en medio del torbellino hay un momento donde la urgencia se desarma: cuando se sienta frente al Gohonzon. Su tono cambia, la voz apurada se vuelve suave, casi un susurro. En un cuarto especial de su departamento, la familia montó un altar. Allí, cada día, encienden velas, ofrecen frutas o agua y repiten una y otra vez Nam-myoho-renge-kyo, que significa “devoción a la Ley Mística del Sutra del Loto” y que, para los practicantes, concentra la posibilidad de transformar cualquier sufrimiento. “El pergamino que está entronizado representa nuestra vida, la dignidad de ella. Es como un diploma con un valor inmenso”, explica.
Lo esencial es tener la convicción de que las ofrendas sinceras al Gohonzon y al budismo son actos virtuosos. Foto: Sabrina Ocampo.
Al entonar Nam-myoho-renge-kyo sentimos fluir esperanza y fortaleza que nos impulsa a avanzar. Foto: Sabrina Ocampo.
Día a día, Sabrina organiza su vida entre tres escenarios: los colegios donde da clases de educación física, la academia donde enseña coreografías y su casa, donde conviven el bullicio adolescente y el silencio del cuarto reservado para el budismo. Desde chica baila. Eligió primero educación física porque no sabía que existía la Universidad de Danzas. Después se recibió de coreógrafa en la Universidad Nacional de las Artes, pero con los años la docencia ocupó el centro de su vida. “Hoy casi todas mis horas son clases. Me organicé así porque, además, soy mamá, y esa es mi prioridad”.
El budismo de Nichiren lo conoció gracias a su madre, en 1985. Era un tiempo convulsionado en el país, entre la salida de la dictadura y la antesala de la hiperinflación. “Ella buscaba respuestas a sufrimientos muy duros y un día la invitaron a una reunión. Abrieron una puerta, todos estaban invocando, y aunque no entendió nada, sintió que ahí había algo verdadero. Desde entonces lo compartió con nosotros”, recuerda. Los prejuicios eran más fuertes. “Muchos pensaban que hacíamos macumbas”, recuerda Sabrina entre risas. Sin embargo, no guarda rencor y sostiene que nunca se sintió discriminada, lo transitó naturalmente.
La práctica, asegura, fue clave para enfrentar desafíos que parecían imposibles. “Era muy tímida, me costaba todo el doble. Pero el aliento constante de mi maestro me hizo confiar en mí. Aprendí que la perseverancia y la fe transforman hasta lo que parece más difícil”.
"Siento el aliento constante del maestro de la vida, que confía absolutamente en los jóvenes", sostiene Sabrina. Infografía: VPM
Además de su práctica íntima, Sabrina participa en reuniones semanales y mensuales de la Soka Gakkai, una organización budista laica de origen japonés, basada en las enseñanzas de Nichiren Daishonin, que promueve la paz, la cultura y la educación a través del Nam-myoho-renge-kyo. Escuchar a alguien decir “conseguí trabajo” o “encontré paz” gracias al budismo, asegura, “es como tocar el cielo con las manos”. También acompaña a jóvenes en seminarios culturales.
Su familia también practica. Su marido, después de años de mirar desde afuera, se sumó a los rituales. Sus hijos, desde los ocho años, participan en grupos juveniles de la Soka Gakkai. Cada sábado tocan instrumentos y conversan sobre amistad, bullying o sueños. Paradójicamente, asisten a un colegio católico. “Fue una decisión práctica: es bueno y accesible. Ellos lo viven con naturalidad”, cuenta Sabrina.
Lo que más valora es la capacidad de la práctica para “elevar el estado de vida”. Lo explica con lo cotidiano: “Cuando alguien te dice algo que te molesta, la primera reacción puede ser revolearle algo por la cabeza. Pero si me siento y recito el Nam-myoho-renge-kyo, puedo responder con sabiduría y compasión. No siempre lo logro, pero se nota la diferencia entre los días que arranco determinada y los que no”.
Su madre, que superó un cáncer, escribió esa experiencia en la revista Humanismo Soka. Para Sabrina, ese testimonio condensa la historia de su familia: “Cómo transformar el sufrimiento en otra cosa”.
Hoy, después de cuatro décadas de práctica, no imagina otra forma de vivir. “Nunca me cuestioné si quería dejarlo. No concibo mi vida sin esto”. Sonríe al recordar a la niña tímida que se escondía detrás de su madre en las primeras reuniones. Afuera, en la cocina, sus hijos discuten otra vez por el baño. Sabrina respira, junta las manos y entona el Nam-myoho-renge-kyo. El día vuelve a empezar.
Por Violeta Posse Molina