Los jóvenes como generadores del cambio en el budismo. Créditos: FL.
En la esquina de Donado y Juramento, en pleno Villa Urquiza, el tránsito no dió respiro: colectivos frenaron de golpe, bocinas cortaron el aire y resonó el eco de conversaciones callejeras. Sin embargo, apenas se cruzó la reja de Soka Gakkai, la atmósfera cambió. Un silencio sepulcral y el canto suave de voces reemplazó el caos porteño.
Al ingresar, la palabra “Bienvenido” fue constantemente repetida por los guardias del centro. Las paredes blancas y limpias, con un rincón descascarado irradiaron orden y serenidad. Mientras tanto, frases enmarcadas y la fotografía de un líder budista, Daisaku Ikeda, guiaron a quienes entraban hacia los espacios de práctica y encuentro. La luz se filtró suavemente por ventanas amplias, y el murmullo de pasos y conversaciones anticipó la energía que latía dentro de cada sala.
Cada semana había que abarcar una temática distintas¡, con opciones como la conciencia ecológica, igualdad de género, entre otros. El tema que había tocado esa vez fue la relación entre maestro y discípulo, y un grupo de jóvenes aguardaba pacientemente mientras los líderes explicaban la dinámica. “El lazo entre mentor y discípulo nace por la búsqueda del bien en la humanidad”, explicó Juan, el joven coordinador de los encuentros, un chico de 28 años con rostro infantil y entusiasmo por compartir sus aprendizajes. La relación no se basó en jerarquías, sino en el compromiso compartido de contribuir a la felicidad de todos: un buen maestro debió estar listo para que sus alumnos lo superaran. Cada palabra, cada gesto de los jóvenes reflejó concentración y una energía que se sentía en el aire. Nadie interrumpió la charla: los teléfonos permanecieron guardados y hubo silencios contemplativos. Las miradas concentradas de los participantes reflejaron respeto y compromiso con el encuentro. Mientras tanto, el ruido de los autos de la calle y el tránsito se mantuvo exterior a Soka Gakkai. Meli, mujer de 32, aspecto lujoso y responsable de las actividades del centro, añadió que cada persona poseía una capacidad innata de triunfo: “Incluso en las mayores adversidades, el ser humano podía salir adelante, porque los sufrimientos eran parte de la vida”.
El objetivo último de este budismo laico fue alcanzar un estado espiritual pleno y satisfactorio, y la práctica central, el Nam Myoho Renge Kyo, guió a cada participante en ese camino hacia la felicidad y la autenticidad. Cuando llegó el momento del rezo, los ojos se centraron en el altar: resplandeció con frutas, velas y elementos sagrados cuidadosamente dispuestos, y la apertura de sus puertas activó un murmullo colectivo. Cada participante cerró los ojos, acompañando el canto con movimientos suaves y sosteniendo el yutsu, el rosario budista que ayudó a centrar la atención en caso de que la mente se dispersara. La repetición del mantra de manera sincronizada, con los cuerpos al ritmo del rezo y la respiración pausada generó una sensación de comunidad en la sala. La unión se debió a la energía colectiva que reinaba en el lugar tranquilo, con tiempo detenido, y un espacio proporcionado a la introspección y conexión con el resto. Por fuera, un bochinche de tráfico y sensación de ansiedad, que las paredes pacíficas del centro no dejaron pasar.
“Toda persona tiene la capacidad innata de triunfar, aun en las mayores adversidades”, explicó Sofi. Créditos: FL.
Las escaleras centrales del Centro Soka de Mujeres por la Paz fueron llamadas “escaleras de la victoria” como símbolo de la perseverancia en las metas de cada persona. Amplias, simétricas y bañadas de luz, se desplegaron en dos brazos que convergían en un descanso central, e invitaron a un ascenso gradual y firme. El diseño no fue casual: la sensación de amplitud y la claridad que descendía desde el colgante triangular reforzaron la idea de que cada paso, sostenido con disciplina y constancia, condujo a una cima luminosa. Así, la arquitectura misma se volvió metáfora del crecimiento personal. El edificio, rodeado de imágenes de flores de loto en honor a Kaneko Ikeda —símbolo de la fortaleza femenina y de la lucha por la paz—, enmarcó este trayecto como una experiencia espiritual y estética: subir la escalera fue, al mismo tiempo, un acto físico y una evocación del triunfo interior.
“Todos tenemos un estado Buda adentro, simplemente hay que saber despertarlo”, explicó Sofi, una joven de 30 años emocionada por expresarse y contar su experiencia con el budismo a lo largo de su vida. Ella enfatizó en la importancia del buen maestro en el camino personal. El budismo buscó destacar la importancia del cultivo interior para generar un impacto positivo en el alrededor. En una sociedad en constante bullicio, invitó a una búsqueda introspectiva en el silencio y en el rezo. Luego de su explicación, Sofi ofreció la posibilidad de firmar una petición para abolir las armas nucleares, un proyecto impulsado por el centro, para promover la paz.
El budismo invita a hacerse cargo de las propias responsabilidades. Créditos: FL.
La actividad de Soka Gakkai se sostuvo sobre tres pilares que orientaron la vida de quienes participaban: la revolución humana, que impulsó a cada persona a trabajar en su transformación interior; las acciones locales, que buscaron traducir esa transformación en gestos concretos de solidaridad y cooperación dentro de la comunidad; y los desafíos globales, que inspiraron a los jóvenes a pensar soluciones frente a los problemas que atravesaron al mundo entero. Estos pilares se vivieron en la práctica cotidiana, en los encuentros semanales y en la energía colectiva que emanó de los edificios, y recordaron que la búsqueda de paz y felicidad fue tanto individual como colectiva.
En cada reunión, los jóvenes de Soka Gakkai buscaron transformar no solo su vida, sino también la comunidad y el mundo que los rodeó. Entre charlas, risas, cantos y meditaciones, se construyó un espacio donde la enseñanza, la práctica y la experiencia se entrelazaron. La arquitectura de los edificios, la luz que entró por las ventanas, la voz cálida de bienvenida y el murmullo de la plaza interior se convirtieron en un marco perfecto para una misión clara: sembrar paz, cultura y esperanza en cada corazón que atravesó esas puertas. Al fin y al cabo, “cuando uno transforma su estado de vida, cambia su entorno” explicó Sofi.
Por Fátima Llapur