Soka Gakkai: el budismo laico que crece en la Argentina
Con reuniones semanales en casas de barrio y encuentros abiertos cada mes, la organización reúne a miles de practicantes que buscan acompañarse y dar aliento en comunidad.
En Argentina, apenas el 0,1 % de la población se reconoce budista. Dentro de esa minoría diversa (que va desde escuelas tradicionales como el Zen o el Theravāda hasta formas modernas como el mindfulness) la Soka Gakkai se destaca como la comunidad más numerosa, con alrededor de 30.000 practicantes. De raíces japonesas y espíritu laico, esta organización propone un budismo vivido en lo cotidiano: sin monjes ni templos, sino en reuniones barriales, cantos colectivos y espacios culturales que buscan vincular la fe con la transformación personal y social.
La Soka Gakkai nació en Japón a comienzos del siglo XX, en un contexto de militarismo y exaltación del sintoísmo nacional. Su fundador, el pedagogo Tsunesaburo Makiguchi, creó la entonces Soka Kyoiku Gakkai como una “Sociedad Educativa para la Creación de Valor”, basada en una educación humanista y crítica frente al sistema militarista de la época. Perseguido por sus ideas, Makiguchi murió en prisión en 1944.
Su discípulo Josei Toda reorganizó el movimiento tras la guerra, le dio el nombre actual y lo orientó hacia una transformación social y espiritual centrada en la recitación de Nam-myoho-renge-kyo, el mantra del Sutra del Loto. En 1960, el liderazgo pasó a Daisaku Ikeda, quien expandió la organización a nivel global y la consolidó como una de las expresiones laicas más influyentes del budismo Nichiren.
La llegada a la Argentina
La Soka Gakkai llegó a Argentina en la década de 1950, principalmente con inmigrantes japoneses. Sus primeras actividades fueron informales, concentradas en la comunidad japonesa, hasta que en 1964 se estableció una sede formal. Con el tiempo, se comenzó a invitar a personas de origen occidental, especialmente artistas y jóvenes en búsqueda espiritual.
Tras el retorno de la democracia en 1983, la organización amplió sus bases, sumando profesionales, pequeños comerciantes, obreros y jóvenes, y consolidando sus sedes en Palermo, Villa Urquiza y, en 2003, el "Auditorio de la Paz".
Una práctica cotidiana sin templos
La práctica cotidiana de los miembros de la Soka Gakkai Internacional se sostiene en dos pilares: la recitación de Nam-myoho-renge-kyo (conocida como daimoku) y la lectura de fragmentos del Sutra del Loto (llamada gongyo). A diferencia de lo que podría pensarse de una tradición religiosa, no requiere templos ni intermediarios: se realiza en los hogares, al comenzar y al finalizar la jornada. Según sus creyentes, este hábito tiene como objetivo elevar el estado de vida, aportar claridad mental y enfrentar con mayor fortaleza las dificultades diarias.
Para quienes lo practican, la espiritualidad se traduce en un ejercicio profundamente ligado a la vida cotidiana. “Entre las clases y la vida familiar, siempre encuentro un momento para mi práctica. No puede faltar”, cuenta Sabrina Ocampo, integrante de la Soka Gakkai. En su caso, la repetición del daimoku funciona como un espacio de pausa y reflexión en medio de la rutina, es un recurso para equilibrar responsabilidades sin perder el ánimo.
Reuniones y diálogos en los barrios
Cada semana, los miembros de la organización se reúnen en casas de practicantes para invocar, realizar el gongyo y compartir experiencias personales que inspiran y fortalecen al grupo. Una vez al mes, los encuentros se amplían y se abren a invitados, con lecturas de los escritos de Nichiren Daishonin y testimonios de fe.
A su vez, los practicantes asumen el shakubuku, la misión de “dar aliento” a quienes atraviesan dificultades, acercando de manera sencilla la filosofía budista como una herramienta de apoyo y transformación personal.
“Cuando uno transforma su estado de vida en el momento actual, cambia su entorno”, sostiene Sofia, integrante de la comunidad Soka Gakkai. Foto: SGI
Cultura y espiritualidad
A nivel más amplio, la Soka Gakkai organiza eventos y cumbres que integran cultura y espiritualidad. Mara Risaro, recuerda la experiencia del último festival en el Movistar Arena: “Es un festival donde la música, la danza y los discursos sobre budismo permiten que cada persona encuentre su felicidad. La paz y la felicidad son compartidas: si el otro no puede ser feliz, uno no puede serlo plenamente”. Estas instancias refuerzan el sentido de comunidad y multiplican la llegada del budismo a quienes todavía no lo practican, creando redes de apoyo que se expanden de corazón a corazón.
En espacios como la sede de Villa Urquiza, el ruido del tránsito queda afuera. Allí, entre cantos colectivos, meditaciones y charlas, se construye un lugar donde la práctica espiritual se entrelaza con la vida cotidiana, y donde cada participante encuentra un camino hacia la felicidad propia y colectiva. “Cuando uno transforma su estado de vida en el momento actual, cambia su entorno”, resume Sofia, integrante de la comunidad Soka Gakkai.
Entre las distintas corrientes budistas en Argentina, la Soka Gakkai se destaca como la más elegida por los practicantes. Infografía: IB
Un budismo vivido en lo cotidiano
La cercanía con la vida cotidiana, la simplicidad de la práctica y los beneficios tangibles percibidos explican por qué la Soka Gakkai ha logrado tantos seguidores en la Argentina. Además, la estructura en grupos de barrio y la horizontalidad de las reuniones fomentan relaciones duraderas y redes de apoyo, mientras que los eventos culturales y la receptividad del público argentino a filosofías orientales facilitan la aceptación del budismo.
En definitiva, la Soka Gakkai ha encontrado en Argentina un espacio para que la práctica espiritual se integre con la vida cotidiana. Entre mantras, reuniones barriales y grandes eventos culturales, sus miembros construyen una red de apoyo, fortalecen su día a día y buscan transformar no solo su propia vida, sino también la comunidad que los rodea, mostrando que la felicidad puede ser tanto personal como compartida.
Por Isabella Boeri
Isabella Boeri
Fátima Llapur
Violeta Posse Molina
Manuela Tejada