La magia no se aprende, se manifiesta. Aparece alrededor de los 18 años, casi siempre de forma brusca e incontrolable, coincidiendo con la mayoria de edad y el ingreso en la vida adulta. No es una habilidad que se adquiere sino una condición con la que se nace y que el cuerpo no sabe gestionar hasta recibir información especializada.
Ignorarla no es una opción: la magia sin control se filtra, se desborda, genera consecuencias. La academia existe oara que los magos aprendan a vivir con lo que ya son. A parte de impartir las clases especializadas, siempre tienen clases de control sobre sus habilidades.
La magia se agrupa en tres grandes naturalezas. No son compartimentos estancos — alguien puede tener capacidades que tocan dos, aunque siempre hay una dominante. La intensidad varía enormemente de persona a persona.
Actúa sobre el exterior: materia, espacio, objetos, fenómenos físicos. Es la más visible y la más regulada legalmente porque sus efectos son evidentes para cualquiera.
Actúa sobre la información. Es la más íntima y la que más incomoda a los no mágicos, porque genera desconfianza sobre qué sabe quien la posee.
Actúa sobre las conexiones entre seres vivos. Es la más ambivalente: todo lo que conecta también puede desconectar.
En algunos casos, la condición mágica se manifiesta de forma más radical. Ciertas personas no desarrollan una habilidad: se transforman. Sus vínculos con la mitología escocesa son profundos y documentados, aunque no completamente comprendidos.
La transformación no es algo separado de las tres naturalezas sino una expresión extrema de la condición mágica. Puede ser parcial o total, controlada o no. Genera un debate ético y social especialmente intenso.