Libre de hijos. Libre de cadenas. Libre de programaciones.
Este no es un espacio para justificar elecciones, ni pedir permiso.
Es una declaración de soberanía individual frente al mandato biológico, cultural, religioso y económico.
No se trata de “no tener hijos” por negación: se trata de elegir no replicar el ciclo del dolor, la trampa de la carne, la deuda del linaje, el tributo al Demiurgo.
No somos menos completos, no estamos rotos, no necesitamos mascotas ni proyectos sustitutos: somos la generación que se baja de la rueda.
Acá empieza otro camino. No uno vacío: uno limpio.
Bienvenidos al silencio fértil.
No tengo hijos. No tendré hijos. Y no necesito adoptar ni un perro ni una planta para calmar el eco de la programación biológica.
No seré nodriza de la materia, ni portador de herencia, ni escalón de linaje alguno.
No vine a sembrar nuevas cadenas; vine a romper las que me atan.
No soy altruista: no renuncio por compasión al mundo. Renuncio por desprecio al juego, porque cada nueva vida es una ficha más puesta en el tablero del carcelero cósmico.
No tengo primogénito. No tengo apellido que perpetuar. No tengo deber hacia tribu, nación ni especie.
¿Dicen que me falta algo? Lo único que me falta es la venda.
No criaré esclavos para el sistema solar. No seré ni el útero ni el arado ni el proveedor.
Si vivir childfree me margina del rebaño, mejor así: más lejos de los corderos, más cerca del abismo.
No tengo hijos. No tengo descendencia. Tengo mi propia llama.
Y no pienso compartirla con el infierno de la materia.