HNO. MARCELINO JIMÉNEZ VILLA
(HERMANO JESÚS GUADALUPE)
* 20 V 1942 + 31 XII 1964
HNO. MARCELINO JIMÉNEZ VILLA
(HERMANO JESÚS GUADALUPE)
* 20 V 1942 + 31 XII 1964
Introducción:
La gracia de Dios hizo camino y, Aquel que lo llamó, lo ayudó a llegar hasta el fin por caminos no comprendidos y menos esperados, perseveró a pesar de lo pronosticado.
Sueña lo que deseas y confía en que sucederá. La Fe trabajó en él, pudo decir: Señor, me llamaste y aquí estoy, comprendo que lo que yo soy nadie lo puede ser y, que Tú trazaste un camino especial para mí, y sin pensarlo, sin saberlo, sin desearlo, llegué a Ti al filo del camino... en el dolor del momento y en la tragedia, ahí nos encontramos en un abrazo eterno.
Biografía:
Nacido en San Ignacio Cerro Gordo, Arzobispado de Guadalajara, de nuestra comunidad de San Juan de los Lagos, fallecido el 31 de diciembre de 1964, en el 23° año de su vida y 5º de vida religiosa.
Marcelino Jiménez Villa vino al mundo el 20 de mayo de 1942, ‘en el hermoso poblado de San Ignacio Cerro Gordo, que se encuentra enmarcado en el centro de la región alteña de Jalisco, en las faldas del llamado Cerro Gordo, de donde toma parte de su nombre. Su antiguo nombre fue el de Hacienda de la Trasquila, por los grandes rebaños de ovejas que ahí había. Se completa el paisaje con tierra roja, llena de agave azul, el tequilero, campos sembrados de maizales y praderas de pastoreo de ovejas y ganado vacuno´[1].
Su familia estaba constituida por el señor Silvestre Jiménez y la señora Rosa Villa, cristiano matrimonio que se dedicaba al campo, pero algunos años más tarde se trasladaron a la ciudad de León en busca de mejorar la situación familiar. León, en ese tiempo era una población que se avecinaba al medio millón de habitantes.
Esta ciudad de modestos trabajadores, pero de profundos sentimientos religiosos, resultó un buen centro de reclutamiento para seminarios y noviciados de las diferentes Congregaciones religiosas y, la nuestra, especialmente.
[1] Agregado al escrito original FOTOS CORTESÍA DEL HERMANO BENJAMIN CÁRABEZ
En este medio los Reclutadores realizan copiosas conquistas. Uno de nuestros directores vocacionales descubrió a Marcelino y, después de un tiempo de preparación para que el muchacho se formara un ideal preciso respecto al llamamiento divino, fue llevado al Noviciado Menor de Tlalpan.
El adolescente estuvo ahí cinco años, cursó su Secundaria y se preparó adquiriendo las cualidades y conocimientos que requiere nuestro género de vida.
Inició su formación anterior al Noviciado el 11 de diciembre de 1959. En este tiempo de Postulantado se preparó con sinceridad y entrega al momento culmen del inicio del Noviciado: La Toma de Hábito. El 6 de marzo de 1960 revistió Marcelino el Santo Hábito y recibió el nombre de Hermano Jesús Guadalupe, en el Noviciado de Tlalpan.
Durante el Noviciado, el Hermano Director, en este caso el Hermano Javier Bordes, escribió sobre el Hermano Jesús Guadalupe:
“ Es un joven robusto y muy apto para el deporte, tiene un carácter un poco sentimental, inteligencia mediana, muy imaginativo. Buen juicio y voluntad enérgica. Muy responsable en lo que se le encomienda, limpio y ordenado; le falta un poco de fineza en su trato y en sus palabras. Es franco, sociable y leal, muy duro consigo mismo; piadoso. La evaluación que dan los formadores sobre el novicio es una evaluación buena, donde se descubren muchos aspectos interesantes, claro, que en algunos tiene que crecer y superarse [1].
[1] Archivo de Antillas México Sur evaluación de novicios del mes de septiembre de 1961
Durante los casi dieciocho meses de su formación religiosa en el Noviciado, siguió dando pruebas de empeño de madurar su ideal religioso. El 18 de diciembre de 1961 tuvo la felicidad de consagrarse a Dios: “Me consagro todo a vos para procurar vuestra gloria, cuanto me fuere posible y lo exigieres de mí...
Pasó al Escolasticado de Coyoacán, donde sus éxitos fueron humildes y contados, ya que su preparación académica anterior era limitada, pero hizo grandes adelantos, ya que terminó su secundaria y estudió su Normal. Los formadores en el Escolasticado dicen de él que es un estudiante limitado y que no hace mucho esfuerzo por superarse, que quizá no ha comprendido lo que es la vocación del Hermano, por otro lado, es un muy buen Hermano y muy constante en cumplir sus deberes religiosos[1].
Tras esta prueba de tres años fue enviado a nuestro Colegio de San Juan de los Lagos, para iniciarse en la enseñanza. En este colegio de San Juan de los Lagos continuó su formación en el arte de educar a los niños, y no fue sin buenos resultados. Se dice de él que supo ganarse la estima de sus alumnos, pues preparaba concienzudamente sus lecciones y las daba con lucidez, poniendo en primera línea la enseñanza religiosa, condición esencial de un educador religioso.
Un Hermano de su Comunidad de entonces, declaró que, después de su retiro de veinte días, volvió enteramente renovado en la piedad, manifestándolo en la preparación de su meditación y su edificante compostura durante este santo ejercicio. Sus deseos de hacer producir a su vida religiosa y a su apostolado, lo que Dios, sus Superiores y cohermanos esperaban de él.
Uno de sus Superiores dice de él: “El Hermano Marcelino Jiménez, aunque haya tenido corto tiempo de vida activa y ser poco expresivo, empezaba, sin embargo, a encarrilarse. Se entregaba por entero al bien de su clase, preparando cuidadosamente sus lecciones, según lo pone de manifiesto el diario de clase. Se dedicaba con gusto a los círculos vocacionales y demás actividades que le fueron confiadas.
Lo hemos conocido y estimado por su rectitud, que no admitía preferencias de personas. Quizá haya habido en el fondo una defensa para el débil, una protección para el postergado: sin duda, una reacción personal. Se le veía un poco triste y sufriendo trastornos estomacales.
Por otra parte, su carácter lo llevaba al aislamiento. Los Hermanos afirman que fue particularmente asiduo a la capilla los últimos 15 días de su vida. Dios lo preparaba”.
Así iban las cosas cuando el 31 de diciembre de 1964 murió, en compañía del Hermano Manuel Marroquín, cuando el automóvil en que viajaban chocó violentamente contra un autobús.
Así relataron el accidente: “El viaje, sin ningún incidente, hasta las siete cuarenta y cinco en que, al bajar un columpio de la carretera, poco después de pasar Cocula, a unos 75 km de Guadalajara, nos encontramos con el carro de San Juan estrellado con un autobús de la Alteña .
“Los Hermanos bajaron inmediatamente... encontramos que los pasajeros del autobús trataban de auxiliarlos. Nos unimos a ellos y bajamos uno a uno a nuestros heridos. Lamentablemente tres de ellos semiconscientes. El primero en bajar fue Marcelino, luego el H. Bruno, el H. Zepeda y, por último, el Hermano Manuel, que estaba prensado en su asiento, con la puerta del carro, y se quejaba de un dolor intenso en el tórax y de la imposibilidad de respirar, era quien más tenía consciencia. El Hermano Marcelino, inconsciente, ni siquiera se quejaba; unos diez minutos después de la llegada de los hermanos, Marcelino movió algo el cuerpo y soltó los brazos, quedando sin vida, antes de poderlo sacar del carro.
El Señor Cura de Cocula, sabiendo del accidente, manda traer la ambulancia y él va al lugar del siniestro para auxiliar a los heridos y dar la absolución, bajo condición, y los santos óleos a los inconscientes.
La ambulancia llegó como a las diez y media de la noche y empezó la tarea, con mucho cuidado, de subir a nuestros heridos, primeramente Marcelino, después Bruno, seguido por el Hermano Zepeda y por último al Hermano Manuel Marroquín, quien falleció al poco tiempo de ir en la ambulancia” [2].
“Maestro de vida... Bien sabía yo
tomaste la mía que me la
e hiciste de ella devolverías
lo que te plugo. radiante y eterna”.
Todo el Distrito fue consternado ante esta tragedia. Los designios de Dios son impensables, pero son los designios de un Padre infinitamente bueno y misericordioso. Este terrible accidente ha asegurado la perseverancia de estos dos jóvenes Hermanos. Y “aquellos que han enseñado a otros la justicia, brillarán como estrellas de primera magnitud, durante toda la eternidad”.[3]
Marcelino, después de la Misa de cuerpo presente, fue sepultado en la cripta que tenían los Hermanos en el Panteón, Parque Funeral Colonias, en Guadalajara.
Sobre la oscuridad la luz se levanta,
en el medio del temor hay esperanza,
nada puede parar tu amor, Dios,
fiel hasta el final ¡oh! nada puede parar tu amor, Dios,
fiel hasta el final; con tu gloria puedo ver,
tu luz me guía y mis fuerzas hallaré bajo tus alas,
nada puede parar tu amor, Dios, fiel hasta el final.
H. Juan Ignacio Alba Ornelas
[1] Escolasticado de Coyacán el caminar de los Hermanos escolásticos. Casa Central de Antillas México Sur.
[2] La Salle en México III Bernardo Grousset páginas 110 y 111
[3] La Salle en México Norte febrero 1965