HNO. MANUEL MARROQUÍN MORALES
(HERMANO BENJAMÍN LEOPOLDO)
*13 VII 1940 + 31 XII 1964
HNO. MANUEL MARROQUÍN MORALES
(HERMANO BENJAMÍN LEOPOLDO)
*13 VII 1940 + 31 XII 1964
Introducción:
La vida del Hermano Manuel fue como la luz: poseía una juventud sana y vigorosa, que era esperanza de vida para el mundo; como joven era fraterno, creía en la amistad, era solidario, alegre, optimista, generoso, caritativo, auténtico. Tenía el coraje de anunciar el Evangelio, de ser esperanza, de iluminar a sus alumnos, de hacerles vivir su propia experiencia de haber encontrado a Cristo y haberle seguido, para que sus alumnos siguieran a Cristo vivo en sus vidas. El Señor lo encontró maduro en su juventud y, en un momento de dolor lo llevó con Él.
Sus primeros años:
Oriundo de Monterrey, nacido el 13 de julio de 1940. Los padres de nuestro futuro Hermano fueron: Don Leopoldo Marroquín y Doña Martha Morales de Marroquín, quienes vivían en la industriosa ciudad de Monterrey.
Este hogar modelo fue bendecido por Dios por la llegada al mundo de cinco hijos: tres niños y dos niñas. Nació en el Hospital de esta misma ciudad, donde recibió el título de “Campeón”, porque entonces se escribían en una pizarra los nombres de los niños que venían al mundo con la indicación de su peso y medidas y Manuel resultó el mayor de los nacidos ahí en aquel día. Fue llevado sin tardar a la pila bautismal de la Iglesia Parroquial del Sagrado Corazón, por sus padrinos, hermano y hermana del papá, a quienes Manuel profesó siempre tierno afecto.
Su infancia se desarrolló tranquila y feliz en el seno de su familia, donde disfrutó todo lo que se puede desear para un niño. Fue querido de Dios y de sus padres.
En el dominio de la instrucción dio sus primeros pasos en un Kinder Garden, dirigido por una excelente maestra. Más tarde, cuando los tres varones llegaron a la edad escolar, sus padres los matricularon en el Instituto Regiomontano, dirigido por los Hermanos de las Escuelas Cristianas y que tenía por entonces como Director al Hermano Marcelino Lacás, de venerada memoria en Monterrey.
Manuel Marroquín Morales
Lorenzo González Kipper
Juan Farías Volpe
En 1ero. de Primaria, en el Instituto Regiomontano.
Con la Señorita Emma.
Manuelito, como lo llamaban sus padres, hizo su primera comunión el 27 de junio de 1947, con un numeroso grupo de alumnos del Instituto Regiomontano, preparado con esmero a este acto. Recibieron a Jesús Sacramentado de manos de Monseñor Guillermo Tristschler y Córdoba, Arzobispo de Monterrey, quien murió en 1952 con reputación de santidad.
En 1954, año crucial para la vida de Manuel, quien terminaba su tercero de Secundaria y estaba dispuesto a renunciar a todo para seguir al Divino Maestro. Entonces la voz de Dios se hizo más apremiante. ¿Quieres tú trabajar en la viña como religioso educador? “Sí lo quiero” contestó- Y entonces se selló el pacto de amor entre él y Jesús.
Pero cuando manifestó a los suyos el deseo de entrar a nuestro Noviciado Menor de Tlalpan, se encontró con una oposición categórica: sus padres le aconsejaron que terminara su secundaria y, si persistía después en su propósito, se le dejaría libre y sus mismos padres lo llevarían a Tlalpan. La familia entera estuvo de acuerdo y Manuel, encantado de que sus padres consentían, en principio, su ingreso con los Hermanos.
Su formación religiosa:
El Hermano Reclutador lo dirigió y sostuvo en la prueba hasta obtener el consentimiento completo y su ingreso al Noviciado Menor de Tlalpan fue el 22 de agosto de 1953.
Tres años estuvo en esta casa. La gracia de Dios afianzó aún más esta alma generosa al servicio de Dios y lo preparó mediante la oración, el espíritu de sacrificio y la prudente dirección de sus formadores, a nuevos adelantos en la vía de la perfección.
El 25 de noviembre de 1955, Manuel Marroquín pasó con el grupo de sus compañeros al Noviciado, contiguo al Noviciado Menor de Tlalpan y, el 1° de febrero de 1956 tuvo la dicha de revestir el hábito religioso y recibir el nombre de Hermano Benjamín Leopoldo.
Uno de sus formadores que lo trató y lo siguió durante más de cinco años, ha podido decirnos lo siguiente:
“Manuel era un sujeto de buena y grande influencia sobre sus condiscípulos. Muy íntegro y bien equilibrado, podía hablar sobre temas muy variados. Su carácter era muy sociable. Ya en el Noviciado Menor era el alma de grupos que se formaban gustosos a su alrededor y todos le llamaban afectuosamente “Marro”.
Lo buscaban, pues ya manifestaba una notable madurez en sus apreciaciones, muy por encima de la de sus compañeros.
En el Noviciado sus cualidades se perfeccionaron. Eran un ejemplo de buen espíritu y de buen humor. Su característica fue siempre la alegría y el entusiasmo en el servicio de Dios.
Su caridad, así como abnegación eran notables. Nunca se le vio desunido o egoísta, aunque era de una familia acomodada, no le gustaba distinguirse de los demás en todo lo que fuera. Vestía con entera sencillez, muy lejos de alardear de cualquier cosa.
Hablar de su delicadeza de alma sería cosa superflua, pues nunca se rebajaba ni en sus chistes ni en las conversaciones. Alma que llevaba la frente muy alta, que practicaba la austeridad alegre y tenía la nobleza de una educación esmeradísima”.
Sus formadores opinaron de él: “que era un joven Hermano de muy buena salud, una inteligencia privilegiada, con iniciativa y de una gran educación, juicio seguro, generoso y muy sociable, estimado por todos, obediente, tiene una piedad sincera e ilustrada. Un gran Hermano en el futuro”.[1]
En el Escolasticado de Coyoacán, a donde pasó del 25 de enero de 1957, después de la emisión de sus primeros votos de religión, siguió con el mismo impulso en la vía de la perfección.
[1] Evaluación de los HH. novicios durante el Noviciado, Archivo Casa Central de México
Su misión apostólica:
El 1º de julio de 1961 Zacatecas vino a ser su primer campo de aposto-lado oficial, donde pudo dar libre curso a su afán de llevar las almas a Dios, con todo el vigor y entusiasmo de sus 25 años.
Uno de sus colegas de entonces, al hablar del Hermano Manuel Marro-quín, se expresa así:
“Para mí, haber convivido con este Hermano, fue una hermosa experiencia que, rubricada con la muerte trágica, me dejó un recuerdo imborrable. Fue un prospecto extraordinario de religioso sabio y santo, metas ambas a las que abocaban sus brillantes cualidades de mente y corazón y las que seguramente habría alcanzado”.
Otro de sus Hermanos de comunidad en Zacatecas, dice: “Tuve la oportunidad de convivir con el Hermano Manuel Marroquín más de tres años. Debo aclarar, con toda sinceridad, que: Como educador tendía con ejemplar constancia a completar su formación intelectual y pedagógica; como prueba de ello están los exámenes de la Escuela Normal Superior, que sustentaba brillantemente, de año en año, sin perjudicar a la preparación esmerada de sus lecciones. De estas, la de Catecismo tenía todas sus preferencias, así es como lo veíamos consultar asiduamente las obras de doctrina del Santo Fundador y otros buenos autores, con el objeto de asegurar la eficacia de sus instrucciones catequéticas.
Como amigo y cohermano de comunidad, nos llenaba de admiración su cariño y abnegación. Nunca le vi rehusar, a nadie, cualquier servicio que se le pedía.
En fin, como religioso se puede afirmar que era todo de Dios. Hacía sus ejercicios espirituales con toda regularidad. Su meditación, preparada siempre por escrito; su examen particular, apuntado todos los días; todo esto manifiesta la calidad de un excelente religioso, un verdadero Hermano de las Escuelas Cristianas,
El Hermano Visitador del Distrito agrega: [1]
Entre las notas espirituales del H. Manuel Marroquín, hay 54 libretas de preparación de sus meditaciones, sin contar las hojas sueltas sobre el mismo asunto. Su libreta de retiros mensuales señala con frecuencia el silencio como un punto que ha de vigilar, para lo cual utiliza en sus meditaciones pasajes de Sor Isabel de la Trinidad que se refieren al silencio; manifiesta que su confesor le impulsa hacia la oración contemplativa.
El día que precedió a su muerte, pasa su examen de Escrituraria. Ya poseía el curso Superior: Ascética e Historia. Iba a terminar la Normal Superior, habiendo presentado, con este objeto su examen el 11 de diciembre.
El último día de su vida, sin duda, como preparación al año nuevo, medita sobre la Circuncisión: El espíritu de este misterio es el sufrimiento de Jesús al entrar en el mundo y cómo busca constantemente las ocasiones de sufrir por nosotros
He aquí el contraste, yo me aparto de las ocasiones de padecer... Y toma resoluciones: “ayuno de Regla de la semana, ni pan, ni tortilla, solo frijoles” Examen concienzudo y a fondo. Examen particular bien hecho. ¿Cuándo haré mis cuatro recolecciones?
[1] Hno Víctor Bertrand en la Salle en México Norte febrero 1965ne
ACOMPAÑANDO A LA RELIQUIA DEL SANTO FUNDADOR . EL HERMANO VISITAROR Y A SU LADO EL HERMANO MANUEL MARROQUÍN.
Fue en el momento en que lo halló la muerte... Estaba maduro para el cielo... Produce una verdadera edificación alrededor de él. En sus notas del último retiro decía: “La muerte: un encuentro con Jesús, definitivo, único”.
Volviendo a leer sus cartas, encontramos hermosos pasajes, escritos con mano firme. De una carta a su mamá, durante el Noviciado, leemos: “Aquí la vida corre tranquila, ocupada en el estudio, en trabajos y en la oración. Jesús transforma las almas. Pídele por mí la ductilidad necesaria para que me deje modelar”.
A su hermano Leopoldo, de 25 años y graduado de Licenciado, le escribió:
“Deseo que tú sigas el camino que Dios te trazará. En cuanto a nosotros, aquí, repetimos modestamente con el apóstol “Por el amor a Jesús, quise perder todos los bienes terrenales, como basura, con el fin de poseer a Cristo”. La verdadera manera de conseguir la dicha es proporcionándola a los demás.
Se me dice que mi hermana Bertha es toda una ama de casa, siempre lista y atenta en prestar servicio. Esto es maravilloso; pienso que esto contribuirá a la formación de todo el mundo...”
Una carta a su Mamá, del 27 XI 1961:
“Comprendo la satisfacción tuya y la de papá, de poder mandarme cosas por la Navidad. Pero han de comprender que los superiores han de velar por la uniformidad de la vida religiosa y, los regalos personales son contrarios a esta uniformidad”.
A su Hermana Martha:
“Después de meses de actividades Scouts y de Colegio, me encuentro con una cantidad de trabajo, como nunca antes había tenido.
Navidad se acerca; te aconsejo que desde ahora prepares tu fiesta de Navidad. La Liturgia nos dice “que no serviría de nada que Cristo naciera en Belén, si antes no nace en nuestros corazones”. Te invito pues, a penetrarte del sentido del nacimiento del Salvador. Menos importancia al exterior de la fiesta: ruidos, música, ornamentos, comidas; para que te penetres interiormente del espíritu del Nacimiento de Jesús en nosotros”.
Esta hermana Martha, que por lo visto es su corresponsal preferida, dice de él que la música le encantaba. Siendo alumno pertenecía a la Banda de Música del Instituto Regiomontano, donde tocaba el trombón. Desde pequeño aprendió la guitarra y llegó a dominarla perfectamente. Tocaba también el piano y, más tarde, siendo religioso, gustaba tocar el órgano con expresión, de lo cual estábamos maravillados. Los discos de música clásica, eran muy de su gusto.
Hizo la ascensión del Popocatépetl el 5 de noviembre de 1955, con un grupo de Hermanos.
Debido a una cuestión urgente de administración, el Hermano Manuel Marroquín tuvo que dejar su querida primera comunidad de Zacatecas, donde estaba muy a gusto y se le apreciaba en alto grado para ser trasladado a Durango, para hacerse cargo allí del tercer año de Secundaria.
El religioso perfectamente obediente y cuya donación a Dios era tan completa, no podía menos que acertar en Durango. En efecto, sus nuevos discípulos no tardaron en apreciarlo y se entusiasmaron con su nuevo profesor.
Las autoridades y la población se dieron cuenta de que poseían un educador religioso excelente y la impresión subsistió y la estima fue creciendo hasta que Nuestro Señor, en sus designios infinitamente buenos y misericordiosos, determinó llamarlo a la recompensa eterna, el 31 de diciembre de 1964.
Las comunidades de Durango y San Juan de los Lagos acordaron tomar unos días de vacaciones en Purificación, Jal. tierra del Hermano Bernardo Zepeda. Felices pasaron unos días y aprovecharon para ir a Barra de Navidad a nadar un poco en el mar y regresar a Purificación. El 31 de diciembre habían quedado en regresar a Guadalajara para pasar año nuevo con la Comunidad y después dirigirse a León, donde se llevaría a cabo el festejo de los 50 años de vida del Hermano Visitador, Víctor Bertrand, pero el Señor los encontró en el camino.
Relato del accidente:
El automóvil de la Comunidad de San Juan de los Lagos, ocupado por cuatro Hermanos, regresaba de sus vacaciones a una hora un poco tardía y habían pedido al Hermano Manuel que manejara el automóvil hasta Guadalajara.
Así relataron el accidente: “El viaje, sin ningún incidente hasta las siete cuarenta y cinco en que, al bajar un columpio de la carretera, poco después de pasar Cocula, a unos 75 km de Guadalajara, nos encontramos con el carro de San Juan estrellado con un autobús de La Alteña.
“Los Hermanos del otro automóvil bajaron inmediatamente... encontramos que los pasajeros del autobús trataban de auxiliarlos. Nos unimos a ellos y bajamos uno a uno a nuestros heridos. Lamentablemente tres de ellos semiconscientes. El primero en bajar fue Marcelino, luego el H. Bruno, el H. Zepeda y, por último el Hermano Manuel, que estaba prensado en su asiento con la puerta del carro y se quejaba de un dolor intenso en el tórax y de la imposibilidad de respirar; era quien más tenía consciencia. El Hermano Marcelino, inconsciente, ni siquiera se quejaba, unos diez minutos después de la llegada de los Hermanos, Marcelino movió algo el cuerpo y soltó los brazos, quedando sin vida antes de poderlo sacar del carro.
El Señor Cura de Cocula, sabiendo del accidente, manda traer la ambulancia y él va al lugar del siniestro para auxiliar a los heridos y dar la absolución, bajo condición, y los santos oleos a los inconscientes.
La ambulancia llegó como a las diez y media de la noche y empezó la tarea, con mucho cuidado, de subir a nuestros heridos, primeramente Marcelino, después Bruno, seguido por el Hermano Zepeda y por último al Hermano Manuel Marroquín, quien falleció al poco tiempo de ir en la ambulancia” [1].
A petición de sus padres, los restos del Hermano Manuel Marroquín fueron llevados a Monterrey. La sociedad entera de aquella gran urbe se conmovió y el desfile ante el ataúd de nuestro querido Hermano vino a ser interminable.
Personajes de relieve y gran número de parientes y amigos tomaron parte en el entierro.
De una carta de pésame de uno de los nuestros. La mamá del muy estimado desaparecido contestó:
“Agradezco de todo corazón las frases de condolencia y de profundo afecto a nuestro amadísimo Manuel, que Dios Nuestro Señor ha llamado cerca de Él en temprana edad, para premiar su donación total y su entero acatamiento a su santísima voluntad... Yo me lo imagino aún en vida pronunciando esta oración: “ Señor, si la ocasión de ofenderte gravemente se me presenta, quítame la vida antes de ofenderte y muera en tu gracia.” Dios solo sabe el porqué de esta ida súbita...
Que se cumpla su santísima voluntad”.
¿Quién podrá afirmar que no hay santos en el siglo XX?
Una carta de uno de sus formadores del Regiomontano, dirigida a los papás de nuestro querido Hermano:
“Desde que tuve la felicidad de vivir en Monterrey, en 1950, y he contado dentro de mis primeros alumnos a sus hijos, admiraba las bellas cualidades de Manuel Marroquín. Como Hermano y amigo sufro por esta pérdida temporal de una vida preciosa y ejemplar. Con magnánimo corazón lo había ofrecido a Dios, que lo llama entre los sujetos de predilección. Hoy, en la flor de la edad, lo ha encontrado maduro para las delicias del cielo. Tienen ahora ustedes un intercesor ante Dios; y a nosotros nos queda una luminosa imagen de su vida y del perfume de sus virtudes. Como lasallista yo los felicito por habernos dado un sujeto tan insigne, quien desde ahora “brilla como una estrella de primera magnitud por toda la eternidad en el firmamento de la Iglesia y del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas” [2].
He aquí una oración que su hermana Martha compuso dos días después de la muerte de su hermano Manuel:
“Señor Jesús:
Aquí estamos pidiéndote por el eterno descanso del alma de Manuel y, al mismo tiempo que nos amarga esta pena tan grande, queremos, Señor, darte las gracias. Sí, darte las gracias porque te fijaste en nuestra familia para escoger a tu predilecto; darte las gracias porque nos diste por hermano a Manuel; porque nos permitiste que cantáramos y riéramos juntos; y también que rezamos en familia.
Te decimos, Señor, que no somos dignos de esta distinción que nos hace sentirnos tan orgullosos y te pedimos que las dos virtudes que él tanto amaba, vengan a reinar en nuestra casa: la humildad y el silencio. La humildad que hace a los hombres capaces de cosas grandes y, el silencio que permite escuchar con claridad la voz de Dios.
Los recuerdos de Manuel son muchos e imborrables; su espíritu no desapareció nunca de nuestra casa, aun después de que nos dejó por Ti, Señor. Y ahora, más que entonces, lo sentimos presente, lo sentimos en nosotros, fuertemente unido a nuestro espíritu y a nuestras vidas. Que el perfume de su vida pura quede en cada uno de nosotros, porque estamos seguros de que Manuel, nuestro hermano querido, está contigo y, tú Señor, estás con él. Amén.
En Durango se celebraron solemnes funerales, grandemente concurridos y muy impresionantes, cuyo recuerdo perdura mucho tiempo.
La noticia del trágico suceso corrió por toda la ciudad de Durango; de parte del Colegio se ruega a las familias que atrasen la entrada a clases; el Señor Arzobispo, Don Antonio López Aviña, envía su “paternal pésame”, de su puño y letra y preside la Eucaristía por el eterno descanso del Hermano Manuel; la Sociedad de Padres de Familia y el Grupo Scout Uno, invitan a varias misas para pedir a Dios por su amigo y su jefe scout.
En el curso del año que siguió, se sintió visiblemente un aumento de simpatía hacia los Hermanos. Más de una docena de jóvenes estudiantes de nuestro Colegio de Durango, ingresaron al Aspirantado de León.
Tenemos pues, en el cielo, un protector más, que sigue trabajando por su amadísima Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
“Nada se ha dado, mientras no se dé todo”. Tal era su máxima preferida.
Hno. Juan Ignacio Alba Ornelas
[1] La Salle en México III Bernardo Grousset páginas 110 y 111
[2] Hno. Jorge García Abaroa.