HNO. ALFREDO SÁNCHEZ NAVARRETE
(HERMANO ALFREDO FELIPE)
* 28 de septiembre de 1918 + 29 de diciembre de 2016
HNO. ALFREDO SÁNCHEZ NAVARRETE
(HERMANO ALFREDO FELIPE)
* 28 de septiembre de 1918 + 29 de diciembre de 2016
Introducción:
Escribir sobre el Hermano Alfredo ha sido un reto pero, la vez, descubrir un camino especial y quedar admirado cómo el Señor, preparó sus manos para un toque diferente, ya que en su andar supo despertar ternura, afecto, consuelo y amistad. Con ellas pudo brindar educación y servicio y sostuvo a los pequeños, les ayudó a construir y orientar sus vidas…
El Señor lo llevó por un camino distinto y supo recorrer sus días sin cansancio ni excusas y llevar la carga de la limitación de salud, anunciando la buena noticia, el buen humor, el buen semblante, la buena fe, sin desánimo y con alegría. Has sido, Hermano Alfredo, un Hermano especial pero, a la vez, un ejemplo de vida y de congruencia con el llamado de Dios, fiel a tus principios, observante de tu Regla y, sobre todo, cultivaste un gran amor y cercanía con el Señor, que te llamó a temprana edad.
Sus primeros años y el hogar que lo vio nacer
El Hermano Alfredo es originario de la ciudad de México, nacido bajo la sombra del Tepeyac, de la bendita imagen de María Santísima de Guadalupe; es en la Villa de Guadalupe, al norte de la ciudad, el lugar donde ve por primera vez la luz el 28 de septiembre de 1918. Fue el cuarto de 11 hijos, 6 varones y 5 mujeres, con los que Dios bendijo a la familia formada por don Jesús Sánchez Cervantes y doña María del Rosario Navarrete Salas. En la familia el nombre de Dios y el amor incondicional a los mandamientos del Señor son aprendidos por los hijos, viendo el ejemplo de sus padres, quienes fueron sus primeros catequistas, y quienes enseñaron el nombre de Dios a sus hijos.
Seguro que sus padres se cambiaron al rumbo de Mixcoac, pues en una fotografía de 1929 encontramos al Hermano Alfredo en la clase de 5º grado de Primaria, que era regenteada por el Hermano Ángel Gálvez y, tenía como compañeros a otros tres notables lasallistas, los futuros Hermanos Víctor Córdoba, Javier Bordes y Leopoldo Narro, como alumnos del Colegio Francés del Zacatito. Parece que solo cursó cuarto y quinto de Primaria en este colegio, porque ya para sexto de primaria lo encontramos en Tacubaya como Novicio Menor.
Su entrada al Noviciado Menor:
El Hermano reclutador invita a Alfredo a ser Hermano y le dice vente conmigo, así que el Hermano va a la casa del futuro Hermano Alfredo a entrevistarse con sus papás.
Su hermano Federico, hace un recuerdo del momento en que el Hermano Alfredo le comunica a su papá el deseo de ser religioso hermano y de la visita del Hermano a su casa: “Cuando llegó el Hermano reclutador a mi casa, no recuerdo su nombre, mi papá sabiamente le preguntó a Alfredo ¿quieres ser educador? Si quiero, respondió.
Se establece un diálogo muy interesante entre los dos: Alfredito le dice a su papá que quiere irse de religioso, su papá le dice: Entonces te voy a poner a prueba y ¿cuál va a ser la prueba? Que demuestres durante un año que quieres ser religioso y educador.
Le retó con varias pruebas para ver si realmente tenía el deseo de ser religioso y, le dijo: ¿cómo lo vas a demostrar?; él le dijo: todo lo que tú quieras lo hago, te voy a probar a ver si tienes madera para religioso, y le dijo ¿Cuál es tu apoyo? La prueba era que durante un año demostrara lo que quería ser. Bastaba una mirada para que él obedeciera, y nosotros, nos aprovechábamos de su bondad para molestarlo y “jorobarlo”[1].
El día de la entrada al Noviciado Menor, sus papás le dieron la bendición y se fue de la casa”[1]. y sus compañeros formaron parte de una tercera generación de Hermanos, por los cuales los superiores de ese tiempo supieron arriesgarse y lanzarse ciegamente al peligro, por el amor al Instituto, abriendo el Noviciado Menor de Tacubaya, en tiempos de inseguridad, inestabilidad y persecución por la recién terminada guerra Cristera y por la implantación de la educación socialista y, comprendieron muy bien que, sangre nueva era el futuro del Instituto en México, por eso no escatimaron nada.
Cuatro muchachos se arriesgaron, se lanzaron y supieron afrontar lo desconocido y comprometer sus vidas con el plan del Señor Jesús en las filas de los Hermanos de la Salle; plan que Dios les propuso y que ellos supieron comprometer su futuro, sin saber de antemano si iba a ser fácil o difícil, si serían capaces de superar dificultades y si serían felices… ellos supieron poner sus vidas en las manos de Dios y poner la certeza de su Sí, en las manos de quien los llamó a su servicio y que prometió que a quienes corran el riesgo de entregarse les premiará con el ciento por uno, en esta vida y la vida eterna en el otro.
El Hermano Alfredo ingresó al Noviciado Menor de Tacubaya el 3 de diciembre de 1930, proveniente del Colegio Francés del Zacatito; tuvo como formadores a los Hermanos Dosas Lucien y al Hermano José Valenzuela, a quien siempre le profesó un gran cariño y admiración; cuando hablaba de él, era todo alabanzas y manifestación de cariño a su persona.
Su estancia en el Noviciado Menor fue de cuatro años, en un ambiente de piedad y generosidad de esos jovencitos que se atrevían a arriesgar su vida en una época de persecución religiosa, donde se tenía que vivir a salto de mata, escondiendo los objetos religiosos y, buscando que no se encontraran en ningún lugar de la casa los libros de oraciones y cantos, cada novicio menor los ponía en una bolsa y los encargados los iban a esconder en el sótano, bien disimulado por una escalerilla corrediza; la santa Misa se celebraba en el salón de canto y el Santísimo se hallaba habitualmente oculto dentro de un reloj de pared, que servía como sagrario, en el recibidor de la casa.
[1]Testimonio oral del Ing. Federico Sánchez Navarrete.
[1] Extracto de videos enviados por su Hermano Federico ya de 100 años de edad.
NOVICIADO MENOR DE TACUBAYA, 1933. EL HERMANO ALFREDO, PRIMERA FILA, DE PIE, EL SEGUNDO. Esta foto es muy interesante porque aparecen los Hermanos Escolásticos: Javier Velázquez, X, Manuel González, Miguel Martínez, y José Manuel Ramírez Stone, el Hermano Director era José Valenzuela, ayudado por los HH. Antonio María Lozano, Adilbet
Ingreso al Noviciado:
Las casas de formación peligraban en México y el Consejo tomó tres resoluciones. La tercera es la que afectó al futuro Hermano Alfredo Felipe, que recomendaba “Tomar todas las precauciones dictadas por la prudencia para no atraer la atención exterior, en particular al salir de paseo” y, con todo, los sucesos se precipitan y los Superiores, el 11 de abril de 1934 invitan a los novicios a comenzar a hacer los trámites para salir y, que, libremente tomen la decisión; todos permanecen y pronto llegan los permisos legalizados de los padres para la expatriación. El 30 de abril arranca el tren con 22 “proscritos”.
Muchos papás van a la estación a dar el último adiós a sus hijos; las lágrimas corren… fueron momentos de gran emotividad. 13 novicios y siete postulantes, entre los que iba el Hermano
Pasan pronto los meses de Postulantado y el 24 de diciembre de 1934, con 8 compañeros tomó el Hábito de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Junto con el Hábito recibió nombre de Hermano Alfredo Felipe, un nuevo testamento, un crucifijo y un rosario de seis decenas. La ceremonia fue en la casa de Magnolia, en Lafayette, Luisiana, que revistió una gran solemnidad y, la presencia de los novicios norteamericanos, acompañados de sus formadores, los Hermanos Amable, Dtr., Anatolien Alfred Subdtr.
NOVICIADO DE LAFAYETTE ENTRE ELLOS SE DISTINGUEN LOS HH primera fila 3º H. José Aceves, 5º H. Alfredo Sánchez N. segunda fila: 3º. Bernardo Zepeda, 4º Pedro Córdoba, Gabriel Caballero. Rafael Martínez, última fila 1º Leopoldo NarAlfredo y sus dos formadores, los Hermanos Benildo Justino y Barnabé Marie.
NOVICIADO DE LAFAYETTE ENTRE ELLOS SE DISTINGUEN LOS HH primera fila 3º H. José Aceves, 5º H. Alfredo Sánchez N. segunda fila: 3º. Bernardo Zepeda, 4º Pedro Córdoba, Gabriel Caballero. Rafael Martínez, última fila 1º Leopoldo NarAlfredo y sus dos formadores, los Hermanos Benildo Justino y Barnabé Marie.
y los HH. Celcien Abel, Clément Martial, antiguos Hermanos del Distrito de México antes de 1914. Sus compañeros de toma de hábito que perseveraron fueron los HH.: José Aceves Magdaleno y Leopoldo Narro Siller.
Pronto pasaron los 12 meses de noviciado, con largas meditaciones y lecturas, el aprendizaje del Método de Oración, de nuestro Santo Fundador y el estudio de sus escritos y de su espiritualidad. El 26 de diciembre de 1935, hace su primera profesión, en la cual el Hermano Alfredo se consagra para toda su vida al Señor y que refrendará años más tarde con su profesión perpetua.
Escolasticado: Las Vegas, Nuevo México, U.S.A
Enero de 1936. El Hermano Alfredo y sus compañeros se trasladan al escolasticado de Las Vegas, Nuevo México. Los Hermanos americanos tenían su casa de estudios y cedieron una parte del edificio; se seguían estudios de Secundaria y Preparatoria de México. Todos los profesores eran mexicanos; al mismo tiempo estudiaban el inglés y las disciplinas pedagógicas indispensables para su futura misión.
Para los Hermanos escolásticos mexicanos se seguían los programas oficiales de estudio de las secundarias mexicanas, pero ampliados, además de estudios académicos pedagógicos, sin olvidar la Teología de la vida religiosa. La lengua inglesa recibía una atención particular y los hermanos escolásticos mexicanos la aprendieron bien. El Hermano Alfredo va a recibir el apodo del Mister Navarrete, por los años que impartió las clases de inglés en Gómez Palacio.
Las noticias de la Patria lejana eran malas: colegios robados y saqueados.
Nuestros Hermanos que habían permanecido al pie del cañón tenían que cambiar continuamente de casa con todos los alumnos. Eran perseguidos como viles malhechores, por instruir a la niñez… monstruosas contradicciones de la revolución que quería redimir al proletariado.
La educación socialista, única permitida, estaba en todo su apogeo. Maestros preparados en Rusia trataban por todos los medios pervertir a la niñez mexicana… arrancarles la idea de Dios e inyectarles el odio a todo, aun a sus compatriotas. En las fiestas patrias la bandera tricolor fue reemplazada por la rojinegra de la hoz y el martillo. Todo esto reavivaba el ardor para rescatar la Patria de las garras del comunismo.
El director del Escolasticado fue el sabio Hermano Bautista Fernando Anzorena, ayudado por los HH.: José Elcoro, Rafael Martínez, Pedro Córdoba y Javier Bordes que, siendo escolásticos, estos tres últimos, tenían una mayor cultura.
El Hermano Alfredo como religioso, visto por los superiores:
Durante el tiempo de votos temporales, los Hermanos tienen que ser evaluados cada vez que renuevan sus votos. Los Superiores hacen una evaluación muy seria del Hermano, como ser humano, como educador y como religioso.
En una nota encontrada sobre el Hermano Alfredo, en un apunte de retiro de preparación a la renovación de sus compromisos como religioso, quien esas notas escribió, lo dibuja como un buen y fiel religioso, así lo relata de la siguiente forma:
H. Alfredo Felipe: Muy buen religioso, respetuoso con sus Superiores, muy abnegado en clase. Buena autoridad disciplinaria y moral. Muy buenas relaciones con los Hermanos [1].
Años más tarde, según parece, el Superior le entregó una nota en que se le valoraba como: Muy buen religioso, piadoso, a pesar de sus enfermedades, puntual. Muy respetuoso de la Regla, amable y servicial. No critica nunca, no tiene dudas sobre su vocación y ama su estado como religioso.
En clase: amable, buena autoridad, metódico en sus exposiciones y con gran celo apostólico.
[1] Tiene la fecha de 15 de septiembre de 1940 sin que aparezca quien la hizo.
Es muy seguro que estos juicios emitidos provengan de algún Superior y eran garantía del amor del Hermano Alfredo por su vocación religiosa y por su consagración total al Señor, expresada en su diario vivir.
Inicio de la misión educadora del Hermano Alfredo:
Por ese entonces, un grupo de Hnos, Lasallistas tenían en la ciudad de México dos primarias clandestinas;
en una de ellas funcionaba también una secundaria disfrazada de Academia de Comercio, misma que era dirigida por dos connotados Lasallistas, los Hermanos Jean Fromental Cayroche y nuestro inolvidable maestro de Matemáticas, Jean Paúl Ayel Fayet, conocido por todos como “mesíe Pol” -Monsieur Paul-. Con el tiempo la escuela cambió de nombre a, Nicolás Bravo, siendo su director otro Hermano, muy conocido de todos, el Hermano Carlos Thierry y los inspectores eran los Hermanos Aniceto Villalba y Ángel Campuzano.
Al terminar sus estudios como Hermano escolástico en Las Vegas, el Hno. Alfredo regresó a México y fue destinado, precisamente, a uno de estos colegios semi clandestinos, como profesor de cuarto de primaria, en el local de Serapio Rendón, era el 8 de enero de 1938. Los grupos consistían en que la escuela tenía 3 o cuatro locales a donde cambiarse de un lugar a otro y, por la mañana, avisar dónde serían las clases ese día, en dado caso que hubiera una denuncia y el gobierno intentara cerrar la escuela; por otra parte, fue de admirar la fidelidad de los Padres de Familia a la obra de la Salle, para mantener a sus hijos en las escuelas. Al año siguiente, al querer iniciar el nuevo curso escolar, el Hermano director, Carlos Thierry, se percató que la escuela tenía una denuncia; la comunidad religiosa que estaba destinada a la escuela La Salle, de Lucerna 29, fue abandonada y los Hermanos fueron enviados a la Laguna.
Camino a donde el desierto florece. Por primera vez Fundador
Al ver los Superiores que en la Capital había dificultades deciden ir a las ciudades del interior del país a fundar escuelas, es así como se abrió Puebla, Saltillo y, en 1939, La Región Lagunera.
Los Hermanos que llegaron a la Laguna fueron: Antonio Guerra, José Sánchez Espinoza, Alfonso Langle, Vicente Larrauri, Alfredo Sánchez Navarrete y Alberto Sánchez, bajo la dirección del Hermano Carlos Thierry.
“El ocho de febrero de 1939 fue la fecha escogida para empezar el curso escolar; fue una fecha insólita, ya que los cursos en esa parte del país se iniciaban en septiembre. La explicación es muy sencilla: el personal lasallista que trabajaba en el centro del país solo podía quedar disponible en enero. En esa fecha nace una esperanza… se inicia una nueva jornada.
Brilla por primera vez la estrella lasallista en el cielo lagunero; hombres emprendedores y maestros de temple hacen posible la fundación del Instituto Francés de la Laguna”[1].
[1] La Salle en México II página 153, Bernardo Alfonso Grousset
Como en toda escuela lasallista, la educación absorbe todas las capacidades de los discípulos de San Juan Bautista de La Salle; sus energías vibran en función del niño y del joven que tienen que educar, formar y preparar para la vida. El horario escolar era discontinuo, la presencia del Hermano Alfredo en las entradas y recreos era admirable.
Siempre atento, saludaba a todos y, para cada uno tenía una palabra o un gesto de aprecio. Sus clases, excelentemente preparadas, así como sus cuadernos corregidos con delicadeza, hasta el último detalle, pronto comenzó a destacar su clase por el buen orden, disciplina y aprendizaje.
En 1940 se funda la orquesta del IFL y, fue para la población un asombro ver cómo se supo inyectar el gusto estético en niños y jóvenes. El Hermano Alfredo colaboró tocando el contrabajo en la orquesta y enseñando a las nuevas generaciones el arte de tocar este instrumento, hasta que fue cambiado a Guadalajara.
Después de un retiro de treinta días, realizado en Saltillo, el 15 de agosto de 1943, el Hermano Alfredo Felipe (Alfredo Sánchez Navarrete y Alejandro Estanislao (José Aceves), ambos de la comunidad de Gómez Palacio, realizaron su Profesión Perpetua. Su consagración a Dios fue para toda la vida, consagración que renovó diariamente, como él lo escribió: el Santo Hermano Asistente, Nivard Joseph, me escribió hace años. Que cada día, a hora determinada, agradezca a Nuestro Señor la gracia de mi vocación y renueve mi consagración
Estando en Gómez Palacio, como Hermano joven, fue desahuciado. El horizonte del médico no era para nada el horizonte de Dios. Y desde entonces, el camino del Hermano y su caminar, fueron de dolor y enfermedad, llevada con gran valentía y entereza; el dolor no lo dobló, sus labios permanecieron cerrados a la queja y a la amargura; todo lo contrario, fue siempre un Hermano activo, alegre, atento, servicial, con la sonrisa en sus labios; en momentos fue exigente, como lo había sido con él mismo.
En 1942 fue retirado de la clase, por su estado de salud, y como la comunidad había recibido el cambio del Hermano Alfonso Fidel, que era el ecónomo, fue el Hermano Alfredo quien tomó ese empleo, que lo hizo con gran dedicación y entrega, a pesar de su estado de salud[1].
De joven se ha de haber hecho una conciencia muy acendrada de que el primero a servir es Jesús y, en Jesús se sirve a sus hermanos; su recorrido ha sido el de un Hermano sencillo, al que le asignaron clases de primaria. Más tarde fue maestro de inglés, de donde le vino el nombre de Míster. Su gran pasión fueron los niños y, más, cuando estuvo de prefecto de internos chicos, niños de primaria que llegaban al Instituto Francés y, todos encontraron en él al papá cariñoso, justo y que los formó; prueba de ello es que, a más de cincuenta años, aún lo frecuentaban.
El Hermano Alfredo, fundador del Colegio de Guadalajara
El mes de julio de 1944 se buscan varias casas, con el fin de establecer el Colegio. Se encuentra una en Hidalgo 73 y 75, cuya renta es de 450 pesos mensuales. Después de muchas idas y vueltas los dueños accedieron a rentarla. La comunidad y el futuro Colegio se pusieron bajo la protección del Sagrado Corazón de Jesús y del Hermano Miguel Febres Cordero.
El cuarto en llegar fue el Hermano Alfredo Felipe que, después de mucho tocar y esperar, pues encontró todo cerrado con llave y, nadie le oía; fue recibido como miembro de la Comunidad, que edifica con su amabilidad, su caridad y delicadeza para con todos.
Pronto tienen su primer paseo, que fue a Puente Grande, gracias al coche del Señor Manuel González, que prestó al Hermano Director, su hermano carnal. Igualmente, toda la comunidad fue de peregrinación a Nuestra Señora de Zapopan, a pie, desde el centro de Guadalajara.
La primera Misa en la comunidad fue celebrada por el R.P. Javier Nuño y, ese día se quedó Jesús Hostia en una pobre capillita, que era un cuarto anexo a la sala de comunidad, donde tenían que usar el corredor para poder caber, ya que los espacios eran demasiado reducidos.
[1] Suplément a l´historique pour l´année 1942
La Comunidad quedó constituida por el Hno. Salvador Pérez, solo por la fundación, y los Hermanos José González, Dtr, Leopoldo Angulo, Rafael Pulido, Alfredo Sánchez Navarrete e Ivo Hernández, como cocinero, fueron los pioneros. Los HH. José Luis Casillas y Salvador Yeo, llegaron en diciembre. El primer día de clase fue el 4 de septiembre de 1944, con 50 alumnos, que pronto aumentan y, después de las fiestas Patrias ya eran 82, en tres clases: 1º y 2º con el Hermano Rafael Pulido, 3º y 4º con el Hermano Alfredo Sánchez N. y 5º y 6º con el Hermano Leopoldo Angulo.
En octubre se tiene la primera distribución pública de Diplomas, distinguiéndose la clase del Hermano Alfredo.
Ese año el Hermano Alfredo hace su retiro en el Simón Bolívar, presidido por el Hermano Visitador, Antonio María; de regreso pasa la Navidad, ya en comunidad, donde todos rieron por los chistes a propósito de la pobreza de la Comunidad. Su gran cena fue una especie de buñuelos que hizo el novel cocinero y, estaban tan duros que no se podían comer.
El Hermano comentaba muchos aspectos sobre la fundación y los primeros Hermanos; ejemplo de ello fue la frase de “Doy clase o vigilo” del Hermano Rafael Servín, frase que salió después de que el Hermano Alfredo le dijo: “Rafaelito, ponga más orden en su clase”. Él contaba también que en la primera navidad que pasaron en Guadalajara, el Hermano Salvador Pérez los hizo reír con chistes a propósito de la pobreza que vivíamos.
Una de las preocupaciones de la primera comunidad era ser fieles a los Ejercicios de Piedad y a la Regla; a la vez, los Hermanos preparaban la liturgia solemne en los días festivos, cantando la misa de Angelis, o Boyer”[1]
En la fiesta de final de cursos los Diplomas de los alumnos fueron realizados por el Hermano Alfredo. Gracias a su abnegación incondicional todos fueron muy lucidos y apreciados por los Padres de Familia y los alumnos.
Los viajes para los retiros se hacían en autobús, a San Luis Potosí y después a Saltillo, por tren. Al llegar a San Luis la familia del Hermano Alfredo Sánchez los recibía muy amablemente y les permitía un confortable descanso; compraban los boletos para el tren, el cual no tenía ni hora de llegada ni de salida; muchas veces se tuvo que esperar diez horas para su llegada y encontrarse que no traía lugares para sentarse, así que el viaje se hacía de pie y eran de 8 a 10 horas de viaje, siempre la estancia en San Luis, para los Hermanos de Guadalajara, de camino a Saltillo, fue un oasis de paz, alegría y buen trato por parte de la familia del buen Hermano Alfredo [2].
Pronto el crecimiento del colegio Febres Cordero echa fuera a los Hermanos, para convertir las habitaciones en salones de clase; alquilan una casa en la calle de Ogazón, que era una miniatura de casa, para la Comunidad y los primeros aspirantes (Novicios Menores ), en habitaciones que eran para dos, dormían cuatro Hermanos; fueron tiempos de muchas privaciones y sacrificios que el Hermano Alfredo vivió con alegre generosidad.
En enero de 1946 el Hermano Alfredo va a San Luis Potosí para tomar un merecido descanso, dice el histórico de Guadalajara, y ya no regresará a la Perla Tapatía.
[1] Histórico de la Comunidad de Guadalajara 1944 1946
[2] Ibid
1946. Noviciado Menor de Tlalpan
Los Superiores pensaron en darle un descanso al Hermano Alfredo, después de las operaciones sufridas y que su mal no había sido extirpado del todo, y los malestares continuaban, aunque el enfermo jamás se quejó.
“A los Novicios Menores se les dijo que era un Hermano que había perdido un riñón y parte del intestino y que los médicos le daban cuando mucho un año de vida, pero al verlo con tanto entusiasmo y energía; ¡qué sería de este Hermano si estuviera sano!, se decía. Era muy respetuoso, pero pedía, igualmente, respeto, si alguno le contestaba se exponía a que le diera una buena cachetada…
Un año pasó en Tlalpan, ayudando en algunas clases, pero sobre todo encargándose del economato y de servicios de la casa. Fue una admiración para los Novicios Menores que, sabiendo su enfermedad, lo veían fuerte, entregado a sus obligaciones, activo en los paseos y vigilancias. Fue ejemplo de piedad, amabilidad, jovialidad, generosidad y de un gran compromiso religioso, para los jóvenes aspirantes.”[1] De cariño le decían el “Borreguito”.
En 1947, el Hermano Superior General, Athanase Emilie, hace su visita al Distrito de México. El Hermano Alfredo asiste, como la mayoría de los Hermanos de ese tiempo; el encuentro con el Superior impresionó a todos los Hermanos, tanto por su personalidad, como por su palabra decidida y enérgica.
Nuevamente la Laguna
Las tierras del Nazas le reclaman y en julio de 1947 le recibe nuevamente el Instituto Francés de La Laguna, ahora con un doble trabajo: Profesor de 5º. grado y prefecto de internos chicos, niños de 1º. a 5º grados de Primaria.
El Internado de organizó en 1945, en el local que se denominaba la casa de la “Zapatera” adaptada para recibir 55 internos de Primaria Superior y de Secundaria. El Hermano Alfredo regresa dos años después y, entonces se abre el internado a alumnos de Primaria inferior y le tocó cuidar niños de 1º a 5º de Primaria. En La Salle en México 1921 a 1947 leemos: “Su rara y callada abnegación llena de paternales cuidados, casi diría maternales, cuando se trataba de internos pequeños. Su imagen quedó como estela luminosa en multitud de alumnos que no dejaban de acudir a él en busca de ayuda y consejo”.
Pobre del que se atreviera a tocar a uno de sus internos porque, aunque pacífico y amable, se volvía terrible y defendía a los suyos en todas formas.
En comunidad el Hermano Alfredo era muy amable y se prestaba para las bromas que le hacia el Hermano José Sánchez, ‘El Gordo’; este muchas veces contaba chistes, un poco de color subido y le decía al Hermano Director: miren lo que me contó Navarrete, y soltaba el chiste, el Hermano Alfredo únicamente lo recriminaba diciéndole: “Gordo, yo nunca he dicho eso” y, como que era la señal para nuevos chistes y bromas que los Hermanos reían de buena gana.
Cuando el Hermano Alfredo fue cambiado a Hermosillo, un exalumno y periodista escribió lo siguiente:
Semblanza del Hermano Alfredo.
Los terrenos de la solariega “Zapatera” se ven de pronto invadidos por siete hombres animosos que se empeñan en la tarea de convertir un hospital en un Colegio. La Laguna recibe en su seno generoso a los Lasallistas, de fecunda tradición, tanto educativa como moral.
[1] Testimonio del Hermano Ernesto Saucedo entonces novicio menor.
Las viejas arcadas del patio central, adornado con sus fuentecillas, hoy desaparecidas, fueron testigos, ya no de los gemidos y los ayes de los enfermos, sino de las risas sonoras de la infancia y juventud. Sesenta y siete niños y jóvenes laguneros acudieron a las improvisadas aulas y los siete hombres se entregaron de lleno a su labor.
El viejo edificio frente a la estación Cunard, fue poco a poco poblándose de alumnos, las actividades aumentaron
y los trabajos de los maestros también. Surge poco a poco la Banda de Guerra, primero un tambor, luego cuatro, ahora son tres bandas completas. Los días festivos se animan con veladas literario musicales, hoy desaparecidas, como las arcadas y las fuentecillas, y los artistas tuvieron una época de auge en las zarzuelas, la coral, la orquesta, pues ningún salón se quedaba sin participar. Igualmente, cambió el uniforme, primero blanco y todos los alumnos con boina francesa, réplica de la usada por el Director, luego el saco se vuelve azul marino y, después el uniforme de traje azul marino.
“La Zapatera”[1] fue abandonada a raíz del incendio que terminó con el salón de actos, testigo mudo de tantas fiestas y, el alumnado se refugió en el moderno edificio del internado.
Actor principal de la vida del Colegio, su misma alma lo fue el Hermano Alfredo. Incansable recorre toda la extensión del terreno que ocupa la escuela, vigilando, protegiendo, saludando sin distinciones y siendo querido y respetado por todos. Su paso isócrono es acelerado, inclinado su cuerpo para imprimir mayor velocidad, dándole el aspecto de un viejo cansado o una monja recatada.
Desde que Dios amanece se le ve trajinar, nunca ocioso, llenando el ámbito el Colegio con su presencia, su bolsillo provisto siempre de dulces para el que llora, víctima de los mayores, prodigando consuelo y ayuda a su paso.
[1] Uno de los lotes que forman el IFL, donde hubo una fábrica de zapatos
De su rostro, de estereotipada sonrisa, pulcramente afeitado, emana una simpatía benévola, ocultando a todo el mundo los padecimientos que sufre y que lo han llevado siete veces a la mesa de operaciones. Sus ojos azules reflejan la belleza de esta alma entregada totalmente a Dios y a los muchachos.
Generalmente de buen carácter; en comunidad gozaba mucho de la amistad de los Hermanos, sobre todo el Hermano José Sánchez Espinosa con quien el Hermano Alfredo llevaban una amistad muy especial, nacida desde el tiempo de su formación.
En las mencionadas fiestecillas es el alma misma de la velada. Desde su rincón de la orquesta, donde está feliz con su contrabajo, es el que anima con su sonrisa al novel artista, aplacándole los nervios, apuntando al que declama, modelo de calma entre la barahúnda de las bambalinas, introduce en la mano crispada y sudorosa de los artistas una sabrosa pastilla de menta, que viene a endulzar el trago amargo de aparecer ante el público.
El Hermano Alfredo ya no está en el Colegio, ahora reparte su bondad y simpatías en las áridas tierras del noroeste, pero con seguridad se acordará de esta Laguna, donde inició sus labores, cuando era apenas un mozalbete y, donde dejó, no solo su corazón moral, sino partes mismas de su cuerpo, enamorado de su misión educativa y de su amor a la juventud”[1].
Hermosillo, Colegio Regis
“La ciudad de los atardeceres escarlata, Hermosillo, ciudad que sonríe a la vida y ofrece regazo de piedra y tierra, ciudad que cincela el carácter de cada hombre y de cada niño, como la recia estampa de tu gran cerro de la Campana, callado vigía que no se ha cansado con los años”[2].
Parecería que describe el poeta no a su ciudad, sino al nuevo habitante que llega; el Hermano Alfredo es un hombre que sonríe a la vida, que ofrece lo mejor de sí mismo, que es recio como la piedra, y que la enfermedad y las contradicciones no le cansan; será un nuevo vigía en el Colegio, para que todo marche bien, y se cumplan los fines del internado.
Cuando llegaron los Hermanos, en 1955, el Colegio Regis ya contaba con un internado en tres secciones, según la edad de los alumnos; pronto superaron los 100 jóvenes y niños internos, y se requería una persona que con su dedicación y su presencia asegurara todos los servicios de alimentación, limpieza y cuidado de los internos, sin ser él, el responsable directo de los alumnos internos. El Hermano Visitador, Víctor Bertrand, pensó que el Hermano Alfredo era la persona adecuada para este servicio.
Cinco años estuvo el Hermano en esas tierras de grandes calores y de gente amable y sincera; las personas de cocina, así como la Señorita Ernestina, lo recordarán durante mucho tiempo, así como todo el personal que trabajaba en el Regis y, eso fue, gracias a que el Hermano, siempre fino y atento, supo ganarse sus corazones
Fundación del Noviciado de Lagos de Moreno
El Hermano Bernard Alphonse, desde que era visitador del Distrito, parece que había pensado en el Hermano Alfredo para que formara parte de la comunidad fundadora. Cuando ya fue nombrado, fue para él un gozo poder contar con este Hermano, tan lleno de virtudes, servicial y modelo de religioso, para el Noviciado.
En el histórico del Noviciado, el Hermano Bernard Alphonse, señala escuetamente que la comunidad estaba formada por el Hermano Bautista Gabriel, subdirector, Alfredo Felipe ecónomo y Alfredo Guadalupe ayudante[3].
[1] Artículo de José H. Colomina A. que apareció en el Diario de Torreón.
[2] Manuel Torres Rivera Universidad de Sonora.
[3] Gabriel Sarralde, Alfredo Sánchez Navarrete y Gabino González.
El 17 de enero de 1964 el Hermano Alfredo, como fundador del Instituto Francés de la Laguna, fue a la celebración de los 25 años de su existencia,
Quisieron que el Hermano Director, Bernardo, estuviera para el día 26, que solo estuvo ese día, mientras que el Hermano Alfredo se quedó una semana, para poder descansar un poco, apunta el Hermano Bernard Alphonse.
El clima de Lagos, algo frío y las nulas comodidades que en esos inicios se tenían, no ayudaron a la salud del Hermano Alfredo. El 19 de febrero de 1964, nos dice el Hermano Bernardo: “Fue la triste partida del Hermano Alfredo Felipe para Monterrey, con el fin de que los doctores lo atiendan en su enfermedad.
Desde hace tiempo, dolencias persistentes lo hacen sufrir; el bacilo de la tuberculosis renal tiene nueva actividad. Que Dios lo acompañe y nos lo regrese mejor, a pesar del pesimismo inevitable[1].
[1] Histórico del Noviciado de Nuestra Señora de Lourdes página 31 febrero de 1964
“La presencia del Hermano Alfredo en Lagos fue prácticamente de un semestre, pues la salud no le ayudó, aunque sí regresó por sus cosas y a convivir unos días más en el Noviciado. Una labor que hizo fue el colaborar en conseguir la estatua de Nuestra Señora de Lourdes.
Inauguración de la Estatua de Nuestra Señora de Lourdes.
Tiene lugar el 16 de noviembre de 1964, que la develó el H. Vtr. General, Bautista Fernando, quien dirigió unas palabras hermosas frente a la gruta. Cantamos el “Prends mon coeur le voilá”, como lo exigía la circunstancia. Resultó muy fervorosa dicha inauguración de la estatua de nuestra Madre, que tomó, una vez, más posesión de la casa y de sus moradores, reinando con su blancura inmaculada desde su rústica gruta.
GRUTA DE LOURDES DEL NOVICIADO
Se debe la estatua a las diligencias del Hermano Alfredo Felipe Sánchez, por encontrarla en Monterrey. Debía ser de intemperie, por lo tanto, de mármol o marmolina. Él la encontró en un depósito de estatuas, le gustó y buscó un padrino”[1]. Que ella nos bendiga y sonría al trabajo y esfuerzos de cada novicio.
En febrero de 1965 el Hermano Alfredo regresa a Lagos, por unos días, quedándose, como lo dice el Histórico, media semana, al frente del Noviciado, por ausencia del Hermano Director. Vino por unos días con nosotros, demasiado pocos; apuntó el Hermano Director[2].
En realidad, regresó a quitar su cuarto y llevarse sus pertenencias, ya que, aunque siempre fue muy cercano al Hermano Bernardo, ya por su enfermedad nunca regresó.
Los meses de marzo, abril y mayo de 1965 los pasó en Guadalajara, como él mismo lo relata: “El Hermano Director de Monterrey se dio su disgustada porque me movilizan de nuevo. ¿Qué puedo hacer? No me queda más que obedecer. Qué ganas de no moverme, pero parece que estoy viajando por los años que no lo hice. Como usted ve, estoy en Guadalajara desde el día tres de abril. El Rdo. Hermano Visitador me pidió que viniera, pues se iban a traer al Hermano Director, Bernardo Zepeda, director de San Juan, a esta comunidad y quieren que esté a su lado, disque como enfermero. Gracias a Dios, en los 12 días que lleva ha ganado mucho, pues quiera que no, se le baja de la cama, se le sienta y se le da masaje en su brazo, que lo tiene paralizado por falta de movimiento, pues estuvo en cama casi cien días. Ya hace más movimiento; su color y genio han ganado en cien por ciento, pues los Hermanos lo pueden visitar cuantas veces pueden. No falta el chiste que lo haga reír, come con normalidad, no se olvida de querer ir al chequeo al Hospital y a su casa familiar, pero no le hago caso, esa fue la orden que recibí.
El C. Hermano Bruno ya casi está repuesto del todo, Gracias a Dios”[3].
Relaciones con su familia
Es poco lo que sabemos directamente de su familia, sus hermanos, de los cuales dos ya han pasado a la Casa del Padre, pero una cosa es cierta, que la cercanía del Hermano con sus seres queridos era de un gran cariño y una comunicación viva y afectiva.
Una de sus sobrinas, hija de su hermano Federico nos relata:
“Mis recuerdos sobre mi tío H. Alfredo Sánchez Navarrete:
[1] Histórico del Noviciado página 44
8 Ibid
[3] Carta del Hermano Alfredo al H. Alberto Salvador el 16 de abril de 1965.
Su sobrina Ana Gabriela y sus sobrinos nietos celebrando el cumple 96 del tío Alfredito, como le decían
Fui muy afortunada, dice su sobrina Ana Gabriel, de tener un gran ejemplo en su persona. Muchas veces me costó trabajo entender la rectitud y entrega de mi tío, ya que anteponía sus preceptos rectores a su salud. Pero él así vivió. Como un Santo. ¡Sin cuestionar!!
Era la persona más cariñosa y apapachadora con todos en la familia; esperábamos con alegría poder verlo en sus vacaciones.
Mi familia fue muy afortunada de poder compartir un tiempo con él en sus últimos años en Monterrey. Sin duda es un Santo y, somos muy bendecidos por ello. Espero que estas palabras sean de utilidad para las memorias de mi tío.
Fue tan magnifica persona, que no hay palabras para explicar” [1].
[1] Su sobrina, Ana Gabriela Sánchez.
Comunidad del Instituto Regiomontano
Con el fin de recibir cuidados médicos fue enviado a la Comunidad del Instituto Regiomontano, pero como no sabía estar sin hacer nada, pronto toma el economato de la casa y se encarga de comprar los alimentos
a una veintena de Hermanos y unos 15 profesores seglares, que comían en un comedor adjunto, ya que había turno discontinuo.
Siempre atento y preciso en sus acciones, pronto tomó la rienda de todos los menesteres culinarios, incluso fue arreglando aspectos de orden con los señores cocineros de la casa; firme en sus decisiones y con un seguimiento adecuado las cosas fueron cambiando.
Este trabajo se interrumpió dos veces, pues regresó por corto tiempo al Noviciado, para ser presencia y ayudar al Hermano Bernardo.
De 1966 a noviembre de 1968 fue el ecónomo oficial de la casa y se movía con gran presteza en su motocicleta Islo, que tenía siempre impecable. Todos los días salía a conseguir algunos alimentos que no surtían en la casa, o bien, iba a hacer algunos mandados de banco, que el Hermano Jorge García, Director, le pedía.
En el CLES
El Escolasticado de México Norte, se trasladó a Monterrey en septiembre de 1967 y se alojó en una casa de la familia Llaguno, llamada Villa Vicentina, en La Fama, N.L. y pronto se inició la construcción del CLES, en cuya obra el Hermano Alfredo ayudó como supervisor, visitando y siguiendo el avance de la obra negra. En las fotos vemos cómo ayudaba y se involucraba en arreglar algunas cosas y, muchas veces tomaba el pico y la pala para realizar algunas labores, como abrir zanjas para las
cimentaciones.
Recién fundado el Escolasticado, el Hermano Visitador, Víctor Bertrand pensó en el Hermano Alfredo para participar en la fundación de la nueva comunidad del CLES y que fuera el responsable de proveer la alimentación de los Hermanos jóvenes y de algunas otras necesidades; su cambio de la Comunidad del Instituto Regiomontano se realizó en diciembre de 1968, cuando el Escolasticado dejó Villa Vicentina y se vino a establecer ya en Guadalupe.
Siempre trabajador y hacendoso, siempre atento, cortés, pero a la vez exigente en el cumplimiento de lo que tenía que exigir, sobre todo con respecto a la despensa y cocina.
Algunos de los Hermanos escolásticos no fueron cuidadosos o se permitieron tomar algo sin permiso y se encontraron con el Hermano Alfredo y, por ahí se contaba que alguno recibió un golpe, por haberle contestado de forma incorrecta.
Nuevamente en la Comunidad del Instituto Regiomontano
Pronto los superiores tomaron conciencia de que el Hermano Alfredo ya no estaba para luchar y soportar las animosidades de los hermanos jóvenes y regresó a la comunidad del Regiomontano, con gran regocijo de todos los que la formaban, ya que era muy apreciado por todos los Hermanos, pues se tendría un muy buen ecónomo, preocupado por todos los detalles, para agradar a los Hermanos
Tres años duraría esta estancia en la comunidad del Regiomontano y, siempre realizando el trabajo de ecónomo, y pequeños servicios en el colegio. Durante el final del curso se le encargaba que rotulara los diplomas de los Bachilleres que se graduaban.
Un hecho que pasó fue el siguiente: el Hermano Director y otros Hermanos, que eran del Consejo del Distrito, se habían ido a Gómez Palacio y, en uno de los cines se pasaba una película infantil “ Chitty chitty bang bang, donde un excéntrico inventor había conseguido convertir un viejo coche de carreras en un vehículo capaz de volar y flotar en el agua y, cuál sería la sorpresa de todos que el Hermano Alfredo apoyó la idea de ir a verla y nos acompañó; el Hermano subdirector se opuso a que se asistiera, se hizo votación y se decidió ir; al llegar el Hermano Director los Hermanos fueron acusados, y fue el Hermano Alfredo quien, respetuoso, pero firme los defendió y, el Hermano Subdirector renunció. Hay que recordar que, antes, para ir al cine se requería el permiso del H. Visitador; ya para 1970 eso no se necesitaba.
Casa Central
1972. El Hermano Visitador, José Cervantes, forma la comunidad de la Casa Central del Distrito y se van a la colonia Contry la Silla, en una casa rentada. Forman esa primera comunidad: José Cervantes, Vtr., José Aceves, ecónomo, Gabriel Sarralde y Pedro Vela, como responsables de Pastoral Vocacional y, el Hermano Alfredo, como responsable del buen estado de la casa, aseo, preparar alimentos y estar atento para atender a las personas que llegaban buscando a alguno de los Hermanos.
Escribió a un Hermano en 1974: “Por aquí no falta actividad, por parte del Staff, que parecen cometas: aparecen por días y luego vuelven a salir. Cuando están claro, el quehacer se multiplica algo, pero todo lo hago con gusto y paz. Muchos creen que mis días de soledad son de mucho aburrimiento pero, gracias a Dios, tengo en qué ocuparme y sé acompañarme. Gozo sinceramente de mucha tranquilidad, que era lo que más anhelaba y que creí que nunca la probaría, pero Nuestro Señor es tan bueno y me ha dado por mi lado. No pierdo de vista que tanta gracia exige correspondencia. Ojalá no defraude a Nuestro Señor ni a los Superiores. No dejo de rezar por las intenciones de ellos.” [1]. 20 años pasó el Hermano Alfredo en Casa Centra, por primera vez.
Una descripción de la vida y las labores del Hermano Alfredo nos la proporciona un Hermano que vivió con él una decena de años:
Viví en comunidad con el Hno. Alfredo de 1980 a 1992. Él estaba allí, cuando regresábamos de la carrera matutina el Hno. Gustavo Ramírez B. y yo (Hno. Lorenzo). Formábamos parte de una bella comunidad en la Casa Central del Contry, en Monterrey, con el Hno. Guilebaldo Orozco como Visitador. Sí, el Hno. Alfredo estaba siempre allí, muy temprano en la mañana, para saludarnos y recibirnos unos minutos más tarde en la Capilla, para la oración de la mañana.
Fiel, siempre fiel. Puntual, perfectamente puntual en todos los ejercicios de la comunidad: oración, reuniones, comidas. El Hno. Alfredo nunca fallaba y siempre a tiempo. Parece exagerado, parece de otro tiempo. Exagerado no, de otro tiempo, sí…que cuánto tendríamos que aprender muchos de nosotros, incluyéndome.
El Hno. Alfredo, delicado, servicial. Imposible pedirle un favor que estuviera a su alcance, sin que inmediatamente se pusiera en camino. La aguja, el botón, el jabón, la toalla, el casete, el recado con letra bonita, la comida de dieta…todo resultaba fácil y rápido con el Hno. Alfredo. Y si algo no le era posible, con cortesía y amabilidad lo decía claramente disculpándose.
[1] Carta del Hermano Alfredo al HAS del 29 de enero de 1974 dirigida al Puerto de Acapulco.
Riguroso también, sabía expresar su desacuerdo con los que no cumplíamos con exactitud lo previsto por el horario comunitario o el orden establecido en la casa y en la comunidad. Podía parecer a veces molesta su exigencia pero, por ser él, lo comprendíamos y lo aceptábamos. “Es mi Hermano, no pesa”, solía decir el Hno. Humberto Islas. En nuestro caso lo aplicábamos y vivíamos en paz, con cariño y armonía.
Con el Hno. Alfredo, en casa, la limpieza y el orden era perfectos. Cocina, alacena, biblioteca, capilla, estancia de televisión, botanas y refrigerios, habitaciones para las visitas, todo estaba supervisado, todo dispuesto para la mayor comodidad de los Hermanos y de las visitas. El Hno. Alfredo, ecónomo, cocinero, responsable de los empleados, del jardín, enfermero, siempre listo para servir en todas las áreas de su incumbencia, desde 1972.
Las mil hazañas de los Hermanos de la Casa Central, visitador, ecónomo, pastoralistas, responsable del área educativa, salían a relucir en los amenos intercambios de las comidas y sobremesas. El Hno. Alfredo, callado usualmente y pendiente del buen servicio en la mesa, escuchaba con atención e interés. Eventualmente hacía preguntas, normalmente relacionadas con lo apostólico, lo espiritual. Ponía cara de reproche por los riesgos para la salud del Hermano que, según él, exageraba en sus andares. Motivos de alegría eran los relacionados con la Pastoral vocacional, Casas de formación y las bendiciones que en todo ello habíamos recibido del Señor. Agradecía, bendecía, felicitaba y manifestaba gran alegría por todo ello.
De vez en cuando salía el tema de los servicios que él había prestado anteriormente, Él gustaba remontarse a años lejanos. Recordaba con añoranza la fundación del Instituto Francés de la Laguna, cuando en aquel 8 de febrero de 1939, él inició como titular de 4to. de Primaria, con el Hno. Charles Thierry, como Director y viviendo en Villa Anita. Para todos nosotros el Hno. Alfredo era el “Míster”, y ¿por qué? le preguntábamos, y el gusto para él platicarnos, primero de su Noviciado en Lafayette, (Luisiana) y su Escolasticado en La Vegas (Nuevo México), su aprendizaje del inglés y luego, sus años como maestro de inglés, en el Francés de la Laguna, donde se ganó el mote de “el Míster”. Y se extendía el Hno. Alfredo compartiéndonos su experiencia, vivida varios años más tarde, como prefecto de los niños de Primaria en el Internado del IFL. Recordaba con sencillez sus bellas experiencias como fundador, en 1944 del Colegio Francisco Febres Cordero de Guadalajara, Jal. y, en 1963 del Noviciado en Lagos de Moreno, Jal. aunque allí estuvo muy poco tiempo, por problemas de salud, y el Hno. Visitador lo cambió a la comunidad del Instituto Regiomontano de Monterrey.
De joven, a los 28 años, fue desahuciado por su médico. Pero nos platicaba jocosamente que los varios doctores que, en sus múltiples operaciones quirúrgicas, le había predicho que pronto moriría, habían ya muerto… Esto no quita que su vida haya sido de dolor y enfermedad. Los sufrimientos eran fuertes, pero el Hermano no se doblegaba, ni expresaba queja o amargura. Hermano fuerte y fiel, todo “en las manos del Señor”. Largos tiempos de oración personal ante el Santísimo, Él era su fortaleza.
Ejemplo para todos nosotros de cariño, de devoción a la Sma. Virgen, a San José, a San Juan Bautista de la Salle.
Un Hermano sencillo, con pocos estudios, aunque mucha lectura espiritual, que a los 98 años entrega su bella vida al Señor, entretejida de servicio, obediencia, fidelidad y de muchísimo amor a Dios nuestro Señor, a nosotros sus Hermanos y a tantas personas que acudían a él pidiéndole consejo y pidiéndole sobre todo su oración.
Gracias Hno. Alfredo por tu amistad, tu maravilloso ejemplo, por tu testimonio como Hermano de las Escuelas Cristianas[1].
Villa La Salle, Saltillo, Coah.
En diciembre de 1992 el nuevo Hermano Visitador lo cambió a Saltillo, con la finalidad de que se encargara de Villa La Salle y también alejarlo de la Coordinación Central. En la revista La Salle aparece como Auxiliar y responsable de Villa La Salle.
Nuevas responsabilidades le esperan en ese diciembre de 1992. Hay nuevo Hermano Visitador y este tiene la idea de que el Hermano Alfredo puede muy bien responsabilizarse de Villa La Salle, en Saltillo. No fue para nada un puesto administrativo, sino el cuidado de la casa, y él la tomó muy en serio, él mismo hacía la limpieza de toda la casa, tendía camas, veía lo que faltaba de la cocina; hubo dificultades, pues muchas veces no le avisaban con tiempo y trabajaba horas de más y su salud se deterioró más pero, como siempre, sufrió en silencio y con la sonrisa en los labios.
Este trabajo fue aparentemente sencillo y lo realizó con gran entrega y generosidad, virtudes que siempre le caracterizaron, pero el clima muy frío de Saltillo y el excesivo trabajo lo debilitaron y, ya para enero de 1994 volvió a Monterrey.
Nuevamente, Casa Central
Los siguientes testimonios son de personas que quisieron mucho al Hermano Alfredo y formaron parte del personal de Casa Central y que fueron testigos de su trabajo y de su diario vivir.
El Hermano realizó varios trabajos y realizó labores que después otras personas realizarían al crecer el personal de la Casa Central; por ejemplo: como en ese entonces no se contaba con chofer, él se encargaba de ir al correo a recoger correspondencia en los apartados postales de las Sucursales Tecnológico y de Contry La Silla…
Iba al Banco a hacer los movimientos diarios…al supermercado a surtir la despensa…
Apoyaba a la Señora Martha Chapa -secretaria, del H. Visitador- diariamente la transportándola de la oficina a su casa y viceversa, ya que no había medios de transporte a la zona de Contry la Silla. Con el paso de los años el trabajo en Casa Central creció y fue necesario contratar más personal… así que ya había alguien que hiciera
dichos servicios.
El H. Alfredo sufrió bastante… empezó a sentirse desplazado e inútil... no se convencía de que era por su seguridad, ya que sus problemas de salud se iban agudizando… principalmente sus rodillas, cada vez más afectadas por reumatismo y artritis, lo que hacía que sus reacciones ya no fueran las mismas, así que le costó mucho tener que dejar de manejar.
VIDA EN COMUNIDAD…
En Casa Central su vida se transparentó y fueron las personas que ahí trabajaron las que recogieron el testimonio de su entrega al Señor. Es una de ellas quien nos relata cómo era su vida:
Como su educación fue por así decirlo… < militar > … quedó marcado por ella y nunca pudo adaptarse a los cambios que se iban dando con el paso de los años, en todos sentidos…
Muy fiel a los horarios, tanto de oración como de alimentos:
Si no llegaban sus Hermanos a la hora indicada al comedor, se molestaba y eso diariamente minaba su salud. No entendía por qué no podían dejar de hablar por teléfono o dar por terminadas las citas agendadas, para cumplir con el horario de comida… porque < la hora… es la hora >, una de sus frases favoritas.
Una de las personas de la Casa Central, con quien llevaba una gran amistad le pedía que recapacitara, que se armara de paciencia… que tomara en cuenta que eran otros tiempos… que la vida cada día nos aceleraba más… que, aunque comiera él solo, comiera y se retirara sin remordimiento a su alcoba, pero era inflexible en sus convicciones.
Por su edad y sus problemas de salud requería de una alimentación especial, que no era capaz de solicitar a sus Superiores para que dieran las indicaciones necesarias a la cocinera… prefería comer un poco y hacer a un lado lo que ya no podía masticar y deglutir.
Constantemente le rogaba que hablara al respecto y nunca logré convencerlo.
Le decía que le pidiera a la cocinera le moliera algunos alimentos que ya no podía masticar, pero imposible… nunca lo hizo.
Le decía que, si era necesario, le pidiera a sus médicos que hablaran con sus Superiores y nunca quiso hacerlo. Otra de sus frases favoritas < no quiero dar molestias > .
Con el personal de servicio de la casa era muy amable y, algunas veces les hacía el trabajo, como lo vemos en el siguiente relato:
Para ayudar a la señora cocinera trataba de ser el primero en llegar al comedor y empezaba a preparar la mesa… incluso iba a buscar a la Cocinera para tocar su puerta si se le había hecho tarde… ella, muy cómodamente, sabía que él avanzaría parte de sus obligaciones… incluso él mismo levantaba los platos para evitarle
cansancio a la cocinera.
La excusa que el Hno. Alfredo tenía para hacerlo, era pensando en la –pobre personita- para aliviarle su carga…
Yo le decía que todos los empleados teníamos que cumplir con nuestras responsabilidades, ya que estábamos devengando un sueldo, además de que como humanos que somos, empezaría a dejarle toda la carga a él, al cabo que el –bueno del H. Alfredo- lo haría por ella.
Su forma de vestir era siempre limpia y sencilla. A pesar de recibir su presupuesto de ropa, nunca quería comprar ropa nueva… la suya le duraba bastante y la quería seguir usando. Personalmente lavaba su ropa y no permitía que lo hiciera la persona indicada para ello.
MEDICAMENTOS…
Tomaba sus medicamentos –que no eran pocos- religiosamente y a la hora indicada por su médico…sus problemas de salud fueron múltiples…
sufrió mucho… más que todo por sus problemas óseos…
pero los soportaba con mucho estoicismo y no se quejaba.
SUS DESCANSOS Y PASATIEMPOS…
Le gustaba mucho la música clásica… ponía sus discos a todo volumen, en su cuarto, y la podíamos oír en el jardín frente a la cochera.
También le gustaba mucho la lectura… a pesar de su vista, que ya estaba muy cansada.
EL APOSTOLADO DE LA CORRESPONDENCIA:
Le gustaba mucho escribir… era uno de sus apostolados; era una forma de llegar a las personas que quería; sus cartas con una perfecta caligrafía inglesa, con gruesos y delgados, develaban su espiritualidad y sus sentimientos religiosos más íntimos: a un hermano joven de 1963 y, hasta su madurez, le escribió muchas cartas en las que insistía acerca de la vida de Hermano: “que así les guarde Nuestro Señor y que cada día les aumente el fervor y afiance sus voluntades y convicciones, más y más serias, pues la vida del Hermano, aunque es llevadera, tiene sus momentos, a ratos muy duros y si la firmeza en nuestra vocación no se basa en convicciones, salta uno:” En otra carta, ya de 1974, le dice al Hermano: “ no olvide, muy querido Hermano, que para que pueda darse, antes debe encontrarse usted mismo, ante Nuestro Señor; con esto quiero animarlo a que siga más y más fiel a su vocación. Ya lo ha visto Ud. en los años que lleva de trabajo que si se busca uno a sí mismo en los demás, al fin se cansa uno y termina echando fuera el arpa…”[2]
Cuántas cartas escritas a sus doctores y a sus exalumnos donde él trasmitía su espiritualidad y su sincero cariño para las personas; no olvidaba los onomásticos y los cumpleaños; muchas veces, su felicitación era una sencilla tarjeta, realizada con su hermosa letra.
Las felicitaciones por Navidad, para las familias de los Doctores que lo atendían, así como para exalumnos muy cercanos, eran un manojo de sentimientos de agradecimiento y admiración por ellos y sus familias, siempre iban acompañadas de la promesa de la oración del Hermano por ellos.
Una de las personas que trabajaba en la Casa Central, al ver cómo gozaba escribiendo, le sugirió que escribiera su biografía. Creo que nunca se animó a hacerla.
Sus conversaciones eran sobre sus inicios en la obra de la Salle: Nos platicaba de sus Maestros franceses y la fuerte disciplina recibida.
Hablaba también de su época de Maestro en el Aspirantado…”me imagino que, a pesar de que era muy estricto, era muy querendón con los niños, ya que fuimos testigos, en la oficina, de que algunos de sus exalumnos lo seguían buscando ya de mayores… el Sr. José Secunza y familia… Vicente Segú -el Chino-, etc.
Recordaba constantemente que, cuando tenía 23 años, un médico lo desahució cuando enfermó de Tuberculosis y, que el Señor le había permitido vivir bastantes años más. Igualmente, platicaba de sus múltiples operaciones, creo que llegaron a las 40. Tenía un organismo tan fuerte, que le ayudaba a salir siempre adelante… tenía una fuerza enorme en sus manos.
[1] Hermano Lorenzo González Kipper
[2] Cartas a un hermano que fue novicio cuando el Hermano Alfredo era ecónomo del Noviciado
Ya en sus últimos meses en casa Central se resistía a usar bastón y, menos, un andador…cuando lo quería tomar uno del brazo para que no se cayera en el camino de piedra, se resistía a la ayuda, retirándonos con la fuerza increíble de sus manos.
Sufría con cada cambio de comunidad que le era ordenado, ya que Casa Central la consideraba “su casa” y era donde se sentía más a gusto… más libre.
Prefería quedarse en Casa Central los quince días que nos daban de vacaciones, en diciembre y se cerraban las oficinas… pero, para su propia seguridad, lo trasladaban a la comunidad del Regiomontano, para que estuviera acompañado por los Hermanos mayores, que por sus enfermedades permanecían en casa atendidos por enfermeros; sospechaba que algún día lo dejarían ya con los Hermanos mayores, cosa que así sucedió, pues era dejar toda actividad que le llenaba de ilusión y era a la vez un impulso para su vida.
El comprendió muy bien que vivir no es tanto mirar hacia atrás, cuanto irrumpir hacia adelante. La fuerza de una vida no se mide tanto por lo vivido, sino por el entusiasmo en organizar lo que ha de vivir; vivió en plenitud la esperanza como proyección de su fe.
Siempre tuvo un ideal elevado, servir al Señor, que le hizo tener una razón poderosa para vivir, nunca fue un hermano satisfecho de sí mismo, sino que buscó siempre y aspiró a superarse y subir siempre hacia arriba… caminó sin descanso en buscar a su Señor y así llegar a la santidad; ordenó su vida por la voluntad divina, que por un discernimiento a través de la oración hizo posible y real el conformar su vida a lo que Dios quería de él.
SERVICIO A LOS DEMÁS…
Por sus bellas letras era muy solicitado por algunos de los Colegios para escribir a mano el nombre del alumno en los DIPLOMAS, a pesar de que se le engarrotaban sus dedos, nunca se negaba. Así mismo, rotuló muchas invitaciones a bodas de sus alumnos o, bien, de personas conocidas.
A primera hora de la mañana lo primero que hacía era presentarse en la oficina para abrirla y recibir a cada uno de los que laborábamos en Casa Central, para darnos los buenos días.
Cuando empezamos a usar reloj checador, en cuanto veía en la reja de entrada que llegaba el compañero, se adelantaba y le checaba su tarjeta y, a la hora de salida hacía lo mismo.
Era muy atento con una servidora y mis compañeros… fueron innumerables sus muestras de afecto y servicio… Rezaba a diario por mí y por toda mi familia…desde mis padres hasta cada uno de mis hermanos, a quienes mencionaba por sus nombres… lo mismo hacía con las familias de mis compañeras y sus amistades, que eran muchas... así que su lista era extensa.
Las personas de Casa Central nos relatan cómo la presencia del Hermano Alfredo era para ellas gratificante, a la vez era él quien les daba la bienvenida para iniciar el día de labores.
Muy temprano abría el portón para que el Sacerdote que oficiaba la Misa en el Escolasticado pudiera entrar sin problema, sin tomar en cuenta que, por lo disparejo del camino, que era de piedra, podría tropezar y golpearse… aun cuando hubiera un Escolástico encargado de ello pero, ¿cómo iba dejar que el joven Escolástico se molestara teniendo que recorrer el largo camino hasta la salida?... Le insistía muchas veces que dejara que el joven Escolástico cumpliera con su obligación, ya que era parte de su formación… que, en lugar de ayudarlos, era mal acostumbrarlos a que otra persona se hiciera cargo de sus responsabilidades.
Pero cuando se trataba de que nosotros lo apoyáramos en algún sentido, se resistía a recibir ayuda…Le decía que tan bueno era el <DAR> como él <RECIBIR>, que se dejara querer… que nos diera la oportunidad de corresponder un poco, a tantas de sus atenciones…le decía que, si tenía esa actitud con sus Hermanos, él mismo los alejaba y se iba aislando de
la comunidad.
TESTIMONIOS DE LA CASA CENTRAL:
Su último campo de trabajo fue la Casa Central del Distrito, su trabajo fue ser ayudante en algunos aspectos de la oficina, en cuanto control de asistencia y de recibir a las personas que ahí trabajan; ellas han redactado algunos de sus recuerdos con el siguiente título:
“Recordando al H. Alfredo Sánchez Navarrete”.
Mi trabajo me dio la oportunidad de convivir y platicar con él unos minutos diariamente, pues mi área de trabajo se encontraba en la entrada de las oficinas. Tengo recuerdos hermosos, pues tenía una charla muy amena, en la que solía platicar de las actividades que había tenido en los colegios en los que colaboró a lo largo de su vida, pues desde muy pequeño inició su preparación con los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
Consideraban al Hermano Alfredo como un hombre de oración y una fuerte espiritualidad, así leemos:
“El H. Alfredo era una persona sumamente espiritual y dedicaba muchas horas a la oración, vivía de una manera muy sencilla, muy independiente para bastarse por sí sólo, pues se encargaba de todo. Del H. Alfredo aprendí una gran lección de vida, pues su vida fue un testimonio de lo que es tener la fe, con la certeza de aceptar la voluntad de Dios, Él se entregaba y abandonaba en la oración, lo veía como un Hermano Lasallista a imagen y semejanza de San Juan Bautista de La Salle”[1].
El H. Alfredo era un excelente ser humano, con muchas virtudes y fortalezas; tenía como centro de su vida a Jesús, muy inteligente y sencillo, muy obediente con sus superiores y hermanos de comunidad, con un corazón humilde y enorme con el que irradiaba amor para con sus semejantes, carismático y Hermano Lasallista que vivía día a día la Fe, la Fraternidad y el Servicio.
Los momentos de oración no los perdonaba, aunque ya batallaba bastante para caminar… bajaba a la Capilla varias veces al día, a pesar de que tenía que usar la escalera, que era peligrosa.
“Le decía que, por su edad, no era indispensable que sus oraciones las hiciera en la Capilla… que el Señor le tomaría en cuenta el lugar donde pudiera hacerlas…él insistía que era dejar mucho tiempo a solas el Santísimo..”[2].
DESAFIÓ EL DOLOR Y LA ENFERMEDAD
Uno de los desafíos con los que tuvo que luchar fue por su estado de salud, ya que siendo muy joven y, a través de los años requirió de muchas cirugías y, recuerdo, como anécdota especial, que un día me platicó, que fueron varios doctores los que lo habían atendido durante años y le habían diagnosticado que viviría algunos meses más y fue transcurriendo el tiempo y el H. Alfredo, gracias a Dios, sobrellevaba su estado de salud y se fue enterando cómo varios de sus doctores iban muriendo y él, todavía aquí, ‘dando lata’, como decía.
Como enfermo, el Hermano Alfredo fue un hombre de fe profunda y de una entrega total a la voluntad de Dios. En una ocasión el oculista le diagnósticó un problema muy serio en uno de sus ojos: un tumorcito canceroso que le iba a hacer perder su vista, él ni tardo ni perezoso se fue a la capilla y oró, pero esta vez puso de intercesor principal a nuestro Santo Fundador, así que comenzó una novena pidiendo por su salud, rezaba y se tocaba con la reliquia de San Juan Bautista de La Salle el ojo enfermo, así lo hizo durante toda la novena. A los pocos días volvió con el oculista y cuál sería la sorpresa del doctor al percatarse que el tumor había desaparecido, el remedio fue la fuerza de la oración y la fe.
Fue siempre muy disciplinado y obediente a sus médicos Asistía semanalmente a consultar a sus doctores de cabecera, en el centro de la ciudad (Matamoros y Escobedo; él era ya parte integrante de dicho consultorio de los Dres. Humberto y Teodoro Guzmán Páez y, al fallecer ellos, el Dr. Jesús Fernández cambió su consultorio a Carvajal y de la Cueva y Espinosa, en un costado de la Plaza de la Luz… al principio se trasladaba él personalmente hasta que dejó de manejar… después lo llevaba el chofer de Casa Central, incluso, ya estando en la comunidad del Regiomontano, dependió del servicio de Toño, el chofer de las oficinas.
Yo era la última en irme. Después de su oración y cena, me llamaba para recordarme lo tarde que era, e insistía en que me retirara a casa y, no descansaba hasta ver que mi carro ya no estaba en el estacionamiento que daba a su ventana.
Sus saludos o felicitaciones siempre eran por escrito, con su bella letra... en nuestros cumpleaños… día de la amistad…navidad… etc... cuando lo cambiaban de comunidad, no dejaba de escribirnos para saludarnos.
[1] Sra Leticia García Garza
[2] CrisSamo
Reunión de Hermanos mayores
El Hermano Alfredo, asistió mientras pudo desplazarse más o menos bien, a las reuniones de Hermanos Mayores. Desde el tiempo del Hermano Visitador Gilberto Lozano se iniciaron estás reuniones;
la primera fue en Saltillo y después han continuado en la misma sede. Poco a poco se les dio una estructura, aprovechando la Semana Santa, se organizó en cuatro aspectos: la vivencia de los días santos, con los oficios, la convivencia de los Hermanos, tanto en visitas culturales, que se realizaron algunas al
campo, otras a Parras, Coah. y algunas en la misma ciudad de Saltillo, al Museo del Desierto o de las Aves y, la cuarta, conferencias y pláticas de cuidado de la salud.
Por el Hermano Alfredo, feliz permanecería en la Casa Central, pero obediente a las decisiones de los Superiores, asistía, y gozaba de la presencia de los Hermanos, muchos con los cuales había convivido en las comunidades de Gómez Palacio, Regiomontano y Hermosillo. Era atento a las explicaciones que se ofrecían en el museo y se admiraba mucho de los descubrimientos de animales prehistóricos que tiene el Museo del Desierto.
Sí era para él un sacrificio, pues le costaba desplazarse, pero también era un gozo participar en la fraternidad que ahí se vivía.
Primera fila: HH. Benjamín Carabez, Jorge García A. Alfredo Sánchez N. Pedro Córdoba, Mauirlio Barriga y José Luis Casillas. Primara fila de pie: Enrique González, Ramiro Montaño, Elio Infante, Juan Fernández, Luis Arturo Dávila Vtr. David Macías, Guilebaldo Orozco, Alberto Flores y Mario de la O, Segunda fila de pie: José Cervantes, Manuel Padilla, el Dr, Jesús, Juan José Martín del Campo. Luis Valdivia y Ernesto Saucedo
En la casa de Cumbres: diciembre de 2011
El H. Alfredo fue un Hermano muy querido por todo el personal que trabajábamos en la Coordinación Central. Cuando se enteró de la posibilidad de que lo trasladarían a la Comunidad del Instituto Regiomontano Cumbres, sintió tristeza, ya que llevaba muchos años viviendo en la Casa Central, pero la obediencia que lo caracterizaba se hizo presente para aceptar, de manera sumisa y recatada, la decisión de sus Hermanos Superiores[1].
La salud del Hermano Alfredo, siempre con altas y bajas, se vio afectada en los últimos meses por ciertos problemas en su locomoción; la Casa Central tiene varias escaleras a la capilla, y al comedor y, ya le costaba trabajo bajar; él no se quejaba, pero a los Superiores si les preocupaba. El Hermano Luis Arturo, por entonces Hermano Visitador, sabía aprovechar bien las circunstancias para hacer algunos cambios con los Hermanos mayores, y fue en la Navidad en que se juzgó conveniente aprovechar para trasladar al Hermano Alfredo a la Casa de Cumbres.
[1] Sra, Leticia García G
Comunidad del Regiomontano, cuando el Hermano Alfredo llegó a ella
Como los Hermanos de la Coordinación Central irían a retiro a San Juan de los Lagos, le sugirió al Hermano Alfredo que fuera a la casa de Cumbres, donde habría Hermanos y los servicios religiosos durante ese tiempo. Él, siempre obediente, aceptó, aunque no de muy buena gana, pero nada expresó. Habiendo pasado ese tiempo, preguntó que cuándo regresaría a su comunidad, y le dijeron que ya se quedaría en Cumbres; aunque parezca raro, le costó el cambio, pues era reducirlo ya a la inactividad.
VISITA DEL SEÑOR ARZOBISPO DE MONTERREY A LA COMUNIDAD LASALLISTA REGIOMONTANA
El día con el Hermano Alfredo comenzaba a las tres y media de la mañana: se levantaba y se bañaba, siempre fue muy pulcro; terminado su arreglo comenzaba su oración, que se iniciaba un poco después de las cuatro de la mañana, hasta que terminaba la Eucaristía, a las 6.40 de la mañana; era un verdadero hombre de oración, tenía una intimidad con el Señor.
Lo único que la señorita enfermera tenía que cuidar era que el Hermano Alfredo terminara bien su arreglo personal, porque algunas veces se cayó en la regadera o al vestirse, y no llamaba ni quería molestar; si ya estaba en la capilla, no había habido problema pero, si no estaba, entraba a su cuarto y le preguntaba si algo necesitaba o bien, se le ayudaba a incorporarse.
El 26 de septiembre, cuando el Hermano Alfredo llegó a la edad de 98 años se le hizo un pequeño convivio en la Comunidad; un Hermano escribió lo siguiente:
NUESTRO DECANO DE LOS HERMANOS EN MEXICO. 98 AÑOS DE PLENITUD.
Caminante, no hay camino, se hace camino al andar, cantaba el poeta hablando sobre la vida; esa poesía hecha canto ha sido la vida del Hermano Alfredo. Para los médicos, su camino era corto y con malos augurios; para el Señor no ha sido así. Él le ha marcado una ruta y esa ruta ha sido su andar y ha sido su camino, un camino largo y un camino bello.
Joven, fue desahuciado, el horizonte del médico no era para nada el horizonte de Dios. El caminar del Hermano y su camino ha sido de dolor y enfermedad, llevada con gran valentía y entereza, el dolor no lo dobló, en sus labios no ha permanecido ni la queja ni la amargura, todo lo contrario, ha sido un Hermano activo, alegre, atento, con la sonrisa en sus labios; en momentos exigente, como lo ha sido con él mismo.
Otros pasos de su caminar que tenemos que admirar e imitar es su don de oración y de cercanía con el Señor, para él la oración se inicia antes de que claree el día; la estrella de la mañana brilla y los astros la secundan y el Hermano Alfredo ya se encuentra ante el Señor de su vida y, desde joven se hizo la conciencia muy acendrada de que el primero a servir es
Jesús y, que en Jesús se sirve a sus hermanos.
Hoy nos regocijamos y damos gracias a Dios porque el que fuera desahuciado, hoy es el decano de los Hermanos de México. 98 años, de los cuales, cerca de 70 años de servicio apostólico, de vida de comunidad y de ejemplo de constancia y de convicción de que su mayor apostolado es el de su consagración; para él no hubo trabajo difícil, ni labor que no se pudiera hacer, tanto en la escuela como en el servicio de la comunidad: fue ecónomo, cocinero, se encargó del aseo de la Casa Central, de atender la llegada de los empleados, de ver y atender el cuidado de los jardines y muchas labores más.
Un hermano que luchó por ser autónomo para no molestar, así lo veían ojos ajenos a la comunidad: Una persona que trabajó en Casa Central le decía, cuando ya estaba en la Comunidad de Cumbres: “que no se resistiera en aceptar la ayuda de los enfermeros, que fuera humilde y aceptara sus limitaciones; era difícil que diera su brazo a torcer, pues siempre fue muy independiente y su delicadeza le hacía no pedir nada, ni aceptar que le dieran ayuda, que él creía innecesaria.
Ella misma comenta la siguiente impresión sobre los Hermanos mayores y sobre lo que vivía el Hermano Alfredo, nos dice: “a pesar de que ustedes <HERMANOS> forman parte de <UNA COMUNIDAD>,no siempre llegan a conocerse entre ustedes… como Hermanos… como personas… como individuos…ya sea por falta de tiempo… por falta de comunicación o de interés en los sentimientos personales que rondan por sus mentes…sus pláticas siempre giran alrededor de los asuntos relacionados con las instituciones educativas… los problemas inherentes a ellas… la educación… la administración… sus estudios… etc. etc. etc.
Siempre tuve la impresión de que a los Hermanos mayores y enfermos les ha faltado un poco más de atención y -acompañamiento fraterno- en sus últimos años de vida, sintiéndose relegados en el olvido… “EN VIDA HERMANO… EN VIDA”. [1] Tiene elementos muy válidos, porque la labor del Hermano Alfredo fue casi única, una labor de servicio y entrega a Dios a través del cuidado de los Hermanos y de la Casa Central y desde muchos años atrás no ligada directamente a la escuela.
[1] CrisSamo.
Su salud se fue deteriorando y los años se fueron acumulando, su paso se volvió lento e inseguro pero su alegría y buen humor, por lo general fueron positivos, la constancia y exactitud ante sus ejercicios espirituales fue ejemplar,
se alegraba cuando se le visitaba, era muy fiel a acudir cada jueves a la visita al médico, salida que aprovechaba para conseguir algunas cosas, como los dulces que diariamente daba a las personas de servicio y a los enfermeros, y alguna golosina para sí mismo, (pastillas de menta).
El Hermano Alfredo siempre pidió a Nuestro Señor que se lo llevara; varias personas le decían: “Mientras más le pida usted a Nuestro Señor que lo recoja… menos le cumpliría su deseo…sólo Él sabe por qué lo quiere dejar aquí más tiempo… Él necesita que usted esté más tiempo entre nosotros, se lo repitieron muchas personas.
Por fin Nuestro Señor le cumplió su deseo y escuchó su súplica, pero no fue de inmediato, lo fue preparando poco a poco, como para que ofrendara hasta lo último de sí, pues sus limitaciones fueron creciendo, primero al desplazarse segundo, a tener necesidad de que lo auxiliaran en sus necesidades básicas, perdió el apetito y apenas comía y la memoria fue perdiendo su lucidez, pero su espíritu de oración y su cercanía con el Señor se acrecentó y su silencio hacia los Hermanos y sus conocidos se hizo más profundo, solo se sonreía y evitaba dar molestias, dejó de salir de su cuarto y los últimos días permaneció prácticamente en su cama.
Fiel a sus ejercicios espirituales, al no poder ya ir a la capilla para el rezo del oficio divino, los Hermanos fueron a rezar por las mañanas al cuarto del Hermano Alfredo, quien seguía devotamente la oración.
El 29 de diciembre como una vela que derrama su última luz al extinguirse la cera y el pabilo, así fue el encuentro del Hermano Alfredo con su Señor; ha de haber sido un encuentro luminoso en el que el Hermano escuchó de su Señor: Ven bendito de mi Padre a gozar…
“El 30 de diciembre en la Comunidad de Cumbres se realizó el funeral del Hermano Alfredo Sánchez Navarrete. Les decía, escribió el Hermano Visitador que, 2017 sería un año de “muchas voces”. La del Hermano Alfredo es otra que hay que escuchar. En la Revista La Salle, con ocasión de los 98 años de vida, como homenaje se hizo una descripción de su historia de entrega a Dios en el dolor y la enfermedad. Esta es una voz que nos recuerda que la alegría de la vocación se debe vivir con paz, aceptando los momentos que la vida nos presenta, pero construyendo cada día el Reino de Dios.
La vida del “Mister” es un don distrital. Constructor de la Salle en México. Constructor de la Salle en México Norte. Y lo construyó con sus manos, literalmente. Trabajador, austero, y servicial. Vivir con él no era fácil y era precisamente por su carácter recio, que no admitía días de descanso. Con todo, disfrutaba la vida: las anécdotas, las convivencias, la comunidad, la fe, la fraternidad y el servicio en radicalidad. Hermanos, del Hermano Alfredo también podemos aprender actitudes de austeridad…”[1]
Gracias Hermano Alfredo porque tu huella ha hecho camino, porque tu senda es ejemplo de vida y da sentido a nuestro ser de Hermanos.
Se le podrían aplicar estos versos al Hermano Alfredo, al final de sus días:
«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46).
Al final de una noche ya cansada, encomiendo mi espíritu a tus manos. Señor, son invisibles tus manos y tu rostro, pero escucho la música más bella, tu Palabra. Tu Palabra eres Tú, y te has inclinado a mi oído a decirme la ternura de las manos abiertas de tu Padre; y ha resonado inmensa la plegaria última de tu vida, la plegaria última que dijiste y que te digo, la aprendida en las horas más oscuras de mis noches. Señor, atiéndela. Abre tus manos y recógeme. Señor, creo en tus manos invisibles, en las que me abandono. Sé que no soy una flor, ni una paloma, ni siquiera una sonrisa. Mas, soy tuyo[2].
TESTIMONIOS
Antes de concluir este escrito, varias personas ofrecieron un testimonio sobre la vida y la acción del Hermano Alfredo a lo largo de su existencia y cómo influyó su personalidad en ellos.
“Cuando llegué como interno al Instituto Francés de la Laguna, el Hermano Alfredo, para mí, fue el primer Hermano que conocí y siempre me mostró mucho cariño, siempre me dijo ‘Canito’ y me aseguraba que diario pedía por mí; fue un gran inspirador en mi vida de Hermano. Tenía un alto respeto por la autoridad, tanto, que nunca permitía que le diera uno el pase y te tomaba del brazo con gran fuerza y te hacía pasar primero, porque tú eras director. Un Hombre de profunda oración y sumamente educado con todas las personas, sin importar su rango social. Sin embargo, no era nada dejado y sabía pedir justicia”[3].
Otro testimonio.
“Nunca olvidaré mi primer día de trabajo en la Coordinación Central, llegaba con mi corazón lleno de agradecimiento por la oportunidad de colaborar en la obra de San Juan Bautista De La Salle, pero fue algo más, que lo hizo aún más especial: al entrar a las oficinas se encontraba el H. Alfredo, sentado en la recepción y dando la bienvenida al personal que iba llegando y checando la tarjeta de asistencia al verlos entrar por la puerta de acceso, previa a las oficinas, esperando hasta que llegáramos todos.
En alguna ocasión, platicando con Él, le pregunté si había sido Hermano Director de algún colegio y me respondió sonriendo que Él había sido muy feliz realizando diferentes actividades en las que podía servir y que nunca le había interesado ejercer algún puesto directivo”.
La señorita que fuera secretaria de Casa Central muchos años, nos da el siguiente testimonio:”Conocí al H. Alfredo aproximadamente desde 1973-1974 en el Regio Contry, donde trabajé como secretaria de la Dirección, con el Profr. Roberto Garza Zambrano, ya que iba casi a diario a entregar correspondencia del Colegio, que llegaba al apartado postal de Casa Central.
Siempre fue un caballero como los de antaño… nos saludaba con beso en mano, a Chela, mi compañera de entonces y a una servidora.
Posteriormente, cuando trabajé en Casa Central, a partir de 1987, me fui dando cuenta de que su vida siempre estaba, estuvo y estaría dedicada al servicio de los demás.
Después de jubilarme, en 2010, como el H. Alfredo ya estaba en la comunidad de Cumbres, se me hacía muy difícil ir a visitarlo hasta allá…
así que me acercaba una o dos veces al año a visitarlo en el consultorio del Dr. Fernández, para llevarle el Calendario del Antiguo Galván, que acostumbraba usar cada año… así me seguí dando cuenta de que cada vez se iba apagando más y, que prácticamente ya era –un huesito- por lo que me imagino seguía sin pedir le prepararan los alimentos que por su avanzada edad y por salud necesitaba le fueran preparados en forma especial… <para no dar molestias>… yo le decía otra frase muy conocida < genio y figura … hasta la sepultura >.
Cuando me enteré de la noticia de su fallecimiento…pensé… H. Alfredo… por fin el Señor le cumplió su deseo…él siempre le pedía al Señor que ya lo recogiera…
Yo le repetía una frase que usaba mucho mi madre… < muerte deseada… vida regalada > mientras más le pida al Señor se lo lleve… menos le cumplirá su deseo…solo Él sabe por qué lo quiere dejar más tiempo… necesita que todavía siga entre nosotros”[4].
“Al H. Alfredo Sánchez Navarrete lo tengo presente en mi corazón y siempre lo recuerdo con mucho cariño y admiración; fue un honor haber tenido la oportunidad de coincidir en el tiempo, fue un placer recibir las llamadas de sus hermanos y hermanas, así como de su sobrina Rocío, quienes estuvieron muy al pendiente de Él. Siempre y, en especial, recuerdo a su hermano Federico, con quien he tenido la oportunidad de saludarlo y platicar un poco; la última llamada que recibí de él fue el 16 de diciembre de 2016”[5].
“Para mí, el H. Alfredo fue una persona con un gran corazón; al llegar al trabajo, siempre nos recibía deseándonos buen día.
Comparto uno de los recuerdos que tengo: en un viaje a Saltillo, Coah. llegamos a un restaurant a almorzar y pedimos unos chilaquiles, Él comentó que esos no eran chilaquiles, que los que a Él le gustaban eran como los preparaba su mamá y me dijo cómo los hacía su mamá, y le dije que mi hermana los preparaba igual, que le iba a traer unos para que los probara. Después me comentó que eran casi iguales a los de su mamá, allá por el año 1928. Me dio mucho gusto que me dijera eso.
Siempre lo recordamos con mucho cariño, ya que siempre nos decía que pedía en sus oraciones al inicio del día por todos nosotros y nuestras familias.
Lo que siempre comentaba: La hora es la hora, ni antes, ni después de la hora.
Fue una persona muy especial para todos los que tuvimos la dicha de formar parte de su vida”[6].
La vida del Hermano Alfredo constituye un reto, ya que fue un Hermano que se santificó con la antigua Regla, que pedía regularidad, y la vivió a plenitud, exigía alejamiento del mundo, y él supo hacer una sana distancia, siendo siempre cortés, amable y servicial para todos los que lo rodearon o trataron, pero sin llegar a una familiaridad. Fue fiel a sus compromisos religiosos, hasta el extremo; nunca escatimó el tiempo de la oración, sus visitas a Nuestro Seño, su meditación y lectura espiritual, hechas con regularidad. Supo ser obediente a sus Superiores y generoso en el servicio que se le encomendaba; de su boca no salía crítica, había cosas que no comprendía, pero las aceptaba en silencio.
El sufrimiento fue el compañero de su vida y, por él amó y abrazó la cruz de Cristo; jamás se le oyó una queja, aunque en ocasiones expresó miedo ante alguna intervención quirúrgica, pero se ponía en manos de Dios y de los médicos.
Hermano Alfredo, tu vida es un reto para los Hermanos, es un ejemplo de congruencia. Intercede por nosotros y por nuestro Distrito, para que el Señor nos permita ser congruentes y fieles a nuestros compromisos; úrgele al Señor que nos envíe jóvenes dispuestos a servirle, como tú, Hermano, lo hiciste.
Hno. Juan Ignacio Alba Ornelas
[1] Hermano Visitador Gabriel Alba en su editorial del mes de febrero 2017
[2] (RAFAEL ALFARO)
[3] Hermano Alejandro Bunson
[4] CrisSamo [5] Mireya Navarro Berrones [6] Irma Hernández Rivera