Tras haber renunciado a la presidencia de Bolivia en 1828, Sucre regresó a Quito para vivir en relativo retiro con su esposa, Mariana Carcelén. A pesar de su deseo de alejarse de la vida pública, en 1830 fue elegido representante del departamento de Azuay (Ecuador) para asistir al Congreso Constituyente de la Gran Colombia, que se celebraría en Bogotá. Aquel congreso era crucial: buscaba decidir el futuro de una república al borde de la disolución.
Movido por su profundo sentido del deber, Sucre decidió emprender el viaje hacia Bogotá, cruzando los Andes por caminos inhóspitos y peligrosos. Lo acompañaba un pequeño grupo de hombres de confianza. Él, como siempre, viajaba sin ostentación ni gran escolta militar.
El 4 de junio de 1830, mientras atravesaba el bosque de Berruecos, una zona montañosa y densa, fue emboscado por un grupo de sicarios contratados para matarlo.
Cuando el grupo llegó a un lugar conocido como "La Jacoba", Sucre fue sorprendido por varios disparos desde una emboscada. Uno de los proyectiles lo alcanzó en el pecho, atravesándole el corazón. Murió de inmediato.
Tras su caída, el grupo huyó y sus acompañantes recogieron su cuerpo. Lo enterraron provisionalmente en la zona, bajo el impacto de la traición
Los restos de Antonio José de Sucre, inicialmente enterrados en Berruecos, fueron exhumados y trasladados a Quito, y finalmente en 1842 llevados al Panteón Nacional en Caracas, donde descansan como símbolo de honor junto a otros héroes de la independencia.