Aportes docentes

Guillermo Mejía, Docente del Departamento de Periodismo.

El populismo y el menosprecio de los derechos ciudadanos

Por Guillermo Mejía


Cada vez estamos más lejos de la libre y responsable discusión de ideas, dado el predominio del populismo en la sociedad contemporánea, que es potenciado con la presencia de las redes sociales que ocupan la atención de los públicos y que han profundizado la crisis del sistema tradicional de medios de comunicación colectiva.


“El populismo estrecha y erosiona la esfera pública, rechaza la deliberación que es consustancial a la democracia, y desfigura la diversidad propia de los medios de comunicación en una sociedad plural. El populismo se apuntala en los medios, pero se revierte contra ellos cuando no le favorecen”, afirma el experto Javier Trejo Delarbre, en el libro Pensar lo público desde la comunicación (México, 2022).

“El populismo usufructúa e incluso ensancha el espacio público, pero elude la esfera pública, la abomina y en cuanto puede, la debilita”, añade. Y, el colmo, los medios de comunicación colectiva tradicionales han cedido, en gran medida y por varias razones, su función mediadora a las descargas emocionales que transitan por las redes sociales, con lo que alimentan la depravación del espacio público.

La esfera pública es el ámbito de la vida social en el que se puede formar algo que se acerque a la opinión pública y que en el intercambio variado de razones e ideas en ella se asienta la democracia, mientras en el espacio público encontramos los diversos contenidos (informaciones, entretenimiento, publicidad, propaganda, etc. y también memes, tuits, ultrajes, etc. en la red).

“El populismo aprovecha e incluso ensancha el espacio público, en detrimento de la esfera pública. Maleable y escurridizo desde el análisis conceptual, al populismo difícilmente se le puede caracterizar”, según el autor, pero tiene estos rasgos: el caudillismo de un líder carismático, dice ser representante de “el pueblo”, encarna el interés popular, se coloca por encima de las leyes e instituciones, confronta con quienes no lo respaldan, dice ser víctima de gobiernos anteriores y compañía, y polariza a la sociedad.


El intelectual mexicano ilustra:

“El dirigente populista aprovecha las instituciones de la democracia, pero desconfía de ellas. Llega al poder cuando gana una elección, pero una vez que se encuentra allí prefiere la llamada ‘democracia directa’ en frecuentes ejercicios de consulta a sus seguidores. Los destinatarios de sus arengas son los grupos que lo respaldan.”

“El populismo no es una ideología, ni una posición política. Se trata de un estilo autoritario, personalista y pragmático de ejercicio del poder. No implica un programa de gobierno específico, ni política pública alguna.”

“El populismo no es una forma de gobierno, pero sí supone una concepción patrimonialista del ejercicio del gobierno: que el poder político esté al servicio de los intereses, la causa y los requerimientos que el líder populista estime pertinentes. Además, el populismo se traduce en una relación autoritaria entre el gobernante y la sociedad.”

“El populismo erosiona a la democracia y, si no encuentra resistencia suficiente, puede reemplazarla. Las modificaciones legales para que los líderes populistas se reelijan, la desaparición de los congresos para que no le hagan sombra al poder del líder, o la postergación de elecciones, son prácticas de experiencias políticas en diversos países.”

En cuanto a lo mediático, a los problemas de la ausencia del periodismo profesional y la concentración de medios en pocas manos, gubernamentales o privadas, que espectacularizan los asuntos públicos, se suma la presencia de las redes sociales donde el populismo encuentra un terreno propicio a la polarización que produce.

“Con la expansión de Internet y sus afluentes, y por diversas causas, la prensa sufre una crisis que terminará por transformarla de manera radical. La prensa, lo mismo en papel que en medios electrónicos o en línea, ha perdido la centralidad que tenía y las redes sociodigitales no cumplen con aquellas viejas funciones ordenadoras del intercambio racional en nuestras sociedades”, advierte Trejo Delarbre.

La gravedad del caso es que la idoneidad de las redes sociales para el mensaje populista va más allá del formato, ya que los contenidos que ofrecen son organizados por algoritmos que seleccionan textos, imágenes o videos de acuerdo con preferencias de los usuarios, que quedan aislados y expuestos solo a informaciones que coinciden con sus inclinaciones alejándolos de la conversación con los demás.

“(...)Si dependemos de redes sociodigitales en donde únicamente miramos los contenidos que colocan nuestros amigos o seguidores (que suelen tener puntos de vista similares a los nuestros) y sobre todo si la jerarquización de los contenidos que esas redes nos muestran replica lo que ya hemos preferido, tendremos apreciaciones sesgadas y fregmentarias de esos temas”, sentencia el autor.

Trejo Delarbre hace una lista de las implicaciones que derivan de la relación medios-populismo y de manera resumida las coloco a continuación:

  • Los líderes populistas son noticia. Los medios difunden noticias y los líderes populistas lo son. Al propalar lo que dicen y hacen, los medios contribuyen a magnificar la presencia pública de esos líderes. No se les puede reprochar a los medios profesionales que reseñen los acontecimientos públicos, pero se les puede exigir que lo hagan con rigor crítico y con marcos de referencia analíticos.

  • Encubrimiento de la retórica maniquea. La cultura mediática, afianzada en el espectáculo, no acostumbra a privilegiar las razones ni la deliberación. El estilo populista intensifica la simplificación del lenguaje y las narraciones, propicia las descripciones emocionales y expande una concepción polarizada, y, así, empobrecida de la realidad.

  • Los medios quedan encasillados como parte del establishment. Las empresas mediáticas, que mientras más ascendiente y recursos técnicos tienen, requieren mayor inversión financiera y alcanzan más influencia, son parte del poder económico y hacen política de muchas maneras. Pero entre ellas hay matices, trayectorias y prácticas que las distinguen a unas de otras. Cuando el líder populista ubicado en el poder político descalifica en bloque a todos los medios que no se ciñen a su agenda o a su estilo comunicacional, reduce los márgenes de la libertad de expresión.

  • El populismo exalta a las redes sociodigitales hasta que dejan de favorecerle. Al líder populista le entusiasma la comunicación directa que entabla con sus seguidores a través de mecanismos como Twitter o Facebook porque no hay intermediarios y sus mensajes no pasan filtro ni enmarcamiento algunos. Sin embargo, las posibilidades de interacción que ofrecen tales redes no le interesan. Por lo general el líder populista no contesta las réplicas a sus tuits.

  • El populismo entorpece el acceso a la información. Al líder populista no le interesa la investigación periodística porque devela inconsistencias de su propia política, salvo cuando muestra los abusos de gobernantes anteriores.

  • Personificación excesiva. El populismo concentra todos los recursos políticos, incluso los mediáticos, en torno al individuo. “El pueblo soy yo”, proclama el líder de ese corte.

  • Medios públicos instrumentalizados. El populismo identifica lo público con su propia causa y, por lo tanto, con el interés del líder. La idea de lo público como las actividades o los servicios cuya provisión es garantizada por el Estado pero que no funcionan con criterios políticos porque se encuentran entre los requerimientos básicos de la sociedad, es reemplazada por la apropiación y el control directo por parte del gobierno.

  • Teorías de conspiración. Las fabulaciones no son noticia, salvo cuando tienen consecuencias relevantes o las dicen personajes destacados. Las noticias son los hechos, no las suposiciones. Los medios profesionales no tendrían por qué difundir mentiras, pero si quien las dice es el líder populista entonces son asuntos de interés público y han de ser publicadas, por muy descabelladas que sean.

  • Antiintelectualismo. El populismo desdeña el pensamiento, pero sobre todo el pensamiento complejo. El líder populista aborrece a los intelectuales, excepto cuando lo enaltecen y justifican.

  • Constricción del debate público. Improperios y simplismo, polarización, personificación excesiva, versiones falsas… Estos recursos del populismo desembocan en el rechazo a la deliberación.

El problema del populismo en las sociedades contemporáneas es profundo y multicolor. Amerita que haya esfuerzos alternativos por la concientización política ciudadana, potenciados por la alfabetización mediática y la alfabetización digital, a fin de no seguir creyendo que los pajaritos vuelan porque tienen motorcito en el trasero.

Guillermo Mejía, Docente del Departamento de Periodismo.

Guillermo Mejía, Docente del Departamento de Periodismo.

Ejercicio periodístico en un espacio público contaminado

Por Guillermo Mejía

La sustitución del ataque contra periodistas en detrimento de la discusión racional y plural, además del sabotaje al acceso a la información pública en la sociedad, ameritan una reflexión constante acerca de la atmósfera en que se desenvuelven los comunicadores sociales y, por ende, la calidad de la información que es un derecho ciudadano.

Son preocupantes las cifras que arrojó el diagnóstico del Observatorio de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana (OUDH) sobre Libertad de Prensa y Acceso a la Información Pública en 2021 que revelan el incremento de acciones contra periodistas y la cerrazón de las instituciones a revelar información como nunca antes desde los Acuerdos de Paz, firmados en 1992.

En ese sentido, sobre la libertad de prensa ha habido restricciones al ejercicio periodístico, ataques, limitantes al acceso a la información pública y el espionaje de periodistas. Se contabilizan en el período 219 agresiones y en ese universo se identifican 102 restricciones al ejercicio periodístico, las limitantes de los periodistas frente a las fuentes que se niegan a dar información.

“Esto está relacionado directamente, precisamente, a cómo la información se ha venido centralizando; es decir, que se tiene que contar con el aval, se tiene que contar con el permiso sobre todo de la Secretaría de Prensa o de Comunicaciones, para emitir una declaración, para emitir un pronunciamiento, en caso contrario, la información se está negando”, advirtió el investigador Diego Manzano.

“Y también observamos cada vez con mayor fuerza y, según lo expresado por algunos y algunas periodistas, precisamente este temor de las fuentes a hablar; es decir, que hay muchas fuentes en esta posibilidad de trasladar alguna información prefieren no hacerlo por el temor a experimentar alguna represalia, ya sea de carácter físico o el despido que podría darse”, agregó.

Se unen los discursos de odio, especialmente a través de las redes sociales como “linchamiento digital”, la intimidación e incluso ataques físicos a periodistas por parte de agentes del Estado.

A la par, ha habido un retroceso en el acceso a la información pública a través de los portales de transparencia de las instituciones estatales. Con datos, según el OUDH, son 19 instituciones públicas las que reprobaron el cumplimiento de la información oficiosa para la ciudadanía, tal como lo demanda la Ley de Acceso a la Información Pública. La Asamblea Legislativa cuenta con la menor nota.

“Hay un mayor índice de reserva; es decir, que existen bastantes dificultades para obtener datos institucionales, hay una falta de actualización de portales y esto está afectando la posibilidad de construir notas, informar a la sociedad, precisamente, y al mismo tiempo existe una discrecionalidad en los criterios”, especialmente criterios políticos, señaló Manzano.

En otra oportunidad, he advertido que los encontronazos de algunos medios y periodistas con el gobierno de turno y la institucionalidad cooptada, que se suman a la batalla de ciudadanos y troles en las redes sociales, nos debe llamar a la reflexión sobre el papel trascendental del derecho a la información y a la comunicación en la sociedad.

Hay que tolerar la existencia de espacios mediáticos que hurgan sobre la cosa pública, el ejercicio del poder y las verdaderas intenciones de los que ejercen el poder.

Dentro de la democracia burguesa es necesario hablar de una democracia mediática que abre el espacio a una especial e inédita legitimidad de los periodistas, basado en la distinción entre la atribución nominal del poder (el pueblo) y el ejercicio de ese poder (las élites elegidas por la gente).

De esa forma lo señala el profesor español Javier del Rey Morató, que agrega: “El contribuyente y titular del poder y de la información se asoma a los medios de comunicación, desde los cuales los periodistas le ofrecen un relato sobre comportamientos y decisiones relacionadas con ese poder cuya titularidad ostenta”.

Para la consolidación de la democracia ante la huella autoritaria y despótica del poder, que incluso nos llevó a una guerra civil, urge el papel crítico de la prensa más allá de sus líneas editoriales –en general, conservadoras- que, por supuesto, hay que demandarles también responsabilidad y comportamiento ético de cara a los ciudadanos.

En una sociedad que se dice democrática, formalmente de corte liberal, una de las formas de constatar su fortaleza es la existencia de medios y periodistas comprometidos con la profundización de esa democracia que demanda diálogo social y plural. Sin duda, la herramienta idónea es periodismo responsable y ético, a la vez que perfectible.

Además de escudriñar el ejercicio del poder, favorecer el debate sobre los temas de interés público y aclarar el rumbo de las sociedades, en el marco del ejercicio democrático, el periodismo honesto debe preocuparse por ser exacto, justo e incluyente. Y no puede caer en el error de sacrificar los postulados éticos en la carrera por la primicia ni por intereses espurios.

Las sociedades actuales necesitan más que nunca el papel escrutador de los periodistas, para acercar a los ciudadanos a los temas de interés público y el ejercicio del poder que constitucionalmente les pertenece, ya que los funcionarios son servidores públicos que tienen que dar cuenta de sus actos. Por supuesto, es imprescindible el desarrollo democrático.

Por otro lado, traigo a colación otra reflexión que he hecho con anterioridad sobre no caer en la ilusión de creer que las redes sociales por sí pueden suplantar el espacio de los periodistas y de los medios, para una discusión racional sobre los problemas que aquejan a la sociedad, aunque coadyuven a la discusión pública.

Al respecto, tomé en cuenta lo dicho por el comunicólogo argentino José Luis Orihuela: “la red política por excelencia debería ser el parlamento, no una plataforma tecnológica privada de San Francisco”. Lamentablemente, “los políticos y los periodistas han convertido a Twitter en un monstruo fuera de control que amenaza la calidad de la vida democrática y privatiza espacios de conversación que deberían seguir siendo públicos”.

Orihuela advirtió en esa ocasión que la crisis de confianza que rodea a la clase política y a los estamentos del gobierno “no está generada por las redes sociales sino por la corrupción, el cortoplacismo, el partidismo y la manifiesta ineficacia de los partidos y del gobierno para resolver los problemas reales de los ciudadanos”. Eso sí, “las redes funcionan como un altavoz del descontento popular y como una correa de transmisión de los eslóganes de los partidos y del gobierno para resolver los problemas reales de los ciudadanos”.

El problema es que, como en el caso salvadoreño, “cuando el poder no permite preguntas en las ruedas de prensa o solo usa las redes para hacer propaganda o para resolver rencillas tácticas con sus oponentes, entonces se le están sustrayendo debates esenciales a la ciudadanía. No resulta extraña, por tanto, la crisis reputacional de la política, pero se trata de un problema que no tiene soluciones tecnológicas”.

“Ahora de lo que se trata no es de demonizar a la tecnología ni de pretender un retroceso imposible a etapas anteriores, sino de establecer mecanismos de compensación para que la velocidad no altere la calidad de los procesos de toma de decisiones en todos los niveles de nuestra vida, también en el ámbito político y periodístico”, según él.

“No podemos seguir funcionando a golpe de mensajes instantáneos o de tuits, por más virales que sean o se fabriquen”, agrega.

Guillermo Mejía, Docente del Departamento de Periodismo.