El Instituto de San Isidro es el centro educativo más antiguo de Madrid y posiblemente de España.
Situado en el corazón de Madrid, se encuentra ubicado en la zona más antigua de la capital, en el llamado “Madrid de los Austrias”. La cabecera del Rastro, la Plaza Mayor, la Plaza de Tirso de Molina, o los barrios de Lavapiés, Latina y Embajadores, son su entorno natural, un entorno urbano antiguo y castizo. En este antiguo edificio podemos encontrar un tesoro que es desconocido para una gran parte de los habitantes de la capital. Es a lo largo de la escalera Imperial del siglo XVII en la que se nos traslada al pasado a través de una exposición donde se localiza un pequeño y precioso museo dedicado a la historia del instituto.
En el tejido histórico de Madrid, el Instituto San Isidro emerge como un relicario venerable, cargado de nostalgia y cuna de incontables relatos. Enclavado en el corazón de la educación secundaria y bajo el resguardo de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid, este centenario edificio fue construido en 1845, esculpiendo sus cimientos en la misma esencia de la ciudad.
En los escasos recovecos que resisten el paso del tiempo del edificio original, se encuentra lo que antaño fue la sede del Colegio Imperial. Fundado en 1603 por la Emperatriz María de Austria, hija de Carlos V, este centro de aprendizaje nació con el propósito de educar a la nobleza. Sin embargo, en 1625, Felipe IV entregó las riendas a los Jesuitas, transformando la institución en diferentes identidades: los Reales Estudios, el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús o el Colegio de San Pedro y San Pablo de la Compañía de Jesús en la Corte. Con el tiempo, se bautizó como los Reales Estudios de San Isidro.
La presencia jesuita en 1767 sumió a los Reales Estudios en un silencio académico, pero tres años después, Carlos III reabrió sus puertas, otorgando cátedras por mérito y ampliando la biblioteca en 1785, convirtiéndola en faro de conocimiento público.
En 1815, Fernando VII restituyó la institución a los jesuitas, sin embargo, el paréntesis del trienio liberal, entre 1820 y 1823, obligó a la educación no laica a asumir una pausa. La transición hacia la secularización se plasmó en 1835, con la introducción de los Estudios Nacionales, que una década después se alzaron como la Universidad Literaria de Madrid. Pero en 1836, con la desamortización de Mendizábal, finalmente el edificio fue desalojado.
Es en el año 1845, se abre un nuevo capítulo con la implementación del "plan Pidal", dando a luz al Instituto de Segunda Enseñanza "San Isidro". No obstante, el edificio conservó su encanto al alojar la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central en sus rincones, desde el mismo año de su transformación y, a partir de 1856, testigo de la instalación de la Escuela Diplomática, seguida por la llegada de la Escuela de Taquigrafía en 1860.
En los días oscuros de la Guerra Civil Española, el edificio se erigió como un refugio antiaéreo, mientras una escuela para hijos de milicianos mantenía su llama. A diferencia de la contigua Colegiata, que sufrió daños, el Instituto permaneció incólume. Posteriormente, en 1943, tras el fin de la Guerra Civil, el antiguo Instituto mixto adoptó un carácter exclusivamente masculino.
El año 1983 marcó la resurrección del carácter mixto para la enseñanza del Instituto, y la Dirección General de Bellas Artes y Archivos propuso su declaración como monumento histórico artístico (BOE de 22 de junio de 1983). En los dos años posteriores , nuevas obras de rehabilitación y restauración, orquestadas por el arquitecto Miguel Ángel López Miguel, pulieron las huellas del tiempo.
Fue en los años 1969 y 1971, cuando las instalaciones vivieron una transformación significativa con la construcción de un edificio nuevo que, respetando la fachada, el patio y la capilla de 1723, ahora alberga un pequeño museo consagrado a la Ciencia y la Educación. Por no mencionar que la biblioteca, concebida por Ventura de la Vega, aún resguarda libros de su fondo antiguo, testigos silentes de épocas lejanas, que se niegan a ser desplazados.
En la actualidad, el Instituto despliega sus enseñanzas bilingües en inglés y francés, resguardando una moderna biblioteca en la planta superior, y repleta de las últimas tecnologías. No obstante, su tesoro más preciado, el museo en la planta baja, recrea una clase de antaño y exhibe una colección de animales disecados, junto con cuatro plantas que albergan exposiciones variadas, desde expedientes y fotografías de alumnos ilustres hasta libros, mapas y trabajos estudiantiles, así como objetos del laboratorio de Física y Gabinete de Historia Natural, reliquias rescatadas del olvido.
Este antiguo edificio, que ha sido refugio de diversas instituciones a lo largo de su historia, desde escuelas y facultades hasta bibliotecas, se erige como un templo casi "sagrado" para la docencia, atravesando cuatro siglos con gallardía. En su fructífera vida, ha sido testigo del paso de alumnos y profesores que, en posteriores capítulos, han tejido la historia de España. Lope de Vega, Calderón de la Barca, Francisco Quevedo, Nicolás Salmerón, los hermanos Machado, José Canalejas, Jacinto Benavente, Juan de la Cierva, Eduardo Dato, Pío Baroja, Vicente Aleixandre y Camilo José Cela, entre otros, han dejado una huella imborrable, legando su memoria al mismo edificio que los vio florecer, y hasta el propio rey, Juan Carlos I, entretejió su aprendizaje en estas venerables aulas. En este epicentro histórico, donde el tiempo se sucede con sabiduría, el Instituto San Isidro se erige como un testamento de la educación, una joya viva de la memoria colectiva que se niega a desvanecerse ante el implacable paso de los siglos.
El patio fue levantado entre 1679 y 1681, durante el reinado de Carlos II. Es obra de Melchor de Bueras, a quien también se debe la Puerta de Felipe IV.
Concebido a modo de claustro, presenta un inconfundible trazado barroco.
Pese a ello, se aprecian en su composición ciertos rasgos herrerianos, el estilo oficial de los Austrias, que tanto marcó la fisonomía de Madrid a lo largo de todo el siglo XVII.
Es una pequeña capilla, de planta rectangular que sobresale del ala de las escuelas. Ha recibido distintos usos a lo largo del tiempo, entre ellos, utilizándose también para impartir clases, tal y como lo cuenta Pío Baroja en el Árbol de la Ciencia, incluso en su sacristía llegó a establecerse el laboratorio de química, volviendo a su antigua función después de la guerra civil.
Actualmente apenas tiene un carácter religioso, empleándose para actividades culturales como conciertos o exposiciones organizadas por el Instituto.