La trayectoria de Julio Ortega es inabarcable: crítico literario, poeta y narrador; profesor de la Universidad de Brown, de universidades americanas y europeas y próximo al grupo de escritores e intelectuales que fueron parte del boom latinoamericano. Su importancia para el Tecnológico de Monterrey y para la Escuela de Humanidades y Educación va más allá de su participación en la organización y ejecución en los seminarios, congresos y eventos de literatura de nuestra Institución: impacta en el desarrollo intelectual y humano de los que pertenecemos a ella.
Para reconstruir la trayectoria del escritor peruano es esencial remontarse a su relación con su campo de conocimiento: la literatura. Ortega recuerda la relación con los libros como una cuestión que rebasa la frontera que impone la memoria. El escritor menciona que los libros aparecen de una manera muy temprana en su vida: “La literatura es una fatalidad, aparece desde muy pequeño. Cuando teníamos 10, 12 años todos habíamos leído a Vallejo, queríamos ser como Vallejo”. La pasión por la literatura se puede observar tanto en su obra académica como en la reconstrucción que hace de su convivencia con escritores como José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez, historias que él mismo inmortaliza a través de la palabra en La comedia literaria: Memoria global de la literatura latinoamericana.
La educación, instancia a la que le ha dedicado la mayor parte de su vida, es para Julio Ortega una forma de autorrealización y de construcción para la sociedad: “En realidad todos hemos nacido para ser algo bien hecho. Esa es una antigua filosofía. Cada uno, de cualquier ser humano hasta el más humilde, ha nacido con un proyecto para realizarse. Una generación que no va a la escuela es una generación perdida”. El escritor resalta la importancia de tener profesores que guíen en el camino y contribuyan a la inspiración de sus alumnos. Ha sido reconocido por sus alumnos de la Universidad de Brown por su excelencia en la enseñanza.
Su relación con el Tecnológico de Monterrey tiene una carga afectiva que radica en los momentos que ha pasado en esta universidad y en su constitución como un espacio para el aprendizaje: “Me parece el modelo ideal de una universidad para un joven, porque parece todo planeado, como una especie de utopía universitaria […] Tú reconoces una armonía interna, que tiene que ver con la experiencia del saber, de la educación, del haber encontrado tu destino a tiempo, porque eso es lo más difícil”.
Una parte importante de su labor intelectual la ha dedicado al Proyecto Transatlántico del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Brown, que estudia el área latinoamericana y los mecanismos modernos de intercambio cultural, formación identitaria, hibridación, geo-textualidades y comunicación en las nuevas humanidades. Esto ha tenido una gran importancia en nuestra Institución, ya que ha permitido a investigadores y docentes de la Escuela de Humanidades y Educación construir conocimiento en torno a las dinámicas de esta área geográfica.
El escritor valora en gran medida la hospitalidad mexicana, que fomentó su crecimiento como intelectual. Recuerda que cuando llegó a México se encontró con los refugiados de la guerra civil española y esto le permitió entrar a un espacio de construcción de conocimiento y de reflexión. Esta es la característica principal que Julio Ortega desea que las universidades mexicanas mantengan y que la combinen con una cuestión de flexibilidad educativa vinculada con una reconceptualización de la universidad latinoamericana. El escritor menciona que las universidades latinoamericanas tienen el hábito de que los docentes pasen demasiado tiempo en la universidad, sin embargo, esto impide la productividad por centralizar la vida del docente en el espacio universitario.
Sobre la situación en América Latina, el crítico peruano enuncia que: “Nos hemos valorado unos a otros con entusiasmo [...] Muy recientemente se ha establecido, sin que sea una regla, una cultura de tolerancia, aprecio, respeto mutuo y de valoración de los demás. Hemos vivido épocas y sistemas bastante corruptos y melancólicos en los cuales es difícil forjar un diálogo”. La ética cobra una vital importancia a partir de este nuevo panorama. Ortega visualiza que la literatura latinoamericana, especialmente la mexicana, tiene una sensibilidad ética que posibilita este diálogo.
Por último, el escritor recalca sobre el acto de leer que: “Es muy casual la sintonía del lector con un texto, pero es maravillosa. Porque de pronto encuentras un texto y dices pero esto ha sido escrito para mí. Es la máxima ambición de un escritor”. Al preguntarle sobre su favorito y ante la imposibilidad de escoger, elige a todos: Rulfo, Cortázar, Fuentes, Poniatowska y Castellanos, destacando entre todos ellos a Vallejo y a Borges. Es así como Julio Ortega constituye su quehacer literario y su vida intelectual rodeado de los grandes escritores y permitiéndonos conocer a través de él la experiencia de la literatura latinoamericana.