Por: Juan Carlos Salinas Vasco.
En Oaxaca hay palabras que no se dicen, se caminan. Hay música que no se escucha, se hereda. Dios nunca muere no es solo una canción, es una forma de pararse frente a la vida cuando el golpe llega y el suelo tiembla.
Esa era la canción favorita de mi abuelo, don Facundo Vasco Zelaya. Y no es casualidad. Porque su vida, como la de muchos hombres del Istmo de Tehuantepec, fue dura, larga y atravesada por pérdidas, trabajo y resistencia.
Hubo un tiempo en la vida de mi abuelo en que el ruido se fue apagando. Después de una juventud agitada —ferroviario, guerrillero, hombre recio, andariego— y después de haber tenido ocho hijos en años duros, en los que solo sobrevivieron cuatro, algo en él se aquietó. No se volvió blando, ni devoto en el sentido solemne de la palabra. Se volvió presente.
Vivió y murió en su barrio de la Santa Cruz, en su batalla, donde todos lo conocían: – «¡Buenas, Cundo Bizi!» –como le llamaban–, y él saludaba a todos. El saludo no era cortesía, era reconocimiento. Caminar por el barrio era también cuidarlo.
En la última etapa de su vida, en su Tehuantepec natal, fue shuana, ayudante en las labores de la iglesia, honor que se gana con prestigio. Barría, acomodaba, abría puertas, cerraba otras. No predicaba: servía. En Oaxaca, servir no es humillarse, es ocupar un lugar digno en la comunidad.
Murió a los 87 años, de angina de pecho, después de haberse casado por segunda vez a los 72 como quien todavía cree que la vida no se ha terminado de decir.
Cuando yo era niño y lo visitaba en vacaciones, me llevaba por las mañanas a su rancho. Caminábamos cerca de diez kilómetros para darle de comer al ganado. El camino no era un trámite, era enseñanza. En Oaxaca, se aprende andando.
En esas travesías me dejó frases que hoy reconozco como herencia oaxaqueña no escritas en libros, sino grabadas en la manera de estar en el mundo.
– «Hijo, tú saluda. El saludo primero es para ti. Si el otro no te devuelve el saludo, queda en él. Tú ya cumpliste».
Ahí estaba la dignidad zapoteca: uno no se mide por la respuesta del otro, sino por la rectitud con la que actúa.
– «A donde quiera que vayas, come bien. Porque el que es pendejo para comer, es pendejo para todo». Brusco, sí. Pero verdadero. Comer bien es cuidarse; cuidarse es respetar la vida que se te dio.
– «A mí siempre me va bien, hijo. Solo a los pendejos les va mal. Porque hasta cuando me va mal, me va bien… Pues aprendo». Esta frase podría ser el subtítulo de Dios nunca muere. No niega el dolor, pero se rehúsa a que tenga la última palabra.
Antes de despedirse, solía decir: – «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha».
En Oaxaca, el bien no se presume. Se hace en silencio y se deja caminar solo, como la música que sigue sonando aun cuando ya no esté quien la cantaba.
Hoy pienso en mi abuelo como un hombre atravesado por la historia dura del Istmo: pobreza, violencia, trabajo, pérdidas. Y aun así, un hombre que entendió que la verdadera fuerza no está en imponerse, sino en mantenerse de pie, saludar primero, aprender del golpe, seguir caminando y amar profundamente tu tierra y a los tuyos.
Por eso su canción era ese himno que a los oaxaqueños les dice que la vida, cuando se vive con autenticidad y sentido, es eterna, pues Dios, como el amor, nunca muere.
Hay vidas que, aunque terminen, siguen acompañando. Como la música. Como la palabra. Como el ejemplo.
En Oaxaca, lo que se ama no se va: se queda sonando.
Y mientras alguien lo recuerde, Dios nunca muere.