Por: Laila Báez.
En el transcurso de la historia de la humanidad, los pueblos han formado tradiciones a partir de su manera de entender el mundo, la poética entre lo tangible y lo intangible. Pero esta cosmovisión se vincula estrechamente con el entorno que los contiene. La fauna, la flora, la geografía, los fenómenos naturales son, entre otros, los elementos que le dan forma al fondo. Y Oaxaca no es la excepción. Lo excepcional es la diversidad de este extraordinario laboratorio al que tuvieron acceso tantos pueblos originarios que les permitió hacer suyas formas particulares de vestir, bailar, comer, construir, contar su historia.
Solamente en la región de los Valles centrales se acumula una diversidad de actividades tradicionales prehispánicas, desde los textiles de Teotitlán hasta el barro verde de Santa María Atzompa, pasando por la producción de mezcal, la agricultura, la Guelaguetza y las calendas, entre muchas más. Originalmente, todas estas satisfacían una necesidad utilitaria o espiritual: actividades y artículos cotidianos y mundanos, así como culto a dioses y muertos. El juego de pelota, por ejemplo, combina, por mencionar algunas, arquitectura, ritual, entretenimiento, política, tributo, joyería, cerámica.
La tradición es ese lazo que vincula a la tierra con el cielo y, especialmente, a quienes los habitan. Es el conocimiento de los elementos, de cómo trabajarlos, del respeto y agradecimiento a la tierra y sus ciclos que permea hacia las generaciones siguientes.
Actualmente, muchas tradiciones han desaparecido y otras están en peligro de extinguirse debido a la escasez de recursos, la pérdida de lenguas en las generaciones más jóvenes, la urbanización, el crecimiento de la población, el turismo, la concepción del mundo. El entorno físico y social ha cambiado desde aquellos asentamientos originales. Sin embargo, algunas permanecen, resilientes, valientes, rebeldes, enfrentando a la modernidad o adaptándose a ella.
Oaxaca nos ha dado tanto que hoy tenemos que agradecerle y responder por ella. Penetrar en sus entrañas, entenderla profundamente. Nos toca hacernos las preguntas pertinentes y buscar respuestas en su entorno, su actualidad. Pero Oaxaca no es una abstracción. No es justo analizarla como un concepto de estudio integral. Debemos voltear a ver a los protagonistas, los hacedores de esa riqueza. Estas acciones serán una verdadera carta de amor para quienes aportan otros recursos indispensables: la magia en su comprensión del mundo, su sabiduría, su palabra, sus manos y su memoria.