Bizi — tlacuache adulto del sur de México. Animal ancestral asociado a la astucia, la paciencia y la cercanía con la tierra.
Bizi — tlacuache adulto del sur de México. Animal ancestral asociado a la astucia, la paciencia y la cercanía con la tierra.
La leyenda del bizi.
Herencia zapoteca del Istmo de Tehuantepec
Por: Juan Carlos Salinas.
En el Istmo de Tehuantepec, los nombres no se imponen, se ganan. Este texto es una memoria familiar y, al mismo tiempo, una pieza de herencia zapoteca. Narra cómo un apodo nace del reconocimiento colectivo y se vuelve linaje, y cómo, a través de un animal ancestral, la comunidad nombra una forma de estar en el mundo.
En el sur de México habita el tlacuache, animal antiguo que, cuando se siente acorralado, no huye ni embiste; regresa a la tierra y finge su muerte. En zapoteco del Istmo se le llama bizi. No es solo un nombre, es una enseñanza.
En la tradición zapoteca, los animales no son figuras menores, son portadores de conducta, espejo del mundo humano. El bizi enseña que sobrevivir no siempre exige fuerza, sino inteligencia paciente, saber cuándo caer, cuándo callar y cuándo volver a levantarse. Morir un poco para seguir viviendo.
En Tehuantepec, tierra de mi madre, la vida se entiende así, en diálogo constante con la tierra, con el calor, con el río y con la muerte, que no es enemiga, sino tránsito.
Mi abuelo nunca tuvo buena relación con los tlacuaches. Se comían los mangos del árbol de su casa, un mango grande y frondoso que él cuidaba con recelo casi militar para que sus hijos los comieran cada primavera. En el mundo zapoteco, los árboles no son solo sombra o fruto: son ejes del patio, centro de la vida familiar y testigos silenciosos de las generaciones.
Mi abuelo se llamaba Facundo Vasco Zelaya. Fue alegre, bebedor, andariego, rebelde y profundamente trabajador. Tenía el cuerpo formado por el Istmo: resistente al sol, al cansancio y al desvelo. Podía llegar de juerga a las cuatro de la mañana, bañarse y salir a trabajar como si hubiera dormido una noche completa.
Nunca faltó a su labor como guardavías en Ferrocarriles Nacionales. Le correspondía un tramo de diez kilómetros de vías, que recorría de un solo lance, revisando durmientes y rieles como quien cuida una línea viva, sabiendo que de su atención dependía la vida de otros.
Regresaba cerca del mediodía a su casa: una choza elevada metro y medio del suelo para resistir las crecidas del río Tehuantepec, con techo a dos aguas y baldosas frescas que protegían del calor metálico del Istmo. El patio era amplio, abierto al cielo, y el mango lo presidía todo. Allí, como en muchas casas zapotecas, la vida ocurría hacia afuera, bajo el sol y la sombra compartida.
Después de comer, mi abuelo salía a hacer comunidad: hombres para la palabra, la bebida y el juego; mujeres para el deseo. En el Istmo, el cuerpo no es culpa, es presencia, celebración y fuerza vital.
Facundo también era beisbolista. Una tarde, en un juego cerrado, un lanzador del barrio de San Blas lanzó una pelota traicionera. La pelota giró de pronto y se estrelló contra su rostro. El golpe sonó seco. El silencio cayó sobre el campo.
Mi abuelo se desplomó sobre la tierra suelta. El tiempo se alargó. Desde el público, alguien lanzó un grito creyendo que la muerte había llegado. Pero en la cosmovisión zapoteca, la muerte no siempre es final, a veces es engaño, a veces es espera.
Minutos después, Facundo abrió los ojos. En un salto de tigre se incorporó riendo y gritó como quien regresa del otro lado. Las carcajadas rompieron el hechizo.
Desde algún punto del público, una voz dijo lo que todos entendieron sin explicación: —Ora sí, Cundo, te hiciste el muerto como el bizi.
Desde ese día, mi abuelo dejó de ser solo Facundo Vasco Zelaya. En la memoria del barrio y de la familia se volvió Cundo bizi: el hombre que, como el tlacuache ancestral, supo caer a la tierra, engañar a la muerte y levantarse riendo.
Así se nombran las cosas para que no mueran.
Así se heredan las historias para que sigan caminando con nosotros.