JEANNE BECÚ, Condesa du Barry
La vida de la condesa du Barry estuvo rodeada del deslumbrante mundo de la corte francesa del siglo XVIII y de los horrores de la Revolución. Su historia es la de una muchacha de origen humilde convertida en prostituta de lujo que, gracias a su belleza y sensualidad, logró cautivar al rey Luis XV consiguiendo ser su amante oficial y una de las mujeres más poderosas y ricas de Francia. Se granjeó muchos enemigos en la corte, entre ellos María Antonieta. Amante del arte, protegió a pintores y artesanos y cultivó el estilo neoclásico en Versalles. La muerte de su regio amante significó el comienzo de su caída. Fue expulsada de la corte y conducida a una abadía, donde permaneció confinada un tiempo hasta que se le permitió ir a su propiedad de Louveciennes, viviendo allí un breve pero intenso romance con el duque de Brissac. El estallido de la Revolución Francesa segó de cuajo toda nueva ilusión y la hermosa cabeza de la que fue la última favorita del Antiguo Régimen cayó bajo el filo de la guillotina.
LOS INICIOS
Su historia comienza en Vaucouleurs, Lorena, cuando una costurera de gran belleza llamada Anne Becú hizo olvidar su voto de castidad a un monje llamado Jean-Baptiste Gomard de Vaubernier. El resultado del affaire fue el nacimiento, el 19 de agosto de 1743, de una niña a la que su madre llamó Jeanne, quizá en homenaje al padre que nunca ejercería de tal. Sí lo hizo su padrastro, un recaudador de impuestos llamadoNicolás Ranson de Montrabé, con quien Anne Bécu contrajo matrimonio en 1749. Fue él quien se responsabilizó de la educación de la niña que, por cierto, fue muy superior a la de otras muchachas de su época y condición.
A los quince años abandonó el convento de Saint-Aure donde estudiaba y empezó a trabajar como lectora de Madame Lagardère, cuya nuera escandalizaba al París bienpensante por sus inclinaciones lésbicas. La dama, percatándose de los encantos de la asistente de su suegra, intentó seducirla pero Jeanne la rechazó y prefirió caer en brazos de su marido, lo que le valió perder el empleo. Para sobrevivir –tras el escándalo, ni su madre, ni su padrastro quisieron hacerse cargo de ella- desempeñó diversos oficios hasta que consiguió un puesto de dependienta en la tienda de Monsieur Labille, sastre de moda en la corte. Y allí la encontró su peculiar Pigmalión: Jean-Baptiste du Barry.
MADEMOISELLE L'ANGE
Ambicioso y libertino, Du Barry era un miembro de la pequeña nobleza tolosana que, tras su matrimonio con una dama parisina, se había instalado en la capital. Una vez allí, puesto que las escasas rentas heredadas de sus mayores no le permitían vivir tal como a él le gustaba, abrió sus salones al juego y, sobre todo, se ganó una bien merecida fama de mediador entre hermosas señoritas de compañía y los altos cargos de la corte. Pero, puesto que en la ceremoniosa Francia del siglo XVIII, un hombre de su condición no podía ser tachado de proxeneta, en París se decía que gozaba “de muchas y variadas relaciones”.
Con su experiencia, apenas conocer a Jeanne se dio cuenta de que la muchacha podía ser una auténtica mina de oro. Se la llevó a vivir con él, la convirtió en su amante y decidido a hacer de ella la estrella de su particular galaxia, Du Barry le enseñó las normas elementales del protocolo, a vestirse, a moverse y a saber cómo proceder para que un hombre cayera rendido a sus encantos. Una vez concluida su labor, la presentó en sociedad y, desde entonces, Jeanne se convirtió en una excelente fuente de ingresos para Du Barry. Fue conocida en los ambientes libertinos como Mademoiselle L´Ange oMademoiselle Lange.
OBJETIVO: SEDUCIR AL REY
Entre los hombres que la frecuentaron en esa época se encontraba el anciano duque de Richelieu. La joven había ido a encontrarse con él varias veces en el célebre “pabellón de Hannover” y el libertino duque se había mostrado entusiasmado con las prestaciones profesionales de Jeanne. El duque puso luego al corriente a Du Barry de las intrigas que se tejían en la corte para encontrar al rey Luis XV una nueva favorita tras la muerte de la marquesa de Pompadour, declarándose decidido a tener un papel determinante en la elección. Al escucharlo, Du Barry fue fulminado por una intuición: Jeanne era la amante que había que ofrecer al rey de Francia, era ella la carta ganadora que le permitiría jugarse el todo por el todo, pero solamente Richelieu podía ayudarle a realizar el proyecto.
El duque se divirtió mucho en aquella cena con todas las locuras de Du Barry y le dijo en broma: “Y ahora, ve a ver a Le Bel; a lo mejor, a través de él, tu favorita obtiene por un día los honores del Louvre”. Du Barry no se lo hizo repetir dos veces y, a fuerza de insistir, logró convencer al omnipotente valet de chambre de Luis XV que situara a Jeanne bien a la vista en el recorrido del soberano en Versalles. Le Bel corría un gran riesgo, ya que contravenía la férrea norma de excluir a las cortesanas de profesión. Según parece, ayudaron a hacer capitular al viejo sirviente una entrevista con la directa interesada y una demostración práctica de sus capacidades.
LUIS XV Y LA CORTESANA
Todo fue como estaba previsto: el rey reparó en Jeanne y, enterado por Le Bel de que se trataba de una joven que había contraído un matrimonio blanco, pidió conocerla. En perfecta sintonía con los cánones estéticos de la época, la excepcional belleza de la joven debió de causarle una enorme impresión. Leemos en las notas del príncipe de Ligne: “Es alta, bien constituida, de un rubio encantador, tiene la frente alta, hermosos ojos, cejas armoniosas, rostro ovalado, con pequeños hoyuelos en las mejillas que la hacen provocativa como ninguna otra; la boca pronta a la risa, la piel fina, un pecho que confunde a todos los demás, sugiriendo a muchas evitar la comparación”. Pero para el soberano la revelación tuvo lugar en el momento de su primera cita: siguiendo las instrucciones recibidas por Du Barry, la joven Jeanne no se dejó intimidar por su regio cliente y se comportó con la descarada seguridad de una profesional del eros, decidida a valerse de todos los secretos del oficio, empezando por su célebre baptême d’ambre (la costumbre de perfumarse el sexo), que nunca dejaba de causar impresión.
A pesar de su larga práctica amatoria, Luis XV nunca había tenido relación con una auténtica cortesana; ni las damas del gran mundo, prontas a su pudor, ni las jóvenes inquilinas del Parc-aux-cerfs, por lo general en su primera experiencia, le habían procurado jamás sensaciones semejantes a las que experimentaba, en el umbral de la vejez, con la recién llegada. Con una sinceridad de la que otros no hubieran sido capaces, el duque de Noailles, a quien había confiado su extático estupor, le respondió:“Su Majestad nunca ha estado en un burdel”. Esto, sin embargo, no cambiaba las cosas: Luis XV había encontrado en Jeanne una mujer que poseía el arte de reanimar sus deseos y se vio transportado a un mundo desconocido.
LA CONDESA DU BARRY
Cuando, para gran consternación de Le Bel, lo que hubiera debido ser un encuentro sin futuro se transformó en una relación estable, el sirviente se vio obligado a informar a Luis XV de la verdadera identidad de Jeanne. El soberano no quiso atenerse a razones: el pasado de la muchacha no le interesaba y para hacerla respetable bastaba buscarle un marido de acomodo. Pero Du Barry no podía convertirse en su marido puesto que ya estaba casado, así que presentó de inmediato como candidato a un hermano soltero.
El 23 de julio de 1768, Jeanne Bécu, más conocida como Mademoiselle L'Ange, contrae matrimonio con Guillaume du Barry en la iglesia de Saint Laurent de París. El flamante marido regresó ese mismo día a Toulouse con un título nobiliario en el bolsillo y cinco mil libras de renta. Ese mismo otoño, el rey instaló a la recién estrenada Madame du Barry, que ahora había asumido el título de condesa du Barry, en un apartamento de Versalles.
MADAME DU BARRY EN VERSALLES
La llegada de la joven condesa du Barry a Versalles supuso una gran conmoción para toda la Corte. Mesdames Adelaida, Sofía y Victoria, las hijas solteras del rey, quienes se atribuían la condición de guardianas de la moral y las buenas costumbres en la corte, hay que añadir que sin éxito, estaban horrorizadas por la presencia de una ex prostituta en los aposentos destinados a la amante oficial de Su Majestad. El secretario de Estado,Étienne-François de Choiseul, también trinaba. Desde un principio mostró a Madame du Barry una hostilidad implacable y, aprovechándose del poder que su cargo le confería, pidió a la policía que indagase las faltas de la favorita y de su protector para luego apresurarse a hacerlas de dominio público.
También azuzó al duque de Choiseul contra la favorita la hermana de aquél, la arrogante y autoritaria duquesa de Gramont, que desde la muerte de la marquesa de Pompadour tenía la esperanza de ocupar el puesto de amante oficial del rey. La aparición de la Du Barry venía, pues, a estorbar peligrosamente sus proyectos. Cegada por el odio, Madame de Gramont incitó a su hermano a presentar batalla a la intrusa, apoyada en este caso tanto por la amante como por la esposa del duque, aunque las tres mujeres se aborrecían.
La campaña denigratoria del clan Choiseul tenía como objetivo obligar al rey a tomar conciencia de la abyección de su amante e inducirlo a desembarazarse de ella apoyándose en su sentimiento de vergüenza. Los ataques contra la joven tuvieron como primera consecuencia dar por sentada su presencia en Versalles y empujar al rey a acudir en su ayuda. Luis XV detestaba tener que dar explicaciones, pero en el caso de la Du Barry fue claro:”Es bella, me gusta y eso basta, cuando yo quiera estarán todos a sus pies”, escribió a Choiseul. La advertencia era explícita, pero el duque se permitió no tenerla en cuenta.
LA PRESENTACIÓN EN LA CORTE
El paso siguiente fue la presentación de Madame du Barry en la corte. Richelieu logró encontrar a una aristócrata viuda y arruinada, madame de Béarn, que aceptó actuar como madrina a cambio de dinero. Finalmente, tras muchos aplazamientos, el 22 de abril de 1769 llegó el gran día. Ninguna de las grandes damas de la corte estaba presente, pero el palacio rebosaba de gente incrédula, el rey estaba visiblemente nervioso y la ceremonia estuvo a punto de ser aplazada por enésima vez. Madame du Barry llegó con enorme retraso por permitir que el célebre peluquero Legros terminara su peinado. Ella sabía que el único reconocimiento al que podía aspirar era el de la belleza, y en el momento de exhibirse ante una multitud malévola había decidido no escatimar los efectos. Su aparición dejó a todo el mundo sin respiración.
Espléndida en el traje de ceremonia que le había sugerido Richelieu, con un extraordinario peinado de rizos naturales en forma de pirámide y adornos de encaje, plumas y flores frescas, y luciendo los diamantes de la corona, la joven condesa superó con la máxima naturalidad las etapas de un complejo ceremonial que requería días y días de preparación. La prueba más difícil eran las tres inclinaciones de despedida que había que realizar andando hacia atrás, con el riesgo de tropezar con la pesada cola del traje de corte. Jeanne du Barry salió del paso a la perfección, apartando la falda con un solo y resuelto taconazo, como si no hubiese hecho otra cosa en su vida.
Cubierta de diamantes y deslumbrante en su arrogancia, Madame du Barry presidió su primer baile en Versalles. Su elegante altivez, su sonrisa y la gracia de sus movimientos provocaron una sonrisa indulgente en la mayor parte de los cortesanos que de inmediato comprendieron y aprobaron la senil pasión del monarca. A partir de ese momento fue reina absoluta de Versalles. El protocolo reservaba un lugar de privilegio para la favorita del rey en los actos cortesanos, una generosa pensión económica y aposentos propios en todas las residencias reales. Recibía con gusto los obsequios del rey… joyas, principalmente, así como el dominio de Louveciennes y de Saint-Vrain.
Duque de Choiseul
EL GRAN ENEMIGO
Jeanne du Barry fue una favorita sin demasiadas pretensiones. No quiso representar un papel destacado en intrigas cortesanas ni ejercer ninguna clase de influencia política, sólo pretendía alegrar la vida del rey. Pero ni siquiera su nueva posición como amante oficial del rey la puso al abrigo de las provocaciones insultantes del clan Choiseul. Fue inevitable que la joven reaccionase ante la hostilidad que le demostraba el secretario de Estado, aliándose con sus enemigos.
Segura del favor del rey, la condesa du Barry logra la destitución y el destierro de la corte de su encarnizado enemigo, Choiseul. Las intrigas contra el secretario de Estado consiguen, sin embargo, un aumento de su popularidad, transformando su caída en un auténtico triunfo.
María Antonieta
LOS DESPRECIOS DE MARIA ANTONIETA
Cuando Mesdames y su camarilla desesperaban de poder llegar a neutralizar a tan poderosa rival, suspiraron con alivio al comprobar que podían contar con una poderosa aliada: María Antonieta de Austria, la nueva delfina, recién llegada a Versalles. Educada en la rígida corte austríaca, la joven de apenas quince años sintió una instintiva repulsión hacia aquella mujer de quien le comentaron que tenía como misión divertir al rey y, desde el primer momento, le demostró el más absoluto desprecio, negándose a dirigirle la palabra. Madame du Barry se quejó de ello al rey.
Cuando la emperatriz María Teresa se enteró de que su hija María Antonieta se había dejado meter irreflexivamente en la guerra que las hijas de Luis XV libraban entre bastidores, en la esperanza de volver a llevar a su padre al camino de la virtud, su cólera fue tremenda: ¿qué insensata locura empujaba a la delfina a hacerse aborrecer por el monarca, a quien todo debía y de quien todo dependía? Las instrucciones de la emperatriz eran claras: su hija debía amoldarse a los gustos del rey y abstenerse de juicios morales inoportunos.
Por primera vez, a pesar del pánico que su madre le infundía, María Antonieta contravino sus mandatos. Su aversión hacia la condesa du Barry tenía su origen en lo que le habían dicho las tías de su marido y en la convicción de que la favorita era responsable de la desgracia de Choiseul, el artífice de su matrimonio. La situación se agravó aún más cuando a las presiones de la emperatriz se sumaron las de Luis XV y las del delfín. Lo que se le pedía era que pusiera fin a las murmuraciones suscitadas por su comportamiento con un pequeño gesto de cortesía hacia la favorita: bastaría con que, al menos una vez, le dirigiese la palabra en público. Pero esto, para María Antonieta, equivalía a una capitulación humillante a la que el honor le impedía plegarse.
Durante siete meses se obstinó en no obedecer, mientras la situación se iba haciendo más tensa. En cada ceremonia, en cada recepción oficial, se esperaba que la delfina diese prueba de buena voluntad, pero esta prueba no llegaba, y Madame du Barry decidió reducir al mínimo imprescindible sus apariciones en público. El 1 de enero de 1772, con ocasión de la ceremonia de las felicitaciones de Año Nuevo, María Antonieta se resignó por fin y, al verse ante la favorita, le dijo:” Hay mucha gente hoy en Versalles”. Era lo máximo que estaba dispuesta a conceder.
Desde su instalación en Versalles, Madame du Barry se convirtió en el blanco preferido de todos los que tenían cuentas pendientes con la política de Luis XV. Anónimamente publicadas en 1775, las “Anecdotes sur Mme la comtesse du Barry” constituyen el resumen de todo lo dicho y escrito en el transcurso de los años contra la favorita y, uniendo pornografía y política, conquistaron un amplísimo público.
Los testimonios de quienes conocieron a Madame du Barry o recogieron informaciones directas sobre ella coinciden en describirla como una persona encantadora. Todos destacan su generosidad, su amabilidad y su gran bondad. La “vida infame” que le fue impuesta por Du Barry no la envileció ni la tornó áspera, y su capacidad de amar sobrevivió a lo desagradable del oficio. Todos reconocen a esta hija del pueblo una preferencia natural y unas maneras aristocráticas en perfecta armonía con su belleza delicada. Extremadamente ilustrativo a este respecto es el parangón trazado por Talleyrand en sus Mémoires con la que la había precedido en el papel de favorita.:
“Aunque había crecido y vivido en la sociedad financiera de París, que era en aquellos tiempos muy diferente, Madame de Pompadour no poseía buenos modales y tenía un modo de hablar vulgar que no había logrado corregir ni siquiera en Versalles. Era completamente distinta de Madame du Barry, que, menos bien educada, había conseguido hablar una lengua bastante pura (…) le gustaba hablar y había aprendido el arte de narrar con vivacidad”.
Desde que se convirtió en maîtresse en titre (amante oficial), la única debilidad de la condesa que pudiese objetivamente ser blanco de las críticas era su pasión por el lujo. Y el soberano se mostraba dispuesto a meter la mano hasta el fondo en las cajas del erario para atender los deseos de su amada. Sin embargo, las inmensas sumas de dinero gastadas por ella no se volatilizarían sin dejar huella, sino que darían impulso a uno de los momentos de gracia del arte francés del siglo XVIII, el denominado estilo “Du Barry”.
En el plano de la moda femenina, la condesa fue una innovadora y se fundó en una sabia sencillez. Recogía al desgaire sus espléndidos rizos rubios, eliminó toda forma de maquillaje y colorete, abandonó los corsés, las ballenas y la amplitud desmesurada del miriñaque de los vestidos de aparato, dando preferencia a las líneas mórbidas y fluctuantes que destacaban las formas naturales del cuerpo. Adoraba las sedas claras, bordadas con flores, y fue ella la que lanzó la moda de las rayas, tan típica de la época, para después pasar, una vez abandonada la corte, a los tejidos de algodón y muselina blanca. Jeanne anticipó, en suma, aproximadamente en una década el ideal de belleza femenina, natural y refinada, sensual e inocente, que encontrará en Madame Vigée Le Brun su máxima intérprete. No es casual que la pintora la retratara lo menos tres veces, haciéndole justicia en sus Mémoires.
Louveciennes
Madame du Barry animó con su mecenazgo las diversas formas de creación artística contemporánea: de la arquitectura a la pintura y la escultura, de la ebanistería a la porcelana, la decoración de interiores y las artesanías de lujo. La condesa no se limitó a acumular lo mejor que producían los artistas de fama sino que supo mostrarse audaz defensora de lo nuevo. Por ejemplo, confió al arquitecto Claude-Nicolas Ledoux, que en esa época estaba en los inicios de su carrera, la construcción de un maravilloso pabellón con vistas al Sena en los jardines de su bella propiedad de Louveciennes.
Sin embargo, no fue en Louveciennes sino en el Petit Trianon del parque de Versalles, donde la condesa acabó su carrera como favorita. Era allí donde Luis XV y Jeanne gustaba de encontrarse en la intimidad, dejando tras de sí, aunque sólo fuese por unas horas, las limitaciones de la vida de corte, y fue allí donde, el 27 de abril de 1774, el rey se sintió enfermo. Llevado a toda prisa al palacio, los médicos se hicieron cargo de él y lo pusieron bajo estrecha observación.
MUERTE DE LUIS XV Y CAIDA DE MADAME DU BARRY
El soberano pareció reponerse, pero dos días después su estado se agravó y aparecieron los primeros síntomas de la viruela. Velado de día por sus hijas y de noche por su amante, se mantuvo al rey en la ignorancia de la naturaleza de su mal, por temor a que el descubrimiento de la gravedad del peligro que lo amenazaba pudiese acelerar su fin. El duque de Richelieu, primer gentilhombre de cámara, impidió al arzobispo de París acercarse al lecho del enfermo. Fuera del aposento del monarca moribundo, aguardando con angustia los partes de los médicos, la corte inquieta, dividida en facciones, se iba distanciando de la favorita.
El 4 de mayo, al verse las manos cubiertas de pústulas, Luis XV comprendió que tenía la viruela y por la tarde se despidió de su amante: “Ahora que estoy al corriente de mi estado”, le dijo, “es preciso que no se repita el escándalo de Metz. Si hubiese sabido lo que ahora sé, no os hubiese hecho entrar. Ahora debo dedicarme solamente a Dios y a mi pueblo. Mañana, por tanto, os retiraréis. Decid a D’ Aiguillon que venga a verme a las diez”.
Al día siguiente, por orden del rey, la condesa du Barry abandonó para siempre Versalles y se trasladó a Rueil, el castillo del duque de Aiguillon, en un intento del rey de enviar a su amante a un lugar seguro. Pero, entre las condiciones que le impusieron al moribundo monarca para obtener la absolución de sus pecados y para reconciliarse con aquel Dios cuya misericordia nunca había dejado de esperar, figuraba la de hacer encerrar a la favorita en un convento. El rey confesó y comulgó ante la corte en pleno, llegando a pedir perdón por lo que calificó de "conducta escandalosa". Dos días después de su muerte, el 12 de mayo, una orden de prisión firmada por el joven Luis XVI confinó a Madame du Barry en el monasterio de Pont-aux-Dames, a muchas millas de París, con la orden de no tener ningún contacto con el mundo exterior.
FORZADO RETIRO
Apartada en una celda de un lúgubre edificio en ruinas donde era tratada como una criminal, Madame du Barry reveló toda su fuerza de carácter. Jeanne hizo frente a la desgracia con dignidad y valentía. Se la mantuvo totalmente aislada, sin poder acceder a sus cuentas y sin apenas recursos ni comodidades. Tras un primer momento de desánimo, se adaptó a la vida conventual, buscando consuelo en las prácticas religiosas y se hizo querer de las monjas. Pero el trato que se le dispensaba suscitó la indignación en los amigos que no la habían olvidado. Y sería uno de los más grandes señores de la época, el príncipe de Ligne, que le profesaba amistad y admiración, quien intercediera por ella ante la reina María Antonieta. “De buena embajada os habéis hecho cargo”,observó Luis XVI, informado de su iniciativa. El príncipe respondió que no había tenido más remedio, puesto que nadie más había tenido el valor de hacerlo.
LA VIDA EN LOUVECIENNES
En la primavera de 1775 se autorizó a Madame du Barry a dejar el convento con la condición de residir a no menos de diez millas de Versalles y de París. Sólo en el otoño del año siguiente, Luis XVI le devolvió la plena libertad y le reconoció el derecho de seguir en posesión de sus bienes y de sus joyas y continuar gozando de sus rentas vitalicias. Asentada definitivamente en su amado Louveciennes, ya dueña de sí misma, la antigua favorita empezó una nueva vida. Con sólo treinta y tres años de edad, riquísima y más bella que nunca, la condesa se guardó bien de buscarse un marido y escogió la independencia. Después de haber encarnado con gracia exquisita la esencia del espíritu libertino, Madame du Barry descubrió los goces de la naturaleza y se convirtió en discípula de Jean-Jacques Rousseau: se vestía con la mayor sencillez, pasaba mucho tiempo al aire libre, en su gran parque a la inglesa; participaba en la vida del pueblo, socorría a los pobres y subvenía a las necesidades de la pequeña comunidad como una auténtica filántropa.
El amor a la sencillez no le impedía, sin embargo, disfrutar de los cuadros, las estatuas, los muebles y los objetos preciosos que había acumulado durante los años de su favor, así como seguir embelleciendo su propiedad y haciendo todavía más espléndido su célebre pabellón. Por otro lado, la ruptura con la corte no la había aislado del mundo; suretraîte estaba poblada de viejos y nuevos amigos, y Louveciennes se había transformado prontamente en meta de peregrinación para muchos extranjeros ilustres en viaje a París. Hasta el emperador José II, que en 1777 acudió a visitar a María Antonieta, quiso, con gran disgusto de su hermana, ir a conocer a la antigua favorita. Y cuando la condesa manifestó sentirse confusa por “aquel exceso de honor”, el emperador le respondió con galantería que “la belleza es siempre reina”.
EL ÚLTIMO AMOR
En Louveciennes vivió su último y, tal vez, verdadero amor. Una larga y feliz relación con el robusto y galante Louis-Hercule-Timoléon de Cossé, duque de Brissac y gobernador de París, a quien había conocido años atrás. Él aseguraba haberla amado en silencio a lo largo de los años en que ella había permanecido junto al fallecido soberano. La vida idílica de Louveciennes no pudo resistir la violencia de la Historia. El estallido de la Revolución segó de cuajo toda nueva ilusión. El duque de Brissac fue masacrado por las turbas revolucionarias y su cabeza, ensartada en una pica, se arrojó a los pies de Jeanne por una muchedumbre furiosa que forzó la entrada de su residencia.
La condesa du Barry, con la generosidad que la caracterizaba, se prodigó para ayudar a sus amigos en dificultades, escondiendo en su castillo a los perseguidos por la Revolución y ofreciendo sus servicios a aquella familia real que tan duramente la había tratado. A pesar de todo, la condesa se sentía todavía segura en Louveciennes, protegida como estaba por el amor y la gratitud de su pequeña aldea, pero la pasión por las joyas, la más antigua y tal vez la más fuerte de su vida, acabaría por traicionarla.
EL ROBO DE LAS JOYAS
A comienzos de enero de 1791 sufrió el robo de sus joyas y diamantes, entre las que se encontraban varios collares de perlas y diamantes, un par de gemelos con una esmeralda, un zafiro y un diamante, y una caja de oro para palillos de dientes. Al mes siguiente la policía encontró el valioso botín en Londres. Para recuperarlo, se vio obligada a ir varias veces a Inglaterra y sus repetidos viajes a un país enemigo la hicieron sospechosa a los ojos de las autoridades revolucionarias.
En febrero de 1793, la condesa se hallaba en Londres cuando tuvo noticia de que su castillo había sido embargado. Quedarse en Inglaterra, como todos le aconsejaban, hubiera significado ser inscrita en la lista de los emigrados, con la automática confiscación de sus bienes, y Jeanne no tenía intención alguna de renunciar a Louveciennes. Así, a finales de marzo decidió regresar a Francia, donde los amigos del pueblo se aplicaron a tejer en torno suyo una red cada vez más apretada y amenazadora de calumnias y sospechas.
JUICIO Y CONDENA
El 21 de septiembre de 1793 le llegó una orden de detención y fue encerrada en la prisión de Saint-Pélagie. El 19 de noviembre fue conducida al Palacio de Justicia y compareció por primera vez ante el Tribunal revolucionario. El 4 de diciembre fue trasladada a la Conciergerie y comenzó el proceso. Fueron testigos de la acusación los ingratos habitantes de Louveciennes y algunos de los sirvientes a los que había cubierto de beneficios. Juzgada como enemiga de la República y condenada a ser guillotinada, Madame du Barry fue sometida a la postrera y más cruel tortura, a la de la esperanza.
La mañana de la ejecución, los jueces le sugirieron la posibilidad de la gracia si se mostraba dispuesta a decir dónde se encontraban sus joyas. Por espacio de tres horas, la desdichada enumeró los infinitos escondrijos en los que había ocultado sus tesoros y, cuando la hicieron subir a la carroza de los condenados, que seguía allí aguardándola, creyó que se trataba de un error. Jeanne du Barry había demostrado, durante la enfermedad de Luis XV, que no temía a la muerte, pero, a su juicio, aquella a la cual se la condenaba era insensata, injusta y cruel.
Hija del pueblo, nunca supo lo que era el orgullo aristocrático y hasta el final, en la carreta y delante de la guillotina, lloró, gritó y apeló a los sentimientos de la muchedumbre: ¿una última prueba de su indignidad o simplemente el legítimo deseo de vivir que hace iguales a todos los seres humanos? Sus últimas palabras fueron para pedirle “un momento, por favor, un momento más” al verdugo. La última gran favorita real de la monarquía ascendía al Olimpo de los mártires de la Revolución el 8 de diciembre de 1793, cuando una guillotina sedienta de sangre cercenó su hermosa cabeza.