ISABEL DE VALOIS, Reina de España
ISABEL DE VALOIS, Reina de España
Trece años llevaban casados Enrique, Delfín de Francia, y Catalina de Médicis cuando el 13 de abril de 1546 les nacía en el castillo de Fontainebleau su segundo hijo, una niña a quien pusieron el nombre de Isabel. La pequeña Isabel, llamada madame royale desde el momento en que su padre ascendió al trono, se educó junto a la princesa escocesa María Estuardo, prometida de su hermano mayor el delfín Francisco.Su madre siguió su crecimiento y sus estudios con atención. Ya desde niña la hacía practicar ejercicio físico al aire libre y se preocupaba de que comiera comida liviana y en poca cantidad. Isabel fue descrita como una joven de inteligencia precoz, felicísima memoria y gran amante de las bellas artes, especialmente de la poesía. Sobre su persona tuvo mucha influencia su tía Margarita de Valois, cuya altura intelectual le valió el sobrenombre de Minerva de Francia. También disfrutaba con la danza, especialidad que ella misma practicaba con soltura gracias a las lecciones recibidas del bailarín Paul de Rege.
Durante su infancia fue testigo del sufrimiento de su madre relegada a un segundo plano en favor de la amante del rey, Diana de Poitiers. Veinte años mayor que Enrique II, la de Poitiers era la verdadera artífice de la política francesa, disponía de un sillón en el Consejo de Estado, logró que la nombraran aya de los hijos del rey de Francia e incluso alentaba a Enrique para que cumpliera conyugalmente con su esposa legítima, lo que exasperaba aún más a Catalina de Médicis.Desde muy niña Isabel tuvo numerosos pretendientes. El primero de todos fue el romano Horacio Farnesio. Después apareció en escena el heredero del duque de Ferrara, con lo que se pretendía unir a los Valois con la poderosa casa de Este, y por último, en 1547 se iniciaron las conversaciones con la corte de Enrique VIII de Inglaterra para emparejar a la pequeña princesa con el príncipe heredero Eduardo Tudor, que contaba por aquél entonces once años. Después de mucho titubeo, y tras la firma el 24 de marzo de 1550 de una nueva paz anglo-francesa, se acordó formalmente la boda. Incluso se habló de enviar a Isabel a las islas, para que fuera educada según las costumbres del país del que habría de ser reina. La repentina muerte de Eduardo VI rompió todas las expectativas de alianza entre Francia e Inglaterra y dejó a Isabel sin prometido.
Eduardo VI de InglaterraPero no tardaron en buscarle un nuevo pretendiente, el príncipe Don Carlos, hijo de Felipe II de España. Este matrimonio, se proyectaba como un pacto que debería sellar definitivamente la concordia entre aquellas dos monarquías tan hostilizadas mutuamente. Los futuros contrayentes eran unos niños, ya que la princesita francesa contaba doce años y trece el príncipe español. Este proyecto matrimonial sufrió una pequeña modificación, cuando el soberano español quedó viudo de su segunda esposa la reina María I de Inglaterra, y de ser el futuro suegro, pasó a convertirse en el prometido de la jovencísima Isabel.Algunos estudiosos creen que este cambio de pretendiente se debió, principalmente, a la endeblez psíquica del heredero Don Carlos. El príncipe no perdonará nunca a su padre el haberle “robado” a la princesa que le había sido prometida. Isabel de Valois entrará en la Historia con el apelativo de “ Isabel de la Paz ” , porque su unión con Felipe trajo la paz de Cateau-Cambrésis, que selló, por algunos años, una tregua entre los dos reinos enemigos después de la victoria española sobre las tropas francesas en San Quintín.
Príncipe don CarlosEl 22 de junio de 1559 se celebró la boda por poderes en la catedral de Nôtre Dame, representando al novio el todopoderoso duque de Alba. Un cortejo preciosista marchó desde el palacio del arzobispo hasta la catedral. Algunos nobles, como el duque de Guisa, lanzaban monedas de plata sobre la multitud que se acercaba embelesada ante tanto esplendor. Isabel lucía su delicada belleza adolescente, con un traje tejido en oro recubierto de pedrería e iba tocada con una hermosa corona de cuyo centro pendía un descomunal diamante regalo de su padre. El atuendo del duque de Alba, que solía vestir con austeridad, asombró por el lujo en esta ocasión: llevaba una corona de oro, cerrada al estilo imperial. Honraba así la alta representación que ostentaba. A su lado iba una multitud de pajes y escuderos, ataviados todos de rojo, negro y amarillo. La plaza de Nôtre-Dame era un hervidero de gentes, dispuestas a no perderse detalle y a observar la llegada de las dos comitivas. Un ruidoso criterío de vítores se hizo sentir cuando se aproximaron los cortejos, y más en el momento en que la novia hacía su entrada en la catedral. La duquesa de Lorena y la reina María de Escocia portaron el manto de terciopelo azul de la cola nupcial de Isabel de Valois. Acompañaban al duque numerosos nobles, entre otros, Guillermo de Orange y el conde de Egmont. El duque adoptó la costumbre francesa e iba besando a las damas de la alta nobleza que se acercaban para saludarle.
Concluida la ceremonia religiosa, Ruy Gómez de Silva se adelantó y puso en el dedo de la nueva reina de España una sortija, adornada con un diamante, que le regalaba Felipe II. Era el primer regalo que el rey hacía a su tercera mujer. Por la noche hubo una gran fiesta en la que no faltó un baile de máscaras y llegada la hora de la retirada, el duque de Alba tuvo que tomar posesión simbólica del lecho nupcial, en nombre de Felipe II, materializándose con el contacto físico de un brazo y una pierna con la cama. Después de someterse a este rito, hizo una reverencia a los cortesanos presentes y se retiró.
Una semana de incesantes fiestas siguió a la ceremonia nupcial. Se celebró un gran torneo en el patio del palacio de Tournelles, que resultará de fatídicas consecuencias. Justaban el rey Enrique y el caballero Gabriel de Montgomery, la lanza de éste último salta hecha pedazos, al chocar con brusquedad en la armadura real, y una astilla penetra en uno de los ojos del monarca, que cae desvanecido. Lo más probable es que no tuviera completamente bajada la visera del yelmo. La herida del rey fue tan espantosa que causó no pocos desmayos en la grada.Se hizo llamar a los cinco mejores cirujanos de Francia e incluso el duque de Alba escribió a Felipe II para que enviara urgentemente al famoso cirujano Andrés Vesalio. La situación llegó a ser tan delicada que se ordenó la decapitación de cuatro convictos para que los médicos pudieran practicar sobre sus cabezas. El resultado en cualquier caso fue negativo. Diez días después de producirse el fatal accidente, moría el rey entre grandes sufrimientos. Previamente había aconsejado a su hijo el delfín que tuviese por padre a Felipe II y que guardase con él el mismo respeto y amistad que se guarda a un padre.
Francisco II y María EstuardoComenzaba así una triste luna de miel que se prolongaría los cuarenta días de obligado luto que se observaban en la corte francesa. En septiembre se iniciaron las fiestas de proclamación del nuevo rey Francisco II de Francia. En ellas tuvo un papel destacado la joven Isabel, que durante la ceremonia de coronación en la catedral de Reims estuvo sentada en un trono similar al de su cuñada María Estuardo, ahora reina de Francia y Escocia.A principios de diciembre de 1559 sale por fin Isabel rumbo a la frontera con España. La corte entera acompañaba a la joven reina en su último viaje por tierras francesas, lo que retrasa enormemente el avance de la comitiva. El camino estuvo jalonado de lágrimas y versos nostálgicos entre Isabel, su madre y su cuñada. En Poitiers se produjo con grande pena la separación definitiva, no sin que antes los nuevos reyes de Francia escribieran a Felipe II para rogarle que amara a Isabel “ por el amor a la obediencia que iba a encontrar en ella ”. El siguiente paso del viaje fue Burdeos, donde la comitiva fue recibida por Antonio de Borbón, rey de la Navarra francesa, a cuyas espaldas, según el protocolo, recayó desde entonces el negocio de la entrega de la reina a los españoles.
El 6 de enero de 1560 llega la comitiva de la reina a Roncesvalles, en donde es recibida por el cardenal arzobispo de Burgos y su hermano el duque del Infantado, iniciándose la marcha hacia Guadalajara, que es el lugar elegido por el rey para celebrar la misa de velaciones. La ceremonia tuvo lugar a finales de ese mes en el salón de Linajes del palacio ducal del Infantado, oficiada por el cardenal de Burgos. Ejercieron de padrinos la princesa Juana, hermana del rey, y el duque del Infantado. La madrina llevó de la mano a la joven reina.Isabel vestía a la francesa un corpiño y una saya de plata con chapirón de terciopelo negro recamado de perlas y piedras preciosas. Sobre el pecho lucía una cruz de diamantes muy rica. Mientras que Felipe II lucía calzas blancas, jubón y traje de terciopelo violeta, y cubría su cabeza con una gorra negra con plumas blancas. La impresión que mutuamente se causaron fue satisfactoria, según un testigo. Se dice que la reina se quedó mirando fijamente a su marido y el rey, creyendo adivinar la causa de aquella forma de mirarle, preguntó molesto a Isabel: ¿ Acaso, señora, estáis tratando de descubrir si tengo ya canas?.
Acudieron muchos nobles españoles pero la presencia de una princesa de sangre real francesa impidió la participación de la duquesa del Infantado y de las damas principales de su casa. En el séquito de Isabel venía su prima Anne de Bourbon-Montpensier y el rey aceptó que debía tener precedencia. La duquesa del Infantado se negó a admitir un papel de segundo rango en una ceremonia tan importante. Fingió una enfermedad y no se presentó para no sufrir tal deshonra y con ella aguantaron este penoso exilio su nuera la marquesa de Cenete y la condesa de Módica entre otras damas del linaje. Un diplomático florentino comentó que las bodas habían sido muy solemnes pero si acaso le había impresionado aún más la gran ostentación y el gasto que habían hecho los nobles que participaron en las ceremonias.No asistió a la ceremonia el príncipe Carlos, aquejado de pertinaces fiebres. Inmediatamente después de los actos, los Reyes y la princesa Juana comieron en público, sentados en la misma mesa. Sirvieron los criados de Juana, bajo el control del marqués de Sarria. El banquete duró más de dos horas y después hubo baile hasta las diez de la noche, que concluyó, según costumbre cortesana, con el baile de la hacha,que iniciaron Felipe e Isabel. El matrimonio, sin embargo, no pudo consumarse aquella noche por no haber cumplido la novia los catorce años y ser impúber. En un primer momento el rey la trató como si de una hija se tratara, sin tocarla sexualmente, hasta que le llegó la menstruación un año después.
Estando en Toledo cayó enferma de viruela. Ante el temor de que Isabel pudiera perder parte de su hermosura, Catalina de Médicis envió una receta contra la grabadura del rostro. El remedio consistía en lavados con agua de rosas, ámbar, almizcle, benjuí, estorarque y sangre de paloma con nata para eliminar las póstulas. En septiembre de 1560, la soberana recayó en su enfermedad, por lo que decidió trasladarse a la localidad de Mazaramboz para estar en contacto con la naturaleza y hacer ejercicio al aire libre. Desde allí escribiría una carta a su madre que pone de manifiesto el buen estado de salud del matrimonio. Dice así la reina: " El rey, mi señor, está en Toledo y se dice que está tan solo que desea que yo esté pronto de regreso. Hace muy bien su oficio de marido. Mientras tuve fiebre no se movió de aquí y le veía a diario. Desde que se fue a Toledo, ha venido tres veces. Os diré que soy la mujer más feliz del mundo.”Y en otra carta escrita medio año más tarde afirma: “ Este lugar me parece uno de los más aburridos del mundo. Pero os aseguro, señora, que tengo un marido tan bueno y soy tan feliz que aun cuando fuese cien veces más aburrido, yo no me aburriría nada ”.
El Alcázar de Madrid, destruido en un incendio en 1734Algunos autores opinan que la actitud de Isabel, contraria a la ciudad de Toledo, pudo influir en la decisión que el rey tomó en la primavera de 1561 de trasladar la corte a Madrid. La llegada de la princesa francesa a España trajo una corriente de modernidad y de juventud a la corte. Vino acompañada por un ruidoso cortejo de damas parisinas, todas jóvenes, todas bellas y todas rivalizando en elegancia y a veces en rencillas y envidias cortesanas para ver cuál de ellas triunfaba en la privanza de la joven reina. Madame de Clermont es la que consigue al principio la mayor privanza con Isabel. Y entre esas damas francesas, una italiana, que además resulta ser una gran pintora: Sofonisba Anguissola, que acabará teniendo un papel destacado en la corte de Felipe II.
Al lado de estas damas francesas, el rey coloca a ocho damas españolas para que atiendan en el servicio palatino de la joven reina, todas jóvenes que procuran rivalizar con las francesas, destacando Magdalena de Guzmán que acabará teniendo un protagonismo muy especial. La vida de la reina en España estuvo marcada por una serie de enfrentamientos y tensiones debido a la competencia entre estos dos grupos. También esta rivalidad se extendía a los caballeros. Durante las fiestas y ceremonias nobles españoles, franceses e italianos compitieron intensamente por honor y fama, creando un ambiente a la vez brillante y conflictivo.
La princesa Juana de Austria fue la persona más próxima a Isabel aparte de sus damas. Se reunía con la reina casi todos los días y siempre demostró gran afecto hacia ella. Aún era bella y relativamente joven pero había sufrido mucho. Perdió a su madre a una tierna edad y a su esposo meses después de la boda. Tuvo que dejar a su hijo recién nacido en Lisboa para hacerse cargo de los reinos hispanos y jamás lo volvió a ver. La reina consiguió que Juana llevase una vida más activa, aventurera y alegre y Juana, sin duda, influyó en la creciente religiosidad y seriedad de Isabel. Iban juntas a misa y a otros oficios religiosos y visitaban monasterios y ermitas. Juana cuidaba de Isabel cuando ésta estaba enferma. Compartían toda clase de entretenimientos, desde jugar a las cartas y danzar a organizar mascaradas. También era su compañera en sus excursiones campestres y en sus partidas de caza.Tanto Isabel como su cuñada Juana fueron grandes casamenteras, colocando con ventajosos partidos a las damas solteras de palacio y con ocasión de cada nueva boda se celebraban grandes fiestas, bailes y torneos en los que el rey y la reina eran los primeros en participar. Otra dama de peso fue la duquesa de Alba, a la que las demás damas de la corte miraban con cierta prevención, aunque eso sólo sea por sus años y por su carácter severo y altivo. Otra figura que supo ganarse el afecto de la reina, y que era tan joven como ella, fue la princesa de Eboli.
Mas que verdaderamente bella, Isabel era graciosa, bonita, alta, esbelta, de ojos oscuros, de tez blanca, de rostro ovalado, cabello negro y tenía una gran dulzura. Era piadosa sin gazmoñería y bastante coqueta y presumida, agradándole sentirse admirada por los cortesanos y en especial por su marido. Pronto habló castellano con gran soltura y casi sin acento que denunciase su origen francés. Vestía a las últimas modas de Francia, Italia y España. Se dice que nunca usó dos veces el mismo vestido, al menos en sus primeros años de estancia en la corte española, excepto si algún día se encontraba muy favorecida y no veía a Felipe volvía a repetir el atuendo al día siguiente o un día en que estuviera segura de que él la vería.Un sastre al que la reina hizo venir desde Francia, y que llegó pobre a Madrid, se enriqueció al poco tiempo gracias a los constantes encargos de su soberana. Hizo instalar en el piso bajo del Alcázar lo que hoy llamaríamos un salón de coiffure en el que se despachaban perfumes, lociones, polvos, adornos y postizos, tanto a las damas como a los elegantes caballeros de la corte. El rey le hizo regalos extraordinarios en joyas. Su inclinación al lujo, tanto en el vestido como en las joyas, databa de su infancia. Son elocuentes los llamados libros de cuentas de palacio donde aparecen anotadas las sumas que Isabel de Valois gastaba en vestidos y joyas. La reina gozaba además con la compañía de un perrillo de falda.
Puede afirmarse que el principal problema de aquella corte presidida por la reina Isabel era la de combatir el tedio. Téngase en cuenta que la joven soberana no tenía asignado ningún papel político que llenara sus horas cada jornada. Por otra parte, estamos ante una chiquilla cuyo desarrollo como mujer fue muy tardío y de carácter aniñado, al principio le gustaba rodearse de muñecas y se pasaba horas enteras jugando con ellas. Tenía propensión a la indolencia, permaneciendo en la cama más de lo necesario y lo justificaba con cansancios inexistentes o tristezas súbitas.En las fiestas cortesanas se bailaba mucho. La reina tenía entre su numerosa servidumbre un profesor de baile, con el que practicaba las distintas danzas de la época:pasos, floretas, medias vueltas y voladicos. En los bailes del siglo XVI, las parejas se movían con rigidez, llevando el caballero a la dama prendida del guante o pañuelo perfumado. Pero la compañera de la reina habitualmente era la princesa Juana o alguna de sus damas. Nunca se la vería en público bailar con varones, por respeto a su marido.
Isabel organizaba con frecuencia loas y representaciones en sus habitaciones o animadas tertulias amenizadas con música, sin olvidar su afición por el baile. Isabel trajo de Francia a seis músicos “violones” y un tañedor de “musette” y flauta. Dos violones más, hijos de los ya citados, servían con el grupo de vez en cuando y cobraban parte de los gajes de música asignados a los violones, aunque no tenían título o plaza fija en la casa.
En la corte española se encontró con una gran tradición musical. El rey y su hermana Juana eran grandes aficionados de la música. El rey mantenía músicos de cámara y dos capillas enteras. Consta en las nóminas de la casa de la reina de 1560 el famoso vihuelista Miguel de Fuenllana y más tarde entrarían también Juan Pietro Escallón, músico de vihuela, y Juan del Cortijo, músico de voz que constituían un dúo. Las salas de Isabel también tenían otros instrumentos que tañían otros músicos y posiblemente las visitas. La reina llegó a poseer hasta tres arpas que, sin duda, a veces tocaría el famoso Francisco Martínez, arpista de Juana.Otra de sus aficiones fue el juego: juego de naipes, dados, de “martres” etc… apostando dinero con sus damas, con Juana y con otros dos miembros de la familia real, que pese a ser varones, tenían acceso a los salones regios: el príncipe Carlos y Juan de Austria.Incluso jugaba con alguno de sus bufones. En muchas ocasiones tuvo que pedir dinero prestado a sus oficiales para seguir jugando. Estas actividades tenían lugar en los salones privados de la reina donde, de vez en cuando, se admitían visitantes para participar en ellos o para observar estos pasatiempos.
Otro interés que compartían diversos miembros de la familia real con ella era la pintura. Tanto el rey como Juana eran grandes mecenas y muy parciales a la pintura. Animada y enseñada por su dama la famosa pintora Sofonisba Anguissola, la reina aprendió a pintar y a dibujar, mostrando afición y habilidad. Su interés por el arte y su pasión por enviar retratos a la familia en Francia, resultó en la creación y difusión de lienzos que contribuirían a dejar plasmada la imagen de la reina y su familia. Ella protegió al gran pintor Alonso Sánchez Coello.Otra gran afición resultaron ser las comedias, máscaras y otros géneros teatrales. Habitualmente desempeñaba un papel pasivo en ellas, presenciando obras que representaban compañías de actores que pasaban por la corte. Pero muchas fiestas y máscaras se hacían dentro de los salones privados de la familia regia. Las damas se disfrazaban entonces y hacían comedias y máscaras para las cuales se requería la participación de poetas, escritores y artistas que preparaban los escenarios. Las que se hicieron en 1565 resaltan por su alto nivel cultural, su sofisticación y riqueza. Las cuentas de la reina testifican que este género de entretenimientos era frecuente y daba harto trabajo a pintores y sastres, además de ocupar a la reina y las damas en su diseño, ensayo y ejecución.
A la reina le gustaba improvisar excursiones campestres de lo más pintoresco a lugares cercanos al Alcázar regio, teniendo en pleno campo rústicas comidas que divierten por su novedad y su contraste con la rígida etiqueta palaciega. La reina dedicaba también mucho tiempo a actos protocolarios. Si dejamos a un lado al embajador francés, que iba a visitar a la reina casi siempre una vez a la semana, vemos pasar por sus salones a grandes y aristócratas que acudían a visitar la corte y, en particular, al resto de los embajadores residentes. También gustaba la joven soberana salir de caza frecuentemente, por otra parte consumada jinete, y que enseguida aprenderá el manejo de la ballesta.Parece ser que fue en Agosto de 1561 cuando se manifestó la menarquía en la reina y el rey decidió que había llegado la hora de consumar el matrimonio, pero la iniciación sexual de la soberana fue difícil y dolorosa como escribe el embajador francés a la reina Catalina de Médicis, que " la constitución del rey causa graves dolores a la reina, que necesita mucho valor para evitarlo". En este último año la joven había crecido bastante y su belleza era comentada en toda la corte.
Cuatro años llevaba casada cuando en mayo de 1565 se anunció que Isabel de Valois se hallaba en estado de buena esperanza. Pero la reina lleva mal las naturales incomodidades del embarazo; sobrevienen vómitos más frecuentes e intensos de lo que suele ser normal en tal estado, mareos, fuertes cefaleas, accesos de fiebre y la aparición de una epistaxis. Los galenos encargados de tratarla decidieron sangrar a la enferma. Como consecuencia de las purgas y sangrías, la joven reina padeció un aborto infeccioso, o acaso una infección, que la hizo abortar. En alguna fuente consultada se dice que abortó dos mellizos de tres meses. Es posible que lo que sufrió Isabel fuese un aborto séptico con otras complicaciones que dejaron secuelas renales.
Queda la reina muy delicada y hay un momento en el que todos llegan a temer seriamente por la vida de la joven. Durante esta crisis el rey permaneció a su lado, visitándola constantemente. Parece ser que Felipe II le había sido infiel durante los meses que hubo de aguardar hasta consumar con ella el matrimonio y continuaba su romance con Eufrasia de Guzmán, dama de honor de la princesa Juana. La joven esposa conocía estas infidelidades y había aprendido a guardar calladamente el dolor que sentía por esta conducta de su esposo, que de todos modos se mostraba solícito y cariñoso con ella.
Pero a partir de este momento en el que la reina ha abortado con grave riesgo para su vida, el rey hizo el firme propósito de mantenerse absolutamente fiel a su esposa en lo sucesivo. En Madrid se vieron escenas inauditas y manifestaciones extraordinarias de dolor. Las iglesias estaban abarrotadas de gente clamando por la intercesión de Jesús y de los santos. No se la consideró fuera de peligro hasta finales de septiembre. En la calle, la curación fue interpretada como un milagro.
Hacía seis años que Catalina de Médicis solicitaba una entrevista con Felipe, que siempre había eludido el compromiso. El creía que Catalina era una mujer cuyas palabras nacían sólo de su conveniencia, sus medias tintas y su incapacidad para vivir según principios firmes e inquebrantables, eran para él cualidades deleznables. Pretendía que ella fuera directa y franca en cuestiones de religión. Felipe decidió que seguiría siendo invisible a fin de no ser engañado por sus encantadoras maneras y su talento para la manipulación y las promesas fútiles.Autorizó a Isabel para viajar rumbo a Bayona donde tendría lugar la entrevista con su madre y el nuevo rey Carlos IX de Francia. Al enterarse de que Felipe se negaba a verla, Catalina de Médicis se mostró abatida pero cuando se confirmó la reunión con su hija estalló en carcajadas y perdió la compostura hasta tal punto que terminó sollozando. La reina Isabel estaría acompañada del duque de Alba como máximo responsable de la legación diplomática, el rey confiaba en que él lograría hacer entrar en razón a la reina madre sobre sus conversaciones con los infieles, sus concesiones a los protestantes franceses y sus pretensiones de tener tierras en la Florida.
El 15 de junio de 1565, la reina Isabel hizo una brillante entrada oficial en Bayona. La ciudad estaba iluminada por antorchas y ella iba montada en un magnífico palafrén gris, obsequio de su hermano Carlos; su montura, tachonada de piedras preciosas, que había costado 400.000 ducados, era un regalo de Felipe. Isabel amonestó a su madre en los debates, eso si, con sumo respeto pero resultó inútil su esfuerzo por convencerla. Al verla tan segura de sí misma, defendiendo los puntos de vista de España, Catalina llegó a comentar: Cuán española te has vuelto, hija mía. Durante los diecinueve días que duraron las conversaciones se sucedieron las fiestas.Cuatro meses más tarde regresó la reina a Madrid con la única propuesta francesa de casar al príncipe heredero Carlos con la princesa Margarita de Valois, la famosa reina Margot, y a la princesa Juana de Austria, que por aquel entonces contaba treinta años, con el príncipe Enrique de Valois, de catorce años de edad. Juana se opuso rotundamente a esta boda, no sentía la menor tentación de convertirse en esposa de un hombre mucho más joven que ella.
Durante todo su matrimonio, Isabel se esforzó por influir en su marido en todos los asuntos concernientes a Francia. Logró convencer a Felipe para que concediera audiencias al embajador francés cuando el rey se negó a recibir a todos los demás, debatía con él sobre las cuestiones en las que su madre necesitaba apoyo y a veces filtraba incluso información confidencial al embajador francés, tanto durante sus reuniones semanales como a través de correspondencia clandestina.
Infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, pintado por Sofonisba Anguissola en 1570A pesar del fracaso de las negociaciones de Bayona, Felipe recibió a su esposa amorosamente. Fue una gran alegría y un alivio para todos cuando la reina quedó embarazada. Se anunció a principios de 1566, celebrándose grandes fiestas. La delicada salud de Isabel hizo que el embarazo fuera difícil, con numerosas molestias y frecuentes accesos de fiebre. Felipe se mantuvo siempre a su lado, atendiéndola personalmente. No obstante, tanto la “obtención” del fruto como su posterior desarrollo, estuvo envuelto en un proceso en el que no faltaron detalles de superstición u otros de carácter más celestial, tales como la prescripción de baños que supuestamente favorecerían la concepción o la advocación de santos y peregrinaciones. Incluso la joven reina acudió al lugar donde estaban los restos incorruptos de San Eugenio ante los que hizo voto para que le concediera la bendición de un hijo varón. Catalina de Médicis, desconfiando de los médicos españoles, envía a uno de los mejores obstetras de Francia, el doctor Vincent Montguyon.
El 12 de agosto de 1566 dio a luz una niña en el palacio de Valsaín, a quien se le puso el nombre de Isabel Clara Eugenia. El alumbramiento debió de resultar más fácil de lo esperado, ya que según manifestó la propia implicada: “ Gracias a Dios, el parir no es tan trabajoso como yo creía ”. La constante atención que el rey prodiga a su mujer en los momentos cruciales no sorprende en absoluto a aquellos que conocen el afecto que siente por Isabel. En palabras del embajador francés, “ Don Felipe se ha mostrado el mejor y más afectuoso marido que se pueda imaginar, ya que en la noche de los dolores jamás abandonó una de las manos de la dicha Señora, confortándola e infundiéndole valor de la mejor forma posible ”. Estas atenciones sobrepasaban las normas y demostraban delicadeza y hasta ternura. Los embajadores residentes testifican que la reacción predominante fue muy positiva. “ El rey y toda la corte están muy alegres ”,comentó el nuncio, “ pues si bien les hubiera consolado más un varón, por lo menos ven que la reina ha comenzado a darles herederos y llevó bien el parto. Están felices pensando que después de esta hembra han de seguirle varones ”.
Isabel de Valois por Mark SatchwillUnos meses antes, el rey le había dicho a su esposa que tanto le daba niño o niña. Observando a la recién nacida declaró que así lo prefería. Esta infanta llegaría a ser la hija predilecta de Felipe II y su apoyo emocional en los tiempos difíciles. Pero, sin duda, muchos sentían cierta decepción porque de haber sido varón hubieran tenido una alternativa al príncipe Carlos y la monarquía hispánica podría encarar el futuro con mayor confianza. La reina quedó débil y sufrió de fiebres y problemas serios por algún tiempo, suscitando un auténtico terror la idea de que muriese de sobreparto. Estaba muy decaída física y psicológicamente. Afortunadamente, la depresión no le duró mucho, aunque si tardó un tiempo en recuperar plenamente su salud. Al poco tiempo, rebosaba de alegría y orgullo al ver a su hija. Una vez estuvo fuera de peligro su esposo se retiró al famoso monasterio de El Paular para dar gracias a Dios.
El 25 de Agosto de 1566, la recién nacida es bautizada en la capilla del palacio de Valsaín. El oficiante de la ceremonia es el nuncio del papa, monseñor Cattaneo, cardenal obispo de Rossano y más tarde papa con el nombre de Urbano VII. Los padrinos elegidos son la princesa Juana de Austria y el príncipe Carlos. Como quería la tradición le correspondía al padrino llevar hasta las aguas bautismales al bebé, pero ya fuera a causa de una enfermedad o del temblequeo nervioso que agitaba al príncipe Carlos, fue don Juan de Austria el que cumplió dicha función. El rey ordenó la construcción de un muñeco del tamaño de un bebé con idea de practicar para cargarlo el día del bautismo, aunque llegada la hora de la verdad delegó en su hermano don Juan. Los archiduques Rodofo y Ernesto y los gentilhombres y damas principales de las casas reales estuvieron presentes en la ceremonia.
Medio año más tarde Isabel quedó de nuevo embarazada. La corte multiplicó sus esfuerzos por facilitar el nacimiento de un hijo de la única forma que podía: con oraciones especiales y participando en las procesiones y misas diarias que se hacían en palacio desde principios de octubre para solicitar asistencia divina a la reina. Isabel no quedaba atrás a la hora de ofrecer sus propias rogativas y devociones. El parto fue bueno y al principio se esparció la noticia de que había nacido un hijo. Pronto hubo que rectificar: era otra niña, Catalina Micaela, la que nació en Madrid el 6 de octubre de 1567. El nuncio comentó que el rey “ ha mostrado placer, si bien la reina lo ha tomado a mal como hacen todas las mujeres”. Otros diplomáticos no le dedicaron más que un renglón o dos al acontecimiento y algunos ni despacharon correo especial para anunciarlo. La indiferencia es palpable.
El único que se atrevió a manifestar su felicidad por este trance fue el príncipe Carlos quien había declarado en público que no quería que naciese un niño. Al enterarse que había nacido otra infanta, Carlos celebró el acontecimiento de forma estrepitosa. Se vistió de morisco, organizó y participó en una escaramuza enfrente del Alcázar y desde allá, a la cabeza de una cuadrilla de cortesanos, se fue por Madrid de fiesta durante toda la noche. Aunque Felipe II insistiera en su felicidad por tener otra hija se comentó mucho el hecho de que, en contraste con las fiestas previas, no se molestó en quedarse ni para el bautizo, alejándose de la corte para disfrutar de unos días de paz y soledad. Este nuevo parto debilitó de manera definitiva la salud de Isabel, empeñada a pesar de todo en quedar nuevamente embarazada.
El año de 1568 comenzó mal para la familia real y acabó peor. El rey se vio obligado a detener a su hijo el príncipe Carlos por rebelión y alta traición y confinarlo en un espacioso y cómodo lugar de un torreón del Alcázar. El regio cortejo llega a la puerta de la habitación del príncipe. Al ayuda de cámara se le ordena que no deje pasar a nadie, caso de que la detención pueda provocar alboroto que atraiga a la gente de palacio. E inmediatamente irrumpen en la cámara del príncipe. Saben que está armado, incluso con un arcabuz siempre cargado, de modo que cualquier paso en falso que rompa el efecto de la sorpresa puede resultar fatal. Por fortuna para el rey, su hijo estaba distraído conversando con dos de sus íntimos: Juan de Mendoza y el conde de Lerma. Por consiguiente, cuando se quiere dar cuenta, ya los hombres del rey se han apoderado de sus armas blancas ( ya que era su costumbre dormir con ellas al alcance de la mano) y del temido arcabuz. Don Carlos se revuelve, quiere apoderarse de sus armas, pero ya es tarde. Desarmado, es el propio rey el que irrumpe y le pregunta el príncipe:
- ¿Qué me quiere Vuestra Majestad?A lo cual le respondió:
- Sosegaos, que esto no se hace sino por vuestro propio bien.
Y luego comenzaron a clavar las puertas y ventanas. Convertida la cámara del príncipe en rigurosa prisión, el rey lo pone bajo la custodia del duque de Feria, ayudado por otros de su Consejo de Estado, advirtiéndoles:
- No hagáis cosa que el príncipe os mande sin que yo primero lo sepa. Y que todos lo guardéis con gran lealtad, so pena que os daré por traidores.
Aquí alzó el príncipe grandes voces diciendo:
- ¡ Máteme Vuestra Majestad y no me prenda, porque es grande escándalo para el reino! ¡ Y si no, yo me mataré!.A lo cual respondió el rey que no lo hiciese que era cosa de loco. Respondió el príncipe:
- ¡ No lo haré como loco, sino como desesperado, pues Vuestra Majestad me trata tan mal !.
Impaciente por alcanzar un poder del que se veía apartado por el rey, don Carlos entró en la desesperación y el fruto de esa desesperación serían sus planes de rebelión que le llevarían a la prisión. Su amenaza de matarse no cayó en saco roto. El rey ordenaría las medidas precisas para evitarlo y la primera que la comida se la llevasen ya partida para que no pudiese tener ni tenedor ni cuchillo. Nadie, a excepción de su confesor, su médico y las personas encargadas de su custodia, volvió a ver al infeliz príncipe.Era preciso y hasta urgente informar a la opinión pública sobre este suceso. Algo que, a los máximos niveles, el rey hará personalmente: convocando a los diversos Consejos, uno tras otro, a los que él dará personalmente su versión de los hechos. Y en cartas autógrafas a las personalidades más destacadas de la Cristiandad: al papa Pío V, a su cuñado el emperador Maximiliano II, a su tía Catalina de Portugal y a su hermana la emperatriz María. La prisión había puesto remedio a los intentos de fuga del príncipe y, acaso, a que secundase a los rebeldes flamencos. Faltaba completar las medidas tomadas procediendo a la incapacitación legal del príncipe.
La consternación cundía en la corte, tanto la reina como la princesa Juana lloraron al conocer la decisión del rey. Felipe prohibió a su esposa y a su hermana Juana que visitasen al príncipe, pese a lo mucho que ambas le querían. La reina cuando conoce su detención tiene esta confidencia con el embajador francés: "Os puedo asegurar que siento su infortunio como si fuera mi propio hijo y haría cualquier cosa por aliviar su situación en reconocimiento a la amistad que me tiene". Pero ambas, la reina y la tía, reciben la consigna de no llorar más por el príncipe. Era como si el rey quisiera olvidar lo que había ocurrido intentando que la vida en la corte continuara como si no hubiera sucedido nada, cosa imposible. Felipe, haciendo mella en él la tristeza de la reina, dejó de frecuentar por unos días la cámara de su esposa hasta que entrado ya el mes de febrero, las crónicas de palacio anotan la novedad: el rey volvía a sus visitas nocturnas al dormitorio de la reina.Hacia las navidades Isabel cree estar otra vez en estado de buena esperanza, sin embargo, parece que se trata de trastornos nutritivos que los médicos curan, como era costumbre, a base de purgas y sangrías que debilitan aún más la salud de la reina. En los meses siguientes hubo múltiples rumores sobre si la reina estaba o no embarazada. Médicos y comadronas ofrecían opiniones diversas, como también lo hacían las damas, mientras la reina mantenía una y otra vez que sí estaba embarazada. Conscientes de la presión que sufría, algunos pensaron que le había provocado achaques mentales, que se persuadía a sí misma de una preñez falsa. La incertidumbre y los rumores agudizaban el malestar del rey, ya muy afectado por la guerra de Flandes y el problema del príncipe Carlos.
Confinado en sus habitaciones el príncipe Carlos dejó de comer hasta el extremo de que en marzo se temió por su vida. Luego intentó suicidarse tragándose un diamante, ya que había oído decir que un diamante en el estómago era un veneno mortal; y por último, entrado ya el verano, cambió de método y decidió buscar la muerte comiendo en exceso. A mediados de julio, después de comerse una empanada rellena con cuatro perdices y beber sin freno agua con hielo, cayó mortalmente enfermo. Cuando se encontró enfermo de muerte manifestó dos deseos: ser visitado por el rey para conseguir su perdón y alcanzar la fecha simbólica del 25 de julio, festividad de Santiago. Ninguno de esos deseos los vería cumplidos. El rey sólo le echó la bendición al hijo moribundo tras las espaldas de los guardianes y la muerte le llegó la víspera de Santiago. El día 23 lo pasó gritando que todavía no podía morir. Cumplida la medianoche dijo que ya era tiempo, por lo que su confesor le hizo entrega de una vela bendecida procedente del monasterio de Montserrat. Por último hizo que le trajeran el hábito de franciscano con el que quería ser enterrado. Murió en la madrugada del 24 de julio de 1568, a los veintitrés años de edad. El desdichado príncipe murió de alguna infección intestinal como amibiasis o disentería bacilar, lo que representaba una complicación más en su ya de por sí delicado cuadro clínico.
La confirmación de un nuevo embarazo de la reina en mayo calmó algo los nervios, pero la crispación se volvió a instalar cuando murió el príncipe Carlos. Ahora bien, para los Valois su muerte dejaba el camino libre para que subiese al trono un varón de sangre francesa. Catalina de Médicis podría ver a un nieto suyo como rey de España, pero no sería así. La siempre frágil salud de Isabel de Valois se resintió con el nuevo embarazo. En septiembre la reina sufrió un fortísimo ataque nefrítico que puso a prueba su organismo. Desde principios del año había padecido diversos achaques de salud y éste no aparentaba ser peor. A finales de septiembre su salud empeoró y, sin más, la corte comenzó a especular acerca de quién sería la cuarta esposa del rey. No fue hasta comenzar octubre cuando se confirmó que su estado era muy grave y ella misma se sintió al borde la muerte. En vano trataron los médicos de la corte de combatir su mal, es más, incluso es posible que lo precipitaran todo con sus rutinarios procedimientos en los que no podían faltar las temibles sangrías. Vómitos constantes y al final un aborto acabaron con las últimas fuerzas de Isabel.
El rey estuvo a su lado, visitándola varias veces al día, confortándola con su presencia y sus palabras. La vio por última vez en la madrugada del tres de octubre. La reina, asiendo a su marido de la manga, le expresa el sentimiento que tiene por no haberle podido dar el hijo varón que tanto deseaba el rey, que sentía como madre la separación de sus hijitas y el vacío que les dejaba, pero que siendo tan hijas del rey como suyas y tan queridas de él, no necesitaba recomendárselas. Le ruega que recompense con esplendidez a todas las personas que han estado a su servicio y le recomendaba sus doncellas francesas, en especial las más menesterosas para que les hiciera merced; le exhorta, con palabras que más parecen propias de una mujer madura y muy experimentada que de una soberana tan joven, a que mantenga las mejores relaciones posibles con su hermano el rey de Francia y con su madre Catalina de Médicis y termina diciéndole: “ Tengo grandísima confianza en los méritos de la Pasión de Cristo, y me voy adonde pueda rogarle por la larga vida, estado y contentamiento de Vuestra Majestad ”.
Monasterio de El EscorialCuando el rey se retiró de la cámara de Isabel, instándole a que descansara, no pudo contener el llanto incluso en presencia de quienes se hallaban en la antecámara. Unas horas más tarde, a las diez y media, la reina daba a luz una niña de unos cinco meses que fue bautizada inmediatamente. Madre e hija murieron al mediodía. El rey se retiró ese mismo día al monasterio de San Jerónimo para hacer penitencia y ofrecer sufragios por el alma de aquella joven esposa, a quien de verdad todo hace pensar que había llegado amar. Fue grande la demostración de llanto y sentimiento que hicieron las damas y todo el pueblo, la gente se arrodillaba al paso del cortejo por las calles por las que discurrió la fúnebre comitiva desde el Alcázar hasta el monasterio de las Descalzas Reales.A la muerte de la reina, Felipe se sumió en una depresión transitoria, comenzó a tener los primeros ataques de gota e inició una época de austeridad elevada, empezando por su propia persona. Solamente vestirá con la sobria elegancia de su luto durante el resto de su vida, un luto en su atuendo que no quebrantará ni siquiera para celebrar un nuevo matrimonio. Cinco años más tarde de su fallecimiento, los restos mortales de Isabel de Valois fueron trasladados al Panteón de los Infantes de la Cripta Real del Monasterio de El Escorial, no junto a su esposo y otras reinas, pues no llegó a ser madre de rey.