La Misericordiosa Cofradía,
Tan antigua en Gijón, como piadosa,
Siempre tuvo en su Madre Dolorosa,
Cristiana fe y bendita idolatría. (...)
Y aunque en “campos de fe” se sieguen mieses,
De aquella Dolorosa la mirada
¡Jamás se olvidarán los gijoneses!.
(Carlos Cienfuegos-Jovellanos)
Es la Dolorosa una de las figuras más emblemáticas y queridas, sino la que más de la Semana Santa gijonesa. De esa semana en la que según las palabras del poeta Gerardo Diego, y precisamente refiriéndose a la de nuestra Villa, “conviven muy diversos sentimientos, religiosos en primer término y como reflejo también familiares, tradicionales, y locales de amor a lo nuestro”.
La primitiva imagen fue tallada en el siglo XIX por el escultor de la Real Cámara, Francisco de Elías, siendo entronizada en 1839 en el nuevo altar de Nuestra Señora de los Dolores, construido en la parroquial de San Pedro, donde flanqueaba con San Juanín de la Barquera a un Cristo crucificado obra de la imaginería santiaguesa. En la parte superior de dicho retablo fue colocada la antigua imagen de las Angustias, que dio nombre a la capilla de la iglesia parroquial donde se fundara en 1652 la Hermandad de la Santa Vera Cruz. La imagen de la Dolorosa despertó pronto la admiración y el fervor del pueblo gijonés. Con su cabeza ladeada y su mirada alzada recogía en su expresión su materno sufrimiento, según palabras del que fuera Cronista Oficial de la Villa, Joaquín Alonso Bonet, constituía una “explosión de dolor y amargura”. Dos lágrimas en su rostro, brillantes y cristalinas, y un puñal de plata atravesando su pecho (“y una espada atravesará tu alma”, San Lucas, 2, 35), temblando siempre inquieto, al compás de la imagen, en su discurrir por las calles gijonesas. Tomando nuevamente las palabras de otro Cronista Oficial de la Villa, en este caso Fabriciano González (FABRICIO), “al paso de la Dolorosa, el silencio se apretaba, se apretaban las almas y bajo la noche sólo estaba Ella”.
Tras la destrucción de todas estas imágenes en los trágicos años de nuestra última guerra civil, la generosidad del matrimonio gijonés formado por D. Alberto Paquet y Dña. Dolores del Campo, que prontamente donaron una réplica a la Hermandad de la Misericordia, vino a cubrir la llorada ausencia. El encargo de la nueva talla, que es la imagen que hoy veneramos, recayó en el renombrado escultor guipuzcoano, Julio Beobide Goiburu (1891-1969). La obra de este artista se inserta en la corriente figurativa que viene de la tradición escultórica del siglo XIX, y sus esculturas se basan en la fuerza de la expresión, buscando causar en el espectador un sentimiento profundo de emoción. Su gran sentido religioso hizo que la imaginería religiosa fuera, junto con el realismo costumbrista, la principal temática a lo largo de toda su trayectoria artística. Beobide es admirado en su tierra, que le ha dedicado un museo propio (Museo Kresala) en su localidad natal de Zumaia, y custodia también celosamente sus obras en otros tantos museos (Museos Provinciales de Bellas Artes de Guipúzcoa y Vitoria, Museo Torres Arbide dependiente de la “Kutxa”-Caja Guipúzcoa, etc). Beobide es autor, entre otras obras, del Cristo monumental que preside el altar mayor de la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, o de la Dolorosa de la vecina localidad asturiana de Villaviciosa.
Es el ya referido sentimiento de emoción el que provoca la contemplación de esta nueva imagen de la Dolorosa, que recuerda a su predecesora, aunque delata en su rostro una menor redondez y una clara inspiración en la proverbial fisonomía vasca. En los últimos años, víctima también de la dejadez a que se vio sometido el cuidado del patrimonio artístico de la Semana Santa gijonesa durante las últimas décadas, había sufrido retoques e intervenciones no siempre afortunadas. El buen hacer del competente restaurador gijonés y cofrade, Juan Luis García Bascarán, le ha devuelto este mismo año su factura original y toda su fuerza expresiva.
Casi milagrosamente, y por no estar depositados en la desaparecida Iglesia de San Pedro, la nueva imagen conserva la corona y el puñal de plata de la primitiva, al igual que los ricos mantos que la cubren en su desfilar por las calles de Gijón. El más sobresaliente de ellos, un largo manto de terciopelo negro ricamente bordado en oro, que fue donado en su momento por Su Alteza Real la Infanta Doña Isabel de Borbón, la popularísima “Chata”, hermana del Rey Alfonso XII y tía del Rey Alfonso XIII, que siendo asidua visitante de nuestra Villa profesaba públicamente una particular devoción a esta imagen.
La nueva imagen de Beobide fue bendecida en la Colegiata de San Juan Bautista, entonces sede temporal de la parroquia de San Pedro, en la mañana del jueves 23 de marzo de 1939. Saliendo por vez primera a las calles gijonesas, pocos días después, en la Semana Santa de aquel año.
La imagen procesiona en la actualidad en las tardes del Miércoles Santo, en la procesión del Encuentro, y en la del Santo Entierro el Viernes Santo, portada y acompañada siempre por los cofrades de la Hermandad de la Misericordia. En estas ocasiones luce vestido blanco cubierto de manto azul con bordado en oro el Miércoles Santo, y el ya citado manto negro de donación real el Viernes Santo cuando es acompañada también por la marinería de la Comandancia Militar de Marina. Tradicionalmente era también la figura central de la procesión de la Soledad de María, en la mañana del Sábado Santo, y así la han plasmado los pinceles de Nicanor Piñole, aunque en los últimos años ha sido sustituida por la imagen más propia de la Virgen de la Soledad.
El hecho de ser la advocación mariana con más arraigo en la parroquia Mayor de San Pedro fue tenido también en cuenta a la hora de construir el nuevo templo parroquial. La Virgen Dolorosa es así la única advocación mariana presente en las vidrieras que coronan el altar mayor del templo, e igualmente una de las tres campanas de la nueva torre parroquial fue bautizada con el nombre de la Dolorosa.
El valor artístico y sentimental de la actual imagen, y la especial devoción que de siempre ha tenido esta advocación mariana entre el pueblo gijonés, hacen aún más difícilmente explicable el hecho de que no esté expuesta al público de forma permanente, para veneración de los fieles y admiración de los visitantes, en la Iglesia Mayor de San Pedro.