Portugal es un país eminentemente marítimo, abierto al Atlántico y cercano a África. No es extraño, pues, que fueran los portugueses los iniciadores de las grandes navegaciones por las costas atlánticas de África. A ello contribuyó al apoyo de la monarquía. El infante Enrique el Navegante fue el gran promotor de estas empresas desde una escuela de náutica que estableció en Sagres. Allí se formaron cartógrafos, pilotos y técnicos.
El objetivo de los portugueses era circunnavegar la costa atlántica africana para comerciar con el oro y los esclavos de Sudán y llegar directamente a Oriente (India y China) para controlar el comercio de la seda y de las especias. Sus descubrimientos y conquistas se escalonan a lo largo del siglo XV.
La primera conquista importante fue la de Ceuta, en 1415. Sucesivamente se exploran las islas Madeira y Azores, la costa africana hasta el cabo Bojador, las islas de Cabo Verde y, en 1460, llegan al Golfo de Guinea. Pero aún fueron precisos muchos años para avanzar hacia el Sur por la costa africana y tocar su punta meridional, el Cabo de Buena Esperanza, que Bartolomé Días alcanzó en 1488.
Queda ya abierto el camino hacia el Índico y la tierra de las especias, viaje que realizaría por primera vez Vasco de Gama entre 1497 y 1498, año en que llegó a Calicut, en la India. Vasco de Gama volvió a Portugal en 1499 con la mitad de los navíos y de los hombres, sin embargo los beneficios del cargamento de especias conseguido superaron en sesenta veces el coste de la expedición.
Tras el contacto con India, Portugal inició el comercio con Japón (Cipango) en 1542, y con China (Catay) en 1557, que fueron monopolio de la corona portuguesa.
Por otra parte, en 1500 Pedro Álvares Cabral había llegado a Brasil.
De esta manera quedaba diseñado el imperio portugués de los siglos XV y XVI: las posesiones americanas (Brasil), en competencia con Castilla; los enclaves africanos, para explotar a gran escala el comercio de esclavos; y las factorías asiáticas, que proporcionaban el comercio directo de las especias.
A lo largo de este imperio los portugueses crearon factorías costeras, que servían para el abastecimiento de las naves y el control del comercio.
La competencia con otras potencias imperialistas, como la holandesa, hará que este imperio empiece a declinar en la segunda mitad del siglo XVI.