Muchísimo tiempo antes de que el hombre comenzara a contar sus vueltas, la Tierra ya giraba en su derrotero, ajena a las supersticiones y mitos humanos.
Nuestro calendario no es «natural», la cuenta de los años se inició de forma arbitraria; de hecho, muchas culturas superaron el año 2000 antes que nosotros.
El punto de partida que se toma para contar los años es el nacimiento de Jesucristo, pero igualmente lícito hubiese sido comenzar la cuenta a partir de cualquier otro evento.
Por otra parte, el 31 de diciembre de 1999 no se cumplieron 2000 años desde que empezamos a contar, porque el año 0 nunca existió. Solo al 31 de diciembre de 2000 pudo decirse que terminó el segundo milenio.
Un calendario es un sistema para organizar el tiempo en períodos determinados. La mayoría de los calendarios han sufrido modificaciones con el transcurso del tiempo, debido, fundamentalmente, a las dificultades para medir con precisión la duración de un año.
Los hombres que en la Antigüedad decidieron organizar la medición del tiempo utilizaron como unidad de medida los fenómenos conocidos que se repetían cíclicamente y que les resultaban fácilmente observables: los movimientos aparentes de los cuerpos celestes, especialmente del Sol y de la Luna. El día duraba lo que tarda el Sol en realizar su recorrido por el cielo desde el mediodía de un día, hasta el mediodía del día siguiente. Se consideraba mes al lapso entre dos lunas llenas, y año , al período entre dos pasos del Sol por un mismo punto celeste (solía tomarse como referencia el día más corto de cada año).
Con estos datos se definieron los calendarios de las distintas civilizaciones. Pero cuando se introdujeron los cálculos matemáticos se presentó un inconveniente fundamental: el año solar no tiene un número exacto de meses lunares, ni un número entero de días. Lo mismo ocurre con el mes lunar, que tampoco tiene un número entero de días. Para expresarlo en números, debemos decir que el año solar tiene 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45,5 segundos; el mes lunar tiene 27 días, 7 horas, 43 minutos y varios segundos. El problema consistió entonces en hacer «encajar» los días en los meses y estos en los años, en forma más o menos exacta.
Aunque los mayas y aztecas en América, y los pueblos de Oriente y Medio Oriente, entre otros, encontraron sus propias soluciones (algunas de las cuales tienen vigencia aún hoy), por presión cultural y religiosa fue el calendario occidental el que se impuso en todo el mundo y el que aceptamos como convención para entendernos.
Calendario azteca
También se lo conocen como Piedra del Sol
Los aztecas y los mayas, como también los incas, desarrollaron calendarios tan precisos como los que se utilizaban en Europa en la misma época.
Los mayas elaboraron un calendario muy complejo, que combinaba series solares y lunares, y que permitía realizar cálculos de tiempo de tal exactitud que no se necesitaba hacer ninguna modificación en los meses del año.
Los mayas del período clásico tuvieron un amplio desarrollo de la astronomía. Las ciudades y sus edificaciones fueron orientadas según los movimientos de la bóveda celeste. Por ejemplo, en El Castillo de Chichén Itzá, una pirámide trunca y escalonada, se puede observar el descenso de Kukulkán, una serpiente formada por las sombras que se crean en los vértices del edificio, únicamente durante los solsticios (21 de junio y 21 de diciembre). Por otra parte, las cuatro escaleras de la pirámide suman 365 peldaños, los días del año.
Los aztecas utilizaban un sistema de calendario heredado de los antiguos mayas. Tenía 365 días, divididos en 18 meses de 20 días, a los que se agregaban 5 días extra que se creía eran aciagos y traían mala suerte. Utilizaban también un calendario ritual de 260 días (20 meses de 13 días) que se aplicaba exclusivamente para adivinaciones. La combinación de los dos sistemas permitía numerar los años, que se contaban en ciclos de 52 años.
Los aztecas tenían también unos almanaques llamados tonalamatl. Eran libros de referencia mediante los cuales se guiaban los sacerdotes. Estaban hechos de papel extraído de la corteza de un árbol y solían consistir en largas tiras, plegadas, para facilitar su lectura. A cada semana se le dedicaban una o dos páginas.
En un principio, los romanos numeraban sus años ab urbe condita (a.u.c.), es decir, «a partir de la fundación de la ciudad de Roma». De haber seguido contando los años de esta manera, el año 2000 hubiera sido para nosotros el 2754.
Nuestro calendario actual tiene como antecedente más cercano el diseñado por el etrusco Lucio Tarquino Prisco , quinto rey de Roma, quien propuso un calendario de 12 meses. Un mes de 28 días (febrero), cuatro de 31 (marzo, mayo, quintilis y octubre), y siete de 29 (enero, abril, junio, sextilis, septiembre, noviembre y diciembre). Como la suma de los días no coincidía con la duración del año -eran apenas 355 días-, cada dos años se agregaba un mes adicional, intercalaris, que tenía 23 días. Esta tarea correspondía a los sacerdotes, quienes no siempre la cumplían a conciencia, lo que provocaba numerosos desajustes. Como el año comenzaba el 1 de marzo, los agregados se hacían en febrero, el último mes del año. De allí los nombres de nuestros meses actuales: septiembre, octubre, noviembre y diciembre, que eran el séptimo, octavo, noveno y décimo mes del año.
Después de la conquista de Egipto, en el año 48 a. C., Julio César le pidió a Sosígenes, astrónomo de Alejandría, que reformara el calendario para obtener mayor precisión y terminar con la falta de control sobre el mes adicional. El nuevo calendario fue finalmente adoptado en el año 46 a. C. y era idéntico al que había ideado, allá por el año 239 a. C., Aristarco, otro alejandrino que se habría inspirado en la ciencia de la antigua Babilonia. Sosígenes trabajó sobre el calendario solar, eliminó el mes intercalaris y definió 12 meses que duraban 30 y 31 días alternadamente, a excepción de febrero que era de 29. Así se sumaban 365 días. Para compensar el exceso de casi 6 horas por año, se agregaba un día más cada cuatro años. Sosígenes decidió que, excepcionalmente, el año 46 a. C. debía tener dos agregados. El primero era el habitual mes intercalaris y el segundo, dos meses adicionales intercalados entre el fin de noviembre y el inicio de diciembre, para hacer coincidir el calendario con los equinoccios , ya que estos se habían desfasado. Ese año tuvo entonces una duración de 445 días, por lo que muchos autores lo denominan «el año de la confusión».
El día que se intercalaba cada cuatro años se agregaba entre el 23 y el 24 de febrero. En ese entonces los días no tenían los nombres que hoy conocemos y el 23 de febrero era llamado sexto calendas Martias, o sea «sexto día antes de las calendas de marzo», que era como se denominaba al 1 de marzo, comienzo del año.
La forma de denominar los años llamándolos Anno Domini Nostri Jesu Christi o «en el año de Nuestro Señor Jesucristo» sería instituida alrededor del año 527 de nuestra era por el abad de Roma Dionisio el Exiguo, quien designó al año 754 a.u.c. como el año 1.
Portada de la bula papal que contenía las reformas al calendario
En el calendario romano, el día intercalado en febrero se conocía como bisextus. De esta palabra latina proviene el término bisiesto, que usamos para indicar un año que incluye un día adicional. El calendario definido con estas diferencias entre años comunes y años bisiestos se llamó calendario juliano.
El emperador Augusto, sucesor de Julio César, también hizo su aporte. En homenaje a este último, recientemente asesinado, le dio su nombre a quintilis, que a partir de entonces se llamó julio. Años más tarde quiso homenajearse a sí mismo y decidió dar su nombre a sextilis, que desde entonces se llamó agosto. Pero cuando Augusto cayó en la cuenta de que «su» mes tenía 30 días, frente a los 31 de julio, sintió que debía compensar su propio «descuido» y le robó un día a febrero para agregárselo a agosto. El resultado fue una secuencia de tres meses seguidos (julio, agosto y septiembre) con 31 días, lo cual no le agradaba. Por eso le quitó un día a septiembre y lo pasó a octubre, y otro a noviembre para dárselo a diciembre.
Los problemas, sin embargo, no terminaron. Por un lado, los sacerdotes que debían agregar un día cada cuatro años, lo hicieron cada tres. Este error fue advertido y corregido recién en el año 8 d. C. Por otra parte, el año diseñado por Sosígenes resultó demasiado largo, porque el día agregado cada cuatro años equivalía a sumar seis horas a cada año.
Para el año 1582 el «pequeño» error acumulado a lo largo de los años provocó que el equinoccio de primavera ocurriera 10 días antes de lo que marcaba el calendario, con lo cual las festividades religiosas móviles, como la Semana Santa, ya no concordaban con la estación del año «adecuada». El desajuste era tan grande que el papa Gregorio XIII pidió auxilio al astrónomo y físico Aloysius Lilius y al matemático y astrónomo Christoph Clavius, quienes aportaron una solución en dos etapas. La primera, borrar de un plumazo 11 días de ese año y pasar directamente del jueves 4 al viernes 15 de octubre. La segunda, no considerar bisiestos los años terminados en doble cero, a menos que fuesen exactamente divisibles por 400. Por esa razón 1700, 1800 y 1900 no fueron bisiestos, pero sí lo es el 2000.
La adopción del calendario gregoriano , llamado así por el Papa que lo propuso, fue más lenta de lo que podría pensarse. Ese calendario rige actualmente.
Arago, Francisco, Grandes astrónomos anteriores a Newton, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1944.
Si bien la selección de personalidades realizada es arbitraria, incluye valiosas biografías de diecisiete astrónomos antiguos, algunos poco conocidos.
Asimov, Isaac, Enigmas de la Tierra y el espacio al alcance de todos, Buenos Aires, Atlántida, 1991.
Cada uno de los ciento once capítulos del libro responde a una pregunta de realización frecuente: ¿en qué forma medimos el tiempo?, ¿cómo hacemos para medir intervalos menores que un día?, etcétera.
Menzel, Donal H. y Jay M. Pasachoff, Guía de campo de las estrellas y los planetas de los hemisferios Norte y Sur, Barcelona, Omega, 1986.
El libro es, fundamentalmente, una guía para la observación astronómica. Incluye tablas, ilustraciones y mapas celestes. Desarrolla también temas de astronomía general.
Adopción del calendario gregoriano
El calendario gregoriano de 1582 fue adoptado inmediatamente por los países europeos con mayor tradición cristiana, como España, Italia, Polonia y Portugal. Poco después fue aceptado en Francia y Luxemburgo. En los dos años siguientes se sumaron las regiones católicas de Alemania, Bélgica, Suiza y los Países Bajos. Siguió Hungría en 1587. Gran Bretaña y sus colonias lo adoptaron en 1752, año en el que también eliminaron los 11 días sobrantes («saltaron» del miércoles 2 al jueves 14 de septiembre). En la mayoría de las colonias británicas el calendario gregoriano se generalizó mucho después de que se hiciera oficial y durante largo tiempo se continuaron utilizando distintas fechas para el inicio del año nuevo: 1 de enero, 1 de marzo, 25 de marzo o 25 de diciembre. Esta es la razón por la que los documentos de la época asignan a George Washington dos fechas de nacimiento diferentes, según el calendario considerado: 11 de febrero de 1731 (calendario juliano) y 22 del mismo mes, pero del año 1732 (calendario gregoriano).
Suiza adoptó el nuevo calendario en 1753, Japón en 1873, Egipto en 1875, Europa del Este entre 1912 y 1919 y Turquía en 1927.
Año
El año, entendido genéricamente, es el tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta completa alrededor del Sol (aproximadamente 365 días). Como la duración de este período varía según el cuerpo celeste que se tome como punto de referencia, existen varias definiciones de año.
El año sideral o sidéreo es el que toma como referencia las estrellas fijas. Es el tiempo que transcurre desde que el Sol oculta una estrella determinada hasta que la vuelve a tapar; su duración es de 365,2563612 días, o 365 días, 6 horas, 9 minutos y 9,54 segundos.
El llamado año solar medio o trópico es el tiempo que transcurre entre la aparición del Sol en el equinoccio de primavera hasta su regreso a ese mismo lugar. Dura 365,2421 días o 365 días, 5 horas, 43 minutos, 46 segundos; unos 20 minutos menos que el año sideral. También es denominado año civil.
El año anomalístico es el tiempo comprendido entre dos pasajes sucesivos de la Tierra por el punto de su órbita más próximo al Sol, el perihelio. Equivale a 365,2596425 días solares medios, o 365 días, 6 horas, 13 minutos y 53,1 segundos. Es 4 minutos más largo que el año sideral, porque el perihelio de la órbita terrestre está ligeramente desplazado por las perturbaciones de los otros planetas.
El año lunar, de 12 meses lunares (354 días), se emplea en algunos calendarios, en particular en el judío y el musulmán.
Calendario
En el siglo VIII, cuando en la mayor parte del mundo aún no se había adoptado el calendario romano, los sacerdotes eran los encargados de anunciar cuándo comenzaba un nuevo mes. En general, lo hacían con el primer brillo de la Luna, después de la luna nueva. La duración del mes estaba dada, simplemente, por la cantidad de días que pasaban entre un cuarto creciente y el siguiente. En aquellos años, en Roma, los sacerdotes observaban el cielo y anunciaban la nueva luna al gobernante. Durante siglos, los romanos llamaron al primer día de luna nueva «calenda», derivado de la palabra calare que significa anunciar solemnemente. Ese es el origen de nuestra palabra «calendario».
Esta costumbre de iniciar los meses con la nueva luna no fue exclusiva de los romanos. También lo hacían los celtas y los germanos en Europa, y los babilonios y los hebreos en Oriente.
Día
El día es el tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta completa sobre su propio eje.
Desde la Antigüedad, el hombre ha relacionado la medición del tiempo con la observación de los fenómenos astronómicos. Así, puso atención sobre ciertos objetos celestes fácilmente identificables porque describían movimientos diferentes de los de las estrellas: el Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno. A estos cinco últimos los llamó «estrellas errantes», que en griego se dice «planeta». Es fácil notar que sus nombres son parecidos a los de los días de la semana.
«El Sol, la Luna y las otras cinco estrellas llamadas planetas fueron creadas por él (Dios) para distinguir y preservar los Números del Tiempo», escribió Platón en sus Diálogos. Los griegos llamaban a los días de la semana «los días de los dioses» (Theon hemerai).
Los romanos, con deidades equivalentes a las griegas, fueron los que finalmente nos legaron los nombres que hoy reciben tanto los planetas como nuestros días de la semana. El domingo, en latín dies solis, era el día consagrado al sol. Posteriormente, en Inter Gravissimas, donde se publicaron las reformas efectuadas al calendario, se hace referencia al domingo de Pascua como dies dominicus, lo que significa día de Dios. La vinculación del resto de los días es más evidente. El lunes (dies Lunae) es el día de la Luna. El martes (dies Martis), el día de Marte. El miércoles (dies Mercurii), el día de Mercurio. El jueves (dies Jovis), el día de Júpiter. El viernes (dies Veneris), el día de Venus. Finalmente, el sábado (dies Saturni), el día de Saturno.
No se sabe muy bien en qué momento se generalizó el uso de semanas de siete días. Hasta la época republicana los romanos desconocían el período de siete días que actualmente llamamos semana. Fue el cristianismo el que adoptó, desde sus orígenes, la semana de siete días según el uso oriental. El orden de los días era el mismo que tenían los egipcios.
Es interesante notar que los mismos elementos del sistema solar, exactamente en la misma secuencia, fueron utilizados para dar nombres a los días en la antigua India, Tíbet y Burma, y también fueron utilizados por los japoneses.
Los soldados romanos que ocuparon Egipto se acostumbraron a la semana pagana de siete días y la introdujeron en su propia tierra en reemplazo de su semana de ocho días. Augusto y sus sucesores romanos permitieron esta práctica, que fue oficializada por el emperador Constantino en el año 321 d. C.
Equinoccios
El equinoccio es el momento en que el Sol, a lo largo de su movimiento aparente anual, atraviesa el plano del ecuador celeste. Esto sucede dos veces al año. Para el hemisferio Sur, el 21 de marzo se produce el equinoccio de otoño, y el 23 de septiembre, el equinoccio de primavera. En el hemisferio Norte, las fechas de los equinoccios son las mismas, pero las estaciones se invierten.
En estas dos fechas, la duración del día es igual a la de la noche para todos los lugares de la Tierra. Esta situación no se produciría sólo dos días al año sino todo el tiempo, si el eje de rotación de la Tierra fuera perpendicular al plano de su órbita. Pero como el eje terrestre se halla inclinado 23° 27', la duración del día y la noche es variable, salvo en los equinoccios.
Mes
Si bien los meses duran, de manera aproximada, lo que tarda la Luna en completar su órbita alrededor de la Tierra, estimar su duración mediante los períodos lunares presenta algunos problemas.
Históricamente se han utilizado dos maneras de determinar la duración de los meses con los ciclos lunares. Una de ellas es el mes sidéreo. Este es el período en el cual la Luna completa una órbita alrededor de la Tierra y vuelve a la misma posición aparente en el cielo, con respecto a las estrellas de fondo. Este lapso dura casi 27,32 días. Muy pocos pueblos han usado este período para armar calendarios.
La otra forma de considerar el mes lunar es a través del mes sinódico. Este es el tiempo que le lleva a la Luna volver exactamente a la misma fase. Como la Tierra se mueve en su órbita alrededor del Sol en el mismo sentido en el que lo hace la Luna en torno a la Tierra (contrario a las agujas del reloj, visto desde el polo Norte), el tiempo que transcurre entre dos fases iguales es más largo: dura aproximadamente 29,53 días. Este período se conoce desde hace más de dos mil años y es el que se usa en la actualidad en los calendarios lunares.
Los meses y sus nombres
El origen de los nombres de nuestros meses se remonta al antiguo calendario romano.
Enero (Ianuarius) era el mes de Jano (Ianus), dios romano de las puertas y los portales. Se lo representa con dos caras que miran una para cada lado.
Febrero (Februarius), el mes de Februo (Februus) divinidad etrusca; mes del festival romano de la purificación (Februalia, que se llevaba a cabo el día 15).
Los meses de febrero y enero fueron puestos por el segundo rey de Roma, Numa Pompilius (715-673 a. C.), en ese orden, entre diciembre y marzo. Luego, en el año 450 a. C., febrero fue movido a su posición actual.
Marzo (Martius), mes de Marte (Mars), dios romano de la guerra y la agricultura. Era originalmente el mes que iniciaba el año y el momento para reiniciar la guerra.
Abril (Aprilis), el nombre derivaría de aperire, abrir, y aludiría a la aparición de los nuevos brotes de las plantas en la primavera.
Mayo (Maius), mes de Maia (Maia), antigua divinidad romana.
Junio (Iunius), mes de Juno (Iuno), diosa del matrimonio y del bienestar de las mujeres, protectora de los nacimientos. Esposa y hermana de Júpiter, es la principal del panteón romano.
Julio (Julius), mes de Julio César.
Agosto (Augustus), mes de Augusto.
Septiembre (September), el séptimo mes. En el calendario romano antiguo es el mes consagrado a Vulcano, en cuyo honor se celebraban las fiestas vulcanales.
Octubre (October), el octavo mes.
Noviembre (November), el noveno mes. Mes dedicado al dios Neptuno. Se celebraban las fiestas neptunalias.
Diciembre, (December), décimo mes. Mes consagrado a Saturno, en honor de quien se celebraban las saturnales.
Aristarco
Aristarco fue un astrónomo y matemático griego que vivió en el siglo III a.C. Fue uno de los primeros en afirmar que todos los planetas, incluso la Tierra, giran alrededor del Sol.
Sin embargo, esta osada teoría, que sería enunciada por Copérnico 1800 años más tarde, no tuvo seguidores en su época, dominada por la concepción geocéntrica. Aristarco también estudió las dimensiones del Sol y de la Luna y sus distancias de nuestro planeta. En su obra De magnitudinibus et distantiis solis et lunae, describe su método geométrico para calcularlas.
Augusto
Cayo Octavio (ese era su verdadero nombre) nació en Roma el 23 de septiembre del año 63 a.C. y murió en el año 14 d. C. Era sobrino nieto de Julio César, a quien sucedió en el gobierno. Fue el primer emperador romano.
Augusto restauró el orden civil, la paz y la prosperidad después de las revueltas producidas por el asesinato de Julio César. Al suceder a Julio César, se agregó su nombre. En el año 27 a.C. recibió del Senado el nombre de Augusto, que significa «consagrado» o «santo», y el de princeps «el primero».
Patrocinador del arte, Augusto fue amigo de los poetas Horacio y Virgilio, así como del historiador Tito Livio. Se jactaba de ser quien «había encontrado Roma enladrillada y la había dejado cubierta de mármol». En el ámbito económico, fomentó el desarrollo de la agricultura.
Julio César
Cayo Julio César nació en Roma el 12 o 13 de julio del año 100 a. C. Estudió retórica; se dice que era un orador muy persuasivo. En el año 65 a.C. fue elegido edil, y en el 45 a.C. fue nombrado cónsul por diez años. Vistió la toga, la corona y el cetro de un general triunfante y usó el título de imperator (jefe de los ejércitos). Como sumo sacerdote, fue jefe de la religión del Estado y tuvo el mando de los ejércitos, la principal fuente de su poder.
César estableció un programa de reformas muy variado. Eliminó el sistema de impuestos en las provincias, patrocinó el establecimiento de colonias de veteranos y amplió la ciudadanía romana. En la ciudad reorganizó las asambleas e incrementó el número de senadores. Se lo recuerda también por su reforma del calendario.
César fue, además, un escritor talentoso. Tenía un estilo claro y sencillo. Sus Comentarios sobre la guerra de las Galias (De bello gallico) son unas de las principales fuentes de información sobre las primeras tribus celtas y germanas.
Un grupo de senadores, entre los que se hallaban Cayo Casio y Marco Junio Bruto, conspiraron para llevar a cabo su asesinato, que concretaron en los idus (el día 15) de marzo de 44 a. C.
Christoph Clavius
El matemático y astrónomo jesuita Christoph Clavius nació en Bamberg, Alemania, en 1537. Se unió a la orden jesuita en 1555 y estudió en Coimbra. Se lo recuerda por haber sido uno de los autores de la reforma gregoriana del calendario.
Clavius fue profesor de matemática en el Colegio Jesuita Romano hasta su muerte (1612). Escribió un libro de aritmética, Epitome Arithmeticae Practicae, y uno de álgebra, Algebra Christophori Clavii Bambergensis. También publicó una edición de los Elementos de Euclides en 1574. Sus obras completas se publicaron en cinco volúmenes entre los años 1611 y 1612.
En 1570 Clavius escribió el que se convertiría en el texto de astronomía de más influencia en su época: un comentario sobre las llamadas esferas de Sacrobosco. En el mundo católico este texto influenció a tres generaciones de astrónomos, incluido Galileo Galilei. En ediciones posteriores del libro, Clavius se pronunció a favor del sistema copernicano y su modelo matemático, que ubicaba al Sol en el centro del sistema planetario. Estas ideas, en principio, silenciaron la ola de oposición a Galileo. Sin embargo, Clavius no estaba de acuerdo con todas las interpretaciones de Galileo; sobre todo se opuso férreamente a creer que hubiera montañas en la Luna y, hacia el final de su vida, renegó de su anterior apoyo a las ideas de Galileo.
Clavius fue el jefe del Departamento de Astronomía del Colegio Jesuita Romano en la época en la que Galileo hizo sus descubrimientos a través del telescopio.
Dionisio el Exiguo
Dionisio el Exiguo fue abad de Roma y encargado de recopilar los mandatos papales. En sus orígenes, la ley canónica consistía en promulgaciones realizadas por concilios o sínodos de obispos. En Occidente, la colección canónica más importante de los primeros siglos fue realizada en el siglo VI por Exiguus. Él tradujo al latín los cánones de los concilios orientales y añadió 39 decretos papales.
Gregorio XIII
Papa Gregorio XIII, introductor de la reforma de nuestro calendario
Gregorio XIII nació en Bolonia (Italia) en 1512, con el nombre de Ugo Buoncompagni. Fue nombrado cardenal por Pío IV en 1564 y a la muerte de Pío V, en 1572, fue elegido Papa. Murió en el año 1585.
Gregorio XIII publicó una edición de Corpus iuris canonici (1582), una recopilación de derecho canónico, e invirtió mucho dinero en educación, construcción de escuelas y obras públicas. Sin embargo, se lo recuerda especialmente por ser quien realizó la reforma del calendario, convirtiéndolo en el que hoy nos rige.
Aloysius Lilius
Aloysius Lilius fue uno de los autores principales de la reforma de nuestro calendario. Nació en Ciro, Calabria. Su nombre era, originalmente, Aloigi Giglio. No se conoce mucho de su vida, salvo que fue profesor de Medicina en la Universidad de Perugia en el año 1552.
Lilius murió en 1576 sin ver su calendario aprobado. Ese mismo año el manuscrito con las reformas del calendario fue presentado a la curia romana por su hermano Antonio, también doctor en arte y medicina.
Lucio Tarquino Prisco
Lucio Tarquino Prisco fue el quinto de los reyes de Roma, a la que gobernó desde el año 616 a. C. Se cree que fue hijo de un refugiado corintio instalado en la ciudad etrusca de Tarquinia. Fue tutor de los hijos del rey Anco Marcio, a quien sustituyó. Se le atribuye la construcción de alcantarillas, llamadas cloacae, del Circo Máximo y del templo de Júpiter en la colina del Capitolio. Murió en el año 578 a. C.
Sosígenes
Sosígenes fue un astrónomo y matemático nacido en Alejandría, en el siglo I a.C. Ninguno de sus escritos sobrevivió hasta nuestros días. Se lo conoce por ser quien diseñó el calendario juliano.