Hace una semana, yo era un tipo común y corriente. Digamos que sin problemas.
Porque tener suspensos no es un problema grave. Ahora sí estoy metido en un lío.
Antes que nada, me presento. Mis amigos me dicen «el terror de 6.º B».
Soy especialista en sabotear clases y en hacer todo tipo de bromas pesadas; pero,
en el fondo, soy inofensivo y hasta buena gente. O lo era, por lo menos. El jueves 7 de octubre,
todo cambió. Fue en clase de inglés, con el profesor Damián. Ese jueves, su clase
empezó, como de costumbre, con la tortura de salir a la pizarra.
–Saura Bruno, sal a la pizarra con tus deberes.
Con el corazón en una mano y el cuaderno en la otra, me levanté. Le entregué el cuaderno
cerrado para retrasar su furia.
–No te pedí el cuaderno para mirarle el forro –dijo, con un tono de burla–. Lo que quiero
son los deberes.
Haciéndome el bobo, abrí el cuaderno en la página de los deberes o, mejor, en la hoja
en blanco, porque no había hecho nada.
–¿Por qué no has hecho nada, jovencito?
–Porqui no entendí, profesor.
Como estaba previsto, toda la clase soltó la carcajada y el maestro Damián me mandó a Dirección.
Cerré la puerta de la clase y me quedé ahí parado. No podía ir a Dirección porque eso
significaba buscar otro colegio. Entonces me fijé en la puerta de al lado de 6.º B, que decía:
En un acto de valentía, entré y me agazapé en un rincón de ese horrible depósito.
Yo lo había visto mil veces desde mi clase, porque 6.º B tenía una ventana que comunicaba
con ese cuarto. De entrada, tropecé con un águila disecada y vi una docena de ratones muertos
que nadaban en frascos de formol. Más allá estaba la calavera, compartiendo estantería con
un montón de huesos humanos. Al fondo, el plato fuerte: un esqueleto de tamaño natural,
con un montón de cuerdas de nailon, casi invisibles, que colgaban de los huesos de las manos,
de los pies y de la cabeza, como si fuera una marioneta macabra. La verdad es que estar
ahí helaba la sangre.
Entonces se me ocurrió una idea descabellada: con mucho cuidado, senté al esqueleto
en un pupitre oxidado que había frente a la ventana de 6.º B. Después me escondí agarrando
bien las cuerdas de nailon que movían los huesos del brazo derecho.
–¿Alguna pregunta? –dijo en ese momento el maestro Damián.
Moví hacia arriba las cuerdas de nailon y el esqueleto levantó lentamente su mano derecha.
Solo oí un silencio aterrador y luego un barullo general.
–¿Se siente mal, profesor? –oí preguntar a Adrián.
–No –dijo Porki, con un hilo de voz mientras salía de clase–. Les dejo estos minutos libres.
Hasta mi escondite llegaron los gritos de alegría. Solo el esqueleto y yo lo sentimos pasar
por nuestra puerta, arrastrando sus zapatos viejos. Cuando los pasos se perdieron, aproveché
para colarme en la clase.
No me atreví a comentar mi última hazaña con nadie. Disimuladamente, traté
de preguntar por él en otras clases y me dijeron que no habían tenido clase de inglés, porque
el profesor estaba «indispuesto». Desde ese momento, empecé a sospechar que se me había ido
la mano. Al día siguiente, fui el primero en llegar a clase, pero el profe Damián no fue ni ese día ni el
lunes.
El martes por la mañana, la directora, Begoña, y el jefe de estudios, Ramón, nos hicieron formar filas en el patio, desde Infantil hasta 6.º .
–Os he reunido para daros una noticia muy triste. El profesor Damián está en el hospital.
El caso es grave. A menos que suceda un milagro... –dijo, con un tono terrible.
Desde entonces, solo espero que suceda el milagro y que el maestro Damián entre por la puerta de 6.º B, como si nada.
Dice la gente que estaba muy enfermo desde hacía tiempo, pero que no había querido decírselo
a nadie. Supongo que todos dicen esas cosas simplemente por opinar y porque todavía nadie
sabe qué fue lo que realmente sucedió. Vosotros, que llegáis al final de esta historia, sois los
primeros en saberlo. Así que, si por casualidad sabéis dónde está el profe, contádselo todo. Decidle
que era solo una broma pesada. Que no es para tanto... Que no me haga esto.
Yolanda Reyes
El terror de 6.º B. Alfaguara (Adaptación)
Desde hace unos años, representantes de países de todo el mundo celebran reuniones para hablar sobre el calentamiento de la Tierra. Y es que la temperatura de la atmósfera terrestre está aumentando peligrosamente debido a la acumulación de ciertos gases emitidos desde nuestro planeta.
Muchos científicos piensan que si no evitamos el progresivo calentamiento de la Tierra se desencadenarán una serie de consecuencias catastróficas, no solo para la humanidad, sino también para el resto de los seres vivos.
Los científicos que defienden esta idea utilizan los siguientes argumentos:
1. Si continúa la emisión de esos gases al ritmo actual, podrían producirse cambios climáticos importantes: aumento significativo de lluvias torrenciales, largas épocas de sequía...
2. Si sube en exceso la temperatura terrestre, se podría llegar a fundir el hielo de los
casquetes polares, lo que generaría un aumento del nivel del mar. Entonces, algunos territorios y poblaciones costeros podrían inundarse y desaparecer bajo las aguas.
Desde luego, si estos científicos están en lo cierto, las consecuencias pueden ser terribles.
Por eso, muchos expertos creen necesario que cada país controle la emisión de estos gases nocivos a la atmósfera. Al fin y al cabo, la Tierra es nuestra casa y somos nosotros los que debemos cuidarla.