Hace miles de años, el rey Tubal, un anciano bondadoso monarca, reinaba en las tierras de la Penínusla Ibérica. Tenía una bella hija, llamada Pyrene, que estaba enamorada de Hércules, un joven y fuerte héroe de la mitología griega.
Gerión, un horrible y ambicioso ser de tres cabezas, quería arrebatar el trono a Túbal y casarse con la princesa. Pyrene, que temía a Gerón, solo tenía ojos para Hércules, con quien solía pasear por el bosque.
Un buen día, mientras Pyrene esperaba a Hércules, se encontró con Gerión, que quiso raptarla. Por fortuna, Pyrene era muy ágil y logró escapar. Gerión, enfurecido y deseoso de atrapar a la joven, incendió el bosque para que no pudiera esconderse en él.
Un águila, que había visto todo lo sucedido, avisó a Hércules, que acudió veloz a rescatar a su amada. Cuando llegó, cogió a Pyrene en sus brazos, pero no pudo evitar que esta muriese a los pocos segundos.
Roto por el dolor, Hércules quiso enterrar a su amor. Cavó un hoyo en la tierra, colocó en él a Pyrene y empezó a cubrirla con piedras. El héroe trabajó con tanta pasión que colocó millones de enormes piedras para ocultar el cuerpo de la princesa. Tantas y tantas llegó a apilar, que formó una gran montaña.
Y así, según cuenta la leyenda, nació el Pirineo. El amor de Hércules y la hermosa Pyrene dio origen a la cordillera más bella e impresionante de la Península Ibérica.
Página 34, lectura de El relieve peninsular.
Página 35, ejercicios 1, 2 y 3.
Página 36, lectura de El relieve insular y ejercicios 5 y 6.
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Cuencas y vertientes hidrográficas
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