Caminando Juntos
Por Jean Jacquot
Prólogo
«Que su imagen no se quede solamente delante de nuestros ojos, sino que esté sobre todo dentro de nuestros corazones». Con estas palabras el Hermano Philippe, Superior General en 1861, animaba a los Hermanos de las Escuelas Cristianas a alimentar su devoción filial a su Fundador, Juan Bautista de La Salle, quien en ese tiempo había sido declarado Venerable por parte de la Iglesia Católica. Sólo en 1888 llegará a Beato y finalmente, en 1900, a Santo.
Esta biografía nace en el marco de la conmemoración del tricentenario de la muerte de San Juan Bautista de La Salle, acaecida en Ruán el 7 de abril de 1719. Los lasallistas del mundo entero queremos seguir manifestando nuestra devoción filial al Santo Fundador, testigo del Evangelio desde la escuela cristiana de ayer y de hoy.
Al pensar esta biografía, hemos optado por la narración histórica en primera persona, de la mano del Hermano Jean Jacquot. Siendo alumno de una escuela dirigida por los primeros maestros reunidos por La Salle desde 1680, a sus catorce años sintió la llamada de Dios a ser como uno de ellos. Su itinerario fue el de tantos que, en la escuela, han descubierto la riqueza de la vocación del «Hermano». Hoy, somos más de noventa mil educadores lasallistas en el mundo entero que trabajamos asociados en una misión común: educamos desde la pedagogía de la fraternidad para transformar este mundo en un lugar de justicia y paz para todos.
El formato de esta obra es sencillo. Nueve capítulos enriquecidos con notas históricas, biografías de los primeros Hermanos, algunas obras fundamentales de la iconografía lasallista, fotos, vídeos y documentos originales del Instituto. Hemos querido unir lo mejor de nuestra tradición en un formato digital multimedia accesible para todos.
Esperamos que esta biografía cumpla su cometido: alimentar la curiosidad por la persona y el aporte de San Juan Bautista de La Salle al mundo de la educación y de la Iglesia. Por nuestra parte, hemos escrito esta obra desde un corazón agradecido por la vocación recibida de mujeres y hombres lasallistas que educamos siguiendo los pasos de Jesucristo, el primero de una multitud de hermanas y hermanos en la fe.
Salida de la escuela en el siglo XVII. Augustin de Saint-Aubin. Rousset, E. (1979). J.B. de La Salle. Iconographie. Documents historiques. Manuscrits autographes. Pièces d’archives. Itinéraire géographique. Boulogne: Imprimerie Limet. Nº 18.
Me llamo Jean Jacquot y soy Hermano de las Escuelas Cristianas. Hace una semana, en la madrugada del Viernes Santo del 7 de abril, acompañé a Juan Bautista de La Salle en su lecho de muerte, en la ciudad de Ruán.
A mis diez años comencé a asistir a una escuela de unos maestros que vivían en comunidad y se llamaban entre sí «Hermanos». Poco a poco me fui entusiasmando con la idea de ser como uno de ellos, hasta que en mi corazón sentí que ésa era la vida que quería para mí. Cuando finalmente entré en su comunidad, a los catorce años, conocí al sacerdote Juan Bautista de La Salle, su institutor, canónigo de la Catedral de Reims. Entre nosotros le llamábamos «nuestro muy querido padre». Era un hombre de fe que lo había dejado todo para dedicarse por entero a las escuelas y a los maestros. Con él descubrí que los Hermanos eran ministros de Jesucristo para los niños en la escuela. Y esa vocación ha llenado hasta hoy mi corazón.
INDICE
1 Adoro en todo el proceder de Dios para conmigo.
2 Vocaciones inesperadas.
3 Algo está naciendo.
4 Sentando las bases.
5 Juntos y por asociación.
6 Asociados para las escuelas cristianas.
7. Las contradicciones en el camino.
8 Los caminos de Dios.
9 El futuro del Instituto en nuestras manos.
1 Adoro en todo el proceder de Dios para conmigo
En la madrugada del Viernes Santo del 7 de abril murió nuestro muy querido Padre La Salle.
Todavía siento esta profunda sensación de tristeza y abatimiento que deja la muerte de alguien querido. Sin duda este hecho nos ha unido como comunidad de Hermanos en una sola plegaria de acción de gracias; nos ha hecho conscientes que desde ahora continuamos sin él la aventura de estar al servicio de aquellos a quienes Dios ha puesto a nuestros cuidados. Él ha sido nuestro guía en estos tiempos difíciles; su palabra, sus acciones, han sido para nosotros un apoyo indiscutible para continuar con la mano en el arado, sin mirar hacia atrás. Ahora ruego al Señor que nos dé la sabiduría para seguir animándonos en los desafíos que nos esperan.
La noticia de su muerte se extendió rápidamente por la ciudad. De todas partes acudieron personas para acompañarnos, convencidas de haber conocido un santo. El mismo Viernes Santo, la parroquia de San Severo se abarrotó de gente. Allí fue enterrado La Salle al día siguiente, en la capilla de Santa Susana. Creo que el párroco, el señor Dujarrier-Bresnard, al ver la reacción del pueblo, cayó en la cuenta de lo inapropiada que había sido la decisión del señor Arzobispo de castigar a La Salle, retirándole el poder de confesar. Una vez más, nuestro padre había sido malentendido. Resignado y sereno había recibido la noticia un tanto endulzada por su amigo, el canónigo Blain, quien le tenía afecto y admiración profunda. Pero así son las cosas de los santos, no cesan de recibir cruces en el camino al cielo.
Dos años antes de su muerte, a partir de la elección del Hermano Bartolomé como Superior, La Salle había podido descansar del ejercicio de la autoridad. A sus sesenta y cinco años ya había necesitado cambiar el ritmo que le obligaba el ser Superior de sus Hermanos. Sus constantes viajes, unidos a tantas situaciones difíciles que había vivido, sobre todo en los últimos tiempos, habían acentuado su reumatismo y lo habían hecho más propenso a sufrir ataques de asma. Aunque siempre trataba de mantenerse de buen ánimo, últimamente habíamos notado sus sufrimientos. El médico ya nos había advertido de la proximidad de su muerte; por ese motivo, el Hermano Bartolomé había mandado llamarme para pasar la Semana Santa en Ruán. Y he ahí que pude acompañarle en sus últimos días.
Fue curioso cómo La Salle, en sus dos últimos años de vida, parecía otro hombre, libre de la responsabilidad del gobierno del Instituto. Sereno, obediente y humilde hasta al extremo, cercano a los Hermanos de la comunidad y a los alumnos de la escuela de San Yon, se esmeraba en vivir con plenitud aquello que había practicado a lo largo de toda su vida: su unión con Dios a través del recuerdo permanente de su presencia, el trato caritativo y exigente con sus Hermanos y el amor filial a los niños y jóvenes de las escuelas. Tuve la oportunidad de visitar esta comunidad varias veces, como Asistente del Hermano Superior, para atender algunos asuntos importantes del Instituto. Y allí pude disfrutar de su presencia paterna. Recuerdo vivamente cómo los alumnos lo rodeaban para escuchar sus consejos con una emoción que no podían ocultar. Sus palabras tenían el sello del Espíritu. También pude visitarlo, muy ocasionalmente, cuando se alojó en el seminario de San Nicolás de Chardonnet en París, con motivo del cobro de una herencia. No quiso quedarse con nosotros en la comunidad para evitar demasiadas atenciones de nuestra parte. Claro que su manera de proceder ganó el corazón de los seminaristas. Era evidente que se trataba de un hombre que había hecho un camino de encuentro con Dios a lo largo de su vida.
A pesar de comportarse de forma prudente, La Salle no había dejado de manifestarnos su opinión cuando consideraba que un asunto era importante. En efecto, una vez que fui a San Yon para finiquitar el envío de cuatro Hermanos a Canadá, como intermediario de Francisco Charon de la Barre, La Salle expresó su disconformidad con tal vehemencia que nuestro Hermano Bartolomé dio marcha atrás al proyecto sin pedir más explicaciones. Asimismo, no dudó en advertir ciertos problemas de acompañamiento a los jóvenes del Noviciado, cuyo Director continuaba siendo el joven Hermano Ireneo, a quien había conocido en Parmenia. ¡Cuánto nos falta por aprender, por crecer! ¡Y ahora el Instituto está en nuestras manos!
¡Y su testamento! Encomendó su alma y la de cada uno de nosotros a Dios. Nos pidió fidelidad a la Iglesia y al Papa, sobre todo en estos momentos tan difíciles. Y nos recordó lo esencial: estar unidos a Jesucristo y alimentarnos de Él por la Palabra y la Eucaristía; profesar nuestra devoción filial a la Santísima Virgen y a San José, nuestro patrono; desempeñar con esmero y generosidad nuestro ministerio educativo y fortalecer nuestra comunidad, trabajando unidos a nuestros superiores. Todavía resuenan en nuestros corazones sus últimas palabras: «Adoro en todo el proceder de Dios para conmigo». Fue la respuesta que dio al Hermano Bartolomé en su lecho de muerte cuando le preguntó cómo se sentía.
Recuerdo el gozo que manifestaban los maestros reunidos en la calle Nueva de Reims, en 1686, cuando decidieron llamarse Hermanos, asumir un proyecto y vestir un hábito común. Yo era apenas un muchacho que me unía a ellos. Hoy, cuando La Salle ya no está a nuestro lado físicamente, confiamos en que él intercede por cada uno de nosotros y nos alienta en nuestra vocación común. Como él, también adoramos en todo el proceder que Dios ha tenido con nosotros.
2 Vocaciones inesperadas
A los catorce años entré en la comunidad de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en una casa situada en la calle Nueva de Reims. Era una tarde lluviosa de octubre de 1686. Había viajado con mi padre desde mi ciudad natal, Château-Porcien, a una distancia de cerca de cuarenta kilómetros. Él era comerciante, necesitaba cerrar algunos negocios en la gran ciudad y me acompañó a las puertas de la comunidad de los Hermanos. Mi madre me había despedido con lágrimas, un tanto desconcertada por esta decisión que marcaba un giro diferente a mi vida.
¿Qué sentía mi corazón de adolescente? Era un impulso inmenso por ser maestro como mis maestros, Hermano como mis Hermanos, con quienes compartía mañana y tarde en la escuela. En cuatro años como alumno, desde 1682, había aprendido muchísimo. Mis padres estaban asombrados de mis progresos. Lo que más daba sentido a mi vida era la presencia misteriosa de Dios en cada momento de la jornada. Era como si el mismo Jesucristo viviera entre nosotros. Mi corazón se emocionaba con el catecismo diario, con el recuerdo de la presencia de Dios y con el trabajo cotidiano. En la escuela aprendíamos y nos ayudábamos a progresar en la lectura, en la escritura y en el cálculo. Íbamos juntos a la misa de la parroquia y rezábamos el Rosario con el convencimiento de quienes se sienten escuchados y amados. Creo que allí, en la vida cotidiana, Dios tocó para siempre mi corazón.
Pero ¿quiénes eran estos maestros, que comenzamos a querer como hermanos mayores? Llegaron desde Reims, enviados por un sacerdote muy famoso que había dejado su canonjía en la Catedral de esa ciudad para dedicarse a acompañar a maestros de escuela. Su nombre era Juan Bautista de La Salle. Provenía de una de las familias más prestigiosas de Reims. Sus grandes dotes espirituales, su formación académica, su apellido, todo indicaba que iba a tener una excelente carrera eclesiástica. Sin embargo, en pocos años, su vida comenzó a dar un giro inesperado; en contacto con un tal Adrián Nyel, maestro venido de Ruán, comenzó a guiar a un pequeño grupo de maestros con la finalidad de asegurar que las escuelas al servicio de los pobres funcionaran con la mayor calidad posible. A propósito, pobres éramos la mayoría; bastaba que nuestros padres dejaran de trabajar para caer en la miseria y el hambre; era un tiempo muy incierto de fríos glaciares y de guerras dirigidas por nuestro rey Luis XIV. Por todo ello, la noticia de que La Salle había abandonado su mundo de privilegios para vivir con una comunidad de maestros había convulsionado a su ciudad natal; ¿cómo un hombre rico prefería ser pobre entre los pobres, cruzando una peligrosa frontera hacia una vida de inseguridades?
Casi veinte años después de estos eventos, los Hermanos pudieron leer un memorial que el mismo La Salle había escrito acerca de los comienzos del Instituto. En este escrito, él expresaba cómo Dios, que gobierna todas las cosas con sabiduría y suavidad y que no acostumbra a forzar la inclinación de los hombres, lo había llevado de una manera imperceptible y a lo largo de mucho tiempo a comprometerse por entero en el cuidado de las escuelas. De este modo, fue experimentando cómo un compromiso lo había conducido a otro, sin haberlo previsto desde el principio. Así, este Dios amoroso y tierno le señaló un camino desconocido para sí y para quienes lo acompañaban en esta aventura. A pesar de su liderazgo y de su testimonio, muchos maestros de los primeros tiempos lo habían abandonado, quizás por miedo, quizás buscando seguridades; sin embargo, en poco tiempo llegaron otros dispuestos a entregarse también por entero. De ellos guardo el grato recuerdo de Gabriel Drolin, que llegó a ser su gran confidente; por ese motivo, años más tarde, La Salle no dudará en enviarlo a Roma para cumplir su meta de abrir allá una escuela cristiana.
La vida de La Salle, desde el inicio de la comunidad de los Hermanos, no dejó nunca de sorprendernos. Habíamos visto cómo, durante el duro invierno de 1684, había repartido sus bienes, distribuyendo el pan en las escuelas. Como alumnos recibíamos de los Hermanos una pequeña reflexión y se nos daba el alimento que tanto apreciaban nuestras familias, hambrientas por la escasez y los altos precios del grano. Habíamos incluso escuchado cómo el mismo La Salle había tenido que pedir limosna para darle de comer a sus Hermanos, cuando ya había agotado todas sus reservas. No solo había decidido vivir con los pobres, sino también en ser pobre entre los de los Hermanos, no dejó nunca de sorprendernos. Habíamos visto cómo, durante el duro invierno de 1684, había repartido sus bienes, distribuyendo el pan en las escuelas. Como alumnos recibíamos de los Hermanos una pequeña reflexión y se nos daba el alimento que tanto apreciaban nuestras familias, hambrientas por la escasez y los altos precios del grano. Habíamos incluso escuchado cómo el mismo La Salle había tenido que pedir limosna para darle de comer a sus Hermanos, cuando ya había agotado todas sus reservas. No solo había decidido vivir con los pobres, sino también en ser pobre entre los pobres. Creo que esto solo podía ser obra de un santo o de un loco. Y, sin duda, él era un santo; lo demostró hasta el último día. Por supuesto que a esa edad yo no era capaz de comprender tantas cosas. A mi ingreso en la comunidad, los Hermanos me contaron que habían tenido una especie de asamblea donde habían tomado muchas decisiones importantes para organizar su vida interna. Eso fue entre los meses de mayo y junio de 1686. Los Hermanos eran jóvenes no mayores de veintidós años; algunos venían de familias de prestigio, la mayoría de las corporaciones de artesanos. Incluso algunos habían dejado sus estudios eclesiásticos para seguir a La Salle. Él, sin duda, había sido un ejemplo para los más generosos. No solo habían adoptado un nombre común –Hermanos de las Escuelas Cristianas– sino que también habían decidido vestirse de una manera particular, tanto que fueron objeto de algunas burlas por parte de la gente. No era más que una sotanilla negra sin botones, cerrada con corchetes hasta la cintura, a unas doce pulgadas del suelo y con un cuello en dos tablas, parecido a un babero, como era de uso corriente. Durante el primer invierno, y viendo que necesitaban más protección contra el frío, adoptaron una especie de capote. Se me olvidaba: también habían decidido usar un sombrero tricornio. Más allá de estos rasgos exteriores, lo que más nos llamaba la atención como alumnos era el deseo de cada Hermano de actuar correctamente; no siempre acertaban con la disciplina, corrigiendo a los más rebeldes e intentando orientar a los más limitados. A pesar de todo, era su buena intención la que ganaba nuestros corazones.
Desde el inicio en la comunidad me dejé envolver por el amor filial que los Hermanos manifestaban al Señor de La Salle. Al conocerlo personalmente en Reims, me sentí profundamente conmovido por su trato delicado y fraternal hacia los Hermanos, por su fe, que resplandecía en cada celebración eucarística, y por su liderazgo frente a los desafíos de las escuelas. Este hombre, ciertamente, había recibido una vocación inesperada como la mía: él, iniciador de algo nuevo; yo, un simple muchacho inquieto, apasionado por una vocación que hacía arder mi corazón de alegría. De ahí en adelante, y a pesar de tantas dificultades, no pude pensar en otra vida mejor que la de Hermano.
3 Algo está naciendo
Mis primeros dos años en la comunidad transcurrieron en la casa de la calle Nueva de Reims. Llegamos varios jóvenes inquietos vocacionalmente, gracias al testimonio de los Hermanos que nos educaban en las escuelas. La Salle dedicaba parte de su tiempo a formarnos; ninguno llegábamos a los diecisiete años. Aprendíamos cada día de la labor docente acompañando a nuestros Hermanos experimentados en la escuela; vivíamos con la comunidad siguiendo el ritmo y el horario de las actividades de la mañana a la noche.
Para finales de 1686, La Salle y los Hermanos ya habíamos llegado a configurar una comunidad novedosa, con un hábito propio, un horario de actividades diarias y un compromiso de obediencia al proyecto común. Los Hermanos hacíamos un voto anual de obediencia para manifestar nuestra pertenencia a la comunidad. Dios en su providencia sostenía la escuela; la gratuidad era esencial, así como el compromiso de no aceptar ningún regalo de las familias de los alumnos. Nosotros, jóvenes aspirantes, sentíamos que eso era lo nuestro.
En la casa vecina a la nuestra, vimos en poco tiempo cómo La Salle y los Hermanos habían organizado un seminario para maestros del campo. Eran también jóvenes como nosotros, pero venían enviados por los curas párrocos para trabajar en las escuelas. La Salle ya se había dado cuenta de la importancia de la comunidad para sostener la vocación del Hermano; y estos maestros del campo eran su respuesta a tantas necesidades de maestros en escuelas aisladas en torno a la ciudad. Algunos de estos jóvenes se quedaron con nosotros para abrazar la vida de Hermano; otros decidieron seguir su propia vocación de maestros, conservando con la comunidad el aprecio mutuo y participando en algunas actividades de formación, como los retiros periódicos.
Apenas estábamos en los inicios de la experiencia en Reims. La Salle, hombre de fe, convencido de que los Hermanos tenían que tomar las riendas de su propio destino, los invitó, quizás demasiado pronto, a elegir un Superior entre ellos. Él consideraba que de esta manera podía dedicarse de lleno a ejercer de director espiritual, dejando a otro el cuidado de las cosas diarias. Y así fue. Los Hermanos aceptaron de buen grado la propuesta y eligieron al Hermano Enrique L’Heureux, de 24 años, quien contaba con el aprecio y la estima de todos. Pero la experiencia duró poco. La Salle era un hombre de opciones y su excesivo celo en obedecer al Hermano Enrique lo puso en evidencia ante las autoridades eclesiásticas de Reims. ¡Cómo era posible que un sacerdote, doctor en Teología, tuviese que obedecer a un laico, sin estudios, y humillarse de tal forma…! En poco tiempo, el señor Arzobispo Le Tellier le ordenó asumir de nuevo su función de director y todos, nuevamente, quedamos complacidos, comenzando por el mismo Hermano Enrique.
Cierto es que los Hermanos imitábamos a La Salle en su humildad, en su pobreza, en su fervor. Vivíamos escenas que nos conmovían profundamente. El trabajo agotador de la escuela, unido a esta vida de sacrificios, llevó rápidamente a la tumba a algunos de los más fervorosos. Tal fue el caso del Hermano Jean Maurice, que fallecía a sus veinticuatro años, el 1 de mayo de 1687. Otros, como el director de Guisa, se curaba milagrosamente en su lecho de muerte después de recibir el abrazo paterno de La Salle. Todos esos acontecimientos alimentaban nuestras convicciones. La muerte del señor Nyel, ocurrida el 31 de mayo de ese mismo año, fue muy sentida por La Salle. Organizó una celebración litúrgica con la que expresó su agradecimiento a este gran maestro, que fue para él inspiración y modelo desde los inicios del Instituto. Por supuesto, no todos perseverábamos; algunos jóvenes no renovaban sus votos de obediencia y abandonaban la comunidad.
En febrero de 1688, La Salle dejó la casa de la calle Nueva de Reims y, con dos Hermanos, viajó a París, invitado por el párroco, señor de La Barmondière, para colaborar en una de las escuelas de la gran parroquia de San Sulpicio, concretamente en la calle Princesa. Las noticias que nos llegaron al cabo de poco tiempo nos inquietaron: el antiguo director de la escuela, de nombre Compagnon, había lanzado una campaña de descrédito contra La Salle y los dos Hermanos, molesto por los cambios que habían realizado en la organización de la escuela. No habían sido pocos, habían puesto en práctica lo que ya hacíamos en Reims, Rethel y Laón: horarios fijos, enseñanza simultánea, trabajo por grupos homogéneos y empleo de monitores, catecismo y misa diarios y un trabajo manual regulado. Esta situación provocó tanto disgusto que, ante el repudio de los maestros agraviados, los Hermanos pensaron en agradecer y dejar la escuela, pero el párroco los convenció de quedarse allá.
Cada año, durante el mes de septiembre, la comunidad de los Hermanos se reunía en Reims para celebrar una especie de encuentro anual. Era un tiempo de renovación espiritual y pedagógica; los Hermanos, animados por La Salle, compartían sus experiencias escolares, revisaban sus métodos para la catequesis, la escritura, la lectura y el cálculo. Unos y otros se reconocían y apoyaban mutuamente. En esa reunión de septiembre de 1688, Jean Henry y yo recibimos el hábito de los Hermanos. Fue una ceremonia sencilla pero muy emocionante; significaba que habíamos recibido la confianza de los Hermanos
para trabajar en las escuelas como maestros. Una vez terminada esta asamblea, cada uno volvió a su comunidad para reiniciar el trabajo escolar.
La vida comunitaria y escolar seguía su curso. En París, en enero de 1689, el señor Baudrand había sustituido a La Barmondière como párroco de San Sulpicio. Baudrand ya era conocido por todos, así que pensamos que todo marcharía de la misma manera. Para nuestra sorpresa, quiso que cambiáramos nuestro hábito. Era cierto que los Hermanos no éramos sacerdotes, ni pretendíamos serlo; tampoco éramos seglares, ya que buscábamos vivir en comunidad asumiendo en obediencia un proyecto escolar común. ¿Qué éramos, entonces? Nuevamente, La Salle asumió su liderazgo frente a la comunidad y redactó un Memorial sobre el Hábito, en el que estableció lo que consideramos las bases de nuestra incipiente comunidad. Este memorial, leído en comunidad, arrojó luz sobre nuestra vocación comunitaria: éramos hombres comprometidos de la mañana a la noche en la escuela. Algo nuevo estaba surgiendo en la Iglesia, y nosotros éramos los protagonistas.
4 Sentando las bases
El éxito alcanzado por la escuela de la calle Princesa de París dio como resultado la apertura de una segunda escuela, esta vez en la calle de Bac. Esto sucedió en enero de 1690. La Salle llamó de Reims a los Hermanos Nicolás Vuyart y Bernardo Legentil, que trabajaban con nosotros, para asumir ese nuevo proyecto. Rápidamente, la nueva escuela también comenzó a dar de qué hablar sobre todo porque ofrecía un servicio educativo de calidad y de manera gratuita.
No había pasado un mes, cuando se desató una primera persecución contra esta nueva obra. Las corporaciones de maestros de las escuelas menores de París lograron del Chantre el cierre de la escuela, denunciando que en ella se recibían a alumnos capaces de pagar su escolaridad. Por su parte, La Salle y los Hermanos Nicolás y Bernardo se defendieron ante el Parlamento de París, el cual les dio la razón en marzo de 1690. La paz duró poco y nuevamente fueron acusados ante el tribunal en el mes de abril. La Salle no sólo preparó su defensa con un escrito sólido, sino que también invitó a todos los Hermanos de París a hacer una peregrinación a Nuestra Señora de las Virtudes de Aubervilliers, cerca de la ciudad, para solicitar el auxilio divino. Finalmente, en junio de ese mismo año, el Parlamento dio nuevamente la razón a La Salle y a los Hermanos y pudieron continuar el trabajo en la escuela, enseñando por caridad y sin retribución alguna. El derecho a la gratuidad y el acceso a la enseñanza estaban parcialmente garantizados. Solo parcialmente. Nuevas persecuciones se avecinaban en el horizonte.
Mientras que en París parecían llegar a buen término las dificultades, en Reims las noticias no eran muy positivas. Cuando los Hermanos nos encontramos en septiembre de 1690 para celebrar nuestra reunión anual, comprobamos que el seminario para maestros contaba con muy pocos candidatos; además, algunos de los Hermanos de Reims se habían marchado, dejando tras de sí ciertos escándalos, que nos habían afectado profundamente. Las vocaciones eran escasas y nuestra cohesión interna se había resentido. Este encuentro nuevamente nos ayudó a recuperar un cierto entusiasmo, abatidos por tantas situaciones vividas.
A finales de septiembre, los Hermanos más jóvenes de Reims, junto al Hermano Enrique L’Heureux, fuimos enviados a París para reforzar el trabajo de las escuelas. El Hermano Enrique, además de acompañarnos como formador, estudiaría teología en La Sorbona. La Salle quería que uno de nosotros asumiera en un futuro cercano la responsabilidad de Superior de la Comunidad. La experiencia de Reims le había enseñado que necesitaba madurar ciertas decisiones; si contaba con un Hermano con estudios eclesiásticos quizás las autoridades no tendrían problemas en aceptar un nuevo Superior de la Comunidad.
Así iniciamos un nuevo año escolar en octubre de 1690 en París. Una tensa calma nos envolvía. Sabíamos que los maestros de las escuelas menores estaban detrás de nosotros, buscando nuevos motivos para denunciarnos ante las autoridades. Pero esta vez la tormenta se desató no desde el exterior, sino desde el interior de la misma comunidad. Los Hermanos que ya estaban en París se molestaron por la elección del Hermano Enrique como director de la comunidad y se retiraron, no sin antes causar confusión entre nosotros. La Salle salió de viaje hacia Reims para atender algunos asuntos, preocupado por esta situación; sabíamos que su salud no había estado bien últimamente. En ese momento, y por sorpresa, nuestro querido Hermano Enrique comenzó a enfermar de tal manera que enviamos varias cartas de aviso a nuestro padre La Salle pidiendo su presencia inmediata. Lamentablemente, Enrique falleció tres días antes de la llegada de La Salle a París. Estábamos a finales del año 1690, muy amargo, por cierto. Este hecho le produjo una honda herida a La Salle. Nunca lo habíamos visto así, tan abatido por la muerte de un Hermano.
Sumado a todo ello, la salud del mismo La Salle empeoró con una fuerte retención de orina. Habían sido muchos disgustos en poco tiempo: la situación difícil en Reims, la salida de Hermanos, el escaso número de aspirantes, la muerte inesperada del Hermano Enrique… Sentimos que llegábamos todos al final; si La Salle no hubiese sido atendido por el Doctor Helvetius, nuestra comunidad se hubiera ido a la tumba con él. De hecho, antes de recibir un doloroso tratamiento, le pedimos su bendición. Nos pidió unión y obediencia para seguir adelante. El señor párroco Baudrand le suministró la unción de los enfermos. Felizmente, el tratamiento tuvo éxito y en pocos meses pudo recuperarse de ese incidente.
El año 1691 fue para todos nosotros un tiempo de profunda reflexión. Quedábamos pocos Hermanos, solo cinco en París, ocho en Reims, seis entre Rethel y Laón; en tres años apenas había ingresado un aspirante… ¿qué nos estaba pidiendo Dios en ese momento? La muerte del Hermano Enrique había sido esclarecedora para La Salle: el sacerdocio no era el camino. La Providencia nos quería Hermanos entre sí, Hermanos de nuestros alumnos. Pero necesitábamos crecer por dentro.
Por ese motivo, La Salle comenzó a buscar un lugar donde pudiésemos celebrar nuestra próxima reunión, que tanto anhelábamos. Con mucho sacrificio, y no sin ayuda de la Providencia, que siempre lo acompañaba, consiguió una finca muy pobre en la zona de Vaugirard, a tres kilómetros de la calle Princesa. Allí celebramos nuestra reunión y el retiro anual de septiembre de 1691. Tuvimos la suerte de vivir allí una profunda experiencia de fe y oración, de comunidad fraterna y acogedora, de reflexión sobre nuestro compromiso escolar. Decidimos incentivar entre nosotros el acompañamiento personal. Aseguraríamos un retiro anual; escribiríamos al Superior una carta mensual para compartir nuestras preocupaciones; también el Superior haría una visita anual a cada comunidad para conocer de cerca la realidad de cada Hermano. Este esfuerzo de renovación interior avivó nuestros corazones y nos dio un nuevo impulso en medio de tantas circunstancias difíciles. Dios estaba presente entre nosotros. Fue tanto el gozo que sentimos que el mismo La Salle extendió el retiro para muchos de nosotros hasta diciembre de ese mismo año. Gracias al apoyo de algunos maestros que habían estudiado con nosotros en Reims, las clases en las escuelas continuaron sin ningún problema.
Parecía que el edificio asentaba sus bases para crecer.
5 Juntos y por asociación
A partir de 1692, y por espacio de seis años, La Salle no recibió ninguna petición para abrir escuelas. Mientras tanto, nuestras pequeñas comunidades iban fortificando su vida cotidiana, siguiendo su reglamento diario: a partir de las cinco de la mañana teníamos oración vocal y mental, misa, lectura espiritual, examen particular y rezo de las letanías; a continuación, clases de 8:00 a 11:00 a.m., incluyendo la misa con los alumnos; por la tarde, nuevamente clases, de 1:00 a 4:30 p.m. Por la noche, estudio y preparación de clases hasta la oración antes de dormir. Nuestra jornada terminaba a las 9:30 p.m. Los recreos comunitarios eran para nosotros verdaderos intercambios espirituales. Los jueves teníamos un paseo comunitario y el domingo dedicábamos más tiempo al estudio del catecismo. Todo ello iba configurando en nosotros un tipo novedoso de vida. Estábamos tomando conciencia de ser una comunidad de asociados, comprometidos en una misión común. Habíamos convertido las dificultades en oportunidades para crecer.
La Salle había entendido la importancia de la formación para nosotros. La generosidad necesitaba madurar procesos y tiempos; por sí sola no lograba perseverancia. Él mismo fue organizando su propio pensamiento y, en poco tiempo, fue preparando para nosotros un conjunto de obras que nos ayudarían a comprender la trascendencia de nuestra vocación. En la Colección de pequeños trataditos fue estableciendo algunos puntos esenciales de la vida del Hermano: los diez mandamientos del Instituto, los fundamentos de nuestra Comunidad, las doce virtudes del buen maestro, las diez condiciones para que las correcciones de los alumnos fueran efectivas, una breve explicación del método para orar, la manera de dar cuenta de conducta al director y las condiciones de la obediencia. Era el esbozo de un proyecto de acompañamiento para cada uno de nosotros.
Ya había pasado una década de experiencia comunitaria. Por esta razón, el mismo La Salle, con la ayuda de los Hermanos más antiguos, había llegado a plasmar nuestro estilo de vida cotidiana en unas Reglas que vivíamos y analizábamos con detalle. Sobre todo, nuestro encuentro y retiro anual en septiembre fortificaba nuestros compromisos personales y comunitarios; eran espacios propicios para la reflexión y el intercambio de ideas. La Salle, a sus cuarenta años, era nuestro indiscutible fundador, formador y guía. Con él tomábamos conciencia día a día de lo que significaba vivir el espíritu del Instituto, que no era otro que el espíritu de fe que nos impulsa a dedicarnos con celo a la salvación de los niños desde nuestro humilde empleo en la escuela. El libro de las Meditaciones que La Salle iba escribiendo nos invitaba a contemplar la escuela como la obra de Dios y a nosotros mismos como ministros y dispensadores de sus misterios. El manuscrito de la Guía de las Escuelas Cristianas, que comenzamos a utilizar como manual escolar, nos ofrecía la claridad de la experiencia acumulada por los Hermanos más veteranos en el arte de la enseñanza; y cada mes de septiembre teníamos la oportunidad de descubrir nuevos métodos para que los niños aprendieran de manera más eficiente. A finales de 1694 ya contábamos con una serie de obras que daban luz a nuestro caminar.Los jueves teníamos un paseo comunitario y el domingo dedicábamos más tiempo al estudio del catecismo. Todo ello iba configurando en nosotros un tipo novedoso de vida. Estábamos tomando conciencia de ser una comunidad de asociados, comprometidos en una misión común. Habíamos convertido las dificultades en oportunidades para crecer.
Recuerdo particularmente el difícil invierno que vivimos en 1693-1694 debido al intenso frío y el alza del precio del trigo. Había saqueos y robos por doquier. Nuestras comunidades, que subsistían gracias a la caridad de muchos, sintieron momentos críticos de escasez. La Salle se desvivía por buscar recursos para nosotros. Después de la experiencia de Vaugirard, yo había sido enviado a la comunidad de la escuela de la calle Princesa en París y por eso fui testigo de tantas vicisitudes. De hecho, La Salle tuvo que mover a los novicios de Vaugirard a nuestra comunidad, quizás buscando mitigar sus necesidades. En nuestra casa había aumentado el número de Hermanos para alimentar. Era una situación límite. Los párrocos no siempre podían atendernos económicamente; La Salle no solo buscaba el dinero, sino que también oraba largas horas, pidiendo la ayuda del cielo. Parecía que cuando más intensamente oraba nuestro padre, menos faltaba el pan para la comunidad. Esa situación crítica se mantuvo hasta abril de 1694, cuando finalmente los novicios pudieron volver a Vaugirard.
En ese mismo año, una vez superado el momento más crítico, La Salle vio que había llegado la ocasión de tomar decisiones firmes para asegurar el futuro de la comunidad, de esta sociedad de Hermanos que ya tenía una cierta identidad, vida común y misión definidas. Así, decidió invitar a doce Hermanos para celebrar el primer Capítulo General de la Sociedad de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Esta experiencia tuvo lugar desde la fiesta de Pentecostés, el 30 mayo, hasta la fiesta de la Santísima Trinidad, el 6 junio. Convocó a los seis directores de comunidad del momento, algunos Hermanos antiguos y otros que consideró oportuno. Felizmente fui uno de los elegidos, junto a Nicolás Vuyart, Gabriel Drolin, Jean Partois, Gabriel Carlos Rasigade, Jean Henry, Jacques Compain, Jean-Louis de Marcheville, Michel Jacquinot, Edmo Leguillon, Gil Pierre y Claude Roussel.
Nosotros doce, con Juan Bautista de La Salle, confirmamos nuestro deseo de unirnos y permanecer en sociedad como Hermanos, para tener juntos y por asociación las escuelas gratuitas en cualquier lugar al que fuésemos enviados, aunque nos viésemos obligados para ello a pedir limosna y a vivir de solo pan. Entendimos que el proyecto era posible desde la obediencia fiel a los superiores y al cuerpo de la sociedad, porque rebasaba nuestras perspectivas; era el mismo Dios el que nos había llamado, nos constituía en representantes de Jesucristo para los niños. También, crecimos en la convicción de entendernos como asociados entre sí y, para ello, fieles y estables en un proyecto que procuraba que todos los hombres alcanzaran el conocimiento de la verdad. Era el momento de expresar públicamente nuestra profunda convicción en una profesión perpetua, para toda la eternidad. Profesamos frente a los novicios y demás Hermanos de París el día de la fiesta de la Santísima Trinidad, y continuamos haciéndolo devocionalmente cada año. Este primer Capítulo General de 1694 terminó con la elección del Superior de la sociedad.
La Salle se empeñaba en convencernos de la necesidad de elegir un Hermano, pero, para su sorpresa, decidimos por unanimidad escogerlo a él. Aceptó no sin antes hacernos firmar un compromiso de no admitir a ningún otro superior que no hubiese sido asociado con votos como el resto de la Comunidad. Este gesto nos ayudó a comprender que era importante asegurar la autonomía interna de la Comunidad. Nos preparábamos para nuevos tiempos. Nuestra Asociación había sido nuestro tesoro escondido. Y vaya que sí. Iba a ser indispensable para apoyarnos mutuamente en el futuro.
6 Asociados para las escuelas cristianas
En 1695, La Salle contaba con cuarenta y cuatro años. Era un sacerdote respetado, un verdadero hombre de Dios, que dedicaba su jornada diaria a compartir con los Hermanos el ritmo de la comunidad y el servicio educativo en las escuelas de París. La casa de Vaugirard se había convertido para él en un espacio ideal para afinar las obras espirituales y pedagógicas que ayudarían a madurar la vida de nuestra sociedad de Hermanos y el proyecto de las escuelas cristianas. En ese período redactó el Memorial sobre los orígenes, las Meditaciones para el Tiempo de Retiro, los Ejercicios de piedad para las escuelas y las Instrucciones y oraciones para la Santa Misa. Con la ayuda de los más expertos de entre nosotros afinó el borrador de la Guía de las Escuelas Cristianas, que, en forma de manuscrito, íbamos poniendo en práctica y revisando periódicamente; era mucho más importante atender las necesidades de nuestros alumnos que cumplir con un programa de enseñanza rígido.
Cada uno de los Hermanos nos sentíamos asociados a los demás, trabajando en un proyecto común; considerábamos la escuela como nuestro espacio de salvación, donde seguíamos aprendiendo juntos para mejorar la calidad de la enseñanza simultánea a grupos de más de cuarenta alumnos. El orden y el silencio en clase, aunado a la intensa actividad de los alumnos, nos permitían controlar los diversos grupos de lectura, escritura y cálculo, ayudados por monitores guiados siempre por nosotros. Preparábamos el catecismo con detalle, haciendo preguntas y animando la fe de nuestros alumnos. Cuando salíamos hacia la misa parroquial los protegíamos de la violencia de las calles. Sentíamos que todo estaba colaborando en el progreso escolar de nuestros niños. El utilizar el francés y no el latín aceleraba la adquisición de la lectura y de la escritura. Cada momento de la escuela estaba organizado. No faltaban dificultades, pero el contacto diario con nuestros alumnos nos había ayudado a comprenderlos y amarlos en su originalidad. La Salle nos recordaba la imagen del Buen Pastor, la necesidad de vigilar y corregir bien a cada uno, de ser ángeles custodios para ellos. En fin, íbamos conformando un tipo de escuela profundamente cristiana, comprometida con el progreso escolar de los niños. No diferenciábamos entre su formación humana y su salvación cristiana. Todo contribuía al proyecto de Dios.
Estos años de cierta tranquilidad dieron su fruto. Nuevas vocaciones comenzaron a llamar a las puertas de nuestra Comunidad. Llegaron jóvenes animados por el trabajo de las escuelas, atraídos por el liderazgo de La Salle y el testimonio de fidelidad de los Hermanos. En 1698, la casa de Vaugirard ya resultaba insuficiente y nuestro padre tuvo que buscar una nueva, cerca de la parroquia de San Sulpicio; así dio con una que llamaban la Casa Grande. Gracias a la Providencia y al esfuerzo personal de La Salle logramos alquilarla para continuar con la formación de los aspirantes, con el encuentro semanal de los Hermanos de París y con el retiro anual cada mes de septiembre. El nuevo párroco de San Sulpicio, el Señor de La Chétardie, ya había manifestado un gran interés por las escuelas y, gracias a él, algunas personas de la nobleza habían aportado recursos sustanciosos, no solo para amueblar la Casa Grande, sino también para sostener nuevas escuelas en la parroquia. Además, las nuevas vocaciones permitían atender más escuelas.
En 1699, La Salle me había nombrado inspector de las escuelas en París; también ayudaba en la formación de los Hermanos jóvenes que hacían su práctica en las aulas. Todo ello me permitió ver el progreso alcanzado por los alumnos de las nuevas escuelas de San Plácido, de los Fosos del Príncipe y de San Hipólito. Nuevamente, por esas fechas, los maestros calígrafos volvieron a embargar los bienes de una de las escuelas, la de San Plácido, pero la denuncia ante el Chantre atrajo la protección de personas allegadas al Rey y el asunto quedó parcialmente cerrado. Lamentablemente, poco tiempo después, comenzamos a vivir una verdadera persecución.
La estima que La Salle se había ganado en París se hizo evidente cuando el mismo Arzobispo Noailles le comisionó la formación de cincuenta nobles irlandeses que habían salido de Inglaterra con el Rey Jacobo II y que estaban bajo la protección de nuestro Rey Luis XIV. Eso sucedió sobre todo en los años 1698 y 1699. También el párroco La Chétardie había animado a La Salle a abrir una escuela dominical para atender la formación de jóvenes obreros; desde la parroquia de San Hipólito se ofrecía nuevamente la oportunidad de iniciar un seminario para maestros. Se pedían nuevas escuelas desde Chartres, Calais, Aviñón y Troyes. En 1703 contábamos con prácticamente doce comunidades activas que atendían cuarenta y siete aulas de clase. Cerca de cuatro mil niños recibían educación cristiana bajo la tutela de La Salle como Superior. No obstante, el trabajo escolar era pesado y la muerte de algunos Hermanos jóvenes dificultaba la continuación de las obras. Pero Dios, en su infinita misericordia, seguía llamando a nuevos candidatos.
No obstante, el trabajo escolar era pesado y la muerte de algunos Hermanos jóvenes dificultaba la continuación de las obras. Pero Dios, en su infinita misericordia, seguía llamando a nuevos candidatos. Para ese momento, La Salle había finalmente reeditado o redactado definitivamente algunas obras escolares, no sin antes someterlas a la opinión de los Hermanos más experimentados. El Silabario en francés era de absoluta necesidad para ayudarnos en la enseñanza de la lectura en nuestro idioma; también eran fundamentales las Instrucciones y oraciones para la Santa Misa, las Instrucciones y oraciones para la confesión y comunión; los Deberes del cristiano para con Dios, a modo de preguntas y respuestas, que utilizábamos para preparar nuestras clases, así como los Cánticos que se deben cantar para el catecismo; las Reglas de cortesía y urbanidad cristianas y, sobre todo, la Guía de las Escuelas Cristianas. Todas las obras habían sido sometidas a la aprobación de las autoridades para ser publicadas.
Juan Bautista de La Salle se desvivía por nosotros. No solo mantenía correspondencia periódica con cada uno, sino que visitaba las comunidades, colaboraba de manera intensa en la formación de los novicios, observaba el desarrollo de las escuelas y mantenía una relación no siempre fácil con las autoridades eclesiásticas, sobre todo con los párrocos, que sostenían económicamente las escuelas. Además, dedicaba tiempo para estudiar y buscar los mejores métodos de enseñanza. Las experiencias pedagógicas pasadas de Démia, Jacques de Batencourt y Barré le ofrecían ciertas luces, pero las necesidades académicas y espirituales de los niños exigían más. De ahí que nos invitase a compartir nuestra experiencia para discernir las mejores estrategias, buscando que las escuelas funcionaran siempre bien. Era una auténtica y novedosa asociación para la misión.
7. Las contradicciones en el camino.
La relativa tranquilidad que vivimos hasta 1701 dio paso a una década verdaderamente conflictiva. En 1702, Juan Bautista de La Salle tomó la decisión de enviar a Roma dos Hermanos, Gabriel y Gerardo Drolin, para que su presencia como maestros en las escuelas del Papa manifestara públicamente la fidelidad de nuestra comunidad al Sumo Pontífice y a la Iglesia de Roma. Gabriel permanecerá en Roma mientras que Gerardo regresará a Francia en menos de un año. Mientras tanto, las nuevas vocaciones que habían llegado al Instituto permitían atender las invitaciones que llegaban de algunos obispos fuera de París. Sin embargo, dos amenazas se cernían sobre nosotros.
La primera llegó desde el seno de la misma Iglesia. El señor de La Chétardie, alentado por ciertos enemigos ocultos de La Salle, aprovechó las quejas de algunos Hermanos para intervenir en la Comunidad, nombrando un superior eclesiástico externo y destituyendo a La Salle. Este altercado nos cohesionó como un solo hombre en torno a la figura de nuestro padre; teníamos que salvar nuestra asociación para servir en las escuelas. Quienes presentaron las quejas quedaron en evidencia y tuvieron que aceptar su error. El Superior eclesiástico impuesto por el párroco desapareció en poco tiempo. Al final, aunque La Salle permaneció como Superior de la Comunidad, este evento siguió alimentando en La Chétardie y en algunos eclesiásticos de París un mayor rechazo hacia su persona.
La segunda amenaza era previsible. En efecto, los maestros calígrafos aprovecharon la indiferencia y el alejamiento del Arzobispo para intentar el cierre de las escuelas. Esta vez incluyeron en la denuncia no solo el nombre de La Salle, sino también el de los Hermanos que trabajábamos en las escuelas de París; en total fuimos dieciocho los denunciados. Las amenazas llegaron al barrio de San Marcelo, donde los Hermanos Nicolás Vuyart y Gervasio intentaron desligarse de La Salle para no ser sentenciados, pero finalmente se separaron del Instituto; en poco tiempo, la escuela y el seminario de maestros fracasaron. Esto fue un duro golpe para La Salle. Especialmente por parte del Hermano Nicolás, que había gozado de la mayor estima de nuestro padre y además tenía grandes habilidades pedagógicas. Todo ello, sumado a la muerte de cuatro Hermanos en Chartres a causa de la peste, establecía serias dudas acerca del futuro de las escuelas.
No obstante, entre 1704 y 1710, La Salle comenzó a recibir continuamente invitaciones de algunos obispos para atender escuelas fuera de París. A pesar de las dificultades vividas, la fama de nuestro padre y de las escuelas cristianas se había extendido en el reino de Francia e incluso más allá de sus fronteras. La Salle veía la necesidad de negociar directamente con los obispos del sur de Francia las condiciones para atender las escuelas; ellos, encantados por tenerlo consigo, manifestaban sin reparos su confianza en este hombre de Dios. La Salle, en su humildad, no se dejaba llevar por los halagos ni las muestras de aprecio que recibía, muchas veces de los obispos que habían sido sus antiguos compañeros en el Seminario de San Sulpicio.
Así, gracias al esfuerzo de La Salle y a la buena disposición de los Hermanos, abrimos escuelas cristianas en Dijon en 1704, en Ruán y Marsella en 1705, en Mende en 1707, en Saint-Denis, Valreás y Grenoble en 1708, en Moulins en 1709, en Versalles y Boulogne en 1710. Incluso el Hermano Gabriel Drolin lograba, en 1709, dirigir una escuela del Papa en Roma, con una presencia discreta y ejerciendo en solitario una cierta diplomacia ante la Curia Romana.
Mientras tanto, las contradicciones nunca abandonaban la obra de Dios. La tensión vivida en París había obligado a La Salle a buscar mejores condiciones de vida para su pequeña comunidad de formación, siempre amenazada. Encontró la ocasión en Ruán, gracias a la invitación que había recibido del señor Arzobispo Colbert. A pesar de las buenas intenciones, el Consejo de administración del asilo de esa ciudad oponía una fuerte resistencia frente a la presencia de los Hermanos en la escuela; después de algunas negociaciones los obligó por un cierto tiempo a ejercer una labor escolar y hospitalaria que La Salle aceptó con paciencia, hasta que los mismos Hermanos desfallecieron de cansancio por la fuerte presión de trabajo. Con todo, en 1705 consiguieron alquilar una casa en las afueras del barrio de San Severo en Ruán, llamada de San Yon. Allí el Instituto volvió a recuperar un espacio para la implantación del noviciado; además, los Hermanos iniciaron una experiencia escolar que marcará un hito en la historia del Instituto: será el lugar de creatividad pedagógica gracias a la organización de una escuela de caridad, un primer internado y, más adelante, un reformatorio. Se convertirá en la futura Casa Madre para el Instituto naciente.
Otro momento difícil para todos sucedió en febrero de 1706, cuando el Parlamento de París prohibía nuevamente a La Salle y a los Hermanos tener escuelas sin la autorización del Chantre, incluso continuar con los seminarios de maestros. Esta situación colmó nuestra paciencia y pedimos a La Salle retirarnos de las escuelas de la parroquia de San Sulpicio; así, el 1 de julio de 1706, desaparecimos sin dejar rastro. Los maestros calígrafos se sintieron triunfantes, pero las familias de los niños, alarmadas por nuestra ausencia, trasladaron la queja al señor de La Chétardie. A este no le quedó más remedio que interceder para que volviéramos a las clases. Sin embargo, en este caso, La Salle solicitó nuevamente ciertas seguridades para que pudiéramos trabajar en paz. Era importante contar con el apoyo de la autoridad para sostener nuestras escuelas al servicio de los pobres.
La Salle velaba para que en cada lugar los Hermanos contáramos con lo necesario para vivir. La escuela era gratuita, pero alguien debía asegurar el pan para la comunidad. En esos tiempos de guerra, la escasez apareció de nuevo en Francia. Durante el período 1709-1710, la quinta parte de la población del reino murió de hambre o por enfermedad. Para huir de esa situación, La Salle llevó a los novicios de vuelta a París; allí la comunidad se contagió de la peste y fue atendida gratuitamente por algunos doctores amigos del famoso Helvetius. Tampoco cesaban los conflictos internos con algunos Hermanos, descontentos de vivir con tantas limitaciones. La Salle intentaba hasta el extremo mantenerlos en comunidad, pero su afecto paternal y su acompañamiento espiritual no siempre llegaban a buen puerto. No obstante, de veinticuatro novicios que hubo en este período complicado, dieciséis perseveraron.
Dios, con su gracia, seguía bendiciendo día a día la obra de las escuelas. Sabíamos que seguir a Jesucristo implicaba aceptar su cruz. En medio de las mayores dificultades encontrábamos el consuelo de la ayuda divina. Nuestro padre La Salle no cesaba de ayudarnos a celebrar comunitariamente la presencia de Dios entre nosotros; él era el primero en darnos el ejemplo viviendo en radicalidad en espíritu de fe y celo por la salvación de los niños. Con todo, los enemigos de la escuela cristiana preparaban otro conflicto que tocará el corazón de La Salle y hará tambalear en muchos de nosotros la convicción sobre la viabilidad de la sociedad de las escuelas cristianas en su tercera década de existencia
8 Los caminos de Dios
La organización de las comunidades y de las escuelas en el sur de Francia había significado para La Salle una larga ausencia de París. Para asegurar la atención a las comunidades del norte del reino había designado Visitadores. Mientras tanto, los Hermanos nos manteníamos informados de los acontecimientos, orábamos unos por otros y ayudábamos a sostener la obra de Dios. La vida de la escuela era siempre exigente y Dios seguía bendiciendo nuestra comunidad con nuevas vocaciones.
Cuando Juan Bautista de La Salle regresó a París en 1711, una nueva tormenta comenzaba a desatarse, de manera imprevista y violenta. Un joven abate de apellido Clément, con ayuda de su amigo Luis Rogier, insistía desde hacía cuatro años en el sostenimiento de un seminario para maestros en San Denis, al norte de París. Al ser menor de edad, el abate había pedido a La Salle adelantar el dinero para comprar una finca y llevar adelante la obra. Nuestro padre había aceptado de buena gana, no sin antes comprobar las buenas intenciones del joven. Sin embargo, pasados tres años, el padre del abate obtuvo cédula de nobleza como cirujano del Rey y, alentado por una soberbia inusitada, procedió a organizar un juicio civil y criminal contra La Salle, acusándolo de sobornar a su hijo menor con engaño. Aunque nuestro padre se defendió con un alegato que contenía una descripción de los hechos más trece de las cartas del abate, fue sentenciado; todos lo abandonaron, incluso sus amigos de confianza. Ninguno quería comprometer su nombre frente a un noble con poder. Los Hermanos de París quedamos consternados. Nuevamente los enemigos de La Salle habían ganado terreno y sus acciones incidían en el ánimo de la comunidad.
Este hecho marcó el inicio de un nuevo período muy espinoso para La Salle. Después de haberse enfrentado a tantos procesos judiciales en el pasado, sentía ahora que su persona era perjudicial para los Hermanos y para las escuelas. Esta convicción iba creciendo dentro de él de tal manera que optó por ocultarse, cortar con la correspondencia de los Hermanos y dejar los asuntos del Instituto en las manos de algunos Hermanos de su confianza. Se encaminó entonces nuevamente hacia el sur de Francia. No era fácil viajar en ese tiempo; volvía a afrontar lugares de difícil acceso y temía por la violencia de grupos rebeldes que creaban confusión en la población. Su larga travesía incluyó nuevamente Moulins, Alès, Los Vans, Mende, Uzès y Marsella.
En cada lugar recibía muestras de aprecio. También resolvía diferencias y guiaba a los Hermanos en sus asuntos cotidianos.
Durante este viaje La Salle recibió las cartas del juicio de París, enviadas por el Hermano Bartolomé sin ningún comentario. Este hecho le hizo pensar que también los Hermanos de París se habían convencido de las acusaciones del padre del abate Clément. Esto reforzó en él la idea de alejarse lo más posible de la capital.
En 1712 llegó a Marsella y, estando a punto de tomar un barco para dirigirse a Roma y visitar a su querido Hermano Gabriel Drolin, lo detuvo el señor obispo Belsunce para ofrecerle algunas escuelas de la ciudad. La Salle aceptó el desafío. Ante sus ojos se levantaba una escuela y un noviciado con tal ímpetu que su espíritu comenzó a inquietarse. En efecto, desde enero de 1713, los amigos de Marsella le dieron la espalda y ninguna obra llegó a funcionar. Además, sus enemigos ocultos levantaron contra él un escrito difamatorio que haría fracasar incluso el noviciado. Para la Cuaresma de 1713, siente que Dios no le dice nada; es su noche oscura. Encima, un Hermano le manifiesta que solo ha ido a Marsella a destruir. Entristecido, sale de allí y se dirige a Grenoble.
En ese momento, yo ejercía de director de esa comunidad. Lo vimos llegar muy abatido; tratamos de animarlo y consolarlo como nuestro verdadero padre. Comprendimos que La Salle había afrontado desde Marsella una nueva situación en la Iglesia de Francia: parte del Clero se había manifestado en contra de la Bula Unigenitus que el Papa Clemente XI había publicado para condenar 101 proposiciones del libro de Quesnel. Nuestro padre se había opuesto públicamente al Jansenismo, que buscaba separar a los cristianos de la Iglesia de Roma. Por eso, la persecución de su persona había sido virulenta, tanto que logró acabar con casi la totalidad de la comunidad. Solo algunos Hermanos perseveraron.
Estando ya en Grenoble con nosotros, para la Cuaresma de 1714, su amigo el canónigo Yse de Saleón lo invitó a pasar una temporada de retiro en una finca en la colina de Parmenia, no lejos de nuestra ciudad. Allá fue sorprendido gratamente por la presencia de una pastorcilla con fama de mística, que todos conocíamos como Sor Luisa. En sus conversaciones espirituales, La Salle le había manifestado su deseo de separarse de la comunidad; ella, desde su sencillez y profundidad de alma, le había manifestado que esa no era la voluntad de Dios, sino que su camino estaba junto a sus Hermanos. Su experiencia en Parmenia le devolvió la paz que tanto buscaba. Posteriormente, La Salle envió desde Grenoble a uno de nuestros Hermanos para que le informara sobre la situación en París. Para no perjudicar la escuela con la ausencia de uno de los Hermanos, él mismo lo había sustituido en clase; así, su fama como hombre de fe se hizo sentir en el pueblo. Mientras tanto, las noticias desde la capital del reino no parecían muy alentadoras. En efecto, los principales Hermanos de las comunidades de París, San Denis y Versalles le habían enviado una carta, de fecha 1 de abril de 1714, en la que no solo le pedían volver, sino que le exigían, en nombre del voto de obediencia que había hecho al Cuerpo de la Sociedad, asumir de nuevo su papel como Superior. Los Hermanos querían acabar con las dudas que anidaban en su corazón: él tenía todas las gracias necesarias para conducir la obra de Dios. Después de haber tomado tres días de retiro en el monasterio de la Gran Cartuja y de haber enviado a los Hermanos de París su aceptación por escrito, emprendió de nuevo su camino hacia el norte. Allá llegó finalmente en agosto de 1714, después de visitar las comunidades a su paso; seguramente sabía que era la última vez que podría ver a los Hermanos alejados de París. Mientras tanto, en la capital, sus enemigos habían tejido toda una estrategia para separar las comunidades de los Hermanos y hasta cambiar la Regla. El Hermano Bartolomé, que hacía las veces de director de París, poco prevenido de las intenciones ocultas de algunos eclesiásticos, aceptaba un tanto ingenuamente los cambios. Sin embargo, no solo las estrategias de los enemigos de La Salle fracasaron, sino que incluso ellos mismos murieron antes de la llegada de nuestro padre a París. En ese momento el Instituto contaba con la protección de superiores eclesiásticos locales favorables al proyecto de La Salle, respetuosos de su legado, deseosos de apoyar la obra iniciada por este santo de Dios, dispuestos a servir hasta el final por el bien de las escuelas.to
9 El futuro del Instituto en nuestras manos
Cuando Juan Bautista de La Salle regresó a París en 1714 contaba con sesenta y tres años. Habían sido largos años de trabajo, esfuerzo, luchas… en Grenoble nuestro padre había tenido una nueva recaída por reumatismo. Pero también habían sido largos años de frutos visibles: una comunidad con un nombre, un itinerario, un hábito, una identidad laical, unos votos, un apostolado educativo y una estructura de animación. Veintidós comunidades y cerca de cien Hermanos; no era poco. Aunque no todos los Hermanos perseveraban, el ejemplo de muchos bastaba para atraer nuevas vocaciones. Algunos morían con tal convicción que brillaban como estrellas en el cielo lasallista.
Su llegada a París contagió de alegría y esperanza a los Hermanos. Poco a poco va acostumbrándolos a tomar decisiones, a no depender de su persona para atender las necesidades más urgentes de las comunidades y de la misión. Continuó afinando algunas obras espirituales para los Hermanos, como el libro de las Meditaciones. Con el Hermano Bartolomé organizó las comunidades para reiniciar las clases en octubre de 1715. A mí en particular, me envió a París como director.
El 1 de septiembre de 1715 nos sorprendió la muerte del rey Luis XIV. Había sido bajo su autoridad que la sociedad y la Iglesia francesas habían visto el nacimiento y desarrollo de la comunidad de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Durante su reinado un mundo de cultura y ciencia, vehiculada a través del latín, se había desarrollado al margen de otra cultura, popular, analfabeta y contestataria. La sociedad francesa comenzaba a cambiar frente a nosotros. Como lo había manifestado en su Testamento, La Salle nos advertía que venían tiempos complicados que requerían discernimiento, unión y fidelidad entre nosotros.
Nuestra presencia en las escuelas nos había ayudado a estar más cerca de los hijos de los artesanos y de los pobres. La defensa de la gratuidad para todos, sin excepción, nos había hecho sensibles a las necesidades de niños y jóvenes; por esto habíamos sido llevados a tribunales. Con La Salle, habíamos aprendido que ninguna persona, por ningún motivo, debería quedarse sin escuela porque Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
La Salle al final de sus días no escatimó ningún esfuerzo para seguir formando a sus Hermanos. Tomó para sí la responsabilidad de guiar a los novicios a través de exhortaciones, de una profunda vivencia de la oración, desde la convivencia diaria y, sobre todo, con su ejemplo. Una vez que se calmaron las aguas en París, envió al Hermano Bartolomé con los novicios a la casa de San Yon en Ruán, y él mismo se mudó para allá. Eso tuvo lugar a inicios de 1716.
Como ya la había señalado anteriormente, la casa de San Yon se convirtió entonces en un nuevo centro de creatividad pedagógica. A la escuela y al internado que ya funcionaban se añadió un centro de reclusos, que La Salle aceptó abrir gracias a la experiencia educativa de los Hermanos. En él se practicaba una pedagogía afectuosa, diferenciada, participativa, que ganaba el corazón de los reclusos y promovía su conversión. Por supuesto, no todo era color de rosa en Ruán. El arzobispo y algunos eclesiásticos manifestarán desagravios hacia la persona de La Salle hasta el final de su vida. Otros, como el canónigo Juan Bautista Blain, le demostrarán una profunda amistad y apoyarán a los Hermanos en su vocación y ministerio.
Una vez establecida cierta calma en el Instituto, La Salle desarrolló una estrategia para convocar un nuevo Capítulo General. Sería el segundo del Instituto, después del de 1694. Para organizarlo envió al Hermano Bartolomé como emisario a todas las comunidades solicitando el visto bueno los Hermanos. Así, convocó a los dieciséis directores de comunidad, yo uno de ellos, para el 16 de mayo de 1717, fiesta de Pentecostés. En este Capítulo examinamos las Reglas, el Reglamento cotidiano de las comunidades, la Regla del Hermano Director y la Guía de las Escuelas Cristianas. Pedimos a La Salle que nos ayudara a redactar con su experta pluma modificaciones que habíamos decidido por consenso. Así, en poco tiempo pudimos contar con estos documentos manuscritos para todas las comunidades.
En este Capítulo General de 1717 elegimos al Hermano Bartolomé como nuestro primer Hermano Superior del Instituto. Al Hermano José, director de la comunidad de Reims, y a mí, director de la comunidad de París, nos eligieron como Asistentes del Superior, especialmente para atender asuntos administrativos relacionados con las comunidades y las escuelas. Finalmente, el 23 de mayo de 1717, en la fiesta de la Santísima Trinidad, renovamos devocionalmente nuestros votos de asociación, estabilidad y obediencia a los Superiores y al Cuerpo de la Sociedad.
Desde ese momento el futuro del Instituto estaba en nuestras manos. La Salle había sido nuestro fundador y padre. Con él habíamos aprendido a mirarlo todo con los ojos de la fe, a hacerlo todo con la mirada puesta en Dios. Habíamos aprendido a reconocer la presencia de Dios en nuestras vidas, en las buenas y en las malas. Junto a él habíamos discernido la manera de llevar adelante las escuelas al servicio sobre todo de los hijos de los artesanos y de los pobres, a amarlos desde sus limitaciones y a ayudarlos a crecer en las herramientas del saber y de la ciencia, de la fe y de la vida. Ahora nos tocaba a nosotros continuar esta obra. Las crisis que habíamos vivido nos habían ayudado a entender que solo podíamos seguir adelante si crecíamos por dentro, reforzando nuestra asociación como Hermanos, unos de otros, unidos con amor fraterno. La Salle nos recordaba una y otra vez que el espíritu del Instituto era el espíritu de fe que se traduce en celo por la salvación de los demás. Una vida plena de amor sería la clave vocacional. Estábamos llamados a ser testigos de Jesucristo en la escuela. Así, convencidos del valor de nuestra vida, asumimos que el Instituto apenas empezaba a crecer y que era un don para la Iglesia y para la sociedad. La aventura apenas comenzaba.
Espero que este relato sea también para ti una manera de celebrar el paso de Dios en la vida de La Salle, en nuestra vida como Hermanos y en la vida de todos aquellos que han vivido y viven la escuela cristiana como un espacio de salvación y de amor.
Viva Jesús en nuestros corazones.
H. Jean Jacquot
París, mayo de 1719