EL LIBRO LITÚRGICO
Por libro litúrgico, en sentido estricto, entendemos un libro que sirve para una celebración litúrgica y está escrito con vistas a ella. En sentido más amplio, es tal también el libro que, aun no habiendo sido escrito con vistas a la celebración, contiene, sin embargo, textos y ritos de una celebración, tanto si han sido usados como si no. En el primer sentido, el libro es un elemento de la celebración, y a él también se le respeta e incluso se le venera; en el segundo sentido, el libro se convierte en fuente para la historia de la liturgia, y en particular del rito o de los elementos que contiene. Además de estas fuentes directas, existen también aquellos escritos que nos informan sobre el hecho litúrgico sin ser por ello libros litúrgicos, como textos de historia, escritos de los padres, documentos del magisterio, etc..
HISTORIA DEL MISAL ROMANO
El término missale y las expreciones liber missalis, missale plenarium o plenum indican, a partir del s. X, los libros litúrgicos que contienen todos los textos necesarios para la celebración de la misa: lecturas, cantos y oraciones, con sus rúbricas correspondientes.
Este tipo de libro vino a sustituir a los sacramentarios propiamente dichos, en los cuales únicamente se encontraban las plegarias destinadas a la eucaristía y a la administración de los sacramentos. Los restantes textos se encontraban en los respectivos libros litúrgicos. Varias fueron las causas que dieron origen a la fusión de todos los libros en uno, el misal.
En primer lugar, la multiplicación de las misas privadas no sólo en las iglesias grandes y bien dotadas de clero, sino también en las pequeñas iglesias rurales, en las que no había más que un sacerdote. Esta multiplicación de misas privadas se produjo también en los monasterios en virtud de las obligaciones que contraían con los fundadores o Sostenedores, especialmente en sufragio de los difuntos. La facilidad práctica, la celebración silencio y la comodidad influyeron en la aparición, primero, de libelli missae o fascículos con una serie misas completas, votivas o de difuntos, y más tarde de todo el conjunto de formularios siguiendo el orden del libro principal. Hacia el s. XIII puede decirse que el proceso del paso del sacramentario al misal plenario alcanzó la culminación. No es difícil imaginar el éxito de este tipo de libro litúrgico en una época en que se había perdido el sentido comunitario y participativo de la celebración eucarística, apareciendo ésta como una acción reservada al sacerdote, el cual, por si fuera poco lo que tenía que hacer como presidente, asumía todos los restantes papeles: lector, cantor, ministro, etcétera. Por otra parte, al faltar una autoridad que ordenase y unificase todo el proceso de confluencia de los antiguos libros litúrgicos en el misal, los abusos y los particularismos se multiplicaban a pesar de las disposiciones de algunos concilios particulares. La necesidad de corrección y de reforma de los misales se hizo sentir a lo largo de la baja edad media y durante todo el s. XV. Esta necesidad agudizó en extremo al aparecer el protestantismo. El concilio de Trento (l545-l563) tenía conciencia de este grave problema pero no llegó a abordarlo, dejando en manos el papa Pío IV la reforma proyectada. Como se verá en seguida, el fruto de aquella decisión conciliar, por la que a la misa se refiere, fue el Missale Romanum de 1570.
Antecedentes del "MISSALE ROMANUM"
EVOLUCIÓN HISTÓRICA DEL LIBRO LITÚRGICO
Para comprender mejor el actual libro litúrgico es necesario acudir a la historia y constatar cómo ha sido su evolución histórica. Según I. Scicolone ésta la podemos dividir en cinco períodos, aunque aquí no abordemos los libros litúrgicos del Vaticano II.
El tiempo de la improvisación
Se trata de los tres primeros siglos cristianos. En este tiempo no hay libros litúrgicos propiamente tales, excepto, si así podemos llamarlo, el texto de la biblia. Para el resto, todo se deja a la libre creatividad, salvo en los elementos esenciales. Hallamos rastro de estos esquemas y de esta libertad en textos no propiamente litúrgicos, como la Didajé, que nos da indicaciones sobre el bautismo, sobre la eucaristía, sobre la oración diaria y sobre el ayuno; como los escritos de Clemente de Roma y la Apología de Justino. Hacia el 215 encontramos la Tradición apostólica del presbítero romano Hipólito. En sentido amplio, éste es el primer libro litúrgico, porque contiene sólo descripciones de ritos litúrgicos con algunas fórmulas más importantes: consagración de los obispos, de los presbíteros, de los diáconos y de los demás ministros; esquema de plegaria eucarística, catecumenado y bautismo; oraciones y normas para las vírgenes, las viudas; la oración de las horas, los ayunos, bendición del óleo. La importancia de este documento es múltiple: nos da por primera vez fórmulas de plegaria eucarística, de ordenaciones, del bautismo...; testimonia claramente que no es necesario que el obispo "pronuncie literalmente las palabras citadas, como esforzándose por recordarlas de memoria, sino que cada uno ore según su capacidad. Si alguno es capaz de orar largamente y con solemnidad, está bien. Pero si pronuncia una oración con mesura, no se le impida, con tal que diga una oración de una sana ortodoxia" (c. 9). El texto de Hipólito ha tenido una influencia muy considerable en varios ambientes, como testimonian la traducción copta, árabe, etiópica y latina.
El tiempo de la creatividad
Desde el siglo IV se precisan los contornos de los diversos ritos litúrgicos, tanto orientales como occidentales. Y esto se debe a la creación de textos que cada iglesia compone y comienza a fijar por escrito, aunque no en forma oficial. Deteniéndonos en la iglesia de Roma, se había producido un fenómeno importante: el paso del griego al latín como lengua litúrgica. Se forma en este siglo el canon romano (la actual primera plegaria eucarística), y se empiezan a componer textos eucológicos en latín. Se continúa así hasta el siglo VI, componiendo cada vez los textos que sirven para las diferentes celebraciones. Estos se conservan, pero no para ser utilizados de nuevo. Cierta cantidad de tales libelli (es decir, breves formularios para la celebración de la Misa), se encontró en Letrán, y se reunieron en un códice que actualmente se encuentra en la biblioteca capitular de Verona, cod. 85. Descubierto en 1713 por Escipión Maffei y publicado en 1735 por G. Bianchini, recibió de éste el título de Sacramentarium Leonianum, por considerarlo una composición de León Magno (440-461). A continuación, se descubrió que era obra de diversas manos; entre ellas, además de la del papa León, la intervención de los papas Gelasio 1 (492-496) y Vigilio (537-555). La edición más reciente y mejor es la de L. C. Mohlberg (RED 1, Roma 1956), con el nombre de Sacramentarium Veronense.
El texto presenta unos 300 formularios, más o menos completos, divididos en 43 secciones. El redactor los ordenó por meses. Pero faltan los primeros folios, y comienza con el mes de abril. Normalmente cada formulario comprende colecta, secreta, prefacio, poscomunión y super-populum. Falta todo el texto del canon y toda la cuaresma y la pascua. De las demás fiestas a veces tenemos muchos formularios, mientras que algunas celebraciones están ausentes. Por todos estos motivos, no es exacto ni siquiera el término sacramentario. De todos modos, el códice reviste una importancia fundamental para la eucología romana, porque se trata de las primeras composiciones seguramente romanas. En efecto, se encuentra varias veces romana civitas, devotio, nomen, principes, urbs, securitas. Muchas oraciones tienen en cuenta situaciones contingentes de la ciudad de Roma, hasta el punto de que se puede reconstruir su tiempo, a veces también el año, de su composición. Signo éste de una liturgia viva.
Los libros litúrgicos puros
A partir del siglo VII aumenta la documentación litúrgica. Tenemos libros litúrgicos propiamente tales en uso. Se trata de libros puros, en el sentido de que contienen cada uno un elemento de la celebración, y que por tanto sirven para cada ministro. Así distinguimos:
El sacramentario: Es el libro del celebrante, obispo o presbítero, y contiene las fórmulas eucológicas para la eucaristía y los sacramentos. El primero es el así llamado Sacramentario gelasiano antiguo. Se conserva únicamente en el cod. Vat. reg. lat. 316. Transcrito hacia el 750 en Chelles, cerca de París, fue publicado en 1680 por G. Tommasi. La última edición de Mohlberg tiene como título Liber sacramentorum romanae ecclesiae ordinis anni circuli (RED 4, Roma 1960). El título gelasiano es impropio. Se debe al hecho de que se ha querido identificar este libro con las "Sacramentorum praefationes et orationes" que, según el Liber Pontificales (ed. Duchesne, París 1925, 1, 225), Gelasio compuso "cauto sermone". El sacramentario está dividido en tres libros: I. Propio del tiempo (de la vigilia de navidad a pentecostés), más los textos para algunos ritos, como las ordenaciones, el catecumenado y el bautismo, la penitencia, la dedicación de la iglesia, la consagración de vírgenes; II. Propio de los santos y el tiempo de adviento; III. Domingos ordinarios, con el canon, y celebraciones varias. Característica del gelasiano es la presencia de dos o incluso tres oraciones antes de la oración sobre las ofrendas. Se discute si la segunda hay que asimilarla a la super sindonem del rito ambrosiano. Pero la discusión más amplia versa sobre el origen del gelasiano. Es claro que hay en el códice influjos galicanos. Pero si el núcleo es romano, ¿cómo explicar la presencia al mismo tiempo en Roma de dos sacramentarios: gelasiano y gregoriano? La tesis más defendida, salvo detalles, es la de A. Chavasse, según el cual el gregoriano era de uso exclusivo del papa, mientras que el gelasiano era de uso de los títulos (iglesias) presbiterales. El reg. 316 es de importancia fundamental para los ritos del catecumenado y del bautismo, distribuidos en el ámbito de la cuaresma, con los tres escrutinios y las entregas de los evangelios, del símbolo y del padrenuestro, como también para la celebración del triduo sacro. Encontramos además en él los ritos de la reconciliación de los penitentes y de la misa crismal, etc. Aludíamos al sacramentario gregoriano. Deberíamos hablar más bien de familia gregoriana, porque hay muchos manuscritos. En general, derivarían de una fuente atribuida al papa Gregorio Magno (590-604), pero redactada bajo Honorio (625 - 638). En general, la estructura gregoriana difiere de la gelasiana por tres aspectos: el gregoriano no está dividido en libros, sino que el santoral está mezclado con el del tiempo, e incluso a veces los domingos toman la denominación de un santo celebrado precedentemente (los apóstoles Pedro y Pablo, Lorenzo...); tiene sólo una oración antes de la oración sobre las ofrendas; indica la estación, o sea; el lugar en que el papa celebraba en un determinado día. Es, en general, un libro más sencillo y menos rico que el gelasiano (muy reducido el número de prefacios, no existen ya las bendiciones sobre el pueblo más que en cuaresma). Los dos tipos principales del gregoriano son el Adriano y el Paduense. El primero se llama así porque deriva de una copia del auténtico gregoriano, que el papa Adriano I (772-795) mandó a Carlomagno, que se la había pedido, y que éste conservó en Aquisgrán. De estas copias más o menos directas quedan muchos manuscritos. El mejor es el cod. 164 de Cambrai. Pero al ser incompleto el gregoriano recibido de Roma (faltaban, entre otras cosas, los formularios de los domingos después de pentecostés), fue necesario proveer a un suplemento. Éste, que antes se atribuía a Alcuino, parece ser, por el contrario, obra de Benito de Aniane. Un manuscrito adrianeo sin suplemento es el de Trento. Otro tipo de gregoriano es el de Padua (bibl. capitular D 47), redactado en Lieja hacia la mitad del siglo IX y luego llevado a Verona, con adiciones de los siglos X y XI. No es del todo clara, entre los estudiosos, la sucesión y la dependencia dedos dos tipos: si viene antes la línea de Padua, como pensaba Mohlberg, o al contrario, como piensa Chavasse. Una tercera serie de sacramentarios está constituida por los que se llamaban Missalia regis Pipini, y que hoy llamamos "gelasianos del siglo VIII". Parece tratarse de una fusión de estructura gregoriana con textos gelasianos. Dichos sacramentarios son muchos. Por probable orden de importancia: Gellone, Angulema, san Galo, el llamado Triplex, Rheinau, Monza.
Los ordines: Para una celebración litúrgica no bastan los diferentes libros que contienen los textos, sino que se necesita conocer el modo de estructurar el desarrollo de la celebración misma. Los libros mencionados sólo rara vez llevan rúbricas (así llamadas por estar escritas en rojo = ruber). De éstas se encargan libros especiales, que se llamarán Ordo (plural, Ordines) u Ordinarium. El origen de tales libros se debe sobre todo a la necesidad del clero franco, que quiere saber cómo se desarrollan en Roma las diversas celebraciones. Después de las ediciones parciales de G. Cassander (1558-1561) y M. Hittorp (1568), J. Mabillon-M. Germain (1687-1689), E. Marténe (1700-1702), L. Duchesne (1889), finalmente M. Andrieu publica la edición crítica de todos los Ordines romani hasta ahora conocidos. Contra los quince ordices de Mabillon, él distingue cincuenta, divididos en diez secciones, y reducibles a dos familias: A (romana pura) y B (romano-franca). Entre ellos los más importantes son el I, que trata de la misa papal en el siglo VIII; el XI, que describe los ritos del catecumenado (aquí los escrutinios se convierten sin más en siete y se trasladan a los días laborables), y el L, llamado también Ordo romanus antiquus, que será el núcleo del Pontifical romano-germánico del siglo X. Para la historia de la liturgia medieval no se subrayará nunca bastante la importancia de tales ordines, junto con las Consuetudines monasticae y los Capitularia (aquí en el sentido de decisiones administrativo-jurídicas, disciplinares de sínodos, concilios particulares, etc.).
LOS LIBROS MIXTOS O PLENARIOS
En los umbrales del año 1000 asistimos a un fenómeno de fusión de los diferentes libros por motivos funcionales. Se comienzan a recoger en un solo libro todos los elementos que sirven para una celebración. Un primer paso se dará insertando por extenso en los Ordines los textos eucológicos que antes sólo se mencionaban. Nacen así los libros mixtos o plenarios.
El misal: Por la misma exigencia de orden práctico y en el mismo período (finales del siglo X) comienzan a aparecer libros que contienen todos los elementos para la celebración de la eucaristía (oraciones, lecturas, cantos, ordo missae). Se llama a ese libro Missale, o Liber missalis, o Missale plenarium. La rapidez de difusión del Misal (con la consiguiente extinción gradual de los sacramentarios) se debe al hecho de la multiplicación de las misas privadas, en que el celebrante decía todo, incluso lo que correspondía a los otros ministros. Esto continuará siendo normal incluso en las celebraciones comunitarias, en las que tales ministros estaban presentes. El Misal es así el libro en que confluyen el Sacramentario, el Leccionario (de Murbach), el antifonario y los primeros Ordines.
El más importante es el llamado Missale secundum consuetudinem curiae, que tuvo una gran difusión por haberlo aceptado la orden de los Frailes menores, que prácticamente lo llevaron en todas sus peregrinaciones misioneras. Será el primer Misal impreso, como editio princeps, en Milán el año 1474.
Con el concilio de Trento inician los libros litúrgicos modernos. El concilio de Trento tenía en proyecto una reforma de la liturgia, pero no se consiguió llevarla a cabo durante su desarrollo, y en la sesión 25ª (Corpus Tridentinum IX, 1106) se pidió al papa la tarea de realizarla. Los criterios a que se atendrán los papas son éstos: reformar, según la tradición de la iglesia romana (es decir, en continuidad con el período medieval); imponer los nuevos libros a toda la iglesia occidental, excepto aquellas iglesias que pudieran honrarse de tener ritos con más de doscientos años de antigüedad. Esto, debido a que la única autoridad en campo litúrgico de ahora en adelante habría de ser la sede apostólica. En concreto, la reforma fue más bien superficial, ya que se promulgaron en edición típica libros ya conocidos y usados antes del concilio, con ligeros retoques y simplificaciones, especialmente en las partes menos sustanciales. Sin embargo, todos estos libros se llamarán romanos en un sentido diverso del que tenían precedentemente, es decir, válidos no sólo para la ciudad de Roma, sino para todo el Occidente latino. De hecho, además del rito romano así ensanchado, permanecieron en Occidente sólo el rito ambrosiano y alguna diferencia en el rito dominicano. Inmediatamente después del concilio se promulgan el Breviario (en 1568), el Misal (en 1570), el Martirologio (en 1584), el Pontifical (en 1595), el Caeremoniale episcoporum (en 1600) y el Ritual (en 1614). El Misal, después de la bula Quo primum tempore, de Pío V, contiene dos instrucciones: un Ritus servandus in celebratione missae y un De defectibus in celebratione missae occurrentibus. Se trata de normas rubricales para uso de los ministros. No se hace ninguna alusión a la parte de los fieles.
EL MISAL ROMANO promulgado por San Pio V
El misal promulgado en 1570 por san Pío V significa el punto de llegada de una ordenación del calendario y de los textos de la misa que se remonta, en lo esencial al papa san Gregorio Magno y al arquetipo del llamado Sacramentario Gregoriano, cuyo manuscrito más completo y representativo de esta tradición eucológica es el Sacramentario Gregoriano Adrianeo (Cambrai, Bibl. Municip., cod. 164) copiado en el año 812 a partir del ejemplar enviado por el papa Adriano I a Carlomagno hacia el 758. Este sacramentario papal y estacional, es decir, adaptado a la liturgia local de la ciudad de Roma, fue provisto de un suplemento por san Benito de Aniano, y no por Alcuino, como se sostenía hasta hace poco. La finalidad de este suplemento fue dotar de formularios aquellos días litúrgicos en que la liturgia papal carecía de ellos. El Sacramentario Gregoriano con suplemento alcanzó gran difusión pero coexistió junto con otros sacramentarios mixtos, que forman la familia de los Gelasianos del s. VIII. La situación, cuando empiezan a aparecer los primeros misales plenarios, es de total confusión Sin embargo, por la fuerza de la sencillez y del carácter práctico, a finales, del s. XIII se empezó a adoptar por toda Europa un misal preparado por los frailes franciscanos, que resultó ser el Missale secundum consuetudinem Curiae, el misal usado en la capilla papal hacia la mitad del siglo. Este misal es heredero directo del Gregoriano Adrianeo con el suplemento y tuvo el honor de ser impreso por primera vez en 1474, constituyendo por tanto la "edición príncipe" del misal romano. La comisión creada por Pío IV para la reforma del misal, de acuerdo con los deseos del concilio de Trento, ampliada después por san Pío V, trabajó fundamentalmente sobre los ejemplares impresos de 1474. El Missale Romanum ex Decreto Sacrosancti Concilii Tridentini restitutum Pii V Pont, Max. iussu editum, promulgado mediante la bula Quo primum, del 14 de julio de 1570, reproduce prácticamente la edición príncipe impresa cien años antes. No obstante, la comisión redactora había incluido también las Rubricae generales Missalis y el Ritus servandus in celebratione Missae, sir- viéndose para este apartado del Ordo Missae del maestro de las ceremonias pontificias Juan Burcardo, asegurando así la uniformidad del rito y la desaparición de la mayor parte de los abusos, objetivos largamente perseguidos desde mucho tiempo antes. Es preciso destacar también algunos ajustes realizados en el santoral, la organización del Commune sanctorum, la eliminación de secuencias y la restricción de misas votivas. No faltó tampoco la consulta de manuscritos litúrgicos —dentro de las posibilidades de la época—, como asegura san Pío V en la bula Quo primum. Esta consulta proporcionaba una base científica a la reforma del misal; pero, sobre todo, confería carta de antigüedad y de entronque con la tradición litúrgica, aspecto importantísimo, que permitía afirmar al papa que la revisión del misal lo había restituido ad pristinam sanctorum Patrum norman ac ritum. Esta expresión de la bula Quo primum fue recogida por el Vaticano II como criterio fundamental de la reforma del Ordo Missae (cf. SC 50), y por Pablo VI en la constitución apostólica de promulgación del misal, invocando la necesidad de aprovechar todo el riquísimo caudal que ofrecen hoy las fuentes litúrgicas, mucho mejor conocidas hoy que hace cuatro siglos. La bula Quo primum imponía el Missale Romanum como obligatorio para todas las iglesias locales y órdenes religiosas de rito latino con la única excepción de aquellas zonas que pudiesen contar con peculiaridades litúrgicas propias con una antigüedad no inferior a los doscientos años. De este modo se logró por primera vez en la historia de la liturgia, la existencia de un misal unificado y común a toda la iglesia latina. Las circunstancias del momento y el mismo proceso que se observa en los siglos precedentes así lo pedían.
Después de 1570 el Missale Romanum sufre algunas modificaciones bajo los pontificados de Clemente VIII (1605), Urbano VIII (1634) y Benedicto XV (1920). Estas modificaciones consistieron, generalmente en cambios de rúbricas, en la adición de las misas de los nuevos santos y en la inclusión de algunos prefacios. Durante el s. XVIII, bajo el influjo de la ilustración especialmente en Francia y en Italia, se hicieron intentos de renovación de la celebración eucarística y de reforma del misal. Se deseaba una mayor participación del pueblo, la introducción de la lengua vernácula, un mayor uso de la Escritura, la revisión de algunos textos del misal, una mayor sobriedad de los ritos y desaparición de las prácticas de piedad durante la misa, objetivos que después devolvió a tomar el movimiento litúrgico y que se han hecho realidad en la reforma litúrgica del Vaticano II. San Pío X quiso hacer una revisión general del misal, similar a la reforma realizada en el breviario, pero su muerte en 1914 le impidió impulsar la tarea. Hasta Pío XII no volverá a haber más cambios. En efecto, este papa instituyó en 1948 una comisión para la reforma litúrgica, en la que figuraba ya un hombre que sería clave en los trabajos preparatorios del Vaticano II en el campo litúrgico, y después del concilio, en la reforma litúrgica: P. Annibale Bugnini. La comisión creada por Pío XII tuvo doce años de vida, realizando su tarea en el más absoluto secreto. Fruto de sus trabajos fue la restauración de la vigilia pascual en 1951, la reforma de toda la semana santa en 1955 y la población del Código de Rubricas en 1960, esto último por el mandato del papa Juan XXIII.
La reforma de la semana santa se incluyó en la última edición típica del Missale Romanum de 1570, efectuada en 1962. Ésta es la edición objeto del indulto dado en 3 de octubre de 1984 para usar el misal de san Pío V a juicio del obispo diocesano (AAS 76/1984, 1088-1089).
DEL CONCILIO DE TRENTO AL VATICANO II (Siglos XVI al XX)
El Concilio de Trento suprimió varios abusos, definió el valor sacrificial de la Misa, mantuvo el latín y encaró una renovación litúrgica. San Pío V corrigió el Misal y los ritos de los sacramentos y depuró la liturgia de varios vicios medievales.
Luego viene un largo período (tres siglos) de anquilosamiento en el rubricismo. Las fiestas del santoral van diluyendo la figura del domingo. En el siglo XVIII hay algunos intentos esporádicos de reforma litúrgica, pero no prosperan.
A fines del siglo XIX se extiende por Europa una concientización litúrgica que, a partir de un documento de san Pío X (Tra le sollicitudini, 1903), suscita la aparición del movimiento litúrgico: Se restaura el canto gregoriano, la participación de los fieles, la comunión frecuente, la importancia del domingo, la presencia de los salmos. Se elaboran Misales para los fieles, se dictan cursos de liturgia, se publican revistas especializadas. Surgen las Misas dialogadas.
Tienen gran influencia los estudios de dom Guéranguer, de dom Beauduin, de dom Lefebvre, de Romando Guardini, de Odo Casel...
Al terminar la 2ª guerra mundial, se va tomando conciencia de la necesidad de una profunda reforma litúrgica y del uso de la lengua viva (idioma vernáculo). El Papa Pío XII apoya el movimiento litúrgico y publica en 1947 la encíclica Mediator Dei. Reduce el ayuno, restablece la Semana Santa y la Vigilia Pascual, autoriza la lectura de la Epístola y del Evangelio en lengua vernácula, simplifica las rúbricas.
En 1962 el Papa san Juan XXIII convoca el Concilio Ecuménico Vaticano II.
LA REFORMA DEL CONCILIO VATICANO II
La primera constitución aprobada por el Concilio fue Sacrosantum Concilium, sobre la reforma litúrgica, el 4 de diciembre de 1963.
Los temas centrales fueron: naturaleza e importancia de la liturgia, la Eucaristía, los otros sacramentos y los sacramentales, el Oficio divino, el año litúrgico, la música sagrada, el arte y los objetos sagrados.
Inmediatamente, Paulo VI creó una comisión (Consilium) para poner en práctica la reforma: Se volvió a las fuentes, a los Padres de la Iglesia.
El uso de las lenguas vivas creó un movimiento renovador que produjo un florecer litúrgico generalizado. Aparecieron nuevas oraciones y cantos. Se tradujeron el Misal y el Leccionario, se aprobaron varias Plegarias Eucarísticas, se restableció la concelebración y la comunión bajo ambas especies.
Se renovó la disposición del lugar de la celebración.
Aparecieron los ministerios laicales.
Se reformó el Misal, el Leccionario, la Liturgia de las Horas, los rituales de los demás sacramentos...
En 1983 el nuevo Código de Derecho Canónico codificó las reformas.
En 1988 Juan Pablo II publicó la encíclica Vicesimus Quintus Annus, donde se revisa lo actuado y se dan pautas para el futuro.
LA CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA MISSALE ROMANUM
La Constitución Apostólica Missale Romanum merece un enfoque aparte, dado su peso y relevancia. Ella no sólo se presentó como un instrumento necesario para que fuera posible la promulgación del nuevo Misal, sino que trajo consigo una densa y profunda síntesis de potencialidades y propuestas teológicas y pastorales.
El Misal que vigoró hasta 1970 fue aquél promulgado por el papa Pío V, en 1570, de acuerdo con el decreto del Concilio de Trento. Según nuestra Constitución, él está “entre los muchos y admirables frutos que ese Santo Sínodo ha difundido por toda la Iglesia de Cristo”. Durante cuatro siglos, los sacerdotes del rito latino lo tuvieron como norma para la celebración de la eucaristía.
En la primera mitad del siglo XX, de modo particular, comienza a despuntar y desarrollarse entre los cristianos un fuerte deseo de una renovación de la liturgia, deseo este que, según las palabras del Papa Pío XII, debe ser considerado “paso del Espíritu Santo por su Iglesia “(JAVIER FLORES, 2006, p.285). Con eso, se fue aclarando que el Misal de Pío V debía ser urgentemente renovado y enriquecido en sus textos. El propio Pío XII dio inicio a esta obra, restaurando la Vigilia Pascual y el Ordinario de la Semana Santa, auténticos y concretos pasos para el inicio de la reforma del Misal Romano y su adaptación a las necesidades de la Iglesia de hoy.
Con la promulgación del primer documento del Concilio Vaticano II, la Constitución Litúrgica Sacrosanctum Concilium (SC), fue lanzada la piedra fundamental de la profunda reforma del Misal Romano. En lo que se refiere al misterio de la eucaristía, la Sacrosanctum Concilium, en el capítulo II (números 47-58), presenta algunas directrices concretas para la revisión del Misal: buscar mayor claridad en los textos y ritos; promover la participación de los fieles; preparar “con mayor abundancia para los fieles” la mesa de la Palabra de Dios; centralizar la realidad del misterio pascual; resucitar algunos ritos que se perdieron durante la historia (oración universal, concelebración, lectura de textos del Antiguo Testamento, comunión bajo las dos especies, etc.) y el uso de la lengua vernácula. La preocupación por una auténtica renovación litúrgica, en particular en lo que se refiere a la celebración de la eucaristía, señala precisamente la participación de los bautizados en el misterio que se celebra: “El ritual de la Misa debe ser revisado, de modo que aparezca más claramente la estructura de cada uno una de sus partes, así como su mutua conexión, para facilitar una participación piadosa y activa de los fieles “(SC n.50).
Pablo VI, en la Constitución Apostólica Missale Romanum, aclara que la renovación del Misal no es fruto de un capricho de la Iglesia posconciliar y nada tiene de improvisado. Por el contrario, ella fue preparada cariñosa y progresivamente, de modo particular, con el auxilio de los avances de la teología bíblica y litúrgica. Estos y otros factores señalan la asistencia permanente del Espíritu Santo, que, en todas las fases de la historia, suscita en la Iglesia de Cristo los soplos de renovación. Pablo VI recuerda que, tras el Concilio de Trento, se inició el estudio de antiguos manuscritos de la Biblioteca Vaticana y de otros materiales recogidos de varios lugares. El Papa Pío V da testimonio de que este rico documental contribuyó mucho a la revisión y renovación del Misal promulgado en 1570. De la publicación de ese Misal hasta el Concilio Vaticano II se descubrió y publicó un rico material de antiguas fuentes litúrgicas, como también fueron conocidas y estudiadas antiguas fórmulas litúrgicas de la Iglesia Oriental. En este sentido, afirma Pablo VI: “Así muchos insistieron para que tales riquezas doctrinales y espirituales no permanecieran en la oscuridad de las bibliotecas, sino que, por el contrario, fuesen dadas a luz, para ilustrar y nutrir las mentes de los cristianos” (PAULO VI, 1992, p.18).
Una de las más importantes novedades de la reforma del nuevo Misal son los nuevos formularios de Oraciones eucarísticas. La Oración Eucarística I, también llamada Canon Romano, fue fijada entre los siglos IV y V y permaneció siendo el único formulario usado en las Misas hasta el nuevo Misal. Además de las nuevas oraciones eucarísticas, este Misal se ha enriquecido con un gran número de nuevos Prefacios. El actual Misal cuenta con trece Oraciones Eucarísticas[3]. Se trata, por tanto, de un Misal con una riqueza eucológica sin precedentes (BUGNINI, 2013, p.347).
Además, de acuerdo con las orientaciones del Concilio Vaticano II, hubo el cuidado de simplificar varios elementos secundarios que, a lo largo de los siglos, se han ido añadiendo a la celebración de la Misa. Con frecuencia, esos elementos desviaban a los fieles de lo que era esencial en el misterio eucarístico, además de sobrecargar demasiado la celebración. Todo, sin embargo, fue hecho cuidadosamente para que se conservara la sustancia de los ritos litúrgicos. Se respetó la estructura esencial de los ritos y, al mismo tiempo, se optó por su simplificación. Orienta el Concilio: “Se omitan todos los elementos que, con el paso del tiempo, se han duplicado o, menos útilmente, se han añadido; se restaure, sin embargo, si parece oportuno o necesario y según la antigua tradición de los Padres, algunos que injustamente se perdieron “(SC n.50). (MARSILI, 2010: 329-37).
Se han restaurado, sigue recordando Pablo VI en la Constitución Apostólica, algunos ritos que habían caído en desuso en la celebración de la Misa y que gozaron de importancia en el tiempo de los Padres de la Iglesia. Entre los ritos restaurados, el de la proclamación de la Biblia en la Liturgia de la Palabra es indudablemente uno de los más significativos y decisivos (TRIACCA, 1992, p.135-51). Se trata de una expresa orientación conciliar: “Para que la mesa de la Palabra de Dios sea preparada con mayor abundancia para los fieles, se abran más ampliamente los tesoros de la Biblia, de modo que, dentro de cierto número de años, sean leídas al pueblo las partes más importantes de la Sagrada Escritura “(SC n.51) “Todo esto fue así ordenado para aumentar cada vez más en los fieles el hambre de la Palabra de Dios” (Am 8,11) que, bajo la dirección del Espíritu Santo, debe llevar al pueblo de la nueva Alianza a la perfecta unidad de la Iglesia “- afirma Pablo VI.
En la conclusión de la Constitución Apostólica Missale Romanum, el pontífice manifiesta su deseo de “dar fuerza de ley” a todo lo expuesto en ese documento. Recuerda que su predecesor Pío V, con ocasión de la promulgación del Misal Romano, declara al pueblo cristiano que ese libro litúrgico era “como factor de la unidad litúrgica y signo de la pureza del culto de la Iglesia”. “De la misma forma”, continúa Pablo VI, “nosotros, en el nuevo Misal, aunque dejando lugar para legítimas variaciones y adaptaciones, según las normas del Concilio Vaticano II, esperamos que sea recibido por los fieles como un medio de testimoniar y afirmar la unidad de todos, pues, entre tanta diversidad de lenguas, una sola y misma oración, más fragante que el incienso, subirá al Padre celestial por nuestro Sumo Sacerdote Jesucristo, en el Espíritu Santo “(PAULO VI, 1992, p.21).
Así tenemos que Por medio de la Constitución Apostólica Missale Romanum, del 3 de abril de 1969, el papa Pablo VI aprobó el nuevo Misal Romano y la “Instrucción General al Misal Romano” (Institutio Generalis Missalis Romanum – IGMR), que acompaña y precede al formulario del Misal . El texto de la edición oficial (editio typica) del Misal y de la Instrucción son del 25 de marzo de 1970. Pasados apenas cinco años, se publicó la segunda edición del Misal Romano. En el año 2000, treinta años después de la primera edición del Misal, se lanza su tercera edición. En esa ocasión surgieron algunas orientaciones que complementaban la edición anterior del Misal, las cuales fueron incorporadas en la tercera edición de la IGMR. Tomemos como paradigma para nuestras referencias esta última edición de la IGMR. Ella presenta nueve capítulos y 399 números (la primera edición tenía ocho capítulos y 342 números).
LA EDICIÓN DEL MISAL ROMANO III EDICIÓN PARA MÉXICO
Corresponde a la tercera edición típica del Missale Romanum. La traducción fue preparada por la Comisión Episcopal para la Pastoral Litúrgica y aprobada por la Conferencia del Episcopado Mexicano en su XCII Asamblea Plenaria el 10 de noviembre de 2011 (cfr. Acuerdo XCII AP /2). Posteriormente fue confirmada por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, mediante Decreto del 21 de enero de 2013 (cfr. Prot. N. 205/12/L). En su elaboración se siguió fielmente cuanto determina la Instrucción Liturgiam authenticam, del 28 de marzo de 2001, que señala el procedimiento que debe seguirse en la traducción de los libros litúrgicos.
De acuerdo a las facultades conferidas por el c. 455 del Código de Derecho Canónico y por el Art. 15 de los Estatutos de la CEM emitió el siguiente decreto:
1. Que la presente edición debe considerarse como "típica" para su uso litúrgico en la celebración de la Eucaristía en todas las circunscripciones eclesiásticas de la República Mexicana;
2. Que pueda ser utilizada una vez que sea publicada;
3. Que su uso es obligatorio a partir del 20 de abril de 2014, Domingo de Pascua.
(México, D. F., 31 de mayo de 2013 Fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen María Año de la Fe + José Francisco Card. Robles Ortega Arzobispo de Guadalajara Presidente de la CEM + Eugenio Andrés Lira Rugarcía Obispo Auxiliar de Puebla Secretario General de la CEM)
ASPECTOS TEOLÓGICOS Y PASTORALES VALORADOS POR EL NUEVO MISAL
Para que se tenga acceso al manantial ofrecido por el nuevo Misal y de él se quiera un fecundo provecho, se hace necesario conocerlo en su teología y perspectivas pastorales. Sin duda, uno de los mejores medios para ello es un buen conocimiento de los principios y normas propuestos por la IGMR. Esta Instrucción quiere franquear el contacto con el rico material eucológico presente en el actual Misal – se trata de piezas ricas en sus dimensiones bíblica, teológica, litúrgica, espiritual, catequética y pastoral. En este sentido, la IGMR está lejos de ser un simple aggiornamiento de rúbricas y de orientaciones pragmáticas; por el contrario, quiere ser un rico y permanente manual de formación litúrgica para el clero y el pueblo de Dios. Aquí conviene recordar la amonestación que nos viene del Concilio Vaticano II: “Con empeño y paciencia busquen a los pastores de almas dar la formación litúrgica y promover también la participación activa de los fieles (…)” (SC n.19) (CONGREGACIÓN PARA El CULTO DIVINO2, 2003, n.11).
Con ese objetivo, seleccionamos tres temas de particular relevancia en el Misal Romano y, por consiguiente, enfatizados en la IGMR.
En la Misa, o Cena del Señor, el pueblo de Dios es convocado y reunido, bajo la presidencia del sacerdote, quien obra en la persona de Cristo (in persona Christi) para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico. De manera que para esta reunión local de la santa Iglesia vale eminentemente la promesa de Cristo: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Pues en la celebración de la Misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de la cruz, Cristo está realmente presente en la misma asamblea congregada en su nombre, en la persona del ministro, en su palabra y, más aún, de manera sustancial y permanente en las especies eucarísticas
Cristo está realmente presente “(“Christus realiter praesens adest“) siempre que la Iglesia celebra el misterio de la eucaristía. Notemos bien el tono de esa formulación de la Instrucción. La presencia de Cristo se describe marcadamente en cuatro formas distintas e integradas; y, para cada una de ellas, se aplica la fuerza del adverbio “realmente”, presencia “real”. Esto no sólo está en perfecta consonancia con la revelación bíblica y la tradición de la Iglesia, sino que también es un estupendo rescate de una realidad que yacía bajo los escombros durante muchos siglos. Sabemos que, en la Edad Media, en virtud de las controversias eucarísticas surgidas a partir de los siglos VIII y IX, la atención de la teología católica pasó a concentrarse única y exclusivamente en la forma de la presencia de Cristo en las especies eucarísticas, quedando en la penumbra las demás formas enumeradas por nuestra Instrucción.
El mismo Dios toma la iniciativa de convocar y reunir a su pueblo para hacer de él el sacramento de su presencia y de la permanente acción de Cristo en su Iglesia. De esta forma, podemos decir que la IGMR considera la asamblea cultual a partir de su sacramentalidad, es decir, de lo que ella señaliza y realiza en el marco del proyecto salvífico de Dios en relación a todos los hombres (BOSELLI, 2014, p.98-116 ).
Esta asamblea es el auténtico sujeto de la acción litúrgica (PALUDO, 2003, p.67-75, AUGÉ, 1998, p.73-4), una realidad diferenciada y enriquecida por múltiples dones y carismas que el Espíritu Santo le confiere. En ella, cada bautizado, miembro del cuerpo de Cristo, es llamado a vivir el triple munus que el sacramento del bautismo le confió: profético, sacerdotal y regio.
Conviene resaltar que la profunda y amplia reforma de los ritos y textos litúrgicos, propuesta por el Concilio Vaticano II y por la reforma posconciliar, siempre ha tenido como objetivo mejorar la calidad de la participación de los fieles. “Es deseo ardiente en la madre Iglesia que todos los fieles lleguen a aquella plena, consciente y activa participación en la celebración litúrgica que la propia naturaleza de la liturgia exige y a la que el pueblo cristiano, “raza escogida, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (1Pe 2,9, cfr. 2,4-5), tiene derecho por fuerza del bautismo “(SC n.14 ).
La IGMR da absoluta primacía a la proclamación de las lecturas bíblicas en la celebración de la eucaristía: “La parte principal de la liturgia de la palabra está constituida por las lecturas de la Sagrada Escritura” (n. 55). Proclamar los textos de la Biblia en la asamblea de los fieles -lo que se suele llamar “Liturgia de la Palabra” – es una de las principales misiones de la Iglesia (ekklesía, es decir, convocatoria del pueblo de la Alianza para acoger y responder a la Palabra del Señor), según lo que bien nos dice el Concilio Vaticano II: “Efectivamente, en la liturgia Dios habla a su pueblo, y Cristo continúa anunciando el Evangelio. Por su parte, el pueblo responde a Dios con el canto y la oración “(SC n.33). Continúa la Instrucción recordando que, durante la proclamación de la santa Escritura, “Dios habla a su pueblo, revela el misterio de la redención y salvación, y ofrece alimento espiritual; y el mismo Cristo, por su Palabra, se halla presente en medio de los fieles “.
[La liturgia] constituye, efectivamente, el ámbito privilegiado donde Dios nos habla en el momento presente de nuestra vida; habla hoy a su pueblo, que escucha y responde. Cada acción litúrgica está, por naturaleza, impregnada de la Sagrada Escritura. (BENEDICTO XVI, 2010, n.52)
“La multiplicidad de textos y la flexibilidad de las rúbricas, en efecto, permiten una celebración viva, sugestiva, espiritualmente eficaz, ya que pueden adaptarse a las diversas situaciones y diversos contextos de las asambleas, sin que haya necesidad de recurrir a artificios y elecciones personales, muchas veces arbitrarias, que ciertamente reducirian el tono de la celebración “(CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO, 1971, p.541).
Intentar describir algunos de los aspectos más relevantes del Misal Romano fue la propuesta de nuestra aportación. Optamos por hacer un recorte metodológico en nuestro enfoque, conscientes de que el tema puede ser presentado bajo diversos ángulos. Privilegiamos algunos aspectos teológicos y pastorales. La Institutio Generalis Missalis Romanum fue el instrumental que nos posibilitó vislumbrar las potencialidades del Misal Romano. El enfoque de la Constitución Apostólica Missale Romanum y de un breve histórico y génesis del Misal se adaptaron a la IGMR para el fin a que nos propusimos.
Recopilación del material expuesto por:
Luis Fernando Ribeiro Santana, PUC Rio, Original português.
y el P. Antonio Ramírez M. de la diocesis de san Juan de los Lagos.
De interes:
INSTRUCCIÓN GENERAL DEL MISAL ROMANO
video: Tercera Edición del Misal Romano para las Diócesis de México
presentación: Sobre el Misal Romano para México, 3ra. edición típica