La violencia de género en la adolescencia es un fenómeno preocupante que afecta a jóvenes de todo el mundo. Este tipo de violencia no solo implica agresiones físicas, sino también diversas formas de control, manipulación y abuso psicológico que se van intensificando con el tiempo. Una herramienta crucial para entender este proceso es la escalera cíclica de la violencia de género en la adolescencia, una metodología desarrollada por la socióloga Carmen Ruiz Repullo.
La escalera de la violencia comienza con el control, un comportamiento que a menudo pasa desapercibido porque puede interpretarse erróneamente como una muestra de amor o preocupación. En esta primera etapa, el agresor controla aspectos clave de la vida de su pareja, como:
La ubicación: exige saber dónde está en todo momento.
Las amistades: intenta influir en las relaciones sociales de su pareja, decidiendo con quién puede o no puede estar.
La estética: controla cómo viste o cómo se presenta en público, sugiriendo o exigiendo cambios en su apariencia.
El acceso a redes sociales o el móvil: revisa mensajes, pide contraseñas o se molesta si su pareja interactúa con ciertas personas en línea.
Este tipo de control no siempre es evidente al principio. El agresor puede disfrazar estos comportamientos como preocupación o protección, pero en realidad son signos claros de que está estableciendo un control sobre la vida de su pareja. Es fundamental reconocer que, aunque no haya violencia física en esta etapa, este control emocional es el primer paso hacia un ciclo de violencia.
A medida que la relación avanza, el control se intensifica y conduce al aislamiento. El agresor empieza a alejar a su pareja de sus amistades, familia y hobbies. Este aislamiento tiene como objetivo cortar las redes de apoyo de la víctima, dejándola más dependiente emocionalmente del abusador.
El agresor puede criticar a los amigos o familiares de su pareja, crear conflictos entre ellos o hacer sentir culpable a la víctima por pasar tiempo con otros en lugar de con él o ella. Este aislamiento es peligroso porque deja a la víctima sin el apoyo necesario para reconocer el abuso y tomar medidas para salir de la relación.
En el siguiente peldaño, el abuso emocional toma la forma de chantaje y culpabilización. El agresor comienza a manipular emocionalmente a su pareja, haciéndola sentir responsable por los problemas en la relación o por cualquier frustración que el abusador experimente.
Frases como «si realmente me quisieras, harías esto por mí» o «es tu culpa que yo me sienta así» son comunes en esta etapa. La víctima, en un intento por evitar conflictos o hacer que la relación funcione, comienza a ceder cada vez más, cayendo en una espiral de culpa y autocrítica que la lleva a justificar el comportamiento abusivo de su pareja.
Este es uno de los peldaños más complejos y difíciles de identificar, ya que las agresiones sexuales bajo falso consentimiento suelen ser confundidas con relaciones sexuales consentidas. Sin embargo, en esta etapa, el consentimiento se da bajo presión emocional o manipulación.
El agresor puede exigir o coaccionar a su pareja a mantener relaciones sexuales, utilizando frases como «si no lo haces, es porque no me amas» o «si no lo haces, buscaré a alguien más». En este contexto, aunque la víctima finalmente acceda, el consentimiento no es libre ni voluntario, y se convierte en una forma más de abuso.
A medida que la escalada continúa, el abuso verbal y emocional se vuelve más evidente. En este peldaño, el agresor desvaloriza a su pareja constantemente, la humilla y la insulta. Estos ataques emocionales tienen como objetivo minar la autoestima de la víctima, haciéndola sentir que no vale nada y que es afortunada por estar en esa relación.
Frases como «no eres nadie sin mí» o «nadie más te va a querer» son características de esta etapa. Este abuso verbal y emocional no solo destruye la autoconfianza de la víctima, sino que también la hace más vulnerable a formas más graves de maltrato.
En este punto de la escalera, el abuso se intensifica a través de la intimidación. El agresor comienza a utilizar el miedo como herramienta de control, ya sea amenazando directamente con hacer daño o mostrando actitudes violentas, como golpear objetos, gritar o exhibir un comportamiento agresivo.
Aunque en esta etapa aún no haya habido agresiones físicas, el miedo que genera el agresor en su pareja es suficiente para controlarla. La víctima empieza a andar con cuidado, intentando no provocar al agresor para evitar reacciones violentas.
Tras la intimidación, la violencia física puede aparecer en forma de agresiones iniciales, que suelen ser episodios aislados al principio, como empujones, bofetadas o agarrones. Estos incidentes suelen ir seguidos de disculpas por parte del agresor, quien promete que no volverá a ocurrir.
Es común que en esta etapa la víctima minimice la violencia física, creyendo que fue un «error» o una reacción provocada por una situación específica. Sin embargo, este es el inicio de un patrón más peligroso, ya que, una vez que se cruza el umbral de la violencia física, es difícil que la relación vuelva a ser saludable.
El agresor comienza a utilizar las amenazas como una forma de mantener el control sobre la víctima. Estas amenazas pueden incluir hacerle daño a la víctima, a sus seres queridos o incluso a sí mismo. El objetivo es generar un miedo constante en la víctima para que no se atreva a dejar la relación o a buscar ayuda.
Las amenazas también pueden ser económicas o relacionadas con la exposición social, como amenazar con difundir fotos íntimas o destruir la reputación de la víctima en su entorno.
En esta etapa, el abuso sexual ya no se limita a la manipulación emocional, sino que se convierte en agresión sexual con fuerza, en la cual la víctima es obligada a mantener relaciones sexuales contra su voluntad, utilizando la violencia o el miedo.
Este tipo de agresión es una forma devastadora de abuso, ya que no solo daña física y emocionalmente a la víctima, sino que también refuerza la sensación de impotencia y desesperación.
El último peldaño de la escalera cíclica de la violencia de género en la adolescencia es la violencia física severa, que puede incluir golpes fuertes, estrangulamiento o incluso el uso de armas. En este punto, el agresor ha consolidado completamente su poder sobre la víctima, quien siente que no tiene ninguna salida y que su vida está en peligro.
En muchas ocasiones, es solo cuando la violencia alcanza este punto que la víctima o su entorno son plenamente conscientes del nivel de peligro que implica la relación. Sin embargo, la escalada de violencia ha sido progresiva, y la víctima ha sido manipulada y controlada desde el inicio del ciclo.
Os dejamos un enlace a la 'La historia de Pepe y Pepa', que nos refleja a la perfección cómo detectar la violencia de género desde el primer peldaño de la escalera. No os la perdáis.