Convivir con el TDAH Aiala Fernández Ponce
Desde aquella visita al médico todo fue diferente, el trato, las miradas y todo. Desde que salí de aquella consulta todo cambió, al principio no entendía por qué tenía que tomarme una pastilla todas las mañanas. Pasé de ser una niña extrovertida y alegre a una niña callada e introvertida. Nadie me explicó nada y parecía que tampoco querían explicármelo. “ Es porque necesitas ayuda” ¿Ayuda? ¿Cómo que ayuda? Yo me sentía muy capaz, para hacer cosas sin ayuda de nadie. Yo era una niña que decía ser una “chica mayor”, que podía ocuparse de las cosas de una chica mayor de 7 años.
No fue hasta las 8 que me hablaron con más claridad del porqué me tenía que tomar una pastilla todas las mañanas y por qué tenía que hacer una visita al médico cada mes. Antes de los siete, no me parecía que algo estuviese mal conmigo.
“Aiala, tienes TDAH” ¿Qué? ¿Qué era eso? Mi pequeña mente, no comprendía esas siglas. Ni siquiera sabía que era una sigla.
“Bueno, es solo que te cuesta hacer las cosas un poco más que a los demás”
“-Entonces soy tonta-” Eso es lo que pensé cuando me lo dijeron, que era tonta. Pasé dos años de mi vida, pensando que era imbécil y por eso tenía que tomar una pastilla. Para hacerme más lista. Creo que ahí empezó mi dependencia a esas pastillas.
No fue hasta los diez que decidí buscarlo por internet, quise dejar de creer que era imbécil. Solo quería comprobarlo, solo eso.
Busqué y lo primero que me apareció fue:
“ El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es una afección crónica que afecta a millones de niños “
¿Crónica? Eso era malo ¿No?
“El TDAH incluye una combinación de problemas persistentes, tales como dificultad para mantener la atención, hiperactividad y comportamiento impulsivo”
Me quedé como en shock Entonces, ¿no era tonta?
Todo coincidía bastante bien conmigo, si era una pequeña masa desatención continua, si era una bola de energía cuando no me tomaba la pastilla, y a cada rato me daban ganas de hacer cosas estúpidas. ¿Entonces solo era eso? Solo era que me distraía mucho. Salí contenta de allí, sabiendo que no era tonta. Quizás un poco diferente.
“ Deja de inventarte cosas, admite que eres una vaga” esa fue la primera vez que escuché a alguien lanzar esas palabras de odio. Esa fue la primera vez que quise pegar a alguien.
En repetidas ocasiones, me cambiaron de pastillas y cada una tenía algo diferente al anterior. Una me provocó insomnio, otra me quitó el hambre y la más reciente me provocó vómitos. Aún así, consumir estas pastillas generó en mí una dependencia. Una vez intentaron quitármelas, casi se me cae el mundo. Sonará estúpido, pero cuando eres dependiente, es como un balazo en el pecho. Al final no me las quitaron, pero sí que me las volvieron a cambiar. Las nuevas pastillas eran interesantes, venían de la familia de los antidepresivos y la verdad es que, como todas, son un dolor de muelas, pero efectivas. Todas las pastillas tienen algo en común, me dejan sin energía. Como dije en el principio, callada e introvertida.
No sabría cómo explicar cómo es tener TDAH, ya que siendo medicada he convivido muy poco con los síntomas. Pero de lo poco que puedo decir es que tengo este trastorno. Es como tener un montón de voces hablando al mismo tiempo, mientras hay música de fondo y no sabes de dónde sale. A veces dan pequeños ataques de energía, en esos momentos quieres correr, saltar y gritar, por poner algunos ejemplo. A veces estoy tan concentrada en algo que realmente me gusta, que me olvidó incluso de mi misma. Me olvido de comer, de beber agua o incluso de ir al baño. Pero estoy tan sumergida, que no puedo salir.
Y siento que por el consumo de estas pastillas, no me han podido conocer de verdad. Es más, ni yo he podido conocerme del todo.