Adolphe
Adolphe
Degas: Mujer sentada junto a un jarrón con flores.
La famosa “anécdota” de Benjamin Constant, tal como el autor se refería a Adolphe, fue publicada en 1816, en Londres y París simultáneamente. Ese mismo año se hizo una segunda edición, que enseguida fue retirada y de la que se conservan muy pocos ejemplares, y en 1824 se publicó la tercera. Para estas segunda y tercera ediciones Constant escribió sendos prólogos que de manera tradicional vienen siendo incluidos en las publicaciones de la obra. El propósito del autor, a la hora de escribir estos prólogos, es salvaguardar el honor de madame de Staël y Anna Lindsay, las dos mujeres que desde el principio fueron señaladas como modelos de Ellénore, la protagonista femenina de la novela. Pero las propias Staël y Lindsay no habían podido dejar de verse reflejadas en el personaje. La irlandesa Anna Lindsay, con la que Constant había tenido un intenso romance, había vivido en situación irregular durante muchos años con un hombre con el que había tenido dos hijos. Es la misma situación en que se encuentra Ellénore. Otros rasgos de la protagonista están calcados de madame de Staël, con la que Constant mantuvo una larga relación.
La escritura de Benjamin Constant es propia de su época y de su entorno, es decir, eminentemente afectada. El que escribe es un hombre cerebral, apegado a la síntesis y con una idea muy clara de lo que quiere decir, pero dominado por el prejuicio del ingenio, que lo obliga a expresarse a base de frases sentenciosas, que suelen contener un juego de palabras basado en la repetición. Esto choca frontalmente contra otro arraigado prejuicio, el del español contra la propia repetición, y obliga al traductor a un esfuerzo suplementario en su constante tarea de adaptación, cuyo objetivo es transportar esa prosa anclada en su tiempo a un estado legible en el tiempo actual.
El lector conocerá las vicisitudes de un amor –como casi todos– asimétrico, que es objeto de un análisis psicológico y sentimental, llevado a cabo desde la perspectiva de una de las dos partes, la de Adolphe, el joven aristocrático que después de acabar sus estudios en Gotinga se traslada a la corte de un príncipe alemán, donde conoce a Ellénore, una mujer diez años mayor que él. Aquello a lo que el propio Adolphe se empeña en dar comienzo por una cuestión de vanidad y amor propio, adquiere un carácter conflictivo y una dimensión trágica.
Adolphe es un curioso personaje, atrapado en la contradicción, paralizado por impulsos contrarios, en lucha siempre consigo mismo, sometido a una continua tensión, en permanente debate entre la necesidad de librarse de Éllenore y el horror a hacerle daño. Su error esencial reside en algo a lo que se alude en el último capítulo:
“La gran cuestión en esta vida es el dolor que se causa, y la metafísica más ingeniosa no justifica al hombre que ha desgarrado el corazón que lo amaba. Por otra parte, odio esa fatuidad de un espíritu que cree justificar lo que está contando; odio esa vanidad que se ocupa de sí misma relatando el daño que ha hecho, que pretende despertar compasión al describirse, y que, sobrevolando indestructible entre las ruinas, se analiza en lugar de arrepentirse”.
Esta apreciación del editor, que puede ser entendida como una contraposición crítica al narrador en primera persona (Adolphe), y como una autocrítica de Benjamin Constant, contrasta con lo que el narrador-protagonista dice al principio:
“No quiero justificarme aquí, hace tiempo que he renunciado a esa costumbre fácil y frívola, propia de espíritus sin experiencia”.
En realidad, Adolphe está justificándose continuamente. La exposición de su historia es un lamento que no cesa. Dentro de esa tendencia a la justificación una y otra vez sale a relucir el mismo argumento: es el miedo a hacerle daño a Ellénore lo que le impide romper definitivamente con ella. No se trata de la típica justificación de quien quiere quitarse una responsabilidad de encima y se empeña en exculpar su propia conducta. Ese miedo a hacer daño es auténtico, aunque, como no podía ser de otra manera, también tiene un carácter contraproducente. Con el aplazamiento indefinido de la ruptura, el daño potencial se multiplica.
Cuando al final de la novela, en las cartas insertadas como epílogo, el editor se encarga de poner de relieve el carácter quejumbroso de Adolphe, y esa al parecer incorregible tendencia a la autojustificación, hay que entender que el autor no ha dejado de ser consciente de estos defectos de su personaje, los cuales, de este modo, se integran en la lógica de la narración. La lúcida síntesis del editor aparece así como un desdoblamiento crítico proyectado sobre la obra, a la que cuestiona claramente.
Solo un pequeño pero puede ponérsele al editor: Adolphe no se analiza en lugar de arrepentirse; se pasa todo el tiempo haciendo las dos cosas, analizándose y arrepintiéndose, describiendo y lamentándose, acercándose y alejándose de las inmediaciones del arrepentimiento, probablemente confundiendo lo uno con lo otro, el análisis con el lamento y la justificación. El análisis es el aspecto más positivo de la obra, la corriente racional que contrarresta el exceso sentimental. En esta relación entre ambos planos, la parte crítica permite compensar el peso de la autojustificación, evitando que el exceso sentimental desequilibre irremediablemente la balanza.