“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.”
— Mateo 22:37
Amar a Dios es el gran mandamiento que tenemos como cristianos. ¿Y cómo no habría de serlo? Si Dios es quien nos creó, quien nos amó primero y quien entregó a su Hijo por nosotros, entonces amarlo debe ser el principal combustible de una vida de devoción a Él. Pero ¿qué significa realmente amar a Dios? No se trata solamente de decir que amamos a Dios, cantar acerca de Él o asistir a una iglesia. El amor hacia Dios debe transformar nuestra manera de vivir.
Para comenzar a hablar de amar a Dios, primero necesitamos preguntarnos: ¿qué es el amor? Podemos definirlo como un afecto profundo hacia alguien o algo. Sin embargo, la Biblia nos da una definición mucho más amplia y profunda. En 1 Juan 4:8 encontramos una declaración extraordinaria: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.” La Biblia nos enseña que Dios es amor.
Esto significa que, si queremos comprender verdaderamente qué es el amor, necesitamos conocer a Dios. Su carácter, sus atributos y sus acciones nos muestran la expresión perfecta del amor. Cuando vemos la manera en que Dios actúa, podemos comprender mejor lo que significa amar.
El amor de Dios no es simplemente un sentimiento. Es un amor que actúa, que perdona, que es paciente, que busca, que corrige, que permanece y que es fiel.
Por eso, si quieres conocer el amor, conoce a Dios.
Una de las verdades más hermosas de nuestra relación con Dios es que nosotros no fuimos quienes comenzamos a amarlo. Él nos amó primero.
1 Juan 4:19 dice: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” Nosotros no hemos hecho nada para conseguir que Dios nos ame. Su amor no comenzó después de que hicimos las cosas bien. Dios nos amó primero. Desde niño recuerdo cómo Dios siempre me cuidó y cómo fue demostrando su amor en mi vida. Al mirar hacia atrás, puedo reconocer que aun en momentos que yo no comprendía, Dios estaba ahí. Él es quien nos amó primero. Él es quien siempre nos ha amado. Y Él es quien seguirá amándonos. Esto no significa que nuestro pecado no tenga consecuencias o que nuestra desobediencia no importe. Significa que la fidelidad de Dios no depende de nuestra perfección. Nosotros podemos fallar. Podemos ser infieles. Podemos equivocarnos.Pero Dios permanece fiel. Su amor nos recuerda que nuestra relación con Él comienza con lo que Él hizo por nosotros, no con lo que nosotros podemos hacer por Él.
Un ejemplo interesante lo encontramos en la historia de Jonás, en Jonás 4:1-11. Jonás se enojó porque Dios tuvo misericordia de Nínive. Él quería que esa ciudad recibiera juicio, pero Dios mostró compasión. Entonces Dios utiliza una situación para mostrarle a Jonás lo equivocado que estaba. Jonás había llegado a tener compasión por una planta que le daba sombra, pero no tenía compasión por una ciudad llena de personas. Dios estaba mostrando a Jonás algo acerca de su propio corazón.
Esto también puede sucedernos a nosotros. A veces queremos recibir el amor, la misericordia y el perdón de Dios, pero nos cuesta ofrecerlos a otras personas.
Queremos que Dios tenga paciencia con nosotros, pero nosotros perdemos rápidamente la paciencia con los demás. Queremos que Dios nos perdone, pero nos cuesta perdonar. La vida de Jonás nos recuerda que conocer el amor de Dios también debe transformar la manera en que vemos y tratamos a los demás.
Esta es una pregunta importante: ¿Cómo le demuestras tu amor a Dios? Jesús mismo nos da una respuesta muy clara. En Juan 14:15 dice: “Si me amáis, guardad mis mandamientos.” Amar a Dios significa obedecerlo. No podemos separar nuestro amor de nuestra obediencia. Si decimos que amamos a Dios, pero deliberadamente vivimos en desobediencia a su Palabra, existe una contradicción entre lo que decimos y la manera en que vivimos. Podemos entenderlo incluso con algo tan sencillo como la relación entre un hijo y sus padres. Cuando un hijo ama a sus padres, una de las maneras en que demuestra ese amor es obedeciéndolos. La obediencia no es la única expresión de amor, pero sí es una evidencia de que existe amor y respeto. De la misma manera, nuestra obediencia a Dios es una expresión de nuestro amor hacia Él. Amar a Dios es escuchar su Palabra y ponerla por obra.
La Biblia no permite que nuestra relación con Dios se quede únicamente en una dimensión vertical. Si amamos a Dios, también debemos amar a las personas que Él ha puesto a nuestro alrededor. 1 Juan 4:11 dice: “Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.” Dios nos amó y, por lo tanto, nosotros debemos amar a otros. Nuestro amor hacia las personas es una evidencia de que Cristo está obrando en nosotros. Incluso la Escritura es muy directa en 1 Juan 4:20-21 al enseñarnos que quien dice amar a Dios mientras aborrece a su hermano está mintiendo. Esto es algo que debemos tomar con seriedad. No podemos decir: “Yo amo mucho a Dios” mientras mantenemos odio, rencor, desprecio o indiferencia hacia las personas. El amor a Dios debe reflejarse en nuestras relaciones.
Pablo desarrolla esta idea de una manera contundente en 1 Corintios 13:1-3. Podemos tener grandes capacidades, hablar muy bien, conocer muchas cosas, tener fe, dar nuestros bienes e incluso realizar grandes sacrificios, pero si no tenemos amor, todo eso pierde su verdadero valor. Podemos tener talentos. Podemos tener dinero. Podemos tener títulos. Podemos servir dentro de una iglesia. Podemos hacer muchas cosas para Dios. Pero si no hay amor, nada de eso puede sustituir lo que Dios realmente quiere formar en nosotros. El problema no está en tener talentos, dinero, conocimientos o responsabilidades. El problema aparece cuando todas esas cosas existen sin amor. Por eso necesitamos preguntarnos: ¿Hay amor en mi corazón? ¿Amo verdaderamente a Dios? ¿Amo a las personas? ¿Estoy sirviendo a Dios por amor o simplemente por cumplir? ¿Estoy obedeciendo a Dios porque lo amo o solamente porque quiero recibir algo de Él? El amor debe estar en el centro de nuestra vida cristiana.
Amar a Dios no debería quedarse solamente en nuestras palabras. Tiene que convertirse en acciones concretas. Podemos demostrar nuestro amor por Dios cuando buscamos conocerlo a través de su Palabra. Podemos hacerlo cuando compartimos el evangelio con alguien que todavía no conoce a Cristo. Podemos hacerlo cuando visitamos a un enfermo o nos acercamos a una persona que está atravesando un momento difícil. Podemos hacerlo cuando ayudamos a alguien que necesita de nosotros, tanto dentro como fuera de la iglesia. Hebreos 13:15-16 nos recuerda que nuestra adoración a Dios también se expresa en hacer el bien y compartir con otros. También podemos demostrar nuestro amor permaneciendo en el amor fraternal (Hebreos 13:1), orando por nuestros pastores y respetando la autoridad que Dios ha establecido en su iglesia (Hebreos 13:17-18). En otras palabras, amar a Dios debe afectar cada área de nuestra vida.
No necesitamos esperar a hacer algo extraordinario para comenzar a vivir una vida de amor hacia Dios. Podemos comenzar con cosas sencillas, pero constantes. Lee la Biblia cada día, aunque sean solo unos minutos, buscando conocer verdaderamente a Dios. Ora, adóralo, comparte el evangelio, ayuda a quien tengas cerca y busca a esa persona que está pasando por un momento difícil. Perdona, sirve, obedece y ama a tu prójimo. Y hazlo no solamente cuando alguien te está viendo, sino porque deseas honrar a Dios con tu vida.
Jesús no dijo que amáramos a Dios solamente con una parte de nuestra vida. Nos llamó a amarlo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente.Eso significa que Dios no quiere simplemente un espacio de nuestra vida. Él quiere nuestro corazón entero. No solamente nuestros domingos, nuestras canciones, nuestros diezmos o nuestro servicio. Todo.
Nuestro corazón, nuestra mente, nuestros pensamientos, nuestras decisiones, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros talentos, nuestro tiempo, nuestros planes y nuestra vida completa.
Porque cuando entendemos cuánto nos ha amado Dios, nuestra respuesta natural debe ser amarlo a Él. Y mientras más conocemos a Dios, más entendemos lo que verdaderamente significa amar.
Si quieres conocer el amor, conoce a Dios.
Y si verdaderamente amas a Dios, permite que ese amor se vea en la manera en que vives y en la manera en que tratas a los demás.
Ama a Dios con todo.
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