Apenas tenía 15 años cuando Diego Armando Maradona debutó profesionalmente con Argentinos Juniors, el 20 de octubre de 1976. Desde muy joven fue considerado un prodigio del fútbol. Con el tiempo llegó al FC Barcelona y posteriormente al Napoli. En 1986 llevó a Argentina a ganar la Copa del Mundo, siendo la gran figura del torneo. Con el Napoli consiguió títulos históricos y alcanzó fama mundial.
Pero mientras su carrera crecía, también comenzaron a crecer sus problemas personales.
Las drogas, los excesos y algunas relaciones personales vinculadas con ambientes peligrosos comenzaron a afectar su vida. En 1991 dio positivo por cocaína y recibió una suspensión de 15 meses. Después vinieron más problemas de salud, conflictos legales, aumento de peso y una larga lucha contra las adicciones.
Maradona murió a los 60 años, después de muchos años marcados por problemas personales y de salud.
En la historia del deporte existen muchos casos de personas que tenían un enorme talento y a quienes desde el principio se les veía un futuro prometedor. Comenzaron bien, pero su historia terminó de una manera muy diferente a lo que todos esperaban. Lo mismo podemos encontrar en actores, empresarios, cantantes, músicos y también, tristemente, entre algunos cristianos.
Personas que escucharon el evangelio, que comenzaron a congregarse, que sirvieron en una iglesia y que, con el tiempo, terminaron apartándose de aquello que habían aprendido y, sobre todo, alejándose de Dios.
En algunos casos existen circunstancias muy fuertes y situaciones que influyeron en sus decisiones. Pero muchas veces, más allá de las circunstancias externas, el problema comienza mucho antes: en el corazón y en nuestra disposición delante de Dios.
La Biblia nos presenta la historia de un hombre que comenzó muy bien, pero terminó muy mal: Saúl.
Saúl no comenzó como un hombre rebelde.
De hecho, la Biblia lo presenta de una manera bastante favorable. Era joven, físicamente sobresaliente y más alto que cualquiera del pueblo. Cuando Samuel le anunció que Dios lo había escogido para gobernar sobre Israel, Saúl no respondió con arrogancia. Al contrario, dijo:
“¿No soy yo hijo de Benjamín, de la más pequeña de las tribus de Israel?”
1 Samuel 9:21, RVR1960
Después Samuel lo ungió, y el Espíritu de Dios vino sobre él. Incluso cuando algunos cuestionaron que Saúl pudiera ser rey, él guardó silencio. Tuvo grandes victorias militares y, al principio, parecía que Israel había encontrado a un buen rey. El problema de Saúl no fue que comenzara siendo un monstruo. El problema fue que poco a poco comenzó a desobedecer a Dios.
He escuchado muchas veces una frase cuando alguien cae en pecado: “El hermano cayó”. Y a veces hablamos de la caída como si una persona pudiera estar haciendo todo bien durante años y, de repente, un día se desprogramara y cometiera un pecado terrible. Pero normalmente las cosas no funcionan así.
Nadie comienza a resbalarse cuando ya está en el suelo.
Antes de una gran caída suele haber pequeños pasos, decisiones que permitimos, actitudes que justificamos y áreas de nuestra vida en las que dejamos de obedecer a Dios.
Poco a poco podemos acostumbrarnos a aquello que antes nos incomodaba. Podemos comenzar a tolerar lo que Dios nos pidió abandonar. Y sin darnos cuenta, podemos alejarnos de su voluntad.
Eso fue lo que comenzó a suceder con Saúl.
En una ocasión, Samuel le dio instrucciones específicas a Saúl antes de una batalla. Saúl se impacientó y terminó ofreciendo un sacrificio que no le correspondía ofrecer. Más adelante, Dios le ordenó destruir completamente a Amalec y no tomar botín. Saúl desobedeció. Conservó aquello que Dios había mandado destruir. Y aquí hay una pregunta que también deberíamos hacernos nosotros:
¿Cuántas cosas Dios nos ha pedido destruir de nuestra vida?
¿Cuántas cosas que nos apartan de la santidad sabemos que debemos dejar?
¿Cuántos hábitos, relaciones, actitudes, pensamientos o prácticas seguimos conservando porque nosotros creemos que podemos controlarlos?
Muchas veces son precisamente esas cosas que decidimos conservar las que, con el paso del tiempo, terminan alejándonos de Dios. Cuando Samuel confrontó a Saúl, él intentó justificarse diciendo que había conservado lo mejor del ganado para ofrecerlo como sacrificio.
Entonces Samuel respondió:
“Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios.”
1 Samuel 15:22, RVR1960
Después de esto, Dios rechazó a Saúl como rey de Israel.
Pero hay algo en esta historia que me llama todavía más la atención.
Cuando Samuel le preguntó por qué no había obedecido el mandato de Dios, Saúl respondió:
“He obedecido la voz de Jehová.”
1 Samuel 15:20, RVR1960
Es impresionante.
Saúl había desobedecido, pero desde su propia perspectiva, él había obedecido. Y aquí encontramos uno de los peligros más grandes del orgullo: cuando dejamos de llamar pecado al pecado porque hemos encontrado una explicación que nos hace sentir justificados.
Cuando Dios nos muestra algo en nuestra vida y nosotros respondemos: “Pero yo no hice nada malo”, podemos llegar al punto de confiar más en nuestro propio criterio que en la Palabra de Dios. Saúl no solamente había desobedecido; ahora estaba intentando justificar su desobediencia. Y después hizo algo que también nosotros podemos hacer con mucha facilidad: culpó a alguien más.
Dijo:
“El pueblo tomó del despojo ovejas y vacas, las primicias de lo que se había de destruir, para ofrecer sacrificios a Jehová tu Dios en Gilgal.”
1 Samuel 15:21, RVR1960
En otras palabras: “El pueblo lo hizo.”Pero Saúl era el rey. Él era responsable de dirigir al pueblo. Había escuchado la voz de Dios, pero terminó escuchando la voz del pueblo. Y cuántas veces hacemos algo parecido. Ponemos nuestros ojos en las circunstancias antes que en nuestro corazón. “Es que ellos me provocaron.” “Es que todos lo hacen.” “Es que no tenía otra opción.” “Es que así son las cosas.” “Es que alguien más me convenció.”
Pero a veces necesitamos dejar de mirar hacia afuera y preguntarnos: ¿Qué está pasando dentro de mi corazón?
Después de esto, la historia de Saúl se volvió cada vez más oscura. Comenzó a obsesionarse con David cuando vio que el pueblo lo admiraba. Los celos crecieron hasta convertir a David en un enemigo al que quería perseguir y matar. Y esto también nos enseña algo acerca del orgullo.
Cuando nuestra identidad comienza a depender de lo que las personas piensan de nosotros, quedamos a merced de sus opiniones. Hoy pueden admirarnos.Mañana pueden criticarnos. Hoy pueden aplaudirnos. Mañana pueden olvidarnos. Pero nuestra identidad no puede depender de algo tan cambiante. Nuestra identidad necesita estar fundamentada en lo que Dios dice de nosotros.
Saúl comenzó a comparar su posición con la de David y terminó consumido por los celos. Con el tiempo llegó incluso a consultar a una mujer que practicaba la adivinación, buscando respuestas en un lugar al que Dios le había prohibido acudir. Y finalmente llegó su última batalla.
Los filisteos derrotaron a Israel. Murieron sus hijos, entre ellos Jonatán, y Saúl fue gravemente herido. Al verse rodeado por sus enemigos y herido, Saúl terminó quitándose la vida. El hombre que había comenzado como rey de Israel terminó de una manera trágica.
Saúl comenzó bien. Pero con el tiempo dejó de cuidar su relación con Dios. Dejó de obedecer. Comenzó a justificarse. Culpó a otros. Permitió que el orgullo gobernara su corazón. Y terminó muy lejos de aquel hombre que había comenzado su reinado con humildad.
Por eso la Biblia dice:
“Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.”
Santiago 4:6, RVR1960
El talento no es suficiente. Puedes ser el mejor futbolista. Puedes ser un excelente arquitecto. Puedes ser un gran músico. Puedes tener inteligencia, habilidades, carisma o reconocimiento. Pero si no cuidas tu corazón, todas esas capacidades pueden convertirse en algo secundario.
Dios no solamente está interesado en lo que podemos hacer. También está interesado en quiénes estamos llegando a ser. Y esto me lleva a otra historia.
Después de que Dios rechazó a Saúl como rey, Samuel fue enviado a la casa de Isaí para ungir al próximo rey de Israel. Samuel vio a Eliab y pensó que seguramente él era el escogido.
Pero Dios le dijo:
“No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura... porque Jehová mira no lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.”
1 Samuel 16:7, RVR1960
Dios escogió a David. Y esto es impresionante porque David también falló. David pecó gravemente. David también tomó decisiones terribles. La diferencia no fue que David fuera un hombre perfecto. La diferencia fue la disposición de su corazón delante de Dios.
Cuando David fue confrontado por su pecado, no intentó construir una justificación para demostrar que tenía razón. Se arrepintió. Y esa es una diferencia que necesitamos entender.
Tener un corazón para Dios no significa nunca pecar. Significa tener un corazón dispuesto a volver a Dios cuando pecamos.
No puedo decirte que nunca vas a fallar, porque eres un ser humano igual que yo. Pero sí puedo decirte que cuides tu corazón. Que cuando Dios te muestre algo, no te justifiques. Que cuando pecas, no culpes a todos los demás. Que cuando seas confrontado por la Palabra de Dios, no endurezcas tu corazón. Que desarrolles un corazón sensible al arrepentimiento.
Quizá alguien podría preguntarse: “Entonces, ¿una persona puede recibir a Cristo y después perder su salvación?” Ese es un tema muy importante, pero no es el propósito de este artículo. Lo que sí quiero decir es que nosotros no podemos conocer completamente el corazón de otra persona. Podemos ver a alguien congregarse. Podemos verlo servir. Podemos verlo predicar, cantar, enseñar o incluso hablar de Dios durante años. Pero solamente Dios conoce completamente el corazón y la realidad de la fe de cada persona. Por eso no nos corresponde determinar quién es salvo y quién no lo es.
Lo que sí nos corresponde es examinarnos a nosotros mismos y permanecer cerca del Señor. Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). Nuestra responsabilidad no es analizar constantemente la vida espiritual de los demás. Nuestra responsabilidad es cuidar la nuestra.
Quizá hoy estás comenzando una etapa nueva. Quizá llevas años caminando con Cristo. Quizá estás sirviendo en una iglesia Quizá estás atravesando una temporada difícil. O quizá te has dado cuenta de que poco a poco has comenzado a alejarte. Sea cual sea tu situación, quiero decirte algo:
No importa solamente cómo comenzaste. Importa cómo estás caminando hoy.
Cuida tu corazón. Guárdate del orgullo. No juegues con aquello que sabes que Dios te pidió abandonar. No permitas que las circunstancias tengan más autoridad sobre ti que la Palabra de Dios. No justifiques aquello de lo que Dios te está llamando a arrepentirte. Y cuando falles, vuelve a Él.
Porque nuestra meta no debería ser simplemente poder decir: “Yo comencé bien.” Nuestra meta debería ser poder mirar hacia atrás algún día y decir: “Por la gracia de Dios, permanecí fiel.” No se trata de terminar nuestra vida habiendo sido perfectos. Se trata de permanecer con Cristo, seguir obedeciendo, arrepentirnos cuando fallamos y cuidar nuestro corazón hasta el final.
Porque comenzar bien es una bendición.
Pero terminar bien también importa.
MAS DE VIDA PLANTADA
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