Mateo 22:39
“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
— Mateo 22:39
Amar a nuestro prójimo es uno de los llamados más importantes que tenemos como cristianos. Jesús mismo lo presentó como el segundo gran mandamiento, después de amar a Dios con todo nuestro corazón, alma y mente. Y esto tiene mucho sentido. Si Dios es amor y nosotros hemos experimentado su amor, entonces ese amor debe comenzar a reflejarse en nuestra manera de relacionarnos con las demás personas.
Pero aquí surge una pregunta importante: ¿Quién es nuestro prójimo?
Tal vez pensamos que nuestro prójimo es solamente nuestra familia, nuestros amigos o las personas que nos caen bien. Pero Jesús nos enseña que el amor al prójimo va mucho más allá.
En Lucas 10:25-29, un intérprete de la ley se acercó a Jesús y le preguntó qué debía hacer para heredar la vida eterna. Jesús lo llevó a la propia Ley y, después de hablar acerca de amar a Dios y al prójimo, aquel hombre hizo una pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”
La pregunta parece sencilla, pero detrás de ella había algo más. Muchas veces nosotros también intentamos poner límites al amor. Buscamos justificar por qué debemos amar a algunas personas y no a otras. Pensamos: “Él sí se lo merece”, “Ella siempre ha sido buena conmigo”, “Yo no tengo nada contra él, pero tampoco tengo por qué ayudarlo”, “Esa persona me cae mal” o “Después de lo que me hizo, no pienso hacer nada por ella”.
Pero Jesús responde a esta manera de pensar contando una de las parábolas más conocidas de la Biblia: la parábola del buen samaritano.
En Lucas 10:30, Jesús comienza relatando la historia de un hombre que iba de Jerusalén a Jericó y que fue atacado por ladrones. El camino entre Jerusalén y Jericó tenía aproximadamente 27 kilómetros y descendía por un terreno montañoso y desértico. Era un camino difícil y conocido por ser peligroso debido a los asaltantes que podían esconderse entre sus riscos y cuevas.
El hombre fue despojado de sus pertenencias, golpeado y dejado medio muerto. Podemos imaginar la escena: una persona completamente vulnerable, herida y necesitada de ayuda. Entonces comenzaron a pasar diferentes personas.
Primero pasó un sacerdote y después un levita. Ambos eran personas relacionadas con el servicio religioso y conocían la Ley de Dios. Eran personas que, en teoría, debían conocer lo que Dios esperaba de ellos. Sin embargo, al ver al hombre herido, pasaron de largo.
Esto nos deja una enseñanza muy importante. Podemos conocer la Biblia y aun así tener un corazón indiferente. Podemos participar en actividades de la iglesia, servir, cantar, predicar o tener responsabilidades, pero si nuestro conocimiento de Dios no produce amor y compasión hacia las personas, algo está fallando. La vida cristiana no consiste solamente en conocer la verdad, sino en permitir que esa verdad transforme nuestra manera de vivir.
Después pasó un samaritano, y aquí es donde la historia toma una dirección inesperada. Los samaritanos y los judíos tenían una relación marcada por una profunda tensión y enemistad. No eran precisamente personas que esperaríamos ver ayudándose mutuamente. Sin embargo, cuando el samaritano vio al hombre herido, ocurrió algo diferente:
“Al verle, fue movido a misericordia.”
— Lucas 10:33
El samaritano no solamente sintió lástima. Hizo algo. Se acercó, vendó sus heridas, derramó sobre ellas aceite y vino, lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón, se hizo cargo de él y estuvo dispuesto a pagar por los gastos que fueran necesarios.
En aquella época, el vino podía utilizarse para limpiar las heridas y el aceite para aliviar y proteger la zona afectada. Pero más allá de los detalles de estos elementos, lo que Jesús quiere mostrarnos es la disposición del samaritano a involucrarse en la necesidad de otra persona.
No se limitó a decir: “Qué triste lo que le pasó.” No pasó de largo. Se detuvo. Y detenerse le costó tiempo, esfuerzo y dinero.
Aquí encontramos una de las características del verdadero amor: el amor nos mueve a hacer algo.
En ocasiones podemos decir que amamos a las personas, pero nuestro amor se queda solamente en buenas intenciones. La Biblia dice: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.” — 1 Juan 3:18.
Amar significa estar dispuestos a involucrarnos. A veces será escuchar a alguien; otras veces será acompañarlo. Tal vez será ayudar económicamente, visitar a un enfermo o enviar un mensaje a alguien que está pasando por un momento difícil. Puede ser simplemente sentarnos junto a una persona y escucharla.
El amor verdadero no siempre hace cosas extraordinarias. Muchas veces se manifiesta en pequeños actos de servicio y compasión.
El samaritano probablemente tenía sus propios planes, un destino al que llegar y cosas que hacer. Pero decidió detenerse. Eso significa que amar al prójimo muchas veces nos va a sacar de nuestra comodidad.
Amar puede significar dar de nuestro tiempo cuando estamos ocupados, escuchar cuando estamos cansados, ayudar cuando nadie nos lo pidió, perdonar cuando sentimos que tenemos razones para guardar rencor o hacer el bien cuando la otra persona no puede devolvernos el favor. Amar es estar dispuesto a incomodarte por el bien de otra persona.
Una de las formas más difíciles de amar es perdonar. La Biblia nos enseña: “Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro.” — Colosenses 3:13.
Amar no significa que todas las personas nos van a caer bien. Tampoco significa que debemos negar el daño que alguien nos haya causado. Pero sí significa que decidimos no vivir dominados por el rencor.
El perdón es una de las maneras en que demostramos que el evangelio ha transformado nuestro corazón. Nosotros hemos recibido el perdón de Dios, y ese perdón debe influir en la manera en que tratamos a quienes nos han hecho daño.
Jesús lleva este mandamiento todavía más lejos. En Lucas 6:27 dice: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen.”
Esta probablemente sea una de las partes más difíciles del amor cristiano. Es relativamente sencillo amar a quienes nos aman, hacer el bien a quienes nos hacen bien y ayudar a un amigo. Pero Jesús nos llama a algo diferente: nos llama a amar incluso a aquellos que nos han hecho daño.
Y precisamente ahí se hace evidente que el amor cristiano es diferente al amor que naturalmente produce el mundo. No se trata de sentir cariño por nuestros enemigos ni de aprobar lo que hicieron. Se trata de decidir hacer el bien y no responder al mal con más mal.
Filipenses 2:4 nos anima a no buscar solamente nuestro propio bien, sino también el de los demás. El amor nos lleva a dejar de preguntarnos constantemente: “¿Qué voy a recibir?”, y comenzar a preguntarnos: “¿Qué puedo hacer por esta persona?”
Jesús mismo nos dejó el ejemplo. Su vida estuvo marcada por el servicio, la compasión y la entrega. Por eso, amar al prójimo no significa esperar que todos nos sirvan, sino que nosotros estemos dispuestos a servir.
Quizá después de leer esto pensemos que necesitamos hacer algo extraordinario, pero muchas veces podemos comenzar con acciones muy sencillas. Podemos escuchar a alguien sin interrumpirlo, compartir lo que tenemos con quien lo necesita, ayudar a alguien sin esperar que nos lo pida, defender a alguien que está siendo injustamente juzgado, orar por una persona que está pasando por necesidad, ser amables incluso cuando estamos cansados o molestos, visitar a alguien que está enfermo, acompañar a quien está atravesando un momento difícil, perdonar a quien nos ha ofendido, corregir con amor en lugar de hacerlo desde el juicio o compartir el evangelio con alguien que todavía no conoce a Cristo.
No necesitamos esperar una gran oportunidad para amar. La oportunidad puede estar justo delante de nosotros.
Al terminar la parábola, Jesús le preguntó al intérprete de la ley: “¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?” — Lucas 10:36.
La respuesta era evidente: el que tuvo misericordia de él.
Entonces Jesús le dijo: “Ve, y haz tú lo mismo.” — Lucas 10:37.
Jesús no solamente quería que aquel hombre entendiera quién era su prójimo. Quería que se convirtiera en un prójimo para los demás.
Y esa también es nuestra responsabilidad. Quizá hemos estado esperando que otros se acerquen a nosotros, pero Jesús nos invita a nosotros a acercarnos. Quizá estamos esperando que alguien nos ayude, pero hoy podemos preguntarnos a quién podemos ayudar. Quizá hemos estado buscando quién merece nuestro amor, cuando Jesús nos llama a amar.
Ora y pídele a Dios que transforme tu corazón y te ayude a amar a las personas como Él quiere que las ames. Pídele que te dé ojos para ver las necesidades que muchas veces pasamos por alto, compasión para detenerte, disposición para servir, ayuda para perdonar y la capacidad de amar incluso cuando no sea fácil.
Porque amar al prójimo no es solamente un sentimiento. Es una decisión que se demuestra con acciones.
No importa si la persona es tu amigo o un extraño, si te cae bien o no, o si puede devolverte el favor. Jesús nos llama a amar.
Así que hoy podemos hacernos una pregunta sencilla: ¿Quién necesita que yo sea su prójimo?
Y después de identificarlo, hagamos lo que Jesús dijo:
“Ve, y haz tú lo mismo.”
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