Era una noche de mucho frío. Se veía la nieve caer lentamente. A mi lado había una mujer que derramaba lágrimas y sostenía un bebé. De alguna forma sabía que era una niña.
La mujer trataba de calmar al bebé, pero ella no paraba de llorar. Yo era el único que no estaba llorando.
Entonces se escucharon disparos, apareció el primer cuervo, y nos miró a los tres; después giró la cabeza, como burlándose.
Una sensación de intranquilidad, me invadía el cuerpo.
- "Algo va mal” -pensé- y no me equivoqué...
De repente se escuchó un grito. Traté de averiguar de dónde procedía, pero para cuando lo descubrí, ya era muy tarde.
El cuerpo de la mujer yacía -inerte- en el suelo, con la mirada perdida en el cielo estrellado y la niña entre sus brazos. Más cuando giré la vista hacia el bosque, vi una oscura sombra esconderse entre los árboles.
Me desperté en medio de la noche, sudando, tumbado en mi cama y con el pijama empapado. "¡Otra pesadilla!" -pensé aliviado-, pero esta vez no iba sobre el colegio, la autoestima, mi madre o mis problemas personales.
Era raro, porque lo soñado, me sonaba de algo. Encendí la luz de la mesilla y encontré un rastro de purpurina que llegaba hasta la ventana abierta de mi cuarto.
Cuando -por la mañana- abrí los ojos, no fue a causa de ninguna pesadilla; porque a pesar de aquel sueño extraño, la verdad es que luego caí como un tronco, sino porque el despertador empezó a berrear.
Lo apagué, y me dirigí a la cocina. Allí me esperaba mi madre, planchando un vestido suyo. A pesar de que se le notaba el cansancio en las facciones, me sonrió. Le devolví la sonrisa y le saludé:
-"¡Buenos días!"
-"¡Buenos días!" -me respondió-
-"¡Una taza de café, Olivia!" -exigió mi padre- se sentó en su silla y sumó después.
-"¡Y rápido, que hoy tengo prisa!" -expresó con impaciencia, elevando el tono-
Al parecer mi padre siempre tenía prisa, y nunca se daba cuenta de las profundas ojeras de mi madre, talladas por él.
Mi madre, dejó la plancha para hacerle el café.
Viendo que se ralentizaba por el cansancio, mi padre aumentó la presión:
-"¡Vaaamos!"
-"¿Es que no me has oído?"
-"¡Tengo pri-sa!"
Papá era un cerdo. Un auténtico cerdo asqueroso.
-"Deja mamá, ya lo hago yo".
Me levanté y cogí mi silla, para que se sentara mi madre.
Mi padre, me reprendió:
-"¿Pero qué haces?"
-"¡No seas nenaza!"
-"¡Siéntaté! ¡Deja a tu madre, que haga lo que tiene que hacer!"
-"No soy ningún mariquita, si no un ser humano", contesté.
-"Por favor, mamá, ¡siéntate!
Pero papá no se da por vencido nunca. Y yo había desafiado su autoridad, lo que aumentó su ira.
-"¿Me has dicho que no soy un ser humano?"
-"¡Te vas a enterar!"
Papá se acercó y supe lo que me esperaba.
Cerré los ojos fuertemente y me puse las dos manos delante de la cara a modo de protección. Esperé silenciosamente su castigo, pero noté que su tortazo estaba tardando demasiado.
Cuando abrí los ojos, vi a mamá tirada en el suelo, y solté un suspiro de alivio, al comprobar que solo sangraba por la nariz.
Papá siguió hablando sin ninguna preocupación por el estado de mamá y dijo:
-"¡Adiós!"
" ¡Noah, estás castigado!"
Y se fue.
Me arrodillé junto a mamá y una lágrima amarga rodó por mi mejilla.
Quedé en shock, de modo que no recuerdo cómo llegué al colegio, poco a poco fui conectando con mi realidad.
-"...y por lo tanto, la raíz cuadrada la podemos sacar multiplicando 3 por 657 y después…
El profesor de matemáticas siempre hablaba sin parar y con la bombilla encendida, creyendo que alguien le escuchaba.
Samuel y sus amigas hablaban y se reían de algo que decía él. Sus cabellos rubios y sus ojos azules le encantaban a las chicas, nada que ver con mi pelo castaño despeinado y mis ojos verdes esmeralda.
Lo mismo pasaba con su estatura: él era alto como un rascacielos, y yo tan bajo que a veces la gente se olvidaba de que seguía ahí -aunque creo que eso también pasaría si fuera alto-.
Samuel lanzó un trozo de papel al profesor. Él se dio la vuelta, y preguntó:
-"¡A ver! ¿quién ha sido?"
Entonces, todo el mundo me señaló a mí.
-"¿Yo?"
-"¡Yo no fui!".
Levanté las manos en un gesto de inocencia, pero no me creyó.
-"¿En serio?"
-"Porque todo el mundo dice que has sido tú".
-"¡Pero es mentira", contesté.
-"Entonces, ¿quién ha sido?"
Levanté la vista hacia mis compañeros, hasta que mi mirada se cruzó con la de Samuel. Sus ojos me advertían que era mejor no decir la verdad, así que bajé la mirada y mentí:
-"Yo, señor Park, yo fui quien tiró el papel".
Sabía que era lo mejor. Samuel ya me lo había hecho aprender.
-"Ve al despacho de la directora y se lo explicas".
-"Ahora mismo", respondí.
Me levanté de mi sitio y me dirigí a la puerta, pero justo antes de cruzar el umbral de la puerta, él volvió a hablar:
-"Ah, y que no vuelva a pasar, ¿de acuerdo?"
Giré la cabeza y le miré por encima del hombro y sin decir nada salí al pasillo.
-"¿Está usted de acuerdo,señor Dallas?"
-"Sí. Estoy de acuerdo".
Seguí caminando hasta el despacho de la directora.
Leí en mi cabeza el cartel que colgaba de la puerta: ”Stop bullying, si ves a alguien víctima de él no le dejes solo”.
Torcí la cabeza y entorné los ojos. No sabía para qué ponían aquellos carteles. No servían de nada. Los que sufríamos acoso nos lo tomábamos como una broma pesada.
Entré en el despacho y la directora me preguntó:
-"¿Qué has hecho ahora, Dallas? Es la tercera visita de esta semana".
Le conté.
-"¿Lo volverás a hacer?" -Dijo- (...Como si yo lo supiera).
-"¡No!" -le espeté-
-"¡Eso espero! -Me contesto con tono antipático y desconfiado.
-"¡Ya puedes irte!" Y me invitó a abandonar su despacho.
Salí y sonó el timbre que anunciaba el recreo. Así que llegué el primero. Me senté en una esquina del patio. Estaba embobado observando una hoja, que caía de los árboles, un poco triste -como el otoño-, pero me gustaban sus colores cálidos, me animaba esa explosión de colores que destacaban en ella.
Era precioso observar el arte de la naturaleza, me recomponía. Pero pensaba:
-"¿Por qué la naturaleza creaba personas como Samuel o mi padre?"
Supongo que a veces se equivocaba. Dejé la hoja en el suelo y miré hacia los árboles del patio, que se desnudaban cada día más, con el paso de los días.
En medio de mi ensoñación vi algo raro entre los árboles. Un rastro de purpurina, como el de mi habitación.
Lo seguí, sin darme cuenta de que cada vez me alejaba, más y más, del patio.
Al cabo de un tiempo, distinguí una sombra que se escondía entre los árboles.
Traté de seguirla, pero me tropecé y apoyé la mano en uno de ellos. Noté tallada una estrella de David en su corteza.
Antes de que pudiera apartar la mano, una energía brillante me envolvió.
Era precioso. En un instante, ya no podía ver nada más allá de aquella manta luminosa.
Cuando me quise dar cuenta, el paisaje otoñal había desaparecido, para dejar lugar a un jungla tropical, de lo más espectacular.