El cielo estaba mal.
No era una sensación vaga ni una paranoia nacida del miedo. Lyra lo supo con una certeza que le atravesó el pecho: las estrellas no estaban donde debían. Las constelaciones habían sido arrancadas y reordenadas, como si una mano invisible hubiera decidido reescribir el lenguaje del universo.
El aire olía a ceniza.
A su alrededor, el mundo parecía detenido en el instante de su propia destrucción. Fragmentos de tierra flotaban a diferentes alturas, unidos por grietas de luz que palpitaban como heridas abiertas. A lo lejos, lo que alguna vez fue una ciudad colgaba del vacío, doblándose lentamente sobre sí misma.
Lyra no recordaba cómo había llegado allí.
Ni quién era.
Pero sostenía algo.
Un fragmento de cristal… no, de estrella. Emitía una luz tenue, cálida, como si estuviera vivo. Y al mirarlo, una certeza aterradora emergió desde algún lugar profundo de su mente:
—Yo hice esto…
El poder respondió.
La luz se elevó desde su mano hacia el cielo, conectando con una constelación desplazada. Y entonces llegó el dolor.
No en su cuerpo.
En su memoria.
Un rostro. Una risa. Una palabra:
“Lyra…”
Y luego… vacío.
Cuando abrió los ojos, alguien estaba frente a ella.
—Ya empezaste otra vez.