En las entrañas de la tierra, donde la luz del sol es solo un recuerdo olvidado y la libertad es una sensación irreal, el Refugio 79 ha resistido al paso del tiempo, manteniendo a sus habitantes bajo una falsa promesa de protección. Tres niveles, tres formas de vivir y de gobernar, mantenidos en un delicado equilibrio por un sistema que oculta más de lo que muestra. El comunismo asambleario del Nivel 1, la democracia corroída del Nivel 2, y la férrea dictadura del Nivel 3 han mantenido a sus moradores separados, sometidos y en silencio durante décadas. La rutina de la supervivencia y el miedo a lo desconocido es todo lo que conocían, pero ahora, algo ha cambiado en el Refugio 79.
La verdad, oculta durante años bajo mentiras y traiciones, ha salido a la luz: el refugio no es el santuario que prometieron, sino una jaula dorada, un experimento macabro en el que las esperanzas de todos han sido manipuladas desde el principio. La obsolescencia programada de los sistemas, los recursos menguantes y las sospechas silenciadas de que son manipulados por sus líderes son más que una evidencia.
Este es el punto de inflexión, donde un grupo de hombres y mujeres, cansados de vivir en la oscuridad, deciden alzarse contra el sistema y desafiar lo imposible. No es solo una huida; es un acto de desafío, un último grito de libertad contra la tiranía que los ha mantenido encadenados. Sin conocer lo que les espera más allá de la compuerta principal, sin garantías de que el mundo exterior sea habitable, estos moradores han decidido arriesgarlo todo en una fuga que desafiará a los mismos cimientos del refugio. No son héroes, no son soldados; son simplemente personas sedientas de un futuro diferente. Las puertas que nunca debieron abrirse están a punto de ceder ante la determinación de quienes se niegan a seguir siendo prisioneros.
Hoy, la historia del Refugio 79 cambia para siempre. Hoy, los oprimidos se convierten en rebeldes y los rebeldes se convierten en leyendas. Porque en la oscuridad de este refugio, una chispa de libertad ha encendido una llama que nadie podrá apagar. Y esa llama, alimentada por la desesperación y el deseo de vivir libres, es más poderosa que cualquier puerta de acero.
La gran evasión del Refugio 79 está a punto de comenzar.
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Nivel 3
El aire en el pequeño almacén de mantenimiento estaba cargado de tensión. Entre las cajas apiladas, Max, Helen, Terry y Alex comprobaban de nuevo las armas. Sus rostros apenas estaban iluminados por la luz parpadeante de una lámpara portátil que luchaba contra la oscuridad. Unas noches antes, Helen Kaplan y Max las habían escondido cuidadosamente en aquel lugar, sin llamar la atención de las patrullas de vigilancia. Alex, con un movimiento rápido y preciso, sacó un rifle de asalto y lo pasó a Terry, que lo tomó con determinación, extendió otro para Helen, Alex repartía armas y municiones, asegurándose de que todo estuviera en orden antes de entregarle por último una pistola a Max, quien la guardó en su cinturón, consciente de que quizás tendría que usarla antes de lo que quisiera. Sin palabras, todos sabían lo que había en juego.
Con todos armados, Max los miró a todos, uno por uno, y asintió con la cabeza. “Cada uno sabe lo que tiene que hacer. No hay vuelta atrás”, dijo, su voz baja y firme, cargada de una mezcla de determinación y miedo.
Terry cargó su arma, el sonido metálico del cerrojo resonó como un último latido en la quietud del almacén. “Nos vemos al otro lado”, dijo, sus palabras parecían un juramento silencioso de que volverían a encontrarse, pasase lo que pasase. Ajustó su mochila y empuñó su rifle, listo para afrontar lo que estaba por llegar. Alex, con su Pip-Boy encendido, repasaba con Helen por última vez los detalles del plan. Sabían que, una vez cruzaran esa puerta, la fuga estaría en marcha y cada segundo contaría.
Tras un último instante en silencio, sin más despedidas, se repartieron entre los pasillos oscuros del nivel 3, cada uno con su misión clara y un destino incierto. La huida había comenzado.
Nivel 2
Sally Montana, Domiciano y Bicinia trabajaban en silencio, revisando y empaquetando los suministros esenciales que Sally había desviado y ocultado con tanto esfuerzo. Las cajas de alimentos no perecederos y comida deshidratada se apilaban junto a ellos, listas para ser transportadas hasta el pasadizo oculto que ascendía hacia el nivel principal. Cada movimiento era rápido pero calculado; no podían permitirse errores.
Sally, sudando bajo la tenue luz de una linterna, ajustó la última caja sobre una carretilla improvisada. “Esto tiene que bastar para todos. Si conseguimos llegar al nivel principal, tendremos suficiente para algún tiempo fuera,” dijo con la voz cargada de nerviosismo. Domiciano, siempre meticuloso, revisaba una última vez la carretilla que usarían para llevarlo todo hasta el pasadizo. “No podemos cargar mucho más. Si nos interceptan, necesitamos poder movernos rápido” añadió mientras Bicinia ajustaba las correas de los víveres.
Justo cuando se disponían a comenzar el ascenso, las puertas del almacén se abrieron de golpe y apareció Ken Flores, con los ojos brillando de una mezcla de urgencia y satisfacción. “Los he encontrado” dijo, respirando agitado. “Sé dónde la presidenta tiene encerrados a Alan y Zack.”
El impacto de sus palabras los paralizó. Alan y Zack, sus antiguos compañeros, llevaban desaparecidos desde la primera reunión. Sally lo miró, su mente trabajaba a toda velocidad. “¿Estás seguro? No podemos permitirnos un error ahora, Ken. Todo el plan depende de que llevemos estos suministros al nivel principal.” Ken asintió con firmeza, casi vibrando con la urgencia de lo que había descubierto. “Están en una celda en el subsótano de seguridad. Debemos de liberarlos, se lo debemos.”
Sally intercambió una mirada rápida con Domiciano y Bicinia, con el peso de la decisión colgando en el aire. Sabían que rescatar a Alan y Zack podía fortalecer la rebelión, pero también ponía en riesgo todo el plan de huida. Sin embargo, en sus corazones latía el anhelo de no dejar a nadie atrás, de romper todas las cadenas, visibles o invisibles, que los habían mantenido cautivos. “Vamos” dijo Sally finalmente, su voz baja pero decidida.
“Liberaremos a Alan y Zack, pero tenemos que ser rápidos. Los suministros no esperarán y tampoco lo hará la huida.”
Con esa resolución, Sally y Ken se dirigieron hacia las entrañas más oscuras del refugio, dispuestos a salvar a los suyos, costase lo que costase. Mientras, Domiciano y Bicinia marcharon en silencio hasta el pasadizo que comunicaba con el primer nivel.
Nivel 1
Los dormitorios donde los moradores del primer vivían tenían sus literas estaban despojados de todo lujo. Envueltos en un silencio casi irreal, roto solo por el débil zumbido de las tuberías y el eco distante de las máquinas de purificación de agua. A oscuras, Luna permanecía inmóvil en su litera, con la respiración contenida y la mirada fija en el reloj oxidado sobre la pared. Era la hora. Se levantó sin hacer ruido, su figura deslizándose entre las sombras, con los nervios encendidos y el corazón latiendo rápido. Tomó su mochila, ligera y cargada solo con lo esencial, y salió al pasillo sin ser vista.
A unas literas de distancia, Ron se levantaba con movimientos calculados, su mente en un estado de alerta constante. No confiaba en nadie, ni siquiera en la oscuridad que lo cubría. Con su llave inglesa firmemente sujeta, salió del dormitorio, avanzando con pasos firmes y cautelosos. M, por su parte, se tomó un instante más, cerrando los ojos para respirar profundo y dejar atrás el miedo. Era ahora o nunca. Se cubrió con su bata blanca y se deslizó fuera, perdiéndose entre las sombras del pasillo.
Elisabeth fue la última en dejar su cama, había pasado toda la noche pensando en el peligro al que estaban a punto de enfrentarse. A pesar de sus temores, sabía que era lo que debía de hacer. Cogió el mapa improvisado de los túneles que había trazado y abandonó aquella habitación para siempre. Tras unos minutos, se encontró con Luna y Ron en el punto de encuentro, un estrecho cuadro de fusibles tras el cual estaba el acceso hacia el segundo nivel. M llegó poco después, sin palabras, intercambiaron miradas que decían más que cualquier discurso.
Todo había sido preparado durante semanas. Consiguieron desviar un caudal imperceptible de agua pura a las cañerías superiores y acumularla en un depósito auxiliar del nivel superior y habían conseguido sustraer químicos de purificación sin que se percatasen en los laboratorios. Sabían que, sin una fuente de agua constante, su plan de huida sería una condena segura.
Danny no aparecía.
Luna apretó los labios, su impaciencia mezclándose con un temor que intentaba reprimir. Ron, siempre paranoico, echó un vistazo hacia el pasillo, maldiciendo en voz baja. M frunció el ceño, sus ojos buscando en la penumbra algún signo de movimiento. Elisabeth miró su reloj, sintiendo el peso de cada segundo que pasaba. El plan dependía de la coordinación, de cada uno cumpliendo su papel en el momento justo. No podían esperar más; el riesgo de ser descubiertos aumentaba con cada instante que permanecían allí.
“No podemos quedarnos” susurró Ron finalmente, su tono firme pero con un deje de preocupación. “Si Danny no llega, tendremos que seguir sin él.”
Con un último vistazo hacia la oscuridad, los cuatro se adentraron en el pasadizo que conducía al segundo nivel. Aunque nadie los había descubierto, no podían evitar la sensación de que algo se había torcido antes de siquiera comenzar.
Nivel 3
Terry y Alex llegaron sin problemas hasta el almacén de baterías. Dentro, el resplandor tenue de las celdas cargándose iluminaba la vasta sala llena de maquinarias y cables entrelazados. Sin perder un segundo, Terry localizó la batería que buscaba. Mucho más grande que las demás, una monstruosa unidad de metal y cables, que se usaba para cargar los sistemas auxiliares de todo un subnivel. Estaba cargada al máximo. Juntos, la montaron en un carro y la aseguraron con cintas.
"Esto nos dará la energía que necesitamos" dijo Alex, secándose el sudor de la frente mientras revisaba los datos en el cuadro de diagnóstico de su pip-boy. Sabían que moverla hasta el ascensor sería el punto más crítico: el peso del carro y el ruido que harían podrían alertar a las patrullas de vigilancia. Pero no había tiempo para dudar. Se pusieron en marcha, empujando con todas sus fuerzas mientras el chirrido del metal contra el suelo resonaba como un grito en la oscuridad. Las sombras se movían a su alrededor, y cada cruce de pasillo era una trampa potencial. Sabían que los guardias no tardarían en escuchar el chirrido de las ruedas y que cualquier segundo perdido podría sellar su destino.
Mientras tanto, en el otro extremo del nivel, Max y Helen se movían con sigilo por los pasillos oscuros, guiados por la débil luz de servicio que parpadeaba intermitente. Llegaron a la sala de control, una cámara llena de consolas y pantallas desgastadas por el tiempo, donde la energía producida por los reactores era distribuida por todo el refugio. Un guardia custodiaba la puerta. Levantaron sus armas y avanzaron decididos. El vigilante, incapaz de reaccionar a tiempo, levantó las manos a modo de rendición. Con un golpe de culata, cayó inconsciente al suelo. Rápidamente, Max se acercó al panel principal. Su mirada recorría los controles mientras Helen vigilaba la entrada, atenta a cualquier ruido que indicara la presencia de más guardias.
"Desviamos la energía ahora o todo el plan se va al infierno" susurró Max, sus manos temblando levemente mientras ajustaba los interruptores y redirigía la energía hacia el ascensor del nivel principal. Helen asintió, nerviosa pero concentrada, sabiendo que este movimiento era esencial para la huida. Con un leve zumbido, las luces de la sala de control parpadearon, y un sonido sordo resonó por los pasillos del nivel 3. La energía había sido desviada.
Nivel 2
El frío del pasadizo se colaba en los huesos de los moradores del primer nivel mientras descendían en silencio por aquel acceso casi vertical hacia el Nivel 2. Cada escalón era un desafío, una mezcla miedo y esperanza los empujaba hacia adelante, conscientes de que no podían detenerse. Al llegar al final del conducto, se encontraron frente a una pequeña compuerta oxidada que se abrió con un leve chirrido, Bicinia y Domiciano los esperaban con expresiones serias y nerviosas. Los rebeldes intercambiaron miradas rápidas, apenas un gesto de reconocimiento antes de lanzarse en una carrera silenciosa por los pasillos del Nivel 2.
El corazón les latía con fuerza mientras atravesaban el corredor principal, esquivando las luces y manteniéndose pegados a las paredes para evitar llamar la atención. El almacén estaba a solo unos metros, pero cada segundo contaba. Sin hacer ruido, entraron en el almacén y localizaron el carro de provisiones que habían preparado. Empezaron a empujar el carro por los pasillos del nivel hacia el acceso al otro pasadizo, el que conducía al nivel principal. Sabían que este era el momento más peligroso; cualquier ruido fuera de lugar podría desatar el caos.
El acceso al pasadizo estaba oculto en un rincón de la zona de cultivos hidropónicos, camuflado tras un cuadro de mantenimiento cubierto de moho y humedad. Bicinia abrió la compuerta mientras Ron, M y Elisabeth comenzaron a pasar los víveres hacia el estrecho túnel. Luna, con una mirada decidida, ayudaba a acomodar las cajas en el pasadizo, asegurándose de que todo estuviera bien distribuido para el ascenso.
Domiciano, en el acceso principal de la sala, vigilaba los pasillos, atento a cualquier movimiento, cualquier sombra que delatara la presencia de los guardias. Su respiración era contenida, y su mirada iba de un lado a otro como la de un cazador acechando su presa. Sabía que estaban en terreno hostil, y un solo ruido podría acabar con el plan.
Uno a uno, los víveres subían por el pasadizo, uniendo los esfuerzos de todos en un mismo objetivo: llegar al nivel principal y, desde allí, abrir la compuerta que los conduciría a la libertad. Mientras la última caja desaparecía en la oscuridad del túnel, todos sabían que lo más difícil estaba aún por venir. Pero no había marcha atrás; aquella noche, cada paso los acercaba más al final del refugio y al comienzo de algo nuevo.
Nivel 1
Danny esperaba en la penumbra, respirando entrecortadamente mientras los minutos pasaban lentos, cargados de tensión. Los demás lo esperaban en el punto de encuentro, y él sabía que cada segundo contaba. Pero esa noche no solo era la noche de la huida, sino también la culminación de un día que había cambiado todo para él.
Durante el día, mientras estaba en casa, había escuchado una conversación que lo sacudió hasta los huesos. Se había escondido tras una esquina, sin querer creer lo que estaba oyendo, pero las palabras de su madre, representante de la Asamblea del Pueblo, retumbaban en su mente como un eco interminable. “Demetrio aún está bajo custodia. Hay que solucionar definitivamente el problema. No podemos permitir que la información que tiene de los otros niveles se filtre.” Danny sintió que el mundo se le venía abajo; Demetrio había sido su compañero dando clase en la escuela de ciudadanía del nivel. Sabía que había estado presente en la primera reunión entre los niveles y que llevaba desde entonces desaparecido. Danny se sintió responsable. No podía dejarlo atrás y mucho menos después de escuchar aquello de darle una solución definitiva.
Decidido, había pasado el resto del día pensando en cómo rescatarlo. No podía dejarlos allí, no después de todo lo que habían arriesgado para descubrir la verdad. Así que, aquella noche, cuando las luces se atenuaron y el refugio quedó envuelto en el silencio de la madrugada, Danny se escabulló hacia la zona de detención. Sus pasos eran rápidos pero cuidadosos, y el miedo de ser descubierto lo obligaba a moverse con más cautela de la que jamás había tenido.
Cuando llegó a las celdas, se encontró con un obstáculo inesperado: dos guardias vigilaban la puerta de los detenidos, charlando en voz baja y jugando con las porras en sus manos. Danny se ocultó tras una columna, su corazón latiendo tan fuerte que temió ser escuchado. No había planeado enfrentarse a guardias; cada segundo que perdía significaba que se alejaba más de su propio escape. Pero no había marcha atrás. Esperó hasta que los guardias se distrajeron con el sonido distante de una alarma de mantenimiento. Con movimientos ágiles, Danny aprovechó la distracción y se deslizó hasta el interior del recinto.
Las manos le temblaban mientras intentaba abrir la celda en la que se debía de encontrar Demetrio. La cerradura no cedía y ahora mismo su habilidad con las herramientas era casi nula. Cada crujido del metal parecía gritar en medio del silencio. Finalmente, tras lo que le pareció una eternidad, la puerta se abrió con un quejido agudo. En el interior, Demetrio lo miró, sus ojos estaban llenos de sorpresa, desconfianza y, finalmente, esperanza.
“No hay tiempo para explicaciones, tenemos que irnos ahora.” dijo Danny en un susurro urgente. El prisionero asintió, tambaleándose al ponerse de pie después de meses de encierro. No tenían mucho tiempo; Danny sabía que los guardias no tardarían en volver.
Con Demetrio siguiéndolo con dificultad de cerca, Danny se movió rápidamente por los pasillos. Al girar la esquina, otro guardia apareció, alarmado por la carrera de los moradores, les ordenó detenerse. Se detuvieron instintivamente, sin embargo, cuando el guardia estuvo más cerca, Demetrio se lanzó contra él, empujándolo con todas las fuerzas que le quedaban contra la pared. El guardia se golpeó violentamente y cayó al suelo. Sin mediar palabra, comenzaron de nuevo a correr.
Al final de uno de los pasillos encontraron la entrada al pasadizo que conectaba con el segundo nivel. La carrera había sido frenética y peligrosa. Sus compañeros ya habrían descendido y solo la suerte les permitiría encontrarlos. Sabiendo que no tenían otra posibilidad, se adentraron en el oscuro túnel que los llevaba hacia lo desconocido. Danny había cumplido lo que su conciencia le pedía: no dejar a nadie atrás.
Nivel 2
Sally y Ken se movían con sigilo, sus pasos ligeros resonando apenas sobre el frío suelo de los pasillos. No había tiempo que perder; la huida estaba en marcha y cada segundo que se escapaba era una oportunidad menos para salir vivos de aquel infierno subterráneo. Pero Ken había insistido, con una mezcla de urgencia y determinación en sus ojos, en que tenían que liberar a Zack y Alan antes de que fuera demasiado tarde.
Las celdas donde estaban retenidos se encontraban en una sección olvidada del nivel de seguridad, un subsótano oscuro y mal ventilado que solo unos pocos conocían. Los rebeldes avanzaron en silencio, con el corazón latiendo a un ritmo frenético. Sally sostenía una linterna tenue, apenas suficiente para iluminar el camino, mientras Ken, con el ceño fruncido, corría a su lado. Sus planes de revolución habían quedado a un lado; lo único que importaba ahora era sacar a esos hombres de allí.
Llegaron a una puerta metálica, vieja y cubierta de herrumbre. Desde dentro se oían voces apagadas y el sonido lejano de pasos. Ken miró a Sally, y sin mediar palabra, asintió. Sabían lo que tenían que hacer. Sally se agachó junto a la cerradura, utilizando una herramienta improvisada que había traído para forzarla. La tensión del momento la hizo contener el aliento mientras sus manos trabajaban rápidas, cada clic de la cerradura sonando como un trueno en la quietud de la noche. Finalmente, el cerrojo cedió, y la puerta se abrió con un crujido que rompió el silencio.
Dentro, Zack y Alan, desaliñados y cansados, levantaron la vista con sorpresa y esperanza al ver a Sally y Ken. Sin tiempo para explicaciones, Sally se apresuró a liberar las esposas que los mantenían inmovilizados. “Tenemos que salir ahora” susurró, sus ojos buscando señales de los guardias que podrían descubrirlos en cualquier momento.
Zack se puso de pie, tambaleándose ligeramente, mientras Alan intentaba sacudirse la rigidez de días de encierro. “Pensamos que nos habíais olvidado” dijo Zack, con su voz ronca pero agradecida. Ken los apremió a moverse. “No hay tiempo para hablar.”
El grupo comenzó a avanzar, pero justo cuando estaban por salir del subsótano, una alarma aguda resonó a lo largo del corredor. Los guardias habían descubierto la fuga. Voces y el eco de botas acercándose llenaron el aire. Ken se detuvo en seco, mirando hacia la entrada del pasillo. “No podremos salir” dijo con una voz baja pero firme. “Voy a entretenerlos. Vosotros tres, corred pasadizo y no miréis atrás.” Sally abrió la boca para protestar, pero Ken ya había tomado su decisión. Su sueño de revolución quedaba a un lado; ahora solo importaba que los demás escaparan.
“Ken, no…” comenzó Sally, pero él la cortó, empujándola suavemente hacia adelante. “Haced que esto valga la pena, id.” Con una última mirada desafiante, Ken corrió hacia la dirección de los guardias, golpeando las paredes un par de veces para atraer su atención. El sonido resonó en el pasillo, y los guardias, ahora enfocados en él, empezaron a perseguirlo. Ken se lanzó en un sprint desesperado, sabiendo que su sacrificio era lo único que aseguraría que Zack, Alan y Sally pudieran escapar. El eco de los golpes y las órdenes de los guardias resonaron por todo el corredor, marcando el caos que había desatado.
Sally no tuvo más opción que agarrar a Zack y Alan y empujarlos hacia los pasillos superiores. Avanzaron a la carrera, jadeando por el esfuerzo y el miedo. Tras doblar uno de los pasillos, se dieron de bruces contra dos moradores que corrían en dirección contraria. Frente a frente, apenas tuvieron unos segundos antes de reconocerse. La suerte había permitido que Danny y Demetrio encontrasen a Sally y su grupo.
Los rebeldes continuaron la carrera a la zona de cultivos hidropónicos, entrando en uno de las salas hasta el cuadro que daba acceso al pasadizo. Uno a uno se adentraron en el estrecho túnel, subiendo por la escalera metálica que los conduciría hacia el nivel principal, su última etapa de la huida. Al final del ascenso, caras conocidas los recibieron con alegría. Los moradores rebeldes de los niveles 1 y 2, habían logrado huir, pero aún quedaba lo más difícil.
Un sonido grave retumbó en toda la sala. Alertados, miraron su procedencia… Uno de los ascensores, marcado con un enorme 3, había comenzado a moverse.
Nivel 3
La fuga estaba en su momento más crítico, y el nivel 3 del refugio se había convertido en un laberinto de sombras, ecos y disparos. Max y Helen corrían a toda velocidad por los pasillos, sus pasos apenas de percibían por el ruido de alarmas distantes y las órdenes de los guardias que buscaban frenar a los intrusos. Max empuñaba su pistola, con la mirada fija en el camino hacia el ascensor que los llevaría al nivel principal, donde la última etapa de su plan se pondría en marcha. Helen, a su lado, no dejaba de mirar a atrás, preparada para cualquier enfrentamiento.
Al doblar un corredor, se encontraron de frente con una patrulla de guardias, armados y listos para el combate. El intercambio de disparos fue inmediato y feroz. Las balas silbaron cerca, rebotando en las paredes y estallando en chispas. Max se lanzó hacia un lateral, disparando con precisión hacia uno de los guardias, que cayó al suelo con un grito ahogado. Helen se cubrió tras unos cuadros eléctricos, devolviendo el fuego con ráfagas de su fusil. El pasillo se llenó de humo y caos. Segundos después, los guardias yacían abatidos.
Max y Helen no perdieron tiempo y siguieron adelante, sus respiraciones pesadas pero impulsadas por la adrenalina. El ascensor, su única vía de escape, estaba a solo unos metros, pero sabían que aún quedaba lo peor por delante.
Mientras tanto, en la zona del ascensor, Terry y Alex se afanaban por meter la enorme batería de fusión en el interior del elevador. La pesada estructura metálica requería toda su fuerza, y cada segundo parecía más largo que el anterior. Justo cuando lograron empujarla hasta el borde, el sonido de botas y voces cercanas les alertó del peligro. Dos guardias habían llegado a la escena, apuntando directamente hacia ellos.
Sin tiempo para reaccionar y coger sus armas, Terry y Alex se tiraron al suelo, ocultándose detrás de la batería en el interior del ascensor. Las balas empezaron a golpear el metal de la batería, resonando como truenos en el pequeño espacio. Terry, con el pulso acelerado, trató de coger su arma, pero sabía que desde aquella posición era casi imposible sin exponerse.
La tensión aumentó mientras los guardias se acercaban, sus armas apuntando hacia el ascensor, listos para disparar al menor movimiento. En ese momento, una explosión de ruido y destellos llenó el pasillo: Max y Helen habían llegado justo a tiempo, atacando desde detrás a los guardias con una frialdad desconocida hasta ahora para ellos. Los guardias, sorprendidos, no tuvieron oportunidad de reaccionar. Las balas de Helen y Max los alcanzaron antes de que pudieran darse la vuelta, y cayeron al suelo sin vida.
“¡Rápido, dentro!” gritó Max, ayudando a Terry y Alex a empujar la batería hasta que finalmente quedó encajada en el ascensor. Con un último esfuerzo conjunto, cerraron las puertas del elevador y pulsaron el botón que los llevaría al nivel principal. Las luces del ascensor parpadearon y el ascenso comenzó con el zumbido del motor vibrando bajo sus pies.
Dentro del ascensor, todos se dejaron caer contra las paredes, exáustos, intentando recuperar el aliento. El alivio de haber superado aquella situación se mezclaba con el temor de lo que aún les esperaba arriba. Pero ese momento de tregua se rompió de golpe. Terry, con la mano en su costado, notó algo cálido y pegajoso. Miró hacia abajo y vio cómo su camisa se teñía de rojo.
“Estoy… Mierda” murmuró, su voz quebrándose mientras apartaba la mano y dejaba ver la herida, una fea mancha de sangre que se expandía rápidamente. Helen se acercó de inmediato, presionando con fuerza sobre la herida mientras Alex buscaba algo para detener la hemorragia. “Te sacaremos de aquí” dijo Max, con una mezcla de desesperación. El ascensor seguía ascendiendo, pero cada metro, cada segundo allí dentro, se hacía eterno.
La sangre de Terry manchaba el suelo del ascensor, y cada segundo que pasaba se hacía más evidente que necesitaba ayuda urgente. Todos sabían que, al llegar al nivel principal, la lucha no habría terminado. Pero en sus miradas, cargadas de miedo y esperanza, también había una promesa silenciosa: llegarían hasta el final juntos, pase lo que pase.
Nivel 0
La noche de la fuga se había convertido en una espiral de miedo, tensión y esperanza. Los moradores rebeldes de los niveles 1 y 2, unidos por un objetivo común, se encontraban en ese espacio que alguna vez había sido el corazón operativo del refugio. Las miradas nerviosas y las respiraciones contenidas llenaban la sala mientras esperaban en silencio, observando las luces del ascensor principal que ascendían lentamente desde el nivel 3. El miedo a lo desconocido pesaba sobre ellos, y cada segundo de espera se sentía como una eternidad.
Nadie hablaba, pero todos pensaban lo mismo: si no eran sus compañeros del nivel 3, serían los guardias. La posibilidad de una confrontación final estaba en el aire, y todos observaban, listos para lo peor. Finalmente, con un pitido metálico y un chirrido de puertas abriéndose, el ascensor llegó al nivel principal. Un instante de puro pánico atravesó al grupo antes de que las puertas se deslizaran y, en lugar de uniformes de guardias, vieran a Helen, Max y Alex, que sujetaban a Terry, que estaba pálido y sangrando por una herida en el costado.
“¡Vamos, no hay tiempo!” gritó Max, con la voz ronca, mientras los demás se lanzaban hacia ellos. Terry, apoyado en Alex y Helen, apenas podía mantenerse en pie, y el piso del ascensor ya estaba teñido de su sangre. Los rebeldes se apresuraron a ayudar, tirando de él y cubriendo su herida con trapos a modo de vendaje improvisado. Pero no había tiempo para preocuparse por nada más que el plan.
La enorme batería que habían arrastrado desde el nivel 3, crucial para abrir la compuerta del refugio, se encontraba ahora sobre el carro improvisado y requería la fuerza de varios para empujarla hasta el punto de conexión. Los rebeldes se agruparon alrededor de la batería, empujando con todas sus fuerzas. El sonido sordo de la batería siendo arrastrada hacia la compuerta resonaba en el vasto y vacío nivel, mezclándose con sus jadeos y gruñidos de esfuerzo. Pero entonces, el ruido inesperado de los otros dos ascensores en movimiento rompió la concentración del grupo. Las luces de los ascensores 1 y 2 parpadearon mientras subían, cada vez más cerca. No había duda: los guardias venían hacia ellos.
“¡Rápido, tenemos que terminar esto antes de que lleguen!” gritó Sally, su voz impregnada de urgencia y miedo. Con un último empujón, la batería quedó en su posición. Los rebeldes redoblaron sus esfuerzos. Alex, Ron y Domiciano corrieron hacia los conectores de la puerta acorazada, asegurándose de que estuvieran listos para recibir la energía que la batería proporcionaría. Marilisandre, Bicinia, Elisabeth y Luna ayudaban a Terry, intentando detener la hemorragia y mantenerlo consciente.
Mientras Zack, Alan, Danny y Demetrio comenzaron a cargar con las provisiones. Los víveres recolectados a lo largo de semanas de planificación eran la clave para sobrevivir los primeros días en el exterior. Nadie se permitió dudar, ni siquiera por un segundo, de que la puerta se abriría. Helen y Max revisaban las conexiones eléctricas, asegurándose de que todo funcionara. Finalmente, la batería se conectó a los terminales.
Un chisporroteo de energía llenó el aire, y la gigantesca compuerta comenzó a vibrar con un rugido metálico. El sonido ensordecedor de los motores activándose indicaba que la puerta estaba cediendo, lenta pero constante. Las alarmas internas del refugio estallaron como un aullido, mientras el sonido de los ascensores alcanzaba su punto máximo.
“¡Vamos, vamos!” gritó Max, empuñando su arma y girándose hacia los ascensores. Sabían que no tenían mucho tiempo antes de que los guardias aparecieran en la sala. Con la adrenalina corriendo por sus venas, los rebeldes mantuvieron sus posiciones y cubrieron la batería mientras la gigantesca compuerta del refugio comenzaba a moverse, liberando un chorro de aire frío que golpeó a los rebeldes como una promesa de libertad. Las luces de emergencia parpadeaban, bañando el espacio en un resplandor siniestro que mezclaba la urgencia con el miedo. Todos estaban allí, empujando las provisiones y cargando a los heridos, con la esperanza de escapar del infierno subterráneo que había sido su hogar durante generaciones.
Justo cuando la compuerta estaba a punto de abrirse del todo, los ascensores 1 y 2 se detuvieron con un sonido metálico y las puertas se abrieron de golpe. De su interior surgieron los guardias, vestidos con chalecos de Vault-Tec en lugar de los típicos uniformes del refugio, sus armas brillando bajo la luz parpadeante. Sin mediar palabra, comenzaron a disparar, y el eco de los disparos resonó por todo el nivel. Las balas volaron por el aire, impactando contra paredes y estructuras metálicas, desatando el pánico.
Max, Helen, Alex y Luna, que había recogido el rifle de Terry, se movieron al frente, devolviendo el fuego con precisión y sin dudar. Se cubrían tras los contenedores y estructuras de metal. El enfrentamiento era feroz, una lucha de pura supervivencia. Los guardias, mejor equipados y con órdenes claras, intentaban frenar la huida a cualquier costo. Pero los rebeldes luchaban con la desesperación y la determinación de quienes no tenían más opciones. Cada disparo era un grito de resistencia, cada bala, un paso más hacia la libertad que los esperaba al otro lado de la compuerta.
Finalmente, con un estruendo ensordecedor, la compuerta del Refugio 79 se abrió del todo, revelando un oscuro túnel que se perdía en lo desconocido. Los rebeldes no se lo pensaron dos veces. Danny, Marilisandre, Elisabeth, Bicinia y los demás comenzaron a correr, cargando los víveres y ayudando a Terry, que se tambaleaba por la pérdida de sangre. Sus pasos resonaban en la estructura de hormigón, dejando atrás el refugio que durante tanto tiempo los había mantenido cautivos.
Max, Helen, Alex y Luna fueron los últimos en abandonar la sala, retrocediendo lentamente mientras disparaban hacia los guardias que seguían intentando avanzar. Los chalecos de Vault-Tec no podían protegerlos de la rabia de los rebeldes, que, con sus últimas balas, los mantenían lo suficiente para que todos pudieran escapar. El sonido de los disparos a resonaban como truenos amplificados por el eco del túnel. Sin detenerse, corrieron por aquella estructura de hormigón. La oscuridad los rodeaba, mientras la compuerta comenzaba a cerrarse nuevamente.
En medio del caos, apenas tuvieron un segundo para mirar atrás, viendo cómo la puerta del refugio, esa colosal barrera de metal y mentiras, comenzaba a cerrarse tras ellos. El sonido apagado de la alarma del refugio resonó en la distancia, sellando el mundo que conocían y dejando atrás la vida que habían llevado hasta ahora. No había vuelta atrás. Los ecos de los disparos cesaron y la puerta del refugio se cerró con un último estruendo. El túnel quedó finalmente en silencio, sólo roto por los jadeos de los supervivientes. Habían conseguido lo imposible: romper las cadenas que los mantenían prisioneros.
Su hogar, se había perdido para siempre. Ahora, solo quedaba el yermo, un mundo desconocido, peligroso y lleno de desafíos, pero también un mundo donde por primera vez en sus vidas, eran verdaderamente libres.
Epílogo
El túnel de hormigón parecía interminable. Las luces parpadeantes de la compuerta del Refugio 79 ya habían quedado muy atrás, y con cada paso que daban, el eco de sus botas resonaba como un recordatorio constante de lo que acababan de dejar atrás. Habían escapado. El aire frío y estancado del túnel se mezclaba con el sudor que empapaba sus monos azules. Algunos jadeaban, otros mantenían el ritmo constante, pero todos compartían una sensación común: el cansancio extremo y un creciente nerviosismo.
Max lideraba el grupo, su mirada fija hacia adelante, con Helen y Alex a su lado, silenciosos pero atentos. Luna, con el rifle que había tomado de Terry colgando de su hombro, caminaba unos pasos más atrás, su mente perdida en el laberinto de lo que acababa de suceder. El resto de los fugitivos seguía de cerca, empujando los carros de provisiones y cargando a Terry, que seguía malherido, con la respiración pesada y entrecortada.
El túnel se extendía en la oscuridad, iluminado solo por las pocas linternas que llevaban y la luz de los pip-boys. Cada crujido bajo sus pies, cada gota que caía del techo, sonaba mucho más fuerte de lo que realmente era. Habían escapado, sí, pero el alivio no había llegado. No podía llegar. No todavía.
Tras horas andando, el túnel finalmente desembocó en una especie de colector, una cámara de hormigón abandonada con un techo alto y paredes que se estrechaban en algunas partes. La corriente de agua sucia que corría a un lado les recordaba el propósito original de aquel lugar: un canal de drenaje de tiempos pre-Guerra. Max alzó la mano para detener al grupo. “Descansamos aquí,” dijo, con la voz cansada. El agotamiento en sus ojos era evidente, pero había algo más. Algo que todos compartían: el miedo a lo que encontrarían al final del túnel.
Con movimientos pesados y torpes, comenzaron a instalarse. Nadie tenía experiencia en esto, al menos no más allá de la teoría. Luna ayudó a bajar a Terry y le ofreció un trago de agua de su cantimplora, sus ojos oscuros recorriendo la estancia como si buscara algún peligro oculto entre las sombras. Larry y Sally comenzaron a desatar las mochilas con provisiones, mientras Marilisandre se encargaba de revisar las heridas de Terry, apretando los labios cada vez que veía la extensión del daño.
El ambiente estaba tenso, cargado de nerviosismo. Nadie hablaba mucho, solo lo necesario. Mientras algunos se sentaban en el suelo o se recostaban contra las paredes húmedas, las primeras dudas empezaron a aparecer, silenciosas, pero cada vez más evidentes. El primero en hablar fue Walter. Su voz, temblaba un poco. "Hemos escapado... pero ¿y ahora qué? No tenemos idea de qué hay allá afuera. Ni siquiera sabemos si este túnel nos llevará a alguna parte."
Alex, que estaba ajustando su linterna, levantó la vista. "No había otra opción. Quedarnos no era viable. El refugio está condenado."
"Sí, pero al menos estábamos protegidos" replicó Danny desde su rincón, su rostro pálido y lleno de incertidumbre. "Aquí… no sabemos qué nos espera. Ni siquiera sabemos si podremos sobrevivir fuera de estas paredes."
Luna, que hasta ahora había guardado silencio, intervino, su voz fría y contenida. "Sobreviviremos. Esto es lo que elegimos. Estaremos preparados."
"¿Preparados?" Elisabeth, sentada con la cabeza entre las manos, levantó la vista. "Terry está malherido, nuestras provisiones son limitadas, y estamos perdidos en un túnel de drenaje que bien podría estar colapsado más adelante. ¿Eso es estar preparados?"
El murmullo de agua corriendo a su lado parecía acentuar el silencio que siguió. El cansancio pesaba sobre todos, pero también la realidad de lo que habían hecho. Habían escapado del Refugio, sí, pero ahora estaban en una situación completamente desconocida. El refugio, con todos sus defectos y conspiraciones, les había ofrecido un hogar, una estabilidad. Aquí, en la oscuridad del túnel, con las paredes húmedas y el aire enrarecido, no tenían más que incertidumbre.
Alex suspiró y se pasó una mano por la cara. "Sé que esto es duro. Nadie dijo que sería fácil. Pero es lo que decidimos libremente. Estamos aquí ahora, y tenemos que seguir adelante."
"¿Seguir adelante hacia dónde?" preguntó Danny, su tono sonó más agudo de lo habitual. "Ni siquiera sabemos qué dirección tomar. Ni si hay algo más allá de este túnel." Marilisandre, que había estado callada mientras atendía a Terry, levantó la vista. "Quizás... quizás deberíamos habernos quedado. Al menos en el Refugio teníamos recursos. Teníamos agua y comida."
Luna la miró fijamente. "¿Quedarnos? ¿Con esos tiranos manipulándonos? ¿Esperar a morir lentamente mientras el Refugio colapsa? No, eso es lo correcto. Salir de ese lugar era nuestra única opción."
"Pero aún no sabemos si el exterior es habitable," insistió Elisabeth, su voz mostraba lo que todos temían. "Podría ser peor que el Refugio."
La conversación empezaba a convertirse en un enfrentamiento silencioso. Todos sentían el miedo, pero lo procesaban de maneras diferentes. Algunos, como Luna y Max, veían la huida como un acto necesario. Otros, como Elisabeth y Danny, empezaban a cuestionar si realmente estaban listos para enfrentar lo que venía. Y Terry, tendido y débil, era un recordatorio constante de lo frágil que era su situación.
Helen, que había permanecido callada, observando el debate, finalmente habló. Su tono era sereno y calmado, como siempre, pero había una firmeza en su voz que hizo que todos se callaran. "No sirve de nada lamentarse ahora. Estamos fuera del Refugio. Si el exterior es peor, lo sabremos. Pero hemos dado este paso porque todos sabíamos que quedarnos no era una opción. Tenemos que trabajar juntos, o no duraremos ni un día allá afuera."
El silencio volvió a caer sobre el grupo. Helen tenía razón. Ya no importaba si el plan era perfecto o no. Habían huido. Y ahora, lo que les quedaba era enfrentarse a lo desconocido, juntos. Max se levantó, señalando hacia la salida del colector. "No sabemos qué hay allá afuera, pero mañana lo descubriremos. Ahora, necesitamos descansar. Dividiremos las guardias. No sabemos si estamos a salvo."
Uno a uno, los moradores asintieron. El debate no había resuelto todas sus dudas, pero sabían que lo único que les quedaba era avanzar. A medida que la noche se hacía más profunda en el túnel, el nerviosismo seguía presente. Las sombras en las paredes parecían moverse de forma inquietante, y el eco del agua no era el sonido más reconfortante.
Y así, con el cansancio aplastante, los cuerpos doloridos y las mentes llenas de dudas, los rebeldes del Refugio 79 cerraron los ojos por unas horas, sabiendo que la verdadera lucha comenzaría al amanecer.