El aire de los sótanos era frío y denso, cargado con un olor terroso que ningún morador del Refugio 79 había experimentado antes. Tras su dramática huida, los supervivientes habían atravesado el túnel con paso apresurado, impulsados por el miedo y la adrenalina. No había vuelta atrás. Detrás de ellos, las puertas del refugio se cerraban para siempre, sellando el pasado con un estruendo metálico. No tuvieron mucho tiempo para celebrar su libertad. Ante ellos, tras una caminata de dos días, el túnel desembocaba en una enorme estructura de metal oxidado y hormigón descascarado. Unas puertas inmensas, resquebrajadas por el tiempo, bloqueaban su paso. Al otro lado, les esperaban sombras armadas.
Troy "el Brahmanes", con su porte imponente y su inseparable rifle al hombro, escudriñó a los recién llegados con una mirada severa. Ringo "Cinco Ases" mantenía una postura tensa, sus dedos tamborileaban sobre la culata de su revólver. A su lado, Atenea, la joven de mirada fiera, mantenía su escopeta en alto, dispuesta a disparar al primer signo de amenaza. Las armas estaban en alto en ambos bandos. No hubo palabras al principio, solo un largo silencio cargado de incertidumbre. Fue Max quien dio el primer paso, alzando las manos en señal de paz. "No queremos problemas", dijo con voz ronca, "solo un lugar donde no nos quieran muertos".
Ringo intercambió una mirada con Troy, quien al ver sus impolutos monos azules del refugio suspiró y asintió con desgana. "Bien, deja pasar a estos pieles finas", dijo 5 Ases con su tono tranquilo pero calculador, "pero si nos traéis problemas, seréis los primeros en pagar por ellos". Con esa única advertencia, las armas bajaron. No había sonrisas, ni calurosas bienvenidas, solo la aceptación de que, en el Yermo, los números eran importantes y que la supervivencia siempre estaba por encima de la desconfianza.
Aquella enorme construcción medio derruida que ahora llamaban hogar era un vestigio del mundo antiguo, un enorme edificio de piedra y acero, con grandes salas y pasillos llenos de polvo y ruinas. En su tiempo, había sido un museo, pero ahora era solo un cascarón vacío, esperando volver a tener propósito. Con el tiempo, 5 Ases y Atenea, su hija, lo habían convertido en su hogar.
La primera semana fue la más difícil. A pesar de la seguridad que ofrecían las gruesas paredes del museo, la sensación de vulnerabilidad era aplastante. Cada crujido del edificio hacía que los recién llegados se estremecieran. Cada sombra proyectada por la luz de las fogatas parecía moverse con vida propia. Dormían en turnos, siempre con alguien en guardia, temiendo lo que acechaba en la oscuridad exterior. Atenea fue la primera en ayudarlos a comprender su nuevo mundo. No tenían idea de lo que significaba moverse en el Yermo, y ella lo dejó claro desde el principio. "Si pensáis que el refugio era duro", les dijo una noche mientras limpiaba su escopeta, "aún no habéis visto nada". Les enseñó cómo moverse con sigilo, cómo distinguir un terreno seguro de uno plagado de trampas, cómo oír el peligro antes de que los viera. Con paciencia, llevó a algunos de los más aptos a las afueras del asentamiento, a enseñarles las primeras lecciones de supervivencia: cómo encontrar comida, cómo rastrear, cómo disparar. Para la mayoría, sostener un arma no era algo natural, pero después de ver a Atenea acertar un disparo a una ratatopo en pleno movimiento, supieron que era un conocimiento que tendrían que aprender rápido.
La primera expedición fue un desafío para los refugiados. Helen, Sally, Max y Terry fueron los primeros en acompañar a Atenea y a Troy en una incursión real. La meta era sencilla: explorar las ruinas cercanas y buscar provisiones. Salieron al amanecer, con los rostros tensos y las manos aferradas a sus armas. El Yermo se extendía ante ellos como un mar de tierra agrietada, escombros y estructuras en ruinas, cada una con su propia historia olvidada. El primer obstáculo fue un grupo de Saqueadores. Troy, con la calma de quien había visto todo lo que el Yermo podía ofrecer, dio la orden de rodearlos. "No desperdiciéis balas si no es necesario", advirtió. Por unos segundos, se quedaron paralizados, hasta que Helen tomó la iniciativa, deslizándose por un costado para evitar ser descubiertos. Poco a poco, el grupo se movió en sincronía, aprendiendo a adaptarse al entorno hostil.
Tras varias horas de exploración, encontraron una antigua tienda destrozada, medio enterrada en la arena. "Aquí podríamos encontrar algo útil", dijo Terry, con esperanza en la voz. Se aventuraron dentro, esquivando escombros y sacudiendo polvo de cajas olvidadas. Encontraron algunas latas de comida enlatada, baterías de fusión descargadas y un puñado de medicamentos caducados que, según despues les dijo M, aún podrían tener uso. Regresar con algo útil fue un pequeño triunfo, pero fue suficiente para darles confianza. Cada expedición les enseñaba algo nuevo: cómo leer el terreno, cómo moverse con eficiencia, cómo enfrentarse a los peligros sin perder la cabeza. Empezaron a comprender que el Yermo no era solo un lugar de muerte, sino también de oportunidades para quienes sabían aprovecharlas.
Conforme pasaban las semanas, el asentamiento cobró vida. Luna empezó a reparar una vieja radio, que permitiera la comunicación con posibles comerciantes y otros asentamientos. M era la única que no había salido al Yermo, encontró su lugar en un pequeño habitáculo, donde montó un labratorio improvisado. Así fue como pudo sintetizar medicamentos con los pocos recursos disponibles. Max y Alex establecieron turnos de seguridad, reforzando las defensas del museo con barricadas improvisadas. Danny, Ron y Elisabeth se encargaron de la distribución de suministros. Por último, Walter, Larry y Sally comenzaron un ambicioso proyecto agrícola para conseguir que nadie pasara hambre.
Cada uno encontró su lugar, su rol en este nuevo mundo. Ya no eran solo refugiados de una prisión subterránea. Se estaban convirtiendo en verdaderas personas libres.
Ringo los observaba en silencio, su mirada evaluadora pero con un atisbo de respeto. Troy 'el Brahmanes' ya no los consideraba una carga, sino una inversión que valía la pena. Atenea, aunque aún dura con ellos, reconocía su progreso. "Aún sois unos críos comparados con lo que hay ahí fuera", decía con su tono áspero, "pero al menos ya no sois completamente inútiles".
El museo, una vez un edificio vacío y olvidado, ahora tenía vida. Fogatas iluminaban las noches, risas y conversaciones llenaban los pasillos. Era un hogar improvisado, pero era suyo. Y aunque el futuro era incierto, por primera vez en mucho tiempo, tenían esperanza.
En el Yermo, la supervivencia no era suficiente. Había que vivir. Y ellos estaban aprendiendo cómo hacerlo.