El eco de los pasos resonaba en los pasillos metálicos del Refugio 79. Durante años, aquellas zonas comunes habían permanecido vacías, testigos mudos de una comunidad fracturada que apenas se sostenía por la necesidad de sobrevivir. Ahora, después de tanto tiempo, volvían a llenarse de voces y miradas cautelosas.
Demetrio Romara avanzó con paso medido, la espalda recta y la expresión grave. Era la primera vez que el profesor de Educación Ciudadana del nivel I veía a moradores de otras secciones del Refugio. Luna, la operaria de las máquinas de filtración, caminaba a su lado con aire reservado, sus ojos escudriñando el entorno con cierta inquietud. M, la técnica de los laboratorios químicos, se ajustaba los guantes con expresión pensativa, mientras que Dallas, la joven fotógrafa del Periódico del Pueblo, no dejaba de analizar cada rincón con la curiosidad propia de quien siempre busca la verdad oculta tras las apariencias.
Desde otro acceso de los elevadores, el grupo del segundo nivel también avanzaba con cautela. Ken Flores, coordinador de cuadrillas, caminaba con el porte de alguien acostumbrado a lidiar con problemas, sus manos en los bolsillos y su mirada evaluando a los demás como si ya estuviera sacando conclusiones. Zack Marlow, el técnico de germinación, parecía más relajado, aunque no dejaba de observar de reojo las estructuras del entorno, observando en silencio esa nueva área a la que habían accedido por primera vez. Sally Montana, la encargada de los almacenes de alimentos, mantenía un semblante impasible, aunque su postura rígida denotaba la tensión que sentía. Alan Ashley, el técnico de reparaciones, se mantenía un paso detrás, observando con interés las conexiones y circuitos que aún seguían en funcionamiento en el nivel superior del refugio, una mente analítica en constante evaluación de lo que los rodeaba.
Por otro ascensor, llegaron los representantes del tercer nivel, los productores de la energía del Refugio. Max, el coordinador de sección, tenía el ceño fruncido, la mandíbula apretada y la actitud de quien no había llegado allí por gusto, sino por las órdenes impuestas. Helen Kaplan, técnica de los generadores de fusión, mantenía una expresión severa, como si estuviera calculando los riesgos de aquella reunión. Terry, técnico de almacenaje de energía, observaba a los demás con aire desconfiado, mientras Alex Fiore, especialista en circuitería, repasaba mentalmente las circunstancias que lo habían llevado hasta aquella reunión.
El ambiente estaba cargado de una tensión casi tangible cuando, finalmente, todos se encontraron en la gran sala de reuniones. Durante años, cada nivel había desarrollado su propia narrativa sobre lo ocurrido en el pasado: cada grupo creía tener la razón y señalaba a los demás como los responsables de la ruptura que había llevado al Refugio a la situación en la que se encontraba. Ahora, estaban allí con un propósito incierto. No confiaban los unos en los otros, pero la creciente crisis de suministros les había forzado a un primer contacto.
El silencio inicial pesó como una losa hasta que fue roto por la voz firme de Demetrio.
- Si estamos aquí, es porque la situación es crítica. Declaró, con el tono meticuloso de quien ha pasado años enseñando oratoria y debate.
Un murmullo recorrió la sala, pero nadie respondió de inmediato. Era difícil hablar con extraños cuando toda su vida les habían dicho que eran enemigos.
Luna fue la primera en mover ficha. Con su voz serena pero decidida, explicó el estado actual de los purificadores de agua. El sistema estaba fallando, las filtraciones eran cada vez menos efectivas, y la producción de agua potable había disminuido alarmantemente. Sin agua, todo lo demás era irrelevante.
Ken Flores intervino entonces, explicando la situación de los cultivos. El suelo artificial estaba perdiendo nutrientes, las cosechas eran más pequeñas y menos nutritivas. Si no encontraban una solución, pronto el segundo nivel no podría proveer comida suficiente para todos.
Max tomó la palabra y habló con la dureza y desconfianza. La producción de energía estaba al límite, los generadores requerían mantenimiento urgente y sin los recursos adecuados, no podrían sostener la red eléctrica del Refugio y sin energía, todos estaban condenados.
El intercambio de información fue frío y pragmático, pero poco a poco empezó a surgir una sensación incómoda entre los presentes. Cada nivel se encontraba al borde del colapso, y lo que antes habían creído que era un problema solo suyo, en realidad era un problema de todos. Pero entonces, algo cambió.
En medio de la discusión, un sonido extraño reverberó en los pip-boys de algunos de los presentes. Un crujido de estática seguido de algunos acordes musicales. Todos se agruparon en torno a la emisión, observando con incredulidad cómo aquella señal de radio, tenue pero inconfundible, llegaba desde el exterior.
El exterior.
Aquel concepto prohibido para todos en el refugio. Aquel mundo que les habían dicho que estaba muerto, irradiado, imposible de habitar. Pero ahí estaba la prueba, parpadeando en la pantalla con la insistencia de una verdad enterrada demasiado tiempo.
M observó los códigos que titilaban en la pantalla, tratando de analizarlos. Sally apretó los dientes, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. Helen apuntaba rapidamente en su libreta lo sucedido. Aquello no debía estar pasando.
- ¿Cómo es posible?. Preguntó Terry, con un tono que oscilaba entre la duda y el temor.
Ken cruzó los brazos. No era una persona impulsiva, y sin embargo, aquello lo desconcertaba. Si había señales del exterior, significaba que les habían mentido. Durante generaciones.
La sala estalló en murmullos. La sensación de desconfianza mutua se transformó en una confusión generalizada. Lo que antes eran enemigos ahora eran compañeros en una nueva incertidumbre. ¿Era verdad que el mundo exterior estaba muerto? ¿O era un engaño de los que los habían gobernado todo este tiempo?
Entonces, la señal se cortó, como si jamás hubiese existido.
El pánico latente se materializó en miradas nerviosas y respiraciones entrecortadas. Se miraron los unos a los otros, comprendiendo de manera tácita que aquello era más grande que cualquier disputa entre los niveles. Había preguntas que necesitaban respuestas. Pero antes de que pudieran reaccionar, la reunión terminó abruptamente. Los habitantes de cada nivel fueron llamados a regresar a sus sectores, las puertas se cerraron tras ellos con un estruendo metálico. Sin embargo, algo en ellos había cambiado.
Porque ahora sabían que el mundo no era lo que les habían contado.
Y una vez que la semilla de la duda se había plantado, no había marcha atrás.