Las hermosas sierras que componen el Parque están aquejadas por muchos males: incendios, concentración de visitantes en determinadas fechas, salvajismo y un largo etcétera. Mi intención es que los que la visiten puedan soñar como lo hice yo, porque allí la civilización no ha matado aún la magia de una tierra que invita al ser humano a superarse, infundiéndole respeto y amor, una tierra donde los animales dan lecciones de supervivencia a los hombres. Pude soñar porque aquella tierra evoca la infancia del planeta, cuando la naturaleza mandaba más que los hombres.
Como hasta cierto punto, los espacios pertenecen a los que saben apreciarlos, me adueñé un poco del lugar y lo hice mío, aunque sólo fuese en mi memoria y en mi corazón. Viajeros y visitantes, hagan ustedes lo mismo para que, cuando transcurran los años y si es posible muchas décadas, otros puedan sentir lo mismo.
Ojalá hubiésemos sabido preservar aquel estilo de vida, inmutable, ajeno a las rigideces horarias, un estilo de vida cuya mayor riqueza reside en carecer de necesidades superfluas, un estilo de vida regido por el profundo conocimiento de quienes se hallan en armonía con la Tierra.
CAPÍTULO I
Como toda historia que se precie, comenzaré por el principio. ¿Qué me une a aquella Sierra (con mayúsculas)? ¿Cómo comenzó todo?
Corría la década de los 80 y yo, como muchas otras personas, era uno de esos niños/as de Félix que habían leído su obra, escuchado sus programas de radio y visto sus documentales. Junto a un amigo planificamos una visita relámpago al PN de Cazorla, Segura y las Villas. Ávido, hago acopio de las guías que en aquel momento estaban en el mercado sobre la misma así como del magnífico libro de Gonzalo Cantos Crespo “Andar por el PN de las Sierras de Cazorla, Segura y las Villas”, de la editorial Penthalon (me costó 850 pesetas). Aún recuerdo que el apartado dedicado a los itinerarios comenzaba diciendo:
“Subir a una cumbre, realizar un itinerario no tiene porqué ser un fin en sí mismo. También puede ser un medio para conocer una región, su vegetación, su fauna….Pero la mejor forma de poder captar todos los detalles es recorrer a pie el lugar que nos interesa”.
Una vez en la Sierra, nos alojamos en el que hoy es el Hotel Mirasierra, (era enero y ya llevábamos bastante equipaje -crampones, botas de nieve, cuerdas, equipos de fotografía…- como para, además, cargar con las tiendas). No voy ahora a entrar en los detalles de aquella “expedición” y en las rutas que hicimos pues lo que quiero transmitir es el resultado: El lugar, sus paisajes, sus olores, su gente, la fauna y sobre todo la sensación de encontrarme en un lugar libre me cautivaron y en aquellos días me enamoré de aquellas Sierras.
Volví a visitarla en innumerables ocasiones, con mi familia, y recuerdo que lo hacíamos varias veces cada año, con nuestra caravana. En cada ocasión, cuando pasábamos por Coto Ríos, al ver el CPR Alto Guadalquivir les decía a mis hijos, pequeños aún, que ese colegio que veían allí, junto al Guadalquivir, sería mi colegio.
El destino quiso que, por mi profesión, me destinaran a la Sierra, en un centro educativo de Cortijos Nuevos. Pero pensaba que aquello estaba algo alejado de mi centro de interés que no era otro que vivir en plena naturaleza.
Sin pensarlo dos veces, cuando llega la hora de incorporarme, me llevo la caravana y hablo con Juan, de Los Llanos de Arance, para ubicarla allí. Desde aquel precioso lugar, junto al río Guadalquivir, me desplazo diariamente hasta Cortijos Nuevos. No me pesaba, pues siempre, iba acompañado de mi cámara de fotos y, cada día, era como ver un Documental de la 2 durante el desplazamiento.
Aquel año trabo amistad con otro profesor, Antonio Gómez Medina, de Pegalajar. Decidimos que, un día en semana haríamos una ruta los dos. Él conocía la zona y puedo decir que era quien, verdaderamente, me guió. Visitamos La Toba, Anchuricas, El Salto de la Novia, Vites, Las Acebeas, Los Campos, El Pino Galapán…..Guiado también por él, me inscribo en un curso que había en Orcera que impartía "un tal Broncano". La temática era el Parque Natural y el Cambio Climático, ambos temas eran de mi interés y resulta que también lo era de todos los que asistíamos, era evidente por el ambiente que emanaba en las sesiones. Por otra parte, el ponente, Javier Broncano, con una amena disertación y con mucha ejemplificación, nos ayudó a conocer mejor el entorno. Fruto de aquel encuentro fortuito puedo decir que trabamos una cierta amistad que, me consta, pervive.
Cuando vuelva, como tengo que ir a Orcera para otro asunto, le haré una visita y de paso, charlaremos un poco.
Había una alumna en prácticas en mi centro, Victoria Manzaneda, a la que tutorizé, aunque le correspondía a otra persona. Victoria percibió lo que yo sentía por aquellas sierras y al terminar el curso me hizo un regalo, un libro, “Segura, el Sur verde”, su autor no es otro que Javier Broncano. Leerlo era y es, como volver a sentir todo lo que describe en el mismo, su lectura me transporta a los lugares que describe, muchos de esos lugares los conocí gracias a él.
Desgraciadamente tuve que volver a mi tierra, mis hijos eran pequeños y tuve elección para poder hacerlo.
Pero, los niños crecen y la vida todo lo va cambiando.
Año 2014. Participo en el concurso de traslados y solo pido aquello pero no me lo dan. Aún tuve otra oportunidad en el concursillo. Participo y, ahora sí, obtengo una comisión de servicio en el CPR Alto Guadalquivir.
Volví, con mi caravana, pero eso ya lo contaré en el Capítulo II.
Llegada y agradecimientos
Ya estoy donde quería pero no penséis que es nada fácil. Atrás ha quedado una parte muy importante de mi vida y me queda mucho por hacer si quiero conseguir tenerlos junto a mí. En el camping van apareciendo algunos personajes que serán muy relevantes en esta historia: José el maestro, Calderete ...y sus respectivas esposas.
En la Sierra soy un extraño. Consciente de que nadie me ha invitado a venir, pero ilusionado por encontrarme aquí, comienzan a pasar los días. En el colegio conozco a mis nuevos compañeros y compañeras: Lalo, Gabino, Carol, José Marí, Damián...otros vendrán después, en cursos sucesivos y son Miguel, Inma, Vanessa, Nono. Con cada uno de ellos y todos juntos creamos y mantenemos una relación muy especial, se gestó una red de amistad que el tiempo conserva, a pesar de las distancias. Ellos, el alumnado, las familias y vecinos de la aldea se fueron convirtiendo, poco a poco, en parte de mi vida, me atrevo a decir que, como animal social, hoy forman parte de mis seres queridos.
Todo es nuevo. Voy a trabajar en un colegio público rural, con alumnado agrupado en ciclos desde infantil hasta educación secundaria. Un lugar de trabajo ubicado en lo que, para mí, es un paraíso natural muy parecido a aquel en el que me crié, casi montaraz, allá por los campos y ríos de lo que hoy es el Parque Natural de los Alcornocales. Pero he de reconocer que aquí cuentan con ventaja para conservar la virginidad y la pureza del lugar: “el aislamiento de estas Sierras”. Algo que otrora fuese un inconveniente para sus habitantes, se ha convertido en su mejor aliado para la conservación de lo que ellos sienten como “su sierra” y yo , desde mi humilde posición, puedo asegurar que, los serranos, forman parte de ella.
A medida que escribo, como homenaje a la Sierra y sus serranos, voy tomando consciencia de la multitud de recuerdos y vivencias que atesoro de esos años, no quisiera dejar nada atrás y, al mismo tiempo, tampoco deseo aburriros. Con ello os quiero decir que no es nada fácil sintetizar, en breves párrafos, aquellos maravillosos años y me adelanto para pedir disculpas si, en algún relato, me excedo.
Cuando no estoy trabajando, dedico el tiempo a leer libros, investigar mapas, acercarme para hablar y conocer a los pobladores. Por supuesto que, dada la época que es, otoño, procuro tener tiempo para salir, cada día, en busca de los momentos más íntimos de la fauna. Cuando caigan las primeras lluvias, dará comienzo uno de los espectáculos más representativos de estas montañas, “la berrea del ciervo” que se solapará con “la ronca del gamo”.
En mis charlas con los vecinos, voy escuchando nombres que ya conocía por la lectura de libros en los que aparecían (Justo Cuadros, Mackay, Félix, Rufino Nieto, El Nutrio, Rippol, Alfredo Benavente, Ricardo - el tío de la pipa-, …). En su estudio fuí profundizando durante mi estancia. Pero descubrí que, aunque todas estas personas forman parte de la historia del lugar, ahora son otros los que mantienen la responsabilidad de conservar, para futuras generaciones, el legado que aquellos les dejaron.
Son Manolo (el forestal que vive en el Km 22 de la carretera del Tranco); José Palomares (alcalde pedáneo y jefe de los forestales que me llevó al reservorio de Navahondona, algo por lo que siempre estaré en deuda con él); Emilio Punzano (guarda forestal que además recuperó imágenes inéditas de tiempos pasados y que hoy, junto a su mujer, regenta el Paraíso de Bujaraiza); Gonzalo (el cartero, que aunque siempre está, cambió su destino al pueblo de Cazorla); Enrique Ledesma- precursor de la reintroducción del corzo morisco en el Parque Natural-, gracias a él pude realizar fotografías y estudios sobre el corzo morisco así como miles de fotografías de la fauna de la sierra. Como anécdota, antes de conocernos, me echó encima a los civiles por confundirme con un furtivo. Con él guardo una gran amistad y respeto así como a su padre José y a su madre, gran mujer (Enrique y su familia regentan el antiguo reservorio de fauna situado en Collado del Almendral así como La Noguera de la Sierpe) ; Raúl y Mª José (de la piscifactoría del Aguamulas) que siempre me acogieron en su casa sobre el río y me ayudaron a diseñar, construir y ubicar mis escondites y artilugios para fotografiar en la zona del río Aguamulas; Teo (del INFOCA) y su hijo Adrián, con los que deseo hablar más a menudo y allí sobre la Sierra; Paco (también del INFOCA, gran aficionado a la fotografía de naturaleza) que me enseñó y llevó por los altos riscos donde pasan el invierno los machos monteses; de los Llanos de Arance Juan su mujer e hijos, Miguel (del supermercado), Antonio y el Galletas; Manolo de la Chopera; Ramón, su madre Isabel, su esposa y sus hijas Laura –excelente jinete desde los tres años- y Lucía; Javier el médico y Carmen, su esposa y veterinaria; Narci y Efi del Mirasierra así como Pilar, su hija;…Emilio el artesano y su hermano Ricardo, hombre de monte donde los haya, ambos hijos de Ricardo, El Tío de la pipa; Juan Cuadros, nieto de Justo; Miguel y María, del Convento Rural Sta. Mª de la Sierra…
Ellos, sus hijos y otros como Pedro Parra (nieto del Nutrio), Josucho, Josillo… son el presente y el futuro de aquel maravilloso lugar. A todos ellos y a otros muchos a los que recuerdo pero que sería casi imposible enumerar aquí, mi más sincero agradecimiento por todo lo que me dieron y enseñaron.
En la Sierra, septiembre es caluroso durante el día, tanto es así que en las horas centrales aprovecho para refrescarme en el Guadalquivir, solo tengo que caminar unos metros desde donde tengo instalada mi casa. Las tardes, más frescas, las aprovecho para hacer alguna ruta en bicicleta e ir reconociendo el terreno con el objetivo de intentar tener todo controlado cuando intente fotografiar la riqueza faunística del lugar.
Transcurren los días hasta que, por fin, llegan las esperadas lluvias. Es una delicia salir a pasear por estos bosques, sintiendo el olor de la tierra mojada. Los árboles, paulatinamente, van cambiando su color y los verdes dan paso a ese característico tono dorado de los bosques decicuos. Las choperas son buen ejemplo de ello, en las partes más bajas de las sierras del Parque. El agua comienza a correr por los arroyos y la berrea se va apagando. Pronto llegarán los fríos y con un poco de fortuna “el caballo blanco”, que es como los serranos llaman a las grandes nevadas.
En el colegio, además de un aula prefabricada y el trabajo, comparto con mi compañero José María la afición por la naturaleza. Son muchas las tardes en las que vamos juntos a caminar mientras nos deleitamos contemplando la fauna y los paisajes del entorno. Otras veces, coincidíamos al llegar de nuestras respectivas rutas y, casi siempre, terminábamos en el Mirasierra tomando unos vinos mientras disfrutábamos de la charla y la compañía de otros serranos que se dan cita en el lugar al acabar su jornada. Verdaderamente, es un placer estar sentado en su terraza, escuchar la noche y ver cómo jabalíes, gamos, ciervos y zorros pasan muy cerca de donde nos encontramos.
Narci tiene a la venta una estupenda colección de libros sobre la sierra y su gente, guías de campo… colección que fui consiguiendo y que hoy ocupa un lugar preferente en mi librería. De las charlas con los serranos así como de la lectura y relectura de aquellos libros, preñados de historias, obtuve muchas respuestas que, al no tratarse estos escritos de una novela, sino más bien de una historia novelada, iré contando a lo largo de la misma, cuando la ocasión lo requiera.
Como estamos empezando la historia y lo requiere la ocasión, podemos comenzar con tres personajes vitales en el devenir del actual Parque.
Cuando iba o volvía al colegio, pasaba junto a la casa forestal del Km 22. Para mí era y es un lugar muy importante de aquellas montañas pues había sido la casa de Justo. Siento cierta veneración por aquel sitio y sus alrededores. Además, unos metros más allá se encuentra La Ponderosa, casa de la familia Ripool, quien entre otras historias de la Sierra, en su obra “Narraciones de Caza mayor en Cazorla”, utiliza a su vecino como personaje conductor de la mayor parte del libro. Continuando el camino, en el mismo lado de la carretera se encuentra la venta “La Golondrina”. Aquí , entre otros lugares cercanos, paraba Félix en su deambular por el que, en un futuro muy cercano sería Parque Natural, mientras grababa escenas para la serie “El hombre y la Tierra”. No conocí a Justo personalmente, aunque supongo que lo hice por sus obras. Sí pude conocer a su nieto Juan Cuadros y guardo en la memoria un extracto de la entrevista que le hicimos para el libro “La Sierra soberana” que aquel mismo año pudo ver la luz, libro que os pondré íntegramente para que podáis descargarlo y, llegado el caso, leer. Espero que con su lectura, disfrutéis casi como yo mismo hice mientras lo escribíamos y maquetaba.
Transcribo parte de aquella entrevista:
Finalizando la misma y preguntado Juan por su abuelo, nos cuenta esta anécdota
Por último Juan, ¿un recuerdo de su abuelo?
-Recuerdo la única vez que me enfadé con él, fue un cabreo importante. Era la época de los “colorines” y siempre estábamos, igual que tú supongo, detrás de los nidos.
Al lado de la casa, allí en el Km 22, cogí un nido con cuatro crías que metí en una jaula. Colgué la jaula con las cuatro crías en la cámara de la casa, por fuera de la ventana. Los padres les daban de comer. Cogí y entré la jaula dentro de la cámara. Me escondí detrás de un mueble, en la mano tenía una cuerda que al otro extremo estaba atada a la ventana, de tal forma que, tirando, pudiera cerrarla.
Llegó el padre de las crías, se posó en la ventana y entró, tiré de la cuerda, cerré la ventana y lo atrapé. Ahora tenía a las cuatro crías con el padre. Entonces comenzó a venir la madre a darles de comer, hice la misma jugada, me escondí y cuando entró la madre cerré la ventana.
Ya tenía a todo el grupo, los padres y los cuatro pequeñines. Me los estaban criando de muerte. En estas llegó mi abuelo, abrió la jaula y los soltó a todos.
Me dejó hecho polvo, ¿sabes?
Justo Cuadros Villar –Primer Guarda Mayor-
En la década de los 50, del siglo pasado, la fauna de la zona estaba muy depauperada. Los serranos vivían en cortijadas alejadas unas de otras y se vivía la postguerra. Tras la reintroducción de fauna con ejemplares traídos de otros lugares de España, se impuso el descaste de animales viejos, no aptos para una buena reproducción. Justo detectó un impresionante venado y tuvo la visión de reservarlo para el Jefe del Estado, quien le dio caza, como cuenta Ripoll en sus “Narraciones de caza mayor en Cazorla, Segura y las Villas”. Como consecuencia de lo acontecido se dio el respaldo definitivo para que se creara el Coto Nacional de Caza. Fruto de aquella catalogación y del trabajo que posteriormente realizaron otras personas como Félix, nació el Parque Natural que hoy conocemos. En sus últimos años, Justo repetía un pensamiento “La política está y estará reñida, sin remisión, con el medio ambiente y la naturaleza”.
Enrique Mackay –Ingeniero de montes en Cazorla desde 1898-
Salvaguardar la depauperada sierra se convierte en su reto personal. Controló la producción anual de maderas, pastos, leñas y plantas aromáticas e impulsó la construcción de la red de caminos que hoy recorren la Sierra. Muchos de los caminos para carros se abrieron en la década de 1920, bajo su dirección. Esos caminos esconden en sus trazados hermosas historias y al recorrerlos, pasamos a formar parte de las mismas.
En su última etapa, en la postguerra, se opuso a las cortas extraordinarias que las compañías ferroviarias estaban iniciando y que, por excesivas y antiselvícolas, él consideraba destructivas para la Sierra. Esta oposición le acarreó una dura e injusta depuración política y social, separado del Servicio y dado de baja en el escalafón del Cuerpo de Montes. En 1944 fue rehabilitado honrosamente tras ser revisado su expediente.
Marcelo Parra Punzano – El Nutrio-
En la aldea, junto al río y bajo las choperas del Guadalquivir, puedes ver a su nieto Pedro siguiendo la tradición que, seguramente, su abuelo le inculcó casi sin darse cuenta. Marcelo se crió pescando en el Borosa, y conocía las querencias de las nutrias, su peor enemigo. Son muchos los recuerdos que se guardan en la Sierra de él, pero tuvo en su haber tres grandes logros:
1. Fiel colaborador de Félix Rodríguez de la Fuente en muchos documentales grabados en la Sierra, destacando el de las nutrias, que se rodó en el Borosa con una nutria que capturó y adiestró. Los serranos bautizaron a la nutria con el nombre de “Marcelo”.
2. Uno de los lugares más visitados del Parque, La Cerrada de Elías, fue diseñada y dirigida en su construcción por Marcelo. La creó como sendero para pescadores.
3. Por último, impidió que se dinamitara el Charco de la Cuna. Hoy, gracias a él, los serranos y los visitantes pueden seguir disfrutando de refrescantes baños en aquel lugar.
El invierno va adueñándose de la Sierra y los días se acortan. Los árboles lo saben, seguramente como una adaptación, a las condiciones climáticas, que debió ocurrir a lo largo de millones de años .
Un tapón de callosa obstruye los tubos cribosos por los que circulan las sustancias que nutren a la planta, en la base del peciolo de la hoja se forma una delicada capa de células ricas en plasma y almidón, creando una zona de rotura. Las hojas caen y todo el árbol duerme hasta la primavera.
Pero, ¿por qué las hojas han cambiado de color? Simplemente, la producción de clorofila declina y los carotinoides o pigmentos amarillos que siempre han estado en las hojas, se dejan ver.
Y, ¿por qué declina la producción de clorofila?, ¿por qué la callosa obstruye los tubos cribosos?, ¿por qué sabe el árbol que se acerca el invierno?...
El árbol sabe cuándo se acerca el invierno porque es capaz de medir la temperatura ambiente así como la duración del día y la noche. La mayor duración de la noche inhibe la producción de clorofila.
Aún cuando las temperaturas son gélidas, prosigo con mis actividades de estudio y fotografía del entorno, su flora y fauna. Unas veces me desplazo caminando y otras en el todoterreno, fundamentalmente cuando quiero acceder a Los Campos de Hernán Perea, Nava de San Pedro, Cueva del Agua, Los Poyos de la Mesa, La Matea, Don Domingo o al Nacimiento del Río Mundo...
Como un niño que no ha perdido la capacidad de sorpresa, cuando vuelvo de algunas de las rutas sueño con aquellos tiempos, no muy lejanos, en los que los Serranos convivían con el lobo , auténtico predador de estos ecosistemas.
En cierta ocasión, al salir del colegio me dirigí al Borosa aprovechando que no encontraría a nadie, quería ir a Aguas Negras.
Llegar hasta las lagunas y volver conlleva unas cuantas horas que yo incrementé con mis paradas para observar y contemplar las delicias del entorno: el río bravo, los pliegues en las rocas, el aire limpio, los sonidos del aire azotando los altos pinos... Transcurría mi andadura mientras por mi cabeza iban pasando lugares cuyos nombres son palabras vibrantes y sonoras, que asustan o iluminan mientras evocan lugares guardados en los adentros: El Poyo de las Ánimas, El Pino de la Mala Mujer, El Salto de la Novia, Las Canalejas, Los Campos, La Fuente del Oso, Los Torcales del Lobo, Río Madera......nombres que nos han llegado con un halo de misterio e insinúan leyendas antiguas y señales ocultas.
Sin darme cuenta, me atrapó la noche. Caminaba a la luz del frontal recordando viejas historias que había leído sobre los lobos en la Sierra y en la oscura noche fueron muchos los ojos rojos que pude ver, seguramente eran zorros, jinetas…tal vez gatos monteses…
La toponimia serrana guarda muchos recuerdos de los lobos. Aquellos topónimos se transmitían oralmente, hoy encontramos muchos en los mapas de la Sierra y continúan siendo una guía, pero ahora para caminantes. Estos topónimos nos dan información sobre hechos acaecidos en aquellos lugares. La toponimia es una crónica viva del pasado que nos ayuda a interpretar el paisaje y sus elementos.
Pero, volviendo al lobo, muchas son las historias existentes sobre él en la Sierra y, aunque sería un largo relato contarlas aquí, quiero que, al menos, conozcáis el nombre con el que son recordadas: “Los lobos de Viana”, “Los lobos y el Tío Victor Pancharra”, “El Tío Gil, el de los lobos”, “Mancalobos”…y muchas otras que aún podemos oir si, en lugar de turistas nos convertimos por un momento en “viajeros” mientras compartimos un rato de charla y de vino con los descendientes de aquellos Serranos.
El último lobo fue abatido, cuentan, allá por Roble Hondo, cerca del nacimiento de Aguas Negras. Aún no existía la conciencia de proteger los ecosistemas y estaba en vigor en España la “Ley de Alimañas” o “Juntas de extinción de animales dañinos”. Se extinguió en estas montañas el lobo, el quebrantahuesos, desaparecieron las águilas reales e imperiales…Afortunadamente, una conciencia conservadora de los ecosistemas y sus habitantes, tanto fauna como flora, despertó en nuestra sociedad, impulsada por Félix Rodríguez de la Fuente. Fruto de ese cambio de actitud hoy podemos contemplar al quebrantahuesos sobrevolando junto a buitres y águilas reales los cielos de Cazorla, Segura y las Villas, (por ejemplo desde Los Poyos de la Mesa). Félix sigue estando presente en la Sierra, es palpable su mensaje de biomímesis, es decir, de imitar a la naturaleza a través de la agricultura ecológica y el turismo sostenible como fuente de ingresos vinculado a la conservación como medidas para minorar nuestro impacto sobre el medio que nos soporta. Félix se oponía al crecimiento económico ilimitado a expensas de la naturaleza tanto por el daño irreparable que esto provoca como por las consecuencias para nuestra propia especie.
No dejo de imaginar lo dura y hermosa que tuvo que ser la vida de aquellas personas en estas montañas.
Vivían en cortijos perdidos y al llegar el invierno, cuando los broncos temporales cortaban los caminos lo veían como algo natural y aceptaban esta manera de vivir. Aquellos serranos indomables, duros de pelar, estaban prevenidos. Tenían la matanza recién hecha, leña seca, las despensas provistas y el doblado y la tinada con reservas para los animales. En sus casas aguantaban frente a una naturaleza bravía, dura y hostil. Ellos, lejos de oponerse a su dinámica, optaron por colaborar con ella.
Las viviendas se limitaban a completar el paisaje, a humanizarlo. A su alrededor germinaban los frutos y también los sueños mientras, por los ríos y arroyos, el agua circulaba abundante y libre.
Hoy, aquellas aldeas son lugares tristes, desolados y demolidos, plagados de recuerdos. Ya no están aquellos serranos que tenían sus huertas verdes, no se ven aquellos caminos limpios por el uso y cuidados por sus habitantes.
En otra ocasión caminé por el carril de los Llanos de Arance hasta la Hoya de la Albardía. El camino me llevó por la antigua casa forestal Fuente del Roble hasta alcanzar la aldea de las Canalejas, de la que solo quedan piedras alrededor de lo que fue una iglesia y de su cementerio, antes de llegar a él pude comprobar que de la fuente aún mana agua limpia y cristalina que viene de los Campos, gracias a los fenómenos kársticos.
Un poco más arriba me esperaba otra aldea, Los Centenares. Me sentí desolado mientras recorría sus ruinas. Los Centenares, está situada en un altiplano, rodeada de montañas, frente a un farallón calizo donde anidan los quebrantahuesos. Dejé atrás las ruinas y caminando casi por debajo de las Banderillas llegué a la Hoya de la Albardía. Me senté junto a una de las pocas casas y, contemplando el lugar, pude imaginar cuán duro tuvo que ser para aquellos Serranos el día en el que les ordenaron cargar las bestias con sus enseres para abandonar sus hogares.