Durante 2,5 millones de años, los humanos se alimentaron recolectando plantas y cazando animales que vivían y se reproducían sin su intervención.
Homo erectus, Homo ergaster y los neandertales recogían higos silvestres y cazaban carneros salvajes sin decidir dónde arraigarían las higueras, en qué prado debería pastar un rebaño de carneros o qué macho cabrío inseminaría a qué cabra. Homo sapiens se extendió desde África oriental a Oriente Próximo, hasta Europa y Asia, y finalmente hasta Australia y América; pero, dondequiera que fuera, los sapiens continuaron viviendo también mediante la recolección de plantas silvestres y la caza de animales salvajes. ¿Por qué hacer cualquier otra cosa cuando tu estilo de vida te da de comer en abundancia y sostiene un rico mundo de estructuras sociales, creencias religiosas y dinámicas políticas?
Todo esto cambió hace unos 10.000 años, cuando los sapiens empezaron a dedicar casi todo su tiempo y esfuerzo a manipular la vida de unas pocas especies de animales y plantas. Desde la salida hasta la puesta de sol los humanos sembraban semillas, regaban las plantas, arrancaban malas hierbas del suelo y conducían a los carneros a los mejores pastos. Estas tareas, pensaban, les proporcionarían más frutos, grano y carne. Fue una revolución en la manera en que vivían los humanos: la revolución agrícola.
Los entendidos proclamaban antaño que la revolución agrícola fue un gran salto adelante para la humanidad. Contaban un relato de progreso animado por la capacidad cerebral humana. La evolución produjo cada vez personas más inteligentes. Al final, estas eran tan espabiladas que pudieron descifrar los secretos de la naturaleza, lo que les permitió amansar a las ovejas y cultivar el trigo. En cuanto esto ocurrió, abandonaron alegremente la vida agotadora, peligrosa y a menudo espartana de los cazadores-recolectores y se establecieron para gozar de la vida placentera y de hartazgo de los agricultores.
Este relato es una fantasía. No hay ninguna prueba de que las personas se hicieran más inteligentes con el tiempo. Los cazadores-recolectores conocían los secretos de la naturaleza mucho antes de la revolución agrícola, puesto que su supervivencia dependía de un conocimiento cabal de los animales que cazaban y de las plantas que recolectaban. En lugar de anunciar una nueva era de vida fácil, la revolución agrícola dejó a los agricultores con una vida generalmente más difícil y menos satisfactoria que la de los cazadores recolectores. Los cazadores recolectores pasaban el tiempo de maneras más estimulantes y variadas, y tenían menos peligro de padecer hambre y enfermedades. Ciertamente, la revolución agrícola amplió la suma total de alimento a disposición de la humanidad, pero el alimento adicional no se tradujo en una dieta mejor o en más ratos de ocio, sino en explosiones demográficas y élites consentidas. El agricultor medio trabajaba más duro que el cazador-recolector medio, y a cambio obtenía una dieta peor.
La revolución agrícola fue el mayor fraude de la historia.
Estamos inmersos, de lleno, en un proceso de globalización. Un proceso que parece estar desembocando en otro paralelo de aculturización.
El Neolítico es el periodo más importante de la historia y uno de los más desconocidos por el gran público. Con la adopción de la ganadería y la agricultura se crearon las primeras ciudades, nació la aristocracia, la división de poderes, la guerra, la propiedad, la escritura, el crecimiento de población… Surgieron, en pocas palabras, los pilares del mundo en el que vivimos. Las sociedades actuales son sus herederas directas. Tal vez fue también el momento en el que empezaron los problemas de la humanidad, no las soluciones.
El crecimiento demográfico constante, que se encuentra todavía fuera de control, provocó concentraciones humanas, tensiones sociales, guerras y crecientes desigualdades.
Sopesar si fue una desgracia o una suerte algo que ocurrió hace 10.000 años y que no podemos revertir puede resultar absurdo. Sabemos que fue entonces cuando la humanidad comenzó a transformar el medio ambiente para adaptarlo a sus necesidades, y cuando la población de la tierra empezó a crecer exponencialmente, un proceso que no ha hecho más que acelerarse desde entonces.
Arrancamos a estudiar las grandes civilizaciones, como si fuesen obvias, pero es muy importante preguntarse por qué hemos llegado hasta aquí, por qué tenemos gobernantes, ejércitos, burocracia. Tal vez no queremos hacernos esas preguntas.
Las lecciones que oculta aquella época pueden ser muy útiles para un presente en el que la humanidad está llevando la naturaleza y sus recursos al límite de sus posibilidades.
Al pie de un viejo alcornoque o de un enorme quejigo podemos llegar a imaginar la maravillosa y sorprendente fauna que el bosque es capaz de albergar.
Cuando el árbol es solo un pequeño arbolillo, crían en él los alcaudones. A medida que el árbol crece, nuevas aves encuentran en sus ramas el lugar apropiado para reproducirse (palomas, urracas…, milanos, ratoneros y calzadas e incluso en las ramas superiores podemos observar enormes nidos de cigüeñas o de imperiales).
Descortezado, será taladrado por los picos y tanto carboneros como murciélagos y lagartijas aprovechan estos huecos para criar o protegerse.
Cuando el árbol entra en la decadencia, las posibilidades de abrigo que ofrece se multiplican. Algunas ramas se desgajan y en los huecos que se producen podemos encontrar lechuzas, mochuelos e incluso jinetas y gatos monteses. Los lirones viven entre sus raíces y los grandes troncos huecos son los refugios preferidos de los linces. Los conejos harán sus huras al amparo de las viejas ramas, ya en el suelo.
La misma importancia del alcornoque tienen encinas, olivos y castaños. Cuando todo era un gigantesco bosque, mamíferos y aves no encontraban problema de albergue. Pero los hombres del mediterráneo, explotando irracionalmente sus recursos, labraron, al destruir la naturaleza, su propia decadencia.
En épocas recientes el bosque decicuo cubría la mayor parte de Europa. Aquellos bosques daban cobijo a una fauna que ha ido desapareciendo al mismo tiempo que el medio que la albergaba. Como, desgraciadamente, es más fácil destruir que comprender, el hombre del hacha y del arado se limitó a hacer desaparecer aquellos bosques.
En la imagen, retazo de uno de aquellos bosques.