Juan nos dice que las cosas que ellos vieron y oyeron sobre Cristo, no solo las anunciaron verbalmente, también las escribieron (1Juan 1:4). Pablo declara que es leyendo sus escritos que podemos entender su conocimiento del misterio de Cristo (Ef.: 3:1-4). Las Escrituras son las que dan testimonio de Cristo, y dan el conocimiento necesario para la Salvación en Cristo (Juan 5:39, 2Tim.3:15). El evangelio se basa en las Escrituras (Rom. 1:1,2 / 1Co. 15: 3,4). Así que, no hay forma de ver y exhibir la Gloria de Cristo sin las Escrituras como centro. Y para que ellas tengan efecto, deben ser expuestas (Salmo 119:105). Es por eso que como iglesia tenemos un compromiso permanente de exponer el significado de las Escrituras y aplicarlo a los oyentes, no de presentar nuestras propias ideas, sentimientos o supuestas revelaciones. Esto, de forma pública (en nuestras reuniones de adoración y estudio bíblico), y de forma privada (en el ejercicio de los dones, en el evangelismo personal, y en el contacto pastoral con la membresía).
Pero no cualquier clase de exposición bíblica es apropiada, sino solo aquella que ve a Cristo como el mismo centro de cada pasaje. Aquella, que imita el ejemplo de Cristo de tomar todo pasaje y desde allí declarar lo que dice de Cristo (Lucas 24:27). Es seguir el ejemplo apostólico de no cesar de enseñar y predicar a Cristo (Hech. 5:42), y de no saber otra cosa en nuestra predicación que Cristo Crucificado (1Co. 2:2 )