En este apartado conoceremos breves historias personales de los chefs quienes crearon y/o perfeccionaron estos deliciosos y aclamados postres.
Popelini fue un pastelero italiano del siglo XVI que sirvió a la reina Catalina de Médici. Es conocido por ser el creador de la pâte à chaud, una masa que se elaboraba sobre el fuego y que luego evolucionó a la pâte à choux, base de postres como los profiteroles y los éclairs. No se mantiene foto de Popelini ni mucho más de sus orígenes o historia.
Si bien no fue el creador, Antoine Carême mejoró la receta original de la pasta choux y la popularizó, especialmente a través de sus creaciones como los profiteroles y el croquembouche. Carême, un renombrado chef francés, le dio a la pasta choux su forma característica y la utilizó en diversas preparaciones dulces y saladas.
Marie-Antoine Carême (París, 1784 – 1833) fue un célebre cocinero, pastelero y gastrónomo francés, considerado pionero de la alta cocina (haute cuisine) y conocido como el "padre de la pastelería moderna" y el "arquitecto de la cocina". Introdujo técnicas innovadoras que elevaron la pastelería al nivel de arte, y fue el primer gran estudioso de las salsas en la cocina francesa, sentando las bases de la cocina clásica.
Carême creó numerosas recetas y estructuras culinarias aún vigentes y dejó un legado escrito en obras como L'Art de la Cuisine Française, un tratado en cinco volúmenes considerado fundamental en la historia de la gastronomía. Trabajó para figuras como Napoleón I, el zar Alejandro I de Rusia, el barón Rothschild y el príncipe Esterhazy.
Arnold Reuben (1883–1970) fue un reconocido restaurador estadounidense de origen alemán, célebre por ser el creador del emblemático New York Cheesecake, una de las versiones más populares de la tarta de queso en el mundo. Nacido en Alemania, emigró a Estados Unidos con su familia a una edad temprana y creció en la ciudad de Nueva York, donde desde joven comenzó a trabajar en el sector de la hostelería. Su espíritu emprendedor lo llevó a fundar el afamado “Reuben’s Restaurant and Delicatessen” en Manhattan, un local que se convirtió en punto de encuentro de personalidades del mundo del espectáculo, empresarios y políticos. Fue durante una cena que Reuben probó una versión rudimentaria de la tarta de queso, lo que despertó en él la idea de crear una receta propia, más refinada y sabrosa. Tras múltiples pruebas, desarrolló un pastel denso, cremoso y horneado, elaborado con queso crema, un ingrediente que recientemente había sido creado por accidente en Nueva York y que más tarde se comercializaría como Philadelphia Cream Cheese. Su versión no solo elevó la tarta de queso a un nuevo nivel gastronómico, sino que marcó el inicio del cheesecake moderno que hoy se disfruta en todo el mundo. Además, a Reuben también se le atribuye la invención del famoso sándwich “Reuben”, aunque esta autoría es motivo de debate. Su legado perdura en la historia de la gastronomía neoyorquina y su contribución al mundo de los postres sigue siendo ampliamente reconocida.
Katherine Sabbath, originaria de Sídney, Australia, fue profesora de historia, inglés y geografía. En sus tiempos libres se dedicaba con pasión a la repostería, sin formación profesional ni recetas establecidas. Sus creaciones coloridas y únicas comenzaron a ganar fama entre amigos y conocidos, al punto que decidió dejar la docencia para dedicarse por completo a la pastelería.
Su estilo llamativo y fantasioso —especialmente los drip cakes— la catapultó a la fama en redes sociales, convirtiéndola en una figura influyente en Instagram. Es conocida por elementos visuales como las bark bars de chocolate de colores, buttercream de acuarela, conos de helado decorativos, esferas brillantes y, principalmente, sus icónicos pasteles con goteo de fantasía.
Desde 2015 ha recibido reconocimiento internacional y ofrece talleres de repostería en todo el mundo.
El Drip Cake no es un tipo de pastel en sí, sino una técnica de decoración que consiste en aplicar una ganache o glaseado fluido que gotea por los bordes del pastel, creando un efecto visual llamativo. Esta tendencia se popularizó a partir de 2015 gracias a Katherine Sabbath, una profesora australiana convertida en pastelera, quien la impulsó a través de redes sociales como Instagram.
A diferencia de otras técnicas decorativas como el fondant o la crema de mantequilla, el drip se caracteriza por su estilo creativo y moderno, permitiendo incorporar ingredientes como frutas, chocolates, caramelos y galletas, lo que aporta no solo estética, sino también sabor y textura.
En 1933 Ruth Graves Wakefield y su esposo se dedicaban a socorrer viajeros que transitaban de Boston a New Bedford, en un hostal llamado Toll House Inn en la carretera de Massachusetts. Su establecimiento era todo un éxito debido a sus postres, a tal punto que el entonces senador John F. Kennedy lo visitó en un par de ocasiones, al igual que la actriz Bette Davis, la activista y diplomática Eleanor Roosevelt, y el boxeador Rocky Marciano. Aunque el lugar ya era conocido por sus postres, no fue sino hasta que Ruth, al preparar unas galletas coloniales, reemplazó el chocolate en polvo por trozos de una barra de chocolate semidulce que nació su creación más famosa: las galletas Toll House. Para su sorpresa, el chocolate no se derritió como esperaba, sino que mantuvo su forma y dio a las galletas una textura cremosa e innovadora que encantó a los clientes.
La popularidad del postre creció rápidamente, incluso durante la Segunda Guerra Mundial, cuando soldados de Massachusetts las compartieron con compañeros de otras regiones, ayudando a difundir su fama por todo el país. Ruth publicó su receta en un libro en 1936 y, debido al creciente interés, recibió múltiples solicitudes de familias deseosas de replicarlas. Finalmente, el empresario Andrew Nestlé llegó a un acuerdo con Ruth: compró los derechos de su receta por un dólar, lo que permitió a Nestlé imprimirla en sus envoltorios de chocolate. A cambio, Ruth recibió suministro vitalicio de chocolate y colaboró como consultora culinaria.
Cyriaque Gavillon fue un destacado pastelero francés que alcanzó fama por ser el creador de uno de los postres más elegantes y reconocidos de la pastelería francesa: el pastel “Ópera”. Esta creación vio la luz en 1955, cuando Gavillon trabajaba como chef pastelero en la prestigiosa maison Dalloyau, una histórica casa de repostería parisina con orígenes que se remontan al siglo XVII y que ganó reconocimiento sirviendo a la corte de Luis XIV en el Palacio de Versalles.
Inspirado por una idea innovadora para la época, Cyriaque Gavillon buscaba elaborar un postre que pudiera disfrutarse en un solo bocado, pero que al mismo tiempo ofreciera todos los sabores y sensaciones de una torta completa. Así, comenzó a experimentar con capas visibles, texturas y combinaciones de sabores hasta que finalmente dio forma a una nueva versión de los entremets: pastel de múltiples capas de bizcocho joconde, crema de mantequilla de café y ganache de chocolate, cubierto con un glaseado brillante.
Fue su esposa, Andrée Gavillon, quien bautizó la creación con el nombre de “Ópera”, haciendo referencia al majestuoso Palacio Garnier, la histórica casa de la ópera de París inaugurada en 1875. Según se cuenta, Andrée dijo que la elegancia del pastel y su presentación le recordaban a la Ópera Garnier y a una bailarina de ballet, junto con sus ratoncitos que hacían entrechats (un salto clásico del ballet) en la tienda.
Josef Keller (1887–1981) fue un reconocido pastelero alemán, ampliamente considerado como el inventor de la célebre tarta Selva Negra. En 1915, mientras trabajaba como pastelero en el Café Ahrend (hoy conocido como Café Agner), ubicado en Bad Godesberg (entonces un municipio independiente, hoy parte del distrito urbano de Bonn), Keller creó por primera vez lo que llamó un Schwarzwälder Kirschtorte, es decir, “tarta de cerezas de la Selva Negra”.
Después de prestar servicio militar, Keller abrió su propio café en Radolfzell. Fue allí donde formó a August Schaefer como aprendiz entre 1924 y 1927. La relación entre ambos fue tan estrecha que, tras años de trabajo conjunto, Josef Keller le confió a Schaefer su libro de recetas personales, el cual contenía la receta original de la tarta. Esta receta fue posteriormente heredada por el hijo de August, Claus Schaefer, actual maestro pastelero (Konditormeister) y propietario del Café Schaefer en Triberg, una ciudad ubicada en plena región de la Selva Negra. Claus no solo conservó la receta, sino que también ha contribuido a mantener viva la historia y autenticidad de este emblemático pastel, siendo su testimonio una de las principales fuentes sobre el origen del postre.
Claude Gelée, llamado Le Lorrain, pintor nacido en 1600 en Chânteau de Chamague, y muerto en Roma en 1682. Empezó distinguiéndose gracias a sus pinturas de paisajes y marinas. Para terminar de perfeccionarse se trasladó a Italia. En esta capital dirigió durante veinte años una escuela de pintura de donde salieron pintores muy nombrados.
Fue un excelente pastelero y un hábil grabador; se le debe el descubrimiento de la más bella creación de la pastelería; la pasta de hojaldre. En sus primeros años se manifestó su afición por la pintura, pero no pudo satisfacer en aquella época sus deseos debido a su extrema pobreza. A la edad de 15 años fue colocado de aprendiz de pastelero en su pueblo natal, contra su gusto, pues no quiso contrariar a su familia. Él se esforzaba en ser un cumplido aprendiz para su maestro.
Un día, al final de su aprendizaje, Claudio amasaba pan, retiró 200gr de la masa e hizo con ella una bola, a continuación la estiró y puso en el medio un pedazo de mantequilla. Dijo a su maestro «Quiero hacer un bollo para mi padre, que está enfermo» Claudio no quiso escuchar a su patrón que le aconsejaba amalgamar la masa y la mantequilla con las manos, pues, de lo contrario, esta última se escaparía fuera durante la cocción. A lo que Claudio contestó que la mantequilla quedando totalmente envuelta en el pan, no podría escapar sino se hacia un agujero fuera durante la cocción. Además añadió «Es una prueba que quiero hacer»
Grande fue el asombro al ver que el pan que había metido en el horno se había hecho una bola enorme… A su padre le pareció excelente y muy delicado, suplicando a su hijo que le volviese a hacer otro.
Aprovechando la ausencia de su maestro, Claudio pudo practicar a su capricho, poniendo en práctica lo que tenía meditado: Hizo como la primera vez, pero estirando la pasta y volviéndola a doblar sobre si misma hasta diez veces, luego la aplastó más, el resultado fue el mismo, aunque menos subida. Otro día se le ocurrió obrar igual, pero sin añadirle levadura, resultó más exquisito (iba acercándose a la pasta de hojaldre).