Esta es la historia de un hombre de la vida real que vivió en El Paso de la Guitarra, en San Pablo Viejo, un lugar donde decían que salía el diablo, que se dedicaba a potrear animales (caballos, burros, mulas o cualquier animal bronco que nadie se atreviera a montar). Este hombre, que se llamaba Juan de Pomoceno (posiblemente se trate de Juan Nepomuceno Venero Agnew), era muy conocido en el área de Alanje y David porque, además de mujeriego y tomador de guaro, era un excelente jinete y muy deslenguado y hereje.
Su fama de magnífico jinete era ampliamente conocida; la gente llegaba de todas partes a contratarlo para hacer trabajos especiales (montar animales montaraces o endiablados) porque sabía que éste era el único jinete que había en toda la provincia que era capaz de montar “todo lo que no se podía montar”. Dicen, por ejemplo, que cogía un macho bronco y en una sabaneta se montaba al revés y a punta de pipe de toro y de gritos doblegaba al animal, hasta dejarlo dócil como un perrito faldero. Este jinete tenía una tía que, viendo las maromas que él hacía, siempre le decía preocupada: “Oye muchacho, ¡ten cuidao!” Su respuesta siempre era la misma: “No se preocupe tía; a Juan de Pomoceno ni el diablo se lo lleva”.
Cuando Juan empezaba a amansar a un nuevo animal primero se tomaba una pacha de guaro de un solo trago; la gente se aglutinaba para ver sus acrobacias. Montaba a estos animales con silla o sin silla. Se montaba de un brinco. Se montaba cara hacia atrás; cara hacia adelante. El animal podía dar mil brincos, pero él, en vez de caerse, seguía gritándole y dándole cuero y más cuero, hasta que finalmente al animal se le quitaran las ganas de brincar. Así de agresivo era el estilo de este gran amansador de animales broncos que todo el mundo conoció con el nombre de Juan de Pomoceno.
El Enamorado de las Estrellas
Había una vez un joven llamado Mateo, quien se enamoró de una estrella que brillaba con especial intensidad en el cielo de Chiriquí. No pudiendo soportar la distancia, Mateo consultó con una anciana sabia. Esta le enseñó un antiguo ritual que permitía a los enamorados de las estrellas comunicarse a través de sus destellos. Desde entonces, la estrella de Mateo y la joven compartían destellos de amor en las noches estrelladas.
Los adoradores de Satán, desde antaño rinden culto al ídolo conocido como Baphomet. Esta oscura deidad, suele representarse mediante una repugnante figura; en cuyos rasgos puede notarse, cierto parecido con los machos cabríos. Por eso en La Leyenda del Chivato se cree que, es algún demonio que encarnó en humano.
Hay quienes consideran a La historia del Chivato como una simple abusión o ficción literaria. Más no debe descartarse que, el origen de esta leyenda panameña se sustente en experiencias verdaderas de algunas personas. Existen testimonios de que, esa presencia maligna anduvo sembrando el terror en la Provincia de Chiriquí.
«El Salvaje» era un gigante de piedra que recorría la cordillera gritando y asustando a toda la gente. Como no tenía coyunturas él no podía sentarse nunca y para descansar se recostaba en las montañas. De la cumbre de Cerro Hornito daba un paso y quedaba en Cerro Viejo; daba otro paso y quedaba en la India Vieja y de allí a Cerro Horqueta y por último a los Picachos que quedan tras el Barú. En la mano llevaba una rama de árbol arrancada al pasar en su viaje, viaje que luego repetía al revés, perdiéndose entre los riscos del Pavón y Cerro Iglesia más allá de las montañas de Tole. Se decía que el «Salvaje» tenían una jauría de perros encantados a los que llamaba con el grito de «Chopo, jo, jo», y al que los perros contestaban con un ladrido distinto pues en vez de decir «jau, jau» dicen «jei, jei» en tono como de lamento o de temor.
Cuando el salvaje recostado en las rocas del Barú, se rascaba con ellas la espalda, temblaba la tierra.
Muchos cazadores y saqueadores perdidos en las oscuras selvas cuentan que han oído los gritos del «Salvaje» llamando a sus perros, y hasta alguno ha visto su enorme cuerpo de piedra, inmóvil y silencioso entre los montes.