La historia de SERA comenzó con una inquietud sencilla, pero poderosa: las y los estudiantes querían una escuela con más espacios verdes. Esa propuesta abrió una reflexión más profunda sobre el patio, la sombra, las plantas, el agua, los residuos y la forma en que la comunidad escolar habita su propio espacio.
A partir de esa inquietud, la escuela inició un proceso de observación, diagnóstico y acción. El proyecto fue creciendo poco a poco hasta convertirse en un sistema de regeneración ambiental escolar, donde cada grado participa en una parte del proceso y todas las acciones se conectan entre sí.
Transformar la Escuela Primaria Jaime Sabines Gutiérrez en un ecosistema escolar de aprendizaje y cuidado ambiental, mediante acciones progresivas de recuperación de áreas verdes, biodiversidad, aprovechamiento de residuos, uso responsable del agua, ahorro de energía y participación corresponsable de la comunidad educativa.
Objetivos específicos:
Promover la participación de niñas, niños, docentes y familias en el cuidado ambiental de la escuela.
Recuperar espacios comunes mediante jardines polinizadores, muros verdes y siembra de árboles.
Identificar y valorar la flora existente en el plantel.
Diseñar protocolos ambientales claros y comprensibles para los estudiantes.
Fortalecer una cultura escolar de corresponsabilidad, mantenimiento y cuidado permanente.
Los jardines polinizadores fueron una de las primeras acciones visibles del proyecto. Su propósito fue recuperar pequeños espacios de vida dentro de la escuela, incorporando plantas con flores que pudieran atraer mariposas, abejas, colibríes y otros polinizadores.
Esta actividad permitió que los alumnos observaran de manera directa la relación entre plantas, insectos, agua, suelo y cuidado cotidiano. Más que sembrar flores, los jardines polinizadores ayudaron a comprender que la biodiversidad puede regresar cuando existen condiciones para protegerla.
Los muros verdes surgieron como una estrategia para aprovechar espacios verticales y recuperar vegetación en zonas donde no siempre es posible sembrar directamente en el suelo. Además, permitieron reutilizar materiales como botellas y macetas, dando una segunda vida a objetos que antes podían convertirse en residuos.
Con esta acción, los estudiantes comprendieron que los espacios escolares pueden transformarse con creatividad, organización y trabajo colaborativo. Los muros dejaron de ser solo paredes y comenzaron a convertirse en espacios vivos.
El etiquetado de especies permitió reconocer la flora existente dentro de la escuela. Antes de sembrar nuevas plantas o árboles, fue necesario observar qué especies ya estaban presentes, cuáles podían conservarse y qué nuevas especies podían incorporarse de manera más adecuada.
Esta actividad ayudó a los alumnos a investigar, clasificar y valorar los árboles y plantas del plantel. Al colocar etiquetas, la escuela comenzó a convertirse también en un espacio de consulta y aprendizaje ambiental.