Aprender a dar talleres fue un reto, pues el inicio de mi formación fue dar clases de preparatoria donde la meta es no enloquecer y tratar de dar alguna instrucción a los alumnos.
Cuando empezaba a dominar la técnica de trabajo en talleres se dio la oportunidad de trabajar en una escuela del estado de México, era una jornada para supervisores, estaban programados unos 150 asistentes. Yo preparé mi presentación, de Power Point, videos de apoyo y material que al proyectar iba a generar contenidos de valor a los asistentes.
La sorpresa, al llegar a la escuela me dijeron que el taller se impartiría en el patio, por no haber auditorio en el plantel con capacidad para los asistentes. Traducción, mi material planificado no iba a servir de nada con la luz de la mañana a todo lo que daba. En instantes me preocupé, me angustie, y reuní la poca entereza que me quedaba para preguntar: Perdone, ¿dónde está su baño?
Me borré del mapa por 10 minutos, desde luego no necesitaba de los servicios sanitarios, solo deseaba estar solo unos minutos y pensar que haría.
En instantes me preocupé, me angustie, y reuní la poca entereza que me quedaba para preguntar: Perdone, ¿dónde está su baño?
Me borré del mapa por 10 minutos, desde luego no necesitaba de los servicios sanitarios, solo deseaba estar solo unos minutos y pensar que haría. En esas vueltas del segundero repasé todas las cosas que sabía que podía hacer en trabajo colectivo, juegos, actividades y la manera en que iba a justificar cada una con el tema de la jornada.
Las 3 horas del taller fueron exitosas, cubrí el tiempo, me ajusté a los objetivos y los participantes nunca se dieron cuenta que planifique A y ejecuté B.
Al trabajar cualquier taller debo estar listo para el posible cambio de escenario, de situación, de enfoque, lo importante es estar conectado con los recursos personales y armar las piezas con la certeza de que todo es posible si se sabe relacionar.
Las oportunidades surgen y se deben considerar y aprovechar. Colaboré un tiempo para una el sistema de incubadoras de una universidad, y en un momento dado fue requerido por la sede de Puebla, como habitante de la ciudad de México era compleja la visita, pero era una oportunidad.
La oportunidad implicaba trabajar con comisionistas de un sistema de pago de servicios, un plan de capacitación para desarrollar sus habilidades comerciales. Las asesorías eran los sábados de 7 de la mañana a 1 de la tarde. Eso quería decir que los sábados, durante un cuatrimestre, me levanté a las 4 de la mañana, salía a Puebla a las 5 de la mañana y arribaba al plantel a eso de las 6:40 en promedio. Tenía disponibilidad para hacer el viaje el viernes y pasar la noche en la ciudad para simplificar la puntualidad, pero eso implicaba trabajar para el hospedaje y los gastos de alimentos. No tenía caso.
Eso quería decir que los sábados, durante un cuatrimestre, me levanté a las 4 de la mañana, salía a Puebla a las 5 de la mañana y arribaba al plantel a eso de las 6:40 en promedio. Tenía disponibilidad para hacer el viaje el viernes y pasar la noche en la ciudad para simplificar la puntualidad, pero eso implicaba trabajar para el hospedaje y los gastos de alimentos. No tenía caso.
¿Fue grato levantarse a esas horas?, no, ¿había opción de no aceptar el trabajo?, desde luego. ¿Pero cómo explicar que no acepté un trabajo por tener que levantarme temprano durante algunas semanas?, simplemente no era viable, aunque no tuviera que dar explicación de mis decisiones, con la consciencia es más que suficiente.
El trabajo se cumplió, obtuve un ingreso que siempre es valioso, establecí un sistema de trabajo con las comisionistas que enriqueció mi experiencia, aprendí nuevas formas de comunicación y orientar mis acciones a resultados. La explicación es sencilla y contundente: una responsabilidad es una responsabilidad, y cumplir con ella de la mejor manera se vuelve filosofía de vida.