Cuenta una antigua leyenda guaraní que Yací, la diosa de la Luna, sentía una gran curiosidad por conocer la Tierra. Un día, junto a Araí, la diosa de la Nube, decidió bajar y explorar las maravillas de la selva. Transformadas en dos hermosas jóvenes, caminaban maravilladas entre los árboles y las flores.
De repente, un yaguareté (jaguar) saltó frente a ellas, listo para atacarlas. Cuando todo parecía perdido, un viejo cazador guaraní que pasaba por allí disparó una flecha certera y salvó a las diosas, sin saber quiénes eran en realidad. Agradecidas, las jóvenes desaparecieron.
Esa noche, el anciano descansaba en su hamaca cuando tuvo un sueño. En él, se le apareció Yací, la Luna, quien le dijo: "Has sido valiente y tu corazón es bueno. Como recompensa por salvarme la vida, te daré un regalo para ti y para todo tu pueblo, un símbolo de amistad y hospitalidad que unirá a la gente".
Al despertar, el anciano descubrió que frente a su choza había crecido una planta nueva, de hojas verdes y brillantes. Siguiendo las instrucciones que la diosa le había dado en el sueño, el hombre cosechó las hojas, las secó al fuego y las molió. Luego, las colocó en una calabaza hueca, vertió agua caliente y, usando una pequeña caña como bombilla, probó la nueva bebida. Su sabor era delicioso y su espíritu se sintió reconfortado.
El anciano compartió la bebida con su tribu, enseñándoles el secreto que Yací le había revelado. Había nacido el mate, una bebida que desde entonces representa la amistad, la unión y el compartir entre los paraguayos y muchos otros pueblos de Sudamérica.
En el corazón del folclore paraguayo vive el Jasy Jateré, uno de los siete monstruos legendarios de la mitología guaraní. No es una figura aterradora a simple vista, sino un ser de apariencia engañosa.
Se lo describe como un niño pequeño, de cabellos rubios y brillantes como el sol, y hermosos ojos azules. Siempre lleva consigo un pequeño báculo o bastón de oro, que contiene su poder, y un silbato con el que produce un canto hipnótico.
El Jasy Jateré es conocido como el duende o el guardián de la siesta. Se dice que vaga por los campos y pueblos durante las horas de más calor, buscando a los niños que desobedecen a sus padres y no duermen la siesta.
Con su silbido mágico, atrae a los pequeños, quienes, encantados, lo siguen sin oponer resistencia hasta lo más profundo del monte. Allí, los hace jugar hasta que se cansan y luego los abandona a su suerte, desorientados. Otras versiones más oscuras de la leyenda cuentan que los lame con su báculo para dejarlos "tontos" o mudos para siempre.
Por esta razón, durante generaciones, las madres y abuelas de Paraguay han advertido a sus hijos: "¡Cuidado con salir a la hora de la siesta, que te puede llevar el Jasy Jateré!".
Esta es quizás la leyenda más extendida y temida de toda América Latina. Cuenta la historia de una mujer indígena de gran belleza que se enamoró perdidamente de un caballero español. Tuvieron tres hijos, a los que ella amaba profundamente. Sin embargo, el hombre la abandonó para casarse con una dama española de alta sociedad.
La mujer, con el corazón roto y la mente trastornada por el dolor y la traición, llevó a sus hijos a un río cercano. En un acto de desesperación y locura, los ahogó. Cuando se dio cuenta del terrible acto que había cometido, se quitó la vida también.
Desde entonces, se dice que su espíritu no puede encontrar descanso. Condenada a vagar por la eternidad, su alma en pena recorre las orillas de los ríos, los lagos y las calles de los pueblos, especialmente durante la noche.
Quienes la han oído dicen que se escucha un lamento desgarrador, un grito que hiela la sangre: "¡Aaaay, mis hijos!". Es el llanto eterno de una madre que busca desesperadamente a los niños que ella misma perdió. Se advierte a los que andan solos por la noche que, si escuchan su llanto, deben correr, pues encontrarse con La Llorona es un presagio de una terrible desgracia.
Esta es la leyenda que narra el origen del gran Imperio Inca. Cuenta que, hace mucho tiempo, los hombres vivían en un estado de salvajismo, sin leyes, ni religión, ni orden. El dios Sol, Inti, se compadeció de ellos y decidió enviar a dos de sus hijos para que los civilizaran.
Desde las profundidades del Lago Titicaca emergieron Manco Cápac y su hermana-esposa, Mama Ocllo. Eran hermosos, con ropas brillantes y joyas de oro. El dios Inti les entregó un báculo de oro sagrado y les dio una misión: debían caminar por el mundo y, en el lugar donde el báculo se hundiera en la tierra con un solo golpe, debían fundar un reino.
Manco Cápac y Mama Ocllo emprendieron un largo viaje hacia el norte. Durante meses, probaron en diferentes valles y montañas, pero el báculo de oro no se hundía. En su camino, convocaban a las gentes, quienes los admiraban y los seguían, reconociéndolos como seres divinos.
Finalmente, llegaron a un hermoso valle rodeado de altas montañas. Allí, en la ladera de un cerro llamado Huanacauri, Manco Cápac volvió a probar suerte. Con un suave golpe, el báculo de oro se hundió completamente en la tierra fértil. Era la señal que estaban esperando.
En ese lugar sagrado fundaron la ciudad de Cusco, que se convertiría en la capital del poderoso Imperio Inca. Manco Cápac enseñó a los hombres a cultivar la tierra, a cazar y a construir casas, mientras que Mama Ocllo enseñó a las mujeres a tejer, a cocinar y a cuidar del hogar. Juntos, establecieron las leyes y el culto al dios Sol, dando inicio a la más grande civilización de la América precolombina.
En la ciudad de Teruel, en el siglo XIII, vivían dos jóvenes, Juan Diego de Marcilla e Isabel de Segura, que se amaban profundamente desde la infancia. Ambos pertenecían a familias nobles, pero la familia de Diego, aunque de linaje, había perdido gran parte de su fortuna.
Cuando Diego pidió la mano de Isabel, el padre de ella se la negó, argumentando que no tenía riquezas para ofrecerle a su hija. Sin embargo, conmovido por el amor de los jóvenes, le concedió un plazo: Diego tenía cinco años para irse, hacer fortuna y regresar para casarse con Isabel.
Diego partió a la guerra para luchar en las cruzadas y en las batallas de la Reconquista, donde destacó por su valor y consiguió fama y riquezas. Mientras tanto, Isabel esperaba fielmente su regreso, rechazando a todos sus pretendientes.
Pasaron los cinco años y Diego no regresaba. El padre de Isabel, insistiendo en que su promesa había expirado, la presionó para que se casara con un rico noble de la región. Justo el día en que se celebraba la boda de Isabel, Diego de Marcilla regresó a Teruel, cargado de riquezas y honores.
Al enterarse de que su amada se acababa de casar, corrió al palacio. Logró ver a Isabel a solas en su alcoba y le suplicó: "Bésame, que me muero". Isabel, aunque lo amaba con toda su alma, se negó, diciendo: "No quiera Dios que yo falte a mi marido. Por la pasión de Jesucristo, te ruego que busques a otra, que a mí Dios ya me ha dado consuelo".
Al oír estas palabras, el corazón de Diego, agotado por la guerra y destrozado por el dolor, no pudo más y cayó muerto a sus pies. Al día siguiente, en el funeral de Diego, una mujer vestida de luto se acercó al féretro. Era Isabel. Se inclinó para darle el beso que le había negado en vida y, al hacerlo, murió de pena sobre el cuerpo de su amado.
Toda la ciudad, conmovida por esta trágica historia de amor, decidió enterrarlos juntos. Hoy, sus restos descansan en un mausoleo en la Iglesia de San Pedro de Teruel, como un símbolo eterno del amor verdadero y leal.