Había una vez una adorable niña que era querida por todo aquel que la conociera, pero sobre todo por su abuelita, y no quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una pequeña caperuza de un color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca quiso usar otra cosa, así que la empezaron a llamar Caperucita Roja.
Un día su madre le dijo: —Ven, Caperucita Roja, aquí tengo un pastel y una botella de vino, llévaselos a tu abuelita que está enferma y débil, esto le ayudará. Vete antes de que caliente el sol, y cuando vayas, camina tranquila y con cuidado, no te apartes del camino.
Caperucita Roja le prometió a su madre obedecer. La abuela vivía en el bosque, a media legua del pueblo. Y apenas Caperucita Roja entró en el bosque, se encontró con un lobo. Ella no sabía que esa criatura pudiera hacer algún daño, y no tuvo ningún temor de él. —Buenos días, Caperucita Roja —dijo el lobo. —Buenos días, amable lobo. —¿A dónde vas tan temprano, Caperucita Roja? —A casa de mi abuelita. —¿Y qué llevas en esa cesta? —Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre abuelita enferma va a tener algo bueno para fortalecerse. —¿Y dónde vive tu abuelita, Caperucita Roja? —A un buen cuarto de legua más adentro en el bosque. Su casa está bajo tres grandes robles, y cerca hay un avellano.
El lobo pensó para sí: "¡Qué criatura tan tierna! qué bocado tan delicioso... será más sabroso que la vieja. Debo actuar con astucia para poder atraparlas a ambas". Así que caminó un rato al lado de Caperucita Roja, y luego le dijo: —Mira Caperucita Roja, qué bonitas flores hay por aquí, ¿por qué no miras a tu alrededor? Creo que ni siquiera escuchas qué dulcemente cantan los pajaritos. Vas tan seria como si fueras a la escuela, mientras que todo en el bosque es alegría. Caperucita Roja alzó sus ojos, y cuando vio los rayos del sol danzando aquí y allá entre los árboles, y vio las bellas flores, pensó: "Supongo que podría llevarle un ramillete de estas a mi abuelita, eso le encantaría. Aún es temprano, y llegaré a buena hora". Y así, se apartó del camino y se fue a cortar flores.
Mientras tanto, el lobo corrió directo a la casa de la abuelita y tocó a la puerta. —¿Quién es? —preguntó la abuela. —Caperucita Roja —contestó el lobo—. Te traigo pastel y vino. ¡Ábreme! —Gira el picaporte —gritó la abuela—. Estoy muy débil y no me puedo levantar. El lobo giró el picaporte, la puerta se abrió, y sin decir una palabra, fue directo a la cama de la abuelita y la devoró. Luego, se puso sus ropas, su gorro, se metió en la cama y corrió las cortinas.
Caperucita, que se había entretenido cogiendo flores, llegó a la casa y se sorprendió de encontrar la puerta abierta. Al entrar, sintió un extraño presentimiento. —¡Buenos días! —dijo, pero no recibió respuesta. Se acercó a la cama y descorrió las cortinas. Allí yacía su abuela, con el gorro tapándole la cara y con un aspecto muy extraño. —¡Oh, abuelita! —dijo ella—, ¡qué orejas tan grandes tienes! —Para oírte mejor, mi niña —fue la respuesta. —Pero abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes! —Para verte mejor, mi vida. —Pero abuelita, ¡qué manos tan grandes tienes! —Para abrazarte mejor. —Oh, pero abuelita, ¡qué boca tan terriblemente grande tienes! —¡Para comerte mejor! Y apenas dijo esto, el lobo saltó de la cama y se tragó a la pobre Caperucita Roja.
Cuando el lobo ya hubo saciado su apetito, se acostó de nuevo en la cama, se durmió y empezó a roncar muy fuerte. Un cazador que pasaba por allí, pensó: "¡Cómo ronca la anciana! iré a ver si necesita algo". Entró en la casa, y al acercarse a la cama vio al lobo. "¡Así que te encuentro aquí, viejo pecador!", dijo. "¡Te he buscado por tanto tiempo!". Entonces apuntó su arma, pero se le ocurrió que el lobo podría haberse comido a la abuelita y que aún podría ser salvada. Así que no disparó, y en su lugar, tomó unas tijeras y comenzó a abrirle el estómago al lobo durmiente. Tras un par de cortes, vio la caperuza roja brillar, y después de unos cortes más, la niña saltó fuera gritando: "¡Ay, qué asustada estuve! ¡Qué oscuro estaba dentro del lobo!". Y después de ella, salió también la abuelita, viva pero apenas pudiendo respirar. Rápidamente, Caperucita trajo grandes y pesadas piedras, con las que llenaron la barriga del lobo. Cuando este despertó, quiso huir, pero las piedras eran tan pesadas que colapsó y murió. Los tres estaban encantados. El cazador le quitó la piel al lobo, la abuelita comió el pastel y bebió el vino, y Caperucita Roja pensó para sí: "Mientras viva, nunca más me apartaré del camino para correr por el bosque cuando mi madre me lo haya prohibido".
Había una vez tres cerditos hermanos que vivían en el corazón del bosque. Como el lobo feroz siempre los andaba persiguiendo para comérselos, decidieron hacerse una casa para protegerse.
El cerdito más pequeño era muy perezoso y no quería esforzarse. Para acabar antes e irse a jugar, construyó su casa con paja. El cerdito mediano, al ver que su hermano pequeño ya había terminado, se dio prisa para irse a jugar con él. Construyó su casita con madera. El hermano mayor, en cambio, era muy trabajador y paciente. Se puso a construir su casa con ladrillos, pensando que sería la más fuerte. "Ya verán lo que hace el lobo con sus casas", reñía a sus hermanos mientras estos se divertían.
Una mañana, el lobo apareció. Se acercó a la casa del cerdito pequeño y llamó a la puerta: —¡Cerdito, cerdito, déjame entrar! —¡No, no y no! ¡No te dejaré entrar! —respondió el cerdito. —¡Pues soplaré y soplaré y tu casa derribaré! Y el lobo sopló con todas sus fuerzas, y la casita de paja se vino abajo. El cerdito pequeño salió corriendo y se refugió en la casa de su hermano mediano.
El lobo los persiguió y llegó a la casa de madera. —¡Cerditos, cerditos, déjenme entrar! —¡No, no y no! ¡No te dejaremos entrar! —gritaron los dos. —¡Pues soplaré y soplaré y su casa derribaré! El lobo sopló y sopló, y la casita de madera también se derrumbó. Los dos cerditos salieron pitando de allí.
Casi sin aliento, con el lobo pegado a sus talones, llegaron a la casa del hermano mayor. Los tres se metieron dentro y cerraron bien la puerta. El lobo llegó y gritó: —¡Cerditos, cerditos, déjenme entrar! —¡No, no y no! ¡No te dejaremos entrar! —¡Pues soplaré y soplaré y su casa derribaré! El lobo sopló y sopló con toda su fuerza, pero no pudo derribar la fuerte casa de ladrillos. Cansado, se puso a dar vueltas a la casa buscando por dónde entrar. Vio la chimenea y decidió trepar por el tejado para colarse por allí.
Pero el cerdito mayor se dio cuenta de su plan y les dijo a sus hermanos: —¡Rápido, ayúdenme a encender el fuego y pongan esta gran olla con agua! Cuando el lobo bajó por la chimenea, cayó directamente en la olla de agua hirviendo. Dio un terrible aullido y salió disparado de allí, con el trasero quemado. Se cuenta que el lobo nunca más quiso comer cerditos y los tres hermanos vivieron felices y tranquilos para siempre. Y los dos cerditos más pequeños aprendieron la lección: solo con trabajo y esfuerzo se consiguen las cosas.
En una hermosa mañana de verano, los huevos que mamá pata había estado empollando comenzaron a romperse. Uno a uno, los patitos fueron saliendo, pero quedaba un huevo, el más grande de todos, que aún no se abría. Finalmente, el huevo se rompió y de él salió un patito muy diferente a los demás: era grande, gris y desgarbado. —¡Qué pato tan feo! —exclamaron todos en la granja. Y desde ese día, todos lo picoteaban, lo empujaban y se burlaban de él.
El pobre patito se sentía muy triste y solo. Un día, harto de que todos lo maltrataran, decidió huir. Caminó y nadó, alejándose de la granja. En su camino, encontró a unos gansos silvestres que, aunque no se burlaron de él, tampoco lo aceptaron. Llegó el otoño y las hojas de los árboles cayeron. El patito sentía cada vez más frío y soledad. Una tarde, vio una bandada de aves hermosísimas, blancas, con cuellos largos y elegantes. Eran cisnes, y emigraban a tierras más cálidas. "¡Oh, si yo pudiera ser como ellos!", pensó con tristeza.
El invierno fue muy duro. El patito casi muere congelado, pero un campesino lo encontró y lo llevó a su casa. Sin embargo, los hijos del campesino lo asustaron y el patito escapó de nuevo, pasando el resto del invierno escondido entre los juncos de un pantano.
Por fin, llegó la primavera. El patito sintió un fuerte impulso de volar. Agitó sus alas, que ahora eran grandes y fuertes, y se elevó por los aires. Voló hasta un hermoso jardín donde, en un estanque, nadaban tres de aquellas aves majestuosas que tanto admiraba. Con temor, se acercó a ellas, agachando la cabeza y esperando que lo rechazaran. Pero al mirar su reflejo en el agua, se quedó asombrado. Ya no era un pato gris, torpe y feo. ¡Se había convertido en un hermoso cisne! Los otros cisnes nadaron a su alrededor y lo acariciaron con sus picos. Unos niños que jugaban cerca gritaron: —¡Mirad, un cisne nuevo! ¡Y es el más hermoso de todos! El patito, que ahora era un cisne, se sintió inmensamente feliz. Había sufrido mucho, pero ahora comprendía que todas esas penurias lo habían preparado para este momento de felicidad. Había nacido en un corral de patos, pero eso no importaba, porque había salido de un huevo de cisne.
En el mundo de los animales, vivía una liebre muy orgullosa y vanidosa, que no cesaba de pregonar que ella era el animal más veloz. Por eso, constantemente se reía de la lenta tortuga. —¡Miren a la tortuga! ¡Eh, tortuga, no corras tanto que te vas a cansar! —decía la liebre riéndose.
Un día, a la tortuga se le ocurrió hacerle una inusual apuesta a la liebre: —Estoy segura de poder ganarte una carrera —le dijo. —¿A mí? —preguntó, asombrada, la liebre. —Pues sí, a ti. Pongamos nuestras apuestas y veamos quién gana. La liebre, muy divertida, aceptó. Todos los animales se reunieron para presenciar la carrera.
Se señaló una meta y, al sonar la señal, las dos comenzaron a correr. Confiada en su ligereza, la liebre dejó que la tortuga tomara la delantera y se quedó remoloneando. ¡Le sobraba el tiempo para ganarle a tan lenta criatura! Luego, empezó a correr, y veloz como el viento, adelantó a la tortuga, que avanzaba con paso lento pero constante. La liebre se detuvo a mitad del camino ante un frondoso árbol y se dijo: "Tengo tanto tiempo que hasta puedo echarme una siesta". Y se quedó dormida.
Mientras tanto, pasito a pasito, y tan ligero como pudo, la tortuga siguió su camino sin detenerse. Cuando la liebre se despertó, vio con pavor que la tortuga estaba a punto de cruzar la meta. En un sobresalto, salió corriendo con todas sus fuerzas, pero ya era demasiado tarde. La tortuga había llegado primero. Ese día la liebre aprendió, en medio de una gran humillación, que no hay que burlarse jamás de los demás y que el exceso de confianza es un obstáculo. La perseverancia y el esfuerzo constante son la clave para alcanzar nuestras metas.
Junto a un bosque muy grande vivía un pobre leñador con su esposa y sus dos hijos. El niño se llamaba Hansel y la niña, Gretel. Apenas tenían qué comer, y en una época de gran escasez, la malvada madrastra convenció al leñador de abandonar a los niños en el bosque.
Hansel, que había escuchado el plan, salió por la noche y llenó sus bolsillos con piedrecitas blancas. A la mañana siguiente, cuando fueron al bosque, fue dejando caer las piedrecitas para marcar el camino de vuelta. Una vez solos, esperaron a que saliera la luna y siguieron el rastro de las piedras que brillaban, logrando regresar a casa. La madrastra, furiosa, volvió a convencer al padre. Esta vez, la puerta estaba cerrada y Hansel no pudo recoger piedras. Solo tenía un trozo de pan, y fue esparciendo miguitas por el camino. Pero los pájaros del bosque se las comieron todas, y los niños se perdieron.
Vagaron durante tres días, hasta que, muertos de hambre, vieron una casita hecha de pan de jengibre, bizcocho y azúcar. Empezaron a comérsela, cuando de la casa salió una vieja. En realidad, era una bruja malvada que había construido la casa para atraer a los niños. La bruja encerró a Hansel en una jaula para engordarlo y comérselo, y obligó a Gretel a hacer las tareas de la casa. Cada día, la bruja, que era medio ciega, le pedía a Hansel que sacara un dedo para ver si ya estaba gordo. Pero Hansel, muy astuto, le mostraba un huesito de pollo.
Cansada de esperar, la bruja decidió comerse a Hansel de todos modos. Le dijo a Gretel: —Métete en el horno y fíjate si ya está bien caliente para meter el pan. Gretel, que sospechaba algo, le dijo: —No sé cómo hacerlo. ¿Podrías enseñarme? La bruja, refunfuñando, metió la cabeza en el horno. En ese momento, Gretel la empujó con todas sus fuerzas y cerró la puerta de hierro, dejando a la malvada bruja atrapada para siempre.
Gretel liberó a Hansel y, antes de huir, encontraron cofres llenos de perlas y piedras preciosas. Llenaron sus bolsillos y buscaron el camino a casa. Tras mucho andar, reconocieron el bosque y llegaron a su hogar. Su padre los recibió con lágrimas de alegría. La madrastra había muerto. Desde ese día, vivieron felices los tres juntos, sin pasar más penurias.
Érase una vez una familia de tres osos que vivía en una casita en el bosque: Papá Oso, que era grande; Mamá Osa, que era mediana; y el Osito, que era pequeño. Una mañana, Mamá Osa preparó una deliciosa avena para el desayuno, pero como estaba muy caliente, decidieron dar un paseo por el bosque mientras se enfriaba.
Mientras no estaban, una niña llamada Ricitos de Oro, que paseaba por el bosque, encontró la casita. Era muy curiosa, así que miró por la ventana, luego por la cerradura y, al ver que no había nadie, empujó la puerta y entró. En la mesa vio los tres tazones de avena. Primero probó la del tazón grande de Papá Oso, pero gritó: "¡Ay, está muy caliente!". Luego probó la del tazón mediano de Mamá Osa, y se quejó: "¡Brrr, está muy fría!". Finalmente, probó la del tazón pequeño del Osito y dijo: "¡Mmm, está perfecta!", y se la comió toda.
Después, vio tres sillas. Se sentó en la silla grande de Papá Oso, pero era muy dura. Luego se sentó en la silla mediana de Mamá Osa, pero era demasiado blanda. Finalmente, se sentó en la silla pequeña del Osito, que le pareció perfecta, pero se sentó con tanta fuerza que la rompió.
Ricitos de Oro subió entonces al dormitorio y vio tres camas. Se acostó en la cama grande de Papá Oso, pero la almohada era muy alta. Luego se acostó en la cama mediana de Mamá Osa, pero la almohada era demasiado baja. Finalmente, se acostó en la camita del Osito, la encontró tan cómoda que se quedó profundamente dormida.
Poco después, los tres osos regresaron a casa. —¡Alguien ha probado mi avena! —gruñó Papá Oso con su vozarrón. —¡Alguien ha probado mi avena también! —dijo Mamá Osa con su voz suave. —¡Alguien ha probado mi avena y se la ha comido toda! —chilló el Osito.
Luego fueron a las sillas. —¡Alguien se ha sentado en mi silla! —gruñó Papá Oso. —¡Alguien se ha sentado en mi silla! —dijo Mamá Osa. —¡Alguien se ha sentado en mi sillita y me la ha roto! —lloriqueó el Osito.
Subieron al dormitorio. —¡Alguien ha dormido en mi cama! —rugió Papá Oso. —¡Alguien ha dormido en mi cama! —dijo Mamá Osa. —¡Alguien está durmiendo en mi cama! —gritó el Osito.
El grito del Osito despertó a Ricitos de Oro, quien, al ver a los tres osos, saltó de la cama, corrió escaleras abajo y salió disparada por la puerta. Corrió sin parar hasta llegar a su casa, y nunca más volvió a entrar en casa de nadie sin permiso.
Un día, mientras un gran león dormía la siesta en la selva, un pequeño ratón pasó corriendo sobre su cara y lo despertó. El león, enfurecido, atrapó al ratón con su enorme garra y estaba a punto de comérselo.
—¡Perdón, oh, Rey! —gritó el aterrorizado ratón—. ¡Déjame ir! No quise despertarte. Si me perdonas la vida, algún día podré pagarte este favor. El león se rio a carcajadas ante la idea de que una criatura tan pequeña pudiera ayudarlo a él, el rey de la selva. —¿Tú, ayudarme a mí? ¡Ja, ja, ja! —se burló. Pero el león estaba de buen humor y, divertido por la audacia del ratón, levantó su garra y lo dejó marchar.
Pocos días después, el león cayó en una trampa. Unos cazadores lo ataron a un árbol con una gruesa cuerda mientras iban a buscar una carreta para transportarlo. El león rugió de rabia y desesperación. Sus rugidos resonaron por toda la selva. El pequeño ratón lo escuchó y corrió a ver qué pasaba. Al encontrar al león atrapado, le dijo: —No te preocupes, amigo, yo te salvaré. Sin perder tiempo, el ratón comenzó a roer la cuerda con sus afilados dientecitos. Mordió y mordió hasta que la cuerda se rompió, y el león quedó libre. —Tenías razón, pequeño amigo —dijo el león, agradecido—. Te burlaste de mí pensando que eras demasiado pequeño para ayudarme, pero hoy me has salvado la vida. Desde ese día, el león y el ratón se convirtieron en los mejores amigos, y el león aprendió que ningún acto de bondad, por pequeño que sea, es inútil.
Érase una vez un granjero muy pobre que un día descubrió en el nido de una de sus gallinas un brillante huevo de oro. Al principio, pensó que era una broma, pero decidió llevarlo a tasar. Efectivamente, era de oro puro. El granjero y su esposa no podían creer su suerte. A partir de ese día, la gallina ponía un huevo de oro cada mañana. Poco a poco, se fueron haciendo ricos. Vendían los huevos y compraban tierras, ganado y todo lo que deseaban.
Sin embargo, a medida que su riqueza aumentaba, también lo hacía su avaricia. El granjero se volvió impaciente. No estaba contento con recibir un solo huevo de oro al día. "¿Por qué esperar a tener un huevo cada día?", se dijo a sí mismo. "Si esta gallina puede poner huevos de oro, debe tener una gran cantidad de oro dentro de ella. Si la mato, podré conseguir todo el tesoro de una sola vez y seré el hombre más rico del mundo".
Convenció a su esposa, y cegado por la codicia, tomó un cuchillo y mató a la gallina. Pero cuando la abrió, se llevó una terrible sorpresa. Por dentro, la gallina era igual que cualquier otra gallina. No había ningún tesoro, ni rastro de oro. Así, el granjero y su esposa, por querer conseguir toda la riqueza de golpe, se quedaron sin nada. Perdieron el huevo de oro de cada día y volvieron a ser tan pobres como antes. Y se lamentaron amargamente por su estupidez y su avaricia.
Un viejo molinero murió y dejó a sus tres hijos como única herencia su molino, su asno y su gato. El reparto fue sencillo: el hijo mayor se quedó con el molino, el segundo con el asno, y al más joven solo le tocó el gato. El joven se lamentaba de su suerte: —Mis hermanos podrán ganarse la vida, pero yo, con este gato, me moriré de hambre. El gato, que escuchaba esto, le dijo con aire serio: —No te aflijas, mi amo. Solo tienes que darme un saco y un par de botas para andar por el campo, y verás que tu herencia no es tan mala como crees.
Aunque el amo no confiaba mucho en él, le dio lo que pedía. El gato se calzó las botas, se echó el saco al hombro y se fue a un campo donde había muchos conejos. Metió salvado y hierbas en el saco, se tendió en el suelo como si estuviera muerto y esperó. Pronto, un conejo joven e incauto entró en el saco, y el gato tiró de los cordones y lo cazó. Orgulloso, fue al palacio del rey y pidió hablar con él. —Majestad —dijo el gato, haciendo una reverencia—, mi amo, el Marqués de Carabás (ese fue el nombre que se le ocurrió inventar), me ha encargado que le ofrezca este conejo de sus tierras. El rey, complacido, le dio las gracias.
Durante meses, el gato continuó llevando al rey regalos de caza en nombre del "Marqués de Carabás". Un día, el gato se enteró de que el rey iba a pasear por la orilla del río con su hija, la princesa más hermosa del mundo. —Mi amo —dijo el gato—, si sigues mi consejo, tu fortuna está hecha. Ve a bañarte al río en el lugar que te indicaré, y deja el resto de mi cuenta. El joven hizo caso. Mientras se bañaba, el rey pasó por allí en su carroza, y el gato se puso a gritar: —¡Socorro! ¡Socorro! ¡Se ahoga el Marqués de Carabás! El rey reconoció al gato que tantos regalos le había llevado y ordenó a sus guardias que ayudaran al marqués. Mientras lo sacaban del agua, el gato le contó al rey que unos ladrones le habían robado la ropa a su amo. El rey ordenó que le trajeran uno de sus mejores trajes.
Vestido elegantemente, el joven parecía un verdadero noble, y la princesa se enamoró de él al instante. El rey lo invitó a subir a su carroza. El gato, encantado, se adelantó corriendo. A unos campesinos que segaban un prado, les dijo: —¡Buena gente, si no le dicen al rey que este prado pertenece al Marqués de Carabás, los haré picadillo! Cuando el rey preguntó de quién era el prado, todos respondieron asustados: "Del Marqués de Carabás". El gato hizo lo mismo con todos los campos y propiedades que encontró en el camino.
Finalmente, el gato llegó a un hermoso castillo que pertenecía a un ogro riquísimo, el verdadero dueño de todas aquellas tierras. El gato, muy astuto, le dijo al ogro: —Me han asegurado que tienes el poder de convertirte en cualquier animal. Por ejemplo, en un león. —¡Claro que sí! —rugió el ogro, y al instante se transformó en un enorme león. El gato se asustó tanto que trepó al tejado. Cuando el ogro volvió a su forma, el gato bajó y dijo: —También me han dicho, aunque esto me cuesta creerlo, que puedes transformarte en un animal muy pequeño, como un ratón. —¿Increíble? ¡Ya verás! —dijo el ogro, y se convirtió en un pequeño ratón. En ese momento, el gato saltó sobre él y se lo comió. Cuando el rey llegó al castillo, quedó maravillado. —¿Este castillo también es vuestro, Marqués de Carabás? El joven, sin saber qué decir, asintió. El rey, impresionado por su riqueza y su porte, le ofreció la mano de su hija. El joven se casó con la princesa ese mismo día, y el gato se convirtió en un gran señor y ya nunca más tuvo que cazar ratones, salvo por diversión.
En lo más profundo del océano, con sus muros de coral y sus ventanas del más claro ámbar, se alzaba el castillo del Rey del Mar. Allí vivía con sus seis hijas, todas ellas hermosas princesas sirenas. La más joven era la más bella de todas, con una piel suave como un pétalo de rosa y unos ojos azules como el mar profundo. Pero, como las demás sirenas, no tenía pies; su cuerpo terminaba en una cola de pez.
Lo que más deseaba la sirenita era conocer el mundo de los humanos. Su abuela le contaba historias sobre barcos, ciudades y personas. La tradición decía que cuando una sirena cumplía quince años, se le permitía subir a la superficie. La sirenita esperaba su turno con impaciencia. Finalmente, el día de su decimoquinto cumpleaños llegó. Subió a la superficie justo al atardecer y vio un gran barco con música y luces. A bordo, celebraban el cumpleaños de un joven y apuesto príncipe. La sirenita se enamoró de él al instante.
De repente, se desató una terrible tormenta. El barco naufragó y el príncipe cayó al agua, inconsciente. La sirenita lo rescató y lo llevó a la orilla, cerca de un templo. Allí lo besó en la frente y se escondió antes de que unas jóvenes lo encontraran. El príncipe nunca supo quién lo había salvado. La sirenita regresó al mar, pero su corazón estaba triste. Anhelaba tener un alma inmortal y poder vivir junto al príncipe. Decidió visitar a la Bruja del Mar, una hechicera temible.
—Sé lo que quieres —le dijo la bruja—. Es una tontería, pero te ayudaré. Puedo darte un par de piernas, pero te costará caro. Cada paso que des será como caminar sobre cuchillos afilados. Y lo más importante: me darás tu hermosa voz a cambio. Si el príncipe se casa con otra, tu corazón se romperá y te convertirás en espuma de mar. La sirenita aceptó. La bruja le dio una pócima y, a cambio, le cortó la lengua. La sirenita nadó hasta la orilla, bebió la pócima y sintió un dolor terrible antes de desmayarse.
Cuando despertó, el príncipe estaba a su lado. Tenía unas hermosas piernas, pero no podía hablar. El príncipe, cautivado por su belleza y sus ojos tristes, la llevó a su palacio. La vistió con sedas y joyas, y aunque cada paso era una tortura, ella bailaba para él con una gracia que nadie había visto. El príncipe le tenía mucho cariño, pero su corazón pertenecía a la joven del templo que creía que lo había salvado. Pronto, el rey ordenó que su hijo se casara con la princesa de un reino vecino. Para desgracia de la sirenita, esa princesa era la misma joven del templo. El príncipe se casó y el corazón de la sirenita se rompió. Esa noche, en el barco nupcial, sus hermanas aparecieron. Le entregaron una daga mágica que le habían comprado a la bruja a cambio de sus cabellos. —Si matas al príncipe y dejas que su sangre caiga sobre tus pies, volverás a ser una sirena —le dijeron. La sirenita entró en la tienda del príncipe, pero al verlo dormir sonriendo junto a su esposa, no pudo hacerlo. Arrojó la daga al mar y se lanzó ella misma a las olas. Al tocar el agua, sintió que su cuerpo se disolvía en espuma.
Pero no murió. Se convirtió en un espíritu del aire, una hija del aire. Junto a otros espíritus, tendría la oportunidad de ganar un alma inmortal haciendo buenas acciones durante trescientos años. Y una lágrima de un niño bueno podría acortar ese tiempo. Su amor y su sacrificio no habían sido en vano.
En una pequeña aldea vivía un bondadoso carpintero llamado Geppetto. Su mayor deseo era tener un hijo. Un día, fabricó una marioneta de madera y la llamó Pinocho. "¡Qué bonito sería que fueras un niño de verdad!", suspiró Geppetto. Esa noche, mientras dormía, apareció el Hada Azul. Conmovida por el deseo del anciano, tocó a Pinocho con su varita mágica y le dio vida. —¡Pinocho, serás un niño de verdad si demuestras ser bueno, valiente y sincero! —le dijo el hada. Y para ayudarlo, nombró a un pequeño grillo llamado Pepito Grillo como su conciencia.
Geppetto despertó y no podía creer su felicidad. ¡Su marioneta se movía y hablaba! Al día siguiente, lo envió a la escuela para que aprendiera como los demás niños. Pero en el camino, Pinocho se encontró con dos astutos malandrines, el Zorro y el Gato, que lo convencieron de ir al teatro de marionetas de Stromboli. "¡No vayas!", le advirtió Pepito Grillo, pero Pinocho no le hizo caso. Stromboli, el titiritero, quedó encantado con una marioneta que se movía sin hilos y lo encerró en una jaula para ganar dinero con él. Pinocho lloró arrepentido. El Hada Azul apareció. —¿Por qué no fuiste a la escuela, Pinocho? —le preguntó. —Es que... unos monstruos me atraparon —mintió Pinocho. Al instante, su nariz de madera comenzó a crecer. —¡Ay! ¿Qué le pasa a mi nariz? —Tu nariz crece cada vez que dices una mentira, Pinocho. Pinocho prometió no volver a mentir. El hada lo liberó, pero le advirtió que era la última vez que lo ayudaría.
Libre de nuevo, el Zorro y el Gato lo volvieron a engañar, llevándolo a la "Isla de los Juegos", un lugar donde los niños no estudiaban y solo se divertían. Pronto, Pinocho y los demás niños comenzaron a transformarse en burros. A Pinocho le crecieron orejas y cola de burro. Asustado, escapó con la ayuda de Pepito Grillo y se lanzó al mar para buscar a Geppetto. Se enteró de que el anciano, al salir a buscarlo en un bote, había sido tragado por una ballena gigante. Pinocho, valientemente, fue a rescatarlo. Se dejó tragar también por la ballena y encontró a Geppetto en su interior. Para escapar, hicieron una hoguera. El humo hizo estornudar a la ballena, que los expulsó a ambos.
Llegaron a la orilla exhaustos, y Pinocho, por el esfuerzo, quedó inerte. Geppetto lloró desconsolado sobre él. Pero el Hada Azul, que lo había visto todo, apareció. —Pinocho, has demostrado ser valiente, generoso y sincero —dijo—. Te has ganado el derecho a ser un niño de verdad. Con un toque de su varita, transformó a la marioneta de madera en un niño de carne y hueso. La alegría de Geppetto fue inmensa. Y desde entonces, Pinocho y su padre vivieron felices para siempre.
Durante todo un verano, una cigarra se dedicó a cantar y a jugar sin preocuparse por nada. Se pasaba los días de rama en rama, mientras veía a su vecina, una trabajadora hormiga, ir y venir cargando pesados granos de trigo hacia su hormiguero.
Un día, la cigarra, no contenta con descansar, decidió burlarse de la hormiga: —¡Qué aburrida eres! Deja ya de trabajar y ven a disfrutar del sol y de mi música. La hormiga, sin dejar de acarrear su carga, le respondió: —Estoy guardando provisiones para cuando llegue el invierno. Te aconsejo que hagas lo mismo, porque la comida no durará para siempre. —¡Bah! —respondió la cigarra—. Todavía falta mucho para el invierno, y por ahora tengo todo lo que necesito. Y continuó cantando y holgazaneando.
Pero los días pasaron, el calor se fue y llegaron los vientos fríos del invierno. La nieve cubrió los campos y la cigarra, tiritando de frío, no encontraba comida por ningún lado. Desesperada y hambrienta, se acordó de su vecina la hormiga. Fue a tocar a la puerta de su hormiguero y le suplicó: —Amiga hormiga, ¿podrías darme algo de comer? ¡Me muero de frío y de hambre! La hormiga asomó la cabeza por la puerta y le preguntó: —Dime, amiga cigarra, ¿qué hiciste tú durante el verano mientras yo trabajaba sin descanso? —¿Yo? —contestó la cigarra, avergonzada—. Pues… estuve cantando y jugando bajo el sol. —¿Ah, sí? —repuso la hormiga, cerrando la puerta—. Pues si cantabas y jugabas en verano, me temo que tendrás que seguir bailando en invierno. Y la cigarra aprendió de la manera más dura que primero hay que trabajar y ser previsor si luego se quiere disfrutar sin preocupaciones.
Érase una vez un joven pastor llamado Pedro que pasaba sus días cuidando de su rebaño de ovejas en las colinas cercanas a su pueblo. Como el trabajo era muy tranquilo, Pedro se aburría enormemente. Un día, mientras descansaba bajo un árbol, se le ocurrió una idea para divertirse a costa de los aldeanos. Se levantó y corrió hacia el pueblo gritando con todas sus fuerzas: —¡Socorro! ¡El lobo! ¡Un lobo ataca a mis ovejas!
Los aldeanos, al oír sus gritos, dejaron sus trabajos y corrieron a la colina armados con palos y horcas para ayudarlo. Pero cuando llegaron, no encontraron ningún lobo. Pedro se reía a carcajadas al ver sus caras de confusión. —¡Era una broma! —les dijo. Los aldeanos, muy enfadados por haber sido engañados, regresaron a sus casas murmurando contra el pastor.
A Pedro le hizo tanta gracia la broma que, unos días después, decidió repetirla. Volvió a gritar: —¡Socorro! ¡El lobo! ¡El lobo viene a por mi rebaño! Nuevamente, los bondadosos aldeanos corrieron a ayudarlo, solo para descubrir que era otro engaño. Esta vez, se enfadaron aún más y le advirtieron que no volviera a jugar con algo tan serio.
Pero ocurrió que una tarde, un lobo de verdad apareció entre los árboles y comenzó a atacar a las ovejas de Pedro. El pastor, pálido de miedo, corrió hacia el pueblo gritando más fuerte que nunca: —¡Socorro! ¡El lobo! ¡Esta vez es de verdad! ¡Un lobo está matando a mis ovejas! Pero los aldeanos, que ya lo habían escuchado mentir dos veces, pensaron que era otra de sus bromas. Nadie se movió. —No nos volverá a engañar —decían entre ellos. Pedro gritó y suplicó, pero nadie acudió en su ayuda. Y así, el lobo se dio un festín con todo su rebaño. El joven pastor aprendió una valiosa lección: al mentiroso nunca se le cree, ni siquiera cuando dice la verdad.
Hace mucho, mucho tiempo, la próspera ciudad de Hamelín sufrió una terrible desgracia: fue invadida por miles y miles de ratas. Venían de todas partes y no había lugar donde no estuvieran. Se comían la comida de las despensas, roían la madera de las casas e incluso mordían a los bebés en sus cunas. La gente estaba desesperada. El alcalde y los concejales del pueblo se reunieron una y otra vez, pero no encontraban solución. Prometieron una gran recompensa a quien pudiera librarlos de la plaga.
Un día, llegó a Hamelín un hombre alto y delgado, vestido con ropas de colores y con una flauta de oro colgada del cuello. —Me llaman el flautista —dijo al alcalde—. Por mil monedas de oro, libraré a esta ciudad de todas las ratas. El alcalde y los concejales aceptaron de inmediato.
El flautista comenzó a pasear por las calles de Hamelín, tocando una extraña y dulce melodía con su flauta. Al sonido de la música, las ratas comenzaron a salir de todos sus escondites. Miles de ellas, grandes y pequeñas, siguieron al flautista como hipnotizadas. El flautista caminó hasta el río Weser y se metió en el agua sin dejar de tocar. Todas las ratas lo siguieron y se ahogaron en la corriente. Hamelín estaba salvado.
El flautista regresó al ayuntamiento a cobrar su recompensa. Pero el alcalde, una vez solucionado el problema, se rio de él. —¿Mil monedas de oro por tocar la flauta? ¡Es demasiado! Te daremos cincuenta, y ya puedes darte por satisfecho. —Han roto su promesa —dijo el flautista con voz sombría—. Y se arrepentirán.
El flautista salió a la plaza y volvió a tocar su flauta, pero esta vez la melodía era diferente, más triste y encantadora. Al oírla, todos los niños de Hamelín salieron de sus casas y comenzaron a seguirlo. Sus padres, horrorizados, intentaron detenerlos, pero no pudieron. El flautista los guio fuera de la ciudad, hacia una montaña. Una gran cueva se abrió en la ladera. El flautista entró y, tras él, todos los niños. Luego, la entrada de la cueva se cerró para siempre. En Hamelín solo quedaron dos niños: uno cojo, que no pudo seguir el ritmo, y otro ciego, que no supo hacia dónde iban. Ellos contaron lo sucedido. Los habitantes de Hamelín, desconsolados, aprendieron la dura lección de que las promesas siempre deben cumplirse.
Hace muchos años vivía un emperador que era tan aficionado a los trajes nuevos que gastaba todo su dinero en ellos. No le importaban sus soldados, ni el teatro, ni sus súbditos; solo le preocupaba lucir sus elegantes atuendos.
Un día llegaron a la ciudad dos estafadores que se hicieron pasar por tejedores. Afirmaban que podían tejer la tela más maravillosa del mundo. No solo sus colores y diseños eran extraordinarios, sino que la ropa hecha con ella tenía una cualidad mágica: era invisible para cualquier persona que fuera inepta para su cargo o irremediablemente estúpida. "¡Deben ser trajes magníficos!", pensó el emperador. "Si los llevara, podría distinguir a los listos de los tontos en mi reino. ¡Debo tener un traje de esa tela!". Y les dio a los dos timadores una gran suma de dinero para que comenzaran a trabajar.
Los estafadores montaron dos telares y fingieron que trabajaban, pero no tenían nada en ellos. Ansioso por ver el progreso, el emperador envió a su viejo y honrado ministro a ver la tela. El ministro entró y vio los telares vacíos. Se asustó. "¡Cielos!", pensó. "¿Seré un estúpido? ¿O no sirvo para mi cargo? No debo decir que no veo nada". Así que alabó la tela inexistente. —¡Oh, es preciosa! ¡Qué colores! ¡Qué dibujo! Le diré al emperador que me ha gustado muchísimo.
Poco después, el emperador envió a otro funcionario honesto. Le ocurrió lo mismo. Miró y miró, pero no vio nada. Para no pasar por tonto, también elogió la magnífica tela. Todo el mundo en la ciudad hablaba de la tela prodigiosa. Finalmente, el emperador quiso verla por sí mismo. Fue con su séquito al taller. Los dos funcionarios que ya la habían "visto" señalaron los telares vacíos: —¿No es una maravilla, Majestad? "¿Qué es esto?", pensó el emperador. "¡No veo nada! ¿Seré estúpido? ¿No sirvo para ser emperador? ¡Sería terrible!". Así que en voz alta dijo: —¡Oh, sí, es bellísima! Tiene mi real aprobación.
Nadie quería admitir que no veía nada. Llegó el día de un gran desfile y los estafadores fingieron vestir al emperador con su nuevo traje. —¡Mire qué bien le sientan los pantalones! ¡Y la casaca! ¡Y la capa! —decían mientras movían las manos en el aire. El emperador se desnudó y se "puso" el traje nuevo. Y así marchó en la procesión, bajo un espléndido palio, mientras toda la gente en la calle y en las ventanas decía: —¡Qué precioso es el nuevo traje del emperador! ¡Qué magnífica cola! Nadie quería que los demás se dieran cuenta de que no veían nada.
Pero de repente, un niño pequeño entre la multitud gritó: —¡Pero si va desnudo! Un murmullo recorrió la multitud. —¡Un niño dice que va desnudo! Finalmente, todo el pueblo gritó: —¡Pero si va desnudo! El emperador se estremeció, porque sabía que tenían razón, pero pensó: "Debo aguantar hasta el final". Y siguió caminando aún más orgulloso, mientras sus chambelanes seguían sosteniendo una cola que no existía.
Había una vez una pobre viuda que vivía con su único hijo, Jack. Su único bien era una vaca lechera llamada Blanquita. Un día, la vaca dejó de dar leche, y la madre le dijo a Jack que debía llevarla al mercado para venderla.
En el camino, Jack se encontró con un hombrecillo que le ofreció un trato: su vaca a cambio de cinco habichuelas mágicas. Jack, fascinado, aceptó. Cuando llegó a casa sin dinero y solo con unas habichuelas, su madre se enfadó tanto que las arrojó por la ventana y envió a Jack a la cama sin cenar. A la mañana siguiente, Jack vio que en el lugar donde habían caído las habichuelas había crecido una planta de tallo gigantesco que se perdía entre las nubes. Sin dudarlo, comenzó a trepar.
Subió y subió hasta que llegó a un reino en el cielo. Allí, vio un enorme castillo y caminó hacia él. En la puerta lo recibió una giganta. Jack le pidió algo de comer y ella, compadecida, lo dejó entrar, pero le advirtió que su marido era un ogro terrible que comía niños. De pronto, se oyeron unos pasos atronadores. Era el ogro. La giganta escondió a Jack en el horno. El ogro entró olfateando y rugió: —¡Fi, fai, fo, fum! ¡Huelo la sangre de un humano! —No es nada, querido —dijo su esposa—. Es solo el guiso que te he preparado. Después de comer, el ogro sacó unas bolsas de monedas de oro y se puso a contarlas hasta que se quedó dormido. Jack salió de su escondite, cogió una bolsa de oro y bajó rápidamente por la planta. Con ese oro, él y su madre vivieron bien durante un tiempo.
Pero el dinero se acabó, y Jack decidió volver a subir. Esta vez, se escondió y vio cómo el ogro le ordenaba a una gallina que pusiera huevos. ¡La gallina ponía huevos de oro macizo! En cuanto el ogro se durmió, Jack robó la gallina y bajó corriendo.
Poco después, Jack volvió a subir por tercera vez. En esta ocasión, el ogro tenía un arpa de oro que tocaba sola una música maravillosa. Jack esperó a que el ogro se durmiera y agarró el arpa. Pero el arpa era mágica y gritó: —¡Amo, amo, me roban! El ogro se despertó y persiguió a Jack, que bajaba por la planta a toda velocidad. El ogro comenzó a bajar también, y el tallo se sacudía violentamente. —¡Madre, rápido, tráeme el hacha! —gritó Jack al llegar al suelo. Con todas sus fuerzas, Jack cortó el tallo de la planta. El tallo se partió, y el ogro cayó desde una altura inmensa, desapareciendo para siempre. Jack y su madre nunca más volvieron a pasar hambre. Vivieron felices gracias a la gallina de los huevos de oro y al arpa mágica, y Jack aprendió a ser más prudente.
Un cuervo, medio muerto de sed, vio una jarra de agua y se acercó a ella con la esperanza de poder beber. Sin embargo, cuando introdujo su pico, se dio cuenta de que el nivel del agua era tan bajo que no podía alcanzarla por mucho que se esforzara.
El cuervo, desesperado, probó a inclinar la jarra, pero era demasiado pesada para él. Se sentó a un lado, pensando en qué podía hacer. No quería resignarse a morir de sed teniendo el agua tan cerca. Después de reflexionar un momento, se le ocurrió una idea brillante. Vio que había muchas piedrecillas pequeñas en el suelo. Cogió una con su pico y la dejó caer dentro de la jarra. El nivel del agua subió un poquito.
Animado, el cuervo repitió la operación una y otra vez. Cogió otra piedra, y otra, y otra más, dejándolas caer pacientemente en el fondo de la jarra. Con cada piedra que añadía, el nivel del agua iba subiendo poco a poco. Continuó con su tarea hasta que, finalmente, el agua llegó a un nivel que su pico podía alcanzar. Así, el inteligente cuervo pudo beber toda el agua que quiso, saciar su sed y salvar su vida. Con ingenio y paciencia, podemos resolver hasta los problemas más difíciles.
Érase una vez, en pleno invierno, una reina que cosía junto a una ventana. Se pinchó un dedo y tres gotas de sangre cayeron sobre la nieve. "Ojalá tuviera una hija con la piel blanca como la nieve, los labios rojos como la sangre y el pelo negro como el ébano", deseó. Poco después, tuvo una niña exactamente así, y la llamó Blancanieves. Pero la reina murió al dar a luz. Al cabo de un año, el rey se casó de nuevo con una mujer bellísima pero muy orgullosa y malvada. Tenía un espejo mágico al que le preguntaba: —Espejito, espejito, ¿quién es de este reino la más hermosa? Y el espejo siempre respondía: —Tú, mi reina, eres la más hermosa.
Pero Blancanieves crecía y se hacía cada día más bella. Cuando cumplió siete años, era tan hermosa como la luz del día. Un día, la reina preguntó al espejo, y este respondió: —Mi reina, tú eres hermosa, es verdad, pero la joven Blancanieves es mil veces más hermosa que tú. La reina se puso verde de envidia y su odio hacia Blancanieves creció tanto que ordenó a un cazador que la llevara al bosque, la matara y le trajera su corazón como prueba.
El cazador, apenado por la inocente niña, no pudo hacerlo. Le dijo que huyera y mató a un jabalí para llevarle el corazón a la reina. Blancanieves corrió asustada por el bosque hasta que encontró una casita diminuta. Entró y vio una mesita con siete platitos, siete vasitos y, al fondo, siete camitas. Cansada y hambrienta, comió un poco de cada plato, bebió de cada vaso y se acostó en una de las camas, quedándose dormida.
Al anochecer, llegaron los dueños de la casa: siete enanitos que trabajaban en las minas. Se sorprendieron al ver a la hermosa niña durmiendo. Cuando despertó, les contó su historia y ellos le ofrecieron quedarse a cambio de que cuidara la casa. Le advirtieron que no dejara entrar a nadie.
Mientras, la reina preguntó de nuevo a su espejo, y este le reveló que Blancanieves seguía viva en el bosque con los enanitos. Furiosa, la reina se disfrazó de vieja vendedora y fue a la cabaña. Le ofreció a Blancanieves unas cintas de colores. Blancanieves, confiada, la dejó pasar. La vieja le apretó tanto una cinta en el corsé que la dejó sin aliento, y cayó como muerta. Por suerte, los enanitos llegaron a tiempo y cortaron la cinta, salvándola.
La reina lo intentó una segunda vez, disfrazada y con un peine envenenado. Apenas tocó el pelo de Blancanieves, esta cayó desmayada. Los enanitos volvieron a salvarla, quitándole el peine. La tercera vez, la reina preparó una manzana envenenada, blanca y roja. La mitad roja era la que tenía el veneno. Se disfrazó de campesina y le ofreció la manzana. Para convencerla, la partió y se comió la mitad blanca. Blancanieves mordió la mitad roja y cayó muerta al instante. Esta vez, los enanitos no pudieron revivirla. Lloraron durante tres días y, como era tan bella, la pusieron en un ataúd de cristal para poder verla.
Un día, un príncipe que cazaba por el bosque vio el ataúd y se enamoró de la belleza de Blancanieves. Les suplicó a los enanitos que le dejaran llevársela. Ellos accedieron. Mientras los sirvientes del príncipe transportaban el ataúd, uno de ellos tropezó. Con la sacudida, el trozo de manzana envenenada salió de la garganta de Blancanieves. Ella abrió los ojos y volvió a la vida. El príncipe, loco de alegría, le declaró su amor y le pidió que se casara con él. Blancanieves aceptó. A la boda fue invitada la malvada reina, quien, al ver que la nueva reina era más hermosa que ella, estalló de rabia y envidia y nunca más se la volvió a ver.
Iba una joven y alegre lechera camino del mercado, sosteniendo con gracia sobre su cabeza un cántaro lleno de leche. Caminaba con paso ligero, soñando despierta con los planes que haría con el dinero que ganaría. "Sí", pensaba, "venderé esta leche a buen precio. Con ese dinero, compraré un canasto de huevos y los pondré a incubar. Para el verano, tendré al menos cien pollos piando a mi alrededor. ¡Qué alegría!".
Continuaba su camino, inmersa en sus fantasías. "Cuando los pollos crezcan, los venderé en el mercado y con el dinero que obtenga, me compraré un lechoncito. Lo alimentaré con bellotas y crecerá hasta convertirse en un cerdo enorme y gordo. ¡Será magnífico!". La lechera sonreía, imaginándose ya dueña de tan espléndido animal.
"Luego", seguía soñando, "venderé el cerdo y con el dineral que me den, ¡me compraré una vaca y un ternero! ¡Qué maravilla ver al ternerito saltar y correr por el campo!". Tan vívida era su imaginación que, al pensar en el ternero saltando, ella misma dio un brinco de alegría. En ese instante, el cántaro que llevaba en la cabeza se tambaleó, cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Toda la leche se derramó por el camino. La pobre lechera se quedó mirando desolada el charco blanco que la tierra absorbía rápidamente. Adiós leche, adiós huevos, adiós pollos, adiós lechón, adiós vaca y ternero. Todas sus ambiciosas ilusiones se habían desvanecido en un segundo, junto con la leche derramada. Y aprendió que no es prudente contar con los beneficios futuros como si ya fueran una realidad.
En una ciudad de Persia vivían dos hermanos, Casim y Alí Babá. Casim era un mercader rico, mientras que Alí Babá era un humilde leñador. Un día, mientras cortaba leña en el bosque, Alí Babá vio a una tropa de cuarenta jinetes. Asustado, se escondió en un árbol y los observó. Los hombres, cargados de sacos, se detuvieron frente a una gran roca. Su capitán gritó: —¡Ábrete, Sésamo! Una puerta se abrió en la roca, revelando una cueva. Los ladrones entraron y la puerta se cerró. Al cabo de un rato, la puerta volvió a abrirse y salieron con los sacos vacíos. El capitán gritó: —¡Ciérrate, Sésamo! Y la puerta de roca se cerró.
Cuando los ladrones se fueron, Alí Babá bajó del árbol y, temblando, se acercó a la roca. —¡Ábrete, Sésamo! —dijo. La puerta se abrió. Alí Babá entró y se encontró en una cueva repleta de tesoros increíbles: montañas de monedas de oro, joyas, sedas y alfombras preciosas. Era el botín que los ladrones habían acumulado durante años. Alí Babá llenó sus alforjas con monedas de oro, salió de la cueva, dijo "¡Ciérrate, Sésamo!", y regresó a su casa.
Le contó su secreto a su esposa y, para contar las monedas, le pidió prestada una balanza a la esposa de su hermano Casim. La mujer de Casim, curiosa, untó un poco de sebo en la base de la balanza. Cuando se la devolvieron, encontró una moneda de oro pegada y supo del secreto de Alí Babá. Casim, corroído por la envidia, obligó a Alí Babá a revelarle la ubicación de la cueva y las palabras mágicas. Al día siguiente, Casim fue a la cueva. —¡Ábrete, Sésamo! —gritó, y la puerta se abrió. Maravillado por el tesoro, entró y la puerta se cerró tras él. Llenó sus sacos, pero, cegado por la avaricia, olvidó las palabras mágicas para salir. Probó con "¡Ábrete, Cebada!", "¡Ábrete, Garbanzo!", pero nada funcionó.
Cuando los ladrones regresaron, encontraron a Casim y lo mataron. Al ver que su hermano no volvía, Alí Babá fue a buscarlo y encontró su cuerpo. Lo llevó a casa y, con la ayuda de su astuta esclava, Morgana, lograron que pareciera una muerte natural. Los ladrones, al no encontrar el cuerpo, supieron que alguien más conocía su secreto. Enviaron a uno de ellos a la ciudad para investigar. El ladrón encontró la casa de Alí Babá y la marcó con una cruz de tiza blanca. Pero Morgana, que lo vio, marcó con la misma cruz todas las casas de la calle. El plan de los ladrones fracasó.
El jefe de los ladrones, furioso, ideó otro plan. Se disfrazó de mercader de aceite y fue a casa de Alí Babá pidiendo hospitalidad. Llevaba consigo treinta y nueve tinajas de cuero; una llena de aceite y las otras treinta y ocho con un ladrón escondido en cada una. Planeaban matar a Alí Babá por la noche. Morgana, al ir a buscar aceite para una lámpara, descubrió a los ladrones en las tinajas. Sin perder la calma, calentó una gran caldera de aceite hirviendo y vertió un poco en cada tinaja, acabando con los ladrones. Cuando el jefe fue a buscar a sus hombres, los encontró muertos. Huyó, jurando venganza.
Tiempo después, el jefe de los ladrones regresó, haciéndose pasar por un rico comerciante, y se hizo amigo del sobrino de Alí Babá. Una noche, fue invitado a cenar a su casa. Morgana lo reconoció. Durante la cena, ella realizó una danza con una daga. En un movimiento rápido y preciso, le clavó la daga en el corazón, matándolo. Alí Babá, al principio horrorizado, comprendió que Morgana le había salvado la vida por tercera vez. En agradecimiento, le concedió la libertad y la casó con su sobrino. Alí Babá fue el único que conoció el secreto de la cueva y vivió el resto de sus días con prosperidad y sabiduría, usando el tesoro para hacer el bien