Es una tradición del pueblo tukano, desde tiempos antiguos, no comer la carne del venado colorado.
Dice la historia Tukana que una señora quedo viuda, con dos niños muchachos y una niña.
Los niños crecieron y ella sufría mucho para proveer la comida.
Tumbaba la chagra, cultivaba, iba de pesca.
Todo lo hacia ella sola para criar sus hijos.
Un día cuando termino de trabajar en la chagra, le dice uno de sus hijos
“Madre, ¿Qué vamos a comer hoy?”
Ella dijo:
“Lleve esta yuca. Valla prendiendo el fuego. Y yo voy al caño a barbasquear”.
Los muchachos y la joven se fueron para la maloca. Y ella buscó barbasco y se fue para el caño.
Se fue por el borde del caño, buscando los peces. Cuando encontró unos peces que alguien más había pescado. Pero por ahí no había nadie.
Ella estaba muy cansada y decidió tomar esos pescados.
De regreso por el borde del caño, encontró otro montoncito de peces.
Ella estaba extrañada. Pero el cansancio no la dejaba pensar con claridad. Y también los tomó.
Más adelante volvió a encontrar otro montoncito de peces. Pero junto a los peces estaba un hombre.
Él le pregunta:
“Señora. ¿Usted que hace acá? Usted se ve muy fatigada. Yo le regalo esos pescados. Pero váyase para la casa y descanse”.
La señora replicó:
“Pero es que yo no lo conozco a usted”.
El señor le dice:
“Pues yo tampoco. Si quiere seamos amigos. Pero ve y descansa. Si quiere aquí en la canoa tengo más pescado”.
La señora aceptó, y se fue con una buena porción de pescado.
Cuando llega a la casas sus hijos ya le habían colaborado con la limpieza. El fogón estaba prendido. Y habían preparado la yuca.
Ella preparó los pescados. Comieron y todos fueron a dormir.
Al día siguiente, cuando iba de pesca, se seguía apareciendo el hombre. Y le seguía proveyendo de pescado.
Al tercer día, cuando los hijos dormían, llegó el hombre a la maloca. Y les dejaba el pescado en la maloca.
Los muchachos extrañados le decían a su madre:
“¿Usted cómo hace para coger tanto pescado?”
Ella contestaba que cuando ellos dormían, ella se iba de pesca.
Con el tiempo se hizo amante del hombre del caño.
El muchacho más grande no se creía el cuento de la pesca nocturna. Y un día le dijo a sus hermanos:
“Quedémonos despiertos. A ver qué es lo que está pasando”.
Fingieron dormir y esperaron en vela. Como a las 12 de la noche llegó el hombre con el pescado.
Su madre le atendió. Le dio de beber una totumada de manicuera. Le dio de comer casabe, quiñapira. Y se pusieron a hablar.
Los muchachos sintieron que el hombre hablaba muy extraño. No parecía humano. Luego se acostó con ella.
Al otro día los muchachos comentaron que su madre tenía un amante.
Su hija estaba muy indignada, y no estaba de acuerdo.
Decidieron envenenar al hombre, echando barbasco en la bebida que su madre le ofrecía. Y así lo hicieron.
En la noche, llega el hombre, como siempre con su pescado.
La mujer le ofrece comida y bebida. Charlan y luego van a dormir.
Cuando la mujer se levantó, el hombre estaba muerto.
Ella de inmediato se dio cuenta que fueron sus hijos.
Tomó el cuerpo y lo abandonó en la selva.
De inmediato el cuerpo se transformó en un nido de comején. No era un hombre. Era un espíritu.
Ella quedó embarazada. Terminado el embarazo, tuvo un venadito colorado.
Sus hermanos estaban muy extrañados. Pues ella no les dejaba ver el bebé.
Ella guardaba el venadito en un canasto.
Un día que la mujer se fue para la chagra, los niños bajaron el canasto. Y vieron que era un venadito.
Y ellos jugaban con él, cada que la madre no estaba en la maloca.
Hasta que un día, el venado se les escapó.
Cuando la madre regresa, estaba muy enojada y los golpeó.
Los hijos extrañados de la conducta de su madre, empezaron a aislarse y a guardarle rencor.
No mantenían en la maloca. No le recibían de comer. La mamá se sentía muy mal.
Con el tiempo, los muchachos no llegaban a la casa por largas temporadas. Una semana, dos semanas.
Los muchachos estaban en el monte buscando el venado. Y cavaron un hueco muy grande. Y cuando llegaban a la maloca estaban muy sucios.
La madre les preguntaba, que dónde estaban, y por qué llegaban tan sucios.
Ellos le decían, que es mejor que no les hablara porque ella los maltrataba.
Con el tiempo, y estando muy profundo el hueco, encontraron en el fondo unas plumas.
Empezaron a rascarse la picazón con estas plumas, que les perforaba la piel. Y se convirtieron en pajuiles. Coconicos como dicen los antiguos tukanos.
Cuando llegaron a la maloca, ya trasformados. Le dicen a su madre que ellos se van.
Y se fueron para el monte.
El canto del coconico se traduce en lengua tukana asi:
“Ay de las madres que mezquinando el diablo, regañan a sus hijos”.
También, en la tradición tukana, se dice que cuando canta en una maloca la coconica hembra, es seña de una muerte que se avecina.
Cuando escucha el canto, la madre sufre de arrepentimiento por distanciarse de sus hijos, a causa del venado que también era su hijo.
Intentando reconciliarse con sus hijos, les preparó comida, casabe y las cosas que más le gustaban a sus hijos. Y les llevo al monte para que ellos comieran.
Ellos se negaron a comer. Y ella enojada y frustrada se sentó sobre la comida. Y ésta se introdujo por sus cavidades. Y de inmediato se murió y se convirtió en un nido de termitas.
Y los hijos se fueron para siempre.
Dice la historia tukana que los coconicos o pajuiles actuales provienen de esos coconicos.